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Donovan POV
“Y CON ESO CONCLUYE LA PARTICIPACIÓN DEL MEXICANO, DONOVAN CARRILLO, EN ESTOS JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO MILÁN-CORTINA 2026”.
El presentador deportivo enumeraba cada etapa de su participación en la justa olímpica invernal. Donovan escuchaba su propia historia desde la pantalla del teléfono, la voz ajena diseccionando cada salto y giro con una precisión casi quirúrgica.
Su nombre repetido una y otra vez.
Recordaba el frío.
Recordaba cómo las luces del estadio lo cegaban apenas entró al centro de la pista.
Verlo ahora —desde fuera— le producía una sensación extraña.
Como si estuviera observando a un hombre distinto.
“RECORDEMOS QUE ES EL PRIMER PATINADOR OLÍMPICO OMEGA EN LA HISTORIA DEL PAÍS Y EL PRIMERO EN REPRESENTARNOS EN 30 AÑOS, DESDE LA PARTICIPACIÓN DE…”
La mención de su segundo género le provocó una sensación incómoda en el estómago. La palabra siempre llegaba antes que su nombre. No era atleta. No era finalista. Era un omega. Siempre sería visto así.
Quitó el video antes de que el presentador dijera algo más.
Ser el primer patinador artístico en unos Juegos Olímpicos en 30 años no había sido suficiente. Lograrlo por segunda vez solo avivaba el escrutinio.
Se decía a sí mismo que ya no le afectaba.
A veces era verdad.
A veces no.
Decidido a no arruinar la noche tras sus buenos resultados en el programa, abrió Instagram para despejarse.
Pasaban de las 2:00 a.m. y el sueño no llegaba. Aún podía sentir la adrenalina corriéndole bajo la piel.
Deslizaba la aplicación sin buscar nada en particular, hasta que un mensaje lo hizo detenerse.
“Mira quién te estaba viendo mientras hacías tu rutina”.
El video cargó.
Ilia Malinin observando con atención su rutina desde una pantalla, en lo que parecía uno de los cuartos de entrenamiento cercanos a la pista.
Los comentaristas repasaban sus logros:
“Campeón mundial, campeón nacional, el favorito de todos para ganar. La camiseta ‘QuadGod’ lo dice todo”.
Donovan se removió en la cama al escuchar esa última frase.
El video terminó.
El silencio regresó.
Salió de la aplicación y dejó el celular en la mesa de noche.
La imagen de Ilia observándolo no dejaba de resonar en su mente. Luego vinieron los recuerdos.
Lo había conocido años atrás: el cachorro alfa de 18 años señalado por todos como la próxima promesa del patinaje.
Cuatro años después, el mundo lo había cargado con expectativas demasiado altas.
Donovan había seguido de cerca su carrera —como inspiración—, se decía a sí mismo.
El programa libre se le había ido de las manos. El octavo lugar le dejó una sensación amarga en el pecho.
El mensaje que publicó poco después fue breve:
“Un mal día no borra quién eres en el hielo.”
Sin menciones.
Sin etiquetas.
Nada más.
No vio que el estadounidense había visto su historia casi de inmediato.
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Ilia POV
Ilia no podía dejar de ver la repetición. Cada error.
Desde los primeros segundos estaba claro que algo iba mal.
Todos lo habían notado.
“8° LUGAR DEL CAMPEÓN MUNDIAL ILIA MALININ”.
“DESASTROZA PRESENTACIÓN DE ILIA MALININ EN EL PROGRAMA LIBRE”.
“ILIA MALININ PIERDE EL ORO EN EL PROGRAMA LIBRE DE PATINAJE ARTÍSTICO VARONIL”.
“DECLARACIONES DE MALININ DESPUÉS DE PERDER EL ORO EN EL PROGRAMA LIBRE INDIVIDUAL”.
Cada titular era peor que el anterior.
El odio le llegó en avalancha.
Sí. Su reacción no había sido la mejor. Había dicho cosas de más, creyendo que nadie lo escuchaba. Que nadie lo veía.
Había felicitado a Mikhail.
Fue un buen perdedor.
Y aun así, recibía odio.
Recordó cómo, tras escuchar la puntuación, había abandonado la pista sin más. Pidió su teléfono con voz tensa y se encerró en los baños de la arena.
En el trayecto se cruzó con compañeros. Nadie dijo nada.
Pero en sus miradas estaba todo.
Lástima.
Se encerró en uno de los cubículos y encendió el dispositivo. Las notificaciones explotaban en la pantalla.
Una resaltó entre todas.
“Ve esto.”
Un mensaje privado.
Un enlace de Instagram.
Lo abrió.
Donovan.
Ilia lo leyó una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Detuvo la historia con el dedo para que no avanzara.
El aire abandonó sus pulmones por un segundo que se sintió eterno.
Donovan lo apoyaba.
Algo cálido comenzó a expandirse en su pecho.
Una sonrisa casi imperceptible se formó en su rostro.
Apoyó la cabeza contra la pared del cubículo.
Su aroma salió a flote tras el estrés: menta fresca y cedro. Más intenso de lo habitual. Fuerte, pero no abrumador. Vulnerable.
Lo envolvió.
Fue reconfortante.
Hasta que la realidad lo golpeó.
No podía sentirse así.
No por otro hombre.
Aunque fuera omega.
La menta se volvió más fría en su propia nariz, casi cortante. El cedro perdió suavidad.
El aroma se disipó con rapidez, dejando solo el recuerdo.
“No es correcto…” murmuró.
Apagó el teléfono.
Se puso de pie.
Salió del cubículo y se apoyó en el lavabo, mirándose fijamente al espejo.
Ojos enrojecidos. Lágrimas contenidas.
Demasiado vulnerable.
Abrió la llave del agua y se lavó el rostro una y otra vez.
“Respira. Compórtate. Control.”
Cerró el grifo. Tomó papel para secarse.
Cuando levantó la vista de nuevo, solo quedaba un rastro mínimo de su derrota.
Lo suficiente para aparentar.
Salió del baño y regresó con su equipo para la ceremonia de medallas.
Aplaudió.
Sonrió cuando debía.
Y cuando todo terminó, volvió directamente a su habitación en la villa olímpica.
Solo.
