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—¿Cuál es tu mayor arrepentimiento?
Aquella pregunta llega a sus oídos en el instante que escapa de los labios de su acompañante en aquel bar: Hattori Heiji, su gran y fiel amigo. Sin embargo, no les haya sentido sino hasta que termina de un sorbo su vaso de whisky. Frunce el ceño, apenas algo achispado por el alcohol, y mira a Heiji, que no se ve muy sobrio.
Así que ya es plática de borrachos.
No es como si Kudō no supiera manejarlas. Tampoco es costumbre acompañar a beber a nadie, él no acostumbra beber. Por petición de Ran, alguna vez habrá ido con Kogorō, pero cuando se quedó dormido sobre la barra, sin indicios de querer despertar, se prometió que nunca volvería a salir a beber con nadie.
Pero, claro, siempre hay excepciones.
Así que si Hattori aún es capaz de entonar correctamente las palabras, significa que aún no está tan fuera de sus sentidos. Lo que significa que Kudō, tal vez, haga un esfuerzo por responder y no quedarse callado como siempre.
Shinichi acomoda su cabeza sobre su palma y suspira. Desliza un dedo sobre el borde de su vaso y finge sopesar su respuesta (como si no la supiera). Es una noche relativamente tranquila, la música suave que sale de las bocinas del establecimiento genera un ambiente agradable para los grupos y parejas que beben absortos en sus propias burbujas.
Él podría hacer lo mismo: venir a beber con un amigo, mientras bromean sobre su trabajo (pero no hay muchos chistes suficientemente respetuosos para hacer sobre asesinatos), quejarse de la vida (de eso Shinichi tiene mucho) y hablar de sus parejas (que es lo que hace Hattori siempre que vienen). Pero no, Shinichi está aquí para escuchar los mismos problemas maritales de Hattori y supervisar que no se meta en problemas, en tanto, ignorando sus propios problemas, como suele hacer. Y por ahora, atender sus disparates de borracho, porque es con lo único que realmente quiere lidar ahora mismo.
¿Qué otra opción tiene de todos modos?
Son dos hombres de veinticinco años que trabajan como reconocidos detectives. Desde que regresó a su cuerpo normal y Conan pasó a ser cosa del pasado, se juntó con Ran y se mudaron juntos. Recuerda que los padres de ambos se sorprendieron mucho cuando no hablaron de boda cuando hablaron de la mudanza, pero tampoco insistieron. En cambio, Hattori lleva dos años de casados con su amiga de la infancia, Tomaya Kazuha, donde mantienen un matrimonio demasiado dinámico desde entonces. Si serán completamente infelices, no lo sabe, y puede también poco importarle, puesto que Heiji no suele quejarse en voz alta cuando se pelean y Kazuha no está ahí para escucharlo, sólo suelta ciertas cosas que carecen de coherencia cuando está bebiendo. Luego vuelven, hablan y las cosas se arreglan milagrosamente.
Y le da algo de envidia, de alguna manera. No es su relación soñada; sin embargo, quisiera entender cómo se llega al punto en que está el hombre a su lado. ¿Qué es eso que parece atar a la pareja al otro? ¿Sortear las dificultades y seguir felices pese a todo?
Es ridículo el punto en donde desea comprender la gran conexión de la que padecen, porque ni siquiera suena razonable. Sabe de boca de Hattori y Tomaya que ambos se aman, que se tienen una gran confianza y que ambos son explosivos; hacen un gran escándalo por un malentendido, se dan un respiro del otro, para luego volver y arreglarse.
Son tan volátiles que ha aprendido a acoplarse a ellos. No podría ser por más molesto lidiar con problemas que no le pertenecen, mas no hay otra persona a la que Heiji recurra para cuidarlo mientras trata de emborracharse que no sea él.
Es tan complicado para Shinichi realmente comprender lo que pasa por la mente de los demás.
No obstante, da igual si hoy Hattori y Kazuha volvieron a pelear, si fue antier, ayer, o si siquiera están peleados entre sí. Shinichi bien sabe que no es por Heiji que están aquí, nunca es por eso. Lo piensa mientras uno de los encargados de la barra le rellena su vaso por primera vez desde que han llegado. Kudō alza la mirada apenas para ver la sonrisa de ojos cerrados que le da. Shinichi se encoge de hombros para agradecer, ligeramente avergonzado por razones que no comprende y regresa su atención a su vaso. Shinichi no es muy tolerante al alcohol y es consciente de que todo sería más fácil si sólo se emborrachara, entonces la plática de borrachos sería más llevadera.
Pero nunca lo hace. Nunca cede. Esto es lo más que ha bebido desde que esta rutina empezó.
Porque Kudō puede fingir que no se ha dado cuenta, que acompaña a Hattori hasta este lejano lugar sólo para asegurarse de que no termine vomitado en algún solitario callejón y que no es porque la única persona con problemas en casa de los dos es él. Que no está escapando del desconocido y sombrío lugar que se ha vuelto su hogar.
Y Hattori también puede fingir que no sabe que Shinichi se ha dado cuenta.
Fingir que Kudō no aprovecha sus invitaciones para huir de Ran y de lo que se supone que se está esforzando por recuperar. Porque ese es un desastre que Shinichi no tiene mucho interés por arreglar. Tampoco tiene interés en que alguien lo haga en su lugar. Kudō es así y Heiji hace lo que puede por hacerle entender que está para lo que necesite.
Kudō lo agradece con silencio, así ha sido desde la primera vez que le pidió que lo acompañara a beber. Nunca conversan. Siempre es la voz de Hattori llenando los espacios. Cuando no lo hace, Shinichi se entristece, no por el alcohol, sino por los recuerdos de cierta voz que solía acompañar a la suya cuando necesitaba hablar.
¿Su mayor arrepentimiento?
Shinichi cree que fue el mentirle a Ran por tanto tiempo. Haber insistido en que aguardara por su regreso, mientras pretendía que no era su propio miedo por la soledad el que le impedía ser considerado con ella y el amor que le profesaba, el que se suponía que él correspondía. Fue cierto que su situación como Conan puso al límite su mente y cordura, pero ya no es capaz de refugiarse detrás de ese hecho que nadie quiere negar. Sabe que lo arruinó porque dependió demasiado de la imagen de la amorosa chica que lo esperaba pese a todas sus mentiras. Se culpa todas las noches por haberla privado de conocer a alguien mejor sólo porque necesitaba algo seguro a lo cual aferrarse. Se arrepiente de haber sido tan necio y querer comprobar su innata capacidad de lograr lo que ni la policía podía.
Cuánto tiempo no le robó a la dulce Ran.
¿Qué tan sencillo hubiera sido contar la verdad?
Lo cierto es que también tuvo miedo. Lo aterrador se fundía en cada parte de su cuerpo ante la expectativa de ser encontrado por la Organización de Negro y no ser capaz de defenderse. Lo desconocido, por primera vez, lo hizo sentirse tan impotente a comparación de cuando estaba en una escena del crimen, donde sabía que no le podían causar daño por estar rodeado de oficiales.
Sin percatarse, era un cobarde.
Quería huir para protegerse y no iba a ningún lado. Corría sin rumbo y en círculos porque no sabía de dónde provenía aquel peligro que no lo dejaba dormir. Escapaba de una silueta oscura y por eso sólo quería caminar en la luz. ¿Se sentía seguro? Tal vez. Se convenció de que con su nueva apariencia podría andar tranquilamente por las calles, pero fue un iluso al pensar que recabar información de aquella gente misteriosa era algo de unos cuantos días o semanas.
«Llevo aquí tres días y aún no sé nada de esos hombres de negro»
Todo un niño. La ironía le carcome el orgullo, mas no hace nada por pararlo, tampoco puede.
Se compadeció de él mismo todo el tiempo, pero nunca dejó de equivocarse y, al más mínimo atisbo de salvación, le confió todas sus esperanzas. Pensó que su amor por Ran lo había estado cegando a través de aquellas vías sin sentido a las que voluntariamente se había lanzado, donde tantas veces ansió poder volver a consumir el antídoto para poder verla, pero no fue así.
Sólo fue un recurso para engañarse con que pronto todo sería igual, porque llegó el punto desesperante donde sólo quería llorar, donde quería gritarle a alguien que le diera la oportunidad de cambiar ese día. Donde quería no haberse ido, porque así no se estaría arrepintiendo tanto y no tendría tantas cosas dándole vueltas a su cabeza para convencerse de que el aferrarse a esa figura de blanco fue un error.
