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El Otro Mundo

Summary:

Después de la caída de Diavolo, la mansión de Passione se convierte en el nuevo centro de operaciones, y Leone recibe la orden de inspeccionar cada rincón. Durante una revisión rutinaria, descubre una puerta que lo conduce a un mundo idéntico al suyo.

Notes:

Día 13: Película favorita

Coraline ha sido de mis películas favoritas desde que era niña, so por esta vez, bruabba viaja al mundo extraño de Coraline!🙂‍↕️

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

La mansión de Passione siempre estaba llena de ruido: las quejas de Narancia hacia Fugo, el olor a pólvora de Mista y la presencia constante de Giorno, que Abbacchio notó, parecía robarle a Bruno cada segundo de su atención.

La propiedad, que alguna vez había pertenecido al mismísimo Diavolo, mantenía una atmósfera extraña, como si los muros aún conservaran restos de secretos, sangre y conspiraciones.

Desde que habían derrotado a Diavolo, Giorno asumió por inercia el cargo más alto. El cambio había sido inevitable. Sin embargo, se trataba de un adolescente cargando sobre los hombros el peso de una organización criminal que se extendía por toda Italia, y Bruno decidió permanecer a su lado como un mentor, dispuesto a instruirlo en aquello que todavía no comprendía totalmente.

La lealtad de Bruno hacia la nueva visión de Passione era casi inquebrantable, y Abbacchio no podía evitar notar cómo esa determinación consumía su tiempo.

Cuando pasaban horas sin verse en todo un día, Bruno trataba de compensar el tiempo perdido compartiendo la hora de la ducha. Aun así, ese gesto no le bastaba a Abbacchio.

Había algo vacío en la manera en que el tiempo juntos se reducía a momentos fugaces.

Realmente se esforzaba por entender el entusiasmo de Bruno por ayudar a Giorno a convertirse en el jefe de una gran organización criminal. Quería comprender esa fe casi religiosa en un futuro mejor para Italia. Pero, al final, Abbacchio terminaba frustrado, celoso y apático, aunque no lo admitiera.

Inclusive se sentía como un fantasma deambulando por los pasillos de una casa que no le pertenecía. Y el hecho de que la mansión que antes perteneció a Diavolo fuese tan grande, también lo hacía sentirse pequeño.

La opulencia del lugar no tenía nada de acogedora; por el contrario, aumentaba la sensación de soledad que lo acompañaba mientras recorría habitaciones.

Aún faltaban muchas por revisar, y básicamente su primera asignación se había basado en inspeccionar todos los rincones de la mansión.

Giorno consideró que, con la ayuda de Moody Blues, podría descubrir cualquier cosa que resultara relevante. Bruno secundó la idea con seguridad, y finalmente Leone se puso a trabajar en la inspección, movido más por la orden de Bruno que por las ideas de Giorno.

No era que desconfiara del muchacho, pero la obediencia hacia Bruno seguía siendo el motor principal de sus acciones.

Llevaban casi un mes ahí, y ni siquiera la mitad de la mansión había revisado. En el ala izquierda de la propiedad solo había encontrado los desagradables actos de los pocos hombres de confianza de Diavolo que habían utilizado el lugar antes de su caída.

Había esperado encontrarse con cajas fuertes repletas de joyas y dinero, o compartimentos ocultos. Sin embargo, lo único que encontraba eran cerdos envenenados con drogas que abusaban de prostitutas.

Aquellas escenas le revolvían el estómago, dejando así un recordatorio brutal del tipo de mundo que Bruno intentaba reformar y del que, inevitablemente, ellos seguían formando parte.

Con un suspiro largo y pesado, Abbacchio miró la hora. Ni siquiera eran las 12 del mediodía, y ya estaba cansado de vagar.

«Solo una habitación más y me largo a comer algo» se dijo mentalmente.

Mientras avanzaba hacia la última habitación al fondo del pasillo, Abbacchio pensó en pedirle a Bruno que lo acompañase en el almuerzo. Sacó su teléfono y buscó el contacto de Bruno.

«¿Almorzamos juntos? Yo invito» oprimió la tecla de enviar y guardó el teléfono de vuelta a su bolsillo.

