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Eita Otoya tenía un problema desde hacía unas semanas: no se sacaba a Hyoma Chigiri de la cabeza, ni las malditas ganas de besarlo.
Cada vez que lo veía pasar, algo dentro de él comenzaba a fallar. Los ojos le seguían a donde fuera que se dirigía y el corazón amenazaba con atravesarle las costillas. Poco más y se le caía la baba.
Era todo culpa de Chigiri. Culpa de su precioso, largo y cuidado cabello rojo. Culpa de sus alargadas y hermosas pestañas. Culpa de la expresión de pasotismo ante todo que, aún con eso, resultaba jodidamente atractiva. Culpa de la forma hipnotizante en que caminaba. ¡Era todo por su culpa, por ser tan perfecto en todo!
Era un desastre. No podía concentrarse ni diez minutos seguidos sin que el idiota de Chigiri se le metiera en la cabeza. Ni entrenando, ni comiendo, ni durmiendo. En serio, ¿cómo se suponía que uno viviera así?
Y, por si fuera poco, el muy desgraciado actuaba como si nada. Sonreía, bromeaba y, a veces —solo a veces—, le lanzaba esas miradas de reojo que hacían que Otoya se preguntara si sabía. Si lo hacía a propósito.
La atracción había pasado a segundo plano. Ya no era solo eso. Consistía en una necesidad inhumana de acercarse, de tocarlo, de comprobar si su piel se sentía tan suave como parecía.
Por ello, cuando diciembre y el frío aparecieron por fin, a Otoya se le presentó la excusa perfecta. No lo pensó más de una vez antes de hacerse con muérdago. Lo guardó durante todo el mes, pendiente a que nadie lo descubriera.
Cada vez que tenía un momento a solas, lo sacaba y lo observaba durante a saber cuánto tiempo. Ya era hora de hacer realidad todo aquello con lo que había estado soñando. Estaba bastante seguro de que era la persona más lanzada en todos los establecimientos de Blue Lock, por lo que era el momento de dejar de mantenerse al margen.
Se hizo el 23 de diciembre. No solo faltaban dos días para Navidad, sino que era el cumpleaños de Chigiri. Todo podía salir o muy bien, o muy mal. Fuera como fuere, Otoya estaba dispuesto a descubrirlo.
Sabía que, cada día, Chigiri era de los primeros en levantarse. Esto se debía a que le gustaba ir a los vestuarios a asearse y cuidarse el cabello —cosas como esas hacían pensar a Otoya que parecía un gato acicalándose—, por lo que aquel día él también decidió despertarse más temprano de lo usual.
Echó un vistazo a un cajón que había quedado como suyo desde que se instalaron en esa habitación. Apartó todo lo que había por encima para así echarle una última miradita al muérdago. Volvió a guardar todo correctamente antes de salir del cuarto compartido con Karasu y Shidou, que continuaban durmiendo.
Se quedó unos segundos en la puerta del vestuario. Observó a Chigiri pasándose una toalla por el cabello, con movimientos tan delicados como calculados. De espaldas, concentrado y metido en su propio mundo, se veía tan hermoso como siempre.
Otoya tuvo que tomar aire antes de acercarse, sigiloso, hasta asomar la cabeza por su lado para así verlo a la cara.
—Felicidades.
Chigiri se alejó a base del susto. Además de apartarlo con las manos, por lo que la toalla mojada le dio en toda la cara. El peliblanco hizo una mueca sacando la lengua, tosiendo un poco; al abrir los ojos, vio la expresión del contrario que empezaba a relajarse, quien se apartó un mechón rosado de la cara, suspirando, y con la otra mano se sostuvo el pecho.
—Otoya, no me asustes —Hizo el ademán para que le devolviera la toalla. Volvió a pasársela por el cabello justo después—. Gracias. Has sido el primero.
—Claro que sí —presumió él, orgulloso—. No podía dejar que nadie me ganara.
Chigiri rodó los ojos, pero la sonrisa apenas contenida que se le escapó al bajar la mirada fue suficiente para que a Otoya se le agitara algo en el estómago. Joder. Hasta cuando fingía indiferencia era bonito.
Mantuvo la postura relajada de siempre, como si no llevara semanas perdiendo la cabeza por él, como si no tuviera muérdago en el bolsillo que se moría por sacar de una buena vez.
—¿Y qué? —preguntó Chigiri, sacudiéndose el pelo hacia un lado—. ¿Te levantaste temprano solo para decirme felicidades?
—¿Y si sí? —Otoya sonrió hacia un lado, entre burlesco y sincero—. Es tu cumpleaños. No soy un monstruo.
Chigiri lo miró por el espejo, arqueando una ceja. Dejó la toalla a un lado, en el mismo banco donde se sentaba dándole parte de la espalda. Compartieron una mirada a través del vidrio.
—¿Tú? ¿No eres un monstruo? —cuestionó Chigiri con falsa incredulidad—. La primera noticia que tengo.
Otoya sonrió, lento, confiado. Lo cierto era que le gustaban esos juegos. Sobre todo si eran con Chigiri, que parecía el tipo de chico que disfrutaba de hacer sufrir a sus pretendientes.
