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Dejame Consentirte

Summary:

Tras bromear en una entrevista sobre que siempre paga cuando sale con Nani, Sky no espera que él cambie. Decidido a no hacerlo sentir incómodo, Nani empieza a pagar todo y rechazar sus regalos. Lo que para Nani es consideración, para Sky se vuelve una duda silenciosa: si ya no puede consentirlo, ¿sigue siendo necesario?

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El clip llevaba días circulando en redes. Un momento ligero, una risa compartida, una frase dicha sin malicia. Sky recordaba perfectamente cómo había bromeado sobre pagar casi siempre cuando salían, cómo el público había reído y cómo él había exagerado un poco la queja para hacerlo más entretenido. Nada serio. Nada profundo. Sin embargo, Nani no había vuelto a mencionarlo. Y ese silencio empezó a volverse sospechoso.

El primer cambio fue casi imperceptible. En el set, Sky apareció con dos bebidas frías, como hacía siempre, dejándola frente a Nani con naturalidad. Nani sonrió, agradecido, pero sacó el teléfono y le envió el dinero al instante. “No quiero que pagues por mí”, dijo con suavidad, como si estuviera explicando algo lógico. Sky soltó una pequeña risa intentando calmar la ansiedad en su pecho ante las palabras dichas con naturalidad. “Es solo una bebida.” Nani inclinó la cabeza. “Aun así.” No hubo tensión visible, pero Sky sintió que algo se había movido de lugar.

En los días siguientes, la escena se repitió con variaciones cada vez más incómodas. En un restaurante, Sky fue al baño con la intención clara de interceptar al camarero y pagar la cuenta. Cuando regresó, Nani ya había resuelto todo. “¿Lo hiciste otra vez?”, preguntó Sky, intentando sonar casual. “Sí”, respondió Nani, tranquilo. “Quiero hacerlo yo.” Esa frase, tan sencilla, se quedó dando vueltas en la cabeza de Sky durante horas. No quería sonar como un maldito maniático, sabia que Nani tenia derecho a ser independiente, pero Sky estaba cayendo de a poco en la locura cuando Nani no le permitía pagar hasta sus cosas basicas.

Lo que Nani no sabía era que para Sky no se trataba de dinero. Se trataba de presencia. De esa sensación íntima de poder cuidar, de tener un espacio concreto donde demostrar afecto sin tener que decirlo en voz alta. Consentir a Nani lo hacía sentirse útil, importante, elegido. Cuando Nani empezó a pagar siempre, a rechazar regalos con una sonrisa educada, a devolver una sudadera costosa diciendo “puedo comprármela”, Sky comenzó a interpretar lo peor. ¿Ya no lo necesitaba? ¿Había cruzado una línea? ¿Se había vuelto demasiado?

La paranoia creció con un toque casi ridículo. Sky empezó a analizar cada gesto. Si Nani tardaba más en responder un mensaje, era porque estaba creando distancia. Si insistía en dividir la cuenta, era porque quería independencia emocional. Si decía “no hace falta”, Sky escuchaba “no te necesito”. Y aquello, más que doler, lo desesperaba de una manera casi infantil. Porque él no quería ser imprescindible por obligación, pero sí quería ser elegido.

Buscó consejo en Tay aprovechando que se encontraron en el estudio, este al ver la cara de sufrimiento y desespero del menor lo escuchó mientras comía tranquilamente, sin dramatismo alguno. “Creo que estás creando una tragedia donde no la hay”, comentó Tay con una sonrisa ladeada. “¿Y si no?” respondió Sky, frunciendo el ceño. “¿Y si está marcando distancia?” Tay dejó el tenedor. “¿Te dijo que quiere alejarse?” Sky negó. “¿Te ha tratado diferente?” Dudó. “No.” Tay suspiró. “Entonces deja de escribir un guion en tu cabeza.”

Pero Sky ya estaba en modo creativo—y no en el buen sentido. Intentó pagar por adelantado en un café antes de que Nani llegara; el encargado, confundido, terminó informando a Nani al verlo aparecer, y Nani simplemente añadió su propio pedido y pagó la diferencia. Intentó enviarle un regalo “como colaboración”; Nani lo llamó directamente. “Sky, no tienes que hacer esto.” Esa frase, dicha con tanta calma, lo hizo sentir aún más pequeño. ¿No tenía que? Él quería, lo necesitaba.

La explosión llegó una noche cualquiera. Nani pagó la cuenta otra vez, y cuando regresaron al auto, el silencio fue demasiado denso. Sky no pudo contenerlo. “¿Por qué no me dejas hacer algo por ti?” La pregunta salió más herida de lo que pretendía. Nani parpadeó, sorprendido. “¿Qué?” Sky respiró hondo, pero la voz le tembló. “Desde que dije eso en la entrevista, actúas como si te molestara que te consienta. Como si fuera un error querer hacerlo.”

Nani lo miró en serio entonces, sin la ligereza habitual. “Pensé que te incomodaba”, respondió finalmente. “No quería que sintieras que me aprovecho de ti.” Sky negó de inmediato. “Nunca fue eso. Si pago es porque quiero. Porque me gusta verte feliz. Porque…” Tragó saliva. “Porque así siento que te cuido.” El silencio que siguió ya no fue tenso, sino revelador.

Nani suspiró y se acercó un poco más. “No quiero quitarte eso”, dijo con voz baja. “Solo no quiero que sientas que es tu responsabilidad.” Sky bajó la mirada un segundo, luego volvió a alzarla. “Entonces no lo conviertas en distancia.” Nani tomó su mano con calma, entrelazando los dedos. “No es distancia. Es equilibrio.” Y por primera vez desde aquella entrevista, Sky sintió que el lenguaje no se había perdido. Solo necesitaba ajustarse, aprender a compartirse sin miedo, sin suposiciones, sin convertir un gesto de amor en una herida imaginada.

