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Clint se acuerda.
Lo tiene en la memoria porque todo lo que había vivido durante su infancia fue un infierno y por supuesto que él, con su mala suerte, iba a vivir el resto de su vida con esa marca constante en su mente, haciéndole ruido, siendo un fiel aporte constante a su desastre de persona.
Lo primero: imágenes de una iglesia enorme, inmensa. Bancos de madera demasiado frios, incómodos y duros. Una voz débil, confusa, que retumbaba en las paredes, articulando palabras que él con tan solo seis años no podía comprender del todo. Y la pregunta, aquella curiosidad inocente propia de un crío, dudas que no entendía porqué solo él tenía.
Siempre mencionaban a dios, pero ¿quién era?
Aquella entidad, ser o cosa de la que tanto hablaban durante la misa de los domingos, aquella donde se veía obligado a ir todas las semanas, donde se tenía que levantar temprano y vestirse con ropa que le quedaba grande pues lo había heredado de su hermano y que encima, según Barney, lo hacía ver chistoso y ridículo.
Pero era especial, según su mamá, era ropa exclusiva de misa y, ¿ves?, todos llevamos nuestro atuendo de misa. Vamos, ponte rápido la camisa que a tu papá no le gusta esperar. Ya sabes cómo se pone. No hagas berrinches, amor. Ni bien vuelves te la sacas.
Y así Clint esperaba. Desde que se ponía la camisa acartonada, los pantalones azules ajustados por un cinturón, zapatos asquerosamente tiesos, lo peinaban con mucho gel con la raya al costado, se subía al auto en silencio, se quedaba quietesito para no llamar la atención de Harold, le tomaba la mano de su mamá hasta sentarse en su usual banco de la iglesia y oír al señor hablar de dios, dios y dios. Y Clint no entendía. Seguía sin tener respuestas.
Eso eran los domingos. Esperar y confusión.
Y así pasaron dos años y llegó a los ocho de la misma forma.
Pero con ropa que le quedaba ajustada porque Barney no le había heredado nada. No tenían plata para comprarle camisas a nadie, así que los dos seguían usando la misma, agrandadas por las manos hábiles y resolutivas de Edith. Esperaba desde que se la ponía, hasta el horrible viaje en auto, la hora de misa cuyas palabras ahora sí entendía y la duda. Que, ahora como era un niño más grande cuyos pies alcanzaba el suelo cuando se sentaba en esos malditos bancos, había cambiado porque podía asimilar el discurso que pronunciaba el sacerdote.
Entonces ya no se preguntaba quién era Dios.
Cada vez que iba a misa cuestionaba si Dios era real.
Y deseó nunca haberlo hecho porque una vez se lo preguntó a su mamá confiando en que estaban solos pero Harold lo había escuchado y le dio una cachetada tan fuerte que lo dejó temblando. ¿Cómo vas a preguntar eso? ¿Cómo te atreves a dudar de Nuestro Dios?
Clint lo hacía. Y con justa razón.
Porque, si existía, ¿por qué Clint sufría tanto? Se suponía que era el Dios Padre Todopoderoso, protector, benévolo, omnipresente y, sin embargo, Clint se sentía solo. Crean en el amor de Dios, sigan su camino, él los protegerá. ¿Proteger? Si se supone que era un ser supremo que decían que lo iba a cuidar, ¿por qué Harold le seguía pegando? Llegaba borracho, los maltrataba, los insultaba. ¿Dónde estaba ese maldito amor?
Y domingo tras domingo seguía escuchando lo mismo: recen, el milagro del Todopoderoso los bendecirá, decía el sacerdote. Sí, había que rezar y Clint, desesperado y sin saber ya a quién recurrir, lo hacía. Lo hacía durante toda la misa y todas y cada una de las noches, oculto debajo de sus sábanas, a veces llorando, a veces con un ojo hinchado. Otras veces con el sonido del llanto de su madre de fondo. O con los gritos de Harold que le ponían los pelos de punta.
Dios, parece, no lo escuchaba. ¿Era posible que no lo escuchara todos los días? ¿No llegaban sus rezos angustiados hasta el cielo? ¿Estaba orando mal?
¿O simplemente lo estaba ignorando?
Clint prefirió mantener el cuestionamiento de su existencia que creer en eso último, pues no iba a soportar el dolor. Aquello significaría que no era verdaderamente querido por absolutamente nadie.
Así que sí, era mejor seguir preguntándose: "¿Dios existe?"
Una noche de agosto sus padres fallecieron producto de un accidente automovilístico y Clint había dejado de tener dudas.
Ahí estaba la respuesta.
Clint recordaría años muchos después como el momento que decretó que Dios no existía.
Y lo fundamentó por todo lo que le había pasado después.
