Chapter Text
HOLAAAA, mi amor, te doy la bienvenida a mi fanfic. Será una bonita historia con tensiones románticas y mucho amor familiar. Si te gusta, por favor comenta y regálame un kudo 🥺💖
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[El mundo se salvó. La Emisión Estelar colapsó. Las constelaciones se disolvieron como estrellas fugaces que nadie alcanzó a pedir. Las habilidades sobrehumanas, los estigmas y objetos de fantasía desaparecieron. La normalidad ha vuelto].
[8 meses después].
En Seúl, la luz de un nuevo amanecer se hace presente. La ciudad que yacía en ruinas se ha ido reconstruyendo, poco a poco volviendo a ser lo que era antes.
En una de las tantas casas, los rayos del sol entran por la ventana sin pedir permiso, tiñendo las paredes de un naranja suave. Huele a té de cebada y a pan recién tostado. El reloj marca las 6 a.m. En el calendario, hoy es otro día más de abril.
Dokja camina despacio, silencioso, vestido con una pijama blanca, hasta tomar asiento al borde de un cómodo sofá, en una rutina de la que todavía está tratando de acostumbrarse. Sus ojos vagan por la sala minimalista: libros apilados, una maceta que decora un rincón, la televisión apagada, una ventana con las cortinas cerradas y, sobre la mesa baja, un revistero que lleva días sin moverse.
—¿Estás despierto? —pregunta una voz grave desde la cocina.
Dokja no responde de inmediato. Suelta un pequeño bostezo, su mente divaga. En otra vida, esa voz habría significado peligro, órdenes, muerte segura. Ahora solo arrastra una especie de... tranquila cotidianidad.
—Lo estoy —dice al fin, sin girar la cabeza.
Junghyeok aparece segundos después con dos tazas de té en las manos. Su cabello, algo despeinado, cae desordenado sobre su frente. Lleva un suéter gris y pantalones sencillos. El poderoso espadachín parece un simple hombre cercano a los 30 años que todavía no sabe cómo funciona un lavavajillas.
Dokja lo mira y sonríe con suavidad. Algo cansado. Algo tierno.
—¿Y eso? Te estás volviendo domesticado.
Junghyeok frunce el ceño. Deja una taza sobre la mesita sin decir nada, luego da un sorbo a la que se quedó en su mano. Pero su expresión es una mezcla de resignación y paciencia. Viniendo de él, eso ya es un poema.
—No te hagas ilusiones. Esta rutina no durará —pronuncia con un tono seco, mirando hacia otro lado.
—¿Por qué no? —responde Dokja, mirándolo con curiosidad—. Apenas ha pasado una semana y todo ha estado bien. ¿Por qué no duraría?
La pregunta queda suspendida en el aire.
El mundo no les exige correr. No hay constelaciones apostando sus monedas por cada palabra que dicen. No hay regresión. No hay narrativa que los guíe. No hay eventos. Solo quedan ellos: dos sobrevivientes marcados por cicatrices que no desaparecen, aprendiendo —con torpeza— a vivir en la normalidad.
Despacio, Dokja toma la taza de té de la mesita, respirando el agradable aroma a cebada.
—Junghyeok... Aceptaste la idea de mudarte aquí —dice con un toque burlón en su tono—. ¿Acaso te estás arrepintiendo? Le romperás el corazón a Mi-ah.
El otro hombre lo mira. Serio, intenso. Como si intentara encontrar la respuesta en su rostro, como si aún no entendiera por qué Dokja Kim sigue a su lado.
—Nunca dije eso —musita con su típica indiferencia.
—Jajaja —ríe por lo bajo, ya acostumbrado a molestar al pez luna. Luego da un sorbo al té caliente, disfrutando de inmediato del sabor—. Carajo... hasta eres increíble para hacer un té —admite casi a regañadientes.
—Hmph —Junghyeok sonríe ligeramente ante ese comentario.
Y por un instante —breve, silencioso, tibio— el mundo parece haberse detenido justo ahí: entre dos tazas de té y una vida que, quizá, ya no les resulta tan ajena.
Entonces, al dar un vistazo a la hora en su celular, Dokja le muestra la pantalla a su compañero, quien solo asiente con la cabeza. Ambos adultos saben que el tiempo es oro, así que cada uno se pone manos a la obra para iniciar la rutina.