No se mentiría a sí mismo. Realmente estaba ansioso por pasar más tiempo con Bruno. Con la tarea de exterminar a aquellos que daban drogas a niños y adolescentes, Bruno pasaba casi todo el día fuera, recorriendo ciudades, reuniéndose con subordinados y desmantelando redes enteras de tráfico.

En las mañanas solo lo veía durante el desayuno, donde intercambiaban palabras breves entre el ruido del resto del equipo, y más tarde, en la noche, sentía su peso a su lado en la cama. Así era su rutina.

Abbacchio pensó que, tras confesar sus sentimientos en San Giorgio Maggiore y ser correspondido por Bruno, aquello traería cambios significativos en sus vidas.

Había imaginado tardes tranquilas compartiendo pasatiempos, viajes breves lejos de la violencia cotidiana o incluso combates codo a codo. Sin embargo, aquella imaginación se vio truncada por la gran misión de Bruno por ayudar a mejorar la situación del país.

El teléfono vibró en su bolsillo repentinamente, indicando un mensaje entrante. Lo sacó de prisa y, al notar el nombre de Bruno, dio click para leer el mensaje.

Contrario a la respuesta que esperaba, Abbacchio se quedó de pie frente a la puerta, con la mano apretada en el teléfono y la decepción apagando su entusiasmo.

«Lo siento, Leone. Estoy demasiado ocupado. ¿Quizá para después?»

Leyó tres veces más, casi como si esperara que el mensaje cambiara, pero seguían siendo las mismas palabras. Bruno ni siquiera lo había llamado “amore” o “leon” como en otras veces, tampoco se despidió con un “te amo” o dando otra opción para poder reunirse.

Abbacchio en serio que trataba de comprenderlo, sabía que estaba hasta el cuello de trabajo, pero eso no justificaba que no le dedicara tan siquiera un minuto de su tiempo.

Con un suspiro frustrado, Abbacchio volvió a guardar el teléfono y entró a la habitación que le faltaba por inspeccionar. El peso de la decepción le oprimía el pecho mientras empujaba la puerta con desgano.

Había una sola ventana de la cual entraba poca luz, y estaba casi vacía a excepción de un librero vacío en un rincón. El aire olía a encierro y polvo acumulado.

Abbacchio invocó a Moody Blues para hacer el trabajo. Mientras su stand retrocedía al primer momento que encontrara, Abbacchio caminó hacia la ventana para remover las cortinas y una nube grisácea se levantó de inmediato, obligándolo a retroceder un paso.

Abanicó con las manos para quitar el polvo de su cara, frunciendo el ceño con molestia mientras entrecerraba los ojos para protegerlos. Tosió levemente y se limpió la nariz con el dorso de la mano antes de volver a observar el interior de la habitación, ahora ligeramente más iluminada.

De ese modo Abbacchio pudo apreciar más cosas ahí dentro. Las paredes tenían un tapiz de color hueso, que tenía un diseño raro: llaves. En la parte del agarre tenían un diseño parecido al de un botón, un detalle que le resultó particularmente extraño y que despertó su curiosidad.

Abbacchio comenzó a pasear la mirada por toda la pared, tratando de averiguar si todas las llaves en el tapiz eran iguales o si habría una distinta. Hasta que un relieve en la parte baja de la pared llamó su atención.

Se acercó y se puso en cuclillas para ver mejor. El suelo crujió levemente bajo su peso mientras se inclinaba, apoyando una rodilla contra la superficie cubierta de polvo. Con la luz que entraba, podía notar una figura cuadrada imposible de ignorar.

Acercó la mano y con los dedos comenzó a trazar la forma del relieve. Al llegar a la parte baja, notó que el tapiz estaba rasgado, así que, con la curiosidad encima, rascó el tapiz hasta remover una parte, dejando ver además una rendija similar a la de una puerta.

Abbacchio pensó que aquello era demasiado raro, pero viniendo de una propiedad de Diavolo, no le sorprendía si al final terminaba descubriendo el pasadizo hacia un búnker o algo por el estilo.

Entonces, si aquello se trataba de una puerta, debía tener un cerrojo. Abbacchio pasó los dedos cuidadosamente por la superficie hasta dar con un relieve donde, lógicamente, debería estar el cerrojo.

