Chapter Text
Desde hacía incontables generaciones se tenía conocimiento de su existencia, aunque nadie podía señalar con exactitud cuándo había sido la primera vez que pisaron la tierra. Criaturas nacidas de la oscuridad, o quizá atraídas por ella, que se extendieron como una plaga silenciosa sobre el mundo. Allí donde aparecían, el paisaje cambiaba: pueblos reducidos a ruinas, campos ennegrecidos, caminos marcados por restos de sangre seca y huesos abandonados. La desgracia no era un accidente, era una consecuencia inevitable de su paso.
Gran parte de aquellas criaturas estaban gobernadas por un hambre constante, profunda, imposible de ignorar. No todas compartían ese impulso, algunas parecían moverse por razones que los humanos jamás lograron comprender, pero el número de las hambrientas era abrumador. No se trataba de una necesidad simple ni de un instinto animal; era una urgencia corrosiva, una carencia que devoraba desde dentro. Nada ordinario podía saciarla.
Solo existía un festín capaz de apagarla, aunque fuera por un breve momento.
La carne humana.
No solo su carne, sino todo lo que la componía: la sangre aún tibia, los órganos palpitantes, los huesos quebrados bajo la presión de fauces que no conocían la piedad. Aquel espécimen era el único que ofrecía una satisfacción real, una plenitud que ninguna otra presa podía otorgar. Comer humanos no era un acto casual: era una necesidad absoluta.
Durante aquella era primitiva, la caza resultaba sencilla. El mundo estaba lleno de presas que apenas comprendían aquello que las acechaba. Los humanos eran frágiles, torpes, ignorantes de los horrores que se ocultaban más allá del alcance de la luz. Carecían de armas, de organización, de conocimiento. Caían con facilidad, uno tras otro, sin siquiera tener tiempo de gritar. El festín parecía inagotable… pero incluso la abundancia tiene un límite.
Y ese límite llegó.
Cuando la extinción dejó de ser una amenaza lejana y se convirtió en una certeza palpable, los humanos reaccionaron de la única manera que conocían. Buscaron respuestas donde siempre las habían buscado: en la fe. Necesitaban creer que no estaban solos, que alguien los observaba, que algo superior podía salvarlos del destino que los devoraba lentamente. La adoración nació del miedo, y el miedo se transformó en convicción.
El cambio fue abrupto, casi violento.
En algún punto del tiempo, los humanos dejaron de ser simples presas. Aprendieron a agruparse, a resistir, a luchar. Aunque un solo individuo seguía siendo insignificante frente a una de aquellas criaturas, la diferencia radicaba ahora en el número. La multitud se convirtió en arma. Y pronto, los roles comenzaron a invertirse: los cazadores empezaron a ser cazados.
Las criaturas fueron despojadas de cualquier atisbo de neutralidad. Las religiones humanas les otorgaron nombres cargados de condena: demonios, engendros del infierno, habitantes del submundo, manifestaciones del vacío. Su sola existencia fue declarada pecado. No importaba su origen real ni sus motivaciones; eran enemigos por decreto divino.
Pero enfrentarse a algo claramente más poderoso nunca fue sencillo.
La victoria humana siempre exigía sacrificios. Muchos. Demasiados. Aun así, persistieron. Forjaron artefactos con símbolos sagrados, armas diseñadas para herir aquello que antes parecía intocable. Cada enfrentamiento requería un número absurdo de vidas humanas para derribar a una sola de aquellas abominaciones, y aun así lo consideraban un triunfo.
El tiempo siguió su curso, indiferente a la sangre derramada.
Poco a poco, el número de criaturas comenzó a disminuir. No desaparecieron de golpe ni fueron erradicadas por completo; simplemente se volvieron menos. Más cautelosas. Más selectivas. La plaga se debilitó, pero nunca fue exterminada.
Jamás llegaron a cero.
Nunca a cero.
Y aunque aquella hambre interminable comenzaba a consumirlos desde dentro, no les quedó otra opción que esperar.
Esperar y observar.
Con el tiempo avanzando de forma implacable, las criaturas comenzaron a reconocer patrones en sus presas. Los humanos se repetían; sus rutas, sus hábitos, sus descuidos. Aprendieron cuándo atacar y, más importante aún, cuándo no hacerlo. La caza dejó de ser abierta y salvaje para volverse sigilosa, incógnita, casi imperceptible. Ya no eran masacres, sino ausencias: personas que se aventuraban solas por caminos olvidados, pueblos pequeños o lugares donde nadie hacía demasiadas preguntas… y simplemente dejaban de existir.