La voz se le a SKy quebró apenas, más por frustración que por tristeza. “Cuando no me dejas… siento que me estás quitando algo.”

La comprensión llegó despacio, pero firme. Nani suspiró, acercándose un poco. “No intento alejarte”, dijo con suavidad. “Intento no ser una carga.” Sky negó, casi ofendido. “Nunca lo has sido.” El silencio que siguió fue distinto, menos áspero. Nani tomó su mano con calma. “Entonces hagamos esto simple. A veces tú. A veces yo. Pero que sea elección, no expectativa.” Sky exhaló, sintiendo que el drama que había construido en su cabeza comenzaba a desmoronarse. No era abandono. No era distancia. Solo dos personas intentando cuidarse sin saber exactamente cómo decirlo.

 

Los días siguientes fueron extrañamente más ligeros… y más tensos al mismo tiempo. El acuerdo estaba hecho: a veces uno, a veces el otro. Sin presión. Sin expectativas. Pero ahora había una nueva conciencia entre ellos, como si cada cuenta sobre la mesa fuera una prueba silenciosa. Sky intentaba actuar normal, aunque ya no se adelantaba con la misma seguridad de antes, y Nani lo notaba. Lo notaba demasiado.

Una tarde, después de grabar, entraron a una cafetería pequeña, lejos del ruido habitual. Hablaron de cosas simples: escenas mal logradas, comentarios del staff, planes improvisados para el fin de semana. Todo fluía con naturalidad hasta que el camarero dejó la cuenta sobre la mesa. Sky la miró un segundo más de lo necesario. Nani también. Hubo una pausa diminuta, casi invisible. “La dividimos”, murmuró Sky, casual, demasiado casual. Nani no respondió de inmediato; en cambio, empujó la cuenta suavemente hacia él. “Invítame.” Sky alzó la vista, sorprendido. “¿Qué?” Nani sostuvo su mirada con calma. “Quiero que me invites.”

No era un reto ni una concesión, era una elección clara. Algo cálido le subió por el pecho a Sky mientras tomaba la cuenta, intentando ocultar la pequeña sonrisa que se le escapaba. “Está bien. Pero solo porque lo pediste.” La ligereza regresó apenas, como una puerta que se abre sin hacer ruido.

A partir de ahí, el equilibrio comenzó a reconstruirse, aunque Sky, en su entusiasmo por recuperarlo, se excedió. Apareció con postres “porque sí”, dejó bebidas en el camerino con notas torpemente escritas y compró una camisa que juraba que le quedaría perfecta. Nani lo observaba con una mezcla de ternura y sospecha creciente hasta que, una noche, mientras Sky intentaba interceptar la máquina de pago con una velocidad sospechosamente entrenada, soltó con media sonrisa: “¿Estamos compitiendo ahora?” Sky bloqueó su muñeca con la mano y respondió: “No es competencia. Es dedicación.” Nani arqueó apenas una ceja. “Es agresivamente dedicación.”

La frase cayó más pesada de lo que pretendía. “No tienes que probar nada”, dijo Nani sin dureza, pero el eco se quedó entre los dos. Sky retiró la mano de la máquina con lentitud, como si el gesto hubiera perdido su ligereza de segundos antes. “No estoy probando nada”, respondió, y aunque intentó sonar tranquilo, algo en su voz se había vuelto más frágil.

El aire cambió apenas, no por enojo, sino por comprensión tardía. Nani lo observó con atención, intentando descifrar lo que no estaba siendo dicho. “Entonces, ¿por qué te esfuerzas tanto?”, preguntó con suavidad. Sky bajó la mirada un instante antes de contestar. “Porque me gusta hacerlo. Me gusta invitarte. Me gusta cuidarte así.” No había dramatismo en sus palabras, solo una honestidad que lo dejaba expuesto.

El silencio que siguió no fue tenso, sino reflexivo. Nani entendió entonces que había confundido el gesto con una carga. “Pensé que te estaba ayudando”, admitió finalmente. Sky negó con la cabeza, casi de inmediato. “Nunca fue una carga.” Sus dedos se cerraron un poco, como si sostuviera algo invisible que no quería perder.

La tensión se suavizó en ese punto exacto. Nani dio un paso más cerca, acortando la distancia sin invadirla. “No quiero que un día sientas que siempre eres tu quien lo da todo.” Sky levantó la vista y sostuvo la suya. “Y yo no quiero sentir que ya no tengo que hacerlo.” No era una pelea. Era el reconocimiento de dos inseguridades que habían estado caminando en paralelo.

Algo se acomodó entre ellos entonces, no de manera perfecta, pero sí suficiente. Nani tomó su mano con calma y murmuró: “Entonces no objetare si nace de tu voluntad.” Sky dejó escapar una pequeña sonrisa, todavía vulnerable, pero más ligera. “¿Eso significa que puedo invitarte mañana?” Nani inclinó apenas la cabeza. “Significa que mañana eliges tú… y pasado mañana elijo yo.”

Sky torció un poco la boca en un pequeño puchero " O tu puedes elegir que es lo que quieres y yo puedo dártelo y pagarlo". Nani entrecerró los ojos y negó ganándose una divertida rabieta de alguien mas alto que el. "Bien". suspiro y continuo caminando siendo seguido por Sky quien sonreía al haber logrado su cometido. Por que si Sky no podía vivir sin consentir a Nani, Nani no podía negarle nada a esa mirada de cachorro.