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El Callejón Diagon seguía oliendo a pergamino viejo y a pan recién horneado, igual que en los días en que tenía dieciséis años y corría entre esos mismos adoquines con la capa torcida y la mochila a medio cerrar.
El aire conservaba esa mezcla reconocible de polvo mágico y especias que siempre se escapaba por la puerta de Flourish and Blotts, y bastó con que la brisa le rozara el rostro para que se detuviera unos segundos y respirara profundo.
No había planeado detenerse, pero el olor y el bullicio lo arrastraron sin permiso a un lugar en la memoria que creía archivado. Solo había salido a comprar unas pociones que Hermione le había pedido, un recado rápido, sin complicaciones. Aun así, el universo —o su manía de interferir cuando menos lo esperaba— decidió que ese día sería cualquier cosa menos rutinario.
—Potter.
El llamado surgió desde detrás de él, con un tono grave y arrastrado que reconoció al instante, como si lo hubiese escuchado la tarde anterior. La voz conservaba ese matiz burlón y levemente cansado, el mismo que solía colarse por los pasillos de Hogwarts cuando un comentario de Theodore Nott llegaba siempre en el momento justo para descolocar a todos. Giró sobre sus talones y lo encontró recostado con descuido contra la pared de la librería, una bolsa de libros bajo el brazo y la expresión eternamente despreocupada que tanto lo caracterizaba.
El tiempo había dejado marcas evidentes en él. La mandíbula aparecía más definida, el cabello caía más largo y rebelde sobre la frente, y el porte arrogante que había tenido de adolescente se había transformado en una relajación casi estudiada, como si el mundo ya no le exigiera demostrar nada. En cambio, los ojos —una mezcla curiosa entre gris y verde— seguían idénticos.
Tenían esa misma cualidad inquietante de observar más de lo que estaban dispuestos a decir.
—Nott —salió de sus labios en una mezcla de sorpresa y risa contenida, incapaz de decidir si debía estrecharle la mano o simplemente quedarse mirándolo—. Vaya, esto sí que no me lo esperaba.
—Nadie se espera un reencuentro en medio de un estante de "Transformación elemental avanzada" —replicó el otro con un leve gesto, alzando la bolsa que llevaba—. Pero ya ves, aquí estamos.
Se quedaron en silencio por un momento, no era incomodo, pero sí tenso de todo lo que no sabían cómo empezar a decir. Ninguno dio un paso hacia el otro de inmediato; simplemente se quedaron ahí, observándose como si midieran cuánto de aquel adolescente seguía escondido bajo las nuevas arrugas y las responsabilidades adultas. Al final, fue él quien rompió la pausa con una media sonrisa cargada de resignación.
—Ven, te invito una copa —ofreció, en un intento torpe por darle un marco sencillo a algo tan inesperado.
—No tomo —respondió Theo sin pensarlo.
—Claro que no —bufó, rodando los ojos con exageración teatral—. Olvidé que ahora eres un modelo de virtud. Bien, entonces será un café.
—Eso suena mejor.
Caminaron uno al lado del otro hasta llegar a un pequeño local al fondo del callejón. El sitio era estrecho, con mesas de madera que mostraban los surcos de los años y lámparas que colgaban bajas, proyectando una luz cálida sobre las tazas humeantes. El murmullo suave de la cafetera llenaba el aire, mezclándose con el tintinear de las cucharillas y el golpeteo ocasional de las tazas contra la barra.
Aquel ambiente parecía construido para las conversaciones que no se habían tenido a tiempo. Eligieron una mesa junto a la ventana, desde donde se veía el flujo constante de túnicas agitadas por el viento y bolsas de compras que pasaban flotando a unos metros del suelo.
—Así que... —empezó Theo mientras apoyaba los codos sobre la mesa y entrelazaba las manos, como si se preparara para diseccionar con calma lo que tenían delante—, ¿quince años desde la última vez que nos vimos?
—Catorce —corrigió sin titubear, con la seguridad de quien ha contado esos años más de una vez en su cabeza.
—Vaya, Potter, no sabía que me tenías tan presente.
Una sonrisa se dibujó en sus labios antes de que pudiera evitarlo. La del frente también apareció, y fue la misma que usaba en el colegio cuando quería admitir que lo había extrañado sin pronunciarlo.
—Catorce años —repitió Theo con un suspiro casi teatral—. Y míranos, sin pociones explosivas escondidas en los bolsillos ni detenciones pendientes. Bueno... con más canas, eso sí.
—Habla por ti —respondió, aunque la mano fue instintivamente a la nuca, donde sabía que había un par traicioneras que Ginny solía señalar con sorna.
—No te preocupes —añadió Theo, agitando la cuchara dentro de su taza con aire despreocupado—, te dan un aire sabio. Como si supieras lo que haces.
—¿Y tú? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia adelante para acortar la distancia que aún parecía separarles—. ¿Qué ha sido de tu vida?
