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Jay se quedó mirando su reflejo con una mezcla de rabia y tristeza, como si su propio rostro le devolviera una pregunta que no sabía cómo responder. El espejo estaba empañado por el vapor de la ducha, pero, aun así, podía distinguir la tensión en su mandíbula y los ojos hinchados por no dormir bien.
Afuera se oía el motor del viejo Chevy Camaro de Alan apagarse. Luego, la voz de su padre anunciándole que su amigo había llegado por él.
—¡Dile que iré caminando! —le gritó desde dentro, sin darle más explicaciones.
Escuchó a su padre levantarse y dirigirse a la entrada de la casa. Esperó a oír cómo se cerraba la puerta antes de dejar escapar el aire que había estado conteniendo.
La noche anterior volvía a él como un flash que dolía. Las luces del autocine parpadeando, el ruido de fondo de una comedia que ambos habían visto cientos de veces; la brisa fría del mirador, mientras hablaban de la universidad, del verano, del futuro. Y entonces, Alan lo había mirado con esa calma que siempre tenía, esa que Jay tanto le envidiaba, y había soltado aquella bomba:
—Creo que estoy enamorado de ti.
Fue un segundo eterno. Jay había sentido que el suelo se partía bajo sus pies. No porque le disgustara Alan, sino porque todo lo que conocía, las risas, los secretos, las escapadas, el “nosotros”, se transformó en otra cosa en un instante.
Ahora, mientras se ajustaba la corbata frente al espejo, se preguntaba cómo se suponía que debía actuar hoy. Fingir normalidad sería una farsa, pero tampoco podía decir nada. No sabía cómo.
—¿Qué hiciste, Alan? —susurró, aunque lo que en realidad quería decir era: ¿qué me hiciste?
El aire de la mañana olía a gasolina y pan tostado. Jay caminaba por la acera con las manos en los bolsillos, pateando piedritas mientras el sol empezaba a filtrarse por entre las nubes. El cielo era demasiado claro, el viento demasiado frío. Todo tenía ese aire incómodo que queda después de decir algo que no puede desdecirse.
Era 1980, y la ciudad despertaba al ritmo de motores roncos y radios que escupían las canciones de Queen o Blondie desde las ventanas abiertas. En los postes, los carteles de cine anunciaban estrenos con colores chillones: El Imperio Contraataca y The Shining. Todo parecía seguir igual, excepto él.
Cuando llegó a la escuela, el sonido del timbre lo recibió con su típico chirrido metálico. El patio olía a tiza, a pasto recién cortado y a cigarrillos escondidos. Alan estaba ahí, recargado contra una columna, con la chaqueta del equipo de fútbol puesta y esa sonrisa que, por primera vez, Jay no supo cómo devolverle.
Así que fingió no verlo. Pasó de largo hacia su casillero, concentrado en el sonido del candado girando, en el crujir del metal; en cualquier cosa para no tener que pensar.
Las primeras horas fueron un castigo lento. En biología, Alan se sentó una fila detrás, y Jay podía sentir su mirada clavada en la nuca. Pese a que todo estaba en silencio, él solo oía el eco del “estoy enamorado de ti” mezclado con el zumbido de los ventiladores del aula.
Durante el receso, el rubio se acercó al grupo de amigos, como siempre, pero Jay se levantó antes de que pudiera decir nada. Fue al bebedero, se echó agua en la cara y respiró hondo. El metal del grifo estaba helado, y por un momento, deseó que el frío lo despertara por completo, que lo devolviera a la noche anterior, antes de que todo cambiara.
Cuando el día, finalmente, hubo terminado, Jay caminó por el pasillo, con el cansancio pesándole en los hombros, y abrió su casillero con un golpe seco. Entre los libros, encontró una hoja doblada que decía: “Te veo en el taller”. No hacía falta remitente, pues sabía exactamente de quién era.
El corazón se le apretó. Podía fingir no haberla visto, marcharse directo a casa y dejar que el silencio hiciera el trabajo sucio; pero ya estaba cansado de huir, y de ese nudo constante que sentía en el pecho desde la noche pasada. Cerró el casillero con un portazo y echó a andar por el pasillo.
Alan estaba allí, recostado sobre el capó del Chevy Camaro, girando una llave inglesa entre los dedos. Tenía la mirada baja y el gesto contenido.
—Sabía que vendrías —dijo, sin cambiar su expresión.
Jay se cruzó de brazos y lo miró con molestia.