Esa reducción del riesgo tuvo consecuencias.
Lejos de extinguirse, los humanos comenzaron a multiplicarse. La amenaza, ahora distante y difusa, dejó de ser un freno. Lo que antes era miedo constante se convirtió en costumbre, y la costumbre en olvido. Las ciudades crecieron, los caminos se poblaron, y la vida humana se expandió con una confianza casi arrogante, como si el mundo hubiera sido definitivamente reclamado. Cada nuevo nacimiento era una prueba de que el peligro había pasado… o al menos eso creían.
Mientras tanto, el recuerdo de las criaturas se deformó.
Con los años, aquello que no podía explicarse fue empujado al terreno de lo paranormal. Leyendas, supersticiones, historias absurdas para asustar a los niños o advertencias que nadie tomaba en serio. Las entidades que alguna vez gobernaron por encima de los humanos fueron reducidas a rumores. Sin embargo, como solían decir los más viejos, una historia que deja de contarse no desaparece: queda condenada a repetirse.
Y el reloj continuó girando.
Décadas enteras pasaron, suficientes para que las criaturas que aún persistían comprendieran que el mundo ya no les pertenecía como antes. De las muchas que habían existido, solo quedaban unas pocas: las primogénitas, aquellas que habían sobrevivido a los peores años, y un número reducido de nuevas nacidas. Porque, al igual que los humanos, estas criaturas podían reproducirse… aunque nunca en la misma escala. Cada nueva vida era rara, valiosa, y muchas veces frágil al inicio.
La adaptación se volvió inevitable.
Algunas aprendieron a convivir con su propio alimento. Adoptaron formas más humanoides, ocultaron sus rasgos bajo máscaras, telas o rostros cuidadosamente construidos. No solo para esconderse, sino para integrarse. Para observar de cerca aquello que durante siglos habían cazado. En ese proceso antinatural, ciertas criaturas comenzaron a construir algo parecido a una vida: rutinas, refugios, vínculos.
Incluso afectos.
A pesar del hambre, a pesar de las víctimas que seguían dejando atrás, algunas llegaron a encariñarse con ciertos individuos humanos. Relaciones extrañas, peligrosas, marcadas por la contradicción. Protección y amenaza coexistiendo en el mismo gesto. Porque amar aquello que te alimenta no elimina el instinto… solo lo complica.
Pero no todas eligieron ese camino.
Muchas criaturas rechazaron la integración por completo. Permanecieron en lo recóndito, ocultas en bosques espesos, selvas impenetrables, desiertos interminables y territorios donde la civilización apenas se atrevía a respirar. Desde allí, continuaron cazando a los curiosos, a los imprudentes, a quienes cruzaban límites que nunca debieron cruzar.
Cada especie encontró su propia forma de continuar existiendo.
Algunas en soledad.
Otras en grupos, manadas o estructuras cerradas.
Porque adaptarse no siempre significaba convivir.
A veces, solo significaba sobrevivir.
El bosque estaba demasiado quieto.
— Es raro ver a otro de los nuestros por estos rincones — rompió el silencio una voz baja y medida, tan controlada que resultaba imposible no percibirla como una advertencia.
Desde detrás de una máscara cuidadosamente elaborada, unos ojos brillantes de un violeta antinatural permanecían fijos en la espesura. No parpadeaban. No se desviaban. Observaban con una atención casi clínica las sombras que se extendían entre los árboles, deformándose con la luz escasa que lograba filtrarse entre las ramas. Al no recibir respuesta alguna, la sonrisa que adornaba su máscara no desapareció; al contrario, se acentuó. Una expresión torcida, cargada de desconfianza. Su mano se cerró con más fuerza alrededor del cuchillo que sostenía, la hoja captando destellos apagados.
—…Sabes — murmuró, esta vez avanzando con calma hacia la oscuridad —, no me gusta que me ignoren.
Con cada paso, un sonido suave pero inquietante rompía el silencio: el tintineo de pequeños cascabeles ocultos en su capucha. No eran ruidosos, pero tampoco intentaban pasar desapercibidos. Era un aviso. Una provocación.
Se detuvo.
— Muéstrate.