Pensándolo así, eran perfectos el uno para el otro. A Otoya le gustaban los retos y hacerse con la atención de quien estuvo rehusándose todo el tiempo; Chigiri, mientras, jugaba a ser cruel, como si realmente no estuviera interesado en nada.
Por un momento Otoya se sintió estúpido, aunque también esperanzado. Esperaba que no estuviera simplemente vacilándolo porque se aburría —la gente en Blue Lock hacía cosas de lo más raras con tal de no aburrirse—.
—Bueno, contigo hago excepciones.
Encogió los hombros, cerrando mínimamente los ojos. No del todo. Pudo atisbar el gesto de Chigiri apretando los labios para contener otra sonrisita.
Eso era un punto para Otoya en el marcador.
—Entonces, si es así… —Chigiri giró un poco el rostro, alzándolo lo justo para mirarle. A pesar de haberse pasado la toalla diversas veces, el cabello continuaba muy húmedo y algunos mechones se pegaban a su rostro—, pásame el secador que está ahí.
—¿Solo eso? —rió Otoya, cruzando parte del vestuario—. Subestimas mi caballerosidad.
Chigiri tomó únicamente el cable, que conectó en el enchufe más cercano. Echó todo su cabello hacia atrás y giró un poco el rostro para mirarle de nuevo. La vista de Otoya fue bendecida en ese mismo momento. La forma en la que sus pestañas se extendían provocó un golpe en su pecho que, esta vez, no estuvo tan seguro de si supo disimular.
—Dale al botón, ninja. Este será mi regalo de cumpleaños.
—¿Secarte el cabello? —El chico sonó incrédulo—. Soy yo quien debería darte las gracias, kunoichi.
El aire caliente le dio de lleno en la muñeca, a lo que cambió el ángulo del secador. Primero lo puso muy cerca, así que volvió a intentarlo, esta vez un poco más alto. El pelo de Chigiri se movió con el aire, levantándose y cayendo de nuevo sobre su cuello. Las gotas cayeron por ahí hasta fundirse con la malla deportiva de Blue Lock, por lo que Otoya tragó saliva y se obligó a apartar la mirada y llevarla de nuevo a los mechones que ahora sostenía.
El tacto superó todas sus fantasías. El cabello se escurría entre sus dedos con la delicadeza de un pétalo siendo arrastrado por la brisa. Sintió el calor a través de él, pero se negó a sí mismo a apartar la mano. Sería impensable hacerlo.
Se concentró en el secador otra vez más. Dejó que el sonido arrebatara sus pensamientos y disfrutó del ligero vaivén de la cabeza de Chigiri como si fuera un regalo. Parecía disfrutar de lo que estaba sucediendo, lo que volvió a darle un vuelco al corazón de Otoya.
Incluso estuvo tiempo de más pasándole el secador porque no terminaba de creérselo.
El silencio llenó el vestuario tras presionar el botón de apagado. Tomó aire antes de presumir el trabajo que había hecho, a lo que Chigiri le restó importancia junto a un ademán dirigiendo la mano hacia abajo. El pelirrojo tomó su peine, con el cual comenzó a cepillarse el cabello mientras le agradecía.
Otoya estiró las piernas para saltar sobre el banco y al fin poder estar cara a cara. Mientras él continuaba con su estúpida cara de dormido, Chigiri estaba recién bañado, las mejillas ligeramente rojas por el agua caliente anterior y el cabello terso acunándole el rostro como si entregara el regalo más lujoso —y claro que era un regalo simplemente su presencia frente a la suya—.
—¿No vas a hacer nada especial? —Inclinó el rostro a un lado, apoyando la mano sobre su cadera, también.
—¿Hay algo que se pueda hacer aquí? —bromeó Chigiri, dejando el cepillo a su lado, para después dividirse el cabello en dos; colocó cada parte encima de sus hombros, cayendo hacia delante—. Será un día más de entrenamiento. Quizá me doy el lujo de robarle a Reo su cama de lujo.
—Eso estaría bien —admitió, esta vez posicionando ambos brazos en jarra—. Pero ya me encargaré yo de hacerte el día especial, princesa. ¿Cuál es tu comida favorita?
Recibió una mirada irónica, con una ceja alzada y una sonrisa burlona hacia un costado. No dudó en reírse de él.
—Aquí no hay dulces.
—¡Yo consigo, hombre!
—¿Cómo? ¿Con uno de tus jutsus? —rió, trenzando una parte de su cabello; Otoya admiró el movimiento veloz de sus dedos sobre los mechones.
—Podría ser una opción, pero no —Encogió los hombros—. Tengo muchos puntos acumulados, ¿sabías? Déjamelo a mí.
Chigiri cerró los ojos y negó con la cabeza. Terminó por contarle lo mucho que le gustaba el karinto manju —un dulce hecho con azúcar moreno frito—, aunque seguía insistiendo que era una tontería. Otoya pensó todo lo contrario: estaba dispuesto a conseguirlo, por más que tuviera que canjear todos sus puntos o rogarle a Ego de rodillas.
Chigiri resopló, buscando algo entre las cosas de su neceser. Sacó un par de horquillas que colocó en su pelo para sostener la trenza a su cabeza. Así que ese era el secretito para que el peinado le quedara siempre tan bonito. Tal vez resultaba obvio, pero para Otoya era algo nuevo.