—Ah, ya sabes... lo típico: adulto funcional, trabajo estable, vida decente. Nada emocionante. A veces echo de menos aquellos años absurdos, cuando pensábamos que el mundo se derrumbaría si suspendíamos Pociones —dijo el otro antes de llevarse un sorbo de café a los labios, dejando que la taza permaneciera unos segundos suspendida entre sus manos como si se resistiera a soltarla.
Un rastro de nostalgia cruzó su expresión antes de que se desvaneciera bajo el gesto travieso que tantas veces había precedido a un comentario fuera de lugar.
—Bien... —empezó, girando la taza entre los dedos con deliberada lentitud—. Dime, ¿qué ha pasado con tu esposo?
La pregunta llegó con la naturalidad de quien no necesita rodeos, y la reacción casi ni se noto: un pequeño movimiento de hombros, un suspiro disimulado y esa media sonrisa cansada que aparece cuando una herida sigue ahí aunque ya no duela igual.
—Nos divorciamos.
—Mmm... déjame adivinar —intervino Theo, reclinándose contra el respaldo con fingida expectación—. Seguro te dejó por infiel. Siempre tuve esa teoría.
—No fui infiel —bufó él, negando con la cabeza mientras se permitía una carcajada breve.
—Ah, maldita sea, qué decepción. Hubiera sido una historia mucho más interesante.
La risa que le arrancó fue más sincera de lo que esperaba, un sonido corto que escapó entre la sorpresa y la incredulidad, como si no recordara la última vez que alguien se atrevió a bromear así con él. Theo sonrió también, complacido por el efecto logrado.
—No —repitió con un tono más sereno cuando el silencio volvió a instalarse—. Las cosas simplemente... cambiaron. Nos volvimos diferentes, y lo que antes funcionaba dejó de hacerlo. Supongo que pasa.
—Pasa —admitió el otro, aunque su mirada se volvió más aguda, como si tanteara un terreno más delicado—. Aun así, hay cosas que cuesta no recordar.
Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz lo suficiente como para que el murmullo del café pareciera ajeno a lo que estaba a punto de decir.
—¿Recuerdas cuando yo le mandaba rosas? —preguntó Theo con esa media sonrisa ladeada que siempre anticipaba un golpe directo al pasado.
—Claro que lo recuerdo —contestó sin levantar la vista de su taza, observando el remolino que formaba el líquido oscuro cuando lo movía con la cuchara.
—Y sin embargo, fue tu clavel el que lo conquistó.
Los ojos se alzaron despacio, y el gesto que acompañó la mirada no fue de enfado ni de vergüenza, sino esa mezcla compleja entre incomodidad y resignación que solo aparece cuando el pasado se hace presente sin pedir permiso.
—Así es —dijo sin rodeos, dejando que las palabras quedaran suspendidas entre ambos, tan simples y tan cargadas como habían sido en aquel entonces.
Theo dejó escapar una risa suave que se fue extendiendo hasta convertirse en una carcajada, cargada de ironía y sin una pizca de rencor. No había veneno en ella, ni sombra de resentimiento; solo el reflejo de una historia que, aunque había quedado atrás, todavía los atravesaba a ambos de formas diferentes.
—Qué idiotas éramos —murmuró después de recuperar el aliento, negando con la cabeza mientras se frotaba la frente con dos dedos, como si quisiera borrar el recuerdo y al mismo tiempo conservarlo—. Yo, convencido de que un ramo de rosas impresionaría a alguien como él... y tú apareciendo con un solo clavel como si nada.
—No era un plan —aclaró el otro con un gesto casi resignado, bajando la mirada hacia su taza—. Solo fue lo que tenía a mano ese día.
—Y aun así funcionó —Theo se llevó una mano al pecho en un gesto exagerado, soltando un suspiro teatral que hizo que el camarero de la mesa vecina los mirara de reojo—. El mundo nunca ha sido justo.
El silencio que siguió tuvo un peso particular. La taza de café humeaba aún entre ambos, dejando escapar un aroma cálido a cacao tostado que llenaba el aire, mientras por la ventana se filtraba un hilo de luz pálida que recortaba las partículas de polvo flotando despacio. Ninguno se apresuró en hablar. Fue Theo quien rompió la pausa, con esa risa corta que siempre lo traicionaba cuando un recuerdo lo alcanzaba sin previo aviso.
—¿Te acuerdas de las serenatas? —preguntó con los ojos entornados, como si en el reflejo del cristal pudiera ver proyectadas escenas de otro tiempo.
—¿Cómo podría olvidarlas? —respondió Harry, y la sonrisa que intentó disimular terminó escapándosele sin remedio.
Sin proponérselo, la conversación los arrastró fuera de aquel café y los devolvió, al menos en la memoria, a un escenario completamente distinto. Ya no estaban en una mesa junto a una ventana, sino en un callejón empedrado frente a una casa antigua con la fachada color marfil. Era verano, el aire olía a madreselva recién florecida y el cielo tenía ese azul profundo que solo aparecía en junio, justo antes de que el sol se escondiera por completo.