Con el dedo comenzó a rascar hasta dejar a la vista un cerrojo dorado. Abbacchio pensó que esa puerta debería de tener su propia llave, así que sacó el manojo de llaves que Bruno le había dejado para abrir cualquier puerta y buscó una por una, pero ninguna encajaba con la forma del cerrojo.

Con un suspiro cansado, Abbacchio miró hacia Moody Blues, que seguía buscando rastros de alguna persona en la habitación, pero tal parecía que no había nada.

Hizo desaparecer al stand porque solo sería una pérdida de tiempo, y estando solo, su mirada se detuvo en el librero.

Abbacchio caminó hasta el mueble y lo observó con detenimiento. Estaba cubierto de polvo, pero en buenas condiciones.

Como si una voz le dijera qué hacer, abrió las pequeñas puertas de la parte de abajo, encontrando un pequeño muñeco de trapo y ojos de botón parecido a él.

"¿Qué clase de broma es esta?" murmuró para sí mismo mientras inspeccionaba el muñeco, que no tenía nada más de extraño.

El muñeco tenía el cabello blanco hecho de estambre, su expresión estaba marcada por los botones oscuros que simulaban ojos, y ropa que imitaba la suya perfectamente.

Abbacchio bufó. Si alguno de los demás planeaba gastarle una broma, lo estaba haciendo de una pésima manera.

Volvió a revisar dentro del librero, pero no había nada más. Entonces, solo por si las dudas, levantó la mano y comenzó a palpar encima del librero. No esperaba encontrar nada, sin embargo, algo pequeño y frío rozó sus dedos.

Al tomarlo y tenerlo a la vista, Abbacchio notó que era una llave y supo de inmediato que se trataba de la que abría la pequeña puerta.

Dejó el muñeco a un lado y se arrodilló frente a la puerta. Con la llave rasgó los bordes del tapiz, y entonces introdujo la llave en el cerrojo, conteniendo el aliento.

Cuando hizo “click” esperaba encontrar algo de telarañas o algo sucio, oscuro y húmedo, pero para su desilusión, solo había una pared de ladrillo.

Abbacchio rio para sí mismo, pero no le dio más importancia. Volvió a cerrar la puerta con llave, se la puso en el bolsillo y tomó el muñeco, para luego salir de la habitación.

 


 

Más tarde en la noche, Abbacchio estaba descansando en su habitación, leyendo un libro antes de dormir, cuando la puerta fue abierta y la figura de Bruno se hizo presente.

Cuando vio a Abbacchio, Bruno le dedicó una sonrisa agotada y caminó hasta él, sentándose a su lado en la orilla de la cama.

Su presencia llenó la habitación con una familiar calidez que Abbacchio, aunque tratara de ocultarlo, había estado esperando durante todo el día.

"Ey, ¿qué tal?" preguntó Bruno.

Abbacchio apartó la vista del libro y lo miró a la cara. Bruno se veía más agotado de lo usual. Las ojeras bajo sus ojos eran más marcadas y su cabello, normalmente impecable, mostraba leves signos de desorden. Aquella imagen despertó en Abbacchio una mezcla de ternura y preocupación.

"Eso debería preguntarlo yo. ¿Ha sido un día duro?" dijo Abbacchio, colocando su mano sobre el muslo de Bruno, dejando caricias sutiles.

"Sí. Hemos estado cambiando la estructura de Passione y deshaciéndonos de traidores. ¿Crees que cambiar el nombre sería lo mejor? No, olvídalo. Cuéntame lo que hiciste en el día."

El tono de Bruno vaciló entre la reflexión y el cansancio. Abbacchio notó ese cambio y comprendió que una parte de su pensamiento seguía vagando entre órdenes y conflictos internos.

Abbacchio sonrió y se encogió de hombros.

"Lo mismo que he hecho desde el principio. Reviso toda la mansión en busca de algo interesante, pero nada realmente que valga la pena. Hoy pensé que me encontraría una auténtica sorpresa, pero fue un total engaño. Hay una habitación al final del pasillo del ala izquierda que tiene una pequeña puerta, pensé que llevaría a algún lado, pero solo encontré ladrillos."

Mientras hablaba, su tono se volvió ligeramente irónico, recordando la frustración que había sentido horas antes.

