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I'm not okay (I promise)

Summary:

Satoru ha estado raro. Suguru lo nota, está más pálido, ha bajado de peso y lo peor es que ya ni siquiera lo toca. Huye de Suguru cuando la sala de profesores queda vacía y Suguru sabe que algo anda mal.

Sus sospechas desaparecen cuando encuentra un sobre con letras azules impresas del centro de atención de oncología a nombre de Satoru Gojo.

Suguru se espera lo peor. Gojo tiene cáncer. Y peor aún, no confía en él para decírselo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Suguru llegó al colegio como cada mañana, puntual y sin contratiempos, mientras el frío de invierno se abría paso entre los estudiantes que se amontonaban en los pasillos, murmurando los chismes de la semana (apenas siendo lunes) hasta formar un bullicio que hacía que fuera imposible escucharse sin alzar la voz allá afuera. 

La sala de profesores olía a café instantáneo y a estrés de fin de semestre. Suguru, que estaba esperando a que su café estuviera en una temperatura adecuada para no quemarse la lengua, se apresuró a tomar el libro de profesores de su sala y se preparó mentalmente en los pocos minutos que le quedaban antes de que sonara el timbre y tuviera que lidiar con las crisis existenciales de sus alumnos de tercero medio.

La puerta se abrió de golpe.

—¡BUENOS DÍAS, ALEGRÍA! —Satoru irrumpió en la tranquilidad que envolvía el único lugar donde podían perderse de las miradas curiosas de sus estudiantes y Suguru se cuestionó cómo podía caber tanta energía en una persona a primera hora de la mañana considerando que esa persona era Satoru, el mismo que rogaba por 5 minutos más cada vez que sonaba la alarma. Suguru negó con la cabeza, ocultando su pequeña sonrisa bebiendo un sorbo de café y Shoko rodó los ojos cuestionándose cómo nadie más se daba cuenta de lo que a ella le parecía tan obvio.

Utahime y Nanami murmuraron un buenos días como si hubieran sido obligados (técnicamente lo estaban), no muy contentos con la presencia del otro y sin quitar la vista de lo que sea que estuvieran haciendo.

—Buenos días, Satoru —saludó Suguru, como si no se hubieran visto ya por la mañana antes de llegar. Suguru admite que su relación con Satoru no tiene nombre, pero también admite que no necesita tenerlo. Viven juntos desde hace años y se comprenden mutuamente. Dios, pueden leerse tan fácil como sería leer un artículo escrito en Arial 30, se conocen desde que eran estudiantes y desde entonces, nunca más se separaron. Y no lo harán en un futuro tampoco. O eso piensa Suguru. Acordaron llegar en horarios diferentes a su trabajo, intentando que su cercanía no fuera algo que se volviera un impedimento en su vida laboral. Llevan años así, no solo evitan miradas indiscretas, sino también mantienen a salvo y lejos de la vista de los demás lo que sea que es su relación actual.

Satoru ni siquiera se tomó la molestia de esperar a que Suguru pudiera terminar de saborear su café cuando ya estaba dando vueltas por la sala. Tiró su mochila en la silla que estaba a un costado de Suguru antes de ir a saludar a Shoko que apenas despegaba la vista de los informes de biología de su curso. Satoru llevaba el pelo despeinado, más de lo usual y traía esa chispa en los ojos que Suguru conocía como “hoy seré el origen del caos de este lugar”.

Suguru buscó su libro de filosofía entre sus cosas y sus plumones para tenerlos a mano para su primera clase, intentando no prestarle demasiada atención a Satoru, que por fin había tomado asiento a su lado, abriendo su mochila desordenadamente mientras sacaba sus propios libros de física, lápices mordisqueados y plumones vencidos que Suguru no entiende cómo es que siguen siendo útiles. Su atención se desvía cuando saca… ¿Un cachureo de física?

—Oye, Nanamin —Nanami reclama que deje de llamarlo así, pero Satoru hace caso omiso y continúa, acercándose peligrosamente a Nanami —, toma, cuídame esto —señala, entregándole su péndulo de Newton. Suguru lo mira con recelo —. Cuida su ritmo, a veces cuesta mantener el movimiento cuando las cosas se ponen pesadas.

Satoru hace rebotar la primera pelotita para que empiece ese sonido típico interminable, a lo que Nanami frena su movimiento: —Gojo, detesto ese cachivache. Llévatelo a tu sala —exige con voz ronca. 

—No, quédate con él. Ya no me queda mucho espacio en el escritorio y... Bueno, prefiero que lo tengas tú a que termine en la basura —Satoru se encoje de hombros y no le da tiempo a Nanami de reclamar nuevamente porque ya se ha sentado junto a Suguru, revisando las clases que le tocan entre sus propias carpetas. 

Suguru le sirve un poco de su café, intentando no parecer desesperado por respuestas, sinceramente no lo entiende y lo deja peor ver a Satoru tan despreocupado sosteniendo su frente con una de sus manos mientras hace anotaciones en su agenda. 