Theo, con el cabello despeinado cayéndole sobre la frente y la varita escondida en el bolsillo trasero, sostenía su vieja guitarra colgada con un cordel que se soltaba cada dos por tres. La había afinado a duras penas en el dormitorio de Slytherin, jurando que sabía tocar aunque apenas dominaba tres acordes torcidos. A su lado, Harry sujetaba un par de maracas diminutas que había conseguido en circunstancias que prefería no detallar; aseguraba con convicción que eran "el alma del ritmo", y Theo nunca lo contradijo porque, por alguna razón, cuando estaban juntos incluso lo más absurdo funcionaba.
—No puedo creer que estemos haciendo esto otra vez —susurró él aquella noche, escondido entre los arbustos del jardín, con las manos temblorosas más por los nervios que por el frío.
—Cállate, que si nos oye Lucius te mata —replicó Theo, mordiéndose el labio inferior para contener la risa mientras intentaba afinar una cuerda que, por más que lo intentara, siempre sonaba mal.
—Nos mata —insistió Harry, en un murmullo apenas audible.
—A ti más. Tú eres el que hace el ridículo con maracas.
Y aun así, ninguno retrocedió. Uno sostenía la guitarra con los dedos temblorosos sobre las cuerdas, el otro agitaba las maracas con un ritmo torpe que no seguía ninguna métrica conocida. Ninguno tenía idea de lo que hacía, pero nada de eso importaba porque lo realmente esencial era la ventana del segundo piso que, de pronto, se iluminaba con un destello cálido. Cada vez que esa luz aparecía, los dos sentían el corazón subirles hasta la garganta.
—Llevamos juntos serenata... —murmuró Theo en voz baja, casi como si las palabras fueran parte de una canción que nunca se animaron a escribir.
—Juntos hasta el balcón aquel —añadió Harry, y una risa suave, pequeña, se dibujó en su rostro.
Ahí estaban. Theo con su guitarra mal afinada, Harry con sus maracas diminutas, y Draco Malfoy —quince años recién cumplidos— asomándose a la ventana con el cabello rubio despeinado por el sueño y una sonrisa tan tenue que apenas era visible. Pero para ellos, eso bastaba. Bastaba con que estuviera ahí, con que los mirara a través del cristal, con que no cerrara la ventana al primer acorde desafinado.
—Él tenía quince y nosotros dieciséis —dijo Theo con un suspiro largo, arrastrando cada palabra como si necesitara saborearla antes de dejarla ir.
—Merlín —rió Harry, sacudiendo la cabeza—. Qué estúpidos éramos.
—Los más estúpidos del mundo —coincidió el otro, y su risa sonó más suave que nunca, casi como si temiera romper el recuerdo si alzaba demasiado la voz.
Las imágenes regresaban con una nitidez inesperada. Después de cada serenata, corrían calle abajo entre tropiezos y empujones antes de que alguien saliera a gritarles, riendo tanto que les dolía el estómago durante horas.
Recordaban las noches sin luna en las que se escondían en esquinas oscuras, el sonido desafinado de las cuerdas que se negaban a obedecer, el ritmo errático de las maracas que no seguían ninguna lógica. Y, por encima de todo, recordaban la forma en que Draco permanecía en la ventana unos segundos más incluso después de apagar la vela, como si siguiera escuchando cuando ya no quedaba música.
Un suspiro profundo devolvió a Theo al presente. No sonaba triste, pero sí cargado de ese peso que deja el paso del tiempo.
—A veces pienso que fue la versión más honesta de nosotros —dijo sin apartar la mirada de un punto indefinido en la mesa—. Sin varitas, sin problemas, sin apellidos pesados... solo un par de idiotas cantando bajo una ventana.
—Sí —asintió Harry, y en su voz apareció una ternura que no usaba con frecuencia—. Un par de idiotas que lo dieron todo por una sonrisa.
La risa que siguió fue pequeña, casi infantil, y Theo negó con la cabeza como si aún no pudiera creer la clase de cosas que habían hecho.
—Un par de idiotas que lo dieron todo por una sonrisa —repitió, saboreando cada palabra como si fueran un brindis silencioso al pasado.
El silencio que se instaló después fue distinto, no era incómodo ni distante; era el tipo de silencio que nace cuando dos personas piensan en lo mismo sin necesidad de decirlo. Theo fue, como siempre, quien rompió la pausa.
—Y al final... —dijo con un tono entre resignado y divertido, dejando que la frase flotara un momento antes de completarla—, al final se quedó contigo.
La mirada de Harry se alzó despacio, sorprendida por lo simple que sonaban esas palabras, desprovistas de veneno o reproche.
—Sí —respondió al cabo de unos segundos, pronunciando cada sílaba con calma—. Al final, sí.
Apoyado ahora en una mano, Theo lo observó con una atención serena, como si aún tratara de resolver un enigma que había quedado sin respuesta.
—Recuerdo el día que lo supe —confesó con una risa baja, más nostálgica que divertida—. Fue en el pasillo del tercer piso. Yo salía de la biblioteca cargando un montón de pergaminos sobre runas antiguas y ustedes estaban ahí. No se estaban besando ni nada... pero estaban juntos. Tenías esa cara.
