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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 3 of Cuéntame una Canción
Stats:
Published:
2026-02-11
Words:
2,991
Chapters:
1/1
Kudos:
6
Hits:
51

Summertime Sadness

Summary:

One shot inspirado en la canción Summertime Sadness de Lana Del Rey
Escrito por: Sersy

Primer festival de Fanfiction de Aldrón: Cuéntame una canción.

Notes:

Escrito por: Sersy

Work Text:

 

Diciembre 2022.



Las frías calles de la Ciudad de México podían ser realmente incómodas. Pero nada comparado con el tráfico y el bullicio de la gente. Era admirable como una mañana podía durar tan poco para todas las actividades que tenía planeadas para ese día. Y peor aún, llevar más de 2 horas en una plaza comercial en esas fechas tan concurridas del mes de diciembre. Llevaba solo 2 días y ya extrañaba su natal Monterrey. Estaba arrepentido de acompañar a su hermano, quien iba a visitar a su novia antes de la Navidad. Lo había dejado prácticamente solo desde que llegaron a la ciudad para pasar todo el tiempo con ella y su familia, lo que hizo de ese viaje mucho más tedioso pues no conocía a nadie. Aun así, estaba acostumbrado a estar solo. Obvio, le faltaba Rambo, pero sabía que no podía llevarlo hasta allá. 

 

Había planeado pasar la mañana en el gimnasio, pero la inoportuna llamada de su abuela le provocó remordimiento de conciencia pues aún no compraba los regalos para el intercambio navideño. Aunque faltaba una semana, lo mejor era aprovechar el tiempo y comprarlos antes de regresar a Nuevo León. Por lo que dispuso de esa mañana para hacerlo, sin saber que se llevaría más tiempo.

 

Cuando llegó a la plaza comercial supo que había sido mala idea en pleno auge de las compras navideñas, pues estar rodeado de tantas personas lo ponía ansioso. Reconoció que la atmósfera navideña lo estaba aligerando todo.

 

Visitó varias tiendas departamentales. Solo tenía que comprar el regalo para su muy malagradecido hermano quien lo dejó solo en plena Condesa. Pero pensó en llevar regalos a las mujeres de la casa, sabía que las pondría contentas.

 

Después de varias horas, llevaba solo tres regalos pequeños. Una pañoleta para su madre, discreta y hermosa como su personalidad. Un perfume para su hermana, de aroma dulce y cálido como su bella y carismática hermana. Y para la abuela, que tenía el don de hacerlo sentir mal cuando le compraba lo que consideraba baratijas, un hermoso y elegante anillo del cual no se quejaría y le haría gritar de la emoción, mientras él se repondría emocionalmente tras pellizcar buena parte de sus ahorros.

 

“¿Qué le compro a mi hermano? –Pensó el chico, mientras se rascaba la cabeza y se acomodaba su rubio cabello–. “No lo sé. Necesito un café”.

 

Caminaba sin rumbo con su Cold Brew, que bien le había ayudado a superar la ansiedad del bullicio de tantas personas y de filas interminables para hacer compras. Camino hasta una librería donde también vendían artículos “vintage”. Sintió una corazonada, por lo que decidió entrar e ir directo a la sección de música. Le compraría un disco vinilo. A su hermano le gustaba coleccionar cosas antiguas, no por algo había convencido al abuelo para que le regalara su viejo tocadiscos. 

