Chapter Text
1. Manipulación y tu soberbia
"Querido Draco,
¿Quién tiene más derechos? ¿Nosotros, por haber nacido en cuna de oro, o los demás?
Si me hubieras hecho esta pregunta cuando tenía once años, habría respondido sin dudar: nosotros, los sangres puras.
Pero ahora, con la guerra encima y la muerte respirándome en la nuca, puedo afirmar que nadie tiene más derechos que nadie. Todos compartimos la misma tonalidad en la sangre, todos respiramos igual, y todos estábamos equivocados al menospreciar a otros solo por ser diferentes.
Ser diferente está bien.
Ser único es estupendo.
Ser especial es genial.
Pero ser como yo... es absurdo. Es estúpido. Es inútil.
Ser un títere y dejarse guiar por los demás es una estupidez.
Y después de todo, debo reconocerlo: fui un adolescente manipulable.
Con sinceridad,
R.A.B"
En Londres, Inglaterra, oculta entre el once y el trece de una calle completamente "normal" de muggles se encontraba el joven y hermoso heredero de la impecable familia Malfoy, y si el menor estaba en la casa tradicional de la familia Black, o mejor conocida como, Grimmauld Place.
Y Bla Bla Bla ¿Ya conoces está parte? ¿Si? ¿No? Ok.
Draco realmente no quería estar en este lugar.
Realmente quería estar en cualquier lugar menos en ese lugar.
Quería estar en la casa de Blaise.
Si el día de hoy debería haber ido a Visitar a la familia Zabini,, la señora Zabini había prometido enseñarle a Draco sobre las diferentes variables del veneno de hongos. Pero como siempre en la vida no todo se puede. Ahí lo tenían a él con sus mejillas infladas mientras observaba al aburrido profesor de latín.
Y se preguntarán, Oh Draco ¿Qué haces metido en ese horrible infierno?
Bueno querido, la tía abuela Walburga necesitaba un heredero que tenga la sangre Black. Alguien que tenga sangre del linaje Black. Pero no cualquier alguien.
Un heredero. Porque Walburga nunca dejaría su fortuna a una mujer. Pero dejemos ese tema y hablemos de lo evidente.
Si habían muchos solicitantes, Muchos niños y adolescentes de familias respetadas que apenas tenían un 0.05% de sangre Black pero aún así ellos lograban entrar en las características que Walburga buscaba para un heredero.
Pero lo que Draco no esperaba era que el también fuera aún participante.
Sabía que sus padres no lo meterían a esto sin preguntarle, ni mucho menos lo harían por voluntad propia.
La tía abuela Walburga se ganó el resentimiento de Narcissa, su madre. Y Claro. Su padre, Lucius era muy complaciente cuando se trataba de Narcissa.
Si Narcissa decía que no, el también lo diría.
(***)
El rubio movía el pie con rapidez debajo de la mesa, quería irse a la casa de la familia Zabini, y tal vez comer una de esas deliciosas galletas de avena que los elfos de la familia hacían siempre que habían visitas, pero de mientras bajo su mirada para observar el vacío pergamino sobre su escritorio.
Tal vez debería escribir algo.
Tal vez debería dejarle escrito al profesor algo como "Ya se latín."
Pero no lo hizo ¿Por qué? Le pareció algo impropio de él, no hacer algo más Creativo, que diga "Esto sin duda lo hizo Draco Malfoy"
—Domine Malfoy, me audisne? (señorito Malfoy ¿Me está escuchando?) —Logro escuchar Draco.
El rubio levantó la mirada para encontrar la del profesor, el hombre parecía estar casi listo para irse de esa casa, y Draco con algo de esperanza levantó la mirada hacia el Reloj. Pero lo que encontró lo dejo algo enojado y curioso.
—Aun falta media hora para finalizar la clase ¿Por qué se va antes de tiempo?
El hombre de mediana edad arrugó la nariz con desagrado, pero de igual forma siguió guardando sus cosas.
—Le estoy hablando —Dijo Draco con la voz elevada mientras se levantaba de su lugar— acaso no le enseñaron que debe responder cuando alguien les habla.