—Solo quería decirte que lo siento —continuó Alan, levantando la vista por fin—. Lo que dije ayer fue un error. No quiero que cambie nada entre nosotros, ¿sí? Olvídalo. Haz de cuenta que no lo escuchaste.
El castaño sintió como si algo en su interior se rompiera con un chasquido suave. Dio un paso al frente y habló con la voz tensa.
—¿Cómo se supone que olvide algo así? —preguntó—. ¡No puedes decirme eso y esperar que lo borre como si nada!
Alan lo miró en silencio, apretando la llave inglesa en su mano.
—No quería hacerte daño, Jay. Solo… no podía callarlo más.
El mencionado respiró hondo, intentando no gritar todo lo que tenía atorado en el pecho.
—¡No entiendes! No es solo lo que dijiste; es todo. Desde entonces no puedo ni mirarte sin pensar que algo está mal.
—¿Mal? —repitió Alan, con una sonrisa triste.
Jay apartó la mirada, sintiéndose más cobarde de pronto.
—Tengo miedo, ¿ok? —susurró, más para sí que para el otro.
—¿Miedo de qué? —preguntó Alan, acercándose apenas.
El castaño levantó la vista. Sus ojos brillaban de frustración y rabia.
—De todo. De mi padre, de mis compañeros, del maldito mundo. Porque esto… —hizo un gesto torpe entre los dos—, esto no es normal.
El rubio dejó la herramienta sobre el banco y se acercó un paso más, lo suficiente para que Jay sintiera el olor del aceite mezclado con su colonia.
—Quizá no es normal —repitió Alan, despacio, casi como si probara las palabras—. Pero tampoco lo que siento.
Jay tragó saliva, incapaz de moverse. Había demasiadas cosas en esa frase: miedo, deseo, verdad. Todo lo que no se podía decir en 1980.
El aire entre ellos era espeso, cargado. Jay retrocedió un paso, pero Alan también avanzó uno. No era una amenaza, ni una intención, solo ese impulso que a veces tiene el cuerpo cuando el alma ya se rindió.
—Alan, no… —murmuró Jay sin fuerza, con la voz temblorosa.
—No voy a tocarte —respondió el otro, en voz baja—. Solo quiero que me escuches.
—¿Para qué? ¿Para seguir fingiendo que esto puede tener sentido? No lo entiendes. Si alguien llega a saberlo…
—No tienen por qué saberlo —interrumpió Alan. Había en su tono una mezcla de súplica y coraje—. No estoy pidiéndote nada, Jay. Solo que no me borres de tu vida por sentir algo que no elegí.
El castaño lo miró entonces, de frente; había dolor, sí, pero también la certeza de que lo quería demasiado como para odiarlo.
—No sé cómo hacerlo —susurró.
Alan abrió la boca para responder, pero el ruido metálico de una puerta al fondo los sobresaltó. Era el profesor de mecánica, el señor Hargrove, entrando al taller con su taza de café y su paso arrastrado.
—¿Aún aquí, chicos? Ya deberían estar en casa —gruñó, dejando el termo sobre la mesa momentáneamente—. Cierren bien cuando salgan.
Jay dio un salto hacia atrás, como si lo hubieran sorprendido en algo ilícito. El rubio solo asintió, mordiéndose la lengua. El profesor ni los miró; revisó unas llaves inglesas, recogió su café, y se fue por el pasillo lateral, silbando una melodía de los Eagles.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Jay apartó la mirada, tomó su mochila y se la colgó del hombro.
—Debo irme —expresó de manera automática.
Alan asintió. No intentó detenerlo. Jay caminó hacia la salida, con el corazón desbocado. Antes de empujar la puerta, escuchó la voz de su amigo detrás de sí, serena y triste:
—No importa cuánto lo niegues, Jay; yo sé que tú también lo sentiste.
La puerta se cerró con un golpe suave. Afuera, el cielo empezaba a ponerse naranja, y el eco de esas palabras lo siguió todo el camino a casa.
El motor del Chevy Camaro rugía bajo sus manos, pero Alan apenas lo oía. El casete giraba en el estéreo, y la voz de Billy Joel llenaba el auto: “… don’t go changing… to try and please me …
just the way you are”. La ironía no le pasó desapercibida.
Manejaba sin prisa, con la ventanilla baja, dejando que el viento despeinara su cabello. No estaba enojado con Jay, o al menos, de eso intentaba convencerse. Entendía el miedo y lo conocía igual que él. En un pueblo donde todo se comentaba, donde todos se conocían, no era fácil admitir nada fuera de lo esperado.