«¿Eres feliz, Kudō?»
Que cada noche a su lado, fue una gran equivocacion.
—¿Cuál fue? —Heiji repite una vez más, agitando una mano frente a la cara meditabunda de Shinichi.
Él da un pequeño respingo en su lugar y parpadea. Por el ceño fruncido de su compañero, infiere que se ha ausentado del intento de conversación más de lo estimado. Suspira y desvía la mirada.
—Dime, Hattori, ¿alguna vez has asesinado a alguien? —murmura con melancolía, mirando cualquier cosa a través de la gran ventana que da a las afueras del bar.
—¡Buuuh, Kudō! —Se queja en voz alta y Shinichi da un pequeño brinco en su asiento. Se gira a mirar a Hattori—. No intentes ese truco conmigo. —Lo apunta acusatoriamente, mientras el aludido alza una ceja.
Shinichi mira a un costado, donde el barman limpia una copa con un trapo, dedicándole un poco de su atención a Heiji, seguramente preparándose para intervenir en caso de que sea algún tipo de ebrio problemático. Kudō se vuelve a girar hacia su compañero.
—Pues... Ya sabes que ese es uno de mis mayores arrepentimientos —murmura, alzándose de hombros. Shinichi no le halla sentido a sincerarse con un borracho y, si está en él evitarlo, no lo haría incluso con un sobrio. Entonces Heiji se exaspera y se empina su vaso de cerveza—. Oye, modérate, tonto —se apresura a decir, extiende una mano para detenerlo, pero Heiji ya ha llegado al fondo de su bebida. Kudō niega con resignación.
—Ran y tú no están bien —suelta de repente, limpiándose lo poco de la cerveza que se escurre por su boca con la manga de su abrigo, reclamándole como un niño que sabe los problemas por los que sus padres pasan en su matrimonio. Shinichi se tensa con la mirada fija en su propio vaso—. Kazuha me lo dijo.
Kudō presiona los labios con fuerza, se traga cualquier respuesta. Está algo molesto por el hecho, porque quería mantener eso en secreto, aunque para cualquier persona cercana podría ser obvio que con Ran no todo era color de rosa. Pero eso es algo que sólo deberían saber Ran y él. Aún así, no lo menciona, porque se da cuenta de que si Kazuha se lo ha dicho tan directamente a su esposo, es porque fue Ran quien se lo ha contado a su amiga. Se aferra a su vaso con fuerza, mientras siente cómo ese dolor tan conocido le dificulta respirar.
Se siente como la mala persona en la que se ha convertido, porque parece que todo lo que alguna vez tuvo se ha desmoronado desde que volvió a ser Kudō Shinichi. Es tan miserable que no ha logrado poner en orden nada de su vida después de tantos años.
Porque no importa cuánto lo intente, ni cuánto lo haga Ran, todo se siente tan diferente a lo que alguna vez tuvieron.
Estar a su lado se ha vuelto un completo martirio desde que se obligaron a estar juntos, porque le hace pensar que lo que busca es recuperar algo que aún debería latir en su interior, mas en el fondo sabe que ya no existe.
Ambos lo saben. Está seguro de que ella también lo hace.
Sabe que se han sumergido ante la habitualidad del otro, acostumbrado a cada particularidad y aprendido a vivir con eso. Se vuelve insoportable porque ninguno busca mostrarle algo nuevo al otro. No es un tipo de convivencia amena en donde Shinichi sabe porqué Ran podría estar de malhumor e intenta animarla, o en donde Ran sabe qué tiene tan estresado a Shinichi y busca ayudarlo; ambos saben qué tiene el otro y sólo se van, se dejan, se apartan.
Esperan a que el otro lo resuelva, porque así ha empezado a ser.
Y Shinichi quiere dejarla ir por fin, porque desea dejar de sentirse como la pesada ancla que le impide a Ran avanzar; la jaula que la mantiene presa; o las cadenas que la inmovilizan. Quiere volver a ser para ella lo que la hace avanzar, seguir sus sueños y ser feliz. Empero, sabe que ya no es posible si se mantiene a su lado como su pareja, tampoco lo anhela más.
Pero se vuelve increíblemente difícil cuando parece que Ran no está dispuesta a dejarlo y él tampoco a ella, porque es consciente de que, en cuanto se dejen, será para siempre. Shinichi ya no quiere seguir aferrándose a ella, sabe que no está bien; él ha vuelto y ya nada lo persigue para lastimarlo y, por mal que suene, ya no necesita aferrarse a ella para estar bien, ya no. Pero reconocer que después de Ran no hay nada más, le aterra.
Porque se sorprende a sí mismo siendo el hombre tan solitario del que se presumía que sería si Ran no estaba con él. No está anhelando su amor, sino la compañía.
Y está seguro de que eso es lo que siempre ha querido, la garantía fehaciente de que hay alguien que lo espera y añora.
Alguien que le preocupa que libre un caso, que confía plenamente en él y que no le causa conflicto el que sea un detective intrépido con un fuerte sentido de la justicia.
Kudō nunca había tenido tanto miedo de quedarse solo. No sabía lo que se sentía estar verdaderamente solo cuando ella siempre estuvo ahí. Siempre, aún cuando él decía que nadie lo acompañaba.
Shinichi no sabe cómo manejar el frío, no cuando sólo conoce el calor.
Y, tal vez, Ran cree que va a quemarse si no tiene a nadie con quien compartir esa calidez.
Quizás ella no lo suelta porque esa dulce chica que le teme a los fantasmas aún espera que Shinichi la salve. Aún espera que él encuentre la manera de recuperar lo que perdieron. Lo que Ran no sabe es que él se ha convertido en un hombre cobarde y que no es más ese niño intrépido que conoció en el jardín.
Porque, de algún modo, Shinichi también ha comenzado a temerle a los fantasmas.
—¿No se supone que estás borracho? —Evade la pregunta, como lo ha estado haciendo desde siempre. Corre, huye y finge que sigue siendo el detective que acorrala a los demás. Pretende ser el valiente cuando sólo es el cobarde.
—¿Te arrepientes de volver a ser Kudō Shinichi? —Hattori lo dice con una seriedad que sorprende a Kudō y lo deja sin palabras—. Haibara se quedó pequeña para tener un mejor comienzo. Es raro, porque parece una adolescente, pero actúa como una adulta. Sin embargo, ella es feliz así —Hattori mira el fondo de su vaso, arrastrando las últimas palabras. Shinichi aún no sabe qué decir—. ¿Crees que si siguieras siendo Conan, tú también serías más feliz?
La respiración de Shinichi se siente pesada, siente que el poco alcohol que ha bebido se le sube a la cabeza. O quizás sólo es el cansancio de todas esas noches sin dormir bien, cuando se quedaba a leer en la biblioteca, o revisando expedientes, todo con tal de no encontrar a Ran despierta en el dormitorio que comparten. No sabe. Sólo sabe que la cabeza y el pecho le pesan. Tampoco sabe cómo reúne la fuerza para responder.
—Haibara y yo somos distintos, Hattori.
—Lo sé...
—Ser Conan sería perder mucho de mi vida como Shinichi —murmura mientras se aferra a su vaso lleno con ambas manos.
No bebe más y el líquido se estremece como se le estremece el cuerpo y la mente. ¿Cuándo se convirtió en este desastre? Escapar, eso tampoco lo dijo, porque Conan también se volvió un escape, una opción cuando Shinichi no era necesario. Fue una salida que no tiene más el valor de usar.
—También perdiste tu vida como Conan —replicó Hattori, pensativo—. Cuando te conocí, ya tenías amigos y una vida como un niño de-
—¡No, no tenía nada! —La voz se le escapa y ni se da cuenta de la manera en que cierra los ojos con fuerza.
Cuando los abre, sólo ve su reflejo borroso en un vaso que le prometió ayudarlo a olvidar, pero que sólo lo atormenta. Kudō no mira a Hattori. Suelta una risa amarga y no voltea.
—Me la pasaba frustrado todo el tiempo, sólo quería acabar la investigación lo más rápido posible. Odiaba ser Conan, sentirme pequeño y darle los créditos de mis deducciones a otros. Luego todo empezó a ser tan asfixiante, porque todo el control que hacía sobre mi vida como Shinichi no servía en la de Conan. Ser Conan era... —Shinichi se calla un momento y se da cuenta de que su reflejo en su bebida es aún más borroso, se divide y muta en algo que no reconoce. Su respiración es acelerada y ruidosa.