—Como digas, Otoya —suspiró el pelirrojo, sin mirarlo, ya que comenzó a recoger sus cosas.
—Sí, sí, no confíes en mí —le vaciló, señalándolo con el índice—. Pero ya nos veremos en la cafetería a la hora de la cena.
—¿Quién dijo que iba a cenar contigo? —Chigiri cogió su neceser y acto seguido se levantó; por fin se miraron directamente en vez de estar alzando o agachando el rostro todo el rato. Inclinó la cabeza hacia un lado (el más cercano a Otoya), sonrió con burla y le dio unos toquecitos en el hombro—. Esfuérzate, ninja.
—¿Qué estás…?
Otoya no terminó su frase; Chigiri dio media, pero no se apartó directamente. Más bien, aunque giró todo el cuerpo, aún le mantuvo la mirada y dejó que las yemas de sus dedos se arrastraran desde el hombro hasta su antebrazo. Otoya alzó un poco el brazo, paralizado, y luego cruzó ambos, sin saber qué hacer.
Lo observó alejarse, sintiendo ese tiempo eterno, hasta que dio la pared, junto a la puerta abierta, tapó su figura, y esta vez todo parecía ir en cámara lenta. El rostro de Chigiri volvió a aparecer asomado por la puerta, apoyándose al marco lateral con una mano, mostrándole esta vez una sonrisa más dulce —pero totalmente calculada para hacerlo sufrir—.
—Sorpréndeme esta noche.
Y, de nuevo, volvió a irse. Sin dejarle oportunidad para decir algo, sin dejarle oportunidad para entender qué carajo acababa de suceder.
La espalda de Otoya cayó, rendida, sobre una de las taquillas. Se apartó el pelo de la cara, confuso; creyó que podría ser quien tomara el control, pero Chigiri había dominado la situación a su conveniencia y ahora él estaba solo en el vestuario y con el corazón acelerado.
Se dirigió a las duchas. De todas formas tenía que bañarse, pero estaba seguro de que el agua conseguiría calmar sus pensamientos, aunque también revivir el momento mil veces en su mente. La cercanía, el tacto, la mirada alejándose.
Observó el muérdago por última vez, antes de esconderlo entre las prendas del pijama que se acababa de sacar. Colocó una toalla a su alcance junto a la malla deportiva que usaría para entrenar más tarde. Abrió parte de la puertilla de vidrio de la ducha, mas tuvo el ademán de girar un poco el cuerpo y volver a mirar el pijama doblado sobre la banqueta.
Mordisqueó un poco sus labios, así aprovechando para humedecerlos. Tenía que aprovechar el día y, sobre todo, el maldito muérdago que hasta ahora solo le había traído dolores de cabeza.
Negó en una risa amarga para luego terminar de meterse en la ducha. Dejó que el agua recorriera su cuerpo, de modo que sus músculos dejaron de sentirse tensos, los ojos cerrados en busca de algo de paz.
Estuvo ahí hasta que las yemas de sus dedos se arrugaron y el vidrio se empañó, por lo que ya era el momento de salir. Tardó poco en secarse entero y vestirse, cada vez dedicando más miradas de reojo al pijama. No aguantó más, así que terminó quitando la prenda de arriba, el muérdago quedando al descubierto.
Lo agarró por la ramita y lo alzó. No podía creer que había gastado parte de sus puntos en esa estúpida recompensa. Nada le aseguraba que se fuera a cumplir su tonto capricho de besar a la princesa —kunoichi, como él prefería decirle— de Blue Lock. Pero la adrenalina era mayor, y las ganas por ver el resultado encendían su cuerpo.
Al regresar al cuarto, Karasu y Shidou ya se habían despertado, por lo que fue difícil guardar las cosas sin que se percataran del muérdago. Sin embargo, lo logró, así que esperó a que ambos se bañaran también para así dirigirse los tres a las áreas comunes.
Chigiri tenía razón. El día fue como cualquier otro, no hubo nada fuera de lo común. A excepción de que Otoya observó mejor cada rincón del establecimiento para planear dónde colocar el adorno navideño.
También aprovechó cada momento libre para echarle un ojo a las recompensas que podía conseguir, pero el tiempo era demasiado poco como para ver todos los apartados, y él debía de saber si podría conseguir el dulce que tanto le gustaba al pelirrojo.
Durante los entrenamientos no tuvo ni una interacción directa con él, y en la cafetería solo pudo observarlo de lejos, sentado en una mesa con los que parecían amigos del primer equipo que tuvo en Blue Lock.
—¿No puedes ponerte una peluca y pestañas falsas y fingir que me quieres? —Otoya señaló a Karasu con sus palillos, quien le miró con una mueca asqueada.
—¿Tú eres tonto? Voy a hacer como que no dijiste eso.
—Vale.
Ninguno dijo nada más hasta que terminaron de comer. Otoya se acercó hasta la tableta para volver a ver las recompensas que podría conseguir con sus puntos, mientras que Karasu decidió ir a hablar con otras personas en el tiempo que les quedaba.
Todo consistía en saber buscar. Por eso antes no había conseguido nada. Ahora, sin embargo, si bien no sabía con exactitud dónde encontraría el karinto manju, se decantó por pulsar en las opciones que pudieran llegar a describir el dulce. Entró y salió de tres opciones que no le fueron de ayuda hasta que dio con el apartado exacto.