Satoru amaba ese péndulo

En serio, Suguru cree que no había objeto de Satoru que tuviera más afecto que ese cacharro. Solía decir que lo relajaba cuando los del B hacían tonteras, que le ayudaba con la migraña y que reflejaba su conocimiento y pasión por la física. Casi como un sello de identidad y también lo que lo ayudaba a escapar de la realidad cuando lo necesitaba.

¿Ahora qué? lo había entregado así, sin más. A Nanami, a quién no podía importarle menos. Y aunque tampoco debía ser de importancia para Suguru (¿en serio no debía?), su estómago se encogió. Satoru acepta el café que Suguru le ofrece sin mirarlo. Sus dedos se rozan por un segundo, pero se siente un poco frío, un frío al que Suguru no está acostumbrado. Suguru no entiende qué está mal consigo mismo, su amistad más duradera acaba de regalarle un simple objeto a alguien más. No es para morirse, ni es la gran cosa. Aún así, siente que no puede dejarlo pasar, escudriña la figura de Gojo con su mirada y aunque busca refuerzos en la vista de alguien más, se encuentra sin apoyo. La vista de cada uno está enfocada en sus propios asuntos y Suguru entiende que todo está en su propia cabeza o que es quien más atención presta a Satoru. 

Satoru hace rebotar con uno de sus lápices una pelotita del péndulo y por un rato, es el único sonido que inunda el lugar. Y ese mismo sonido, que antes a Suguru le parecía una excentricidad tierna de Satoru, ahora empieza a martillar sus sienes. Cada golpe del metal era como un segundero marcando una cuenta regresiva que solo Satoru conocía.

—¿Satoru? —murmura Suguru. De repente le sabe mal lo dulce que se siente pronunciar su nombre con tanta suavidad, casi como un ronroneo. Las sílabas están grabadas en su lengua con fuego. Satoru no le responde, en su lugar, se mantiene disociado viendo como se evapora su taza de café, que se extiende como una nebulosa.

El timbre suena anunciando el inicio del primer bloque, haciendo que Satoru se incorpore de un salto como un resorte de su silla. Toma sus libros de física rápidamente junto con sus plumones y su agenda, dándole un apretón en el hombro a Suguru antes de salir.

—Suerte con los de tercero, Suguru. Nos vemos.

Suguru observa como la figura alta de Gojo se retira de la sala sintiendo un escalofrío. Intenta no asumir nada, pero no puede no sentir extrañeza de esta rara interacción. Satoru no suele retirarse así, generalmente caminan juntos a sus respectivas salas, en ocasiones, acompañando al otro antes de retirarse a la suya. Ha sido así durante años o bueno, hasta hace un par de días o semanas, Suguru ni siquiera sabe cuánto tiempo ha pasado exactamente desde la última vez que caminaron juntos como antes y el quiebre en la rutina hace pedazos a Suguru, que, de pronto, un lunes por la mañana se encuentra replanteándose su existencia con algo que parece mucho y nada al mismo tiempo. 

Suguru entiende que estas semanas son aún más difíciles con el cierre de semestre por delante y con miles de trabajos y pruebas por calificar, pero aún así, comienza a sentir que esta distancia que Satoru ha estado construyendo se ha estado materializando de formas tan sutiles que Suguru pensaría que está loco.

Antes de seguir perdiéndose en un mar de pensamientos del que sabe que no podrá salir, recoge sus cosas y se prepara para ir a su propia clase. Un destello fugaz llama su atención: la mochila de Satoru. Está abierta completamente con ese desorden caótico que siempre lo ha caracterizado. Suguru suspira y hace malabares para no tirar sus libros antes de estirar su mano para cerrarla, acomodando los plumones que sobresalen de ella. Pero sus dedos nunca alcanzan el cierre. Se detienen a milímetros, en seco.

Atención médica oncológica, 17 de Junio

La respiración de Suguru se corta. No hay forma, piensa. Pero ahí está, con letras grandes y azules impresas en un sobre de papel grueso, asomando desde la mochila de Satoru entre su libro de física cuántica y un paquete de galletas a medio comer.

Tira del sobre con los dedos temblorosos, sintiendo que ha pasado una eternidad desde que Satoru se fue por esa puerta a pesar de que a lo mucho han pasado 2 minutos. Duda sobre invadir su privacidad. Por primera vez en años, se siente fuera de lugar y un invasor, lo cual es extraño, porque Satoru le cuenta hasta cuántas veces ha estornudado en el día. Nunca le ocultaría algo de ese calibre.

Su estómago termina de darse vuelta y sus entrañas se retuercen cuando lee el resto: Satoru Gojo - Citación prioritaria.

No quedaba duda. Le pertenecía a Satoru. Están a 16 de Junio, la citación es en menos de 24 horas y Suguru no tenía ni la menor idea de que Satoru había sido citado. ¿Satoru tiene cáncer? Suguru quiere descartar la idea pero no puede porque ciertamente no lo sabe

El sonido del manojo de llaves de MeiMei lo saca de su trance, quien amablemente pronuncia un “llegarás tarde, Geto” mientras le da la espalda, Suguru cierra la mochila tan rápido como puede como si hubiera sido atrapado robando dulces. Una gota de sudor frío le recorre la nuca. Todavía puede sentir el sobre quemando las yemas de sus dedos. 