Cálmate, cálmate.
«Respira, detective, respira...».
Inhala y trata de relajar los dedos que se aferran a su vaso. Exhala y se sienta un poco más derecho en su asiento. El alcohol lo altera, eso debe ser. Kudō se va a recomponer. Hattori no lo va a recordar.
«Cuenta las estrellas conmigo y cálmate. Son demasiadas, ¿sabes? No pretendo apresurarte».
Shinichi solloza con una sonrisa triste y se lleva una mano al rostro para evitar las lágrimas que le pican los ojos. Se siente acorralado mientras intenta tranquilizarse. No quiere mirar a Hattori. No quiere que nadie lo vea.
—Ser Conan era un castigo —Apenas logró alzar la mirada cuando la voz se le ahoga.
Shinichi lo odia. Odia cuando son los ojos los que se salvan de ahogarse, porque le quitan el poder sobre lo único que siempre había podido controlar. Su mirada baja de nuevo y luego sube para concentrarse en el hombro derecho de Hattori. Le cuesta volver a despegar los labios, pero lo hace.
—Era un castigo, pero también era una oportunidad, porque me dí cuenta de que... me había obligado a crecer demasiado rápido...
Su atención vagó hacia la cara de Heiji, quien parecía preocupado por sus disparates. Shinichi sintió la boca seca y se enderezó en su lugar, sostuvo su vaso con una mano, pero no bebió. Tampoco miró su reflejo. Frunce el ceño por esos lejanos días que a veces aborrece y...
A veces añora.
Suspira y se peina el cabello hacia atrás.
—Permanecer como Conan sólo me recordaría el imbécil insensible que fui, ¿por qué querría quedarme así? Sería tomar algo mejor para abandonar el desastre que había dejado. Alejarme cuando debía estar cerca. No es lo mismo que con Haibara. —Se lleva una mano al pecho y se arruga la camisa—. No se suponía que yo tuviera esa opción. No tenía nada que expiar. Tenía mucho que cuidar como Shinichi. Ran estaba- —Se calló y sintió que todo a su alrededor se detenía abruptamente.
Había hablado de más.
—¿Ran estaba qué, Kudō? —insistió Hattori. En su voz se notaba que no lo dejaría pasar.
Shinichi tragó con dificultad y dudó.
—Ran... Ran estaba esperando por mí, mientras yo estaba... —Con él. Kudō le huye la mirada y juega con sus manos en su regazo. Tiene una vergüenza que lastima, pero es culpa suya. Sólo es culpa suya—. Lejos de ella...
Ah, sí. Él mintió.
Mintió más porque no era sólo la culpa por Ran lo que le dolía en el pecho, en el corazón.
Había una herida más que no quería compartir. Una que se une a su culpa como una gran bola de nieve que crece y crece.
Porque, si la menciona, duele con más culpa una traición.
El amor le duele más.
Porque Kudō ama. Ama tanto. Pero no ama a quien le debe amor y solo le queda una culpa que lo ahoga.
¿Por qué tiene que ser así?
Es un arrepentimiento que no lo deja descansar bien por las noches, cuando mira a través de la venta y la Luna lo observa, acusándolo. Viajan por su mente noches estrelladas, la brisa en su rostro, destellos de una capa blanca, una mano enguantada sobre la suya, otra en su mejilla, una rosa, un susurro y una sonrisa. Shinichi siente esa presión en el pecho, ese calor en las mejillas, pero también ese dolor. Una última caricia en el rostro, una sonrisa y un adiós.
«Ten una buena vida, detective».
Oh, un adiós.
¿Por qué no te puedo querer?
Una herida que no quiere tratar.
Una que prefiere que arda para nunca olvidar que sigue ahí.
Una que prefiere que sangre para que pueda recuperar algo de ese calor que tanto se niega.
«¿Eres feliz, Kudō?».
A Shinichi se le nubla la mirada y se lleva ambas manos al rostro para esconderse de esa voz que lo atormenta todas las noches antes de irse a dormir. Esa voz que alguna vez dialogó con la suya y que ahora sólo es un arrepentimiento más.
—¿Eres feliz, Kudō?
—¿Qué es lo que...? —Shinichi se tensa y levanta rápidamente la mirada. No puede evitar la desilusión que se desliza por su rostro al ver a Hattori sentado a su lado.
Su amigo lo mira atentamente, pero Shinichi se calla. De nuevo, como en tantas otras noches, Kudō le contesta con silencio. No cede, aunque Heiji insiste. Al final se rinde y suspira, después se da la vuelta y pide otra cerveza.
Shinichi también deja salir el aire que ya le pesaba en el pecho. Observa mientras el encargado le rellena su vaso a Hattori y después se acerca a él, justo cuando Heiji se gira en su silla para darle la espalda y atender una llamada.
—¿Prefiere tomar otra cosa, caballero? —pregunta cuando ve su vaso lleno.
—No, estoy bien con... —Shinichi se gira a verlo y siente que una lágrima traicionera cae por su mejilla cuando sus miradas se encuentran. Él se paraliza porque conoce esa voz.
Esa voz.
Pero no esos ojos.
No, no son los suyos.
El hombre alza ambas cejas por la impresión, pero se recupera rápido.
—Aquí tiene, caballero. —El hombre le sonríe con amabilidad mientras le ofrece un pañuelo.
Shinichi no aparta su mirada hasta que reacciona y la mano le tiembla apenas un poco cuando lo acepta. Se lo lleva al rostro para secarse, pero duda en devolverlo cuando nota la pequeña huella húmeda que quedó en la tela.
—Debo... —Kudō no cree que deba conservarlo, parece más bien un objeto personal, si las iniciales grabadas en una esquina le dicen algo, así que esconde la huella entre dobleces. Shinichi no lo mira cuando le extiende el pañuelo.
—No tiene por qué avergonzarse —La voz del hombre es suave cuando acepta su pañuelo de regreso—, es común ahogar las penas en alcohol.
—Gracias —murmura tardíamente, mientras le lanza una mirada a Hattori por el rabillo del ojo. Él está completamente ajeno a Kudō mientras parece librar una discusión susurrada con quien sea que esté al otro lado de la llamada—. Aún así, no es lo ideal hacerlo en público.
El trabajador ríe un poco.
—Aunque eso también es común. —Se alza de hombros y mira el vaso lleno de Kudō—. Nadie disfruta del público cuando se derrumba, pero, a veces, el estar acompañados nos ayuda a no sentirnos tan solos.
Shinichi siente que sus ojos se humedecen otra vez, apenas un poco. Mira esos apacibles ojos marrones, tan extraños y familiares al mismo tiempo, y asiente. Aunque no logra que la sonrisa le llegue a los ojos.
—Supongo que tienes razón...
El sujeto sonríe. Parece que es algo que se le da muy bien.
—Quédese tranquilo, las penas se irán. —Shinichi se muerde el labio mientras piensa qué responder. Antes de poder hacerlo, el hombre estira una mano y le toca la mejilla. Kudō deja de respirar—. Es de valientes soportar el dolor, pero lo es aún más dejarlo salir cuando ya no podemos con ello. —Su sonrisa se atenúa y se aparta—. Disfrute la noche.
El hombre se va, pero Shinichi sigue aturdido. Kudō mira su vaso otra vez: sigue lleno. Pero todo lo que está sintiendo debe ser por el alcohol, no por otra cosa. Sí, eso debe ser. Porque no puede ser que... Ni siquiera se atreve a mirar al barman otra vez.
Necesita irse. Aclarar su mente.
Aunque, quizá tenga razón, no estaría mal que se desahogue.
Pero se merece ese dolor.
Sacude la cabeza. Al menos ahora está más tranquilo. Se levanta decidido cuando se da cuenta de que Hattori está apunto de pedir otra cerveza. Shinichi ha tenido suficiente por hoy. Aún siente el toque sobre su mejilla y la mano le tiembla por sentir ese roce otra vez, para recuperar una sensación que creía perdida... olvidada.
Pero no, no está bien. Hace mucho que se prometió que no sucumbiría a eso. El pasado debe quedarse ahí.
«No quiero seguir pensando en el pasado. Edogawa Conan debería quedarse ahí. Eso es lo mejor...»
