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Aldo recibió una notificación en la pantalla de su celular.
AaronMercury está en directo.
Aarón movía la cámara de un lado a otro y arrastraba las palabras al hablar, mientras se reía con sus amigas.
Sus carcajadas inundaron todo el gimnasio. Aldo apretó la mandíbula y cerró el directo.
Entonces le vino un recuerdo.
Era de madrugada y ambos estaban acostados en sus camas, hablando por videollamada.
—Listuki —dijo Aarón con una sonrisa enorme y mirada amorosa—, dos boletos a Cancún. No me la hagas ¿okay?
—Nambre, claro que no —le brillaron los ojos a Aldo—. Ya hasta tengo nervios bonitos.
—Ya dijiste, eh. Año Nuevo juntos.
Pero eso nunca pasó.
Aldo le canceló a Aarón por miedo a exponerse en público. Le dijo que no podía ir al viaje porque no logró zafarse de la cena familiar. Pero todo fue mentira. No fue a ninguna cena, solo se encerró en su habitación, a oscuras y en silencio. Aquel día se acostó a dormir antes de que dieran las doce. Hasta olvidó encender el sistema de seguridad, como le había pedido su abuela.
Desde entonces, Aarón se la había pasado enfiestado y transmitiéndolo en vivo. Al llegar la madrugada le comenzaba a enviar notas de voz y muchos mensajes:
«Te extraño», «Ya quiero verte», «Te necesito», «Ojalá estuvieras aquí»...
Cada vez que leía esos mensajes se le partía el alma. Aarón se merecía más y lo torturaba la idea de que se cansara de esconderse y decidiera irse con alguna morrita. Confiaba en él, pero aún así no podía evitar que ese pensamiento rondara por su cabeza cuando lo veía cerca de una.
¿Quién no caería por Aarón Mercury, si era tan lindo, carismático y sexy?
Mejor le subió todo el volumen a la música y se enfocó en seguir con su rutina, intentando callar esos pensamientos.
Después del entrenamiento, Aldo ya estaba acostado en su cama cuando recibió una llamada.
—¿Cómo está mi rubio, mi güero de ojos azules? —dijo Aarón con tono meloso y arrastrando las palabras.
—Bien, bien, ¿ya andas borracho?
—Para nada —soltó una risita contenta—, solo te hablaba para saber qué hacías...
—Acabo de salir de bañarme, hoy le di al gym.
Hubo un silencio.
—Te extraño...
—Yo igual —respondió Aldo, sonriendo de medio lado—. Pero, wey, ya falta poquillo para vernos.
—No, yo quiero verte ya.
Aldo se mordió el labio y soltó un resoplido por la nariz.
—Sabes que no puedo.
—Claro que puedes, solo compra un vuelo y ven... pero claro, no lo vas a hacer. Tú siempre haces lo que quieres.
—¿Y tú no? —hizo una pausa y apretó el celular—, como irte de fiesta con tus amiguitas.
—¿Es neta que vas a sacarme eso? —Aarón contrajo la mandíbula. Tragó saliva y la voz se le volvió amarga—. Lo que me acabas de decir es una mamada y lo sabes.
—Wey, espérate, no quería...
Aarón no lo dejó continuar y se impuso sobre la voz del otro.
—Yo te respeto, jamás te engañaría porque me importas, pero a ti yo no te importo. Lo supe cuando le regalaste tu vuelo a Adrián —achicó los ojos y rió sin humor—. Ah, sí. Me lo encontré y me contó todo. No es que no pudieras venir, es que no quisiste. Vi la historia de tu abuela. No fuiste a ninguna cena—su respiración se cortó y bajó la voz—. Estoy harto de fingir en público que solo somos amigos, la neta me duele un chingo. Y sabes qué... si no vienes hoy, ahí la dejamos.
Aarón colgó la llamada. Torció la boca y sintió una presión en el pecho.
Mientras tanto, Aldo se lamió los labios y se mordió la uña del pulgar. El corazón le latía demasiado rápido. Se pasó la mano por el pelo.
Lo había arruinado. No quería perder a Aarón. Entonces, no lo pensó más y compró el primer vuelo. Ni siquiera le importó el precio.
Alistó rápidamente una mochila con ropa y salió de su cuarto.
Escuchó a su abuela viendo televisión en su habitación. No le diría nada. Era mejor que ella no se enterara.
Rambo lo siguió hasta la puerta y a Aldo se le dibujó una sonrisa sincera. Le acarició la cabeza. —Luego regreso, Rambito.
Salió de su casa, la calle estaba vacía y las lámparas iluminaban la oscuridad. Encendió la camioneta y arrancó rumbo al aeropuerto.
Aarón sorbió de su bebida mientras movía los hombros al ritmo de la música. Alguien lo estaba llamando, lo sabía. Su celular no dejaba de vibrar en su pantalón, pero lo ignoró. Volvió a sonar. Lo sacó: era Aldo.