—¿Qué cara? —preguntó el otro, arqueando una ceja con curiosidad genuina.
—Esa cara tuya de cuando algo te supera, pero te gusta demasiado como para huir. —Theo sonrió con malicia contenida—. Y él tenía la misma. En ese momento lo supe. No necesitaba ver más.
Una carcajada escapó de la garganta de Harry, limpia y espontánea.
—Nunca imaginé que lo aceptarías tan fácil —admitió, todavía riendo.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Lanzarte un hechizo de celos en medio del pasillo? —replicó Theo con fingida indignación, abriendo los brazos como si dramatizara la escena—. Vamos, Potter. No soy un cliché.
Un sorbo de café marcó una pausa natural antes de que se recostara contra el respaldo de la silla, visiblemente más relajado.
—Además... no podía odiarte. Eres insoportable a ratos, pero eras mi amigo. Y él... bueno, él no era mío. Nunca lo fue.
Había en sus palabras una honestidad desprovista de dramatismo, con algo de alivio y algo de cariño entretejido. Harry sostuvo su mirada durante unos segundos y le respondió con un gesto de gratitud silenciosa, apenas un leve asentimiento y una sonrisa tranquila.
—Fue bonito, ¿sabes? —continuó Theo con un brillo nostálgico en los ojos que no intentó disimular—. Verlos juntos. Draco nunca sonrió tanto como en esa época. Ni tú. Eran... diferentes. Como si ambos hubieran encontrado un pedazo de calma en medio de todo aquel caos adolescente.
El recuerdo trajo consigo un torrente de imágenes: caminatas a escondidas por pasillos vacíos, conversaciones interminables en la torre de Astronomía, risas compartidas en rincones apartados de la biblioteca donde fingían estudiar. Pero, por encima de todo, la certeza de que lo que vivían no necesitaba explicación alguna.
—Fue especial —admitió en voz baja, apenas más que un susurro—. Muy especial.
El asentimiento de Theo llegó sin prisa, acompañado de un leve movimiento de hombros.
—Nunca me dolió perderlo —dijo, girando la taza entre las manos con calma—. Lo que hubiera dolido habría sido perderlos a ustedes dos.
Una sonrisa genuina se dibujó en el rostro de Harry, más profunda que cualquiera de las anteriores.
—Eres mejor persona de lo que aparentas.
—No lo digas en voz alta, Potter —respondió Theo con un gesto dramático, señalándolo con el dedo como si lanzara una advertencia—. Tengo una reputación que mantener.
Ambos rieron con una facilidad que les volvió la voz más joven por un segundo; hablaban con frases rápidas, se interrumpían y repetían chistes que solo ellos entendían en ese momento. La risa fue perdiendo fuerza hasta quedar en un silencio más denso que antes, un silencio que dejaba espacio para palabras que normalmente evitaban y que ahora parecía pedir salida. Theo percibió el cambio al instante: inclinó un poco la cabeza, dejó atrás la pose sarcástica y bajó la voz, midiendo cada sílaba.
—¿Qué sucede? —preguntó despacio.
Harry tomó aire antes de responder, y en ese gesto había ya una decisión. Sus manos rodeaban la taza con más fuerza de la necesaria; los dedos le temblaban apenas, como si el calor del café intentara calmar algo más frío dentro del pecho. Cuando habló, la voz sonó contenida, con pausas que no eran teatrales sino necesarias para que las palabras llegaran.
—Solo por ser mi amigo, te confieso algo... —empezó—. Me divorcié. Más nunca fue por falta de amor.
Theo escuchó sin hacer ruido, sin cambiar el gesto. No hubo refuerzo ni chiste que minimizara la noticia; la dejó asentarse en la mesa entre ellos y esperó a que siguiera.
Harry respiró hondo, más largo que antes. La mirada se le fue un segundo hacia la ventana, a la calle con su movimiento constante, y volvió a clavarla en la superficie de la mesa como si ahí se pudieran ordenar las ideas.
—No, nunca fue por falta de amor —dijo finalmente—. Éramos diferentes, muy diferentes. Lo que al principio parecía equilibrarnos, con el tiempo empezó a separarnos.
Mientras contaba, la cara le perdió color en los costados; la mandíbula trabajó varias veces como si tragar fuese una tarea. Tragó saliva con ruido y dejó la taza en la mesa con cuidado, la yema de los dedos marcando el borde. Nadie apuró el silencio que siguió, Theo mantuvo la mirada fija, sin ninguna mueca de juicio, solo atención.
—Y aun así... —continuó Harry en voz más baja—, nunca lo olvidé. Ni un solo día.
La frase quedó suspendida y él mostró señales físicas que hacían evidente lo que decía: la respiración se le volvió más corta, la muñeca dibujó círculos en la madera de la mesa sin que hubiera intención de hacerlo; un brillo húmedo apareció en los ojos y lo contuvo con un parpadeo.
