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Summary:

La ruleta gira y lanza una maldición, donde ciertas personas sufrían una congelación inminente. La maldición cayó en Spreen y teme que la única cura sea Conterstine.

— UBICADO EN DEDSAFIO 3 !!!

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Pocas personas lograron ver la ruleta que giró en plena madrugada, ya fuera por estar despiertos o por haber sobrevivido. Ambas razones eran mucho más que obvias.

Cambio de Dificultad:
Una maldición se había expandido entre ciertos guerreros de forma aleatoria. Estas personas se veían afectadas por condiciones que podían variar drásticamente dependiendo de cada individuo, algo tan impredecible como la misma ruleta.

Ahora bien, ¿cómo fue que Conter se dio cuenta de que Spreen podría haber sido afectado por la ruleta? Todo comenzó en la madrugada, cuando el insomnio de Conter lo mantuvo despierto más de lo habitual. Estaba acostumbrado a las noches largas, pero esa vez algo estaba diferente.

Al principio, la noche parecía tranquila. El silencio envolvía la base flotante, y el sonido de las máquinas y los ventiladores parecía ser lo único que rompía la quietud del aire. Todo parecía en calma, hasta que, de repente, algo extraño ocurrió. Una ruleta, brillante y llena de colores, apareció en el aire frente a él. Como si fuera una broma pesada, esa rueda de la fortuna giró sin previo aviso. ¿Qué clase de mal chiste era este? ¿Lanzar una ruleta sin saber qué pasaría al amanecer porque la mayoría de los presentes estaba dormida?

Conter intentó ignorarlo al principio, pensando que tal vez era el cansancio o el estrés lo que lo había hecho imaginarse cosas. Pero cuando la rueda empezó a detenerse, el pánico lo invadió. La ruleta cayó en el color naranja, un tono que jamás había visto antes, y por un momento, su mente se nubló. Casi gritó, pero se contuvo. Casi despertó a todo el equipo con el susto del color rojo, el color que normalmente asociaban con peores consecuencias. Pero no era el caso, aún. Solo tendrían que esperar al amanecer.

Sin embargo, esa calma duró poco. Cuando intentó dormir nuevamente, notó algo extraño. La cama a su lado estaba mucho más fría de lo normal, y eso lo inquietó aún más. ¿Acaso Spreen se había destapado? ¿O estaba soñando con que la habitación estaba congelada? No... el frío que sentía a su lado era demasiado real.

La base flotante estaba equipada para que todos pudieran dormir cómodos, pero eso no explicaba lo que estaba pasando. Conter miró a su alrededor. Las camas estaban distribuidas en dos filas, separadas para cuatro personas. Él dormía junto a Farfa, Goncho y Spreen. Curiosamente, Farfa siempre se acomodaba en la orilla de la cama, casi cayéndose, mientras que Conter y Goncho preferían dormir en el centro, y Spreen ocupaba la otra orilla.

Conter frunció el ceño y, sin pensarlo demasiado, extendió su mano hacia el cuello de Spreen, buscando su pulso. Lo que sintió fue peor de lo que esperaba: su piel estaba tan fría, como si hubiera tocado a un muerto. Su pulso era débil, pero tranquilo. Sin embargo, la temperatura de su cuello era anormalmente baja.

De repente, todo lo que había creído un mal sueño comenzó a volverse aterradoramente real. La maldición de la ruleta no era algo que pudiera ignorar. Algo había sucedido con Spreen, y no era bueno.

Con preocupación, Conter se sentó en la cama, apoyándose en la almohada. Abrió su comunicador, revisando el mensaje sobre la Ruleta que había recibido. Algunas reacciones de otros que aún estaban despiertos lo confirmaban: algo estaba sucediendo y no se trataba de algo trivial.

Necesitaría ir a la montaña por la mañana sí o sí.

 

— Che Goncho, ¿No necesitás nada más para el evento de mañana? Si no, preguntale a Piru lo mismo de mi parte. — Farfadox abrió un cofre de la base flotante, retirando algunas reservas para su consumo mientras giraba la cabeza hacia Goncho, con una actitud relajada pero curiosa.

— Eh, sí, sí. Yo creo que ya tengo todo. Mamá Conter me dio de todo ayer. Deja, le pego un grito al Piru este. — Goncho asintió, no sin antes tomar una pastilla zombificadora.

— Boooeeeee, Conter anda protegiéndose ahora, ¿Eh? ¿Y Spreen? — Farfadox, con una sonrisa burlona, trató de hacer un comentario sobre lo que parecía ser una actitud más cuidadosa de Conter en los últimos días. No le importaba realmente, pero disfrutaba de mantener la conversación fluida mientras organizaba los cofres no reforzados. Sabía que perder algo valioso podría ser fatal.

Goncho asintió, sonriendo levemente.
— Sí, todo piola. Ivo me ayuda siempre con lo que necesito, igual siento que a veces me consiente demasiado, che. — dijo mientras se acomodaba, preparado para lo que fuera que viniera.

En ese momento, una voz rasposa y distorsionada irrumpió en su comunicador. Había una interferencia clara.
— ¿Alguien en base para TP? — la voz provenía de Serpias, quien estaba en el Nether con Shadoune y Sapnap. Ambos ya habían terminado de farmear en la zona que habían establecido.

Goncho asintió mientras caminaba rápidamente hacia el TP del bicolor.
Al instante apareció bajo el agua, mojándose completamente en el proceso. Maldijo por lo bajo, agradeciendo a Goncho antes de besarlo en la mejilla como signo de agradecimiento.

