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Cicatrices parecidas

Summary:

Sniper se encuentra haciendo su trabajo, Spy aparece con intención de mirarlo y en el momento en el que se aburra apuñalarlo, pero, definitivamente no sale como el espera.

Notes:

El tag de spoiler del comic solo está para llamar al Sniper "no australiano" jaja

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Era una mañana cualquiera, más o menos medio día. Ya llevan horas de pelea nuestros queridos mercenarios, pues ese día a las siete y media de la mañana ya se les había mandado a dar guerra, sin importar el tiempo exageradamente caluroso de este maldito terreno casi desértico. Pero, ¿Donde se encontraban nuestros protagonistas?

A una altura que haría que a cualquiera le flaquearan las piernas, Sniper estaba en su elemento. Llevaba incluso desde antes de que la administradora los avisara ahí, en su nido. Era una cabaña pequeña pero a Sniper le iba perfecto. Respiraba lento, medido. El mundo se reducía al peso familiar del rifle apoyado contra su hombro, al leve vaivén del viento y al latido constante en sus sienes y los pequeños mechones de cabello que se escapaban debajo de su sombrero. Disparar, recargar, corregir. Disparar. Un bucle que el amaba, por algo era un profesional. Cada tiro encontraba su objetivo con una precisión casi insultante, como si fallar no fuese una posibilidad real, sino un concepto ajeno, algo que les ocurría a otros, no a él.

Una sonrisa ladeada se le escapaba cada vez que veía caer a alguien a lo lejos. No era soberbia (o al menos, no del todo), era la satisfacción de hacer bien lo único que realmente sabía hacer.

Lo que no sabía hacer tan bien era escuchar, por eso no se percató de que no estaba solo.

A su espalda, donde el aire parecía intacto, un Spy azul observaba en silencio absoluto. Invisible, sí, pero no ausente. Compartían la misma plataforma improvisada, la misma madera vieja que crujía con solo mirarla mal, la misma altura vertiginosa… con la pequeña diferencia de que uno de ellos no podía ser visto. Spy llevaba su impecable traje azul, hecho a medida, y, por supuesto, obscenamente caro. Incluso oculto bajo la invisibilidad, su porte era inconfundible. La navaja descansaba en su mano con la naturalidad de quien la ha usado mil veces, y con la facilidad con la que había llegado hasta allí podría haber acabado el trabajo en segundos. Un solo movimiento limpio, preciso, y el no australiano habría vuelto a reaparecer en su base, maldiciendo como siempre.

Pero no, al menos, todavía no.

Había algo deliciosamente tentador en quedarse ahí, tan cerca. En observar sin ser visto. En permitirse el lujo de retrasar lo inevitable. Spy había invertido una fortuna en ese reloj, y pensaba disfrutar cada segundo. Le permitía acercarse a su enemigo sin la presión inmediata de la pelea, sin la urgencia del cuchillo entrando en carne. Nadie más sabía que estaba allí. Nadie excepto él… y, en el fondo, eso hacía la situación todavía más íntima.

Se acercó un poco más.

Sniper era un espectáculo curioso desde esa distancia y aún más desde cerca. No era especialmente elegante, ni refinado, ni nada que Spy admitiría como "de su gusto" en voz alta. Y aun así… había algo en él. En su postura relajada, en la seguridad con la que se movía, en esa estúpida sonrisa que aparecía cada vez que un disparo salía perfecto.

Spy quería odiarlo, y de hecho, a momentos lo hacía, pero, le encantaba.

Jamás lo reconocería, claro. Ni siquiera ante sí mismo. Pero observarlo así, concentrado, letal, completamente ajeno a su presencia, le provocaba una sensación que varios llamarían peligrosa, algo que no encajaba bien con su trabajo, ni con su orgullo. Verlo ganar una y otra vez le revolvía el estómago, y no solo por la frustración de ser siempre el objetivo al que más le costaba llegar.

Sniper, por su parte, sentía ese cosquilleo incómodo en la nuca que solo aparecía en contadas ocasiones, ese de cuando te sientes observado. No podía verlo, no podía oírlo… pero conocía demasiado bien esa sensación después de estar tantos años en el ofició. Era como si alguien le estuviera respirando encima, como si el aire se hubiese vuelto más pesado de repente. Realmente no le gustaba esa sensación.

—Tsk... —murmuró para sí mismo, bajando el rifle un segundo.