 

La librería era grande. Pasó derecho los pasillos llenos de libros que iban desde “Best Sellers”, autoayuda y clásicos. Un asesor de ventas le informó que la zona de música estaba en el piso de arriba. Fue hasta allí y se sorprendió al ver mucho más personas de lo que esperaba. Había varios estantes divididos por múltiples géneros para explorar. No tenía idea de cuál comprar. Siguió caminando por los estantes, hasta que llamó su atención una estación de escucha que reproducía CDs, ubicada en la parte posterior de la galería. Recordó que, cuando de pequeño acompañaba a su tío a las tiendas de discos, en esas estaciones se reproducían los sencillos del mes o los éxitos del momento. Se acercó emocionado y tomó la diadema de uno de los audífonos que colgaban de la máquina. Le agradaba la sensación de aislarse escuchando música tras todo el bullicio de la mañana. Apretó el botón de reproducción y empezó a sonar una música lenta, orquestal, cálida. Vio el disco que se estaba reproduciendo. La portada mostraba a una hermosa chica de cabello castaño largo hasta los hombros. Vestía una camisa blanca, parada en un hermoso fondo que demarcaba el cielo, el mar y un pequeño velero. Retro y simplista. Su nombre en la parte superior con letras enormes: Lana del Rey. Y en la parte inferior las palabras: “Born to die”. Rió para sí mismo.

 

“¿Cómo dice el viejo refrán? El que tenga miedo a morir, que no nazca…” –recordó, pensando en su abuelo.

 

La canción que sonaba era la que daba el título al álbum. Era una melodía suave y agridulce. La voz de la chica sonaba melancólica, dramática, hermosa, única. Decidió aventurarse y seguir explorando más canciones del álbum. Escuchaba una tras otra y cada vez más se dejaba envolver por su atmósfera mítica y nostálgica. Entrecerraba los ojos mientras pasaba de una canción a otra, a ritmo lento, dejando que su cuerpo se moviera sutil con la música. Pronto, se olvidó que estaba en la tienda, frente a una estación de escucha, en una librería concurrida, con gente circulando a su alrededor. 

 

Pasaron algunos minutos en los que adelantaba las canciones. Terminaba de escuchar la penúltima canción. Se sentía seducido por la música tan sensual y sutil, con su letra provocadora: “Look like a million dollar man. So why is my heart broke?”

 

Abrió los ojos para leer el título de la siguiente canción. “Summertime Sadness”.

 

Inició el sonido del piano, en sintonía con la armoniosa voz de la chica. Seguía siendo sutil, pero melancólica a diferencia de las demás. Nunca había escuchado nada igual. Se dejó envolver por completo en las sensaciones que ésta le provocaba.  

 

“Kiss me hard before you go… Summertime sadness. 

I just wanted you to know that, baby, you the best…”

 

En el momento en que se dejó envolver por el aura de la canción, sintió la presencia de alguien a su lado.

 

Un chico de cabello negro y alborotado, vestido con chamarra rockera y jeans negros, se había acercado a la máquina de escucha. Se había puesto la diadema de los audífonos para escuchar el disco. Es bien sabido que en esas máquinas, se reproduce la misma canción que está escuchando el otro auricular, por lo que el chico rubio supo de inmediato que ambos oirían la misma canción, al mismo tiempo. Su rostro era atractivo. Ojos cafés muy iluminados, enmarcados por enormes pestañas y cejas grandes. Parecía muy relajado, aunque un poco rebelde. Desvió los ojos hacia el techo para no llamar la atención del chico. Pero, como si una fuerza magnética lo llamara, regresó su mirada para verlo más a detalle. Tenía labios gruesos, rosados. Su rostro era suave, sin barba. Estaba observando la portada del CD, moviendo la cabeza al compás de la canción y acomodándose los audífonos, dejando entrever un dije en forma de cruz colgando de su oreja izquierda.

 

Entonces, el chico de cabello negro giró la cabeza y le miró fijamente, profundo, directo a sus ojos azules. El rubio sintió el rubor en sus mejillas, como si un calor subiera desde su vientre hasta el pecho. Lo había pillado observándolo. No lo pudo disimular. Giró la cabeza aprisa para que no lograra ver su incomodidad.