Empezó a nombrar detalles concretos, esas cosas pequeñas que no se borran: el olor de una colonia en una manga doblada en un cajón, la forma exacta en que doblaba un suéter, una taza con una pequeña grieta que dejaba migas en el labio cuando la llevaba a los labios. Todo eso venía a su mente con la nitidez de objetos a la vista y se le hacía presente en días cotidianos.
—Extraño su manera de mirar —dijo, y paró para ajustar la postura—. Esa forma en la que podía verme sin decir nada y yo ya sabía que estaba bien. Extraño cómo siempre encontraba la forma práctica de calmarme cuando todo se desordenaba. Extraño su risa, sus silencios, hasta sus manías con los platos en el fregadero.
Habló de mil cosas que extrañaba, tantas que era imposible de enumerar: manías, ruidos, objetos, horarios. Theo no lo interrumpió, se limitó a escuchar, con los codos apoyados y la atención puesta en cada palabra, sin alivianarla con ironía. Harry dejó salir un suspiro que se notó en el pecho y en la cara; la expresión quedó suave y frágil, y en ese instante se le vio sin las barreras que usaba para el resto de la gente.
—A veces sueño que vuelve —confesó—. Abre la puerta de casa y todo encaja de nuevo. Me despierto con esa idea y tardo en darme cuenta de que no pasó. Es una repetición que me obliga a levantarme, a caminar por la casa y encontrar los lugares donde él estuvo y ya no están. Y aun así, lo sigo amando.
Al decir "lo sigo amando" la voz se quebró un poco. No era un gesto grandilocuente; fue algo contenido y honesto. La película de sus ojos cambió: pasaron del rememorar a la certeza simple de una emoción que no se extingue con un divorcio firmado. Theo lo miró con una mezcla de ternura contenida y comprensión, y esa mirada fue respuesta suficiente por un instante.
—Lo amo más que cuando me casé con él —confesó Harry en un tono apenas audible; las palabras casi se posaron sobre la mesa—. Más que en cualquier otro momento. Ahora lo amo con otra claridad: sé que el amor no siempre se queda, pero no desaparece por eso.
Theo asintió, sin ironía esta vez. Colocó la taza con un golpe seco y se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando la misma chispa que le venía de siempre, pero sin ironías que disfrazaran respeto.
—Supongo que eso es amor verdadero —murmuró—. Cuando permanece incluso después de todo lo demás.
Harry cerró los ojos un instante, como si al hacerlo quisiera ordenar los sentimientos que nombró. Al volver a abrirlos se notó más tranquilo, la respiración más lenta. No hubo teatralidad, solo el efecto sencillo de haber dicho en voz alta algo que llevaba adentro desde hacía tiempo.
Theo se quedó observándolo unos segundos más, evaluando, midiendo palabras que no pronunciaba. Luego volvió a ponerse de pie con un movimiento decidido, y en su cara apareció ese gesto imprudente de siempre; la expresión no era burla sino determinación.
—Tengo una idea loca, amigo mío —dijo.
Arqueando la ceja, Harry lo miró incrédulo y ya con una sonrisa que se le dibujaba a pesar del nudo en el estómago.
—Eso nunca anuncia nada bueno viniendo de ti.
—Llevemos juntos serenata —propuso Theo con la misma tranquilidad con la que alguien pediría un segundo café.
Harry lo miró como quien escucha una propuesta absurda y ambivalente. Por un lado, la risa le subió automática; por otro, hubo un tirón interno, una mezcla de nervio y deseo que se tradujo en un leve apretón de los dedos contra la taza.
—¿Estás loco? No tiene sentido. No... no tiene caso, Theo —dijo entre risas nerviosas.
—¡Vamos! —insistió el otro, con las manos abiertas y la determinación puesta—. Esto que me dices, él lo tiene que saber. Tú con la guitarra y yo con las maracas.
La carcajada que le siguió fue más suelta, pero la voz guardó la vibración de quien piensa en algo que no se había permitido. El recuerdo de tocar bajo una ventana volvió en forma de imagen literal: acordes desafinados, cuerdas ásperas bajo los dedos, el ruido seco de las maracas entre las palmas. No había adornos en la memoria, solo sensaciones físicas que le llegaron con claridad.
—Eso era al revés. Tú tocabas la guitarra —replicó Harry.
—Detalles —restó importancia Theo, moviendo la mano con desdén—. Lo importante es que lo hagamos. Conquístalo, Potter. Ámalo. Como cuando teníamos dieciséis.
Harry negó con la cabeza, entre risas y una tensión que le tiraba del estómago. Sabía que no era tan simple; lo sabía en hechos concretos: en responsabilidades, en el nombre legal del divorcio, en la realidad de una casa que ya no compartía. Y aun así, la idea de volver a tocar, de acercarse de forma directa y tangible, se instaló como una posibilidad práctica.
—No es tan simple como cuando teníamos dieciséis —replicó.
—Claro que lo es —afirmó Theo con seguridad—. Solo que ahora no es un balcón, es su vida entera. Y si algo sé de ti, es que cuando amas, lo haces sin reservas. Así que hazlo otra vez.
