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El sonido de sus zapatos golpeando el mármol liso y oscuro del suelo marcaba un veloz ritmo por las paredes vidriosas del edificio de la Port Mafia. Dazai Osamu, de dieciséis años, se encontraba dirigiéndose a la cámara principal del piso más alto del edificio, la oficina del jefe. Su paso apresurado se debía a su irritabilidad, o mejor dicho, a su inmensurable indignación. No podía creer lo que habían visto sus ojos.
Estaban en una misión en conjunto; uno de los principales administradores de la entrada de mercancía y suministros de la Port Mafia había sido hallado muerto en uno de los sectores de custodia de aquellas adquisiciones. El plan era sencillo: enviar a Double Black junto a un pequeño grupo de subordinados para registrar la zona y descifrar al asesino; si podían encontrarlo y acabar con su vida, mejor. Todo ocurrió al pie de la letra. Dazai unió los puntos en segundos, encontrando fácilmente la identidad del culpable y su escondite, y Chuuya destrozó el cuerpo del asesino en el momento exacto. Había razones de por qué eran el dúo más peligroso del bajo mundo. Fue sencillo, una misión más para Double Black de tan solo dieciséis años.
Todo comenzó cuando retomaron su camino hacia la sede de la Port Mafia. Mientras esperaban a que llegaran los autos encargados de llevarlos de vuelta, un subordinado de quien ni siquiera recuerda el nombre había estado mirando a Chuuya por demasiado tiempo. Nadie parecía notarlo, excepto Dazai, quien no parecía poder ignorarlo ni otro segundo más. Sus ojos se clavaban como dagas en el pelirrojo, como si quisiera comérselo vivo. Acababan de terminar una misión. ¿Qué carajos quería hacerle este tipo a su chibi? El mencionado le hablaba audiblemente sobre los detalles de la misión, pero Dazai no podía dejar de prestarle atención al comportamiento del espía. Eso fue hasta que Chuuya finalmente perdió los estribos y le golpeó en la cabeza; no le gustaba que le ignoraran. "Idiota", murmuró el pelirrojo y se dio vuelta para felicitar a algún otro subordinado, clásico de Chuuya.
Dazai se quedó con la respuesta a su insulto en la lengua, ya que pudo divisar cómo aquel muchacho de ojos claros se le acercaba sigilosamente a Chuuya. Esto no le gustaba nada. ¿Quién carajo se creía? Pronto entabló conversación con el pelirrojo, quien no se vio sorprendido y simplemente le habló como a un par. Ante esto, el chico se vio tranquilo y más seguro de sí mismo. Dazai no estaba celoso, en absoluto, simplemente tenía curiosidad; era un humano, después de todo... aunque muchos no lo creyeran, incluyéndose a sí mismo. Y seguir y espiar el comportamiento de su mascota es el deber de todo dueño. Con ese pensamiento en mente, se envalentonó hacia ellos, escondiéndose en la oscuridad del bosque y sus altos árboles.
La conversación no era nada del otro mundo, simplemente algunos detalles de la misión y algunas preguntas sobre cómo mejorar sus habilidades, un comportamiento común entre los subordinados de Chuuya. Sus voces comenzaron a apagarse y un silencio incómodo se traslucía entre las palabras. Parecía que su trivial charla había llegado a su fin cuando el chico rubio comenzó con claro nerviosismo.
—Este... quería consultarle algo... señor.
—No hace falta que me llames señor. —Chuuya está bien, ya te lo he dicho—contestó con su característica calidez que Dazai tanto odiaba.
—Eh... sí claro, perdón... —un silencio incómodo reinó el espacio entre ellos —Yo me preguntaba si... si querrías ir a beber algo, algún día de estos...
Dazai no podía creer lo que percibían sus oídos. ¿Este sinvergüenza intentaba ligar con Chuuya? No había manera de que el pelirrojo se rebajara a su nivel; ya de por sí era controversial que permitiera un trato tan informal de parte de un subordinado, ¿pero esto? Esto era inaceptable.
Chuuya no veía ningún problema en salir con subordinados; al contrario, le gustaba poder pasar una noche bebiendo un buen vino y teniendo una charla tranquila. —Claro, no hay problema. ¿Quieres que te dé mi número?
Tanto el chico como Dazai quedaron perplejos, uno de alegría y el otro... bueno, si no estaba a punto de cometer un suicidio, alguien tendría que morir. —S-sí, claro, gracias—respondió lleno de nervios y salió corriendo como si se hubiera ganado la lotería.