 

“I got my red dress on tonight, dancing in the dark in the pale moonlight…”

 

Seguía sonando la canción por ambos auriculares. Con las mejillas encendidas pero con enorme deseo de voltear otra vez, giró lentamente su cabeza. El chico de ojos cafés lo seguía viendo. No le había quitado la vista de encima. Sintió una descarga eléctrica, pero antes de voltearse nuevamente, éste le sonrió. Una sonrisa gentil, discreta y enmarcada. Le devolvió la sonrisa. Tras unos segundos, desviaron la mirada hacia el frente, disimulando. No era incomodidad, fue más instintivo.

 

“Oh my god, I feel it in the air…”

 

Sonaba la canción, envolviéndolos a ambos en una atmósfera atípica, solos, sin nadie a su alrededor.

 

El chico de ojos azules miró al otro, nuevamente, ya sin tanta discreción. Éste le devolvió la mirada, arqueando las cejas, como si estuviera sorprendido, asintiendo mientras alzaba el pulgar en señal de aprobación, señalando hacia el disco. Le había gustado la canción. Le contestó de la misma manera, asintiendo y sonriendo discretamente a la vez que centraba su mirada al frente. No quería que se diera cuenta que seguía sonrojado.

 

El chico de cabello oscuro se acercó un poco más a él, mientras la melodía seguía avanzando y envolviéndolos en esa aura inexplicable.

 

“I got that summertime… summertime sadness”.

 

Aquel era un coro potente. Hizo que el chico de cabello claro sintiera un calor en sus entrañas. ¿Lo había sentido antes? No, nunca. “Mariposas en el estómago”, le hubiera puntualizado su hermana si estuviera con él. No lograba explicarse esa fuerte necesidad de mirar al chico nuevamente. Pero lo hizo otra vez. Lo encontró con los ojos cerrados, meneando levemente la cabeza al ritmo de la canción.

 

Se atrevió a observarlo con más detalle. A pesar de la chamarra y los jeans sueltos, su silueta dejaba ver que estaba en forma. Su pecho se veía prominente, resultado del ejercicio. Miró nuevamente sus labios rosados, que tarareaban la canción. Se volvía hipnótico ese movimiento. Subió más su mirada, centrándose en sus ojos. Café claro, luminosos como un atardecer, enmarcados por esas enormes pestañas. Se dio cuenta que no podía quitarle la mirada de encima.

 

“I got that summertime… Summertime sadness.

Su-su-summertime… Summertime sadness”.

 

Sintió escalofrió, como una ráfaga de viento helado, que chocaba con la descarga eléctrica de su pecho. Se estaba quedando sin aliento. Pero debía reprimirse y no llamar su atención.

 

Se quedó mirando hacia el frente, con la intención de calmarse.

 

Mientras, el chico pelinegro giró su mirada hacia sus manos. Sostenía con fuerza el disco con un ligero temblor en ellas. Lo atribuyó al frío de diciembre. Miró hacia el pecho del chico rubio, estaba ligeramente agitado. Sintiendo una irresistible conexión, deseaba llamar su atención, pero los ojos azules del chico seguían perdidos al frente.

 

“I´m feeling electric tonight, cruising down the coast…”

 

El chico de cabello claro escuchaba la canción con un nudo en el estómago. Algo indescriptible. ¿En verdad era por la canción? –Se preguntaba. Cerró los ojos dejándose envolver por el sonido del piano y la melódica voz de la chica. Su expresión de pánico cambió de inmediato. No era incomodidad, era gozo. Un gozo extraño, provocado por la atmósfera… Y por aquel chico. Solo quería seguir mirándolo.

 

Abrió los ojos para hacerlo nuevamente, sin cohibiciones, directo. No le importaba si el chico de ojos cafés se daba cuenta. Solo quería seguir sintiendo esa sensación indescriptible.

 

El pelinegro seguía ensimismado, moviendo con sutileza la cabeza al ritmo de la música, mirando hacia el frente. Sus manos jugueteaban con el CD. Aunque notaba que el chico rubio lo estaba observando, no volteó ninguna vez. Solo seguía ahí, parado, escuchando la canción con atención. Su labio inferior tenía algo hipnótico que no podía dejar de verlo.

