Work Text:
Pocas veces en su vida ha dicho que se arrepiente. Esta no es una de ellas.
Cuando Kaito era un niño, siempre tuvo la libertad de hacer lo que quisiera: trepaba árboles, jugaba con las palomas y miraba a su padre trabajar aunque no entendiera nada. No recuerda que alguna vez le negaran algo. No recuerda algún «No», pero siempre había un «Kaito» antes de una prohibición. Siempre hubo palabras suaves antes de que lo convencieran de algo. Así que, tal vez, esa fue la razón por la que a Kaito se le hizo tan sencillo decir «Sí» ante cada petición.
Cuando su padre le enseñó magia, Kaito supo que la amaba en cuanto vio una sonrisa orgullosa en su cara. Supo que quería ver esa alegría en el rostro de todos en cuanto dominó su primer truco.
Kaito sintió su libertad hasta que su padre murió y no supo qué hacer con ella. Entonces se dio cuenta de que ella tenía barrotes y no alas.
Pero él creció e ideó su propio modo de volar y fue libre. Sin embargo, un ave adiestrada siempre volvería a su jaula en cuanto la llamaran. Porque no sirve de nada tener plumas si nunca se deja el suelo.
Aunque Kaito nunca lo vio de ese modo. Se cubrió los ojos cuando descubrió el alter ego de su padre, y dijo «Sí» cuando tuvo que hacerlo. Pero luego descubrió que sus alas podían hacerlo volar aun si estaban heridas. Kaito fue KID y encontró su camino al perderse en el de Shinichi. Descubrió el mundo en sus ojos y fue feliz.
Kudō Shinichi había entrado en su vida como cae un chubasco en un día soleado; de forma inesperada y demasiado fuerte, pero nunca para durar.
A Kaito le hubiera gustado que fuera una lluvia torrencial o una llovizna; que se quedara, o que fuera apenas una caricia. Hubiera sido mejor que no lo notara.
Pero Shinichi siempre ha hecho lo que quiere. Y a Kaito no le fue difícil acoplarse. Después de todo, Kaito tenía paraguas.
Mas aun así se empapó.
Y Kaito siempre había creído que Shinichi era libre; que llovía cuando debía llover y soleaba cuando debía solear. Pero la primera vez que lo vio nublado, Kaito no supo si necesitaba el paraguas o la sombrilla.
Y lo siguiente que dijo nunca lo ha hecho arrepentirse:
—¿Eres feliz, Kudō? —Shinichi lo miró con ese porte decaído que ha llevado desde que tomó el antídoto. Demasiado pensativo, demasiado ausente. Y en medio de su titubeo, Kaito creyó ver un poco de lluvia.
Pero fue extraño, porque después de eso, lo que Kaito necesitó fue la sombrilla.
—Por supuesto que lo soy. ¿Por qué no lo sería, KID?
—No te veo sonreír.
Aunque Shinichi también era como una estrella fugaz: era hermoso de ver, pero sólo venía cada cierto tiempo. Eso era lo que lo hacía tan especial. Pero no cumplía deseos. Pese a que caía, siempre tenía un cielo al cual volver. Ahí siempre era soleado, una estrella grande. Abajo, con Kaito, era como un chubasco.
Kudō Shinichi era demasiadas cosas juntas; en cambio, Kaito sólo era Kaitō KID para él.
Si fuera una estrella fugaz, sólo caería; si fuera lluvia, sería llovizna; si fuera una presencia, sería fantasma.
Sigue ahí, pero no es importante.
Aún así, Kaito quería quedarse.
Pero luego llegó el punto álgido de su propósito; vino con una suave brisa, una luna llena y una lágrima caída. Después llovió y Kaito sólo llevaba su traje.
Kaito tuvo que despedirse de KID y no fue tan doloroso como alguna vez consideró que sería. Fue como despedirse de papá otra vez. Kaito llovió y pasó mucho tiempo antes de que saliera el sol. Mamá estuvo aliviada y él también. Sin embargo, aún había algo que lo molestaba:
Kaito aún no se había despedido. En realidad, no sabía cómo hacerlo.
Kaito había perdido mucho antes de siquiera saber cómo despedirse de ello. Así que cuando tuvo que decir adiós, el único rostro que apareció en su mente fue el de Shinichi.
Y así empezó la noche que nunca olvidaría.