Odiaba a los espías. A tanto al de su equipo como al del contrario. Pero a ese en concreto… había algo distinto. No era solo rabia. Era personal. Cada encuentro con él terminaba igual: burlas, provocaciones, cuchillas demasiado cerca, miradas que duraban mucho más de lo necesario. Y, aun así, cada vez que lo veía caer bajo su mira, una parte de él se sentía extrañamente decepcionada.

Era demasiado rápido, demasiado sencillo para alguien como el ... Hoy no había caído todavía. Y eso lo ponía nervioso. Ni siquiera lo había visto en el campo de batalla.

Spy se inclinó un poco más, queriendo apreciar mejor los detalles. La cicatriz en el rostro de Sniper, esa que él mismo le había dejado tiempo atrás (Ya no sabía si meses o años atrás), seguía ahí, visible, como una marca de propiedad no declarada. Le arrancó una sonrisa orgullosa. Era un recuerdo compartido, algo que los unía más de lo que cualquiera admitiría.

Pero se estaba distrayendo. Tal vez hasta demasiado.

Tenía trabajo que hacer, después de todo. Y aunque la idea de quedarse allí eternamente observándolo tenía su encanto, sabía que no podía permitírselo. Al menos, no sin consecuencias. Spy dio un paso, con la intención de acercarse más.

Entonces ocurrió. Un leve crujido.

La madera desgastada del suelo protestó bajo su peso.

Spy cerró los ojos por una fracción de segundo. Cómo no. No todo podía salir tan bien.

—¡Maldito espía! —gruñó, girándose con brusquedad—. ¿Dónde estás ahora, asqueroso bastardo apuñala espaldas?

Sniper en seguida empezó a buscar su kukri, el cual se encontraba colocado encima de una de las muchas cajas de madera que se encontraban en el interior de su nido. El kukri llegó a las manos de su dueño en cuestión de segundos, segundos los cuales, Spy aprovecho totalmente. Se alejó un poco, ganando distancia. No porque le diera ventaja real… sino porque todavía no estaba listo.

No para matarlo. O al menos, no todavía.

Sniper avanzó despacio, con el kukri firme en la mano y los hombros tensos, girándose por si las moscas, no se fiaba. No veía nada, no oía nada más que el silbido del viento... y aun así sabía que estaba ahí. Siempre lo sabía. Era casi una costumbre entre ellos: ese silencio espeso antes de que todo estallara.

—Vamos… —masculló entre dientes—. Sé que estás cerca, fantasma.

Spy observaba cada uno de sus movimientos con atención total. La forma en la que caminaba a ciegas, cómo giraba la cabeza ligeramente, cómo su agarre se tensaba cada vez que la madera crujía bajo sus botines. No era un animal desorientado, era un depredador al que le habían quitado uno de los sentidos. Y eso, lo hacía… quien sabe, se podía decir que peligroso.

Aunque, realmente ese estaba lejos de ser el motivo por el que Spy se había alejado.

Tan solo no estaba listo para darle un fin (aunque fuese temporal) a la vida de su amorcito. No todavía. Quería verlo pelear. Quería que se girase, que fallase un ataque, que gruñese frustrado de esa manera que tanto le gustaba al francés. En parte, incluso quería verlo fracasar. La regeneración dolía, siempre dolía, y no podía permitirse ese lujo ahora. No después de haber dejado ya pasar tantas víctimas por culpa de ese hombre que lo tenía completamente fascinado.

Sniper avanzó un paso más. Y otro. Y después, efectivamente, otro.

Spy, invisible, se quedó quieto, conteniendo incluso la respiración. Estaban demasiado cerca ahora. Lo suficiente como para que Sniper, sin saberlo, estuviera a escasos centímetros de él. Desde ahí, el francés podía apreciar cada detalle: el leve fruncir de su ceño, la cicatriz cruzándole el rostro, la tensión en su mandíbula.

Esa cicatriz, esa querida cicatriz.

Spy la recorrió con la mirada, satisfecho. Su mejor obra hecha en sus muchos encuentros, uno en el que, para variar, había vuelto a ganar. Sonrió para sí. A Sniper le dolía perder la distancia. Sacarle su rifle lo volvía torpe, casi inútil. Spy, en cambio, brillaba justo ahí, en el caos, en el cuerpo a cuerpo… al menos cuando no se veía obligado a usar su pistola.

Sniper, como si pudiera sentir esa mirada sobre él, chasqueó la lengua.