 

“Oh my God, I feel it in the air telephone wires above…”

 

La habitación parecía haber desaparecido. Ambos como flotando en el aire. Se había ralentizado el tiempo y solo se veía el movimiento involuntario de sus pechos agitados. El rubio mordiendo su labio inferior, inconscientemente, mirando al otro. Mientras el chico de ojos cafés mantenía los ojos entrecerrados, lamiendo sus labios y cantando la letra de la canción. 

 

“Kiss me hard before you go. Summertime sadness.

I just wanted you to know that, baby, you the best…

“I got that summertime… Summertime sadness.

Su-su-summertime… Summertime sadness.”

 

Entonces, el chico de cabello negro se quitó los audífonos y los puso en su lugar, tan lento como pudo, mientras miraba al chico rubio. Ambas miradas chocaron en un contacto vibrante. Entonces, sonriendo, dio media vuelta para marcharse, llevándose consigo el disco en sus manos.

 

“I got that summertime… Summertime sadness.

Su-su-summertime… Summertime sadness.”

 

El chico de ojos azules miró al pelinegro mientras se alejaba más y más. La multitud empezó a aparecer, volviéndolo a la realidad. Veía como seguía alejándose hasta que lo perdió de vista. Sintió que le faltaba el aire, como si le hubiera golpeado en el estómago. Su agitación se hacía cada vez más visible, evidente. La ansiedad y la angustia le nublaron los sentidos. Solo quería saber dónde estaba el chico, pero ya lo había perdido de vista.

 

No supo bien porqué lo hizo. Se quitó los audífonos y salió corriendo detrás de él. Lo buscó entre las personas que había a su alrededor. Pero nada. Corrió hacia los pasillos de CD’s, buscando la chaqueta negra, el cabello despeinado, el dije de cruz… Nada. Siguió avanzando entre tropezones, obstaculizado por el mar de personas a su alrededor. Nada. Se detenía de vez en cuando para mirar a todos lados y ver si ubicada al chico en algún lugar. Nada.

 

Tras varios minutos, en un pasillo alejado, lo vio en la sección de revistas. Miraba comics. Parecía estar buscando uno en específico. Dio la vuelta, discretamente, para mirarlo de frente al otro lado del mostrador de revistas. 

 

El chico se percató de su presencia, mirándolo con atención y profundidad, directo a sus ojos azules. Giró levemente su cabeza con expresión de curiosidad, soltando esa cálida sonrisa, la misma que le dirigió hacía unos momentos atrás. Entonces, sacó el CD que llevaba de Lana del Rey y se lo mostró. El chico rubio le devolvió la sonrisa, prominentemente, mientras le mostraba que él también llevaba un disco de vinilo de la música que estuvieron escuchando. Siguieron sonriendo unos segundos más.

 

Como si fueran de mantequilla, las manos del chico rubio se entorpecieron y tiraron el disco. Se agachó de inmediato para levantarlo, antes de que el joven de ojos cafés se diera cuenta de su nerviosismo y rubor en sus mejillas. Como los separaba el estante de revistas, lo recogió levantando el disco con su mano, como si fuera un trofeo, mientras el otro joven lo observaba, sin quitarle la mirada de encima. Le dirigió un saludo a modo de despedida, se dio la media vuelta y se marchó. Pagó el disco lo más rápido posible y salió de la tienda.

 

Caminó agitado hasta la salida, respirando profundo y efusivamente, como si hubiera corrido un maratón, pero a la vez nervioso como si hubiera visto a alguien importante en su vida. No sabía cómo explicarlo. Se sentía pleno, alegre, vigoroso. 

 

Seguía caminando por la plaza comercial, para lograr tranquilizarse y darle significado a lo que había pasado. Pero solo venía a su mente la imagen del chico del dije de cruz, sonriéndole mientras él salía corriendo. 