Se retira de la sala de profesores con las palabras que acaba de leer grabadas en su mente. El bullicio de los alumnos ingresando a sus respectivas salas se transforma en un ruido blanco y lejano, como una televisión vieja llena de estática. De todas formas, camina como de costumbre hasta su sala, saluda a sus alumnos incluso con la mente perdida mientras se prepara mentalmente para hablar sobre ética, justicia y de la vida durante las próximas dos horas a la par que el secreto de Satoru deja de ser un secreto y comienza a convertirse en un agujero negro justo en el centro de su pecho.

Suguru comienza a repasar mentalmente sus acciones pasadas, y cómo esta distancia en lugar de retirarse, ha ido en crecimiento y que ahora le parece verla en todos lados. Y, entonces, como si de pronto todo cobrara sentido, el hecho de que Satoru le haya regalado ese bien preciado suyo a Nanami, adopta una nueva perspectiva. Una que Suguru odia con toda su alma. 

Satoru se está despidiendo.

 

─── ⋆⋅☆⋅⋆ ──

 

El martes por la tarde el colegio se sentía más sofocante que nunca. Los pensamientos de Suguru se desviaban una y otra vez, materializando cada vez más ese sobre grueso de letras azules que lo atormentaba. El recuerdo se mantenía intacto y realmente necesitaba respuestas. Repasa sus recuerdos una y otra vez, buscando detalles que pudo haber pasado por alto. Satoru había estado perdiendo peso, sí, pero le había dicho que era porque había disminuido su consumo de azúcar, no por algo más. A menos que Satoru no estuviera mostrándole toda la verdad. Suguru se retuerce en silencio en su escritorio mientras observa a sus alumnos completando la tarea que les dejó. 

Cuando observa por la ventana se concentra en el azul del cielo, uno que no puede igualar los ojos de Satoru, pero que no deja de ser maravilloso y con ello, recuerda las noches en las que ha despertado sin Satoru a su lado, con las sábanas vacías y frías, y con Satoru sentado mirando las estrellas desde el balcón. Piensa en sus ojeras, en cómo se han acentuado y en cómo había creído que eran el resultado de esas noches en vela sumado al estrés de fin de semestre. Piensa en sus ojos cansados de la noche anterior, pero que de todos modos le habían sonreído. Satoru había tenido una migraña horrenda y por lo mismo se había ido a dormir temprano, dejando la sala a oscuras y a Suguru con las palabras en la boca. 

Suguru intenta, con toda su fuerza de voluntad, dejar de armar suposiciones, pero ya no puede dejar de verlo. No puede dejar de pensar en su piel pálida, en sus ojeras, en sus ojos azules, en cómo ahora le parece más frágil al pesar menos, en las madrugadas en las que desaparece de su vista, en que ya no caminan juntos y que pareciera que Satoru está empeñado en desaparecer de la sala de profesores si eso implica quedarse solos y en la falta de tacto que han tenido en el último tiempo. Ya no lo abraza ni se cuelga de su brazo como solía hacerlo. Tampoco interrumpe sus clases ni se pasea por su sala. ¿No le ha tocado el pelo en cuánto? ¿Un mes? Siendo que antes lo trenzaba o pasaba sus dedos para desenredarlo en sus tardes tranquilas. Dios, si sigue así su cabeza va a explotar. 

Al terminar el bloque Suguru les permite a sus alumnos retirarse de la sala, y se ve obligado a pasar frente a la de Satoru para buscar materiales. Su corazón se aprieta cuando observa la silla vacía. Es 17 de Junio y Suguru sabe que no se encuentra allí por la citación. Citación a la que por cierto, Satoru le bajó el perfil cuando le mencionó que no lo esperara por la mañana porque debía ir al médico para revisar unos exámenes de rutina. Sí claro, exámenes de rutina. Suguru se imagina cada escenario posible, desde el más leve hasta uno que cambiaría por completo el sentido de su vida. Imagina a Satoru, solo, en una camilla, recibiendo noticias importantes sobre su posible cáncer o lo que sea que tenga sin alguien a quién aferrarse a su lado. Suguru quiere estar con él. Lo anhela tanto que un escalofrío recorre su cuerpo.

Para el mediodía, Satoru se reintegró con una rapidez que desconcertó a Suguru. La silla ya no estaba vacía y podía escucharlo reír mientras daba su propia clase. En una de esas cuando Suguru pasaba por el pasillo frente a su sala le dio un vistazo rápido. Satoru se veía pálido y llevaba esa sonrisa ensayada que usaba para desviar la atención. No hablaron; el muro que Satoru había levantado era ya demasiado alto y Suguru había perdido las herramientas para derribarlo.

Las sienes le martilleaban y el tic tac del reloj no ayudaba. Le recordaba al péndulo de Newton, que era igual de imparable que Satoru o eso pensaba antes. Ahora piensa en el reloj y en su tiempo, en un objeto que a diferencia de ese péndulo, sí podía detenerse en algún momento.