Sonrió y continuó con sus acciones, mientras Serpias le pasaba una toalla que las nutrias seguramente le habían entregado, para secar su cabello, haciendo lo mismo con Shadoune y Sapnap. A pesar de todo, la situación tenía una calma tensa que nadie lograba ignorar del todo.

Farfadox observaba la escena con una sonrisa de satisfacción, pero no podía evitar sentir la inquietud en el aire. Saludo a los chicos recién llegados con un gesto rápido, sin profundizar mucho más.

— ¿Ningún cambio por ahora? — preguntó, con un toque de preocupación en su voz.

— No, no he visto nada por el chat. — respondió Shadoune con una sonrisa tranquila, aunque el ambiente seguía tenso.

A pesar de las palabras, sus conversaciones eran sencillas y naturales, como siempre. Sabían que, al final del día, si uno estaba en peligro, los demás estarían allí para ayudar, sin importar cómo. Bastaba con una mirada o un pequeño gesto para entender que podían contar los unos con los otros.

De repente, el grito de Spreen los sacó de su ensimismamiento.
— ¡Son unos chupapija! ¡¿Cómo me van a robar todo el oro que tenía en el cofre común?! — Las quejas de Spreen se hicieron oír en toda la base, mientras revisaba frenéticamente los cofres en busca del oro perdido.

— ¿Qué dice este? No le hemos quitado nada, hasta donde sé. Además, está en el cofre común. ¿No es de uso público? — Serpias, con un tono acusador, se acercó a Spreen, levantando las orejas y observándolo de cerca.

Spreen se irritó aún más, su paciencia ya agotada.
— ¡Sí, pero avisen si van a sacar algo! Son unos boludos, por diooos... —

— Ya, ya, no stressed, osito. — Sapnap se acercó a Spreen por detrás, tratando de calmarlo con un toque en el hombro. A pesar de la aparente calma de Sapnap, algo no estaba bien. El frío en el cuerpo de Spreen era demasiado evidente para ignorarlo, pero ninguno de los chicos lo mencionó directamente.

— Es que no me entendés... — Spreen tapó su cara con ambas manos, sintiendo cómo el estrés lo superaba mientras sus garras se aferraban a su rostro con rabia contenida.

— Nadie te entiende, boludo. No podés dejar algo en el cofre común si sabes que lo vas a usar. Sólo dejamos ahí lo que sobra y lo que no necesitamos. — Piru, también se acercó, esta vez con una actitud más firme mientras señalaba el cofre.

Spreen suspiró profundamente y, aunque aún estaba molesto, no quería pelear más por algo tan trivial. Aunque él mismo había comenzado el conflicto, la tensión en el aire ya era suficiente.

— Che, ¿Han visto a Conter? Quería que fuéramos a la dungeon de las sirenas. — preguntó con un tono más relajado, intentando cambiar de tema.

— Eh, creo que lo vi con Pili. Yo también necesito, así que voy con ustedes. — Goncho sacó su comunicador y escribió rápidamente un mensaje al conejo mientras miraba a Spreen hacer lo mismo.

— Bueno, vení. Si está con Pili, lo esperamos allá. Probablemente esté en la Montaña. —

— Boeee, va toda la familia reunida entonces. — Serpias bufó, con una sonrisa traviesa, lo suficientemente fuerte como para que todos lo escucharan.

— Si querés, también venís, eh. — Serpias sonrió ampliamente, sabiendo que no podría negarse. — Farfa se quedará aquí con Sili mientras mejoran la base, ¿verdad? — El farfano asintió rápidamente, dándole una mirada a Sili para confirmar lo que acababa de decir.

— Bien, vamo' entonces. Dejame confirmar si está en la montaña o no. — Goncho se sentó en uno de los cofres de la base, recibiendo un regaño por parte de Sapnap, quien le indicó que se estaba sentando en sus cofres.

 

— ¡Te lo juro por mi vida que lo sentí casi muerto! — La nutria robótica, a pesar de su habitual alegría, negó y saltó varias veces, tratando de tranquilizarse.

— Conterstine, nuevamente. Es un efecto de la Ruleta, y como me mencionas, debemos llevarlo a la montaña para ver los síntomas y su evolución. — El conejo, con una mirada más grave que nunca, se sintió preocupado. A Conter no le gustaría ser secuestrado por las nutrias y acabar prisionero de ellas, pero sabía que esa sería una opción si las cosas no se controlaban.

Pensó por unos segundos y, justo a tiempo, recibió el mensaje de Goncho.

"Hola Conter, ¿Tas en la montaña? Vamos a ir con Ivo y Serpias a la dungeon de las sirenas. ¿Venís?"

Era una buena excusa para unirse a ellos, pero no podía quitarse la sensación de que algo estaba terriblemente mal.

"Sí, estoy en la montaña. Vengan."

... Va a ser un día largo.

— Pili, necesito tu ayuda. Los chicos vendrán a la montaña. ¿Puedes ayudarme a ver si Spreen fue afectado por la ruleta sin que sea tan obvio? —

La nutria asintió, sabiendo que la situación comenzaba a volverse más peligrosa de lo que cualquiera había anticipado.

 

—¿'Tas seguro que Conter está en la Montaña? —El híbrido bicolor giró los ojos, exasperado. Era la quinta vez que el azabache hacía exactamente la misma pregunta. Y como un reloj, Goncho respondía con el mismo tono calmado, lo que hacía que el ciclo pareciera interminable. Si no fuera porque caminaban juntos, probablemente ya le habría tirado algo a la cabeza.

—Sí, me dijo que sí. —Goncho, sin perder el ritmo, miró de reojo a los demás mientras avanzaban por el árido paisaje del Nether. A pesar de su calma, también parecía algo inquieto; después de todo, no todos los días había un cambio en las dungeons que afectaba tanto a la dinámica del grupo.