Recuerda la suave brisa de ese día, el silencio y la sonrisa en su rostro. Shinichi tenía un ligero temblor en el cuerpo al entrar en la azotea. «Tal vez tiene frío», pensó. También recuerda haber pensado en que no había traído paraguas ni sombrilla. Cuando el detective alzó la mirada, lo saludó con un asentimiento y se alejó de la puerta para ir con él. Era una de esas pocas veces en que no le veía su sonrisa torcida ni un intento por parecer sol.
Kaito recuerda haber pensado que Shinichi parecía necesitar un respiro, así que lo sentó a su lado y no dijo mucho; sólo levantó la vista para mirar la luna. Supuso que después se enteraría de lo que sea que lo estuviera molestando, porque no sería la primera vez que estaba callado a su lado. Normalmente, Kaito es quien llena los silencios así. Pero hoy no. No sabe por qué. Quizás fue porque la presencia cálida del detective a su lado le recordó a un día nublado en el que hay mucho calor, de ese que anuncia huracanes en algún lugar del mar. O tal vez fue porque pensó en que este era un silencio diferente; que, esta vez, Kaito no quería llenar nada sino ser sincero y quitarse la máscara. Porque él no sabe despedirse; tampoco quiere hacerlo.
Así que sólo tarareó un rato, pensando en las palabras que diría después. Cuando Shinichi se removió en su lugar y se alejó, Kaito habló:
—Es una noche muy bonita, ¿no crees? —murmuró. No sabe porqué su voz no salió tan emocionada como él se sentía. Quizás fue porque no dijo: «Al fin pude despedirme de papá». O porque realmente no quería hacerlo.
Tal vez fue porque, en realidad, no se había dado cuenta de lo difícil que era ser sincero.
Shinichi parecía ensimismado y Kaito pensó: «No traje paraguas, pero está bien si ambos nos empapamos».
—¿En serio? —Shinichi levantó la mirada al cielo. Su voz era suave y monótona. Kaito dijo «Sí». El detective asintió efusivamente, como si estuviera asimilando las palabras. Estaba demasiado cansado, demasiado abrumado. «Muchas nubes, muchas nubes». Giró la cabeza hacia KID, pero no lo miró a los ojos ni hubo emoción en su voz cuando murmuró—: Es muy bonita.
—¿Estás bien? —Kaito nunca ha tratado a Kudō como alguien frágil, no cree que lo sea. No lo compararía con la porcelana, ni con el cristal. Pero se atreve a decir que Shinichi pareció agrietarse un poco después de esa pregunta—. Lo que quiero decir es-
—Pienso.
Kaito alzó ambas cejas. Luego sonrió de buen humor.
—¿En que ya eres lo suficientemente alto como para subir a la montaña rusa?
El cuerpo de Shinichi se movió y sus ojos encontraron los suyos. Kaito tenía esa facilidad para hacerlo reír. Y sin que el detective se diera cuenta, resopló una risa.
—No en eso. —Se despejó un poco y Kaito vio un rayo de sol antes de que volviera a esconderse.
Shinichi le mantuvo la mirada un instante antes de apartarla. Siempre había tenido el ligero pensamiento de que KID era peligroso. No del tipo al que estaba acostumbrado, sino uno para el que no estaba preparado.
Kaitō KID era como esa brisa que te sacude y se lleva tu sombrero o tu paraguas; lo que te despeina, lo que te empapa. Aquello que crees que no deja huella, pero en lo que no paras de pensar el resto del día.
Shinichi también cree que es como esa calma en el agua que permite que te veas; aunque también es el oleaje que choca contra el puerto en época de huracanes.
Él calma y emociona.
A Shinichi le gusta.
Tal vez le gusta demasiado.
Con él, nunca sabe que esperar.
Pero eso está bien, porque Shinichi aprendió a confiar en él. Aprendió que es demasiado sencillo creer en él.
Está bien porque Shinichi no usa sombrero, no le importa despeinarse un poco y no le molesta la lluvia. Está bien con la calma y con la turbulencia.
—Tengo muchas otras cosas en que pensar —murmura sin mirarlo, porque hoy no cree poder lidiar con la calma ni con la turbulencia. «Traje sombrilla, no soples demasiado fuerte».
—Siempre estás pensando, pero no siempre sonríes. —KID sí lo hace. Shinichi se da cuenta de que siempre lo hace. Pocas veces le ha visto un ceño fruncido o alguna nube. Pero siempre hace viento—. No pareces contento por volver a ser tu yo grande, a eso me refiero.