Bruno lo miró con sorpresa y dijo:

"Quizá removiendo la pared puedas encontrar algo detrás, ¿no crees?"

Abbacchio pensó un momento y asintió lentamente, considerando la posibilidad.

"Probablemente. También otra cosa que encontré muy extraño es que el tapiz tiene un diseño de patrón de llaves, y esas llaves son idénticas a la que abre la puerta, que, por cierto, en la parte del agarre tiene forma de botón."

En seguida, Abbacchio abrió el cajón de la mesita de noche y sacó la llave para mostrarla a Bruno, quien la observó con atención. La giraba entre sus dedos, analizando cada detalle, concentrado.

Después, su mirada cayó hacia el interior del cajón.

"¿Y eso? Oh, Leone, ¡¿es un mini tú?! ¿Dónde lo conseguiste? Es adorable." exclamó Bruno al sacar el muñeco de trapo que era una réplica pequeña de Abbacchio.

Bruno sostuvo el muñeco con delicadeza, observándolo con una mezcla de sorpresa genuina y diversión.

"También la encontré en la habitación. Creo que solo fueron los chicos gastando una broma."

Bruno examinó el muñeco con detenimiento, recorriendo con los dedos los botones que simulaban los ojos.

"Pues broma o no, es lindo. ¿No crees que deba tener un compañero?" dijo Bruno en tono coqueto, ocultando su sonrisa traviesa con el muñeco.

Abbacchio rio bajo. Se enderezó para abrazar a Bruno y se dejó caer de nuevo en la cama con Bruno sobre su pecho.

"Claro, mini Abbacchio merece compañía..."

Hubo un momento de silencio después, que Bruno rompió con una voz baja.

"Realmente quería salir a almorzar hoy contigo. Te extraño, y lamento no estar tan presente. Te lo compensaré, lo prometo."

Bruno levantó la cabeza para mirar a Abbacchio y dejó un beso en sus labios. El contacto fue breve, pero lleno de sinceridad, transmitiendo una disculpa.

"No te preocupes. Mejor descansemos. Ya es tarde."

Bruno asintió y se levantó con pesadez para dirigirse al baño, no sin antes lanzar un beso a Leone.

 

Horas más tarde, un chillido despertó a Abbacchio.

Parpadeó varias veces, intentando aclarar la mirada en la oscuridad. La penumbra apenas dejaba distinguir las formas de los muebles, y el silencio nocturno envolvía todo con calma. A su lado, los suspiros pausados de Bruno indicaban que seguía durmiendo profundamente, ajeno al interrumpido descanso de Leone.

Pensó en ignorar el sonido y volver a dormir. Cerró los ojos, acomodándose entre las sábanas, tratando de recuperar el sueño. Pero entonces, el chillido volvió a escucharse.

Abbacchio frunció el ceño y se incorporó con cuidado, procurando no despertar a Bruno. El colchón se hundió ligeramente bajo su peso mientras deslizaba los pies hacia el suelo frío. El contacto con la superficie lo terminó de despertar, poniéndole alerta.

Se inclinó y se asomó bajo la cama, notando que era un ratón, que en cuanto lo vio, salió corriendo.

Abbacchio bufó por lo bajo y se levantó para atraparlo, pero el roedor escapó, yéndose por la puerta entreabierta.

No se iba a quedar de brazos cruzados, así que lo siguió sin importar en dónde terminaría la persecución.

Solo cuando lo vio entrar a la misma habitación que horas antes había inspeccionado, Abbacchio se detuvo.

Había jurado que la había dejado cerrada bajo llave, pero la encontró con la puerta entreabierta, y una luz azul sobresaliendo por las rendijas.

Su pulso se aceleró.

Empujó la puerta suavemente para abrirla más y entonces notó que la luz salía de la puerta que antes estuvo bloqueada por una pared de ladrillo y, además, el muñeco de trapo parecido a él estaba a un lado, como si estuviera esperándolo.

El muñeco parecía observarlo con sus ojos de botón, abandonado sobre el suelo como una silenciosa invitación.

Abbacchio se acercó cauteloso y se agachó para ver el interior, que, para su sorpresa, era un túnel de aspecto sedoso, de color azul y morado, que parecía moverse como los pulmones al respirar, como si el pasadizo estuviera vivo.