Negó con la cabeza. No quería seguir peleando con su güero. Prefería hablar con él mañana. Pero leyó un mensaje que lo dejó frío y se apresuró a contestar.
Tragó saliva y sintió que la borrachera se le bajaba de golpe. Aldo estaba en Cancún.
Le respondió.
Pidió un Uber y bloqueó su celular. Regresó con sus amigos.
—Oigan, ya me voy a regresar al hotel.
Todos lo miraron confundidos.
—¿Por qué? —Alex alzó una ceja.
—¿Qué pasó? —Amaranta le tocó el hombro con delicadeza.
—Luego les cuento.
—No jodas. Nos vamos contigo —Marissa se levantó del sofá del antro y agarró su bolso.
—Ustedes, tranqui. Todo está bien —se despidió con la mano y salió del antro.
Una vez en el taxi, sacó su celular y le escribió a Aldo.
Una sonrisa tierna se le dibujó al leer el último mensaje y un calor le invadió el rostro. Levantó la vista y se vio a sí mismo por el retrovisor del conductor: tenía la cara y las orejas rojas.
Se tapó la cara con sus manos, avergonzado.
¿Cómo podía Aldo provocarle esa reacción con solo un mensaje?
Se acercó a la ventana medio abierta y dejó que el viento acariciara y enfriara su rostro mientras escuchaba la canción de la radio.
Te lo repito, yo quiero todo.
Contarte, darte mil besos
Y enamorarte, verte, tenerte.
De miércoles amarte tanto.
Te juro que no aguanto...
Se dejó llevar por el momento. Sintió el cuerpo tan tranquilo y liviano, como si flotara dentro de una burbuja.
Aldo había ido, lo había elegido.
Aarón entró al hotel.
Cuanto más se acercaba a la entrada de la playa, más fuerte latía su corazón. Por su mente solo cruzaba una pregunta:
«¿Qué le iba a decir a Aldo?».
Entonces se detuvo. Reconoció ese pelo rubio que brillaba bajo la luz de la luna. Aldo también lo vio.
—Hey...—saludó Aarón con tono bajito, hundiendo los zapatos en la arena.
—Hola.
Hubo un silencio tenso. Solo se escuchaban las olas rompiéndose en la orilla.
Aldo tragó saliva.
Dio un paso al frente y lo abrazó. Aarón se dejó envolver por la calidez de los brazos de Aldo y hundió la mejilla en su pecho. El perfume dulce a vainilla y castañas le llenó los pulmones. Cerró los ojos.
Una mano le acarició el pelo y levantó el rostro. Se encontró con esos ojos azules y amables. No se resistió y lo besó. El beso sabía a alcohol y menta.
—¿Tienes habitación, no? —susurró y tomó la mano de Aldo—. Vamos. Aquí hace frío.
Aldo soltó una pequeña risa. Se quitó su gorra y se la acomodó a Aarón en la cabeza. Le gustaba ver cómo sus cosas le quedaban grandes. Lo hacía más adorable.
Entrelazó sus manos y tiró con suavidad de él. Durante el camino a la habitación no dijeron nada, solo caminaron tomados de las manos.
Hasta que Aldo se detuvo, sacó una tarjeta de su pantalón y abrió la puerta.
Los ojos de Aarón se agrandaron. La cama era enorme. Su mirada se fue hacia el gran ventanal con vista al mar y luego al jacuzzi.
—Era lo único que quedaba disponible.
—Lo siento...
Aarón hizo una mueca afligida. Aldo la notó y apretó su mano con suavidad.
—Nambre, no te preocupes. Lo que sea por mi gatito.
Aarón sonrió de medio lado. Bajó la cabeza.
—Pensé que no vendrías...
—No podía perderte.
Aarón lo jaló de la mano y lo guió hacia la cama. Aldo no puso resistencia y se dejó caer boca arriba. Aarón se acomodó sobre él y apoyó las rodillas a cada lado de su cintura. Cortó la distancia de sus rostros y se miraron sintiendo la respiración del otro.
Aarón le robó un beso corto y suave. Aldo lo agarró de la nuca y le dio otro más profundo e intenso.
Aarón rompió el beso.
—Ni modote, papito...—murmuró contra sus labios—. Llegaste al día siguiente.
Aldo frunció el ceño, confundido.
—¿Eh?
—Lo que escuchaste—dijo con un tono de indignación falsa y sonrió travieso—. Te dije «si no vienes hoy, ahí la dejamos» y ya es mañana...así que técnicamente cortamos.
Aldo soltó una risita y se le dibujó una sonrisa boba.
—¿Ah, sí?
—Chi —Aarón le dio un golpecito suave en el pecho—. Así que hoy nada de nada. Acabamos de comenzar una nueva relación desde hoy.
Se bajó de encima de Aldo y se desplomó en la cama.
—Ta bueno —Aldo bajó la cabeza fingiendo tristeza.
Aarón soltó una risita y lo abrazó fuerte. Aldo lo apretó contra su pecho. Ya no le importaba lo que pasara mañana. Solo sabía una cosa: quería todo con Aarón.