Él no tiene la culpa, pensó, golpeando con los dedos el volante al ritmo de la canción.
Aun así, dolía. Dolía pensar que lo perdería por haber sido sincero.
Al llegar a casa, estacionó frente al porche. Las luces del interior estaban encendidas y se oía la radio de su madre, sintonizada en alguna emisora local que siempre parecía estar tocando The Police o ABBA. Entró sin hacer ruido, subió a su habitación y se dejó caer sobre la cama. El techo tenía una grieta en forma de rayo, la misma que miraba cada vez que no quería pensar. Pero esa noche, no había forma de no hacerlo.
La voz de su madre rompió el silencio.
—¡Alan, cariño! ¡La cena está lista!
Resopló con cansancio, se pasó una mano por el rostro y bajó. En la mesa, la mujer lo esperaba con su sonrisa amable y un delantal floreado, como si fuera el ama de casa perfecta.
—Hice pastel de carne —anunció, sirviéndole un trozo generoso—. Oh, y vi a Mary hoy, la hija de la señora Collins. ¡Qué linda está esa chica! Podrías invitarla al baile de graduación, ¿no crees?
Alan levantó la mirada del plato, inmóvil.
—Mamá, no empieces.
—¿Qué? Solo digo que sería bueno que salieras un poco. Mary parece una muchacha dulce.
Alan dejó caer el tenedor con un golpe seco.
—Estoy concentrado en el equipo de fútbol y en terminar el año. No necesito que me busques pareja —su tono sonó más duro de lo que pretendía.
Su madre lo observó por unos segundos, desconcertada.
—No te lo tomes así, hijo. Solo quiero verte feliz.
—Pues entonces, déjame tranquilo —dijo, sin alzar la voz esta vez, pero en tono claramente cortante.
Ella bajó la mirada, y se dedicó a remover distraídamente el puré de papas servido en su plato.
—De acuerdo. Olvidemos el tema. —Intentó sonreír, torpemente—. ¿Y Jay? Hace días que no lo veo por aquí. ¿Pasa algo?
Alan se levantó de golpe, la silla chirrió sobre el suelo.
—Nada —respondió, tajante.
La mujer apenas alcanzó a mirarlo antes de que él ya estuviera en la puerta.
—Voy a dormir. Buenas noches, mamá.
Subió las escaleras sin mirar atrás. En su habitación, apagó la luz y se recostó otra vez, escuchando cómo volvía a sonar en su cabeza esa misma voz de Billy Joel repitiendo: “I love you just the way you are…” Y, por primera vez, Alan deseó no hacerlo.
El reloj de pared marcaba las siete con un tic-tac insistente que parecía retumbar en la cabeza de Jay. La mesa estaba servida, como cada noche, pollo asado, puré de papas, y las verduras que su madre siempre insistía en que comieran “para crecer sanos”. El televisor en la sala murmuraba las noticias, y el olor a salsa casera llenaba el comedor. Todo era normal, demasiado normal.
Jay movía el tenedor sin probar bocado. Veía la llama de la vela parpadear frente a él y, por un momento, creyó distinguir en ella los ojos de Alan durante la noche anterior, cuando le dijo que lo amaba. Intentó apartar ese pensamiento de su mente, pero era como un eco, que volvía una y otra vez.
—¿Jay? —La voz grave de su padre lo sacó del trance.
Parpadeó confundido y lo miró.
—¿Eh?
—Te pregunté si ya ingresaste tus solicitudes de universidad —repitió el hombre, con ese tono que mezclaba autoridad y expectativa—. Dijiste que ibas a hacerlo esta semana.
Jay tragó saliva.
—Aún no. Todavía no decido mis opciones —respondió apenas, bajando la cabeza como quien se siente juzgado y escrutado en lo más profundo de su ser.
—¿Aún no? —insistió su padre, dejando caer los cubiertos sobre el plato—. Estamos en marzo, hijo. Ya deberías haberte decidido.
—Cariño, lo hará pronto —intervino su madre suavemente, intentando aligerar el ambiente—. No todos los procesos van igual.
El hombre no la escuchó.
—Si te hubieras decidido antes entre ingeniería o derecho, ya habrías enviado todo a tiempo —continuó—. No puedes seguir cambiando de idea cada semana. La vida no funciona así.
—Lo sé. Estoy trabajando en eso —Jay apretó el borde del plato, en un intento por reprimir el grito que se acumulaba en su garganta.