 

“¿Por qué salí corriendo?” –Se preguntó el chico. Sonrió para sus adentros.

 

Se dio cuenta que un par de chicas lo miraban con gracia, coquetas, hablando entre ellas en voz baja. Mostraron intención de acercarse. Por lo que calmó sus emociones, las saludó con cortesía, siguiendo su paso sin detenerse, hasta que salió del lugar.

 

El aire frío y el ruido de las calles lo devolvieron a la realidad. ¿Qué acaso había estado soñando? Se percató que llevaba las manos heladas, mientras cargaba las bolsas de los regalos de su madre, su hermana y su abuela. Vio la bolsa del vinilo que llevaba. Había olvidado pedir envoltura de regalo. Pero, pensó, fue mejor pues ya había decidido quedárselo para él. 

 

Lana del Rey. “Summertime Sadness”.

 

Escuchar la canción le haría recordar ese breve pero bello momento. Como si quisiera grabarlo eternamente en su memoria para poder revivir todas esas emociones. No sabía realmente lo que había pasado en ese momento, solo que se le había erizado la piel, se había sentido vigoroso, con goce… Algo que nunca había sentido en su vida.

 

Necesitaba beber algo caliente. 

 

Unas horas después, caminando por las calles de la Condesa, terminó su bebida, dispuesto a regresar al Airbnb. Se sentía extrañamente contento, con deseos de estar solo y volver a escuchar la canción. “Summertime sadness… Su-su-summertime sadness, oh, oh oh…” Tarareaba alegre la canción. 

 

Las calles continuaban abarrotadas de gente. Pero no llevaba prisa, menos con esa agradable sensación que le albergaba inexplicablemente.

 

“Creo que no me sentía así desde que me gradué de la prepa” –Se dijo a sí mismo, riéndose, sin importarle si lo estaban observando.

 

Estaba distraído, todavía ensimismado. Atravesó la calle sin darse cuenta que el semáforo peatonal estaba en luz roja. Un motociclista estuvo a punto de arrollarlo. Solo por un instante, de puro instinto y reflejos, pudo esquivarlo. Escuchó un par de insultos y reclamos del tipo de la moto. Los autos se habían detenido. Apenado, corrió hasta la acera siguiente pidiendo disculpas. La gente a su alrededor lo veía. Algunos molestos, otros preocupados. Sintió el estómago contraído, con la adrenalina y el pulso acelerado.

Y entonces se topó con esa mirada. Ojos cafés, pestañas largas, cejas prominentes. Lo estaba mirando con curiosidad. Sus rosados labios dibujaban una sonrisa mientras se acomodaba el cabello de la oreja donde colgaba el dije en forma de cruz. Antes de que lograra tranquilizarse, el chico de cabello negro se le acercó.

 

–A esta hora, el tráfico está fatal. Más hoy, por las fechas decembrinas. Es una locura. –Le dijo sonriendo. 

 

El chico rubio asintió sin decir nada. Por una extraña razón, verlo ahí, lo tranquilizó.

 

Ambos caminaron juntos calle abajo, sin decir nada, apartándose de la multitud. Llegaron al final de la calle.

 

–Esta calle siempre está muy concurrida. Yo siempre tomo ésta de la izquierda. –Dijo, señalando un callejón que estaba a un lado de ellos. Se veía muy iluminado, con un árbol que le cubría la sombra del sol. –Aunque es más larga, no cruzas la avenida. 

 

–Ah, ok. Sí, gracias. –Dijo el chico de ojos azules, apenado. El chico del dije de cruz sonrió.

– ¿Vienes? 

–Sí, claro. Vamos.

 

Caminaron juntos, lento y en silencio, mientras se alejaban del bullicio.

 

–Por cierto, me llamo Aarón. Es un gusto. –Le estrechó la mano derecha, dibujando una sonrisa en el rostro.

–Soy Aldo. Mucho gusto. –Dijo devolviéndole la sonrisa.

 

FIN

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