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Si la vida fuese fácil para los shifters, Luke se quedaría en un solo lugar por toda su vida. No la ciudad, de eso esta seguro. Los autos y en general el ruido a todas horas son demasiados para sus sentidos, añadiendo a eso la poca si no nula posibilidad de cambiar a su pantera sin que nadie llame a protección de animales o peor decida terminar con su vida. Recordaba que hacía unos años una amable viejita había sacado un rifle al verlo entrar en su casa una noche, por poco y dice adiós. Esa era solo una de las razones por las cuales apenas tuvo todo ordenado compró una hacienda en Redwook Creek una preciosa villa digna de una película de los ochenta y muchos bosques profundos símbolo de California, perfecto para pasar por otro gato de gran tamaño.
Sus vecinos estaban los suficientemente lejos de la casa como para que una viejecita le disparase otra vez, y las tierras eran perfectas para sembrar toda clase de vegetales, por no hablar de animales de granja y sus posibles productos. Había una sensación que llenaba su cuerpo cada vez que pensaba en mudarse a su nueva casa y permanecer ahí por algunos años, la misma sensación que tuvo cuando su familia inmigró a Estados Unidos hacía unas décadas, la misma sensación como cuando se toma un té en un día de otoño o una sopa caliente en invierno.
Luke peinó sus rizos fuera de su frente, y sonrió mirando los hombres de la mudanza. La mayoría de sus muebles iba a ser donados y unos pocos de gran valor serían puestos en su nueva morada. Extrañaría la cafetería y el restaurante, las largas conversaciones con Darla sobre historia y los postres de Anne de camino al trabajo. Disfrutó ser publicista por los casi tres años que lo hizo, sus conocimientos en varios ámbitos le dieron no solo una pasantía, pero también un trabajo de tiempo completo.
Un ladrido le sacó de sus pensamientos y vio cómo su pastor alemán corría de un lado al otro “monitoreando” a los de la mudanza, Rex había sido un caso tan complejo que nadie daba nada por él. Curiosamente él no solo le dio su cariño y tiempo si no una cantidad grande de dinero para que él tuviese la mejor atención posible y creciese sin ninguna señal de maltrato. Si había algo que Luke no soportaba era el maltrato animal, por eso su granja sería mas un refugio que un negocio como tal. Aun recuerda cuando vio al pequeño cachorro en una esquina del refugio en el que era voluntario, no era nada más que un puñado de huesos y piel que ante cualquier toque lloraba con mucha angustia, según Melvin el dueño del lugar, la bolita fue encontrada en una bolsa de basura a las afueras de la parte residencial desnutrida y con rastros de abuso físico. Luke había jurado casi al borde de las lágrimas ayudar al cachorro y eso hizo, brindó anónimamente dinero al refugio y cuidó de él hasta que tuvo luz verde para llevarlo a su casa. Curiosamente desde entonces Rex se quedó a su lado y desarrolló un complejo sobreprotector que no cambió una vez vio su pantera. Esa historia había sido todo un caso de pánico de su parte y de babas de parte de Rex.
Hablando de recuerdos, se acuerda cómo su hermana mayor conoció a su “ātmán” o su respiración, la chica era una preciosura con su largo cabello rubio. Los shifters tienen su otra mitad o alma gemela, no siempre es otro shifter, pero siempre va a ser la persona que complemente perfectamente su ser. Sharon era básicamente todo lo que su hermana no era, y viceversa; tanto así que cuando su cuñada se dio cuenta del mundo sobrenatural lo tomó tan bien que simplemente empezó a llamar a su hermana todos los apodos relacionados con felinos. Y tomar ventajas sobre el hecho de envejecer lentamente.
Pensó en esa mirada que ambas tenían en las reuniones familiares, suave llena de amor y complicidad, él quería eso, pero también sabía que encontrar su “ātmán” era muy poco posible y más si cabía que éste fuese humano. Sintió pasos cerca suyo y descubrió al de la mudanza listo para que firmase los papeles y estuviese mas cerca de su sueño californiano, luego de una firma y un gracias los camiones emprendieron su camino. Y él quedó con sus maletas, el auto y un perro hambriento, pero con menos cosas en la lista de tareas por hacer.
Axil disfrutó del sol que se ocultaba por la colina, hacía un año que se había instalado en Redwook Creek para hacerse cargo de las tierras que le pertenecían a su familia. Y por ende a su madre; sus abuelos maternos no estaban ya en condiciones de hacerse cargo de las responsabilidades de una granja por lo que sus tíos y tías decidieron mandarlos en un plan de retiro anticipado y a vivir cerca de su madre. Entre sus primos, él fue quien dio un paso al frente para mudarse a un pueblo pequeño, abrir su deseado restaurante y hacerse cargo de la granja. No por decir que era casi el único soltero que no tenia una razón por la cual negarse.
Aun recuerda los veranos en casa de los abuelos ayudando tanto en la cocina como en los sembradíos, curiosamente nadie nunca de su familia materna fue conservadora en su forma de pensar, eso era algo de lo que se enorgullecía porque cuando salió del closet nadie dijo nada más que las típicas bromas de conseguirle un novio y su abuela se concentró en enseñarle a cocinar para impresionar a su futuro novio, su versión de 15 años amó ese cariño y su versión de 30 años lo lleva tatuado en el corazón. Por eso cuando decidió convertirse en chef profesional su abuela le contó las noticias a todas sus amigas y su abuelo sonrió recordándole llevar siempre la humildad como capa. Por otro lado, nunca supo bien porqué su madre se casó con su padre, él no sabía mucho de la historia de ambos, pero sí del final, en donde Mr. Dragos había salido por la puerta a sus 16 años renegando de su hijo “afeminado” que se iba a quemar en las profundidades del infierno y no supo qué más disparates. Por lo mismo no dudo mucho en tomar la batuta por sus queridos abuelos y devolver la confianza que ellos le dieron en los peores momentos.