La palabra no fue pronunciada como una súplica, ni siquiera como una amenaza velada. Fue una orden directa, inmediata. Y la respuesta llegó… aunque no en la forma esperada.
Las sombras se agitaron.
No retrocedieron ni se dispersaron, sino que se retorcieron de manera errática, como si algo dentro de ellas se hubiera enfurecido. El movimiento era antinatural, violento, demasiado consciente. El intruso detuvo su avance al percibirlo, inclinando apenas la cabeza con interés genuino.
Entonces, uno a uno, comenzaron a aparecer los ojos.
Decenas de ellos.
Emergían desde la oscuridad, incrustados en las sombras mismas, brillando en tonos turquesa y azul, como fragmentos de luz atrapados en un abismo sin fondo. Cada pupila se clavó en la figura enmascarada, observándolo con una atención compartida pero fragmentada.
No todas expresaban lo mismo.
Algunas mostraban disgusto.
Otras, curiosidad.
Había miradas cansadas, aburridas, incluso indignadas.
Y entre ellas, unas pocas cargadas de un enojo puro, visceral.
Ninguna parecía sorprendida de verlo allí.
—…
El observado permaneció en silencio, la sonrisa intacta, inmóvil, como si la escena frente a él no mereciera una reacción distinta. No hubo tensión en su postura ni el más mínimo indicio de miedo. Tras unos segundos, ladeó apenas la cabeza, como quien evalúa una pieza curiosa.
—Mmm… — murmuró al fin — No sabía que fueras alguien… algo cobarde.
La reacción fue inmediata.
Los numerosos ojos clavados en él se movieron al unísono, endureciéndose con un desagrado palpable. Las sombras que los albergaban comenzaron a agitarse, perdiendo su forma difusa, hasta que algo cambió. Como si fueran un líquido espeso y consciente, se deslizaron unas sobre otras, concentrándose en un único punto. Un gran charco negro se formó sobre el suelo del bosque, ondulante, profundo, y de él empezó a emerger una figura.
Tenía la silueta de un cuerpo, pero nada más en ella resultaba verdaderamente humano.
Las sombras se comprimían y extendían a lo largo de su forma, adoptando un degradado azul que recorría sus piernas y se desvanecía hacia arriba, hasta fundirse con lo que parecía ser su cabello. Aquello no caía como mechones normales: era más bien tinta viva, espesa, en constante movimiento. En esa masa oscura comenzaron a abrirse múltiples ojos, los mismos que antes observaban desde la penumbra, parpadeando lentamente, atentos, conscientes.
En su rostro, un único ojo permanecía abierto, brillando con un turquesa eléctrico que contrastaba de manera violenta con la oscuridad que lo rodeaba. A la altura del cuello, una figura similar a un trébol de tres hojas apareció, grabada o flotando sobre su piel, emitiendo la misma luz intensa, casi pulsante, como si estuviera viva.
La otra “persona” evaluó al intruso durante varios segundos. No había rastro alguno de emoción clara en su postura, solo una atención calculada, inquisitiva.
— Para ser un bufón — habló finalmente la entidad de sombras — sin duda eres alguien desagradable.
Comenzó a acercarse, y su altura cambió de forma antinatural. Las sombras bajo sus pies se elevaron, alargándola hasta quedar cara a cara con el otro, invadiendo su espacio sin pedir permiso.
— Llamar cobarde a alguien a quien ni siquiera conoces — continuó — e invadir su territorio con tanta ligereza… qué cruel.
El tono con el que hablaba contrastaba con el contenido de sus palabras: era canturreante, casi juguetón. Aunque no podía ver su boca, el bufón no tuvo dudas de que aquella criatura estaba sonriendo.
Las sombras se movieron de nuevo.
De su cuerpo surgieron manos hechas de una sustancia negra y líquida, que se elevaron con total confianza hasta alcanzar el rostro blanco del enmascarado. Lo tocaron sin vacilar, recorriendo sus mejillas, su mandíbula, como si lo examinaran. Acariciándolo con una familiaridad inquietante.
El bufón jamás dejó de sonreír.
Las sombras parecieron disfrutar los leves destellos de enojo que atravesaron sus ojos violetas, como si ese pequeño quiebre fuera un espectáculo en sí mismo.
—…Qué confianza tienes — fue lo único que dijo el bufón, aunque el matiz de enojo se filtró inevitablemente en su voz.
