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Toda la vida

Summary:

Kenny ha tenido toda la vida para enamorarse, pero nunca ha sentido nada especial por ninguna chica.
Max ha tenido toda la vida para intentar ser más femenina, pero nunca se ha sentido adecuando intentarlo.

Pero tal vez solo se necesita una vida, y un amigo con la curiosa habilidad de resucitar después de muerto, para darte cuenta que la persona que te complementa está más cerca de lo que piensas.

Notes:

Bienvenidos a mi primer fanfic largo. Originalmente iba a ser un one-shot pero se alargó y bue... Tendré que dividirlo.
El personaje de Max y Diego Vargas le pertenecen a Rosa Toons, al igual que la línea argumental en la que se basará este fic. Sus historietas son buenísimas, les recomiendo leerlas para que tengan contexto de a dónde irá la historia :) Igual pondré los créditos de forma permanente para no tener que repetir esta nota en cada capítulo.
Este fic y ciertos cambios también son hechos con autorización de la creadora original.
¡Gracias, Rosa!

Chapter 1: Caminos nuevos

Chapter Text

Toda una vida, creía Kenny, bastaba para enamorarse al menos unas 50 veces. Eric Cartman solía decir que enamorarse era para maricas, pero si no lograbas ponerla ni una sola vez entonces eras peor que un marica. Nadie sabía exactamente por qué el mismo Cartman argumentaba que ninguna de esas dos alternativas aplicaba para él. Pero para Kenny era extraño estar también en el vacío de esos opuestos.

A Kenny le gustaban las chicas, claro. Le gustaban las tetas de las chicas, concretamente. Pero enamorarse era una palabra extraña en su diccionario, como si existiera pero con la tinta difuminada y las palabras revueltas. Sabía que lo de Tammy Warner había sido solo en parte dado que Cartman insistía que los dos chicos más pobres de la escuela debían estar juntos, y en parte porque le molaba la idea de que le dieran una mamada atrás del T.G.I. Friday’s. El chistecito le había costado una de sus tantas muertes, y había descubierto que la sífilis se sentía de la chingada. Pero desde entonces no había conocido a una chica que le despertara más allá del deseo de verle el escote o robarle ropa interior.

“Es porque eres pobre, Kenny” decía Cartman. “Tus padre usaron el poco amor que tenían en el banco para hacerte y por eso tú naciste sin la capacidad de ligarte a las chicas, duh,” comentarios como esos eran los que siempre le garantizaban a Cartman un puñetazo de Kyle.

Pero incluso si la conclusión de Cartman era desatinada, tenía razón en algo: la pobreza era un factor determinante en la capacidad que tenía Kenny de enamorarse. Después de todo, el “amor” de los padres de Kenny era lo que lo mantenía a él y a sus hermanos en esa vida de mierda. Era la razón por la cual casi siempre lo mandaban a la escuela con una lata de frijoles en la mochila y un tenedor de plástico roto. Con un precedente así, era de esperarse que Kenny no tuviera un ejemplo sano de lo que era enamorarse.

Pocos ejemplos medianamente sanos incluían a Craig y Tweek o Clyde y Bebe, pero como ellos no formaban parte de su grupo original de amigos Kenny seguía sintiéndose en el vacío contextual de las relaciones románticas. No era como que le hiciera falta. Total, siempre le quedaban las tetas y prender el canal Golden a las 12 de la noche, cuando su papá ya estaba demasiado borracho como para darse cuenta de lo que estaba puesto en la televisión.

Toda la vida para no enamorarse nunca.


Toda la vida Max había odiado su cabello, sus pecas y la forma en que su padre la había acostumbrado al ambiente masculino; sin embargo, no sabía cómo ser de otra forma.

Diego no era un mal padre, ni había sido un mal esposo, pero estaba claro que le hacía mucha falta la madre de Max para entender cómo navegar a su hija. A menudo se sentía perdido por la forma en que Max rechazaba su aspecto físico e incluso por cómo la pequeña parecía haberse puesto como meta crecer más rápido para ayudar a su papá. A pesar de lo mucho que Diego insistía en llevar a Max con alguna estilista, que dejaran de ver el fútbol los domingos y llevarla a alguna tienda de ropa para comprarle prendas más femeninas, Max siempre se negaba.