El silencio que vino después no fue rígido. Estaba cargado de opciones y de una pequeña valentía recién nacida. Harry miró por la ventana hacia el bullicio del Callejón Diagon; observó a la gente pasar con paquetes y túnicas, a un vendedor que arreglaba un puesto, a un niño que corría con una pelota flotante.
Por primera vez en un tiempo se permitió imaginar el gesto: volver a sacar las maracas, tocar sin ritmo, ofrecer una canción concreta. La imagen era sencilla, sin promesas grandilocuentes, solo una acción: tocar hasta que él apareciera en la ventana.
Theo sonrió, leyendo algo en su expresión que convirtió en empujón.
—Vamos, Harry. La música no se olvida.
Harry siguió riendo, negando con la cabeza mientras se levantaba. La risa aún llevaba un hilo de incredulidad y miedo, pero también alivio. Theo ya estaba en movimiento, decidido, y no había manera de rechazarlo del todo.
Avanzaron fuera del café entre miradas curiosas y algunos saludos distraídos de conocidos. Theo caminaba con paso decidido, arrastrando a Harry detrás, y por un rato la postura y el ritmo parecieron devolverles algo del modo en que se movían a los dieciséis, aunque ahora fueran dos hombres con historias y obligaciones que no existían entonces.
—Esto es una locura... —murmuró Harry, con el corazón latiéndole demasiado rápido mientras doblaban la esquina hacia una pequeña tienda de instrumentos mágicos. El escaparate estaba repleto de arpas flotantes que tocaban melodías por sí solas y tambores que se afinaban en el aire.
—Exactamente —respondió Theo con una sonrisa que no admitía discusión, entrando primero como si aquello fuera lo más normal del mundo—. Buen hombre, necesitamos una guitarra que suene a romance imposible... y unas maracas que hagan temblar el corazón.
El dependiente los miró con cara de "estos dos se han golpeado la cabeza", pero el carisma imparable de Theo hizo su magia. Minutos después, salieron de la tienda: él con una guitarra colgada al hombro, y Harry con unas maracas que no sabía si agitar o esconder bajo la capa.
—Esto es ridículo —dijo Harry, agitándolas con torpeza.
—No. —Theo guiñó un ojo, como si estuviera a punto de narrar una épica historia de amor—. Esto es legendario.
Caminaron en silencio por un rato, el sonido leve de las maracas contra sus dedos se volvió un latido acompasado, uno que lo arrastró sin remedio a otro tiempo. No eran simples instrumentos: eran pedazos de su adolescencia, testigos de noches en las que había amado sin miedo bajo el balcón de Draco. Cada paso hacia adelante parecía retroceder años en su memoria.
—¿Y ahora qué? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
—Ahora —dijo Theo, mirando el cielo que empezaba a teñirse de naranja— buscamos ese balcón otra vez. Quizá no tenga flores ni quince años, pero el corazón sigue ahí. Y créeme, Potter... las maracas no han olvidado cómo sonar.
Harry lo miró con una mezcla de nervios y ternura. No pensó en los "y si" ni en los "no debería". Por primera vez desde hace años, solo pensó en él. En Draco. Y en cómo, contra toda lógica, seguía amándolo con cada parte de sí.
—Vamos entonces —susurró, y su sonrisa temblorosa fue más poderosa que cualquier discurso.
—¡Así se habla! —Theo levantó la guitarra como un estandarte—. Hoy conquistamos de nuevo.
Y juntos, uno con la guitarra y el otro con las maracas, se internaron en el atardecer del Callejón Diagon. La escena habría sido ridícula para cualquiera, pero para ellos era un ritual, un regreso. Cada farol que se encendía a su paso parecía acompañar la marcha, cada brisa que agitaba las capas era un aplauso silencioso.
El camino se sintió más largo de lo que Harry recordaba, aunque en realidad era su corazón el que hacía que cada paso pesara más. Conocía esa dirección, la había evitado durante años, caminando rápido frente a ella sin atreverse a mirar hacia arriba. Pero ahora estaba allí, con las maracas en las manos y Theo tarareando una vieja melodía.
—No puedo creer que esté haciendo esto... —murmuró, deteniéndose frente al número 47 de Wiltshire.
El balcón estaba igual que en sus recuerdos: lleno de plantas mágicas que se movían con el viento y farolillos flotantes que derramaban luz cálida sobre la fachada. Y aunque todo era igual, nada lo era, porque su corazón estaba desbordado.
—No puedes creerlo porque eres un aburrido —replicó Theo, dándole un codazo—. Vamos, Potter. Has derrotado magos tenebrosos, ¿vas a temerle a un balcón con helechos?
—Esto no es enfrentar a un mago tenebroso —gruñó Harry, mirando las maracas como si fueran dinamita—. Esto es... ridículo.
—No. —Theo sonrió con la serenidad de quien entiende las cosas simples—. Esto es amor. Y sí, a veces el amor se ve ridículo, por eso es maravilloso.
Harry soltó el aire contenido y se echó a reír, nervioso, rendido.
—¿Y si no está? —preguntó, sin saber si deseaba que estuviera o no.