Una ventisca golpeó ligeramente su rostro y, al otro lado, una puerta pequeña similar se abrió, dejando ver al ratón que había perseguido.

El animal se detuvo apenas un segundo, como si esperara ser seguido, antes de desaparecer tras la abertura.

Abbacchio pensó que podría estar bajo el ataque de un stand, y sabía que si iba solo quizá podría no terminar del todo bien, pero la curiosidad le comenzaba a picar como la comezón.

Había algo en aquel fenómeno que lo atraía de forma inquietante, como si una fuerza invisible tirara de él hacia adelante.

Así que decidió ingresar al túnel gateando.

Al ser un camino recto y corto, llegó rápido al otro lado.

Empujó la puerta y se asomó, encontrando la misma y aburrida sala principal de la mansión. Los muebles, las lámparas y los amplios ventanales estaban en su lugar. Pero el aroma a comida fue la única diferencia que lo hizo reaccionar.

Era bastante tarde como para que alguien estuviera despierto haciendo comida, pero aun así, se dirigió hacia la cocina.

Entre más cerca estaba, podía escuchar una voz tararear al ritmo de música jazz. La melodía era relajante y la luz cálida que escapaba de la cocina iluminaba parte del pasillo.

En cuanto Abbacchio se asomó, notó la silueta de Bruno dándole la espalda mientras parecía mezclar algo dentro de un tazón. La situación era casi doméstica, tan diferente a la tensión habitual con la que solía desempeñar sus actividades.

"¿Bruno? ¿Qué haces aquí tan tarde...?"

Su pregunta fue interrumpida abruptamente.

"Llegas justo a tiempo para cenar, Leone" dijo Bruno, dándose la vuelta.

Abbacchio se quedó paralizado al verlo. En lugar de sus ojos claros y compasivos, Bruno tenía dos grandes botones negros y brillantes. La superficie pulida de aquellos ojos artificiales reflejaba la luz de la cocina, creando un brillo profundo y llamativo.

"T-tú no eres Bruno. Él no tiene ojos de..."

"¿Botones?" terminó la frase por él, riendo con gracia. "¿Te gustan?" con un dedo dio dos toques al botón para señalarlo y entonces dijo. "Soy tu otro Bruno, tontuelo."

Leone retrocedió un paso. Este Bruno no era el Capo estresado por la restauración de una organización criminal; este Bruno vestía un delantal impecable y lo esperaba con una sonrisa que no escondía ninguna preocupación.

Su postura era relajada y su presencia desprendía una calma acojedora.

"Tu Bruno está lidiando con problemas que no mereces cargar."

El «otro» Bruno se acercó, acariciándole la mejilla con dedos fríos pero suaves. El contacto hizo que Abbacchio contuviera la respiración, sorprendido por la familiaridad del gesto.

"Aquí no existen los problemas, ni tampoco recibimos llamadas de la organización. Solo estamos nosotros."

Leone miró la mesa: solo había dos platos. No estaba Giorno, ni el resto del equipo. Solo el ambiente que tanto había anhelado para tener la atención total del hombre que amaba.

Tanto la iluminación cálida, como el aroma de la comida despertaba recuerdos de momentos que rara vez habían podido compartir.

Por un segundo, el brillo de los botones le pareció más reconfortante que la mirada cansada del Bruno real.

Abbacchio miró que este Bruno cocinó para él y parecía mirarlo con devoción, lo que el Bruno real no hacía todo el tiempo. El momento parecía creado a partir de sus deseos y de todo aquello que había imaginado en la soledad cuando Bruno pasaba horas fuera.

Este Bruno era demasiado perfecto.

"Puedes quedarte aquí para siempre" prometió el «otro» Bruno, sacando de su bolsillo un pequeño estuche de costura con una aguja de plata y un par de botones negros. "Solo hay un pequeño detalle para que seas parte de este mundo y vivamos en esta paz eterna donde todo mi amor y atención serán solo tuyos... Debes dejarte coser los ojos del botón."

Leone observó la cajita y su contenido, y en lo único que pensó fue que este «otro» Bruno era demasiado perfecto.