“No tenemos el dinero para eso, papá,” decía Max. “Prefiero que gastes tus fines de semana en descansar y hacer lo que más te gusta. Quiero que te cuides más.” No era difícil adivinar por qué Max se había convertido en una niña tan temerosa de que la salud de su padre se viera en riesgo.

Pero Diego había encontado algo de preocupación en su misma vida. Desde que Eva había fallecido, él trabajaba más y veía a Max menos. Y aunque eso lo distraía del dolor, imaginaba que para Max era difícil absorber el vacío que había quedado en casa. El problema también yacía en que Max no tenía muchos amigos con quienes jugar. Las niñas la llamaban "marimacha" y los niños eran demasiado bruscos con ella. Por otro lado, no tenían familiares cercanos que pudieran pasar tiempo con Max.

Los padres de Eva jamás estuvieron de acuerdo con que ella y Diego se casaran, así que la relación con ellos era inexistente. Los padres de Diego apoyaban el matrimonio de su hijo, pero nunca fueron los más cariñosos y se enfocaban más en gozar de una vida privilegiada gracias a sus jubilaciones. Diego y Eva evitaban hablar de los lazos tan tensos con sus respectivos padres, y cuando Max nació, el epicentro de la tierra destruyéndose hubiera importado menos que cualquier balbuceo que salía de los labios de esa pequeña criatura, por lo cual Diego y Eva prometieron que no intentarían reconstruir puentes quemados, sino crear caminos nuevos para Max.

Pero el cáncer se había llevado a Eva, y sin ella esos caminos ya no se veían tan prometedores como antes. Max y Diego habían perdido la pieza fundamental de un rompecabezas que apenas y se sostenía.

Sin embargo, Diego pensaba que eso no era excusa para descuidar a su hija. La vida en Argentina se ponía cada vez más cara y los sueldos alcanzaban para menos cosas en el supermercado. Tenido este escenario a su alrdedor, Diego supo inmediatamente que les vendría mejor empezar de nuevo lejos de todo lo que conocían.

Max no tenía idea de por qué su padre se esforzaba tanto en cambiar de aires. Sí, las niñas en la escuela eran groseras y los niños unos idiotas, pero no era nada a lo que no estuviera acostumbrada. De hecho era raro sentir que prefería estar en la escuela, dejando llover puñetazos a los niños, que volver a casa y no escuchar a su madre preparando empanadas o con alguna novela puesta en el televisor.

Max había escuchado, durante el funeral de su madre, a una de las vecinas cuchichear con otras personas sobre lo "desafrotunada" que era su familia por una pérdida tan grande con una hija tan pequeña.

"Pero ni hablar, le queda toda la vida por delante para sacar fuerza de esto", había dicho Doña Amalia.

Y eso fue lo que hizo Max, sacar fuerza. Empezó a ver fútbol con su padre, empezó a golpear a los niños cada vez más fuerte cuando la insultaban, empezó a hablar con más groserías cuando las niñas la criticaban. Empezó a defenderse de la única forma en que sabía hacerlo ahora que su madre ya no estaba: con uñas y dientes y palabrotas. Y es que Max odiaba que su aspecto no fuera como el de otras niñas, odiaba no gustarle a los niños, pero también odiaba pensar que algo estuviera mal con ella. Así que prefería pensar que le quedaba toda la vida para hacerse más fuerte y encontrar, en otro momento y en otro lugar, una forma de vivir con la que estuviera más agusto.

Toda la vida para hacer caminos nuevos.


South Park no era lo que Diego tenía en mente, ni para su carrera ni para Max. Era un pueblo con más nieve de la que estaba acostumbrado, con muchas personas extrañas como Randy Marsh y un lugar donde siempre parecían suceder cosas que superaban la comprensión del ser humano promedio. Sin embargo, su trabajo de arquitecto se podía sostener fácil gracias a que no había mucha competencia en el campo de construcción, y la escuela de Max seguiría siendo pública, por lo que no había que preocuparse demasiado por gastos fuera del presupuesto de Diego.