—Ey, Hattori, vamos, ya es tarde —avisa y al mismo tiempo revisa su reloj, antes de tomar a Hattori del brazo, quien parece un niño renuente a levantarse.
—Cárgame.
Shinichi hace una mueca y lo jala más fuerte.
—Dije que nos vamos —insiste.
—Ahg, por favor. Estoy cansado, no siento las piernas —se queja otra vez con la voz adormilada.
—¿Cansado? —repite, arrugando la nariz—. ¿De estar sentado durante tres horas mientras te ahogas en cerveza? —inquiere, sarcástico—. Sí, lo entiendo, has hecho un gran esfuerzo. Entonces me disculpo, te mereces que te trate como toda una princesita.
Contrario a lo que espera, un Hattori indignado que defiende que es capaz de caminar hasta afuera a esperar por un taxi que lo lleve a casa, este sólo asiente y alza los brazos hacia Shinichi.
—No lo decía en serio, mi lumbar no te soportaría
—Todos mienten. —Entonces Hattori deja caer su cara contra la barra con una expresión molesta y no vuelve a decir nada más. Kudō pone los ojos en blanco y lo vuelve a jalar del brazo—. ¡Nooo, Kudō, por favor!
—Maldita sea, Hattori —masculla con vergüenza—. Si no te callas ahora mismo, te juro que te saco de aquí y te abandono en un callejón para que te use de cama algún perro calleje-
—¡Auxilio, me secuestran! —Heiji grita. Shinichi entra en pánico cuando ve cómo algunas caras se giran para verlos.
—Eres un maldito, le diré a Tomaya y te vas a arrepentir por el resto de tu vida. No vuelvo a acompañarte a beber, borracho idiota.
—¿Necesita ayuda, caballero? —Shinichi da un respingo al oír la voz a sus espaldas y se da la vuelta para mirarlo. Ante la mirada de Kudō, que se parece a la de un ciervo deslumbrado por los faros de un auto, el hombre sonríe cordialmente—. Tranquilo, no es que sospeche que usted realmente planee secuestrarlo.
Shinichi se calla su comentario de que, sí, eso es lo que él diría si estuviera en una situación parecida en la que necesitara decir algo convincente para no alarmar a un posible secuestrador. En cambio, suelta a Hattori, quien se resbala del banquillo y cae sentado.
—Carajo, Kudō —balbucea mientras se aferra al banquillo como un pulpo y se soba el trasero.
—Te lo mereces —le sisea a su amigo, antes de mirar al encargado de la barra y sonreír profesionalmente, aunque se siente algo tímido después de que este mismo hombre lo hubiera visto llorar—. Siento mucho las molestias, como puede ver, mi... eh —Kudō mira a Hattori recostarse sobre el banquillo, presionando su estómago contra el asiento (como un imbécil) y provocando que la presión le dé arcadas. Shinichi cierra los ojos y cuenta hasta diez. Maldita sea, Kudō ni siquiera bebe, sólo toma café—. Bueno, mi muy tonto amigo está muy, demasiado, borracho y no sabe lo que dice. Le aseguro que no pretendo secuestrarlo. De hecho, si me disculpa, creo que está apunto de vomitar. Voy a llevarlo al baño.
—Le he dicho que le creo, señor —aseguró con voz sedosa, mirando mientras Kudō ayudaba a Heiji a ponerse de pie.
El barman echó una mirada a la barra y pareció comunicarle algo a alguien más con la mirada, Kudō no pudo verlo porque Hattori era como un peso muerto en su costado y estaba usando mucha concentración en no dejarlo caer cuando Hattori le eructó en la cara.
Shinichi frunció el ceño. La paciencia era una virtud para la que Shinichi no había hecho fila.
Justo en el momento en que trató de dar el primer paso, el otro hombre pareció reaccionar y tomó el otro brazo de Hattori. El peso se distribuyó y Kudō pudo respirar con alivio. Sin embargo, parecía que Hattori había olvidado cómo usar sus pies porque se tropezó con el segundo paso y se fue para abajo, haciendo que Kudō y el hombre chocaran sus cabezas.
Shinichi se quejó y apretó los ojos con fuerza mientras esperaba que el dolor se disipara. No podía llevarse una mano a la cabeza o tendría que soltar a Heiji. Y aunque eso sonara tentador, no se iba a desquitar con el trabajador que no había hecho nada más que ayudarlo.
—¡Mierda! Lo siento... —Kudō se disculpó en automático, pero se detuvo cuando oyó la risa suave del otro hombre.
Esa risa.
—Sí, da igual, así son los borrachos —le restó importancia con un gesto de cabeza y una suave sonrisa. Kudō sintió un indicio de sonrisa en su propio rostro antes de carraspear e ignorarlo.
Se mantuvo callado el resto del camino al baño. No obstante, de vez en vez, miraba a ese hombre por el rabillo del ojo: rostro perfilado, piel bronceada, ojos afiliados, cafés como su cabello revuelto y un pequeño lunar un poco más arriba de la comisura derecha de la boca.
Kudō suspiró. No era él.
Claro que no lo era.
Jamás... Jamás volvería a verlo.
—¿Eres más de los borrachos callados, hm? —Kudō alzó la mirada frente a las puertas de los baños. El hombre empujó la puerta con el costado y Shinichi lo siguió con cuidado, mientras Hattori seguía desvariando sobre quién sabe qué asunto—. ¿O también eres de los que vomitan? —murmuró a la ligera, entonces Shinichi alzó la mirada cuando se dio cuenta de que no había respondido ni siquiera la primera pregunta.
—¡Ah, perdona, estaba distraído, yo- —Kudō se interrumpió cuando Hattori le restregó una mano en la cara. Shinichi frunció el ceño y apartó su mano. Lo ayudó a entrar a un cubículo cuando le regresaron las náuseas—. Ahí, vomita ahí. —Heiji se acomodó en el suelo y le alzó el dedo pulgar sin mirarlo. Shinichi negó con cansancio. Entonces se sobresaltó y miró al otro hombre en la habitación—. Ah, bueno, yo no soy... —Carraspeó—. Yo no estoy borracho, así que...
—Eso es lo que diría un borracho —señaló con una sonrisa juguetona.
Shinichi se encogió de hombros y suspiró una risa. Le costaba muchísimo mantenerse cuerdo teniendo a este hombre tan cerca. Se llevó una mano al pecho, ignorando esa presencia fantasmal que suele atormentarlo en sus días más vulnerables.
Concéntrate, Shinichi, él no es...
Kudō miró al hombre que le sonreía despreocupadamente con ese porte altanero y elegante que conocía de otro lado. Ese hombre que se le hacía tan familiar. Desvió la mirada y jugó con los dedos de sus manos.
Él no era su KID.
Estaba apunto de responder algo con ese tono triste que tanto detestaba tener cuando el sonido del vómito de Hattori rompió el silencio en su lugar.
—Estoy bie- blrrrug —Heiji ya no pudo continuar.
Kudō frunció el ceño con desagrado. No podía tener un momento de paz con este sujeto. Nunca podía. Cuando Hattori recobrara la sobriedad, le diría todo a Tomaya y hasta inventaría una que otra cosa, nada demasiado escandaloso, para que lo llevara a alguna reunión de Alcohólicos Anónimos o algo igual de tedioso para que nunca le volviera a pedir a Shinichi el favor de cuidarlo en sus escapadas.
—¿Qué tan usual es que él-
—Nunca se había puesto así —Kudō se apresuró a aclarar; el eco de las arcadas de Hattori llenando los silencios breves.
Shinichi se estremeció una segunda vez. Escuchar a Hattori le estaba dando ganas de vomitar. Se giró hacia el otro hombre, que también parecía incómodo. ¿Por qué no se había ido aún? Kudō no sabía, quizás se estaba asegurando de que Hattori no ensuciara las paredes del baño o algo así. Se detuvo un momento para mirar el nombre que había en su placa: «Kuroba».
—Oye, ¿no querrías-
—Definitivamente —contestó acompañado de una risita nerviosa. Frunció el ceño ante otra arcada de Hattori. Antes de darse la vuelta para salir del baño, volvió a mirar a Shinichi, quien ya lo estaba siguiendo de cerca—. ¿Estará bien ahí solo?
Kudō lo pensó un momento. Realmente no tenía mucha experiencia con borrachos. El tío Kogorō solía beber mucho hasta desmayarse, pero nunca lo había visto vomitando de lo ebrio. Supuso que podría salir sólo un momento a tomar algo de aire que no estuviera, bueno, contaminado con olor a vómito, y luego volver.
