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The prince and the knight

Summary:

Un principe, un caballero y un amor que la sociedad esconde tras muros que quiere sobrevivir ante todo.

Work Text:

Soñar se siente como una palabra amarga en la boca cuando toda tu vida está predeterminada desde que lloraste por primera vez al nacer.

 

Cada paso y cada decisión ya están tomadas. Hyunjin solo debe seguir el guión que sus padres armaron para él.

Hubo momentos en los que le permitieron participar, tomar decisiones, como cuando lo hacían elegir entre un traje rojo o uno azul. O esa vez que lo dejaron elegir qué desayunar el día de su cumpleaños.

 

Pero hubo una decisión que pudo tomar y que determinó toda su vida.

 

La elección de su caballero.

 

Hyunjin aún recuerda ese día, cuando cinco chicos, un poco mayores que él, se pararon frente a él.

 

—Elige bien, hijo mío, él te acompañará toda la vida —le dijo su madre.

 

Él, que sabía tan poco de elecciones, no entendía por qué su madre le confiaba elegir algo tan importante, pero Hyunjin se animó y rápidamente eligió al joven de pelo castaño, dueño de la sonrisa más hermosa que él había visto.

 

Y así empezó su vida acompañado; después de tanto tiempo en soledad, la pequeña sombra del árbol era compartida con alguien más.

 


 

Bangchan era único. Desde el primer momento en que se conocieron, Hyunjin notó algo en él.

 

El joven caballero siempre le hablaba de usted, usando apropiadamente las palabras «su alteza» y «su majestad». Siempre hacía reverencias ante las diversas estatuas de la familia real, en especial ante la de sus padres.

 

Hyunjin entendía su comportamiento hasta que conoció al padre del joven. Bangchan era hijo del jefe de la armada real, mano derecha de su padre, la persona que le era más leal en el mundo.

 

En las pocas veces que Hyunjin los había visto juntos, había notado rápidamente lo mucho que el joven admiraba a su padre y respetaba sus enseñanzas.

 

—¿Va todo bien con el joven príncipe? —le preguntó, con voz firme, el general.

 

—Sí, padre, sigo cada indicación que usted me enseñó —pudo escuchar decir al joven Hyunjin, escondido detrás de una columna.

 

Pero había ciertas conductas de Bangchan que hablaban de un lado más cálido. Nunca juzgó al príncipe por sus torpezas, como no poder subir al caballo o acertar en el arco y la flecha. Tampoco lo juzgó por su miedo a la oscuridad; cada vez que la noche llegaba, su fiel caballero se quedaba a su lado.

 

Cuando conoció a la madre del joven, comprendió todo. Ella era una mujer dulce, servicial y cálida, con un corazón inmenso. El joven príncipe pocas veces interactuó con ella, pero su recuerdo favorito fue el día que, después de juntar manzanas por horas, ella le preparó especialmente una tarta de manzana para él, porque se había enterado por un pajarito de que era su favorita.

 

—Chan, lleva esta porción para el príncipe —le dijo su madre al caballero.

 

—Pero es la más grande, yo también quiero —respondió con pesar.

 

—Primero el príncipe —regañó la mujer—. Recuerda: fuiste vos quien contó que este era su postre favorito.

 


 

La vida era simple para ellos: uno era el príncipe y el otro, su fiel protector. Pero eso solo duró al principio, cuando todavía la inocencia brillaba a su alrededor, cuando la lealtad marcaba un límite claro entre ellos.

 

Pero ¿qué sucede cuando una línea empieza a borrarse lentamente, cuando es atacada por un borrador lleno de dudas y desaciertos? ¿Qué, aun cuando vuelvas a dibujarla, nunca será igual?

 

Crecer genera cambios, más aún en los más jóvenes, para quienes todo tiene cierto filtro al principio. Dormir juntos en una cama es cálido, reconfortante y correcto, hasta que ya no lo es.

 

¿Qué pasa cuando el cuerpo a nuestro lado emite tal calor que queremos sentirlo piel a piel, sin escudo? ¿Qué pasa cuando ese sentimiento se vuelve un deseo? ¿Y ese deseo está prohibido?

 

Bangchan entendió sus cambios más pronto. Los jóvenes caballeros rápidamente le enseñaron sobre ciertos placeres de la vida, como el alcohol, las fiestas y el sexo. Pero con esto último el castaño vivía una dificultad: su corazón latía con rapidez y enviaba toda su sangre hacia la parte baja de su cuerpo solamente cuando sentía el abrazo de su príncipe cada mañana al despertar. 