—¿Ustedes saben de qué tratará la próxima dungeon o quiénes serán los líderes? Me tiene ansioso eso —añadió, rompiendo la tensión con un tono más ligero.

Serpias, que hasta entonces había estado mirando al horizonte, reaccionó al comentario. Ladeó la cabeza como si considerara la pregunta, mientras Spreen entrecerraba los ojos, evaluando las palabras de su compañero. Algo no cuadraba.

—Mmmh, Farfa no ha dicho nada sobre la próxima dungeon —respondió finalmente Spreen, cruzando los brazos mientras caminaba—. Probablemente sea en tres días... aunque escuché por ahí que Shadoune podría ser uno de los líderes.

Sus ojos se desviaron hacia sus compañeros, atentos a sus reacciones.

—No creo, ¿sabés? —interrumpió Serpias con un gesto de negación—. Le pregunté directamente, y me dijo que no era líder. No sé quién carajo será, pero seguro nos agarran desprevenidos otra vez.

El silencio que siguió no era incómodo, pero sí estaba cargado de expectativa. La incertidumbre los acompañó hasta que alcanzaron el portal de la Montaña, cuya superficie brillaba con un fulgor inquietante. Al atravesarlo, el aire pesado del Nether dio paso a la frescura del mundo exterior, y la luz del sol los bañó con una calidez que era casi bienvenida

 

Mentiría si dijera que no me pareció raro empezar a sentirme mal esta mañana. Al principio pensé que era un simple resfriado, algo normal considerando que nuestra base está literalmente rodeada de agua. Aunque siempre se evaporaba por el calor infernal que hacía, esta vez no era lo mismo, algo no cuadraba.

Hoy me levanté más temprano de lo habitual, ni siquiera revisé quién seguía en cama, salvo para asegurarme de que Goncho estuviera bien tapado. No sé por qué, pero algo en mí ya se sentía fuera de lugar. Ignoré la sensación y salí.

Cris y Farfa ya estaban en la cocina, desayunando como si nada. Saludé con un movimiento de cabeza, intentando no llamar mucho la atención, pero apenas crucé el umbral me golpeó un extraño escalofrío. Pensé que era cosa del ambiente, pero... ¿un escalofrío en este horno de base? Algo no estaba bien.

— ¡Eh, buen día, pibe! — saludó Farfa, su tono animado contrastando con mi creciente malestar. Cris levantó una mano mientras masticaba un pedazo de pan, sin decir nada, pero sonriendo como siempre.

Me senté cerca de ellos, intentando ignorar cómo mi piel se sentía helada. Aún peor, había olvidado echarme bloqueador antes de salir. Claro, el calor extremo no lo sentía tanto ahora, pero mi piel no tardó en ponerse rojiza, casi quemada. No me di cuenta hasta que vi mis brazos, y tuve que tragarme el orgullo para pedirle ayuda a Cris.

— Che, ¿me pasás un poco de cremita? Me chamusqué mal los brazos — le pedí, levantándolos un poco para mostrarle las marcas del sol.

— ¿No te pusiste bloqueador? Sos un pelotudo — respondió entre risas, pero igual agarró el frasco y se acercó a ayudarme.

Mientras Cris aplicaba la crema, me miró de reojo y frunció el ceño.
— Che... ¿te diste cuenta de que estás re frío? — Su mano se quedó inmóvil en mi brazo por un momento antes de llamar a Farfa. — ¡Mirá, Farfa! Este pibe se siente como un cubo de hielo, vení a tocarlo.

— ¡No te zarpés, Cris! — protesté, aunque no pude evitar reírme de lo ridículo que sonaba.

Farfa se levantó con curiosidad y, sin decir nada, puso su mano en mi brazo. Su reacción fue inmediata.
— Eh, sí, boludo. Estás helado mal. ¿Tenés temperatura? — preguntó, pasando la mano de mi brazo a mi frente para comprobarlo.

— ¡Dejate de joder, loco! — me quejé, cerrando los ojos con fuerza mientras agitaba los brazos, tratando de ahuyentarlo como si fuera un mosquito.

— Posta, Cris, este pibe no tiene ni un gramo de calor. Es increíble cómo a algunos les tocan estos privilegios. — Farfa se rio mientras Cris asentía, siguiendo con la broma.

— Literal, llenamos la base de agua para refrescarnos del calor, y este pibe ni lo siente. ¡Qué injusticia! — agregó Cris, soltando una carcajada.

Aunque intenté reírme con ellos, no podía ignorar lo extraño que era. Siempre habíamos dicho que la base parecía un horno por las alturas y la falta de sombra. El agua era lo único que nos salvaba del calor sofocante, pero ahora mi cuerpo parecía estar en otro mundo. Sentía frío, un frío que se extendía desde mis venas hasta cada rincón de mi piel.

— Eu, pero no te sentís mal, ¿o sí? — preguntó Cris, su tono más serio ahora.

La mano de Farfa seguía en mi frente, y yo ya no tenía fuerzas para apartarlo. Es más, disfrutaba del calor que irradiaba. Mi cuerpo entero parecía relajarse, como si hubiera encontrado un refugio contra el frío que me invadía. Cerré los ojos sin darme cuenta, dejando que las voces de los chicos se desvanecieran.

Por un momento, sentí una paz extraña, como si el mundo se detuviera. No podía recordar la última vez que me había sentido así, tan cómodo, tan... desconectado de todo.

— ¡Spreen! — El grito de Farfa me sacó de golpe de ese trance.

— ¿Ah? ¿Qué pasa? — parpadeé, volviendo a la realidad.