—Estará bien por un rato —aseguró, ansioso de salir de ahí antes de que él mismo quisiera regresar todo lo que había almorzado.
Kuroba le detiene la puerta para que él salga primero y Shinichi murmura un agradecimiento. Pasa a su lado y vuelve a sentir esa familiaridad que ha intentado ignorar desde que llegaron, pero se vuelve demasiado difícil cuando sus ojos no dejan de seguir cada una de las acciones de Kuroba.
El hombre cierra la puerta de los baños y se encuentra con Shinichi mirándolo como si fuera alguna clase de acertijo que necesita resolver. Kuroba parpadea dos veces y sonríe con algo de incomodidad.
—Entonces yo-
—Muchas gracias —lo interrumpe Shinichi— por la ayuda, él no-
—¿No es muy tolerante al alcohol? —responde y se rasca la nuca—. No creí que quedaría así con unos cuantos vasos de cerveza.
—¿Unos cuantos? —murmura Kudō. Lo cierto es que estuvo tan sumergido en sus pensamientos que ni siquiera contó los vasos de cerveza de Hattori. Lo cual, como detective, era un grandísimo descuido.
El hombre pareció hacer memoria en medio de un tarareo.
—Sí, debieron ser unos cinco vasos, quizá —susurró distraídamente, antes de asentir y sonreír en dirección a Shinichi—. ¡Sí, fueron cinco! Yo se los serví, así que... —Las palabras fueron muriendo en su boca cuando se percató del aspecto ensimismado de Kudō—. ¿Está bien, caballero?
—¿Hace mucho que trabajas aquí? —Kudō ignoró la pregunta y también le sonrió amablemente. Kuroba dudó un momento, pero después suspiró con una resignación que intentó disimular.
—Unos tres años. —Asintió para sí mismo y se negó a mirar a Shinichi—. Creo que... —Carraspeó para recomponerse en su lugar. Ofreció una sonrisa amable y señaló la salida del pasillo—. Creo que debería ir a buscar algo de agua para su amigo —sugiere rápidamente y esquiva a Shinichi para irse.
—Tu mano —murmura Kudō con tono calmo.
—¿Cómo dice? —inquiere el empleado, mientras se detiene y se da la vuelta. Kudō lo mira con las cejas fruncidas.
—Tu mano —repite—. Tienes una quemadura en la mano.
Fue apenas visible, pero Shinichi se dio cuenta cuando el cuerpo del hombre se tensó. Kuroba bajó la mirada y se fijó en el costado derecho de su mano: había una mancha. Los hombros del hombre se relajaron.
—Oh, no es una quemadura —dijo con una sonrisa despreocupada y le mostró su mano—. Es una mancha de grasa. Las bisagras de la puerta abatible de la barra rechinaban mucho hoy. Debí haberme ensuciado cuando salí para ayudarle a cargar a su amigo.
—Debiste haberla subido con la izquierda.
Kuroba se quedó pensativo. Luego de un momento, se alzó de hombros.
—Quizás fue cuando la cerré. —Dio un paso hacia atrás para girar el cuerpo e irse.
—Pero te miraste la mano. —Kuroba se detuvo, pero no se giró otra vez—. Miraste el costado de tu mano derecha, aunque yo sólo podría haber mirado tu mano izquierda. —La sonrisa del hombre se desvaneció y le sostuvo la mirada a Kudō—. Miraste porque sí tienes una cicatriz ahí, ¿no es cierto? Te quemaste cuando rozaste una tubería caliente.
—Señor, no sé a qué-
—Quisiste entrar a la nueva mansión de Jirokichi-san por la puerta de servicio. Estaba oscuro y no viste las tuberías del boiler —Shinichi resopló una risa melancólica, aunque la emoción se marchitó demasiado pronto. Kudō bajó la mirada a la mano de Kuroba y murmuró—: Por eso miraste tu mano derecha y no creíste que hablaba de la izquierda, ¿o estoy equivocado, KID?
Kaitō KID no le respondió de inmediato y eso sólo inquietó a Shinichi. Él ya no tenía en el rostro esa sonrisa amable de antes; aunque no se atreviera a encararlo, sabía que su cara de póquer era otra. Era una cara en blanco que lo ponía inquieto. Y no porque no pudiera interpretarla, si no porque podía hacerlo.
Seguramente estaba molesto con él.
¿Lo estaba?
¿O lo odiaba?
Eso sería peor. Muchísimo peor.
—No te equivocas —Shinichi se estremeció cuando escuchó su voz. Era suave y serena. Sin embargo, no le brindaba la misma calidez que alguna vez le dio. Parecía frío y ajeno—. Has perdido tu toque, gran detective, ni siquiera me notaste al entrar.
Shinichi respiró profundamente antes de atreverse a mirarlo y, cuando lo hizo, se congeló. En su rostro no había enojo ni había odio.
No lo sabía... Por primera vez, Shinichi no sabía lo que había encontrado.
—¿Qué... —tartamudeó, sin saber qué debía decir ahora—. ¿Qué haces aquí?
A Kuroba no pareció importarle, porque volvió a sonreír, aunque no fue algo reconfortante.
—Pues trabajo aquí, detective.
—¿Trabajas... Trabajas aquí?
KID asintió y pareció iluminarse.
—Sí, el trabajo de KID no dejaba grandes ingresos, ¿sabes? —bromeó, pero Shinichi no se rio—. Este es el bar de un viejo amigo y, como seguro ya sabes, hace un tiempo que alcancé la edad suficiente para ayudar aquí.
—Ya... Ya veo.
Shinichi no entendía por qué no podía quedarse callado. ¿Por qué tuvo que enfrentarlo? Simplemente debió ignorar su presencia en el lugar como lo hizo antes. Había estado haciendo un buen trabajo.
«¿Eres feliz, Kudō?»
Pero todo fracasó. Todo se derrumbó en el instante en que se dejó envolver en la plática de Hattori. Shinichi sabía bien que si le contestaba, si continuaba su conversación, no podría seguirse engañando con la idea de estar ebrio.
«¿Por qué no lo sería, KID?»
Y, aún así, lo hizo. Está aquí, hablando con KID, forzando la conexión que alguna vez tuvieron, la cual él mismo terminó, porque es egoísta.
«No te veo sonreír».
Siempre lo es cuando se trata de él. Lo necesita. Necesita esto una última vez. Necesita saber que tomó la decisión correcta.
—¿Eres feliz? —Las palabras se le escapan y se oyen terriblemente tristes. Pocas veces en su vida logró borrarle a KID su sonrisa de la cara, pero helo aquí ahora, ya lo ha logrado dos veces seguidas. Kaito agudiza su mirada y a Shinichi ya se le acumulan las excusas en la garganta. Sin embargo, no se decide por ninguna—. ¿Lo eres?
Escucha cuando KID suspira, cansado. Shinichi siente un dolor en el pecho.
—¿Por qué sería infeliz, Kudō?
«Siempre estás pensando, pero... Ahora no pareces contento por volver a ser tu yo grande, a eso me refiero»
—No lo sé —dice sinceramente. Sabe, por la manera en que KID lo observa, que también quiere hacerle la misma pregunta, pero no lo hace, y Shinichi lo agradece profundamente. Si lo hiciera, Dios sabe que se derrumbaría ahí mismo—. Perdón por...
—¿Por qué? —KID insiste cuando Shinichi no continúa.
—Por no haberte notado antes al llegar... —Kudō se reprocha por su cobardía, porque hay muchas cosas por las que quiere disculparse, pero no tiene el valor para hacerlo. Seguro que KID lo nota por la manera en que desvía la mirada para no verlo.
«Lo estoy. Estoy feliz de ser yo mismo otra vez. Conan es el problema».
Su culpa vuelve, se expande y se enrosca en lo más profundo de su pecho. O quizás está en la superficie y por eso Shinichi siempre la ha sentido tan presente. Nunca ha podido esconderla. En cambio, la luce todos los días y simplemente es demasiado bueno para hacerla pasar por algo más.
«Conan también eres tú, Kudō».
—No esperaba que lo hicieras —KID responde, aunque luego refunfuña y se pasa una mano por el cabello. El movimiento es tan natural que a Shinichi le hace pensar que es su cabello real—. Bueno, quizás un poquito sí. Pero también sabía que podía ser que no. —Entonces su voz se amarga, pero no contra él—. Después de todo, eso fue lo que me dijiste, que dejarías todo lo relacionado con Conan en el pasado para enfocarte en el futuro.