Alimento tradicional japonés – carbohidratos rápidos (consumo puntual).
Eso sonaba perfecto. No dudó en pulsarlo e ir bajando hasta que, efectivamente, encontró la foto: pequeñas bolas de azúcar moreno tan crujientes como brillantes, una de ellas partidas para revelar el interior suave y denso de anko —una pasta de judías rojas—.
Salía a un ojo de la cara. Entre el muérdago que canjeó el otro día —que seguía sin creer que pudo conseguir— y este dulce, sus puntos habían caído en picado. La próxima vez que quisiera darse algún caprichito tendría que lloriquearle un rato a Karasu para que fuera él quien le convide.
El entrenamiento de la tarde fue mucho mejor que el físico de la mañana. Quizá era la esperanza aquello que lo estaba motivando y, joder, Otoya adoraba estar motivado.
Su cuerpo estaba agotado por completo, pero eso no le impidió ir corriendo a las duchas para ser el primero en lavarse y poder sacarse el sudor que se le escurría por la piel. Fue lo más veloz que pudo en terminar su segunda ducha del día, volver a ponerse el pijama y dirigirse a su habitación para coger el muérdago por enésima vez.
Tenía que ser rápido en preparar esto —no por nada se resbaló al salir de la ducha y casi se dio de bruces contra el suelo, pero la suerte estuvo de su lado y pudo sobrevivir—. Apesar de haber estado todo el día observando cada recoveco de las salas, todavía no encontraba el lugar perfecto para colocar el muérdago. No podía ser muy obvio ni cantoso. Si llamaba la atención de alguien, todo se iba a la mierda. El escándalo que se podía montar si alguien lo descubría sería descomunal.
Por ende, Otoya decidió ir a una mesa que se encontrara al lado de un pilar. El plan parecía perfecto: dejarle a Chigiri el asiento que le daba la espalda al pilar, de modo que así no vería su trampa. Por lo cual, él se sentaría en frente.
Mala idea. Aún era el único en la cafetería, así que no tenía nada interesante por hacer. Puro silencio. Su codo se apoyaba sobre la mesa y su mentón, sobre su mano. Los ojos se quedaron fijos sobre la estúpida ramita pegada al pilar, torcida.
Parecía que iba para largo, así que fue directamente a recoger su plato de comida. No tocó el salmón ahumado, aún así.
Al poco tiempo, cuando el lugar empezaba a llenarse, vio pasar a Chigiri por la puerta, charlando con Reo. Tardó pocos minutos en dirigirse hacia él con una bandeja de verduras salteadas sobre las manos.
Otoya saludó con un gesto, también ladeando la cabeza; Chigiri sonrió, ya que no podía mover las manos. Al sentarse frente a él, el olor de la comida llegó rápido, a lo que encogió la nariz. Sin embargo, el aroma al champú que había utilizado le alegró el día por completo, además de traerle recuerdos de lo que había sucedido por la mañana.
—Sí viniste —silbó Otoya.
—¿No te quedó claro con el sorpréndeme? —se burló el contrario—. Espero que lo hagas.
—Claro que sí, confía en mí. Provecho, por cierto.
—Provecho.
Ambos juntaron las manos y se inclinaron un poco hacia delante. Mientras Chigiri se llevaba los palillos a la boca, Otoya señaló su comida y comentó:
—Pensaba que eras perfecto.
Su contrario soltó una risa amarga, bajando los palillos.
—¿No te gustan las verduras?
—Me bajan el ánimo —encogió los hombros—. A veces. Ahora estoy más que contento.
Otoya alzó las cejas, mirándolo fijamente. Como respuesta, Chigiri tan solo rodó los ojos.
—Ya veo, ya —ironizó antes de empezar a comer de una buena vez—. ¿Sabes qué pensabas también?
El peliblanco hizo un sonido con los labios para preguntar, ya que, al masticar, no podía hablar.
—Que era mujer.
Otoya sintió el salmón atorarse en su garganta tras escucharlo. Tosió un poco, asegurándose de disimularlo haciéndolo pasar por un carraspeo, y tuvo que beber agua para recuperar la voz.
—Me estás difamando en tu propio cumpleaños.
—¿Perdona? —A Chigiri se le escapó una risa—. ¿La primera vez que me viste no me preguntaste si era una mujer y trataste de besarme?
—¿Así lo interpretas tú? —Otoya chasqueó sus palillos—. Qué curioso. Yo recuerdo que estaba enseñándote mis jutsus.
Chigiri agachó el rostro hacia su comida, negando con la típica sonrisa de no aguanto a quien tengo delante. Después de aclararse la garganta con agua tras tragar, suspiró.
—O sea, ¿que no me intentaste besar esa vez?
—No lo conseguí —Encogió los hombros, aún con la vista fija en él. Aprendió que usaba la servilleta con delicadeza, más de la necesaria—. Pero ¿qué importo yo, princesa?
—¿Princesa? —repitió, interrumpiéndolo; se colocó un mechón de pelo hacia delante—. Creía que me llamas… ¿Cómo era? ¿Kuniichi?
—Kunoichi.
—Eso.