Su hermano pequeño, ajeno a la tensión, jugaba con el puré, haciendo caminos con el tenedor.
—Jay va a ir a la escuela de los grandes, ¿verdad, papá? —preguntó con una sonrisa.
El padre se relajó apenas un segundo.
—Eso espero, hijo. Si se esfuerza, podrá tener un futuro. No como otros chicos que pierden el tiempo en tonterías.
Jay sintió que le faltaba el aire. “Tonterías”. La palabra se repitió en su cabeza con un eco doloroso.
Su madre notó cómo se tensaba y cambió de tema rápidamente.
—El señor Andrews arregló por fin su cerca, ¿viste? —comentó, fingiendo entusiasmo—. Dijo que fue Alan quien le ayudó. ¡Qué muchacho tan servicial!
El nombre cayó sobre la mesa como un vaso que se rompe. Jay dejó los cubiertos.
—¿Puedo retirarme? —preguntó sin mirarlos.
Su padre alzó una ceja.
—¿No vas a terminar tu cena?
—No tengo hambre. —Se levantó antes de obtener permiso y subió las escaleras con pasos rápidos, sintiendo cómo el corazón le martilleaba el pecho.
En su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella. En la penumbra, el mundo parecía menos amenazante, pero solo un poco. Se dejó caer en la cama, enterrando su rostro en la almohada, mientras la voz de Alan nuevamente resonaba en su mente. “Estoy enamorado de ti”, “yo sé que tú también lo sentiste.”
Dos frases que no podía olvidar, dos verdades que chocaban y, en el medio, estaba él.
El comedor estaba lleno de ruido: charlas entretenidas, bandejas golpeando mesas, el zumbido constante de los ventiladores que apenas movían el aire. Jay revolvía su almuerzo con el tenedor sin intención de probarlo, mirando su porción de chicharos como si en ella pudiera encontrar una respuesta a todo.
Habían pasado días desde la última vez que habló con Alan. Días que se sentían como semanas. No habían ido juntos a la escuela, no habían cruzado una palabra, ni siquiera una mirada. Y, aun así, todo lo que hacía o veía le recordaba a él.
Estaba hundido en esos pensamientos cuando una sombra se proyectó sobre su mesa. Levantó la vista y lo vio: Billy Spencer, el tipo más desagradable de su curso, acompañado por sus dos amigos inseparables, Rick y Tommy. Llevaban esa sonrisa de quien disfruta encontrar una herida abierta.
—Mira quién está aquí, el cerebrito Garrick —dijo Billy, dejando caer su bandeja justo frente a él.
Jay no respondió. Bajó la vista, intentando ignorarlos.
—Dime, Jay —continuó Billy, con ese tono cargado de falsa camaradería—, ¿ya sabes a quién vas a invitar al baile? ¿O estás esperando a que Alan te lo pida primero?
Las carcajadas de los otros dos llenaron el aire. El castaño sintió cómo se le tensaba el cuello y el calor le subía al rostro.
—No empieces, Billy.
—¿Qué? —fingió ofenderse—. Si no pasa nada, ¿no? Ustedes dos siempre están juntitos; en el taller, en el patio… Quién sabe dónde más.
Los amigos rieron otra vez, haciendo gestos obscenos. Jay sintió la rabia estallar antes de poder contenerla. Se puso de pie de golpe, la silla cayó hacia atrás con un ruido seco.
—¡Basta, maldita sea! —gritó—. ¡Alan y yo solo somos amigos! ¿Me oyes? ¡Nunca en la vida me gustaría un hombre, y mucho menos él!
El silencio fue inmediato. El ruido del comedor se detuvo como si alguien hubiera cortado el sonido. Todos los rostros se giraron hacia ellos. Jay sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho, procesando realmente lo que acababa de decir, lo que esas palabras significaban.
Billy sonrió de manera cruel, lo que siempre era una señal de problemas.
—¿Ah, sí? —preguntó socarronamente, dando un paso adelante—. Entonces, deja de actuar como una niñita enamorada.
Y sin aviso, el puñetazo le estalló en el pómulo. Jay trastabilló, el ruido del golpe se perdió entre los gritos del resto. Antes de poder reaccionar, los otros dos lo sujetaron de los brazos, inmovilizándolo; Billy volvió a lanzarle un golpe al estómago y el aire se le escapó del cuerpo.
El caos era total. Alguien gritó que llamaran a un maestro, pero nadie se movió a hacerlo. Jay apenas podía respirar, la sangre le zumbaba en los oídos.