«No quiero seguir pensando en el pasado. Edogawa Conan debería quedarse ahí. Eso es lo mejor...»
—KID, yo...
«¿Eso es lo que crees?»
—No hablemos de eso —interrumpe—. Lamento entrometerme en tu futuro, preferí esconderme, pero supongo que siempre terminamos así, ¿no? Tú dándote cuenta de mi increíble disfraz. —Suelta una risa forzada que se queda a medias al ver la cara de tristeza de Kudō. Kaito era tan débil ante esa cara. Tan débil a él—. Lleve a su amigo detective a casa, señor.
«Lo es para mí, yo... Quiero concentrarme en mi futuro. No quiero cargar más con el pasado y tú... Tú eres parte de eso, KID...»
—No, espera, es que yo...
—Vaya, con lo que dejé allí atrás, creo que puedo decir que estoy a tres vómitos de mi peso ideal, ¿eh? —Hattori salió del baño con tono jovial y dejó caer su brazo pesadamente sobre el hombro de Kudō.
Cuando se percató de la incomodidad en la cara de Kuroba al verlo llegar, volteó a mirar a Kudō, quien tenía una cara de angustia. Miró al otro hombre otra vez y luego a su amigo de nuevo. Se apartó lentamente, pensando en si debía irse por el pasillo o regresar al baño.
—Eh, ¿interrumpo? —murmuró con cuidado.
—¿De verdad tienes que irte ya? —Kudō ignoró a Hattori. KID volvió a mirarlo cuando lo escuchó hablar—. Es que yo, no sé, creí que... —Se lleva una mano al pelo y sorbe su nariz, ya siente las lágrimas en los ojos. Como un reflejo, KID da un paso al frente. Obligado, Shinichi lo retrocede. KID se detiene, en su mirada ese mismo vacío que hubo la última vez que se vieron. Las palabras se ahogan—. Perdóname, KID...
«Shinichi, ¿hablas en serio?»
El hombre lo interrumpe con un chasquido de su boca, negando con una sonrisa que se ve horriblemente forzada.
«Lo lamento mucho, es que yo...»
—Caballero, mi nombre es Kuroba —corrigió, señalando la pequeña placa en su pecho con su nombre—. Fue un placer, espero que hayan quedado satisfechos con el servicio. —Hace una corta reverencia. Cuando se endereza, no mira a ninguno de los dos—. Que tengan una buena noche. Me retiro.
Shinichi observa cómo se va. Parece tan calmado, tan diferente a como Shinichi se siente. Le recuerda tanto a esa noche de hace tanto tiempo. Recuerda su expresión incrédula. Ese dolor en sus ojos que a veces quiere creer que se imaginó. Su mano en su mejilla. Y esa última sonrisa antes de perderlo para siempre.
El frío que vino después.
«Ten una buena vida, detective».
Cuando KID se decidió por irse luego de un silencio que pareció eterno y no se giró a mirarlo una última vez. Kudō se quedó ahí hasta que se permitió derrumbarse sin querer aceptar la razón por la que su partida le había dolido tanto. Ese día había llorado hasta que se cansó y tuvo que volver a casa.
Ese día dolió.
Aún lo hace.
—Maldición, sí interrumpí algo —murmuró Hattori, mirando a Kudō con lastima cuando este se llevó las manos al rostro con frustración—. Ey, Kudō, lo sien-
—No, todo es mi culpa —espetó con la voz quebrada—. Yo, yo lo arruiné. Fui yo quien... —Se descubrió el rostro, bajó la mirada a sus zapatos y se tragó el nudo que se formaba en su garganta.
Se sentía tan desolado.
—Oye, Kudō, yo creo que aún puedes alcanzarlo. Digo, trabaja aquí, ¿a dónde más se va a ir? —Intentó bromear, pero Kudō no reaccionó. Hattori miró su reloj e hizo una mueca—. No es precisamente súper temprano, pero esto es un bar, la gente amanece aquí, aún tienes oportunidad de ir tras él y-
—Hattori —Kudō lo miró con el ceño fruncido, su voz cargada de dolor. Heiji se quedó sin palabras. Kudō lo miraba como si él lo acabara de traicionar—. ¿Por qué me trajiste aquí? Sabías que él estaba aquí, ¿no es cierto?
Hattori tartamudeó y desvió su mirada.
—¡No me mientas!
—¡De acuerdo, sí! —confesó—. ¡Lo sabía!
—Él... Él te pidió que tú me-
—No, no me lo pidió —Hattori lo interrumpió. Fue breve, pero vio cómo el dolor cruzó la mirada de Shinichi. Él suspiró—. Yo lo busqué. No fue tan difícil de localizar, quiero decir, moví algunos hilos. Creo que fue él quien no se estaba escondiendo. Fue un juego de niños, en realidad. ¿Entiendes el chiste? —Se animó ante la oportunidad de aligerar el ambiente, pero Shinichi sólo frunció aún más el ceño. Tal vez eso no había sido una buena idea—. Tú... Tú pudiste haberlo encontrado antes que yo, ¿por qué no lo hiciste? Kudō, no me digas que en serio no viste las señales. Si es así, yo te gané.
Heiji estaba a punto de mostrarse un poco presumido por su logro cuando Shinichi se acercó a él de dos zancadas.
—¡Las ví! —espetó enojado y Hattori retrocedió—. ¡Las ví, claro que lo hice! Pero no quería encontrarlo, ¿no puedes darte cuenta de eso? No quería verlo. No quería encontrarlo. Yo no quería... —Y se detiene. Una vez más, Heiji está ahí cuando Shinichi se reprime, sin saber qué más hacer por él.
Pero no estaba dispuesto a dejarlo así de nuevo.
—Kudō... —Hattori susurró, abrumado por las lágrimas que empezaban a acumularse en la mirada del detective. Se acercó y le puso una mano sobre el hombro. Shinichi lo dejó.
—Sabía que no me bastaría con sólo verlo haciendo felizmente su vida —murmura mientras la voz le tiembla. Heiji no está seguro de si está hablando con él o consigo mismo, así que aún no opina nada —. Sabía que querría estar ahí, ser parte de ella. Pero no puedo, porque lo arruiné. —Se lleva una mano al rostro para secarse las lágrimas que empiezan a caer—. Porque fui un estúpido cuando le dije que se alejara de mí para que yo pudiera hacer mi vida. Yo lo aparté. Yo provoqué esto. Tiré la oportunidad de al menos tenerlo como un amigo...
Hattori frunció el ceño y se llevó la mano a la nuca. No le gustaba ver a Kudō de este modo.
—Entiendo que la última vez que se vieron no es un lindo recuerdo, pero lo puedes enmendar —Sostuvo a Shinichi por ambos hombros, intentando que alzara la mirada para poder animarlo—. Sé que no sueles disculparte mucho, pero creo que ese ladrón lo vale, ¿no? Él te importa muchísimo, Kudō, lo veo. Quizás... quizás hasta te gusta. O algo más que eso —Kudō se encogió en su lugar, huyendo de su mirada, confirmando algo que Hattori ya suponía. Él suspiró—. Escucha, ve con él y dile todo esto que me dices. Dile que te arrepientes de lo que le dijiste. Que no estabas pensando bien en ese entonces.
Shinichi soltó una carcajada amarga y se apartó de Heiji. Kudō no está ebrio, no lo está ni un poco. Pero definitivamente se siente borracho de dolor. Le duele la cabeza, le duele el corazón. Ya ni siquiera le importa si luego se arrepentirá de lo que está a punto de decir, pero ya está harto. Está cansado de que duela.
Enojado porque Hattori no puede entender por qué le sangra la parte del pecho donde debería tener el corazón.
—Oh, sí, y también le digo que lo alejé porque tenía miedo de amarlo. —Hattori hizo una mueca, no le gustaba ese tono de autodesprecio—. Que preferí mandarlo a la mierda para quedarme con Ran porque necesitaba tener algo seguro a lo que aferrarme cuando todo se me viniera encima. Que elegí a Ran sobre él y que siempre lo voy a hacer, porque tengo enterrado en lo más profundo de mi ser que le debo esto. —Se golpeó el pecho—. Que me siento en deuda con ella y que por eso no pude apartarlo antes de que también se hiciera un lugar en mi corazón. Que... Incluso ahora, no sé si puedo elegirlo —Shinichi sintió ese dolor asomando por su pecho. Ese que ya no podía enmascarar con nada. Sintió ese pánico frío cuando volvió a mirar el final del pasillo y no vio a KID ahí.