—¿Qué pasa? ¿No te gustó que te dijera princesa?
—Ya es muy básico llamarme así por aquí —dijo con simpleza—. Esto al menos es diferente. No sé.
—O sea, que te gusta —sonrió él—. Me alegra oírlo.
—No dije eso.
—Yo interpreté eso.
—Tú eres raro.
Chigiri continuó comiendo con normalidad, pero Otoya fijó la mirada en el muérdago justo sobre su cabeza. Parecía no haberse dado cuenta de ese detalle, lo que indicaba que todo iba tal como él planeaba.
La conversación siguió con normalidad. Hablaron de cualquier cosa, siempre con ese juego que Otoya trataba de mantener vivo. ¿Podía llamarse coqueteo? Otoya no coqueteaba con hombres.
No lo hacía, ¿no?
Pero ver a Chigiri justo delante de él, haciendo gestos mientras hablaba, comiendo con gracia, usando las palabras exactas para revolver el interior de Otoya… Todo eso era superior a él y al límite que ponía con los demás. Sus pensamientos coherentes desaparecían cuando se trataba de Chigiri simplemente existiendo.
—Se supone que ibas a sorprenderme —recordó el pelirrojo, bordeando el vaso vacío con el índice.
—Lo haré —Otoya se levantó, cogiendo su bandeja ya sin nada de comida. Le dio un último trago a su vaso de agua antes de agarrar la de Chigiri también—. Espérame unos minutos, princesa.
—Kunoichi.
—Kunoichi —corrigió Otoya, victorioso; tal como pensaba, el apodo había calado en él.
—Qué considerado —ironizó Chigiri, cruzando los brazos y mirando las bandejas una sobre la otra—. ¿Es porque es mi cumpleaños?
—Puedo hacerlo cualquier día.
No recibió una respuesta exacta, sino una sonrisa ladina que lo ponía a prueba. Otoya, con los aires hasta arriba, se alejó de la mesa para tirar las servilletas en la papelera y dejar las bandejas en su lugar correspondiente. Justo después, aprovechó para ir a recoger el dulce que había canjeado con sus puntos hacía unas horas.
Eran cuatro pequeñas esferas alineados en un plato también diminuto. Al lado había un palillo de madera para pincharlas, pero Otoya estaba más concentrado en imaginar la reacción de Chigiri que en el propio postre.
Ojalá esto tuviera un significado profundo para él y no fuera tan solo un dulce más. Los puntos gastados seguían doliéndole un poco por dentro.
Tal como en la mañana, se acercó a él por detrás, sigiloso. Chigiri no se percató de su presencia hasta que posicionó el plato sobre la mesa; no lo miró a él, sino que únicamente al karinto manju.
Los ojos rosados se abrieron de golpe, dejando sus pestañas alzarse de una forma preciosa. Su boca formó una pequeña o que al momento tapó con la palma de su mano. Pronto, sus ojos volvieron a su estado de siempre, pero esta vez con un brillo que terminó por flechar a Otoya. Su mano ahora tapaba una sonrisa fácil de descubrir dada a la manera en la que alzó la mirada hacia la suya.
—Y decías que no conseguiría… —se burló, volviendo a sentarse a su lugar.
—¿Cómo has…? Joder, eres de lo peor.
—¿No deberías decir que soy el mejor?
—Ni te creas que voy a decir eso —rió Chigiri. Aunque le hablara a él, su vista se mantenía fija en el plato. A Otoya le parecía bien, ya que así tenía más tiempo para observarlo y admirar su belleza sin que él se diera cuenta.
—Qué cruel.
—Tú ganas. Muchas gracias, Otoya. Te lo has currado.
—Y tanto. Ha sido un gran día, ¿no crees? —Chigiri asintió con ganas; con el palito de madera daba pequeños pinchazos sobre una bolita, como si necesitara comprobar que era real. A Otoya le resultó adorable—. Adelante, come. Tus ojos hablan por ti.
—Qué observador —ironizó el pelirrojo—. Quién lo diría.
Chigiri tomó exactamente la bolita que había estado picoteando. Le dio un mordisco pequeño, con miedo y emoción a la vez. Al masticarlo, la sonrisa volvió a invadirle el rostro y, por costumbre, se tapó la boca de nuevo, con los ojos cerrados.
Otoya apoyó la mejilla sobre su mano, pendiente a sus expresiones. Mordía con cuidado y saboreaba lento, asegurándose de guardar el momento consigo —o eso quería pensar Otoya—. El cabello le bailaba con cada movimiento y la forma en la que movía los labios al masticar resultó hipnotizante para la mirada verdosa del ninja.
En cada maldito segundo que pasaba, contenía el pensamiento de querer ser él quien tocara esos labios con los suyos. De verdad quería hacerlo, pero también quería apreciar la escena que tenía frente a él.
Pocos días se veía a un Chigiri tan feliz y sincero disfrutando de un dulce que causara tantas sensaciones en él. Al menos, Otoya no siempre lo veía. Con el tiempo, sus interacciones se convirtieron en un estúpido juego irónico por ver quién ponía más nervioso al otro. Y, ahora, ambos habían aflojado las cuerdas.