— Sos un boludo — se rio Cris, despeinándome antes de terminar de colocarme la crema. Ni siquiera noté cuándo Farfa quitó su mano de mi frente, pero la de Cris la reemplazó, manteniendo ese calor que tanto necesitaba.

— Ya está. ¿Te sentís mejor ahora? — preguntó Cris mientras cerraba el frasco.

— Seee, gracias capo. — Me recosté en la silla, dejando escapar un suspiro aliviado. Por un momento, el frío había desaparecido, pero en el fondo sabía que algo no estaba bien.

 

Frente a ellos, un grupo de personas conversaba animadamente, rodeados de nutrias que parecían siempre estar en movimiento. Algunos los saludaron al verlos llegar, pero Goncho fue el primero en actuar.

—¡Mamá Conter! —gritó, corriendo hacia una figura que estaba de espaldas. Conterstine, que parecía inmerso en una charla con una de las nutrias, se giró al escuchar el llamado. Apenas tuvo tiempo de levantar la mano en saludo antes de que Goncho se lanzara sobre él en un abrazo que casi lo derriba.

Serpias, que también corrió hacia ellos, evitó que ambos cayeran al suelo con un movimiento rápido. Mientras tanto, Spreen permaneció a un lado, observando la escena con los brazos cruzados. Su atención pronto se desvió hacia Pili, que estaba al borde del grupo. Con pasos lentos, se acercó a la nutria y se inclinó para acariciarle la cabeza, algo que se había vuelto casi un ritual cada vez que se encontraban.

Pili levantó la mirada con una expresión que era difícil de leer.

—Hola, Spreen, ¿cómo estás? —La nutrIA habló con su tono característico, mezcla de formalidad y calidez.

—Se, todo piola. ¿Vos? —respondió Spreen mientras seguía acariciando el pelaje suave de Pili.

—Muy bien, gracias por preguntar. Pero... tenemos algo que hablar. Conter mencionó que hay una duda importante que deberías resolver.

Spreen levantó una ceja, intrigado.

—¿Eh? ¿Qué duda? —Su tono era despreocupado, pero el ambiente alrededor de Pili se sentía diferente. La nutrIA señaló un objeto que tenía entre las patas: un termómetro.

—Conter sospecha que algo podría estar afectándote. Este dispositivo nos ayudará a confirmar si su teoría es correcta.

Spreen miró el termómetro con desconfianza, como si fuera un artefacto maldito.

—¿Qué? ¿Ahora soy un pibe chiquito que necesita que le midan la fiebre? Dale, no me rompas las bolas. Estoy bien.

Pili no retrocedió. Su tono se mantuvo firme.

—Spreen, esto es importante. Hemos notado que tu temperatura corporal es... anormalmente baja.

Esa frase lo dejó helado, y no solo por el frío que ya sentía desde la mañana. Por un momento, pensó en ignorar el comentario, pero la seriedad en la voz de Pili era difícil de evadir. Finalmente, se dejó caer al suelo, sentándose con las piernas cruzadas bajo la sombra de un árbol cercano.

—Dale, hacé lo que tengas que hacer. Pero si es una pérdida de tiempo, te lo voy a cobrar —bufó, extendiendo una mano para recibir el termómetro.

Pili lo colocó con cuidado y se aseguró de que estuviera bien ajustado.— ¿Cuánto tiempo tengo que tener el coso este aquí? — Bufó con el ceño fruncido.

— Hasta que suene, Spreen, ¿Crees poder retenerlo ahí hasta que suene? — Pili soltó el termómetro, fijandose rápidamente que el mercurio no subía a la temperatura normal del cuerpo humano.

Y no era simple para ella comprobarlo. Era de metal, prácticamente no podía sentir ninguna sensación si tocaba algo.

Spreen asintió mientras pensaba en qué podría estarlo afectando de esta manera. No había nada que hubiera hecho que lo hubiera guiado a tener esta temperatura.

Bueno... Hace unos días no pudo ir a la dungeon de las sirenas, y cuando fue, nunca se secó el cuerpo apropiadamente, y Conter lo regañó por no cubrir sus orejas con algún tapón para que el agua no ingresara al interior de sus orejas. ¿No será alguna infección?

Spreen parecía un nene castigado en una esquina, apoyó su cabeza en la corteza del arbol mientras esperaba que sonara el pitido que esperaba con ansias.

Mientras esperaba, Spreen apoyó la cabeza contra el tronco del árbol, su mente vagando hacia lo que Pili había dicho. ¿Por qué Conter pensaría que algo estaba mal con él? Claro, había sentido frío últimamente, incluso en el calor sofocante del Nether, pero siempre lo había atribuido al cansancio o a un resfriado. Nada fuera de lo común.

—¿Spreen, has oído hablar de la ruleta que se lanzó en la madrugada? —preguntó Pili de repente, rompiendo el silencio. Su tono era casi un susurro.

El híbrido levantó la mirada, confundido.

—¿Qué ruleta? ¿Y desde cuándo hacen esas cosas a escondidas? —Su ceño se frunció mientras intentaba procesar lo que escuchaba.

—No es algo común, pero ocurrió un error durante el lanzamiento. La dificultad del juego cambió, y con ello, algunos jugadores comenzaron a experimentar efectos secundarios. Uno de ellos es la cristalización. Conter cree que tú podrías estar siendo afectado.

Spreen parpadeó, incrédulo.

—¿Cristalización? ¿Y yo por qué? Es como si me quisieran nerfear de mil maneras. —Trató de sonar despreocupado, pero su voz traicionó la tensión que comenzaba a acumularse en su pecho. Pili continuó, ignorando su tono sarcástico.

—No lo sabemos con certeza, pero los síntomas coinciden. Tu temperatura es demasiado baja, como si tuvieras hipotermia. Si no se detiene, podrías... —La nutrIA hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Bueno, podrías perder tu movilidad por completo.