El hombre parecía replantearse toda su vida antes de sujetar su maletín.
—Usted no es más que un chiquillo, hijo de unos asquerosos mortífagos.
—¡No mientas! —Elevo la voz Draco, para después señalar la puerta— Fuera de acá, está despedido.
—Usted no es mi jefe.—Replico el hombre.
Draco apretó los puños con la furia creciendo en su pecho.
—¡Fuera! —Grito Draco señalando la puerta haciendo que el escritorio saliera disparado a esa dirección.
Y si el escritorio se golpeó con la pared, haciendo la escena mucho más Dramática. Pero el hombre no se fue, se acercó a Draco, como si quisiera Golpearlo pero Draco en cambio hizo lo más varonil que podía hacer.
Correr hacia la puerta y casi lanzarse sobre los pasillos mientras gritaba.
—¡Tía! —Chillo Draco cuando entro a la puerta de la oficina que anteriormente era del tío Orión.
—¿Qué pasa, Regulus? —Pregunto la mujer girándose para observar a Draco.
—Soy Draco... Sabes que, no importa, el profesor me quiere matar. —Chilllo Draco, antes de señalar al profesor que venía con varita en mano y su mirada furiosa.
Walburga se levantó de su lugar para encarar al profesor quien iba a lanzarle un encantamiento a Draco, pero Walburga lo bloqueo.
—¿Qué hace, señor Willmack? —Pregunto cortésmente Walburga, mientras Draco se asoma a detrás de ella para sacarle la lengua al hombre.
El hombre parecía ponerse pálido y comenzó a bajar rapidez su varita.
—Señora Black. Yo-... intentaba educar a su Nieto.
—¿Y yo te contraté para eso? —Pregunto Walburga.
El hombre negó.
—No pero, yo debería-... —intento justificarse el hombre, pero Walburga levantó la mano.
—¿Te estoy pidiendo tus miserables explicaciones? No verdad, entonces largo, no te quiero ver —Dijo Walburga antes de darse la vuelta— después nos arreglamos tu y yo.
Draco sonrió y le cerró la puerta de la oficina al profesor en la cara.
—Regulus, ven. —Dijo Walburga mientras se sentaba en el sofá.
—Mi nombre es Draco. —Respondió Draco acercándose a la tía.
Walburga parecía no escucharlo así que Draco decidió que lo mejor era marcharse, seguir su felicidad e irse a la casa de su amigo, pero la mirada casi necesitada y melancólica de Walburga le dio lastima.
Draco se sentó junto a la mujer.
—Eres idéntico a mi Regulus ¿Sabías eso?
Draco suspiro con fuerza, no era la primera persona en decírselo, y tal vez no sea la última. Esas palabras lo habían acompañado toda la vida.
Y sabía que sin importar que hubiera para ser diferente, solo encontraban sus similitudes con Regulus Black, un muerto, y fue tanta su insistencia que Draco se sometió a un tratamiento Capilar para así tener el cabello lacio como el de su padre.
Y así perder lo poco que lo caracterizaba como un Black. Sus rizos.
Pero igualmente sin importar cuánto Draco se esforzará por ser diferente. Siempre lo comparaban con un muerto.
—Tía, de verdad... me debo ir —insistió Draco, rompiendo el tenso y prolongado silencio que se había instalado en la oficina.
Su voz sonó más pequeña de lo que hubiera deseado. Mientras intentaba ponerse en pie, con las piernas aún temblorosas por la adrenalina del enfrentamiento con el profesor, la mano de la mujer se disparó como un látigo. Los dedos de Walburga, fríos y delgados como garras de ave, se cerraron con una fuerza antinatural alrededor de su muñeca.
Con un tirón violento, lo obligó a caer de nuevo sobre el sofá de terciopelo desgastado. Draco soltó un chillido de dolor; el impacto no solo le lastimó el brazo, sino que provocó un revuelco punzante en su estómago.