—Siempre igual contigo —murmuró, más para sí mismo—. Apareces, haces tu numerito y desapareces cuando te conviene.

Spy tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse. Qué descaro tenía. Qué descaro viniendo de un hombre que vivía en una caravana en mitad de la nada y se creía con derecho a criticarle.

Ambos estaban ya peligrosamente cerca. Sniper seguía lanzando insultos al vacío, cada palabra cargada de rabia, pero también de algo más difícil de definir. Spy los escuchaba con diversión, dejando que le resbalaran. Por Dios, un hombre que vivía rodeado de meados y polvo atreviéndose a meterse con él. El chiste se contaba solo.

Y aun así, no tardó en responder.

—Pour l’amour de Dieu… —dijo, rompiendo el silencio con voz suave, venenosa, y con un acento más que marcado—. ¿No te cansas nunca de hacer el ridículo?

El efecto fue inmediato.

Sniper se giró de golpe, atacando al aire con el kukri, guiado por la rabia. Exactamente como Spy sabía que haría. El canguro se movía por instinto; el cangrejo, por cálculo.

El australiano atacaba el vacío, frustrado, mientras Spy seguía invisible, moviéndose con cuidado alrededor de él.

—¡Sé un hombre por una vez en tu vida y déjate ver! —gruñó—. ¡Así no se puede pelear!

Spy dejó escapar una risa leve, casi un suspiro divertido. Entonces, finalmente, se desactivo el reloj.

El aire pareció tensarse cuando su figura apareció de repente frente a Sniper. Azul contra rojo. Miradas que se clavaron la una en la otra sin apartarse.

Y sin perder un segundo más, Spy se lanzó hacia él, con la navaja por delante, buscando un hueco entre costillas, pero el no australiano reaccionó a tiempo, girando el cuerpo y respondiendo con el kukri en un arco amplio que obligó al francés a retroceder. El metal chocó, chirriando, y el sonido se perdió en el viento que rugía a su alrededor.

—¡Deja de moverte! —gruñó Sniper entre dientes, atacando otra vez.

—Oh, non, mon cher —respondió Spy con una sonrisa ladeada—. Eso sería muy aburrido.

Se movían rápido, demasiado. Pasos cortos, golpes precisos, respiraciones entrecortadas. Cada uno conocía al otro demasiado bien: sabían predecirse entre ellos, conocían sus trucos, y, sabían mejor que nadie que los errores que nunca cometían dos veces. Sniper atacaba con fuerza bruta, buscando abrir espacio. Spy se colaba por los huecos, rápido, casi elegante, dejando cortes superficiales que ardían más de lo que dolían.

La madera crujía bajo sus botines y derbys, protestaba con cada paso. No estaba hecha para soportar ese baile violento.

Sniper consiguió enganchar la manga del traje de Spy con el kukri, rajando la tela de arriba abajo. El francés siseó, molesto, y respondió clavándole la navaja en el brazo, no lo suficiente como para dejarlo inútil, pero sí para hacerlo sangrar.

—¡Hijo de la gran puta! —Sniper retrocedió un paso, apretando los dientes.

El dolor le recorría el brazo como un zarpazo eléctrico, pero lejos de frenarle, lo enfureció. Sus ojos se clavaron en Spy con una intensidad peligrosa.

—Eso lo has hecho a propósito.

Spy se encogió de hombros, todavía sonriendo.

—Siempre lo hago a propósito.

Siguieron intercambiando golpes, cada vez más cerca, hasta que el suelo traicionero decidió intervenir. Una tabla mal colocada cedió bajo el peso combinado de ambos. Todo ocurrió en segundos: un resbalón, un golpe seco, y el mundo girando demasiado rápido.

Cayeron contra el suelo.

Spy maldijo en voz alta en francés cuando su cabeza chocó contra la madera. Las estrellas le explotaron detrás de los ojos, se había mareado pero rápidamente intento retomar la compostura. Sniper intentó aprovechar el momento, lanzándose sobre él, pero el impacto los había desarmado a los dos. Las cuchillas quedaron a escasos centímetros, peligrosamente cerca.

Ambos forcejearon en el suelo, respirando con dificultad.

