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Metió sus manos en los bolsillos, ignorando el olor a hospital que se colaba en su nariz y las fuertes luces que dañaban su visión aún cuando no las miraba directamente. Estaba incómodo, demasiado incómodo y el silencio no le ayudaba en lo absoluto. Su pierna izquierda se movió repetitivamente en su lugar.
— Sabes que si no cooperas, no podrás volver a Blue Lock, ¿verdad, Rin?
La mandíbula de Rin se tensó ante el comentario.
— Qué se pudran todos los de Blue Lock. — espetó sin pudor alguno. — Los que necesitan un psicólogo son ellos.
El terapeuta arqueó una ceja, por fin notó algo interesante luego de veinte minutos de silencio.
— ¿Crees que estás aquí porque ellos piensan que estás enfermo?
No respondió, silencio nuevamente. El hombre suspiró, dejando la libreta sobre la mesa donde se hallaba el café ya frío de Rin.
— Estás aquí porque tu hermano está muerto.
Se removió en su asiento, clavando las uñas en las palmas de sus manos. Estaban locos, todo el mundo se estaba volviendo loco. Sae estaba más presente que nunca, y que un supuesto profesional de la salud lo negase, bueno, le hacía cuestionar la veracidad de la psicología.
¿Cómo el mundo podía decir que Sae ya no existía si él siempre estaba a su lado, criticando cada jugada?
Se levantó de su asiento, saliendo de la habitación con pasos pesados, dejando al hombre que lo llamó repetidas veces. Dio un fuerte portazo y caminó por el pasillo sin mirar hacia atrás, hasta la salida de la clínica. Era una completa pérdida de tiempo y lo peor era que sus padres avalaban esa pérdida de tiempo.
Miró a un grupo de adolescentes de su misma edad pateando un balón desinflado en un parque. Le parecieron patéticos. Sae estaba observándolos también, con esa mirada de desprecio que solía dedicarle a Rin.
"Mira eso, Rin. Esos tibios creen que están jugando. Tú eres igual que ellos si crees lo que dicen esos adultos con bata blanca".
«Es una jugada maestra, Sae. Te doy eso», reflexionó mientras cruzaba un puente y dejando a aquellos chicos atrás, el sonido del agua del río filtrándose por sus oídos mientras Sae caminaba a su lado.
Al llegar a la entrada de su casa, se detuvo un segundo, no quería entrar. El olor a incienso se filtraba incluso por las rendijas de la puerta principal, mezclándose con el aire de Kamakura. Era un olor que odiaba.
Entró sin llamar, sus ojos recorriendo el salón con asco. Sus padres estaban allí, sentados sobre sus rodillas en silencio. El altar había crecido, más flores blancas, más velas, y esa fotografía de Sae con una cinta negra que Rin se negaba a mirar directamente.
Sus padres voltearon al oír la puerta.
— Rin... — la voz de su madre era apenas un susurro, sus ojos estaban rojos. Rin lo ignoró por completo. — El doctor llamó. Dijo que te fuiste antes de tiempo.
Rin se quitó los zapatos deliberadamente lento antes de responder, su voz sonando totalmente contraria a la voz dolida de su madre.
— Si quieren tirar dinero, háganlo, pero no me obliguen a ser parte de su teatro.
Su madre apretó los labios en una fina línea, y aunque su padre, con esos ojos cansados, iba a gritarle, su madre gateó hasta donde su hijo se encontraba, abrazándolo con fuerza. Rin no correspondió, sintiendo el gesto como una acción vacía y carente de lógica.
Los padres eran los que más conocen a sus hijos oyó por ahí, ¿entonces por qué creen mentiras?
Rin permaneció inmóvil, con los brazos rígidos a los costados mientras el peso del cuerpo de su madre se aferraba a él. Podía sentir sus sollozos vibrando contra su pecho, pero ese calor era molesto, casi invasivo. Sus ojos recorrieron el salón por encima de la cabeza de ella, buscando la aprobación de la única persona cuya opinión realmente contaba.
Sae estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados.
— Suéltame. — dijo sin violencia, en un susurro.
Su madre se apartó lentamente. Lo miró con una mezcla de horror y súplica, buscando en el rostro de su hijo menor algún rastro del chico que, alguna vez, también había llorado cuando se raspaba las rodillas. Pero Rin ya no estaba allí, aún en la dura situación en la que se encontraban.
— Rin... por favor. — balbuceó su padre desde el suelo, con la voz rota.
Este ignoró las súplicas y subió las escaleras con prisa, dejando atrás a sus padres para encerrarse en su habitación con llave. Sacó su teléfono de dentro de un cajón, hacía semanas que no lo prendía para no ver noticias ni nada al respecto. Lo prendió e ignoró las llamadas y mensajes de sus compañeros de Blue Lock. No sabía cómo habían conseguido su número, pero poco le importaba qué le pudieran decir ni sus falsos pésames.
Dispuesto a apagar el teléfono recibe una notificación de un mensaje de Shidou.