 

Hyunjin era inocente, sobreprotegido por sus padres, entendía poco de los cambios que vivía. Solo una cosa tenía claro, que Bangchan era especial para él. 

 

Para Hyunjin, Bangchan representaba todo, un amigo, un confidente, alguien a quien podría abrazar si tenía frío o se sentía triste, alguien que se reiría de sus chistes, alguien que no lo abandonaría nunca. Bangchan era suyo. 

 

— Creo que yo deberia dormir en mis aposentos, su Alteza — le comentó Bangchan una noche. Hyunjin lo miró con una ceja arqueada, sin comprender su solicitud.

 

— ¿por qué? — preguntó con genuina duda el príncipe.

 

— Ya no somos niños para compartir una misma cama. 

 

— ¿Y? — Hyunjin levantó los hombros quitándole importancia al comentario del caballero —, ven a dormir y listo. 

 

Bangchan era esclavo de su propia debilidad. No sabía si era el deber u otra cosa lo que le hacía imposible negarse al príncipe. Debería ser el deber, se planteaba miles de veces, pero él estaba seguro, a la vez, de que muchas de las cosas que le cedía al príncipe poco tenían que ver con su misión. Pero le daba miedo pensar cuál era en realidad el origen de su debilidad.

 

Hubo una noche en la que, cansado de no poder dormir por sentirse sofocado por el caluroso abrazo del príncipe, que se colocó sobre él, apoyándole las manos sobre la cabeza, decidió hablar.

 

—Necesito mi espacio para dormir —le dijo.

 

—¿Desde cuándo?

 

—Desde ahora.

 

—No me parece necesario. Siempre hemos dormido así y no ha habido problema —dijo el príncipe.

 

El caballero, otra vez, caía en una encrucijada: ¿el príncipe era tan inocente o era otra forma de jugar con su mente y tener control sobre él? ¿No notaba el bulto en sus piernas cada mañana? ¿La incomodidad con la que despertaba?

 

Mientras Bangchan reflexionaba, Hyunjin lo golpeó en la rodilla para que perdiera el equilibrio, pero el caballero, bien entrenado, rápidamente recuperó la estabilidad y, antes de poder reaccionar, sin querer, rozó sus labios con los de su príncipe.

 

En ese instante, ambos se quedaron tildados, pero rápidamente Hyunjin agarró las mejillas de su caballero y juntó sus bocas en un beso que inició inexperto, pero que poco a poco subió en intensidad y emoción.

 

— Espera, su Alteza, esto es…— interrumpió el beso Bangchan, en su último momento de lucidez intentó parar este deseo que sabía reconocer como prohibido. 

 

— Hermoso — terminó Hyunjin, volviendo a juntar su boca con la del caballero.

 

Así empezó el cambio, ese vínculo de Príncipe y Caballero, se transformó en un vínculo entre Hyunjin y Bangchan, que a pesar de siempre haberse considerado amigos, sentían un muro que ellos, que solo la fuerza de ese primer beso se animó a derribar. 

 

Con el paso del tiempo, a ambos jóvenes les costaba cada vez más resistirse a los impulsos de sus deseos, a veces llegando a demostrar su amor en pequeños pasadizos escondidos en los rincones del castillo, a pocos centímetros de otros sirvientes.

 

Había un lugar donde podían ser totalmente libres. Un rincón alejado del castillo que Hyunjin había descubierto a caballo durante uno de sus paseos.

 

Allí, sus títulos desaparecían por completo. Se sentían como niños descubriendo una lata llena de caramelos. Cada caramelo era una sensación distinta: un beso más duradero, una caricia sobre la cintura, un beso en el muslo.

 

Además, había secretos y sueños que salían a la luz. Bangchan soñaba, y Hyunjin lo descubrió en ese lugar.

 

—Una vez, antes de que me eligieras como tu caballero, mi madre me llevó a visitar a mi abuela —empezó a contar, mientras acariciaba el cabello de Hyunjin, que tenía la cabeza apoyada sobre su pecho—. Ella vivía en una casa a las afueras del reino, casi al límite de las fronteras. Tenía un campo inmenso y algunos animales. Nunca me sentí tan en paz como en los días que pasé en esa casa. Las estrellas brillaban tanto, Hyunjin… Nunca te sentías solo. Ojalá algún día pueda vivir en un lugar así.

 

—¿Ahora ya no te sentís en paz? —preguntó Hyunjin.