—Imagino que nadie más te dio un regalo tan bueno como el mío, ¿eh? —fardó Otoya cuando Chigiri apoyaba su mentón sobre sus dos manos y observaba el plato vacío.
—Llevaba tanto tiempo sin comer esto… —desvarió, contento—. Sí, tienes razón. Gracias de nuevo.
—Para eso estoy. Este es tu segundo de tres regalos.
—¿Tres? —Chigiri no alzó el rostro, tan solo los ojos, por lo que fue difícil para Otoya mantenerle la mirada sin dejar en claro lo precioso que le parecía.
—El primero, secarte el pelo, como habías dicho —El peliblanco levantó el meñique, y con el índice de la otra mano tocó la yema; hizo lo mismo con el anular al enumerar lo siguiente—: El segundo, este, el karinto manju. Y el tercero…
Esta vez no hizo ese gesto con el tercer dedo. Alzó el mentón para señalar el pilar, justo encima de la cabeza de Chigiri, y su mano siguió el ademán. Su contrario mostró una expresión confundida, a lo que se giró para descubrir cuál sería su tercer regalo.
Otoya no pudo ver su rostro, pero, por fin, el muérdago de mostraba ante Chigiri, después de un largo día que casi terminó con su paciencia. Escuchó un oh entre la sorpresa y el miedo, para después agachar la cabeza y llevarse la mano a la frente. Dejó escapar una risita nerviosa.
Se giró otra vez hacia Otoya, que estaba expectante por terminar de ver la reacción.
—¿Tú eres tonto? —cuestionó Chigiri, sin embargo. Otoya se paralizó, entonces. Abrió la boca un poco y lo miró con confusión. Se esperaba de todo menos esa pregunta—. ¿Muérdago? ¿En serio? —habló más bajo esta vez, para que nadie lo escuchara.
—Sí, claro, época navideña y esas cosas…
—No, no, no lo digo por el muérdago en sí —se corrigió, agitando la mano. Inclinó la espalda para acercarse algo más, a lo que él imitó el gesto—. Estamos en la cafetería, Otoya —explicó como si de verdad fuera idiota—. Una zona común. Hay gente por ahí. ¿Y tu cabecita pensó que era buena idea colocar el muérdago a ojos de todo el mundo?
Otoya terminó de captar la reacción de Chigiri. No lo estaba rechazando —al menos no ahora—, sino que cuestionando la decisión que tomó de dónde ponerlo. Ahora que le daba otra vuelta, habría sido más efectivo dejarlo en el marco de la puerta de su habitación. Aunque también era arriesgado, seguía siendo mejor opción.
—A ver, nadie lo está viendo —aclaró él, nervioso—. El pilar da la espalda a los demás.
—Eso lo sé, idiota. Pero imagínate que decido cumplir con la tradición del muérdago…
Estaba completamente perdido. Entre la cercanía al rostro de Chigiri y las miradas nerviosas que repartía a la multitud y al muérdago, su cabeza maquinaba a toda velocidad y no era capaz de funcionar como hacía unos segundos lo hacía.
Cerró los ojos, tomó aire, y volvió a mirar a Chigiri, que ya había roto el silencio que le estaba poniendo los pelos de punta.
—¿Sería una buena idea besarme delante de tantas personas? —musitó más bajo que antes, lo que solo consiguió erizar su piel aún más, como si eso fuera posible.
Chigiri se mostró seguro, aunque el movimiento irregular de su pierna bajo la mesa lo delataba, además del rubor que empezaba a asomar por sus mejillas. Bien. Él no era el único nervioso ahí, por lo que podía volver a amoldar la situación a su conveniencia.
Ladeó el rostro, observándolo con cuidado. Primero a sus ojos, que pestañearon al notar su cambio, y luego bajó a sus labios por apenas menos de un segundo. Subió a su mirada de nuevo, a lo que, entonces, Chigiri volvió a pestañear varias veces, muerto de la vergüenza.
—¿Crees que no lo haría?
—¿Crees que yo te lo permitiría? —contraatacó el pelirrojo, pero su tono de voz delató que en verdad no sabía qué hacer.
Los segundos el uno frente al otro se sintieron eternos. Ninguno pestañeó, lo que pareció un reto imposible para ambos. Al menos parecía que estaban compitiendo por ver quién mantenía los ojos abiertos por más tiempo, ¿no? No parecía nada raro desde fuera, claro…
Como si aquel juego fuera su situación real, Chigiri fue el primero en cerrar los ojos. Retomó la postura en el asiento, por lo que Otoya tuvo que hacer lo mismo.
—Ya es tarde —murmuró, levantándose—. Vámonos.
Al peliblanco le sorprendió que hablara en plural, pero no se quejó en absoluto. Al contrario, imitó el gesto y lo siguió, no sin antes agarrar el muérdago sin que se percatara de ello.
Tampoco le importó a ninguno dejar el platito sobre la mesa. Simplemente se fueron. Chigiri a paso acelerado, Otoya observándolo caminar, con total serenidad ahora que había vuelto a manejar el ritmo.
El cabello rosado se agitaba de un lado a otro por cada paso que daba, lo cual lo volvía bastante divertido. Otoya no tardó en alcanzarlo cuando detectó que faltaba poco para llegar a la habitación de Chigiri, lo que marcaría el momento en el que se despedirían.
Tenía que salir bien.