¿Qué había sido eso? ¿Un inicio de rastro de magia negra o simplemente el terror puro manifestándose en su cuerpo? No era un secreto para nadie cómo Walburga Black había "educado" a sus propios hijos; las paredes de esa casa parecían guardar los ecos de gritos antiguos. El miedo se instaló en su garganta, amargo y seco.
—Te contaré una historia. No te vayas —sentenció la mujer.
Su voz se elevó, recuperando ese tono de mando que no aceptaba réplicas, haciendo que el rubio diera un respingo violento. Draco estaba agotado. El estallido mágico de hace unos momentos, aquel que había lanzado el escritorio por los aires, le había pasado factura, dejándole una sensación de vacío y fatiga en los huesos.
En ese momento, sus planes de ir a casa de Blaise Zabini se disolvieron. Ya no le importaban las galletas de avena ni las lecciones sobre venenos; lo único que ansiaba era el refugio de los brazos de su madre. Quería que Narcissa lo sacara de allí, lejos de los ojos de la tía abuela. Esos ojos grises, fijos y desorbitados, lo escudriñaban con una intensidad que le provocaba una migraña palpitante. Era como si ella no estuviera viendo a Draco Malfoy, sino que estuviera intentando invocar a un fantasma a través de su rostro.
—Escucha con atención, Regulus... —susurró ella, ignorando por completo que él acababa de corregirla segundos antes.
Draco se encogió en el asiento, sintiéndose pequeño bajo la sombra de los retratos familiares que parecían juzgarlo desde las paredes. Tenía miedo.
—Bien —comenzó la mujer, con la mirada perdida en algún punto invisible del aire—. Hace tal vez diez o veinte años, esta casa estaba llena de vida. Estaba llena de personas que le daban color a la oscuridad que siempre ha atormentado a nuestra familia. Sí, hablo de tus tíos. Hablo de mis hijos: Sirius y Regulus.
Su voz flaqueó por un instante, volviéndose inusualmente suave, casi humana.
—Ellos eran mi mundo. Mi todo. Pero nunca los entendí del todo; nunca supe qué querían y qué no. Nunca supe ser una madre. Porque todos los niños merecen padres, pero no todos los padres merecen hijos. A pesar de eso, quería entenderlos, quería prepararlos para la crueldad del mundo exterior... sin darme cuenta de que, al final, la crueldad en sus vidas era yo. Yo fui la causante de sus finales.
Draco, a pesar del miedo que le atenazaba el pecho, sintió una punzada de curiosidad que venció a su prudencia. No podía evitarlo; la historia de los Black era un laberinto de secretos que siempre le habían contado a medias.
—Usted desterró a Sirius por ser un Gryffindor, ¿no es cierto? —preguntó sin contenerse, con la voz un poco más firme.
Sabía que era una imprudencia, que estaba tentando a la fiera, pero las palabras salieron de su boca antes de poder frenarlas. Walburga se quedó petrificada. Lentamente, giró el cuello hacia él, y Draco temió que fuera a abofetearlo. Sin embargo, ella solo soltó una risa seca y carente de alegría.
—No. Sirius jamás ha sido, ni será, desterrado de la familia Black... ¿Cómo dejaría yo a uno de mis hijos indefensos? Él solo está... lejos. —Sus ojos se nublaron por un segundo, negando años de rechazo y el nombre quemado en el tapiz de la pared.
Draco quiso replicar. Quiso decirle que todo el mundo mágico sabía que ella lo había repudiado, que Sirius era un paria para los suyos, pero la presión de la mano de Walburga en su muñeca aumentó, obligándolo a callar.
—No respondas —le cortó ella con frialdad—. No estoy aquí para convencerte de que soy una buena madre. Estoy aquí para que firmes algunas cosas y para que entiendas otras tantas.
La mujer humedeció sus labios resecos con un gesto nervioso. Con manos temblorosas, extrajo su varita de entre los pliegues de su vestido negro. El aire de la habitación pareció enfriarse de golpe, y el aroma a polvo se volvió sofocante.
—Escucha el peso de tu nombre, niño —siseó Walburga, y su voz ya no parecía humana, sino el crujido de pergaminos antiguos—. Draco Regulus Malfoy Black.
