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Nadie sabia cómo ni por qué, pero en un mundo donde las almas gemelas eran algo real, todos los seres humanos, al cumplir diez años, recibían escrito en su piel el nombre de quien sería su alma gemela.
Shane lo había sabido desde siempre. Lo había visto en sus padres: el nombre de soltera de su madre está escrito en una letra cursiva y elegante en el costado derecho de su padre, justo bajo su última costilla. Siempre lo ha estado, desde que él puede recordar. Su madre, en cambio, tiene el nombre de su padre en una caligrafía mas tosca, parecida a las letras escritas en un documento oficial o en un ordenador. Está escrito de forma vertical, a lo largo de su tobillo izquierdo. La última erre de su apellido marcada justo encima de la protuberancia de su tibia.
Siempre le habían hablado de las almas gemelas como si fuese un cuento, suponía que porque era demasiado niño como para entender la seriedad del asunto. Tu alma gemela está en el mundo destinada a ti, no hay otra persona con la que puedas encajar igual. Shane sabía que sus padres se aman mucho, como también lo aman a él. Y él sabía que amará a su alma gemela, sea como sea. Porque será perfecta para él.
*
Ilya no sabía mucho sobre almas gemelas. Había visto a su madre maquillar un nombre extraño en su brazo incontables veces, hasta que desaparecía bajo una gruesa capa de maquillaje. Hasta que se volvía invisible, como si nunca hubiese estado allí. Siempre había sido un niño curioso, pero pronto aprendió que hay cosas que no debía preguntar. No está bien querer saber sobre los nombres en los cuerpos ajenos. No estaría bien mostrar su marca, cuando la obtenga. Ni decir su nombre en voz alta. Nunca había visto la marca en el cuerpo de su padre, aunque sabe que debe haber una. Su hermano, Andrei, recibió la suya hace un tiempo, pero Ilya tampoco la había visto ni sabía donde estaba ubicada. Así es como deben ser las cosas. El amor es una debilidad. Las almas gemelas lo son todavía mas. Un cuento, una fantasía. Algo antiguo y obsoleto.
Sin embargo, algunos días cuando el sol caía e Irina estaba de buen humor, se sentaba junto a la almohada de Ilya, pasaba los dedos entre sus rubios rizos y le contaba historias sobre almas gemelas. La veía a veces, como acariciaba suavemente la larga marca en su antebrazo, casi con reverencia, descubierta una vez se había aseado para dar el día por terminado. Y esas noches, cuando Ilya cerraba los ojos, se permitía creer. Se permitía soñar.
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El nueve de mayo de 2001, Shane Hollander se quedó despierto pasada su hora de dormir, inquieto. Estaba en la cama, donde debía estar después de que sus padres le hubiesen deseado buenas noches hace horas. Sus ojos no dejaban de volar a su mesita de noche, donde los números de su reloj digital brillaban en un verde radioactivo, no avanzando lo suficientemente rápido. 23.48. Doce minutos. En doce minutos el nombre de su alma gemela aparecería en su cuerpo. Shane no podía esperar.
Fijó su mirada en el techo, la luz de la luna iluminaba suficiente su cuarto como para que pudiese ver las decoraciones en sus paredes: una estantería alta llena de libros y trofeos, varios diplomas enmarcados, un póster con el logo de los Centauros de Ottawa, su equipo local. Algún día esperaba jugar en las grandes ligas, quizá llevando los colores de su hogar. Le encantaría eso.
Suspiró y giró la cabeza hacia su mesita de nuevo, su aliento atascándose en su garganta. 23.59. Un minuto. Un solo minuto. Cerró los ojos con fuerza, contando despacio los segundos. Ni siquiera había llegado a cuarenta cuando lo sintió: un ligero cosquilleo, como un pellizco suave y nada doloroso. Después, una sensación cálida. Abrió mucho los ojos, una lágrima solitaria escapando de su ojo derecho mientras se incorporaba, su mano volando bajo las sábanas hasta el interior de su muslo izquierdo, donde el calor había desaparecido, pero sabía que habría una marca. No cualquier marca: el nombre de su alma gemela.
Shane empujó las sábanas con ambas manos, moviéndose mas rápido que en su vida hasta el alfeizar de la ventana, donde la luz de la luna iluminaba lo suficiente como para que pudiese ver. Sus dedos temblorosos alzaron la tela de sus pantalones cortos hasta su ingle. La letra era tosca y desgarbada, pero perfectamente legible a los ansiosos ojos de Shane. Ilya Rozanov.
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El quince de junio de ese mismo año, a mas de siete mil kilómetros de distancia, un joven Ilya era sacudido de entre sus sueños por las manos suaves pero firmes de su madre. - Vamos Ilyusha, despierta.
Ilya abrió los ojos, todavía desorientado. La luz en la habitación era cálida, la pequeña lámpara en su mesita de noche encendida iluminando de forma tenue el ambiente. Se frotó los ojos, parpadeando por el sueño. La ventana todavía estaba oscura, señal de que era demasiado temprano.
Antes de que pudiese darse cuenta, su madre estaba revisando sus brazos y su rostro, sus ojos atentos a cualquier cambio. El corazón de Ilya saltó un latido, de pronto muy despierto. Sabía lo que su madre está buscando, su propia marca todavía visible en su antebrazo, ligeramente cubierta por su bata de dormir. Por un momento, Ilya no pudo dejar de observarla, sabiendo que el nombre que estaba escrito en la piel de su madre era de un hombre que no era su padre.
De pronto, las manos de su madre se detuvieron y pudo oírla contener el aliento. Los ojos de Ilya abandonaron el antebrazo de su madre para subir hasta sus ojos, pero estos no estaban en él como solían estarlo. Siguió su mirada de vuelta hacia abajo, donde las manos de su madre sujetaban firmemente su mano derecha. Enseguida lo vio. En el lateral izquierdo de su dedo anular, desde la unión entre sus dedos hasta el principio de su uña. Una letra redondeada y pulcra, definitivamente bonita: Shane Hollander.