 

—Solo cuando estoy a tu lado —respondió, besando sutilmente los labios de su príncipe.

Pero su amor, prohibido y secreto, estaba en una burbuja donde ambos creían que podían vivir así el resto de sus vidas.

 

Hyunjin había olvidado que no tenía permitido soñar, que su vida había sido determinada desde su primer llanto, hasta que…

 

La burbuja se pinchó. 

 

Explotó frente a su cara en su cumpleaños número dieciocho. 

 

— Me veo en el honor de anunciar el compromiso de mi hijo, el príncipe Hyunjin y con lady Jiwoo, hija del duque Kim — anunció su padre en el brindis, tomando al príncipe totalmente por sorpresa.

 

En ese instante, Hyunjin sintió como si algo se quebrara dentro suyo, como el dolor de mil huesos rompiéndose a la vez, sus rodillas se doblaron un poco, pero sintió la mano de su madre en su espalda e inmediatamente se enderezó. Nadie debía verlo perder la cordura.

 

— Madre, ¿qué significa esto? — susurro por lo bajo su madre con la voz rota. 

 

— Que es hora de creer, mi hijo amado. 

 

Su madre levantó la copa que llevaba en la mano, para acompañar el brindis, pero antes miró la mano donde Hyunjin tenía la suya. Al principio, se negó a levantarla, porque sería como admitir que estaba de acuerdo. Sin embargo, recordó que nunca le preguntaron. No había opciones. No está vez. 

 

Así que brindó. 

 

Hyunjin buscó por todo el salón hasta que ubicó a Bangchan en su posición preestablecida, como caballero principal del heredero al trono.

 

El caballero llevaba la armadura completa, cubriendo su cuerpo y su rostro. Pero aquello que el príncipe buscaba estaba a la vista: sus ojos. Esos ojos marrones se alzaban como una montaña cubierta por nubes de tormenta, ocultando —o intentando ocultar— la angustia que lo atravesaba.

 

Hyunjin se preguntó si la pena de Bangchan era tan intensa como la suya. La suya, que sentía como si su corazón fuera estrujado una y otra vez, sangrando sin detenerse. ¿Olvidaría las noches compartidas, las caricias, los besos, los secretos susurrados en la oscuridad?

 

La sola idea de volver a levantar un muro entre ellos —uno tan frío y rígido como la armadura que ahora separaba sus pieles— le provocaba repugnancia.

 

No podía permitirlo.

 

Aún no sabía cómo reaccionaría Bangchan, pero se negaba a aceptar cualquier forma de distancia entre ellos.

 


 

Bangchan no entendía a su propio cuerpo; se sentía un visitante en él. No comprendía por qué sentía las rodillas débiles, por qué el corazón le latía rápidamente, por qué no podía controlar el ritmo de su respiración. De repente, su armadura se sentía mucho más pesada.

 

No entendía por qué las palabras del rey le dolían tanto.

 

¿Por qué Hyunjin no le había dicho nada? ¿Esas noches compartidas no le habían demostrado que podía confiar en él?

 

Pero mientras su corazón se llenaba de dudas y desaciertos, sintió una mirada pesada sobre él. Cuando encontró al dueño de aquella mirada, pudo comprenderlo todo.

 

Hyunjin tampoco sabía nada.

 

Pero ahora le surgían otras dudas, como piezas de dominó, donde la primera había sido empujada por la mirada de Hyunjin.

¿Qué sería de ellos ahora? ¿Podrían seguir como estaban? ¿Debían volver al inicio, cuando las murallas estaban levantadas y la única entrada era su amistad?

 

Bangchan no encontraba respuestas claras. Su deber le decía una cosa, pero su corazón le discutía, sacaba a colación cada argumento posible, más aún cuando el deber le exigía levantar los muros otra vez.

 

Pero, al fin y al cabo, él era un simple caballero. Esa decisión no recaía sobre él, sino sobre su amado príncipe.

 


 

Hyunjin esperó en el pasillo de los vestuarios. Habitualmente aguardaba en la entrada del salón, pero la ansiedad que le hacía temblar todo el cuerpo lo llevó hasta ese lugar, esperando que Bangchan se quitara la armadura y se reuniera con él lo más pronto posible.

 

—Su Alteza, ¿qué hace aquí? —Hyunjin sintió una punzada de dolor al escuchar su título, pero notó que no se encontraban solos.