Hasta que, de pronto, sintió que lo soltaban, y vio el cuerpo de Billy salir despedido hacia un lado, cayendo sobre una mesa. Alan lo miraba con los ojos encendidos, la mandíbula tensa y el puño aún levantado.
—¡Tócalo otra vez y te juro que no te levantas, Spencer! —gritó, con una furia que hizo que incluso los más valientes retrocedieran.
Jay lo miró, aturdido. Una parte de él sintió alivio, como una punzada de seguridad. Pero la otra… La otra sintió un miedo distinto. ¿Y si Alan había escuchado lo que dijo?
Antes de que ninguno pudiera decir nada, un grito tronó por encima del ruido:
—¡Suficiente! —Era el señor Anderson, el maestro de literatura—. ¡Los tres, deténganse ahora mismo!
El silencio cayó otra vez. Billy se limpió la sangre del labio, lanzando una mirada de odio en dirección de Alan y Jay, pero no se atrevió a responder.
—Si alguno vuelve a levantar la mano, les juro que no se gradúan —gruñó el maestro—. ¡Tú, Jay, a la enfermería! ¡Y tú, Alan, a la dirección conmigo!
El joven intentó protestar, pero el maestro no le dio oportunidad. Lo tomó del brazo y lo sacó del comedor entre el murmullo de todos los presentes.
Ya en el pasillo, y mientras caminaba hacia la enfermería, Jay giró apenas la cabeza. Alan estaba de pie al fondo, detenido por el profesor, con la camisa manchada y la mirada fija en él.
Esa mirada no reflejaba rabia, sino algo peor. Decepción.
No pudo ver más, pues una vez que llegó, la enfermera escolar lo recostó en la camilla para limpiar con cuidado el corte en su mejilla y revisar los hematomas en su estómago. El olor a alcohol y desinfectante era casi insoportable para él, pero lo que más le dolía no era el ardor en la piel, sino el eco de sus propias palabras, repitiéndose una y otra vez en su cabeza.
“¡Nunca en la vida me gustaría un hombre, y mucho menos él!”
Se le revolvía el estómago solo de recordarlo. Quería levantarse, salir de ahí y buscarlo; decirle que no pensaba así, que solo fue el miedo hablando, que no quería herirlo. Pero antes de que pudiera decir algo, la enfermera dejó el algodón y se acercó al teléfono colgado en la pared.
—Voy a avisar a tu padre, muchacho. No puedes irte solo con ese golpe.
Jay levantó la cabeza bruscamente.
—No, no hace falta, de verdad. Estoy bien, puedo irme caminando.
La enfermera le dedicó una sonrisa amable, pero firme.
—Lo siento, hijo. Es el protocolo.
Jay se hundió de nuevo en la camilla, con el corazón acelerado. Cada segundo se sentía más atrapado; y cuando escuchó la voz de su padre en la puerta, supo que la pesadilla apenas comenzaba.
—¿Qué demonios ha pasado ahora? —tronó el hombre, con su uniforme todavía puesto, la camisa remangada, y esa mirada que podía hacer temblar a cualquiera.
La enfermera intentó explicarle, pero Jay apenas alcanzó a balbucear algo.
—No fue nada, papá. Ya estoy bien.
Su padre lo observó en silencio unos segundos con los brazos cruzados.
—Bien —repitió, con voz seca—. Bien no te ves. Te dejaste golpear como un cobarde delante de todos.
Jay sintió un nudo subirle a la garganta.
—No fue así…
—¡Cállate! —interrumpió el hombre, y el silencio cayó como una piedra—. Recoge tus cosas. Nos vamos.
—Papá, tengo que…
—Nos vamos ahora.
El camino a casa fue largo y silencioso. Solo el ruido del motor del coche y el reloj del tablero llenaban el aire. Jay miraba por la ventana, sintiendo que todo afuera se movía más rápido que él.
Cuando llegaron, su padre se limitó a decir:
—Vas a quedarte aquí el resto del día. Y espero que esto te sirva de lección.
El adolescente asintió. Ni siquiera intentó discutir. Subió a su habitación y se recostó en la cama. No supo cuánto tiempo pasó, y ni siquiera bajó a cenar porque tenía un nudo en el estómago.
Cuando, finalmente, la casa quedó en silencio, Jay se levantó, tomó su chaqueta y se escabulló por la puerta trasera.