Para intentar despejar su mente, antes de irse a casa Suguru decide pasar por la enfermería y quizá, esconderse ahí por un tiempo del mundo y de su bullicio. Aunque en realidad, su mente era mucho más abrumadora que el exterior. Ni siquiera había pensado en que ya podría haber alguien más ahí. No fue planeado y Suguru no era de los que se quedaban para escuchar a los demás en conversaciones aparentemente privadas, pero cuando escuchó la voz de Shoko, se detuvo y se le hizo imposible continuar su rumbo y solo irse.

—Bueno… Los exámenes no están tan mal —escucha a lo lejos la voz de Shoko, que había suspirado con alivio—. Pero eso no es lo que me preocupa, ¿Cuándo piensas decirle la verdad? —la voz de Shoko era suave y amable. Estaba en su rol de mejor amiga en todo su esplendor, siendo suave con Satoru cuando solía ser todo lo contrario. Y eso hablaba por sí solo.

Suguru cerró los ojos, apoyando la frente contra la pared fría del pasillo. "Los exámenes no están tan mal, pero eso no es lo que me preocupa". Entonces definitivamente no estaba bien, los exámenes no estaban mal, pero tampoco estaban excelentes, si no era así, ¿qué podía esperarse?. Y además, había algo que todavía era preocupante y si lo era incluso para Shoko, no podía terminar de imaginarse la magnitud del asunto.

—No puedo, Shoko —Suguru oye la voz de Satoru en un volumen demasiado bajo para su gusto—. No puedo decirle lo que está pasando ni lo que estoy sintiendo, si lo hiciera… —Suguru se mantiene expectante y sus ojos se humedecen cuando oye su voz quebrarse: —, todo se destruye. Creo que prefiero que piense que soy raro a que tenga que cargar con esto, no es justo para él, Shoko.

—¿Y lo que es justo para ti? —insiste Shoko—. Para los dos. 

—Me duele mucho, Shoko… Y me dolerá más que ya no estemos juntos —Suguru se aprieta la boca contra su mano para evitar emitir cualquier sonido y decide que ya no necesita escuchar más, pero no puede moverse de su lugar. La bilis sube por su garganta y lo inunda de un sabor amargo que desprecia—. Si lo hago, ya no habrá vuelta atrás. Todo lo que hemos construido se va a desmoronar.

—¡Se va a desmoronar de todas formas si sigues así! —estalló Shoko, y el ruido de una carpeta golpeando la mesa hizo que Suguru saltara—. No puedes seguir ocultándolo. El tiempo se acaba, Satoru, lo sabes y cada día que pasas fingiendo que no pasa nada, estás cavando un hoyo más profundo.

Hubo un silencio sepulcral que terminó por inundar el lugar. Suguru sintió que la temperatura del pasillo bajaba diez grados y sus piernas flaquearon. Esto no podía estar pasando.

—Prefiero que me odie por alejarme —susurró Satoru—. Si pongo una barrera ahora, será menos doloroso después.

—Eres un idiota —sentenció Shoko con una amargura que Suguru nunca le había escuchado—. Ambos van a terminar heridos. Suguru no es tonto, Satoru. Él siente que te estás escapando, y eso lo está matando más que la verdad.

Suguru ahora en serio no puede seguir escuchando aunque lo quisiera. Un pitido ensordecedor se instala en sus oídos y se obliga a caminar. No necesita más. Ahora lo sabe bien, Satoru está muriendo y de alguna forma retorcida, llegó a la conclusión de que era su deber ahorrarle ese dolor alejándose desde antes de su vida.

Regresa a casa con un nudo en la garganta y observa hacia el pasado, buscando dónde y qué fue lo que salió mal como para que Satoru no pudiera permitirle cargar con su dolor junto a él. Recuerda una y otra vez sus noches en vela y sus conversaciones que antes le parecían amenas, ahora le parecen demasiado superficiales, pero sólo Dios y ellos saben, que las palabras nunca han sido del todo necesarias entre ellos y que aunque Satoru no se lo hubiera dicho con palabras, Suguru lo habría entendido. 

Satoru ya ha levantado muros a su alrededor y Suguru se plantea que ha pasado más tiempo del que piensa en realidad desde que todo comenzó. Desde que sus conversaciones se quedaban en el aire, desde que ya no existía el contacto físico que los caracterizaba a menos que Suguru lo iniciara, desde que Satoru le había comenzado a ocultar la realidad.

Satoru está muriendo se repite. El mundo le da vueltas y las náuseas amenazan con aparecer. No sabe cómo confrontar a Satoru, pero teme que el día de mañana ya no esté. Y lo aterroriza tanto que no sabe qué hará cuando ocurra. Satoru es su eje y le da valor a su vida. Es el sentido que le faltaba y ahora se lo van a arrebatar de sus manos.

Llegar al departamento no hace que sus pensamientos se callen, al contrario, les da más razones para hablar, Observa el lado de la cama de Satoru, completamente estirado y acomodado en una forma demasiado perfecta. Casi como si no hubiera dormido allí. Faltan sus cosas en la mesa de noche y le parece que la cocina y la sala de estar emanan una perfección inquietante. Todo está en su lugar. Y que sea así da la impresión de que nadie está viviendo allí. Se siente vacío porque se ha acostumbrado tanto al caos de Satoru que la falta de ruido comienza a sofocarle. Como si Satoru hubiera estado borrando sus propias huellas. De pronto le cuesta respirar, sus ojos arden y sus extremidades le pesan. El corazón martillea con fuerza contra su pecho, recordándole que sigue vivo, pero que Satoru pronto ya no.

