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Hace un tiempo, las personas sabían la verdad sobre los seres que habitaban el mundo. Criaturas llenas de magia y poder, veneradas por algunos y temidas por muchos. Con el paso de los años, se convirtieron en leyendas. Se dice que desaparecieron en la oscuridad, ocultándose de quienes comenzaron a cazarlos. Otros simplemente olvidaron que alguna vez existieron, y ahora solo sobreviven como historias fantásticas o relatos de terror.
Una vez, alguien sabio me dijo que las historias suelen tergiversarse para convertir en monstruos a quienes son diferentes.
Pero dime...
¿Serías capaz de confiar en el lobo si siempre te dijeron que era el villano?
¿Y si el leñador fue el verdadero culpable?
¿Y si el dragón protegía a la princesa del mundo y lo mataron solo por ser más fuerte?
Quizá muchas de nuestras leyendas están incompletas.
Hay una, sin embargo, en la que quiero creer con todo mi ser: la de los compañeros destinados. El destino no pregunta, no negocia. Simplemente une. Y cuando encuentras a la persona indicada, todo en ti lo reconoce... aunque tardes en aceptarlo.
En mi caso, soy la compañera de un lobo.
Dicen que la compañera del lobo es como la luna.
Que él aúlla solo para ella, profesándole su amor.
Que ella impide que se pierda en la oscuridad de la noche.
Que el lobo corre bajo su luz, ligado a ella por algo más fuerte que la voluntad.
Un amor incondicional.
Ser la compañera de un lobo significa desear, con todas tus fuerzas, ser luz cuando la oscuridad intenta reclamarlo.
Y si alguna vez él corre hacia la noche,
yo correré hacia él.
Porque, así como él vendría por mí...
yo siempre iré por él.
No importa que tan lejos estemos el uno del otro...