Sacudió la cabeza y se dio la vuelta. Abrió el baño de un portazo y entró. Bufó con exasperación cuando se dio cuenta de que Hattori lo había seguido.
—Sí, no lo voy a hacer —espetó con el ceño fruncido. Se giró hacia el lavamanos y se aferró con fuerza al borde. No quería mirar esa expresión miserable en su cara. No tenía el derecho de tenerla—. No puedo dejar a Ran cuando la hice esperar tanto, cuando le hice perder el tiempo esperando por mí.
Abrió la llave del agua y se enjuagó las lágrimas.
—Kudō, no puedes culparte por sentir —objetó.
—¡Pero sí por ser un imbécil! —Heiji se sobresaltó cuando gritó. Shinichi no miró su reflejo en el espejo, sino que se fijó en la caída del agua antes de cerrar el grifo con brusquedad—. Es que no comprendo, ¿por qué hiciste esto? —preguntó, antes de mirarlo—. Estoy con Ran, lo sabes. Sabes que lo estamos intentando. Que estamos tratando.
—¡Es por eso, Kudō! —reclamó cansado, sujetando sus hombros y sacudiéndolo un poco por la frustración—. ¡Por tratar! Tu relación ya ha llegado a un punto muerto y lo sabes. Sólo es tratar, tratar y tratar, cuando se supone que si hay amor todo debería fluir. Salir natural, así como respiras. Tú no respiras con ella.
Shinichi se burló y se liberó de su agarre.
—No empieces con tus cuentos de hadas, Hattori. Puedo hacer que funcione, que yo y Ran funcionemos como antes, sólo necesito tiempo.
—¿Sí, cuánto? —Frunció el ceño—. ¿Cuándo Ran y tú se vuelvan tan miserables por separado que no les quede de otra que ser miserables juntos? Hablas de que te arrepientes de haberle quitado tiempo, pero eso sigues haciendo. Sigues estancado ahí donde ya no hay nada. —Hizo una pausa, pensando bien lo que diría después. Shinichi estaba sensible, no quería lastimarlo, sólo hacerlo entrar en razón—. Kudō, dices que querías dejar atrás el pasado, pero sólo te estás engañando.
—¿De qué carajos hablas?
—¡De que antes Ran y tú se amaban! Esa es la realidad, Kudō. Hubo amor, sí, pero eso se quedó en el pasado junto con tu capacidad de ser feliz —Shinichi se mostró herido y desvió la mirada, pero Hattori no desistió—. Te encierras otra vez, hombre, ocultas lo que sientes. Igual que antes, finges que todo lo manejas y que todo lo puedes, pero no es así —su voz se suavizó cuando notó lo tensos que estaban los hombros del detective. Suspiró y se acercó a él—. Kudō, puedes permitirte sentir. Aceptar que te estás equivocando, porque sino... Shinichi, te vas a condenar para toda la vida.
—¿Y qué le digo a Ran, eh? —A Hattori le dolió escuchar su voz tan frágil y llorosa. Shinichi no levantó la mirada—. ¿Que ya no quiero estar con ella, después de todo por lo que la hice pasar?
—Lo mejor es que se lo digas, se están torturando. Kudō, ella lo entenderá.
—Sí, claro, ella siempre lo entiende. —Le dio la espalda y Heiji observó la manera en que trataba de limpiarse las lágrimas. Hattori ni siquiera se atrevió a mirar el espejo—. Siempre tiene que ceder a lo que yo quiero. ¿Por qué, por una vez, no puedo yo ceder por ella?
Heiji suspiró. Odiaba verlo así. Este no era el Kudō que él conocía, pero no por eso lo dejaría solo. Era su mejor amigo. Su compañero detective. Kudō lo salvó muchas veces. Estuvo con él. Fue su apoyo. Su confidente. Lo conocía desde hace apenas ocho años, pero bien podría haberlo conocido desde el día uno. Hattori no dejaría que Kudō se ahogara en su dolor.
—Porque te está haciendo infeliz —replicó, colocando una mano en su hombro otra vez, pero no le pidió que se volteara. Sólo necesitaba que supiera que lo decía en serio.
No permitiría que Kudō Shinichi se derrumbara si él podía hacer algo para evitarlo.
—Ella no estaba particularmente contenta cada vez que la dejé esperando —murmuró amargamente.
Heiji suspiró.
—Sé que sientes culpa, pero también fueron sus decisiones, Kudō —señaló—. No la obligaste a esperarte.
—¡Pero sí se lo pedí! —Shinichi apartó su mano y se volteó. A Hattori se le cortó la respiración cuando vio su rostro lleno de lágrimas. Kudō se señaló con ambas manos, sin importarle lo ahogada que se escuchaba su voz—. Y yo sabía que lo haría porque me amaba. Me aproveché de su amor porque no quería quedarme solo. ¿Sí puedes entenderlo?
—¿Entonces qué, Kudō? —Hattori se recompuso y lo sostuvo por la manga de su camisa—. ¿Te volverás miserable a su lado? ¿Te quedarás infelizmente con ella para torturarte? —Shinichi no contestó, pero tampoco apartó la mirada, así que Heiji volvió a insistir—. No lo estás haciendo por ella, sino por ti. Es más de lo mismo. La haces quedarte con lo peor de ti, porque te sientes culpable de no darle nada. —Los ojos de Kudō volvieron a humedecerse y Hattori creyó que se había excedido, pero continuó—. Ella merece algo mejor, y tú también. Piénsalo, Kudō. Esto no le está haciendo bien a ninguno de los dos. —Hattori lo soltó y se llevó ambas manos al cabello. Se sentía tan impotente. Se miró la mano donde estaba su anillo de bodas y luego miró a Kudō, quien volvió a darle la espalda.
Recordaba perfectamente los días cuando era Edogawa Conan y disfrutaba hacerle bromas sobre su enamoramiento por Ran. Recuerda lo competitivo que se puso cuando se enteró de que se le había confesado en Londres frente al Big Ben. Se había prometido que haría algo mucho mejor para declararle su amor a Kazuha. Ran le dijo que el Monte Hakodate superaría al Big Ben cuando Hattori se lo preguntó. Aunque, eso no había salido muy bien después. Heiji rio ante el recuerdo.
Su anillo brilla en su dedo. Siempre se siente ligero, porque sabe que ama a su esposa y eso nunca ha cambiado, incluso cuando no sabía lo que era el amor, su corazón siempre fue de Kazuha. No puede saber lo que siente Shinichi, pero puede ver su dolor. Y es horrible. Heiji no puede culparlo por enamorarse de otra persona. Tampoco puede negar que se siente triste por Ran, pero entiende el porqué todo terminó así.
Cuando voltea, su mirada se encuentra con la de Shinichi. Parece que está tranquilo, pero Hattori sabe que esa expresión fría e indiferente sólo es una máscara. Hattori mira su anillo una vez más y hace un puño, porque debe hacer lo correcto. Ran es y será siempre alguien muy importante en la vida de Kudō y de su esposa, y tampoco le gustaba la idea de verlos separados, no cuando estuvo ahí para verlos enamorados. Pero tuvo que aceptar que algunas cosas no se podían rescatar.
Al principio fue difícil aceptar la idea de que el amor se acababa y que el corazón cambiaba de dueño, porque lo hacía temer por lo suyo con Kazuha. Pero luego entendió que el amor era causa de las circunstancias, de la vida y de las personas. Las decisiones podían terminar con el amor. Así que se prometió hacer lo correcto para no perder a Kazuha nunca.
Era así, fácil como respirar.
Por eso sospechó del amor de Shinichi por Ran cuando vio que dudó en tomar el antídoto definitivo hasta que le recordaron que ella lo estaba esperando en la sala con Agasa. Dudó de su amor cuando veía cómo sonreía y se sonrojaba cuando trabajaban con KID. Dudó cuando las citas dobles que proponía Kazuha se volvieron incómodas.