—Entonces le cantamos al balcón —respondió Theo con un encogimiento de hombros—. No sería la primera vez que hacemos el ridículo juntos.
Se sentó en el bordillo de piedra y empezó a afinar la guitarra con la calma de quien ata los cordones de sus zapatos. Harry se quedó de pie, girando las maracas entre las manos como si buscara valor en su sonido hueco.
—Por Merlín... —murmuró cuando los primeros acordes comenzaron a flotar en el aire—. De verdad estamos haciendo esto.
—Por Merlín y por Draco —dijo Theo con una sonrisa pícara—. Ahora agita esas maracas, Potter.
Harry rodó los ojos, pero lo hizo. Al principio el ritmo fue torpe, luego más firme, y pronto el sonido suave y cálido llenó la calle. Era simple, casi infantil, pero tenía la misma magia de entonces. Por un momento, el tiempo pareció plegarse sobre sí mismo: dos idiotas enamorados a los pies de un balcón, como si nada hubiera cambiado.
—Merlín santo... esto es igual que entonces —murmuró Harry, con la vergüenza y la emoción entrelazadas en el pecho.
—Exactamente igual —rió Theo—. Solo que ahora tenemos más arrugas y menos dignidad.
La risa de ambos se mezcló con la música, y el aire del atardecer se llenó de algo antiguo y nuevo al mismo tiempo. Las ventanas permanecieron cerradas unos segundos que parecieron eternos... hasta que un suave crujido rompió el silencio.
El balcón se abrió.
Harry dejó de respirar.
Primero fue la luz: un resplandor dorado escapando al exterior y tiñendo de magia la penumbra. Luego, los pasos, y finalmente, la figura que apareció en el umbral.
Draco.
El tiempo no lo había borrado, lo había vuelto más hermoso. Estaba descalzo, con el cabello húmedo cayéndole en mechones desordenados sobre la frente, envuelto en una bata gris que dejaba ver la piel pálida de su cuello. No había dramatismo en su entrada, ni pose ensayada: solo estaba ahí, quieto, sorprendido... como si no supiera si reír o llorar.
Al principio frunció el ceño, incrédulo; luego, sus labios temblaron, conteniendo una carcajada. Y entonces su expresión cambió. Sus ojos grises buscaron los de Harry, y el desconcierto dio paso a algo mucho más profundo.
Ternura.
Era ternura, sí. Suave, cálida, desarmante. La misma que Harry recordaba de cuando Draco bajaba al jardín del dormitorio porque dos idiotas le cantaban bajo la ventana.
Harry no pudo apartar la vista.
Theo seguía tocando, sus dedos moviéndose sin pausa sobre las cuerdas, y sus propias manos agitaban las maracas sin que él se lo ordenara, pero nada de eso importaba. Todo su mundo era ese balcón.
Era Draco.
Era esa mirada que lo atravesaba con una mezcla de sorpresa y emoción contenida.
Y entonces el pensamiento lo golpeó con la fuerza de un hechizo:
¿Cómo pude dejarlo ir?
Había intentado convencerse de que había sido lo correcto, que eran demasiado distintos, que el amor no siempre bastaba. Se había repetido esas frases tantas veces que ya no sabía si eran verdad o escudos. Pero ahí estaba Draco, mirándolo desde el mismo balcón al que una vez le cantaron juntos... y todas esas razones se desmoronaron.
Porque lo amaba, más que antes. Más de lo que jamás se había atrevido a admitir.
Draco parpadeó despacio, una sonrisa diminuta —casi un suspiro dibujado en sus labios— apareció en su rostro. No dijo nada, no lo necesitaba. Sus ojos lo decían todo: el asombro, la risa contenida, la emoción temblorosa del reencuentro.
Y ahí estaban los tres: Theo tocando, Harry temblando con las maracas entre los dedos, y Draco en el balcón con el corazón brillándole en la mirada. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si aún tuvieran dieciséis.
—Merlín... —susurró Harry, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta—. No puedo... no puedo creer que esté aquí.
Theo le dio un codazo cómplice, recordándole que no estaba solo. Harry inspiró hondo; cada latido era un empujón hacia adelante. Dio un paso, luego otro, y otro más, hasta que comenzó a acercarse cada vez más a la casa. La guitarra de Theo seguía colgada de su hombro, sus dedos aún marcando la melodía, mientras las maracas temblaban al ritmo de un corazón que, por fin, se atrevía a acercarse otra vez.
La última nota de la guitarra se desvaneció en el aire y, con ella, Draco se apartó del balcón, desapareciendo tras la ventana. Harry y Theo se miraron por un segundo, inquietos por lo que podría suceder a continuación. Entonces, la puerta principal se abrió y Draco emergió por ella, aún envuelto en su bata.
Se quedó ahí, esperando en la puerta de entrada, y por un instante la distancia entre ellos pareció interminable, pero no hubo miedo ni reproche, solo esa mezcla de incredulidad y ternura que hablaba de todo lo que había pasado y, al mismo tiempo, de lo que todavía existía.
—Hola —dijo Harry, la voz un poco ronca, apenas un susurro.