El aire nocturno, frío y liberador, le golpeó el rostro. Caminó rápido, casi corriendo, hasta la casa de Alan. Las luces estaban encendidas, así que tocó la puerta, nervioso y con los nudillos temblando.
Fue la madre de su amigo quien abrió. Tenía el rostro cansado y un cigarrillo en la mano.
—Ah, Jay… —dijo, y en su tono había algo de alivio y tristeza al mismo tiempo.
—¿Está Alan? —preguntó el chico, de inmediato.
Ella dudó un instante antes de responder.
—No, cariño. Alan se fue.
Jay frunció el ceño.
—¿Cómo que se fue?
—Después de que lo suspendieran, su padre llamó furioso. Alan no quería que lo castigara, así que… —ella bajó la voz, mirando al suelo—, se escapó. Se fue por la ventana hace unas horas. No sabemos a dónde.
El mundo pareció detenerse. Jay asintió, sin saber qué más decir. Miró hacia la calle, hacia la oscuridad, como si de pronto él pudiera aparecer ahí, riendo, como antes. Pero no había nadie.
Alan se había ido. Y esta vez, el silencio no era un refugio. Era una condena.
La lluvia caía como si el cielo hubiera decidido soltarlo todo de golpe. Gotas gruesas, heladas, rebotando contra el pavimento y empapando las calles vacías. Jay corría sin mirar atrás, con el corazón desbocado y la respiración hecha trizas. Cada zancada levantaba charcos, y el agua le calaba hasta los huesos, pero nada de eso importaba. Solo pensaba en Alan.
El mirador estaba lejos, subiendo por esa carretera sinuosa que daba vista a toda la ciudad. Un lugar donde antes reían, soñaban con el futuro, y donde, la última vez, todo se había quebrado.
Cuando Jay por fin llegó, el cielo era una sábana gris atravesada por relámpagos, y el aire olía a tierra mojada.
Miró alrededor, con el pecho ardiendo. Por un momento pensó que había llegado tarde, que Alan ya se habría ido y que lo había perdido para siempre. Hasta que lo vio.
Estaba sentado en una de las bancas, empapado, con la chaqueta pegada al cuerpo y la vista perdida en las luces lejanas de la ciudad. Ni siquiera se giró cuando escuchó los pasos.
Jay se detuvo a unos metros, intentando recuperar el aliento.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo, con voz temblorosa.
Alan levantó la cabeza lentamente, sin sorpresa, apenas con un suspiro cansado.
—Pensé que no querías verme.
Jay dio un paso más, intentando que lo viera y escuchara mejor.
—Lo siento. Por todo —se excusó con sinceridad.
—No tienes que disculparte. Ya entendí que jamás me verás como algo más que un amigo —apartó la mirada, con una tristeza imposible de disimular.
—¡No es eso, Alan! —negó el otro, enfáticamente—. Es mi culpa, por obligarme a callar, a esconderme, a tener miedo.
El silencio se estiró entre ellos, solo interrumpido por el golpeteo constante de la lluvia.
—No entiendes lo que es vivir con miedo todo el tiempo —continuó Jay, con la voz quebrándosele—. Miedo a mi padre, a mis amigos; a que me señalen o me odien. Miedo a perderte. Y eso me hizo decir cosas horribles, cosas que ni siquiera creo.
El rubio se levantó despacio y lo confrontó con la mirada.
—Jay, no tienes que…
—Sí, tengo que hacerlo —lo interrumpió él, avanzando hasta quedar ambos frente a frente, tan cerca que podían sentir el vapor de su aliento mezclado con la lluvia—. Porque detrás de todo ese miedo que tengo, hay algo más fuerte. Algo que no puedo negar más.
Alan lo miró, empapado, con el cabello pegado a la frente, temblando no se sabía si de frío o por lo que estaba por venir.
—¿Qué cosa? —preguntó, de forma apenas audible.
Jay tragó saliva, y a su vez, todos los prejuicios y temores que lo habían acompañado durante aquellos días infernales en los que estuvo alejado de Alan.
—Que te amo.
El tiempo se detuvo por un instante. Durante un segundo no hubo lluvia, ni truenos, ni viento. Solo ellos, mirándose, comprendiendo sin palabras cuánto les había costado llegar hasta allí.
El rubio soltó un suspiro audible y, en un movimiento que fue torpe y perfecto a la vez, tomó el rostro de Jay entre sus manos.
—Idiota —susurró antes de besarlo.