Chuuya lo miró con duda. ¿Acaso se estaba perdiendo de algo? Dazai también lo miró, pero esta vez con ojos oscuros, típicos del "Demonio Prodigio", una mirada que mataría a cien mil hombres sin decir palabra.
Así fue durante todo el camino hasta el edificio de la Port Mafia; Chuuya lo miraba extrañado. Ya sabía que su compañero era un misterio delirante, pero que permanezca callado y con la mirada en un punto fijo, como en trance, no solía ser lo más común. ¿Estará enojado? No... no tiene caso intentar adivinar lo que pasa por la mente de ese demente, pensó el pelirrojo.
Cuando eventualmente llegaron al lugar, ambos se despidieron rápidamente. Y aquí llegamos nuevamente al presente, Dazai dirigiéndose a la oficina de Mori, con una peste negra que lo perseguía, y no me refiero a su olor repugnante del que Chuuya siempre se quejaba, sino que tanto su postura como la mueca tallada en su cara formaban un conjunto que solo podía ser un letrero de aviso gigante que decía "Cuidado: Zona Restringida".
Finalmente llegó a la puerta de la oficina, tocó dos veces y esperó. Nadie parecía contestarle, entonces decidió entrar a la fuerza; necesitaba darle a Mori el informe de la misión y huir cuanto antes pudiera. No le gustaba cómo se sentía... Era extraño, intimidante; no quería abordar el por qué se había puesto así simplemente por ver a un subordinado coquetear con Chuuya.
Es que... desde lo ocurrido con Verlaine y el androide de nombre Adam que creían muerto, desde que vio al pelirrojo desplegar sus hermosas y oscuras alas de llamas negras, desde que vio la belleza destructiva que poseía su compañero, desde que cayó en sus brazos, sano y salvo... las cosas cambiaron.
Pasó casi una semana esperando a que Chuuya despertara tras la batalla. En un momento casi pierde la cuenta; era fácil hacerlo viendo al pelirrojo respirar lánguidamente mientras el dorado atardecer hacía brillar su pelo como filamentos de oro líquido, o la luz de la luna empapaba su fino rostro lleno de asperezas y cicatrices que indicaban el arduo conflicto de un niño quien ya no podía ser llamado de esa manera.
Cuando despertó, Dazai fue el primero en saberlo, ya que se había quedado dormido en la silla a su lado; aún recuerda su voz rasposa diciendo la primera palabra que se le venía a la cabeza.
"Dazai"
"Chuuya"
Ambos se habían mirado sorprendidos; el de vendas no esperaba verlo despierto y el pelirrojo no esperaba encontrarlo junto a él. Pronto sus miradas se conectaron y oh... los ojos azul cielo de Chuuya lo miraban de tal manera...
Dazai cortó el pensamiento; no quería seguir divagando entre sus recuerdos, menos si involucraban a cierta persona. Aunque a su vez... no podía permitir que Chuuya se buscara otro dueño, ¿o sí? Era su perro, después de todo. Pronto la puerta se abrió y una luz cálida invadió sus castaños ojos, los cuales brillaban con ese encanto característico de alguien que ya sabía lo que iba a hacer.
Al entrar a la oficina de su jefe no pudo divisar a nadie; los crayones de Elise estaban dispersos por el suelo y una pequeña tarta de fresas descansaba fresca en el escritorio rojizo. A Mori no le importará... Y así tomó aquel refinado platillo y se dispuso a zamparselo mientras descansaba en uno de los sillones dispuestos en la habitación. Mori no tardaría demasiado en llegar, donde quiera que esté.
Efectivamente, Mori no llegó. Dazai se terminó su tarta y comenzó a aburrirse; pensó en leer su apreciada guía de suicidios, pero rápidamente optó por rebuscar algún libro interesante de la estantería de su jefe, principalmente de aquella que nunca le dejaba leer. Al acercarse y comenzar a identificar cada libro, uno pequeño, de cuero y marco rojo sobresalía de la estantería. Rápidamente llamó su atención y lo tomó; no reconocía al autor y tampoco entendía por qué Mori tendría un libro así en su gran arsenal. Entonces leyó lentamente el título.
"Cómo Conquistar al Amor de tu Vida"
Dazai quedó perplejo; inmediatamente sus pensamientos volvieron a Chuuya y casi decidió cometer un suicidio en ese mismo instante, pero entonces recordó a aquel chico, la facilidad con la que Chuuya aceptó su propuesta, la visión de perder a su compañero, de compartirlo...
Sujetó fuertemente el pequeño libro y lo escondió en su abrigo; finalmente salió de la oficina. El informe de Mori podría esperar.