—Y tú pareces demasiado contento de ser un criminal mundialmente buscado. —Shinichi le sonríe burlonamente. KID se cubre la boca y ahoga una carcajada que le parece ensayada.
Aunque KID también es como una montaña: le nieva, le llueve y le ventea, pero nunca se mueve ni se inmuta. Shinichi no sabe escalar hasta donde se precipita. Nunca ve las nubes que provocan lluvias. Siempre ve al sol asomándose desde lo alto; le brilla en la cara mientras Shinichi se encuentra en lo bajo.
KID es un puño cerrado que esconde algo. Shinichi jamás pudo descubrir qué ni abrir el puño.
Kaitō KID era muchas cosas juntas; en cambio, Shinichi sólo era el detective Kudō para él.
Si fuera una brisa, sería un suspiro; si fuera agua, un charco; si fuera una presencia, una palma extendida.
Sigue ahí, pero no es importante.
Sin embargo, Shinichi no debería quedarse.
Desgraciadamente, Kudō Shinichi tiene demasiado en que pensar.
Piensa en que el cielo está demasiado solo hoy; no hay estrellas, sólo la luna.
—No contestaste mi pregunta, detective. —Usa ese tono juguetón que vuelve todo más ligero.
KID nunca presiona, ventea. Ventea mucho. Shinichi nunca tiene la fuerza suficiente para sostener su paraguas.
—Lo estoy. —Tal vez Shinichi está demasiado distraído en una noche tan bonita como esta, porque KID alza una ceja como si esperara más que eso. Shinichi suspira con una sonrisa resignada—. Estoy feliz de ser yo mismo otra vez. Conan era el problema, pero ahora todo está bien.
También solea mucho, pero no de esa manera sofocante y dolorosa, sino la que anuncia primaveras. Quizás es por eso que Shinichi nunca asegura su sombrero cuando está con él.
Probablemente el tono de Shinichi fue demasiado ambiguo, porque KID lo interpretó como una broma. El detective no lo miró cuando el ladrón le sonrió de manera jovial.
—Conan también eres tú, detective —dice con esa simpleza y elegancia que lo caracteriza. «Ventea, ventea mucho». Shinichi se aferra a su sombrilla. Y el mago suspira como si lamentara un suceso—. Extrañaré al pequeño tú correteando detrás de mí ahora que yo...
Su voz se corta, como si quisiera agregar más, pero Shinichi ignora ese detalle.
—Nunca quise ser Conan —espeta, como si quisiera defenderse de una acusación que nunca pasó. KID se tensa a su lado y se gira a mirarlo. «Inmutable, como siempre».
—Lo entiendo —dice compasivamente. Cuando lo sopesa, Kaito cree que lo justo sería abrirse un poco más en esta noche tan bonita, pues, después de esto, le gustaría decir: «Hallé Pandora, me voy a retirar». Shinichi le diría que eso es algo bueno y, cuando menos se lo espere, Kaito abriría su puño para él. «Sería bueno encontrarnos en igualdad de condiciones, sin disfraces».
Kaito no puede predecir lo que ocurriría después, tal vez Shinichi solearía o se mantendría igual. Lo cierto es que Kaito se acoplaría. Después de esto, seguramente el detective se iría hacia el cielo que lo espera y él se quedaría aquí entre la noche.
—Ser Kaitō KID tampoco es muy divertido cuando hay armas reales de por medio. —A Kaito lo sacude un escalofrío y luego se ríe.
Shinichi rueda los ojos con esa cariñosa exasperación que siempre le provoca, pero luego hay nubes. «Parece lluvia. No traje paraguas».
—Nada es divertido cuando terminas lastimando a otros —murmura mirando al cielo. «Hay nubes, muchas nubes». Kaito alza la mirada también.
—¿Esto es por la señorita Ran?
Kaito contiene el «¿Se pelearon?» con el que le gustaría bromear —en otras circunstancias, lo haría—, porque Shinichi hace una mueca cuando menciona su nombre.
—¿El qué?
—Que haya nubes...
—¿Qué nubes? —Shinichi se endereza y se gira hacia él. Kaito no hace lo mismo.
—Hoy no pareces feliz, detective.
«Ventea, ventea mucho».