 

—Sir Bangchan, necesitaba ir a un lugar, y usted sabe que no puedo ni caminar dos pasos fuera del castillo sin su presencia a mi lado —respondió con elegancia el príncipe, intentando que no se notara el temblor de sus manos.

Bangchan lo notó igualmente.

 

Ambos comenzaron a caminar como marcaba el protocolo: el príncipe por delante y, dos pasos por detrás, el caballero.

 

Caminaron y caminaron hasta que llegaron a un jardín con un pequeño lago que se encontraba a las afueras del castillo, iluminado por las estrellas y la luna. Y vaya coincidencia que esa noche la luna estuviera en fase nueva.

 

Bangchan se sentó en su lugar de siempre, como un baile ensayado un millón de veces, Hyunjin se acostó y apoyó la cabeza sobre su regazo. Pero, el caballero se sentía fuera de lugar, no sabía cómo actuar: ¿usaba el guión de siempre o volvía a la vieja obra?

 

Hyunjin parecía más seguro de que prefería. Por eso agarró la mano del castaño y empezó a besarlo, y aunque notaba la duda del otro, no paró. Cuando su mano ya no alcanzó, el príncipe cambió de posición, se subió al regazo del caballero y besó sus labios con desesperación. 

 

Bangchan con más dudas que certezas correspondió el beso, pero Hyunjin notaba lo alejado que estaba el caballero y no lo iba permitir. 

 

— ¿Qué pasa contigo? — reclamó al cortar el beso. 

 

— Su Alteza…

 

— No se te ocurra decirme de esa forma en este lugar — se bajó del regazo del otro como si le hubieran dado un stock de electricidad. — No aquí, por lo menos — susurró, sonaba como pensamiento que no debía haber escapado de su cabeza. 

 

— Perdón Hyunjin — se puso de pie y colocó una mano en la mejilla del príncipe, quien hambriento de caricias, inclinó la cabeza hacia ella. 

 

— Quiero estar con vos. 

 

— Siempre voy a estar con vos.

 

— A Bangchan quiero. 

 

— Siempre seré tuyo. 

 

Hyunjin lo miró a los ojos, y vio a través de las nubes de tormenta, ahora aparentaba un campo de flores libre. Había sinceridad en sus palabras, pero él sabía que la duda seguía ahí. El caballero dudaba y eso lo aterraba. 

 

Con el paso de los días, Hyunjin notó el constante cambio de comportamiento de su caballero, que rotaba en actuar como su fiel servidor y actuar como su amante, quien lo abrazaba a las noches. 

 

El príncipe odiaba todo eso, lo que lo dejaba en un terrible mal humor y que descargaba con cada sirviente del castillo, nadie quería estar en su cercanía, solo Bangchan aguantaba, siendo la causa y la única solución. 

 

— Su Alteza, debería tranquilizarse, si me permite opinar — comentó el castaño después de que el príncipe echará a una sirvienta por haberle servido “caliente” el jugo de naranja.

 

— Sir Bangchan, no le permito opinar, ya que consulta — dijo con sarcasmo.

 

— Su Alteza…

 

— Nada — fulminó con la mirada al caballero. — Ve a verificar que me traigan bien el jugo esta vez. 

 

Bangchan respiro profundo, quería gritar, discutir, pero sabía que no debía, que no correspondía, menos en donde estaban, quizás en la habitación podría, pero ahí, imposible.

 

— Si, su Alteza — respondió, pero antes de retirarse — Aunque creo que deberíamos crecer en ciertas actitudes.

 


 

Hyunjin recuerda ese día: estaba soleado, el cielo brillaba en el celeste más hermoso, las aves cantaban sus sonatas más perfectas, pero sus sentimientos eran todo lo contrario.

 

El príncipe se había pasado toda la madrugada llorando en su habitación mientras tomaba una botella de vino robada de la cocina.

 

Bangchan había dormido en las caballerizas después de que Hyunjin lo hubiera echado de la habitación, lleno de ira, tras haberle comentado todos los protocolos para el próximo día.

 

Él no quería escucharlo enumerar todo lo que se esperaba que hiciera. Cómo debía actuar en presencia de Lady Jiwoo. Él quería sentir su cuerpo y escuchar el latido constante de su corazón.

 

Pero no había tenido nada de eso.

 

Ahora estaba con la cabeza latiendole, fingiendo que todo estaba perfecto, mientras su madre le hablaba sobre todas las virtudes de la joven, que por primera vez visitaba el castillo.