La risa que siguió fue breve, forzada. Uno de sus ojos se contrajo en un pequeño tic involuntario, delatando aquello que su sonrisa se negaba a admitir.
—Oh~ pero, querido moradito — canturreó la entidad — ¿no querías que me mostrara? Y dime… ¿para qué soy requerido, tonta mora?
Mientras más hablaba, más evidente se volvía que el bufón comenzaba a arrepentirse de lo que sea que había ido a hacer. Una pequeña vena se marcó bajo la superficie blanca de lo que se suponía era su rostro, palpitando con insistencia.
— En primera… — comenzó, tomando las manos oscuras que aún jugaban con su cara para apartarlas — pediría que no me llamaras así.
Su voz salió tensa, medida, como si se obligara a mantener la calma. El otro, lejos de obedecer, soltó una risa aún más abierta. En lugar de retirar el contacto, sus manos de sombra se deslizaron para aferrar las del bufón, entrelazándolas con una familiaridad descarada, íntima hasta lo humillante.
Por el bien de todos, el bufón decidió ignorarlo.
—Normalmente no haría esto — continuó — pero al ver que eres como nosotros… me hace preguntarte si necesitarías unirte.
Las palabras apenas habían abandonado sus labios cuando la reacción fue inmediata.
La entidad quedó completamente estática, las manos aún unidas a las del bufón. Aunque su cuerpo de sombras no permitía leer expresiones humanas, el cambio fue evidente. Los numerosos ojos incrustados en su cabellera se fijaron en él con una intensidad distinta, abierta, claramente sorprendida.
Incluso la gema en forma de trébol en su cuello pareció parpadear, su brillo oscilando brevemente, como si hubiera reaccionado por cuenta propia.
—Mmm~ — murmuró al fin — Qué declaración tan descarada.
—Preferiría ser más concretamente directo — continuó el bufón — Te ves… — hizo una breve pausa, medida — sin ofensa alguna, débil.
Las manos de sombra que aún sostenía fueron retiradas de golpe, como si el contacto quemara. El cuerpo oscuro retrocedió esta vez, alejándose con una fluidez inquietante, como humo arrastrado por una corriente invisible.
— ¿Y qué te hace pensar eso, pequeña mora? — preguntó, su tono aún ligero, aunque algo más afilado.
— Para alguien que ni siquiera puede materializarse por completo — respondió el bufón sin titubear — y con un aura tan débil… me hace pensar que no has comido desde hace mucho tiempo.
La entidad guardó silencio.
Sus sombras se agitaron lentamente, como si algo se removiera en su interior. Los múltiples ojos volvieron a clavarse en él, esta vez cargados de un desagrado más marcado, más personal. Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y por qué, querido? — murmuró — ¿Me alimentarías?
—…Claro — respondió el bufón — pero a un precio.
— ¿Cuál?
— Trabaja con nosotros.
— ¿Oh? — la risa fue suave, burlona — Nosotros suena a multitud.
Se mantuvo a una distancia prudente, observándolo con atención renovada.
—¿Y cuál sería mi trabajo?
—Depende del rol que ejerzas.
—¿Rol…? — repitió, y entonces pareció comprender — Oh.
Una risa baja, arrastrada, escapó de entre las sombras.
— Con razón los trajes… fufufu~
— Es una manera de pasar desapercibido — respondió el bufón con simpleza.
— Mmm… suena tan interesante — canturreó — Dime, lindo, ¿cómo te llamabas?
— Llámame Jester.
La carcajada fue inmediata.
—¿En serio? — se burló — Qué original que el bufón se llame como lo que es.
La respuesta llegó sin vacilar.
— Algunos simplemente queremos borrar el nombre anterior.
Las palabras fueron frías, cortantes. Su sonrisa, aún presente, se volvió más afilada, peligrosa.
Hubo un breve silencio.
— Bien, bien… — cedió la entidad — no te enojes, linda mora.
Comenzó a acercarse de nuevo, aunque la desconfianza aún se aferraba a cada uno de sus movimientos. Alzó las manos y, sin pedir permiso, tomó al bufón para sacudirlo ligeramente, como si sellara algo informal.
— Llámame Shadmik — dijo — aunque supongo que también podría irme bien como otro bufón~
— Lo dudo.
— Eso veremos~
Actualizando (◍•ᴗ•◍)✧*。
Portada hecha:


Referencia:

Gracias por su atención.
(˶′◡‵˶)