Tenía que salir bien.
¿Iba a salir bien?
—Feliz cumpleaños, otra vez —rompió el silencio Otoya, con deje divertido.
—Gracias —El pelirrojo sonó algo incómodo—. Otoya, ¿has hecho todo esto solo para besarme?
Los dos se detuvieron a la vez al llegar a la puerta de la habitación, a la que Chigiri se encontraba más próximo. El nombrado sintió la pregunta como una bofetada en toda la cara. La acusación tenía sentido, y en parte razón, pero ese no era todo el motivo.
Se rascó la nuca al suspirar.
—¿Te digo la verdad o lo que quieres escuchar?
Chigiri puso un brazo sobre el otro, alerta, rascándose un codo. Su espalda dio contra la madera de la puerta, la cabeza inclinada un poco hacia abajo, dirigiéndole una mirada de niño en apuros. Otoya, por su parte, sintió un escozor amargo en la garganta.
—La verdad.
—La verdad es que me muero por besarte desde hace un montón —explicó, decidido—. Pero lo hecho hoy no tiene nada que ver con eso.
Vio a Chigiri humedecerse los labios, lo cual no supo interpretar. Quería pensar que era porque iba a darle la oportunidad de hacerlo, pero parecía más un signo de nerviosismo.
—¿Entonces?
—Llegué a la conclusión de que hoy era mi última oportunidad, así que me esforcé al máximo. No solo para que me beses, sino para hacerte feliz en tu día.
—¿Intentas ser romántico? —cuestionó Chigiri, con una sonrisa muy mal contenida; a Otoya también se le escapó la risa al notar esa expresión.
—¿Me sale? —Dio unos pasos hacia delante, sin darle espacio por donde escabullirse.
—Ha estado bien, pero tampoco te creas.
La mirada de Chigiri bajó de sus ojos a su boca, para después a su cuello y, al final, a ambos lados del pasillo. Él miró de reojo, también; no había nadie, así que la confianza en lo que estaba haciendo continuó.
—¿Y si hago… esto?
Otoya tardó un poco. Primero clavó la vista en sus ojos, impidiendo que vuelva a desviarla, para después sacar la mano de detrás de su espalda y alzarla sobre sus cabezas. Con dos dedos sostuvo el muérdago, del que cayó una hoja lentamente hacia abajo.
Un detalle tan dramático como patético con el que Chigiri soltó una risa tonta, tapándose parte de la cara. Al destaparla, Otoya alzó cejas.
—¿Siempre te sales con la tuya? —le rebatió, recuperando seguridad.
—La mayor parte de las veces —dijo de forma simple, a lo que después llevó la mano libre a la pared, justo al lado de su cabello, aunque sin llegar a tocarlo—. ¿Me vas a dar el gusto esta vez?
Chigiri revisó los pasillos otra vez. Nadie por ningún lado. Por ello, tuvo que volver a mirarlo a él; tomó el brazo que acababa de poner a su lado, pero no lo bajó. Solo apoyó la mano entre el hueco de su antebrazo y su bíceps, para acto seguido acercar el rostro unos centímetros.
Peligroso. Completamente peligroso. Otoya ni siquiera sabía si podría aguantar las ganas.
—Solo uno —concedió Chigiri—. Quiero un caprichito de cumpleaños.
—Entonces déjame disfrutarlo.
Otoya se olvidó del muérdago, que dejó caer al suelo, y llevó la mano hasta su rostro. Lo recorrió con un ansia lenta hasta llegar al cuello, de donde tomó el cabello de la nuca para enredar ahí los dedos. A su vez, Chigiri apartó unos mechones blancos de su cara, que acercó a la suya tras llegar a la parte trasera de su cabeza.
Por más que fueran menos que segundos, Otoya sintió ese momento eterno. Sus rostros cada vez más cerca, los ojos cerrándose con cuidado, el movimiento de las cabezas cada una a un lado diferente, la respiración chocando contra la otra persona. Todo tan íntimo como interminable.
Hasta que llegó el momento. Hasta que sus labios se juntaron y Otoya se permitió bajar la mano de la pared hasta el hombro de Chigiri; conforme exploraba el interior de la boca ajena, su palma hacía lo mismo con el cuerpo. Bajó con cuidado mientras el pelirrojo seguía su brazo con cada movimiento que hacía. Tras detenerse en su cadera y apretar para así intensificar la sensación, Chigiri dejó los dedos sobre su muñeca.
Otoya tuvo razón desde el momento en el que se lo imaginó. Era más que increíble.
No había nada torpe ni contenido. Se notaba que no era el primer beso de ninguno de los dos; al contrario, ambos dejaron en claro su experiencia. Otoya era quien marcaba el ritmo, pero Chigiri no se quedaba atrás.
Se adaptaba al movimiento perfectamente, aunque con una delicadeza que al principio lo trastocó un poco. Su mano bajó hasta el cuello de la camiseta de Otoya, la cual apretó por un momento. Debido a eso, el peliblanco, emocionado, fue más intenso.
Cuando el aire comenzaba a faltar Chigiri fue el primero en apartarse, dejando a Otoya con las ganas cayéndole de la boca. Aún así, se mantuvo cerca, a centímetros de sus labios. Vio sus ojos brillar más cerca que nunca, las pestañas expandiéndose hacia arriba, pulcras.