 

─── ⋆⋅☆⋅⋆ ──

 

Para cuando Satoru regresó a casa todo estaba en penumbra. Después de pasar la tarde fuera por fin se había atrevido a regresar no sin antes una reprimenda por parte de Shoko que prácticamente lo echó de su departamento. Satoru se desliza por su propio departamento con una suavidad dolorosa. Toma los papeles que Shoko le entregó junto con los resultados de sus últimos exámenes médicos.

—Así que al parecer… Sí estoy muriendo —Susurra, colocando sus carpetas de archivos médicos de vuelta en el estante. Deja caer sus hombros luego de haberse quitado el peso de algo grave sucediendo. Shoko había insistido en hacerle exámenes de rutina luego de ver a su amigo decaído y con miles de síntomas que parecían apuntar a algo más. Síntomas que sí resultaron ser algo más, pero no esa clase de algo más que un médico esperaría.

Fue tanta la insistencia de Shoko que tuvo que confesarle la verdad. Satoru por fin había admitido que está enamorado de Suguru. Y que era tanto lo que sentía que ahora su diagnóstico era un amor no correspondido que lo mantenía despierto durante las noches y que lo había obligado a alejarse de lo que menos quería tener lejos en el mundo: Suguru. Estaba tan hambriento de contacto que deseaba el mínimo roce de Suguru y la falta de cercanía lo estaba consumiendo, lo desesperaba y angustiaba, le quitaba el apetito y lo mantenía en vela, pero Satoru así lo había decidido, entiende que esta distancia y falta de cercanía son por un bien mayor. El de no salir herido y el de no arrastrar a Suguru en el camino. El de continuar las cosas como están hasta ya no ser tan dependiente de Suguru. Y por sobre todo, el de no tener que vivir con un corazón roto. No podría soportarlo. Apenas siente que puede respirar y eso que ni siquiera le ha dicho a Suguru. Y eso que todavía no lo rechaza como se espera.

No está listo para el rechazo. Ni para escucharlo decir que Satoru es demasiado, porque es consciente de sí mismo y sabe que lo es, que es mucho en todos los aspectos: muy ruidoso, muy caótico, muy desordenado y muy dependiente.

Recuerda su conversación con Shoko y siente una punzada en el corazón.

“Tienes que decírselo, no aguanto verlos así. Suficiente tienes con contener tus emociones como para, además, alejarte y esperar a que milagrosamente Suguru no se dé cuenta. A diferencia de ti, Suguru es inteligente y se dará cuenta más temprano que tarde y puedo confirmarlo porque me llamó hace un rato preguntando por ti”.

Satoru explicó a Shoko por centésima vez que no podía confesarse porque prefería tener a Suguru en su vida incluso si implicaba amarlo desde el silencio a no tenerlo. Pero siendo honestos, llevaba más de una década sintiendo todo y nada en silencio y se estaba volviendo demasiado incluso para él. Había tantas cosas que hacían juntos y que eran parte de su rutina que Satoru ya no sabía quién era por sí sólo. Hasta dormir a su lado se había vuelto difícil, tocarlo lo era todavía más, porque cada toque era platónico y estaba cargado de un amor unilateral que sólo él sentía. 

Satoru por primera vez deseó que todo fuera una enfermedad real, que su amor no correspondido se convirtiera en algo que se pudiera extirpar con un bisturí solo para dejar de sentir ese anhelo constante que se sentía como tener vidrio molido en los pulmones cada vez que Suguru respiraba cerca de él. Que Suguru fuera la persona más comprensiva e intuitiva del mundo no mejoró nada, porque noches duras como la del día anterior en donde lo apretaba contra su cuerpo al dormir después de haberle dicho que tenía migraña para no hablar más de la cuenta le recordaban por qué lo amaba. Y eso dolía más cuando no había ninguna migraña en realidad y lo único que le dolía era el corazón.

Cada vez que piensa que va a estallar y que le dirá de una vez por todas cuánto lo ha amado, recuerda la sonrisa incómoda de Suguru cuando algún estudiante o colega le pregunta si están saliendo. Como sus respuestas siempre son negativas y cómo niega esa cercanía que Satoru piensa, parece una ilusión ahora. Porque de qué manera se habría enamorado si no fuera por esta cercanía que lo consume, la de llevar una década viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, con Suguru despertándolo cada mañana y haciendo las tareas domésticas juntos. Con Satoru que conoce exactamente todo lo que le gusta a Suguru y que ha memorizado su pedido cuando salen a comer. Con Suguru que sabe exactamente qué hacer cada vez que Satoru se siente mal y solo desea desaparecer.

Tantos días de insomnio empiezan a cobrarle sentimiento y decide que ya está cansado de pensar, cansado de seguir teniendo esperanzas en algo que no va a suceder, así que se dirige hacia su habitación en la penumbra. Por la hora Suguru debería estar durmiendo, piensa, así que no le presta demasiada atención.