Por un instante, el mundo pareció detenerse. Spreen apretó los dientes, tratando de procesar la información. No podía permitirse debilitarse. No aquí, no ahora. Había personas que dependían de él. Pero esa sensación de rigidez en su cuerpo, ese frío que parecía venir de dentro... todo apuntaba a que Pili tenía razón.

El sonido del termómetro lo sacó de sus pensamientos. Pili lo retiró con cuidado y revisó los resultados.

—Es como sospechábamos. Tu temperatura está peligrosamente baja. Spreen, si no hacemos algo, este proceso podría empeorar. —Pili lo miró con seriedad, pero él apartó la mirada, poniéndose de pie con un movimiento brusco.

—Estoy bien —dijo, casi con terquedad. Su tono no admitía réplica.

Mientras se alejaba, su mente estaba en caos. Necesitaba encontrar una solución antes de que fuera demasiado tarde. Pero pedir ayuda nunca había sido su fuerte, y ahora tendría que depender de otros para resolver este problema. La idea lo consumía, pero no podía quedarse quieto.

—Esto no me va a ganar —murmuró para sí mismo, mientras apretaba los puños y comenzaba a planear su siguiente movimiento.

 

Goncho, Serpias y Conter regresaron de la sala de apuestas con las emociones todavía a flor de piel. Habían ganado algo de dinero y la adrenalina seguía en sus venas, pero eso no les hacía olvidar su plan: encontrar al azabache e ir directamente hacia la dungeon que habían decidido explorar. Sin embargo, al llegar al punto de encuentro, lo único que encontraron fue el eco del lugar vacío. Ni Spreen ni la nutria con la que se había quedado hablando estaban ahí.

Conter frunció el ceño. La ausencia de ambos era suficiente para alarmarlo. Aunque Spreen era impredecible, no solía desviarse de los planes sin avisar.

—Esto no me huele bien —murmuró, mirando alrededor como si el azabache pudiera aparecer de la nada.

—¿Qué sale? ¿Pedimos tp a la base? —sugirió Goncho, sacando su comunicador y preparándose para enviar un mensaje.

—Sí, pedilo ya —respondió Serpias. Ambos asintieron, y no pasó mucho tiempo antes de que una conocida voz respondiera del otro lado del aparato.

—¡Ole! ¿Cómo están, chicos? —saludó Sili con su característico entusiasmo, justo antes de enviarles el tp.

En un abrir y cerrar de ojos, los tres se encontraron en la base principal. Apenas llegaron, Conter no perdió el tiempo en analizar la situación. Una multitud se había reunido en el centro, formando un círculo alrededor de dos figuras: Piru y Spreen.

—Che, pero amigo… esto no me parece natural —comentó Goncho, avanzando unos pasos para observar mejor.

—Lleva así desde la mañana —explicó Farfa, observando a Piru que se sentó sin apartar las manos de las mejillas del azabache, que estaba sentado sobre un cofre con los ojos cerrados—. Incluso entró en un trance el pelotudo. Fue tierno, no te voy a mentir.

—¿Trance? ¿Y no tiene algo que ver con la dungeon de esta semana? —preguntó Serpias, ladeando la cabeza—. Nia es la líder de la próxima, capaz podríamos preguntarle si sabe algo.

Sili, que estaba revisando algo en su comunicador, alzó la vista. —Podría ser. Aunque lo raro es que… no hay reportes de nadie más afectado. Al menos por ahora, parece que este chaval sacó la lotería con esta maldición.

Goncho y Serpias intercambiaron una mirada antes de acercarse al círculo, donde Spreen seguía inmóvil. Piru le sostenía las mejillas, frotándolas ligeramente con las yemas de los dedos como si intentara combatir el frío que emanaba de su piel.

—No tengo ni puta idea de qué me está pasando —gruñó Spreen, abriendo los ojos para observar a todos con fastidio—. Pili me dijo que era algo de la ruleta, pero ni siquiera me explicó qué hacer para frenarlo.

—Capaz porque no dejaste que te ayudara como correspondía —intervino Shadoune desde un costado, cruzándose de brazos.

Conter, que había estado revolviendo sus cofres, regresó al círculo con una almohadilla rellena de semillas en las manos. La dejó al sol para que absorbiera algo de calor antes de unirse a la conversación.

—Vos sos retrasado —contestó Spreen con un bufido, mirando a Shadoune con el ceño fruncido—. ¿Cómo querés que la deje hacer lo que quiera sin explicarme nada primero?

—Pero parecés tener hipotermia. —señaló Amilcar, ignorando la pelea habitual entre el azabache y el albino—. ¿Alguien más tiene los mismos síntomas?

—No, por ahora nadie más. Este pelotudo es único en todo, hasta en maldiciones —comentó Sili con una risa contenida, aunque sus ojos mostraban preocupación.

—¡Pero eres imbécil! —intervino Conter, acercándose aún más—. Tienes que dejar que te ayuden. Nadie sabe si esto puede empeorar o no.

—¿Y qué? ¿Vos te dejarías? ¡Ni en pedo! —Spreen apretó los puños, claramente irritado. Piru tuvo que contener una sonrisa; la dinámica entre Conter y Spreen siempre resultaba entretenida.

Mientras el dúo discutía, Sapnap apareció en la base y se acercó a Serpias, susurrándole al oído:

—What’s going on?

Serpias lo miró de reojo antes de tomarlo de la muñeca y apartarlo del grupo. Con una sonrisa gatuna, comenzó a explicarle la situación en inglés. Mientras tanto, Shadoune observaba la interacción, tentado a intervenir para molestar, pero decidió contenerse. Esta vez, el asunto era demasiado serio para bromear.