Fue poco el tiempo que tardó a tomarle los labios nuevamente. Esto tomó a Otoya desprevenido, que pensó que el momento había terminado. Al contrario, Chigiri tiró de su camiseta, moviéndolo más hacia él. La puerta se abrió a su espalda, por la que pasó tirando de él.
Esta vez fue un beso más corto. La puerta se cerró esta vez tras Otoya, a quien le subía y bajaba el pecho a toda velocidad.
—Pensaba que era solo uno —murmuró, guiando las manos hasta el torso ajeno para recuperar la cercanía.
—Pensábamos…
No le dio oportunidad a decir nada más. Capturó sus labios por tercera vez, fundiéndose en la calidez que compartían. Esto se había vuelto una gran adicción de la que no estaba seguro de poder contenerse nunca, a menos que Chigiri lo detuviera. De lo contrario, él disfrutaría todo lo que estuviera a su disposición.
Otoya repartió besos veloces desde la comisura del labio hasta el inicio del cuello. Fue ahí cuando Chigiri lo detuvo, sosteniéndole el pecho lo suficiente como para alejarlo mínimamente. Sopló justo delante de él, haciendo que cerrara los ojos por un instante.
—No te pases, ninja pervertido —Esta vez llevó sus dedos a sus labios, sellándolos. Apartó del todo su rostro—. Gracias por tu tercer regalo —ironizó.
—Este regalo es más mío que tuyo —murmuró contra sus dedos.
—Como digas.
Chigiri hizo el gesto de limpiarse las manos, dando media vuelta. No se alejó mucho, pero sí lo suficiente como para sentir vacío el espacio entre ambos. Ahora que sabía lo que se sentía tenerlo pegado a su piel, no quería nada que no igualara aquello. Y eso significaba sufrir la ausencia todos los días que seguirían de ahora en adelante.
El pelirrojo cruzó los brazos, desviando la mirada a la litera de abajo, la cual se encontraba desordenada.
—Creo que deberías irte —añadió, algo rígido—. Alguien podría entrar en cualquier momento.
Otoya asintió. Por más ganas que tuviera de continuar y descubrir hasta dónde podrían llegar, él tenía razón. Era toda una suerte que no hubiera nadie, pero conforme el tiempo avanzaba, aumentaban las probabilidades de ser descubiertos.
Agarró el tomo de la puerta, pero no salió del todo al abrir. Dejó medio cuerpo dentro, sosteniéndose al marco de al lado e inclinando la espalda hacia delante.
—¿Uno de despedida?
Chigiri soltó una risa tonta, aunque se acercó. Le dio un golpecito en la cabeza, mirándolo desde arriba.
—No te emociones —regañó, pero Otoya notó su voz más suave de lo normal—. Esto no significa nada.
—Claro, nada en lo absoluto —Dudó antes de responder—. ¿En Navidad me darás otro regalito de estos?
—¡Otoya!
Chigiri volvió a darle un golpe, por lo que él tuvo que pedir perdón a toda prisa. El silencio que cayó justo después fue extraño. Uno tan cómodo como incómodo a la vez, lo cual solo daba paso a las dudas. Otoya suspiró para romperlo.
—En fin, sí que tengo que irme.
—Espera.
No tuvo tiempo a ponerse derecho de nuevo. Chigiri tapó por completo su boca con la mano, se acercó y posicionó los labios por última vez sobre su frente. Luego, mientras a Otoya aún le costaba reaccionar, le recolocó el pelo que le había revuelto.
Sus labios pasaron de formar una pequeña o de sorpresa a dibujar una sonrisa diminuta. Se apartó un poco hacia atrás, por si acaso volvía a golpearlo, y se burló de él.
—Te vuelvo loco, kunoichi…
—Cállate antes de que dé un portazo y te arranque los dedos.
—Te encanto…
—¡Que te largues, estúpido!
El peliblanco se echó para atrás antes de recibir un golpe que realmente fuera con intención de hacerle daño. Se rió sin miedo, disfrutando de hacerlo rabiar y poder ver esa faceta suya.
—¡Te veo el veinticinco en la sala de repeticiones! —canturreó mientras se alejaba, caminando hacia atrás.
—¡Te dije que esto no significa nada!
—¡Eso dices ahora!
Se dio la vuelta por fin, caminando normal. No necesitó ver la reacción de Chigiri para saber que soltó un insulto por lo bajo, pero que en realidad regresó al interior de la habitación con el pecho agitado y una sonrisa tontorrona.
Y lo sabía porque él estaba exactamente igual. El corazón bombeaba con tanta fuerza que temía que se le abriera el pecho en canal de repente, las piernas le temblaban por cada paso que daba y la cabeza iba a mil por hora.
Revivió cada momento del día junto a Chigiri mínimo cien veces durante el camino, y al entrar en su propia habitación, más de cien. Toda la espera había valido la pena. De vez en cuando se tocaba los labios, hinchados, por encima para comprobar que era real, que lo había conseguido.
Eita Otoya era un chico con suerte que seguía viviendo bajo su filosofía de hacer lo que le diera la gana. Gracias a ella, ese mismo día había experimentado su mayor pico de felicidad.