Draco parpadeó y luego soltó una risa suave, temblorosa, que se convirtió en sonrisa completa.
—Hola —respondió él, y la simple palabra hizo que Harry sintiera que el tiempo retrocedía veinte años.
Dejó caer las maracas en el suelo, como si de repente no fueran necesarias, y se acercó con pasos cautelosos. Cada movimiento parecía medir el terreno, cada respiración era un recordatorio de lo mucho que había extrañado esto.
El rubio se quedó quieto, dejándole acercarse y cuando Harry finalmente estuvo frente a él, levantó una mano casi sin pensar, tocando el brazo de Draco, apenas un roce, y vio cómo los hombros de este se relajaban inmediatamente.
—Te... extrañé —dijo Harry, y no pudo evitar que su voz se quebrara un poco—. Cada día.
Draco lo miró, y después de tantos años, sus ojos se llenaron de algo más que sorpresa. Había ternura, sí, pero también alivio, alegría, y esa chispa de amor que nunca se apagó.
—Yo también —contestó Draco, con un suspiro largo y profundo—. Más de lo que puedes imaginar.
Y entonces Harry se inclinó apenas, rozando sus frentes, y fue un gesto tan sencillo que el mundo entero pareció desaparecer alrededor. Theo los miraba desde la entrada, con una sonrisa satisfecha, dejándolos tener su momento.
—Siempre... siempre me hacías sentir seguro —dijo Harry, hundiéndose un poco más en la cercanía, notando el calor de Draco—. Y todavía lo haces.
Draco apoyó la mano en su mejilla, el pulgar rozando suavemente la piel de Harry, y el corazón de ambos latía al mismo ritmo que un recuerdo que nunca había dejado de existir.
—Nunca quise perderte —susurró Draco, apenas audible—. Nunca dejé de quererte.
Harry sonrió con lágrimas contenidas y rió suavemente, ese tipo de risa que mezcla alivio, amor y nostalgia.
—Dios... ¿cómo pude dejarte ir?
—Por miedo —dijo Draco, con una pequeña sonrisa—. Pero aquí estamos... ahora solo queda, volver a darnos una oportunidad.
Se quedaron así, frente a frente, respirando el mismo aire, riendo entre susurros y recuerdos, y de repente los años de distancia parecían solo un mal sueño. La música, las maracas, la guitarra, Theo... todo había conspirado para traerlos de nuevo al mismo lugar, y el cariño que flotaba entre ellos no necesitaba palabras.
Theo los observaba desde la entrada, la guitarra todavía colgada de su hombro, los ojos brillando con esa mezcla de satisfacción y travesura que siempre lo caracterizaba. Luego, como si un pensamiento brillante se le ocurriera en ese mismo instante, se inclinó hacia una maceta cercana y arrancó un clavel rojo con descaro, casi como un ninja torpe.
—¡Toma! —exclamó, sosteniendo la flor con un gesto exagerado, como si acabara de traer el trofeo más importante del mundo—. Para que no se diga que no tenemos romanticismo y estilo.
Harry y Draco lo miraron boquiabiertos. El primero tragó saliva, entre risa y emoción, y Draco no pudo evitar soltar una carcajada suave, cubriéndose la boca con la mano.
—Theo... —susurró Harry, sin poder dejar de sonreír.
—Shhh, Potter —dijo Theo con un guiño teatral—. Esto es poesía en acción. Ahora pónganle fin a este drama romántico y denle un beso decente al pobre clavel.
Harry tomó la flor con cuidado y la ofreció a Draco, que la aceptó con los ojos brillantes. Luego, sin más palabras, se besaron, lentamente, dejando que el momento hablara por ellos. La risa de Theo se mezcló con el susurro del viento, con la guitarra apoyada en la pared, y con el corazón que latía fuerte de Harry, recordándole que algunas cosas, las más importantes, nunca se pierden del todo.
—Ah... —dijo Theo, cruzándose de brazos y balanceando la guitarra como si fuera un espadón—. Finalmente, todo volvió a su lugar. Y admito que estaba casi tan divertido como hace tantos años.
Harry rió otra vez, ahora más tranquilo, y Draco apoyó la cabeza en su hombro. Después de tantos años separados, por fin se sintieron completos.
El sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo la ciudad de naranja y oro. Aunque la guitarra y las maracas ya habían callado, su música parecía seguir suspendida en el aire, mezclándose con el calor suave de la tarde. Todo estaba en calma. Todo había valido la pena.
Theo suspiró dramáticamente, como si acabara de dirigir la obra más épica de su vida.
—Amigos... —dijo, con una reverencia exagerada—. ¡Historia hecha, romance salvado y clavel asegurado!
Y así, entre risas, abrazos y miradas llenas de cariño, terminó aquella pequeña locura, aquella serenata tardía que había reunido a dos corazones de nuevo, dejando a Harry y Draco frente a frente, con la certeza de que el tiempo no importa cuando el amor verdadero siempre encuentra su camino.
🪇🪇🪇
—𝓉𝒶𝓉𝓉