—Estoy cansado, eso es todo. —Hace un vago gesto y se abraza las piernas. Esta es una noche muy bonita como para que llueva. Shinichi recuerda que KID se quedó callado, tal vez quería darle espacio o sólo no le importaba hablar. Shinichi quiere creer que fue lo último. Así que tomó su turno de llenar el silencio—. Trabajé desde muy temprano, ¿sabes?
—¿Otro caso de asesinato?
—Otro caso de asesinato, sí. —Se ríe y le da un vistazo a KID, quien ya lo estaba mirando. «No se mueve, no se inmuta». Shinichi quisiera saber si su sonrisa es tan genuina como lo es la suya. Le gustaría que no—. Ran se molestó un poco porque se suponía que íbamos a almorzar juntos, pero llegué tarde y ella tuvo que irse a encontrar con un cliente. Luego tuve que escribir el informe atrasado de un caso de hace dos días, después me reuní con el inspector Nakamori, resolví tu nota y ahora estoy aquí...
Kaitō KID hizo un sonido contemplativo, como si buscara algo más entre sus palabras. Shinichi se remueve en su sitio y se relame los labios. «¿Qué hay de ti, qué me dices tú?». Shinichi no puede decir nada de eso, porque no sería justo para Ran que a él le interesase más el día de KID que el de ella; que anhele noches como esta más que cualquier otra cosa.
—¿Eso es lo que te tiene triste?
Shinichi se tensa y la sombrilla casi se le escapa de las manos.
—No, no es eso... —murmura y piensa: «No, de verdad que no». Porque, si Shinichi recuerda un poco la voz decepcionada de Ran durante aquella llamada de teléfono, sólo puede recordar que se sintió un poco culpable y frustrado consigo mismo, pero nada más.
Tal vez sería mezquino decir que estaba muy acostumbrado a fallarle. Si Shinichi hubiera asistido al almuerzo, no habría cumplido el informe a tiempo, no se habría reunido con Nakamori y no estaría aquí. Si Shinichi no hubiera ansiado tanto verlo hoy, no habría necesitado el paraguas.
—Sólo pienso... —Su ceño se frunce y luego aparta la mirada. Kaito piensa en que su expresión se parece mucho a la que tuvo él cuando no pudo despedirse de papá.
—¿En la señorita Ran?
Shinichi asiente efusivamente y su voz suena frágil cuando susurra:
—Pienso en que mi vida hubiera sido mejor si nunca hubiera sido Conan.
Kaito asiente aunque Shinichi no lo esté mirando. Él también piensa eso a veces: «Si Pandora no hubiera existido, no hubiera existido Kaitō KID y no se hubiera ido papá». Pero luego piensa en lo mucho que perdería: «Si no hubiera existido Kaitō KID, no habría conocido a Shinichi». Tampoco hubiera salido de su jaula ni conseguido alas. Kaito cree que ser Kaitō KID fue tan importante como ser Kuroba Kaito, incluso si eso significó aprender a despedirse.
Y Kaito también se había nublado, pero nunca había llovido. Papá le enseñó a controlar esas cosas. Pero existían las noches en que lloviznó, lloviznó mucho y prolongadamente, hasta que la tierra olía a petricor y regresaba el sol. Kaito cree que es una de esas noches para Shinichi y piensa que está bien no haber llevado paraguas, que se empapen los dos.
Nunca pensó en la posibilidad de que Shinichi sí supiera despedirse.
—Si no me hubiera convertido en Conan, no hubiera hecho esperar a Ran, ni la hubiera puesto triste. —Hay arrepentimiento en su voz. Kaito recuerda a Aoko, en el cómo la lastimó sin querer hacerlo. También piensa en cómo las cosas se fueron torciendo hasta que se distanciaron. Shinichi mira el cielo y su voz se quiebra—. No habría tenido que pasar seis años de mi vida fingiendo ser un niño de siete años. No tendría que haber vuelto a ser Kudō Shinichi, porque nunca habría tenido que ser Edogawa Conan. Si Conan no hubiera existido, entonces yo no me habría-
Shinichi se calla cuando mira a KID.