 

—Mírala, hijo, es la mujer más bella del reino —comentó su madre mientras Jiwoo bajaba del carruaje.

 

Hyunjin, objetivamente, podía concordar con ella. Lady Jiwoo tenía facciones pequeñas, una nariz respingada, la piel lisa como perla y unos ojos color miel maravillosos. Pero, emocionalmente, no le generaba nada; su corazón se mantenía en un ritmo normal de sesenta a cien.

 

—Su Alteza Real —pronunció la joven mientras realizaba una reverencia impecable.

 

—Lady Jiwoo, es un honor conocerla —dijo en automático Hyunjin.

 

—Deberían dar un paseo por el jardín de las afueras, hijo —sugirió su madre, provocándole un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

 

—Prefiero llevarla a conocer los rosedales, madre —comentó—. Los jardineros han hecho un gran trabajo este último tiempo.

 

—Es un plan increíble, hijo —su madre aplaudió suavemente mientras sonreía.

Ambos jóvenes comenzaron a caminar, acompañados por el caballero del príncipe.

 

—¿Siempre estás acompañado, su Alteza? —preguntó la joven, mirando de reojo al caballero.

 

—Sir Bangchan es mi sombra —respondió Hyunjin—. No puedo salir del castillo sin su compañía. —Respiró profundo—. Puedes llamarme Hyunjin; después de todo, vamos a casarnos.

 

—Está bien, Hyunjin —dijo la joven con una sonrisa tranquila.

 

Hablaron de todo tipo de temas durante la caminata: historia, juegos de mesa, asuntos propios de su estatus. Aunque, en realidad, al príncipe poco le interesaban esas conversaciones.

 

—Qué hermosas flores —comentó Jiwoo de pronto—. ¿Cuál es esta? —señaló una flor cuyo capullo permanecía cerrado.

 

Hyunjin quedó helado por un momento, no sabía si era un chiste del universo o que, pero de las más cincuenta flores que su madre tenía plantadas allí, la joven justo señalará…

 

—Son damas de la noche —respondió Hyunjin, acariciando con las yemas de sus dedos los capullos—. Simbolizan aquello que solo vive en la oscuridad. Su capullo solo muestra su belleza cuando cae la noche.

 

—¿Como los amores ocultos? —preguntó la joven, con un dejo de angustia en la voz.

 

—Sí, como los amores ocultos —respondió Hyunjin.

 

La última palabra se le quebró apenas al pronunciarla.

 


 

Después de despedir a Lady Jiwoo, Hyunjin se sentía drenado de energía. Solo quería recostarse en su habitación y dormir eternamente. Pero, antes de eso debía asistir a unas clases de protocolo, uno de los pocos momentos donde Bangchan no lo acompañaba. 

 

Cuando volvió a su habitación, se encontró con un escenario inesperado, en la mesa ratona enfrente de los sillones había varios platos de sus comidas favoritas y Bangchan acomodando todo. 

 

— Hyunjin, te espera… — Una copa se resbaló del borde de la mesa, pero Bangchan la agarró con sus rápidos reflejos — … tarde. 

 

— El señor Jeon terminó antes — explicó mientras se acercaba a la mesa. — ¿Y todo esto? 

 

— Te note cansado hoy, y quizá hacerte un mimo. 

 

Hyunjin no dijo más nada, con miedo de romper el momento, venían de días duros con Bangchan. No iba a desperdiciar este momento. 

 

Mientras ambos comían hablaban de sus temas favoritas. La pasión por los caballos de Hyunjin. La obsesión de Bangchan por las estrellas. El amor se sentia entre ellos. 

 

Hasta que algo se quebró.

 

— Se veían muy bien con Lady Jiwoo — comentó Bangchan de repente. — Van a ser una gran pareja.

 

Hyunjin con una fuerza repentina rompió el vaso de vidrio que tenía en su mano. 

 

¿Qué fragilidad, no? Como los pequeños momentos.

 

— ¡Su alteza! — exclamó Bangchan poniéndose de pie, intentando agarrar la mano lastimada de Hyunjin, pero él la alejó de su alcance. 

 

— ¡No me toques! — siseo entre los dientes lleno de ira el príncipe. 

 

— Hyunjin.

 

— Ve a buscar a alguien y no vuelvas aquí.

 

— Hyunjin. — insistió al borde de la desesperación el caballero. 

 

— ¡Es una orden, Sir Bangchan! — gritó el príncipe. 

 

Y sin decir nada, el caballero salió de la habitación. 