Junghyeok pasa a la cocina para preparar el desayuno, sacando a relucir sus majestuosas habilidades de chef. Dokja, por su parte, se adelanta a tomar una ducha. Como solo hay un baño en casa, debe aprovecharlo antes de que comience la verdadera batalla por el agua caliente.
Tras ducharse, pasa por su habitación y se arregla con un impecable conjunto de oficina. En el pasado, usaba este tipo de ropa en su aburrida rutina como asalariado, trabajando para alguien más. Pero ahora es distinto. Se viste así con una sonrisa en el rostro porque va a trabajar como jefe de su propio negocio:
✨ La Compañía de Kim Dokja. ✨
Ya no tiene que luchar por salvar el mundo, pero tampoco volverá a sentirse atrapado en una vida gris. No más ser un personaje secundario en su propia historia.
Mientras se coloca la corbata, su mirada va hacia su cama, donde una figura pequeña descansa bajo las sábanas. No tardará en despertar, así que simplemente termina de arreglarse y prepara su maletín de trabajo.
Pasan unos minutos más y, entonces, una sonora alarma suena desde una de las habitaciones. Instantes después, la casa se llena de movimiento y vocecitas que acompañan esta nueva cotidianidad.
Porque no, Dokja y Junghyeok no viven solos. En esta pequeña pero acogedora casa de tres habitaciones, conviven con cuatro bendiciones a quienes cuidan como figuras paternas:
Yuseong, la niña gentil de cabellos rubios que ama a los animales. Gilyeong, el niño valiente que adora a los insectos más que nadie. Biyu, la adorable dokkaebi criada por Dokja y Mi-ah, la hermana menor de Junghyeok, siempre observadora y sensata.
A excepción de Biyu, los demás niños deben ir a la escuela, así que también se ponen en marcha. Uno por uno se turnan para tomar una ducha, luego se visten con sus uniformes escolares y acuden al comedor, donde el desayuno los espera.
—Buenos días —se intercambian los saludos matutinos, unos más entusiastas que otros.
Mientras cada uno va tomando asiento, Junghyeok sirve los platos, uno tras otro, hasta que todos —incluyéndose— tienen su ración frente a ellos.
—¡Waaaah! ¡La comida de mi hermano es la mejor! —exclama Mi-ah con entusiasmo, devorando su plato con energía.
—La comida de Dokja es superior... —murmura Gilyeong con cierta cautela, más por lealtad a su papá que por convicción.
—Sí... Dokja es mucho mejor cocinero —secunda Yuseong en voz baja—. Nadie se le compara.
—Solo coman en paz, chicos —dice Dokja con una sonrisa suave, aunque por dentro piensa, un poco dolido: "Me alegra que me quieran tanto, pero hasta yo sé que no están siendo honestos".
Junghyeok no dice nada. Come su plato con tranquilidad, su expresión serena. Pero en sus ojos oscuros brilla algo que Dokja logra captar. Ya no tiene la Perspectiva del Lector Omnisciente, pero lo intuye: aunque el pez luna no lo admita, esta rutina no le desagrada.
De pronto, una figurita flotante de pelaje blanco con un pequeño cuerno se acerca volando despacito: es Biyu, la pequeña dokkaebi, que acaba de despertar.
—¡Papá! —exclama con ternura, flotando hasta la cara de Dokja y abrazándolo con alegría.
—Buenos días, Biyu. ¿Dormiste bien? —le responde con afecto, acariciando su cabecita con suavidad.
—Sí, dormí muy bien —responde ella, acomodándose feliz sobre la cabeza de su padre como si ese fuera su lugar natural.
Gilyeong y Yuseong observan la escena con un poquito de celos. No dicen nada, pero se les nota en la cara.
—Son tan inmaduros... —susurra Mi-ah con una mueca, mirando a ese par que cela a su papá Dokja, mientras ella disfruta tranquila del afecto incondicional de su hermano mayor.
Posteriormente, al terminar el desayuno, llega la hora de salir de casa.
Reunidos en la entrada, llega el momento de las despedidas matutinas.
—Niños... ¿es necesario que hagan esto todos los días de escuela? —pregunta Dokja con una mezcla de confusión y ternura, mientras recibe un abrazo de Gilyeong por su lado derecho y de Yuseong por el izquierdo.
—¡Claro que sí! —responden ambos al unísono, con total seriedad.
Dokja no puede evitar soltar una pequeña risa.
—Les deseo un buen día. Pórtense bien —les dice con calidez, acariciando sus cabezas con afecto paternal.