Por su lado, Kaito piensa en lo que llegó después: en las disculpas, las palabras bonitas, los abrazos y las despedidas a un amor que nunca pudo ser. Ahí fue cuando Kaito se hizo bueno en las bienvenidas. Piensa en las miradas de Shinichi, en su sonrisa y sus palabras. Piensa en que nunca se han abrazado, ni entrelazado sus manos. Piensa en que le gustaría tenerlo así durante mucho tiempo. Piensa en que desearía que fuera una lluvia torrencial. Piensa en que le gustaría que fueran amigos. Piensa en que estaría bien confiarle todo lo que no le ha dicho. Piensa en que quiere que sea muy feliz. Piensa en que extraña su sonrisa sincera. Piensa en que sus ojos son muy bonitos como lo es esta noche. Piensa en cómo Shinichi lo está mirando ahora mismo: como si le estuviera provocando un dolor horrible. Y hay muchas nubes, muchas nubes.
El amor siempre pareció un poco complicado para Shinichi; no era lógico ni racional. La única manera en que Shinichi sabía que estaba ahí era por el sudor en sus manos, una mirada demasiado larga, un sonrojo y una risa nerviosa. Shinichi siempre miró al cielo y pensó en Ran. Pensó en la calidez de su abrazo, en el contacto de sus manos, sus sonrisas y sonrojos. Pero luego pensó en sus sonrisas tensas, en la evasión de sus ojos y en el frío de su tacto. Pensó en las citas perdidas, en que había más llamadas que visitas. Pensó en sus lágrimas y en su tristeza. Ahí fue cuando Shinichi se dio cuenta de la facilidad con que la hería. Había pensado que podría arreglarlo. Pero entonces piensa en KID y en la manera en que nota su presencia incluso antes de que sus ojos lo encuentren.
Piensa en sus palabras, en su toque, en su sonrisa confiada y en su calidez. Piensa en que le gusta estar con él. Piensa en que no se esconde cuando están juntos. Piensa en que le gustaría quedarse aquí para siempre. Piensa en que le gustaría abrazarlo. Piensa en que le gustaría tocar su rostro y sus manos. Piensa en cómo su corazón se emociona cuando lo mira. Piensa en lo mucho que lo extraña cuando termina el día. Piensa en que le gustaría decirle que se quede. Piensa en lo mucho que lo buscan sus ojos cuando sale de casa. Piensa en el sudor en sus manos. Piensa en los sonrojos que le provoca tenerlo a un lado. Piensa en lo feliz que se siente cuando habla de él. Y piensa en lo mucho que le está fallando a Ran por sentir esto.
Piensa en que es una noche demasiado bonita como para que empiece a llover. Piensa en que hoy hace mucho viento, mucho viento.
Piensa en que no quiere causar daño. Piensa en que, si no sintiera esto, entonces tal vez sabría amar a Ran. Piensa en que ahora, cuando mira el cielo, lo ve a él y a nadie más. Piensa en que, si no hubiera sido Conan, nunca habría descubierto lo mucho que podía amarlo.
—Habría sido mucho más feliz entonces... —susurra.
Shinichi piensa en que esta es una de las pocas veces en que no ve sonreír a KID. «No se mueve, no se inmuta». Le gustaría saber si puede sentir algo de su dolor. Le gustaría que no. Seguramente es un no.
Pocas veces en su vida ha dicho que se arrepiente. Esta es una de ellas.
Cuando Shinichi era un niño, siempre tuvo la libertad de hacer lo que quisiera: leía hasta la noche, descifraba misterios y miraba a su padre trabajar aunque no entendiera nada. No recuerda que alguna vez le negaran algo. Aunque sí recuerda estar obligado a hacer cosas que no quería. Siempre había un «Shin-chan» antes de una petición que más bien parecía sentencia. Así que, tal vez, esa fue la razón por la que Shinichi aprendió a decir «No».
Shinichi supo que la libertad era algo imprescindible para un detective cuando resolvió su primer misterio. Supo que nunca podría vivir sin esas alas y su cielo.
Shinichi sintió esa libertad hasta que se convirtió en Conan y no pudo recuperarla cuando quiso.
Pero un ave salvaje nunca podría acostumbrarse a una jaula cuando ya había probado el cielo. Así que Shinichi continuó su camino y se aferró al recuerdo de cómo era el mundo fuera de esos barrotes.
Mas nunca creyó que llegaría a encariñarse con ese otro cielo y esa jaula. No creyó que se enamoraría de otro horizonte ni que traicionaría al cielo que alguna vez añoró.
Porque Shinichi había usado la llave y abierto la puerta, pero aún así se había quedado ahí dentro. Miraba el cielo y lo encontraba a él. El mundo de allá afuera no era tan cálido ahora. En realidad, sólo era demasiado solitario para un ave como él. Porque no tenía idea de cómo volar si llovía y no venteaba.