Y el beso fue todo lo que no se habían permitido hasta ese momento: cálido, a pesar del frío; urgente y verdadero. La lluvia los cubría como si quisiera ayudarles a borrar el pasado, a limpiar cada herida, cada palabra dicha que los había lastimado y alejado.
Cuando se separaron, Jay sonrió por primera vez en días. Y Alan bajó la mirada, sin poder contener una risa nerviosa.
—Si vuelves a decir algo como lo de hoy en el comedor, te golpeo yo —bromeó.
El castaño soltó una carcajada ahogada. Y, sin pensarlo demasiado, se inclinó y apoyó su frente contra la de su amigo. El silencio, esta vez, no pesaba. Era paz.
Y aunque a ambos les hubiera gustado alargar ese momento mágico donde, finalmente, sus corazones latían al unísono, el frío de la lluvia ya les había calado hasta los huesos. Así que Alan se ofreció a llevar a Jay en su coche.
El aire olía a tierra húmeda y a gasolina, y por primera vez esa noche, no había miedo en el ambiente. Solo cansancio y algo parecido al alivio.
—¿Qué crees que pase mañana en la escuela? —preguntó Jay, mientras subía al asiento del copiloto.
Alan se encogió de hombros, girando la llave para poner el motor en marcha.
—Nada bueno, probablemente. Billy no se quedará callado.
—Todos lo saben ya… Después de lo del comedor, la pelea… —hizo una pausa—. Lo nuestro.
Alan lo miró de reojo, con esa media sonrisa tranquila que tanto lo desarmaba.
—Sí. ¿Y qué? —dijo con seguridad, restándole importancia.
El castaño levantó la vista, sorprendido. Ojalá pudiera tener la seguridad y la valentía de Alan.
—Digo que sí, lo sabrán, y se reirán, y hablarán a nuestras espaldas. Pero no va a importarme. No más —explicó Alan, con la voz firme pero serena—. Billy, o cualquiera como él, ya no puede hacernos daño.
Jay lo observó en silencio, sintiendo que algo dentro de sí se aflojaba, como si todas las horas de tensión de esa semana empezaran, por fin, a desvanecerse.
—No sé cómo puedes decirlo así, tan fácil.
Alan sonrió sin apartar la vista del camino.
—No es fácil. Pero es la única forma de seguir respirando.
El resto del trayecto lo hicieron en silencio, solo el sonido del limpiaparabrisas marcaba el ritmo. Las luces de la ciudad se acercaban poco a poco, reflejándose en los charcos del asfalto. Jay apoyó la cabeza contra la ventanilla, mirando las gotas que se deslizaban una tras otra.
Cuando llegaron frente a su casa, Alan detuvo el coche y dejó el motor encendido. Se quedaron ahí por unos segundos, con los vidrios empañados y el aroma a lluvia flotando entre los dos.
Alan rompió el silencio con una sonrisa tímida.
—Sé que ahora mismo no es el mejor momento… —empezó, mirando su propia ropa empapada—. Estamos mojados, salpicados de barro y con cara de haber salido de una guerra…
Jay rio suavemente.
—Aun así, quería preguntarte algo —Alan se pasó una mano por el cabello, nervioso.
El castaño alzó una ceja, con suspicacia.
—¿Qué cosa?
—El baile —respondió Alan—. Sé que suena a una locura, pero me gustaría ir contigo.
Jay miró al rubio en silencio por un instante, sintiendo que el corazón se le aceleraba de nuevo, aunque, esta vez, por una razón completamente distinta.
—¿Conmigo? —repitió, casi incrédulo.
—Sí. Contigo. Ya no quiero esconderme, ¿recuerdas?
Jay sonrió, pero de inmediato la vergüenza lo hizo bajar la cabeza.
—Pues, vas a tener que limpiarte el barro antes.
Alan soltó una risa corta, relajada, y también llena de satisfacción.
—Eso suena a un sí.
El otro lo miró y, sin pensarlo demasiado, se inclinó y le dio un beso corto, apenas un roce, que dejó más promesas que palabras entre los dos.
—Sí —susurró—. Iré al baile contigo.
Alan lo observó con una mezcla de ternura y asombro.
—Entonces, es un trato.
Jay bajó del auto, todavía con la sonrisa en los labios y, antes de cerrar la puerta, lo miró una última vez.
—Nos vemos mañana.
El otro asintió, sin dejar de mirarlo.
—Nos vemos, Jay.