Redwook Creek era un pueblo pequeño y pintoresco, con varias granjas y bosques densos llenos de árboles demasiado altos como para ver su fin. Axil amaba eso también, ir y caminar por los senderos los domingos en la mañana antes de bajar al pueblo para la feria. Curiosamente apenas tuvo un pie en el pueblo todos los habitantes demostraron lo cercanos que eran y el buen nombre de sus abuelos; quienes trabajaban para sus abuelos vieron que no perderían su trabajo, por el contrario, Axil se encargó de contratar a varios jóvenes que buscaban ahorrar para la universidad dándole un aire nuevo a la graja, por no decir de varias otras personas para su restaurante.
Un pequeño pero hermoso lugar en la calle principal del pueblo, cerca de la estación de bomberos y policía, cuando lo compró se aseguró de que fuese céntrico; era un edificio de dos plantas de madera con acabados lujosos como las ventanas amplias de vidrio que daban un vistazo dentro del establecimiento. Y los amplios corredores techados en donde las mesas se veían perfectas de mañana y noche brindando el perfecto balance entre familiar y acogedor, una pizarra con el menú del día escrito con tizas saludaba a los comensales al inicio del restaurante. Estaba orgulloso de lo lejos que había llegado el lugar en solo un año de abierto. No por mencionar que muchas fiestas o reuniones el pueblo eran celebradas en su restaurante.
Lo único que haría que su rutinaria vida tuviese la cantidad necesaria de caos sería un amante; alguien con quien pasar los domingos caminando por los senderos, con quien probar recetas por las noches y en las mañanas salir a respirar el aire montañoso mientras disfrutan un café. Eso sería una utopía digna de una película de Hollywood, pero sería ese compañero abierto para mudarse a un pueblo en medio de montañas y valles con pocos empleos. Soñar no costaba nada.
Lo único nuevo en el pueblo era que la vieja granja McAdams había sido comprada por un hombre relativamente joven. Habría sido su sueño adquirirla, pero no sabría que hacer con el terreno y éste valía cada centavo que pedían por él. Rezaba que quien fuese el dueño de la propiedad no dejase sin trabajo a nadie y continuase con los sembradíos y los animales. Quizá debería de mostrar un poco de hospitalidad pueblerina y llevar una canasta de frutas a la puerta de su vecino. Para conocerle y dimensionar los cambios a los que el pequeño pueblo se vería enfrentado en poco tiempo.
— Debería cocinar algo también — murmuró en voz baja. Tocó su barba de dos días y sonrió, se estaba adelantando demasiado a las cosas como su madre diría; estaba construyendo castillos en el aire. Gracioso, pero bueno no tenía mucho que perder con solo llevar algo a quien sería su vecino por quién sabe cuánto tiempo.
Otra cosa que mejoraría su vida sería un perro, y no solo por el hecho de amar a los animales, pero también extrañaba tirar la pelota y tener una lengua bañando su cara todos los días a la salida del sol. Pero como una persona responsable sabía que no solo era asunto de querer tenerlo sino de cuidarle y él no podría con todas las responsabilidades que tenía al frente. Lastimosamente. Si algo había aprendido religiosamente de su abuelo, los granjeros del lugar y su gente era que una vez un animal entraba por la granja era tratado con sumo respeto y cuidado agradeciendo principalmente por los productos que les iba a dar, ya sea leche o huevos. Y el tener un perro o inclusive un gato sin ser responsable no era lo suyo, graciosamente una de las cosas que amaría hacer es manejar su camioneta y dejar a su perro sacar la cabeza por la ventana; típico de una película de Hollywood. Y hablando de su auto.
Su Chevrolet S10 High Country 2017 estaba parqueado atrás del restaurante en el mismo lugar de siempre cerca de la puerta de empleados, había sido gracioso adquirir un nuevo auto para las necesidades de la granja y restaurante, muchas de las verduras que crecían el la granja eran enviadas a la ciudad mas cercana para ser venidas en las ferias los fines de semana, algunas de ellas iban a la iglesia de la comunidad para quienes las necesitasen más, y otras que él mismo escogía eran transportadas a su restaurante por las mañanas cada dos días. Amaba esa camioneta, tenía la mezcla perfecta entre adulto responsable y locura en el campo.
Abrió la puerta de su camioneta y al sentarse en ella dio un profundo bostezo estirando sus hombros hacia atrás y adelante. Apenas era martes y ya estaba pensando en el jueves de experimentos, sonrió de lado recordando la curiosa oferta de Jane, una chica de unos 17 años que trabajaba como mesera los fines de semana y quien también tenía el sueño de ser chef, aunque iba más por la parte de pastelería y cocina internacional. Ella siempre iba a él con pequeñas notas que ella misma hacía en su tiempo libre y Axil debía notar que la chiquilla le recordaba a si mismo a esa edad; siempre curioso y deseoso de conocimientos. Por eso cuando ella entró un domingo antes de cerrar, llena de notas y le había propuesto quedarse un día para probar recetas nuevas o viejas dándoles un toque único, Axil no había podido ver casi ninguna parte negativa a la idea.
Gracias a esa propuesta de Jane, Axil se quedaba los jueves balanceando recetas nuevas como la lasaña de berenjena o los raviolis de espinacas; cualquier cosa que en un punto podría ir al menú.
— Al menos esto me da tiempo para planificar las recetas mejor.