Lo cierto era que, si Conan ya no estaba, Shinichi no tenía una excusa para seguir amándolo.
Porque esa vida ya no era la suya, nunca debió existir. Lo que tenía ahora era un deber con ese cielo al que prometió volver. Shinichi tenía alas, debía usarlas.
Kudō Shinichi se dio cuenta, con gran dolor, de que Conan fue el error que lo llevó a amar a Kaitō KID. El detective tenía que dejar esa jaula para recuperar la libertad. Incluso si era difícil, tenía que aprender a volar otra vez. Aun si era lejos de ese cielo que tanto empezó a amar.
Lo cierto es que las aves no existían para estar en cautiverio. Y Edogawa Conan nunca existió para suplantar a Shinichi.
«Parece que lloverá. No traje paraguas».
—No quiero seguir pensando en el pasado —murmura mientras se aferra a su sombrilla—. Edogawa Conan debería quedarse ahí. Eso es lo mejor...
—¿Eso es lo que crees? —Kaito murmura suavemente.
Siempre creyó que Shinichi era libre; nunca pensó que vivía enjaulado. Entonces se le ocurrió —de la manera más ridícula— que, si lo que Shinichi quería era volar, Kaito podría llevarlo con él, al menos hasta que recordara cómo hacerlo por su cuenta. Kaito no había comprendido en su totalidad las implicaciones de sus palabras. Sólo pensó: «Me gustaría poder quedarme contigo un rato más antes de tener que irme. Pero no importa, con suerte, tal vez te vea mañana». No se dio cuenta sino hasta que vio su puño cerrado sobre su rodilla, que esta conversación era el huracán.
—Lo es para mí, yo... —Shinichi huye de su mirada, resulta que ni la sombrilla ni el paraguas hacen mucho contra una tormenta. «Ventea, ventea mucho». A Kaito le llega un presentimiento que no le gusta y le gustaría interrumpirlo, le gustaría decirle que puede contar con él en esto también. Pero Shinichi se le adelanta y termina de llover demasiado pronto—. Quiero concentrarme en mi futuro. No quiero cargar más con el pasado y tú... —Shinichi lo mira con ese porte decaído que a Kaito no le gusta. «No se mueve, no se inmuta». Kaito se endereza en su lugar y se siente débil cuando Kudō dice—: Tú eres parte de eso, KID...
A Kaito se le estremece el cuerpo en una noche bonita como esta. La luna, como siempre, es su único testigo cuando se derrumba, incluso si él no llora y sólo tiene esa máscara que papá le enseñó que tenía que vestir.
—Shinichi, ¿hablas en serio? —murmullo.
No sabe por qué su voz no salió tan rota como él se sentía. Quizá fue porque no dijo: «Me despedí de papá, pero no quería despedirme de ti». O porque realmente no quería hacerlo.
En cambio, Shinichi parece inquieto.
—Lo lamento mucho, es que yo... —farfulla.
Cuando Kaito evita su mirada, a Shinichi le parece que es la primera vez que la montaña tiembla.
—¿Serías feliz entonces, Kudō? —A Kudō se le corta la respiración, porque no sabe la respuesta. Le gustaría que sí. Seguramente es un sí.
Shinichi no contesta, pero Kaito asiente.
Y fue por capricho —o porque, en el fondo, sabía que lo necesitaba— que Kaito extendió una mano y le tocó la mejilla. Piensa en que quería un abrazo. Piensa en que preferiría no dejarlo. Pero Kaito siempre supo que esta estrella no cumplía deseos y que en algún momento, después de caer, debía volver a donde pertenecía; su lugar no era ahí con él en el suelo, sino ahí arriba con Ran. Aún así, le hubiera gustado que fuera un chubasco más largo. Le hubiera gustado poder hacer algo más que sonreírle como siempre.
—Ten una buena vida, detective —susurra.
Cuando se separa de él, ni siquiera lo mira una última vez, porque un ave adiestrada siempre volvía a su jaula en cuanto la llamaban. Y Kuroba Kaito sabía, con gran dolor, que no lo querían de regreso.
Desgraciadamente, para el detective Kudō, Kaitō KID era uno de los barrotes de la jaula que no lo dejaban ser libre en su cielo. Así que cuando Shinichi quiso irse, Kaito dijo «Sí».
Y Kudō Shinichi tuvo que decir «No» a seguir amándolo.