Max nunca había visto tanta nieve junta en el día a día. Había ido con sus padres a visitar lugares nevados en Argentina, pero no recordaba la mayor parte de ese viaje, pues fue cuando ella era aún demasiado pequeña. En South Park no nevaba todo el tiempo, pero sí hacía más frío del que Max estaba acostumbrada.

Afortunadamente tenía guardada mucha ropa de invierno que había pensado en regalar o tirar, pero cuando Max y su padre se mudaron decidieron que esperarían a ver el clima de su nuevo hogar para después decidir qué tirar y qué no. Ahora Max tenía que usar su suéter verde favorito y unas orejeras todo el tiempo, el frío era tal que tardaría en acostumbrarse, y no quería que le diera hipotermina. Diego le explicó muchas veces que el clima no era tan severo como para matarla, pero a una niña de 9 años le pesa más la idea de que algo salga mal como en las películas… que la lógica sencilla.

La escuela primaria de South Park era mucho más normal de lo que Max hubiera imaginado. Su presentación frente a la nueva clase no le trajo más que uno o dos comentarios sobre su aspecto.

"¿Eso es una niña?," escuchó decir a alguien. Max tuvo que reprimir su impulso de insultar a quien había preguntado eso.

Fuera de ese y otros comentarios más, encontró que podía llevarse bien con niñas como Wendy Testaburger o Bebe Setvens. Era la primera vez que convivía con niñas que no la miraban feo por verse diferente, y aunque se sentía muy ajeno poder hablar con niñas de su edad, Max estaba contenta. Su primera semana en South Park transcurrió de forma normal y tranquila, conociendo la escuela y comiendo el almuerzo con sus nuevas amigas.

Wendy y Bebe estaban bastante interesadas en saber cómo era la vida de Max en Argentina y qué tanto había cambiado desde mudarse a South Park.

"No ha cambiado mucho. Somos solo mi papá y yo, pero ahora creo que él está más tranquilo porque el dinero no se acaba tan rápido," dijo Max durante un receso. Ante esto, Wendy y Bebe se miraron un poco desconcertadas. Max entendió que probablemente sus circunstancias eran particulares de una persona en Latinoamérica y no necesariamente de alguien que había nacido y crecido en Estados Unidos.

"No le digas eso a Cartman," dijo Wendy.

"¿Quién?," preguntó Max.

"Eric Cartman. Un culón que solo sabe ser racista, clasista, misógino, xenófobo-" Bebe interrumpió a Wendy, quien estaba visiblemente enojada.

"Eric Cartman es solo un niño muy desagradable que está en nuestra clase. Te conviene no juntarte con él, ni con sus amigos. Podrías terminar en otro país, como le pasó a Craig," dijo Bebe.

Esta nueva información era desconcertante. No había percibido que existieran niños tan raros en South Park. Quizá era porque sus primeras semanas habían transcurrido de forma bastante habitual, y por eso no lo había notado. Su rutina escolar no era tan diferente de como lo había sido en Argentina. Bueno, salvo por la continua ola de incidentes extraños que terminaban en los estudiantes evacuando la escuela porque la alarma contra incendios y los rociadores de agua ahora tiraban chile con carne por los pasillos, o cuando apareció Jesús en la plaza haciendo breakdance junto a un grupo de niños que Max no conocía.

Ahora Max entendía que había sucesos que realmente no eran tan normales, pero por alguna razón, no se sentía ansiosa o con miedo de estas cosas; como si fueran algo a lo que ella estaba acostumbrada, cuando no era así.

Pasaron más días y Max había logrado disipar ciertas dudas de su cabeza. Entre las tareas, Diego recreando recetas de Eva y lo bien que se sentía al tener un espacio entre las niñas de la primaria de South Park, Max no pensaba mucho en lo que Wendy y Bebe le habían dicho. Ni siquiera recordaba el nombre del niño que le habían mencionado, ni hablar de los amigos del tal Endrick Cartwheel (¿así se llamaba?), no creía habérselos topado nunca desde haber llegado a South Park hace un mes entero.

Pero claro, toda esa tranquilidad se fue al carajo cuando Max y Heidi, otra niña de la clase, estaban hablando frente a las escaleras del patio trasero durante el recreo y frente a ellas había caído… alguien... desde el techo de la escuela.