Dudó más cuando Nakamori envió un aviso de KID que no sabía cómo resolver, un día que Hattori estaba de visita en casa de Kudō, y lo vio derrumbarse mientras murmuraba que no lo volvería a ver. Heiji no sabía cómo sentirse cuando lo vio sostenerse de una pared para no caer, cuando él lo miró con los ojos llenos de dolor y le entregó el acertijo donde Kaitō KID decía que se retiraba de los robos.
Shinichi no lloró ese día, al menos no frente a él. Los días después de eso fueron un martirio, porque él tuvo que volver a Osaka y sólo se enteraba de Kudō por llamadas o mensajes. A veces era Haibara preguntando si Kudō le había dicho algo. Hattori a veces preguntaba lo mismo y ella respondía igual.
Supo que ese amor que se tenían había cambiado cuando Kudō le propuso matrimonio a Ran en el mismo restaurante que se comprometieron sus padres y ella no supo qué decir.
»—Puedes decir que sí. —Kudō se veía incómodo, no parecía nervioso como lo estuvo Hattori cuando él y Kazuha se hicieron novios.
En ese entonces, Heiji estaba más concentrado en pensar que Kudō le había ganado otra vez, que en su lenguaje corporal.
»—Tal vez... —Ran se veía triste y nerviosa. Miró a Kudō a los ojos y envolvió sus manos con el anillo, devolviéndolo de un empujoncito—. Esperemos un poco, ¿te parece?
»—¿Esperar qué? —preguntó, pero guardó el anillo
Ran se quedó pensativa un rato, antes de sonreírle.
»—Papá me dijo que ser novios y tener vida de casados son cosas muy distintas —murmura, mientras miraba a través de la gran ventana—. Vivamos juntos primero y luego vemos lo de la boda.
»—Si eso quieres, está bien. —Kudō no sonrió, pero tampoco pareció triste.
Hattori recuerda que él y Kazuha se miraron confundidos antes de volver a mirarlos a ambos comer tranquilamente. Recuerda que tuvo un sentimiento raro en el pecho al observar la manera casi mecánica en que se pasaban las salsas y hablaban. No se miraban, al menos no innecesariamente.
Luego de eso ocurrió un asesinato y Kudō murmuró una disculpa corta antes de levantarse e irse. Ran se quedó sentada y luego se giró para mirarlos, aunque estaban disfrazados y con los regalos que prepararon cuando Kudō le contó sobre la propuesta a Heiji, ella los reconoció y los saludó con una sonrisa.
Kazuha corrió de inmediato con ella y le preguntó sobre lo que había pasado. Hattori todavía alcanzó a oír su respuesta antes de salir del comedor para ayudar a Kudō.
»—No deberíamos casarnos todavía, Kazuha-chan.
Su esposa, por otro lado, era una romántica empedernida y, aunque Ran hace mucho que ya no parecía cómoda aceptando sus ideas, ella seguía teniendo esperanzas. Más que ellos, al parecer. Ella era más amiga de Ran que de Kudō, pero Hattori era amigo de ambos y, como amigo, debía hacerles ver lo que ellos mismos no querían aceptar, a pesar de que eso los hiriera.
Hattori toma aire profundamente y luego lo suelta. Se acerca a Kudō y, sin previo aviso, lo abraza. Shinichi se congela por el gesto repentino, pero no lo aparta. Hattori no se queja porque no corresponda.
—Kazuha no lo sabe, y ya la conoces —Se ríe un poco, sólo para que las cosas se aligeren antes de proseguir con lo más fuerte—, quiere que los ayude a enamorarse otra vez, o algo así, pero yo sé que eso no es posible. —Se separa del abrazo y mira a Kudō a los ojos. Él parece comprender su mirada, porque arruga la nariz y su rostro se frunce—. Esto no es sano, Kudō. Ambos tienen que soltarse.
—No. —Kudō negó y se alejó para dirigirse a la puerta.
—Kudō, no estás siendo razonable. —Hattori le impidió alejarse tomándolo del brazo—. Te aferras al pasado y te castigas con un futuro a su lado. No es justo para Ran ni para ti hacer de esto una cárcel.
—¡Es que tú no lo entiendes! —Shinichi se dio la vuelta y sujetó a Heiji de la camisa. Su respiración era ruidosa por el llanto contenido.
Hattori cubrió su agarre con sus manos y Shinichi lo miró antes de bajar la mirada. Sus hombros le temblaban y pronto cedieron, así como le cedieron las piernas. Heiji se agachó con él y frotó su espalda mientras al fin dejaba salir todo lo que estuvo conteniendo todos estos años.
—Ya no quiero hacerla llorar. No quiero... No podría vivir conmigo mismo sabiendo que la volví a lastimar. La quiero muchísimo, Heiji —gimoteó, mirándolo con la vista nublada, la voz frágil, el cuerpo temblando. Todo en él se ahogaba—. En todos, todos los recuerdos que tengo está ella. Siempre ha estado ahí para mí... No quiero ser injusto con ella, no quiero dejarla sola, no quiero herirla. Estoy tratando de ser feliz con ella... ¿Por qué no puedo?
Shinichi se arrastró hasta dejar caer su frente sobre el hombro de Hattori, quien inmediatamente lo abrazó.
—Kudō... —Su garganta se cerró cuando el llanto de Kudō se volvió ruidoso.
—¿Por qué me enamoré de él? —Se quejó— ¿Por qué no pude amarlo primero para no lastimarla a ella? ¿Por qué no pude no amarlo? ¿Por qué... Por qué ya no la amo, Hattori? —Él no pudo responder nada de eso. A él, que ya le dolía verlo así, pronto también se le nubló la vista.
Pensó en todos esos días cuando paseaban los cuatro por Osaka. Esos cuando cubría a Kudō con Ran cada vez que usaba el antídoto. La sonrisa de Ran cuando lo apoyaba con Kazuha. El sonrojo de Kudō por Ran. Luego las noches frías e incómodas cuando todo empezó a cambiar. Hattori también escondió su rostro en el hombro de Shinichi y agradeció que nadie entrara al baño todavía.
—Estoy tratando de vivir conmigo mismo, porque ya no sé qué hacer... —La voz de Kudō sonó triste y cansada—. Hago lo que puedo... lo que creo que debo hacer. Aparté a KID y no creo que sea justo ir tras él ahora... No quería enfrentarme a esto porque ya no sé quién se supone que soy yo. —Su voz se quebró otra vez—. Antes tenía todo, ahora no me queda nada.
Hattori se separó y no miró a Kudō hasta que se secó sus propias lágrimas. Shinichi no le dijo nada por haber llorado. Supuso que porque esperaba que Hattori tampoco mencionara el de él. Una vez estuvo listo, Heiji puso una mano sobre su hombro y le sonrió alentadoramente.
—Sé que es difícil dejarla —comenzó suave—, se conocen de siempre, pero lo que tuvieron se desmoronó por las mentiras y por la fe ciega que ella puso en ti. —Tomó aire, esta vez Kudō no lo interrumpió, aunque se veía destrozado—. Quizá lo mejor para ambos es darse un tiempo. Si después quieren intentarlo, bien, háganlo, eso ya no me concierne, pero... —Miró fijamente a su amigo, antes de desviar su atención a la puerta.
También piensa en el cariño con el que aquél ladrón trataba a Kudō. Cómo siempre procuró su seguridad. La manera en que Kudō estaba cómodo con él. Recordó cuando Kaitō KID siempre sabía decir lo correcto para animar a Kudō. Y, principalmente, recordó la razón por la que decidió traer a Shinichi a este bar en primer lugar. Porque sabía, aunque no quisiera estar de acuerdo, que ver a KID otra vez le permitiría a Shinichi al fin sentir todo aquello que se había estado negando. Para bien o para mal, su amigo al fin podría librarse de ese peso que no lo dejaba continuar con su vida.
—Kudō, si realmente no quieres intentarlo con KID- bueno, con Kuroba, entonces al menos aprende a respirar otra vez contigo mismo —sugirió con cariño y le palmeó el hombro—. Vamos, amigo, ya has pasado por bastante.
Hattori no sabía lo que pasaría después. De lo único que tenía certeza, era de que acompañaría a sus amigos hasta que lograran sanar.
Y, quizás, la próxima vez que venga aquí con Kudō, sea para venir a beber tranquilamente, mientras bromean sobre el trabajo (algún día encontrarán chistes apropiados), quejarse de sus padres y brindar por cualquier cosa.
Sin arrepentimientos. Sólo para disfrutar la vida tranquila que Kudō también se merecía.