Se sienta en el borde de la cama y se quita los zapatos, queriendo entrar lo más rápido posible y despertar sin la calidez de Suguru. Y como si el universo lo odiara, escucha a Suguru moverse entre las sábanas.

—¿Satoru? —la voz de Suguru rompe el silencio y Satoru se congela por un segundo. 

—¿Te desperté? perdón —dice apenas, moviéndose torpemente hacia su lado de la cama. Al final se acuesta boca arriba, mirando las líneas del techo porque cree que sería demasiado grosero si le diera la espalda ahora mismo y fingiera dormir. Aún así, siente la mirada de Suguru sobre su perfil.

Suguru se apoya en su antebrazo y aunque Satoru le copia, hace lo posible por no mirarlo demasiado. Por error, su vista sube hasta sus ojos que no muestran otra cosa que preocupación.

—¿Dónde estabas? —preguntó Suguru. Su voz sonaba un poco débil—. Shoko dijo que... que estabas con ella.

—Solo revisando unas cosas —Satoru soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Ya sabes cómo es ella, siempre exagera, dice que tengo el cortisol por las nubes, pero estoy bien y eso, los exámenes de rutina salieron bien, solo necesito descansar un poco, ya sabes…

—Satoru… —Suguru interrumpe, lo cual es extraño porque jamás es de los que interrumpen—. Te escuché hablar con Shoko hoy en enfermería. No me mientas.

Satoru se quedó helado y el color abandonó su rostro, sintiendo como su estómago caía a sus pies después de revolverse furiosamente y antes de que pudiera decir algo, Suguru se le adelantó.

—Y te escuché… —su voz tiembla, pero retoma lo que necesita decir antes de explotar—. Te escuché hace menos de dos minutos admitir que sí estás muriendo.

Satoru abre la boca para decir algo, pero no puede, su garganta está seca y siente que no termina de entender a qué se refiere Suguru, si sabe de sus sentimientos ahora, ¿por qué mencionar eso último?

—Y por favor, no vengas a mí diciendo que solo es estrés o que esos exámenes están bien cuando no es así, no puedes decir que Shoko exagera cuando tú mismo lo dijiste en voz alta, Satoru, por favor, no me mientas, no me digas que estás bien si no lo estás… No cuando estás muriendo. Vi la citación prioritaria de oncología y sé que te estás alejando de mí por eso…

Satoru cierra sus ojos derrotado y aunque le alivia que Suguru no sepa de sus sentimientos, no puede alegrarse por este reemplazo extraño donde ahora Suguru cree que está muriendo. Parece una broma de mal gusto y no entiende en qué punto se retorció tanto la realidad en la mente de Suguru.

—Suguru yo no… Eso no es así como tú crees—Satoru quiere aclararlo todo, pero no sabe cómo hacerlo sin decirle la verdadera razón de sus propias palabras, Dios, quiere volver al pasado hace 5 minutos atrás y golpearse a sí mismo por haber dicho esa estúpida frase.

—No me digas que no es así Satoru —Espeta Suguru con más brusquedad de la que pretendía. Satoru que había estado evitando su mirada, por fin se enfrenta a sus ojos que, le sorprende, están cristalinos—, ¡te he visto sin dormir varias noches porque sabes lo que se viene!, ¿verdad?, estás más pálido de lo normal, tienes ojeras que te delatan y estás tan frágil como una pluma. El departamento está inquietantemente ordenado, como si… Como si ya ni siquiera estuvieras aquí, como si quisieras que cuando te vayas, no quede nada de ti que me duela —Suguru hace una pausa cuando una de las lágrimas que había estado conteniendo se desliza por su mentón—. Te estás alejando de mí antes de que sea más doloroso, pero estoy seguro de que esto se siente más doloroso que el final.

Una nueva punzada de dolor atravesó el corazón de Satoru, ver a Suguru tan alterado lo ponía mal y verlo llorar sin duda era un reto que no sabía cómo debía enfrentar, peor aún, cuando esas lágrimas eran provocadas por él, por una muerte que no iba a suceder. Por un malentendido que ahora se había convertido en una enorme bola de nieve que aplastaría a Satoru en cualquier momento.

Una de las manos de Suguru buscó a tientas la suya y cuando la encontró, no la apartó.

—Suguru, escúchame… No tienes idea de lo que dices —empezó Satoru, con la voz rota. Quería decir "no tengo cáncer", quería gritar que DEFINITIVAMENTE no estaba muriendo y quería rogarle a Dios para que, por favor, detuviera esta tortura.

Las palabras parecían no conectar en la mente de Satoru, porque, ¿cómo podía explicarle que ese inquietante orden del que Suguru hablaba era en realidad porque no quería molestar con su caos, porque sabía que en algún momento se aburriría de él si continuaba así? y ¿cómo le explicaba que estaba tan malditamente enamorado que su apetito ya ni siquiera lo llamaba a devorar dulces como antes y que las noches sin dormir simplemente eran porque no podía dejar de pensar en su relación y en que quería más y que por lo mismo, debía alejarse antes de hacer un movimiento estúpido y arruinar su amitad de más de una década por su egoísmo?