Cambio de escenario

Mientras tanto, en otra parte del mundo, Soarinng navegaba por el Nether en busca de Sylvee. Había estado ausente en las últimas misiones, y aunque no era raro que se tomara descansos, su desaparición empezaba a preocupar al equipo.

—¿Oigan? ¿Han visto a Sylvee? —preguntó, enviando un audio al team por el comunicador.

—No la he visto desde anoche. ¿Por qué? ¿Pasó algo? —respondió el chico de capucha de paloma, que estaba explorando la Montaña junto a Aquino.

—¿Alguno vio la ruleta que se lanzó anoche? —intervino Barca.

—¿Qué ruleta? —preguntó Duxo, deteniéndose un momento mientras observaba a Aquino comprar en una de las cuevas de la Montaña.

—Fue de madrugada —respondió Barca con un tono sombrío—. Cambiaron la dificultad, pero no fue un cambio normal. Era como una maldición para ciertas personas.

—¿Y nadie comunicó eso en el chat global? —preguntó Aquino, visiblemente alarmado.

—Parece que pocos lo saben —respondió Barca, suspirando.

—Por eso mismo están todos pendejos. ¿Por qué nadie dice nada? ¿Hay algún afectado? —insistió Duxo, encendiendo nuevamente su comunicador.

En ese momento, Soarinng continuaba hablando con Natalan y Daarick, intentando sacar más información sobre Sylvee. El tema comenzaba a mezclarse con la creciente preocupación por los efectos de la ruleta.

—Barca está aquí en la base también. ¿Nadie quiere tp? —preguntó Roberto, intentando redirigir la conversación.

El Nether, las bases y las montañas se encontraban en una calma tensa. Algo se había movido entre ellos, algo que pocos entendían pero que comenzaba a enlazar destinos de manera peligrosa.

—... ¿De verdad no tienes calor? —Serpias observaba a Spreen, tendido boca arriba en el techo de la base aérea, como si estuviera completamente ajeno al mundo a su alrededor.

La imagen de Spreen tan relajado bajo el abrasador sol contrastaba totalmente con la incomodidad de Serpias, que estaba encorvado bajo los bloques de concreto, buscando la mínima sombra para resguardarse del calor extremo.

Serpias frunció el ceño, sorprendido. No entendía cómo Spreen podía estar tan tranquilo. Sabía que algo raro había en él, pero en ese momento la situación lo dejaba sin palabras.

—... No. —Spreen no parecía sentir la mínima incomodidad. De hecho, se ajustó sus lentes de sol con un gesto perezoso, más para ocultar la molestia de la luz directa en sus ojos que por protegerse del calor.

A pesar de que su cuerpo no sufría el calor de la misma manera que el de Serpias, no estaba exento de dolor. El ardor que sentía en su piel bajo la exposición al sol era indescriptible, pero era un dolor superficial.

Lo peor, para él, era el frío que siempre sentía en el fondo de su ser, una sensación interna, persistente, que lo hacía más vulnerable de lo que se atrevía a admitir.

—Ya, pero... ¿Cómo no te va a quemar? O sea, me refiero a que... ¿No te duele? —Serpias preguntó, aún con incredulidad. Frunció más el ceño, sin poder concebir cómo alguien podía soportar tanto sufrimiento por el calor sin inmutarse.

Spreen no le respondió de inmediato, como si la pregunta no tuviera sentido. Sabía que para los demás su indiferencia ante el calor parecía un enigma, pero para él era simplemente parte de su existencia.

Su cuerpo no reaccionaba al calor, pero sí al frío. Un dolor constante en las manos y los pies que nadie entendía. Y, aunque su piel ardiera al sol, nunca era tan malo como el frío que sentía en su interior.

—Nah, todo bien. —Spreen soltó la frase con un tono relajado, casi como si fuera una respuesta estándar a todas las preocupaciones del mundo. Pero en su interior, el frío nunca se iba. Era algo que llevaba dentro, que había aprendido a callar.

Serpias lo miró, escéptico. No podía comprenderlo del todo, pero también sabía que no podía presionar más. Había aprendido a no forzar las respuestas de Spreen, a no intentar adentrarse demasiado en sus pensamientos.

Había algo en él que lo hacía inaccesible, como si siempre hubiera un muro invisible que separaba su verdadera naturaleza del resto del mundo.

Serpias estiró su cuerpo, aprovechando la pequeña sombra que la estructura del techo le ofrecía. Se apoyó contra un pilar de piedra, buscando algo de alivio.

Su cola, siempre inquieta, comenzó a golpear las hojas de la base, intentando enfriarse con el mínimo toque de humedad que el aire pudiera ofrecer. Era un mecanismo casi instintivo, pero le proporcionaba algo de calma.

Rebuscó en sus bolsillos y sacó un pequeño moño. Con rapidez, comenzó a hacer un rodete con su cabello, dejando que la mitad superior quedara atada de manera improvisada.

No era mucho, pero en ese momento lo único que podía hacer era distraerse, encontrar algo en lo que concentrarse para evitar pensar demasiado en la situación. Cuando terminó, miró a Spreen de nuevo, como si esperara algo más de él.

—... ¿Tu cabello es así naturalmente o te decoloras las puntas de un color blanco? —Serpias no sabía por qué se había fijado en eso. Tal vez era una manera de romper el silencio pesado que se había instalado entre ellos. Tal vez solo quería hablar de algo que no fuera el calor o el frío, algo superficial que no los hiciera pensar tanto.

Spreen no levantó la vista, pero el tono de su respuesta fue tan seco como siempre. —... Supongo que naturalmente. No soy como vos, que te decolorás cada dos semanas. No creas que no te vi hacerlo la semana pasada.