Cada sílaba que escapaba de sus labios marchitos se materializaba en el aire, grabándose con brasas en un pergamino. El aire de la oficina se volvió gélido, un frío que calaba los huesos y apagaba la luz natural de las ventanas.
—Hijo de la ambición de Lucius Abraxas Malfoy y de la estirpe de Narcissa Elizabeth Black. Por el vínculo que nos une como Blacks, Te nombro dueño de lo que fue Regulus Black y soberano de la mitad de todo cuanto este linaje ha poseído y codiciado. Lo que fue de él, ahora es tuyo. Lo que lo consumió a él, ahora te reclama a ti.
Walburga movió la muñeca con una agilidad eléctrica, cerrando el contrato con un latigazo de magia negra. El pergamino estalló, disolviéndose en el aire como un fénix de ceniza plateada que, en lugar de ascender, se precipitó hacia el pecho de Draco.
En ese instante, el mundo de Draco se tambaleó. Un calor líquido y metálico brotó de sus fosas nasales, manchando su camisa de seda. No era una hemorragia común; era como si millones de agujas atravesarán su cráneo ¿Estás eran las consecuencias un contrato de sangre? Era horrible.
El mareo lo golpeó con la brutalidad de una maza de hierro, haciendo que las paredes de la oficina comenzaran a girar en un torbellino de sombras. Draco sintió que sus rodillas cedían, pero antes de tocar el suelo, un peso muerto y asfixiante se desplomó sobre él. Walburga cayó como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos de golpe, atrapando el pequeño cuerpo del niño bajo el suyo.
Draco la sostuvo como pudo, con sus brazos delgados temblando violentamente bajo el peso de las pesadas túnicas de seda negra y el cuerpo rígido de la mujer.
—¿Tía? —Su voz no fue más que un hilo roto, un sonido agudo y cargado de un terror tan genuino que le dolió la garganta.
La oscuridad en la habitación se volvió absoluta, una negrura espesa que parecía tener dedos y que comenzaba a acariciarle la nuca. En ese silencio sepulcral, Draco se sintió más solo y pequeño de lo que jamás se había sentido en su corta vida. Con manos torpes y frenéticas, sacudió los hombros de la mujer.
De pronto, sintió un calor húmedo en el rostro. Un rastro espeso de sangre brotó de su nariz, producto del pacto que le había desgarrado las venas por dentro. El líquido carmesí, metálico y caliente, resbaló por su labio superior y goteó rítmicamente sobre la mejilla pálida de Walburga.
—Tía... por favor, esto no es gracioso. Despierta, por favor, despierta —suplicó en un susurro que terminó en un sollozo ahogado.
El llanto estalló en su pecho, no por una tristeza que aún no comprendía, sino por el miedo visceral, animal, de estar sosteniendo a la muerte entre sus brazos. Sentía el estómago revuelto, como si mil insectos le recorrieran las entrañas, y el pulso le martilleaba los oídos con una fuerza que lo ensordecía. La magia negra del pacto corría por su sangre como veneno de hongo, pesada y tóxica, reclamando su lugar en su cuerpo.
Estaba atrapado. Los retratos de las paredes parecían inclinarse hacia él, juzgándolo con sus ojos pintados. Se sentía asfixiado por el olor a polvo, a muerte y a esa fortuna ensangrentada que ahora le pertenecía.
—¡Kreacher! —El grito de Draco fue un alarido de puro pánico, un chillido desgarrador que buscaba desesperadamente una salida—. ¡Kreacher! ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Llama a un médico! ¡Ayúdame, sácame de aquí! ¡Mamá! ¡Quiero a mi mamá!
En su desesperación, Draco comenzó a retroceder a rastras por el suelo, intentando zafarse del abrazo helado del cadáver, mientras sus manos dejaban huellas de sangre y polvo en la alfombra milenaria de los Black. Solo quería volver a ser un niño, volver a la seguridad de los brazos de Narcissa y olvidar que, por un pacto de sangre que no pidió, ahora era el dueño de una casa que devoraba a sus habitantes.