 

Hyunjin nunca se había sentido tan lleno de ira en su vida. Después de ser curado por una de las enfermeras del castillo, la había echado a los gritos de la habitación.

 

De repente, todo a su alrededor le empezó a parecer superficial y sin sentido, así que su cabeza solo dio una instrucción: destrozar. Rompió muebles, partió a la mitad varios de los cuadros que decoraban sus paredes y destrozó cada almohada de su cama. Nunca había actuado tan errático en su vida.

 

Cuando terminó, las vendas de su mano estaban manchadas de sangre nuevamente y él se sentía más cansado que nunca. No sabía si era su cuerpo o su corazón lo que estaba peor.

—Su Alte… Hyunjin —susurró una voz a través de la puerta—. Estoy acá, ¿sí? No puedo dormir en paz en las caballerizas. No voy a entrar. Pero me quedo acá.

 

El príncipe se recostó contra la puerta, deseando sentir el calor de la persona que estaba del otro lado, pero solo sintió el frío de la madera contra su piel.

 

Bangchan estaba desesperado. Cuando salió la enfermera, le contó cómo estaba la mano del príncipe y cómo la había tratado. No podía creer cómo estaba actuando Hyunjin. Si lo único que le iba a permitir era consolarlo a través de la puerta, lo aceptaría. 

 


 

Los días pasaron, las semanas pasaron y los meses pasaron. Era inminente: Hyunjin iba a casarse. No había planes alternativos. No había escapatoria. Todo conducía a ese altar.

Desde hacía meses vivían en una realidad extraña. Siempre y cuando nadie mencionara a Lady Jiwoo, todo funcionaba entre ellos: eran Hyunjin y Bangchan.

 

Pero cualquier roce con la realidad que se avecinaba volvía al príncipe irritable y errático. Bangchan lo sabía. Y sabía, también, que debía ponerle un fin a aquello.

 

—Hyunjin —pronunció de repente, interrumpiéndolo en mitad de una frase.

 

—¿Qué pasa? —preguntó, confundido.

 

—Creo que es tiempo de que hablemos.

 

—¿De qué? Está todo bien, como siempre —respondió el pelinegro, casi a la defensiva.

 

Bangchan tomó sus manos y las reunió con las suyas sobre su propio regazo.

 

—Es hora de crecer, Hyunjin —dijo, mirándolo fijamente a los ojos—. Tenemos que reconocer que no podemos seguir así. Todo el personal está enojado con vos. Tus profesores no entienden tus cambios de humor. Y tus padres todavía no dicen nada porque creen que son nervios por la boda.

Pero… ¿y si empiezan a sospechar que es algo más?

 

Hyunjin abrió la boca, pero no logró responder.

 

—Yo… no me voy a ir a ningún lado —continuó Bangchan, con la voz más baja—. Pero tenemos que afrontar lo que se viene. Vos te vas a casar. Y yo voy a seguir siendo tu caballero.

 

—Te querés alejar de mí —dijo Hyunjin, con un hilo de voz.

 

—Hyunjin, me es físicamente imposible estar lejos de vos. Pero tenemos que entender que esto no puede seguir.

 

—¿Por qué?— preguntó Hyunjin.

 

Sus ojos estaban vidriosos, al borde de las lágrimas, pero no cayó ninguna.

 

—Porque te vas a casar. Después serás rey. Tendrás hijos, una vida…

—hizo una pausa— Una vida en la que yo no encajo, más allá de ser tu caballero.

 


 

Después de aquella conversación, Hyunjin no volvió a tocar el tema.

 

No gritó. No discutió. No rompió nada. Simplemente empezó a pasar más tiempo fuera del castillo.

 

Un día, mientras paseaba brevemente solo por las afueras del castillo, Hyunjin se encontró con Lady Jiwoo, que observaba fijamente los capullos de las damas de la noche.

 

Sin interrumpirla, se detuvo a su lado.

 

—Hay amores destinados a no ser, ¿no, Su Alteza? —comentó Jiwoo, desviando la mirada hacia un costado, justo donde se encontraba un sirviente de su familia.

 

Hyunjin siguió el recorrido de esa mirada y, por primera vez, sintió pena por la mujer a su lado. Pero, al mismo tiempo, percibió una oportunidad abrirse entre ambos.

 

—Pero podrían serlo… en las circunstancias ideales.

 

—¿Podrían? —preguntó la joven, con una duda cargada de esperanza.