—¡No digas nada si seguirás negando todo! —el enojo que no sabía que estaba ahí hace que Suguru quiera gritarle que no le entiende, que le duele que niegue todo en lugar de solo decir la maldita verdad, que ya puede dejar de evitarlo, que se ha dado cuenta de lo que está haciendo y que ya no puede ocultarlo— , solo quiero que seas honesto y que entiendas que estoy aquí para ti, que no soy una sombra que tienes que evitar —la frustración escapa de Suguru y ahora ha elevado la voz, ya no puede detenerse.

La cabeza de Suguru daba vueltas, las negaciones de Satoru solo lo hacían sentir peor, como si no mereciera conocer la verdad y que le mintiera descaradamente solamente le dolía más el corazón, porque lo quería tanto que ser consciente de que estos podían ser incluso sus últimos momentos lo tenía colgando de un hilo.

—Suguru, no tengo cáncer —Suelta de golpe. Y aunque Satoru habría preferido seguirle el juego para no aclarar el malentendido, no podía permitirse ser tan egoísta. Ya había sido lo suficientemente egoísta hasta ahora.

El silencio que siguió a esas cuatro palabras fue tan pesado que pareció consumir el poco oxígeno que quedaba en la habitación. Satoru sintió cómo la mano de Suguru se tensaba contra la suya, pero no lo soltó. Al contrario, el agarre se volvió casi doloroso, un ancla en medio de la confusión.

—¿Qué? —susurró Suguru. Su voz salió en un hilo, como si temiera que, al hablar, la realidad se fragmentara aún más—. Satoru, te escuché... vi el sobre…

Satoru se incorporó lentamente, sintiendo que cada vértebra le pesaba una tonelada. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, desesperado, buscando la forma de resolver la extraña situación que tenía frente a sus ojos. Dios, Suguru en serio piensa que se está muriendo de cáncer.

—Puedes llamar a Shoko si no me crees —dice en su lugar—. Pero en serio, no estoy muriendo… Al menos no literalmente —intenta aclarar y el rostro de Suguru ahora es pura confusión. Al ver que Suguru no logra articular ni una sola palabra, decide continuar—. Lo que dije hace un rato no lo decía en serio, quiero decir, a veces sí se siente como si estuviera muriendo, pero no hablaba literalmente y sobre lo que escuchaste con Shoko… Ella tampoco se refería a eso.

—Si no estás muriendo, ¿qué cosa tan grave está pasando de la que no me has contado que te hace sentir como si lo estuvieras?

—Ah —es lo único que sale de los labios de Satoru y por 2 segundos, cree ser lo suficientemente valiente como para decirlo en voz alta, porque está cansado y porque este malentendido le desarmó el cerebro—. Estoy enamorado. Es una tontería —ríe amargamente—, Shoko dice que debo confesarme, pero es difícil y ya no soporto vivir así.

—¿Estás enamorado? —pregunta más para sí mismo que de verdad, procesando sus palabras, incrédulo —, ¿y no pudiste decírmelo antes de que pensara que estabas muriendo? —cuestiona, cambiando su semblante a uno más serio.

—¿Y yo cómo iba a saber que ibas a malinterpretar todo? —le devuelve la pregunta.

—No lo sé, Satoru, ¿no se te ocurrió pensar que podría interpretar tu “estoy muriendo” como que estás muriendo? —Suguru se pasa una mano por los ojos y el rostro, totalmente frustrado, hasta que decide que esta situación es una estupidez, algo que definitivamente no estaba en sus planes. Baja su mano hasta tapar su boca y reprime una pequeña risa nerviosa—. Dios, eres un tonto —dice Suguru, pero lo hace sin malicia, en realidad, siente un alivio enorme recorriendo sus huesos —. De verdad, no puedo creerlo —dice, dejándose caer de espaldas sobre su almohada.

Satoru imita su acción y se contagia de la pequeña risa de Suguru. Pero tan rápido como se instala, desaparece, sus labios dejan de curvarse y recuerda cómo llegaron aquí. En que no quiere alejarse nunca del ser que tiene a su costado.

—¿No me dirás de quién? —Satoru lo mira con extrañeza y al ver que no ha comprendido su pregunta, Suguru aclara: —. ¿De quién estás tan enamorado que pareces muerto en vida? —intenta bromear, tal y como siempre lo han hecho esperando que de resultado porque un Satoru no muerto pero deprimido sigue siendo igual de triste para Suguru. Satoru se tensa y retira su mano de la de Suguru, habiendo olvidado que estaba allí.

Suguru no se alegra por la pérdida de tacto y por mucho que quiere poner de su parte y escuchar a Satoru que al parecer sufre de amor, le duele con toda su alma hacer esa pregunta.

—Es… —Satoru intenta decirle, pero se retracta en el último instante porque si Suguru supiera o tuviera la más mínima idea de que se trata de sí mismo, no estaría preguntándole directamente, o eso cree Satoru. Está dándole una oportunidad de no decirlo porque Satoru asegura que es igual que un libro abierto y que Shoko y todos sus colegas sepan sin haberlo dicho nunca lo confirma—. No importa, de todas formas no sucederá —y el nombre de Suguru se queda escondido en su lengua.