Luego, dirige su atención a Mi-ah, que espera con los brazos cruzados y la mirada impaciente. Está claro que le molesta ver tanta efusividad. Aun así, Dokja se le acerca y le regala también una caricia suave sobre el cabello.
—También te deseo un buen día a ti —le dice con una sonrisa gentil.
—Gracias... —murmura ella, mirando hacia otro lado con las mejillas teñidas de rosa.
"Eres tan parecida a tu hermano", piensa Dokja, divertido.
Con eso, los tres niños están listos para marcharse. Junghyeok, que ha observado toda la escena desde la puerta con su expresión habitual, finalmente habla:
—No lo olviden: regresen los tres juntos.
—¡Sí, capitán! —responden al unísono los tres, firmes como si siguieran en un evento del sistema.
Justo cuando están por salir, Dokja añade de forma casual:
—Por cierto, hoy traeré pollo frito del local de Myungoh para la cena.
Las reacciones no se hacen esperar. Junghyeok se tensa al instante, mientras los ojos de los niños brillan de felicidad. Incluso Biyu, aun flotando sobre la cabeza de su papá, salta emocionada, aunque ni siquiera coma eso.
—¡Pide una orden grande, por favor! —grita Gilyeong.
—¡Y que no se te olvide la salsa de soya! —secunda Mi-ah.
—¡Sí, por favor! —añade Yuseong con una sonrisa radiante.
—¡Pollo fritoooo! —celebra Biyu, agitando sus bracitos en el aire.
—Lo haré, lo haré —responde Dokja con una sonrisa orgullosa de "padre proveedor", mientras Junghyeok lo mira con el ceño fruncido.
Los niños se despiden una vez más y se van juntos a la escuela, mientras que Dokja y Biyu perciben que el pez luna no está contento.
—Esa comida grasosa no es saludable —dice con calma, pero con claro rechazo.
—Tranquilo. No es algo que coman tan seguido. No habrá problema.
—Pero...
—Además, ya reciben tus comidas saludables y deliciosas durante toda la semana. ¿Qué mal podría hacerles un poco de pollo frito? —responde con esa sonrisa de siempre.
Esa estúpida sonrisa. La misma que Junghyeok ha visto tantas veces, y que por alguna razón logra desarmarlo. Aunque no lo admita, le desarma incluso más que cualquier constelación o entidad superior. Así que, sin decir nada más, simplemente gira el rostro hacia otro lado.
Finalmente, Dokja, con su maletín en mano y Biyu sobre su cabeza, comienza a caminar hacia su trabajo. Junghyeok solo lo observa alejarse, sin la intención de decirle nada, pero... tras solo dar unos pocos pasos, el susodicho se detiene.
Se gira un poco, levantando la mano para despedirse con calidez:
—Nos vemos más tarde.
—Bye, bye —añade Biyu, imitando el gesto con su pequeña manito.
Él no responde. Solo los observa alejarse con ese rostro serio de siempre... pero sus ojos los siguen hasta que desaparecen de su vista.
Habiéndose quedado solo, Junghyeok deja salir un suspiro. Además de estar adaptándose a esta nueva rutina, también lleva los últimos meses tratando de encontrar su lugar en esta normalidad. En esta paz.
Después de haberlo dado todo como el Regresor... ahora no sabe qué camino debe seguir.
Observa a la distancia el punto donde Dokja desapareció por la calle. Lo ha visto levantarse cada mañana, construir su empresa desde cero, enfrentar el mundo con una sonrisa que antes parecía imposible. Y aunque no lo dice en voz alta, le es imposible no sentir que se está quedando atrás.
"También tengo que encontrar mi lugar en este mundo...", piensa. Por eso, horas atrás, le dijo a Dokja que esta rutina no duraría. Porque quizás —solo quizás— su camino no esté aquí. No esté junto a él.
Pero al mismo tiempo... hay una parte de sí que se siente extrañamente feliz.
Feliz de ver a Dokja sonriendo. Feliz de ver a su hermanita segura, tranquila. Feliz de ver a esos niños despertarse cada día para vivir una infancia normal, sin sangre ni tragedias. Feliz, aunque no lo entienda completamente.
Vuelve a suspirar, bajando la mirada mientras da media vuelta hacia el interior de la casa.
—Tengo que ir a trabajar... —murmura para sí, sin mucho convencimiento.
Quizás —solo quizás— ya ha encontrado su lugar en este mundo. Solo que aún no se ha dado cuenta. 💖
FIN DEL CAPÍTULO 1.