 

—A veces, para el afuera, las cosas son de una sola manera, Lady Jiwoo —comentó, rozando suavemente los capullos cerrados—. Hay cosas que brillan y se muestran con el sol. Otras existen en la oscuridad, como las estrellas.

 

—¿Y ambas pueden subsistir juntas? —preguntó Jiwoo, con la voz levemente emocionada.

 

—Con ciertas reglas… siempre —respondió Hyunjin, esbozando una sonrisa—. ¿No le parece?

 

—Será un honor ser su esposa, Su Alteza. Creo que estaremos muy de acuerdo —respondió la joven.

 

— Eso espero, Jiwoo — respondió Hyunjin con cierta calidez en el pecho. 

 


 

Pocos se atreverían a estar en un mismo espacio con el príncipe, su reciente fama ganada lo hacía un rechazado entre su servidumbre, que apenas cumplan sus deberes se retiraban de la habitación donde Hyunjin se preparaba para la boda. 

 

Pero había alguien que si se quedaba en su presencia, aunque Hyunjin sabía que era porque era su deber, le gustaba pensar que Bangchan era el único que disfrutaba de su compañía. Siempre y cuando no estuviera errático. 

 

Hyunjin lo miraba a través del espejo mientras daba indicaciones a otros guardias sobre los protocolos. Notaba como apoyaba sus manos sobre sus caderas cuando se sentía cómodo, como ponía los ojos en blanco cuando no lo comprendía, como acariciaba su pelo hacia atrás mil veces porque todavía no lo había cortado. Hyunjin conocía cada detalle de su caballero y se daba cuenta en ese instante: 

 

Lo mucho que lo amaba. 

 

Cuando quedaron a solas, el príncipe se armó de valor, pensó mil veces lo que iba decir y nada le pareció lo suficiente correcto. Pero debía preguntar, debía saber que había una soga de la cual agarrarse. 

— Bangchan, si hubiera una chance de que pudiéramos estar juntos, ¿lo harías? ¿Darías la chance de vivir un amor libre por estar a mi lado? — preguntó con las mejillas sonrojadas y las manos temblando. 

 

El caballero se sorprendió. Primero, por escuchar su nombre sin nada por delante y segundo por la esperanza repentina que sintió. ¿Qué planes tenía el príncipe? ¿un amor libre o amarlo a él? Bangchan tenía clara esa respuesta.

 

— Hyunjin yo daría mi vida por vos, todo lo daría — dijo Bangchan sin dudas.

 

— ¿vos o el caballero? — pregunta el príncipe.

 

— ¿A qué te referis?— frunció el ceño, descolocado. 

 

— ¿Vos — tocando con la punta de su dedo el corazón de Bangchan — o el caballero? — señalando la armadura del castaño, que encontraba en la esquina de la habitación, esperando por el hombre que se escondía en ella. 

 

Bangchan comprendió la pregunta, pero se sorprendió que el príncipe ya no supiera la respuesta. 

 

—Hyun… — empezó a decir cuando la puerta fue abierta repentinamente.

 

— Hijo mío, ya es hora — dijo la reina, mirando al joven príncipe — Sir Bangchan, le pido amablemente que se coloque su armadura. 

 

Ambos se movieron en automático, siguiendo las indicaciones de la reina pero sus cabezas estaban muy alejadas de allí, estaban en aquel jardín donde podían verse por el reflejo del lago y conocer las verdades versiones de ellos. Aquellas que se amaban. 

 


 

Sonaban los primeros acordes de la marcha nupcial. La iglesia estaba toda de pie, esperando el ingreso de Lady Jiwoo, mientras Hyunjin miraba el reloj, deseando tener más tiempo.

 

Cuando Jiwoo llegó a su lado, la notó angustiada, temblando, muy fuera de la normalidad que él conocía en ella.

 

—Va a salir todo bien —le susurró.

 

—¿Me lo prometes?

 

—Alguien tiene que vivir del amor, al menos —dijo más para él que para ella—. Así que sí, lo prometo.

 

Cuando llegó el momento de los votos, Hyunjin los leyó y los sintió impropios. Se notaba que habían sido escritos por su madre, quien lo conocía tan poco.

 

Había una oración que le hacía ruido, porque contenía algo de él:

 

—Te amaré hasta el final de mis días, sin importar lo que el destino nos depare—

 

Pero no la sentía dirigida a Lady Jiwoo, sino a su caballero, que permanecía de pie a su izquierda y a quien pudo mirar apenas por un instante.