—¡E-eh! ¿Cuándo me viste? —Serpias reaccionó de manera exagerada, sonrojándose ligeramente. No había esperado que Spreen le lanzara una observación tan directa, tan precisa. Estaba un poco avergonzado, pero trató de esconderlo con una sonrisa nerviosa.

—En el búnker de Shadoune. —Spreen contestó con una expresión de indiferencia, como si no hubiera nada de especial en la observación. Para él, era tan natural como respirar.

—... Ah... ¿Y qué opinas? ¿Al menos te gusta cómo me queda? —Serpias intentó hacer una broma, buscando alguna reacción más de parte de Spreen. Su voz se volvió algo juguetona, como si eso fuera lo único que quedaba por hacer para evitar que el ambiente se volviera demasiado incómodo.

—... Muy 2018. —Spreen respondió de manera cortante, pero la leve sonrisa que asomó en su rostro traicionaba su aparente indiferencia. No estaba tan en desacuerdo como pretendía.

—¡Sí o no! —Serpias insistió, acercándose un poco más, casi en un tono desafiante.

—... See, te queda piola—Spreen finalmente cedió, pero con su típica actitud reservada, no demasiado expresiva.

Serpias se relajó, satisfecho con la respuesta, y se acomodó en su lugar. Aunque la posición era cómoda, sabía que no sería por mucho tiempo. La incomodidad siempre estaba presente, como un recordatorio de que nada realmente duraba.

En ese momento, la cabeza de Farfadox apareció desde el borde de la base, rompiendo la calma que habían alcanzado.

—Eu, ¿bajan a comer? —preguntó con voz curiosa, mirando hacia ambos con una sonrisa enigmática.

Serpias levantó el pulgar en señal afirmativa, asintiendo mientras dirigía una mirada cómplice a Spreen.

—Bueno, supongo que desde ahora tendrás una dosis de sol diaria, ¿hm? —comentó con tono de broma, intentando aligerar el ambiente.

—Probablemente. —Spreen respondió sin mucha emoción, dándole un vistazo al sol con indiferencia, mientras ambos se levantaban para bajar hacia la base.

 

La mansión gótica, con su atmósfera sombría, era el refugio de ambos después de misiones difíciles, su lugar de descanso, donde la tensión del día podía disiparse, al menos por un rato. Conter observaba a Spreen con preocupación desde la entrada, sabiendo que algo no estaba bien. No quería presionar, pero no podía ignorar la inquietud que veía en los ojos de Spreen.

—... ¿Estás seguro que no quieres que llame a Pili? —preguntó, su voz cargada de preocupación. A pesar de la calma aparente, no podía evitar notar cómo la actitud de Spreen había cambiado en los últimos días. Había algo que no podía entender, algo que lo hacía mantenerse a distancia. Quizás estaba relacionado con la maldición, con la ruleta, con todo lo que pasaba a su alrededor.

—Nah, probablemente pronto tiren una ruleta con más data. —Spreen se dejó caer en la cama del búnker, buscando algo de paz en la suavidad de las sábanas.

Se sentía exhausto, no solo físicamente, sino emocionalmente. La ansiedad lo estaba carcomiendo por dentro, pero no quería mostrarlo.

—¿Cómo supiste que podría tener la maldición de la ruleta? —Spreen preguntó de manera casual, pero sus ojos se fijaron en Conter, buscando una explicación.

Conter se quedó en silencio por un momento, pensando en la pregunta. Miró la cama y la forma en que la frialdad se sentía en la superficie. —La cama se sentía helada.

Spreen no respondió inmediatamente, como si la respuesta fuera suficiente para él, aunque no lo entendiera del todo. Era como si algo en esa simple frase hubiera resonado en su mente, pero no estaba seguro de qué.

—Ah. —Spreen asintió, como si todo tuviera sentido ahora, aunque no fuera así.

Conter suspiró y desvió la mirada hacia la antorcha que colgaba en la pared. El silencio se instaló entre ellos, pesado y lleno de pensamientos no expresados. Conter no sabía si debía seguir presionando o si debía esperar a que Spreen abriera sus sentimientos por sí mismo.

Finalmente, Conter se sentó cerca de Spreen en la cama, apoyándose en el respaldo y mirando hacia abajo, tratando de darle espacio al otro.

—... Sabes, es raro todo esto. —Spreen murmuró, retirando los lentes de sol y dejándolos sobre la mesita de noche. Se quitó la armadura, dejándola caer pesadamente al suelo. El sonido de la armadura al tocar el suelo parecía resonar con la incomodidad de la situación.

—¿Qué es raro? —Conter preguntó, observando con atención los movimientos de Spreen, intrigado por lo que podía estar pensando.

Spreen respiró hondo, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. —No hay nadie más afectado por la ruleta, ¿verdad?

Conter frunció el ceño, pensativo. —Probablemente haya más afectados. Cuando llegué a la montaña, vi al grupo de Nia con las nutrias, y también me encontré con Vicky. Pero no me ha dicho nada sobre la ruleta. De hecho, ni siquiera sabía de la ruleta de la madrugada.

Spreen observó a Conter con atención, entrecerrando los ojos. —¿No has sabido nada del team de Aldo? No he visto a nadie de ellos en la montaña.

—... El team de Aldo... No. Pero me encontré con Sylvee. Estaba con Nia, buscando a alguien. Parecía preocupada.

Spreen se quedó pensativo, digiriendo la información. —¿Y por qué no dijiste esto cuando estábamos con el resto? —preguntó, mirando fijamente a Conter, como si esperara una respuesta más profunda.