Sniper fue el primero en reaccionar. Reconoció al instante que la navaja de Spy estaba más cerca que su kukri. Odiaba esas cuchillas: pequeñas, miserables, perfectas para los malditos espías. Y aun así, estiró el brazo, desesperado por alcanzarla con el brazo que aún estaba a salvo de heridas mayores. Spy se dio cuenta al mismo tiempo de donde estaba su cuchilla.

—¡Sal de encima mío! ¡Ahora! —gritó, empujándolo con todas sus fuerzas.

Pero Sniper era más pesado, y al menos en esta situación, más fuerte. Se quedó encima, bloqueándole el movimiento, y sus dedos se cerraron en torno al mango de la navaja.

—¿Para qué? —jadeó Sniper—. ¿Para que me ataques?

Los ojos de Spy brillaron con una mezcla de rabia y algo peligrosamente cercano a la sorpresa.

—Porque esta vez no será así —continuó Sniper, apretando la empuñadura—. Esta vez, te toca a ti, fantasma.

El no australiano alzó la navaja con la misma mano con la que, tiempo atrás, Spy le había dejado aquella cicatriz en el rostro. La memoria del corte seguía ahí, ardiente, viva. Y se la devolvió.

No fue un movimiento limpio. No buscó matar. Buscó marcar.

El filo recorrió el rostro de Spy con precisión cruel, lo justo para romper la piel, para dejar una imperfección imposible de ignorar. Un recuerdo permanente. Algo que no podría borrar ni con toda la regeneración del mundo, al igual que la suya.

Spy soltó un gemido ahogado y cerró los ojos por reflejo, ardía como el demonio.

Sniper no apartó la mirada.

Sus ojos azules, tras las gafas, se clavaron en él con una intensidad casi enfermiza. Lo mantuvo ahí, inmóvil, asegurándose de que entendiera exactamente lo que estaba pasando. Que lo sintiera. Y solo para humillarlo un poco más, Sniper se inclinó y pasó la lengua por el corte recién hecho. Mezclo la asquerosa baba con la sangre del francés, sintiendo ese sabor que acompaña toda la situación.

Spy se quedó helado.

El sonrojo le subió al rostro de inmediato, mezclándose con la sangre. El contacto fue breve, asquerosamente íntimo, y le recorrió el cuerpo como un escalofrío involuntario.

No tuvo tiempo de reaccionar.

Un segundo después, Sniper lo apuñaló.

El dolor lo atravesó por completo, y el mundo se deshizo en negro.

 


 

Spy reapareció en la base Blue con un jadeo brusco. Le ardía la cara. Le ardía el cuerpo. Pero, por primera vez en días, el dolor fantasma de la regeneración no era lo peor. No comparado con la sensación punzante en su rostro.

Fue directo a las taquillas. Necesitaba un espejo.

Cuando se vio, el aire se le quedó atascado en la garganta. La cicatriz estaba ahí. Fina, clara, innegable.

—¡Maldito bosquimano! ¡Está me la vas a pagar!—gritó, llevándose las manos a la cara.

Sus dedos recorrieron el corte con cuidado, como si no terminara de creerlo. Le generaba demasiadas cosas a la vez. Por un lado, la odiaba. Arruinaba su perfección, su imagen, su control. Por otro…

¿De verdad Sniper le había lamido la cara?

¿De verdad se había asegurado de que ahora compartieran algo más que el terreno de batalla?

Se quedó así varios minutos, pasando de la rabia a la vergüenza, de la vergüenza a una inquietud peligrosa. Porque cada vez que se miraba, no veía solo la cicatriz.

Veía esos ojos fijos en los suyos.

Y supo, sin ninguna duda, que eso no se iba a quedar así.

Sniper había cruzado una línea.

Y Spy pensaba devolvérselo.

 

Notes:

¡Hacía mucho tiempo que no escribía fanfics! Estoy acostumbrado a escribir todo con mis propios personajes, por lo que, de ante mano, perdón si en algún momento esto se ve fuera de personaje. También, disculpen las faltas de ortografía.

También detalle importante, son las 5:22 am al momento de darle una última revisada y esto lo he escrito del tirón porque se que si lo dejo seguramente no va lo iba a subir, por lo que muy seguramente me he repetido en algo o parecidos en medio de la historia, intenten ignorarlo, que el sueño aunque no me gana me afecta al momento de escribir.

¡Poco más que decir, amo a estos dos lo suficiente como para atreverme a escribir algo! ¡Espero que les haya gustado leerlo!

¡Agradecería comentarios con cosas que mejorar o tags que agregar (o sacar)!