El gimnasio estaba vestido de estrellas de cartón y cortinas plateadas que relucían bajo una bola de espejos. La música ochentera sonaba un poco distorsionada por los viejos parlantes, pero nadie parecía notarlo. Era la noche del baile de graduación y, al menos por unas horas, todos fingían que el mundo era perfecto.
Alan entró primero. El antifaz apenas cubría sus ojos, y la capa carmesí se movía con un dramatismo casi cómico cuando avanzaba. En su pecho, el emblema dorado brillaba con el reflejo de las luces.
Jay entró después, con un casco metálico antiguo que había pulido con tanto esmero, que parecía nuevo. El rayo dorado cruzaba su camiseta roja y, aunque el atuendo no era tan impecable como el de Alan, tenía algo que lo hacía inconfundible: autenticidad.
Cuando sus compañeros los vieron llegar, las conversaciones se convirtieron en murmullos. Algunos se rieron, otros solo los observaron, pero a ellos no les importó. Alan le sonrió con esa expresión suya que combinaba nervios y orgullo.
—¡Vaya! —exclamó Jay, aunque intentando sonar casual—. Un caballero esmeralda en persona.
—Y tú —respondió Alan, acercándose—, el hombre más rápido del mundo. Buena pareja, ¿no?
—Depende de a qué velocidad quieras bailar —replicó, sonriendo brevemente.
Alan extendió la mano y Jay la tomó sin pensarlo demasiado. La música cambió a una canción lenta, una de esas baladas que parecían hechas para romper las reglas.
Y empezaron a moverse torpemente, chocando hombros, riéndose en susurros, y, poco a poco, el resto del salón se difuminó. El ritmo de la música hacía sentir ligero a Jay. El miedo, las dudas, las palabras que lo habían atormentado, todo se disolvía con cada paso.
Un flash los sorprendió. Alguien, quizá uno de los fotógrafos del evento, había capturado el momento. Detrás de ellos, la enorme luna de papel sonreía como si aprobara su atrevimiento.
Jay y Alan permanecieron así, con los brazos entrelazados, mientras el fotógrafo gritaba:
—¡Sonrían, chicos! ¡Esto va para el mural de la clase de 1980!
Y lo hicieron. Sonrieron. No porque quisieran recordar la noche perfecta, sino porque, después de tanto miedo, finalmente se sentían libres de existir.
A mitad de la noche, la idea se les ocurrió a ambos casi al mismo tiempo. Sin necesidad de palabras, ni propuestas, se tomaron de las manos y salieron de allí por la puerta trasera del gimnasio, rumbo al estacionamiento. El auto de Alan los esperaba, reluciente, y dispuesto a llevarlos hasta donde ellos quisieran.
Alan se detuvo en lo alto del mirador, desde donde las luces de la ciudad se veían como un mar de estrellas. Jay salió del coche, aún con el casco en la mano y la camiseta con el rayo dorado pegada al cuerpo; Alan, con la capa arrugada y los zapatos llenos de barro seco, se apoyó en el capó y soltó una risa cansada.
—¿Te das cuenta? —dijo, mirando hacia abajo—. Estar juntos no fue el fin del mundo.
—Y ahora… —Jay se sentó a su lado, sonriendo apenas—, parece el principio.
El silencio los envolvió, solo interrumpido por el ruido lejano de algún coche bajando por la carretera. Desde esa altura, el pueblo parecía diminuto, casi inofensivo.
—¿Crees que algún día volveremos? —preguntó Jay.
Alan lo pensó un momento antes de responder.
—Tal vez. Pero no como los mismos chicos que salieron huyendo.
Jay asintió, con la mirada perdida en las luces.
—Quiero creer que allá afuera hay un lugar donde no tengamos que escondernos, donde podamos ser nosotros sin tener que pedir permiso.
Sonrió con nostalgia, pero también con esperanza.
—Lo habrá. La universidad, la ciudad… El mundo es mucho más grande de lo que parece desde aquí.
No necesitaron más palabras. Jay apoyó una mano sobre la capa de Alan, y Alan le sostuvo la mirada antes de inclinarse lentamente. Se besaron suavemente, con esa torpeza dulce de quienes aprenden a amar en un lugar que no les enseñó a hacerlo.
Cuando se separaron, sus ojos se miraron con tanto amor y anhelo, que pareciera que hubieran sido hechos solo para verse entre ellos. Alan lo abrazó, y juntos miraron el amanecer que empezaba a teñir el cielo de naranja. La ciudad despertaba abajo, pero para ellos, por fin, la vida recién empezaba.