 

Los ojos de Bangchan desbordaban lágrimas silenciosas, pero aun así le compartían una verdad que Hyunjin entendió sin palabras:

Yo, Bangchan, te elijo a ti y prometo amarte hasta el final de mis días.

 

El caballero apoyó su mano sobre el corazón y le dio dos suaves palmadas. Con ese gesto simple, Hyunjin comprendió que se le entregaba a él.

 

Entonces, una lágrima escapó de su ojo. Desde afuera, cualquiera habría pensado que era emoción por la boda. Pero para él era alivio. Sonrió.

 

Ya no sentía miedo al futuro. Pudo decir que sí con confianza, porque supo que su burbuja seguía intacta… solo que ahora era más fuerte.

 


 

Era impresionante la cantidad de propiedades que tenía en desuso la familia real. Por eso, a Hyunjin le pareció correcto ocupar uno de los castillos del norte, para poder visitar al pueblo de esa zona.

 

Le pareció válido ir solo para no inoportunar las actividades y el entrenamiento de Lady Jiwoo.

 

Aunque era sabido que el príncipe nunca iba a ningún lado solo. Nunca iba sin aquel que pronunciaba su nombre con suavidad y amor, sin recordar su título.

 

Al llegar, fueron recibidos por la comitiva de criados que, mientras disfrutaban de su estadía, ellos descansaban en sus casas.

 

Al príncipe le gustaba aprender sobre las tareas del castillo. O eso, al menos, ellos creían.

 

Era bueno que Bangchan supiera hacer de todo.

 

—Es honor volver a verlo, Sir Bangchan —comentó una de las criadas—. Su armadura es impresionante.

 

Era común ver a todo el personal del castillo cautivado por Bangchan; es que, con su sonrisa y su amabilidad, era imposible no sentirse atraído por él.

 

—Sir Bangchan, puede ir a ponerse más cómodo, si lo desea —“ordenó” el príncipe, mientras le titilaba sutilmente el ojo.

 

—Como usted ordene, su Alteza —respondió el caballero, haciendo una reverencia, y al elevarse le guiñó un ojo a Hyunjin mientras soltaba una sutil sonrisa.

 

—¿Necesita nuestra ayuda en algo más, Su Alteza? —preguntó la chica.

 

—No, Nari, ya puedes disfrutar de tu descanso.

 

—Como usted ordene, Su Alteza —dijo la joven mientras hacía una reverencia.

 

Cuando la chica se alejó, Hyunjin se tomó el tiempo de recorrer cada parte del castillo para charlar e ir despidiendo a los criados. Tenía que asegurarse de que ninguno decidiera quedarse. Había cosas que no podían salir de esos muros.

 

Después de despedir al cochero que los había traído, se dirigió a sus aposentos. Estos eran simples, no contaban con grandes lujos, pero su lugar preferido era el ventanal que daba a un balcón, donde en ese instante se encontraba parado Bangchan, con una camisa desabrochada, siendo iluminado por el sol.

 

El caballero tenía los ojos cerrados, disfrutando de la calidez del sol sobre él, como la que sentía Hyunjin al mirarlo.

 

—Es impresionante que sigas siendo celoso a esta altura de la vida —comentó Bangchan, abriendo un solo ojo para verlo y seguir disfrutando del calor.

 

—No eran celos.

 

—Si vos decís, amor mío.

 

Hyunjin se acercó hacia él y Bangchan lo rodeó con sus brazos por detrás, para que ambos fueran beneficiados por la luz del sol.

—¿Cuántos días esta vez? —preguntó el joven castaño.

—Cinco.

 

Sin perder tiempo, Bangchan dio vuelta al pelinegro y besó sus labios. El beso empezó sutil, como una búsqueda de reconocimiento, lenta y segura, pero sin demorarse subió de intensidad. Las manos de Hyunjin estaban sobre el pecho del castaño, sintiendo los latidos de su corazón acelerarse; en cambio, las de Bangchan estaban por todo el cuerpo del pelinegro, como si nada le fuera suficiente y necesitara más y más.

 

Ambos terminaron sobre la cama, y cuando se vieron desprovistos de sus prendas, el sol volvió a iluminarlos, cruzándose entre ellos.

 

—¿Te dije que te amo hoy? —preguntó Hyunjin.

 

—Mmm, creo que no —respondió Bangchan.

 

—Te amo.

 

—Te amo más.

 

—¿Hasta el final de tus días?

 

—Hasta el final de mis días.

 

Fin.