(***)
El paso del terror absoluto a la inconsciencia fue como caer en un pozo de agua helada; de pronto, el peso del cadáver de Walburga y el olor a sangre desaparecieron, dejando paso a una negrura silenciosa.
Cuando Draco volvió a abrir los ojos, el mundo era blanco y cegador. No estaba en la oficina gótica y polvorienta; estaba en una cama de sábanas rígidas que olían a pociones desinfectantes y a magia curativa. El ajetreo constante de San Mungo —el eco de pasos apresurados, el tintineo de frascos de cristal y los susurros de los sanadores— se filtraba por sus oídos, devolviéndolo a la realidad.
Sintió una presión cálida en su mano derecha. Al bajar la vista, vio a su padre. Lucius Malfoy, siempre tan impecable y distante, estaba allí con la cabeza gacha, los hombros hundidos y el cabello rubio ligeramente despeinado. Parecía un hombre que acababa de ser devorado por el pánico, aferrándose a la mano de su hijo como si Draco fuera su único ancla en el mundo.
A su izquierda, Narcissa estaba prácticamente desplomada sobre el borde de la cama. Sus sollozos eran evidentes, aunque intentaba ahogarlos contra las mantas, y sus ojos azules estaban inyectados en sangre de tanto llorar.
—Mami... papi... —logró articular Draco.
Su voz sonó pequeña, infantil y terriblemente ronca, como si hubiera estado gritando durante horas en sus sueños. El esfuerzo de hablar le recordó el sabor metálico que aún persistía en el fondo de su garganta.
Al oír su voz, ambos padres levantaron la cabeza con una rapidez eléctrica. Narcissa soltó un jadeo ahogado, llevándose las manos a la boca mientras nuevas lágrimas desbordaban sus ojos. Lucius, por su parte, apretó la mano de Draco con una fuerza casi dolorosa, y por un segundo, la máscara de aristócrata frío se rompió por completo, dejando ver el alivio desesperado de un padre que pensó que había perdido a su hijo.
—Draco... oh, mi pequeño Draco —sollozó Narcissa, abalanzándose para besar su frente con una urgencia febril—. Estás aquí, estás a salvo. Gracias a Merlín, estás a salvo.
Draco la miró, refugiándose en el calor de su abrazo, pero a pesar de estar rodeado por el perfume familiar de su madre, sentía algo extraño en su pecho.
Con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa, hizo la pregunta que flotaba en el aire como una sentencia.
—Ella... ¿está muerta? —susurró, buscando la verdad en los ojos de sus padres.
Lucius soltó un suspiro largo, un sonido que cargaba con el peso de siglos de tragedia familiar. No respondió de inmediato. En su lugar, se acomodó en el borde de la cama, invadiendo el espacio personal de Draco con una ternura inusual. Extendió su mano —esa mano que solía ser firme y autoritaria— y comenzó a acariciarle el cabello con dedos ligeramente temblorosos. Lucius parecía estar luchando contra su propio pánico, tratando de recomponer la máscara de señor de la casa Malfoy mientras Narcissa, ajena a todo lo demás, cubría el rostro de su hijo con besos húmedos y desesperados.
—Ahora no es momento de pensar en eso, Draco —murmuró Lucius, evitando cuidadosamente su mirada. Sus ojos grises estaban fijos en la pared opuesta, como si estuviera calculando las implicaciones legales y mágicas del desastre—. Lo importante es que tú estás despertando.
—Pero la sangre... ella me —insistió Draco, sintiendo que un escalofrío recorría su espalda al recordar el contacto de la piel muerta contra la suya.
Lucius apretó los labios, y por un segundo, Draco vio una chispa de furia pura dirigida hacia la memoria de la tía abuela Walburga. Su padre se puso en pie con movimientos rígidos, como si le doliera el cuerpo.
—Iré por un sanador —dijo secamente, sin responder a la pregunta de su hijo—. Cissy, no dejes que se agite.
Draco observó a su padre salir de la habitación con paso rápido. Sabía que Lucius no solo iba por un médico.
continuara...