—¿No te conoce? —pregunta. Quizá sea de esos crushes con los que apenas interactúas, piensa.

—Al contrario —dice y Satoru se sorprende de su propia respuesta —, me conoce tan bien que duele que no lo sepa ya.

El aire en la habitación cambió, tenso como un hilo que se podría cortar fácilmente. Suguru se quedó inmóvil, con la mirada fija en el techo, procesando esa última frase. "Me conoce tan bien que duele que no lo sepa ya".

Esa descripción era un círculo que se cerraba peligrosamente alrededor de ellos dos.

—¿Te conoce tan bien? —repitió Suguru, y esta vez no hubo risa, ni siquiera nerviosa. Se giró sobre su costado para quedar frente a Satoru, apoyando la cabeza en su mano. Sus ojos oscuros escaneaban el perfil de Satoru, buscando la grieta por donde se filtrara la verdad—. Satoru, no hay mucha gente que te conozca de verdad. Podría contarlos con los dedos de una mano y me sobrarían tres.

Satoru apretó los ojos. Ya no podía huir. 

—Exacto —susurró Satoru. Su voz sonó pequeña, despojada de toda esa arrogancia que solía usar como armadura—. Por eso es patético. Porque es la persona con la que paso mis días, la persona que sabe cómo tomo el café y por qué no puedo dormir algunas noches. Y aun así… —Satoru apartó la vista de Suguru.

Suguru sintió un vuelco en el corazón. Una chispa de esperanza, o quizás de puro terror, se encendió en su estómago. Se acercó apenas unos centímetros, lo suficiente para notar el calor que desprendía el cuerpo de Satoru. Lo suficiente como para observar sus tupidas pestañas blancas rozando su propia piel.

—Si esa persona te conoce tanto —dijo Suguru, con una voz que vibraba con una intensidad nueva—, entonces es imposible que no se haya dado cuenta de que algo te pasa. Quizás... quizás esa persona también tiene miedo de decir algo y romper lo que ya tienen.

Suguru se estaba arriesgando un poco. Un poco demasiado. Pero a estas alturas ya no le importaba. Satoru soltó una risa amarga y finalmente abrió los ojos para mirar a Suguru. Estaban tan cerca que podía ver el reflejo de la luz en sus pupilas. Su azul se encontraba en una colisión inevitable con el morado.

—¿Tú crees? —Satoru estiró la mano, dudando por un segundo antes de rozar con la punta de sus dedos el borde de la camiseta de Suguru—. ¿Crees que alguien como él querría cargar con todo mi desastre por el resto de su vida? ¿Sin que me diga que soy demasiado incluso para él?

Suguru tragó saliva. Satoru había dicho "él". Y el círculo que se cernía sobre ambos había terminado de cerrarse.

—Creo —respondió Suguru, su voz bajando a un susurro casi inaudible— que ese "él" es un idiota si te dejó creer por un segundo que tenías que enfrentar cualquier cosa solo. 

—Deberías saber que “ese idiota” está en frente de mí ahora mismo —Satoru se sorprende a sí mismo con sus propias palabras y Suguru lo admira como si fuera todo lo que quisiera escuchar por el resto de su vida. Suguru suspira.

—Me declaro un idiota entonces —dice Suguru en un pequeño susurro—. Porque yo también estoy enamorado de ti, Satoru.

El corazón de Satoru dejó de latir por un segundo antes de acelerarse por completo, ni con toda la fuerza de voluntad del mundo sentía que podía procesar esas palabras. Había querido escucharlas desde hace tanto tiempo atrás que no podía manejarlo. Buscó en el rostro de Suguru algún indicio de que era una broma o simple lástima.

—No lo dices en serio… No puedes —la boca de Satoru se movía pero no articulaba ni una sola palabra correctamente—. Todos dicen que soy un caso perdido, no le gusto a nadie de esa forma… Nanami dice que soy puro caos y Shoko que soy un tonto.

El corazón de Suguru se encoge al ver un Satoru que no es arrogante, uno que ha sido consumido por sus propias inseguridades. Vulnerable y real. Y no esa fachada que suele colocar. 

—Satoru, me hiciste pasar el peor susto de mi vida. Si no te amara, no me habrías tenido sufriendo de esta manera —Suguru rozó con su pulgar el pómulo de Satoru—. Te amo. Y te amo tanto que cuando pensé que te perdía, sentí que mi propia vida dejaba de tener sentido.

Un destello en sus ojos lo impulsó hacia adelante. La distancia que los separaba desapareció y Satoru creyó que podría estar soñando porque ni un millón de años habría podido imaginar los labios de Suguru sobre los suyos. Y pronto descubrió que sus sueños no serían ni la mitad de buenos de lo que se sentía en realidad.

—Yo también te amo.

Notes:

Holap, sé que estamos acostumbrados a leer en inglés, pero llevo tiempo pensando en escribir aquí alguna historia en chileno, incluí algunas referencias en este, pocas, pero algo es algo. Me gustaría saber qué piensan y si leerían un fanfic escrito con modismos chilenos y toda la paranoia, you know, creo que todos querríamos ver a Gojo comiéndose un completo en las fondas y bailando cueca con Geto.

Comenten qué les pareció xoxo