—... Porque me acabo de acordar. Pensé que era por algún tema aparte, no... Bueno, no eso de la cristalización —dijo Conter, con tono bajo y reflexivo, mientras sus ojos se posaban en el rostro de Spreen.

La expresión de Conter era suave, llena de esa calma que solo podía transmitir su presencia cuando estaba cerca de él.

Con su mano, acarició lentamente los mechones desordenados de cabello de Spreen, deshaciéndolos con un gesto tan natural que, en otro momento, podría haber parecido casual.

Pero no lo era. Cada movimiento suyo parecía medido, incluso cuando no estaba tratando de dar esa impresión.

Spreen, que se había quedado en silencio hasta ese momento, no dijo nada de inmediato. Cerró los ojos un segundo, como si pensara en lo que acababa de escuchar, dejando que las palabras de Conter se deslizasen suavemente sobre su mente. Un pequeño suspiro escapó de sus labios, casi imperceptible.

—De verdad que estás frío, eh... Hehe, puedo usarte como una almohada fría —bromeó Conter, pero su tono era cálido, más una observación que una burla. Pensaba en las tardes calurosas, cuando el sol abrasaba la tierra y el aire parecía derretirse.

Y ahora, frente a él, Spreen, siempre frío, casi etéreo, se había convertido en la contraparte perfecta para ese calor tan opresivo. Era extraño pensar que algo tan frío pudiera resultar tan agradable en ese momento.

Spreen no reaccionó de inmediato. No era raro que se mantuviera en su propio mundo, rodeado por una especie de capa de indiferencia. Pero esta vez, la respuesta fue diferente: una risa floja, casi una murmuración, que escapó de sus labios.

—Ni en pedo —respondió con su característico sarcasmo, cubriéndose la mitad inferior de su cara con las sábanas, como si ese pequeño gesto fuera suficiente para ocultar sus verdaderos pensamientos. Aunque su voz se sentía distante, su sonrisa, esa que rara vez mostraba, estaba ahí, palpable, como un rastro de algo que no se dejaba ver por completo.

Conter sonrió de vuelta, sin ninguna prisa, disfrutando el momento con una serenidad que solo él podía transmitir. Sin apartar la mirada de Spreen, comenzó a moverse, deslizándose hacia un lado para poder acomodarse mejor, pero en vez de quedarse a un extremo de la cama, se deslizó bajo las sábanas, buscando acercarse aún más. La cercanía entre ambos se hizo inmediata, como si un imán los atrajera sin ningún esfuerzo consciente.

—Muévete —dijo Conter con una voz baja y exigente, pero no de una forma grosera. Era más una invitación, un tono que implicaba confianza, como si ya no hubiera barreras entre ellos. Spreen, sin hacer preguntas, se movió lo suficiente para hacerle espacio, su cuerpo un suspiro leve entre las sábanas.

La fría quietud que siempre lo rodeaba comenzó a disiparse en el instante en que Conter se acercó más, tomando su lugar junto a él.

El calor humano de Conter se volvió un refugio inesperado para el azabache, que siempre había estado acostumbrado a la frialdad. La sensación fue extraña, casi incómoda al principio, como si la temperatura fuera algo que no comprendiera completamente.

Pero a medida que Conter lo rodeaba con sus brazos, uno envolviéndolo por la espalda y el otro acariciando su cabello con una suavidad inusitada, todo el frío que había estado acumulando en su cuerpo comenzó a desvanecerse lentamente.

Spreen no dijo nada. En lugar de eso, simplemente se acomodó en el hombro de Conter, hundiendo la cara en su piel con una mezcla de alivio y una sensación rara de seguridad. Su cuerpo, tan acostumbrado al frío que casi nunca podía sentir el calor de manera plena, ahora se sentía menos tenso, más relajado.

El calor de Conter lo envolvía y, por primera vez en mucho tiempo, podía dejar que su cuerpo se liberara de las restricciones que había construido alrededor de sí mismo.

—¿Sabes? —murmuró, su voz ronca y apagada mientras sentía cómo el pecho de Conter se elevaba y caía con su respiración. Fue un susurro casi perdido entre el ambiente denso de la habitación.

No lo decía por decir, sino porque, en ese momento, algo dentro de él necesitaba que las palabras salieran. —Ahora casi no siento frío.

Conter no respondió de inmediato. Era como si las palabras de Spreen fueran solo un eco en el aire, un suspiro que fluía naturalmente en el espacio entre ambos. Pero, en lugar de hablar, Conter sonrió suavemente.

Una sonrisa que tenía todo el peso de la cercanía, de una amistad que era más profunda de lo que ambos querían admitir. No se sintió obligado a decir nada; el silencio entre ellos ya era suficiente.

El calor que sentía Spreen era más que físico. Había algo más, algo que tocaba las fibras más delicadas de su ser, algo que lo hacía sentirse más completo, más “real”. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se había permitido sentir algo así, algo tan sencillo pero tan necesario.

Y por una vez, no importaba el mundo que los rodeaba. No importaba la misión, ni la ruleta, ni la maldición que los acechaba. Solo importaba ese momento, esa pequeña burbuja de calma que ambos compartían, lejos del caos.

Mientras Conter continuaba abrazándolo, el azabache cerró los ojos con una pesadez agradable, permitiendo que la calma lo envolviera por completo. Sentía como si su cuerpo, que siempre había estado en constante alerta, ahora estuviera finalmente en paz. Había algo profundamente humano en la forma en que Conter lo sostenía, algo que no podía describir pero que, de alguna manera, entendía en lo más profundo de su ser.

Y en ese abrazo, ambos permanecieron, sin decir nada más, solo sintiendo el uno al otro, flotando en un espacio donde las palabras eran innecesarias.