“Rin, ¿quieres venir a cenar?”
Caminaba con las manos en los bolsillos, observando cómo Shidou lanzaba cajas de curry instantáneo al carrito con una desgana que le resultaba irritante. Caminaron un poco más y este metió muchos paquetes de ramen instantáneo. No parecía ser una buena mezcla para el estómago de Rin, ni de alguien decente.
— Si vas a cocinar, al menos elige algo con valor nutricional — comentó Rin, señalando un brócoli con la barbilla.
Shidou soltó una risa nasal.
— No es para los músculos, Rin-Rin. Es para no tener el estómago vacío.
Bufó y no respondió, ya se había acostumbrado a la actitud derrotista de Shidou. Para él, Ryusei simplemente había perdido su ego, volviéndose uno más de la masa. Aún cuando consideraba que el que hubiese dejado el fútbol era una decisión tibia, nunca le cuestionó al respecto. Y curiosamente, luego de haberlo dejado, se volvió menos molesto y más cercano a Rin. Podría incluso llegar a decir, que disfrutaba su compañía.
— ¿Cómo te fue en el psicólogo hoy?
Rin desvió la mirada hacia un estante lleno de productos de limpieza, evitando el contacto visual. El simple recuerdo de la oficina del terapeuta y el olor del lugar le provocaba una punzada de irritación en la sien.
— Una pérdida de tiempo. — respondió Rin, su tono cortante. — El tipo no sabe de lo que habla. Se limita a repetir lo que los periódicos dicen porque es lo más fácil. Es un mediocre, igual que todos los demás.
Shidou se detuvo frente a la sección de bebidas y sacó su teléfono. La luz de la pantalla iluminó sus facciones, que ahora parecían más afiladas y cansadas bajo la luz blanca del supermercado. Un titular apareció en sus notificaciones, “Hoy se cumple un mes del suicidio del genio del Real Madrid”.
Shidou apagó el teléfono, olvidándose por completo lo que iba a buscar en internet. Lo guardó en su bolsillo.
— Los idiotas con títulos siempre creen que tienen la verdad absoluta. — comentó Shidou, metiendo cualquier cosa que tuviese a su alcance en el carrito.
Rin observó el gesto errático de Shidou. El carrito se llenaba de productos al azar, una mezcla de frituras y bebidas energéticas que Shidou lanzaba casi automáticamente. De todos modos, no dijo nada, supuso que dejar el fútbol debía ser algo difícil.
Comenzó a caminar hasta la caja, notando que el rubio no lo seguía.
— ¿Qué? ¿Te vas a quedar ahí parado? — soltó Rin, sin mirarlo. — Muévete.
—Ya voy, ya voy... — masculló Shidou, empujando el carrito.
Caminaron hacia la salida luego de pagar. Shidou se sentía como si estuviera transportando mil kilos de mierda encima. Él sabía que Rin estaba mal. Lo supo desde la primera vez que lo vio hablarle a un rincón vacío del campo después de la noticia. Al principio quiso gritarle, quiso darle su merecido, pero eso ya no tenía sentido.
Y Shidou, en su propio pozo, encontró un refugio extraño en eso. Si Rin actuaba como si Sae estuviera vivo, Shidou podía fingir, al menos por un par de horas.
—Oye, Rin. — dijo Shidou mientras salían al aire frío de la calle —, hoy voy a hacer el curry extra picante.
Rin soltó una risa seca.
— Haz lo que quieras, comeré otra cosa. Sae dice que el picante entorpece las papilas gustativas, pero supongo que para alguien que ya no juega, eso da igual.
—Sí, bueno... ya sabes que a mí me gusta el caos y esas cosas.
Rin observó a las demás personas, pensando en lo fácil que era engañar a la gente que necesitaba creer en tragedias para darle sentido a sus vidas.
Las imágenes de las últimas semanas se reproducían como una película de bajo presupuesto en su mente. Recordaba a sus padres regresando de Madrid, con los ojos vacíos y la piel grisácea, balbuceando sobre su hermano. Unos policías llegaron a su casa poco después, y según lo que Rin pudo escuchar, hablaban de un cuerpo que apenas conservaba la simetría que Sae tanto cuidaba. Hablaban de fracturas, de un rostro marcado en el asfalto y de una identidad confirmada por registros dentales y pruebas de ADN.
Rin casi quería reírse. Si Sae era un genio capaz de manipular a veintidós jugadores en un campo de fútbol, ¿cómo no iba a ser capaz de manipular a dos adultos consumidos por el pánico y unos cuantos policías? Un par de informes forenses y una figura deformada por un impacto desde veintiocho metros no eran pruebas. Sae era orden, era precisión y perfección. Alguien tan obsesionado con la belleza funcional no se convertiría en un amasijo de carne, vísceras y huesos rotos solo por un impulso. Ese desorden era la razón definitiva de que todo era una farsa. Sae lo ponía a prueba, a ver si realmente lo conocía.
Incluso el funeral, ocurrido hace dos semanas, había sido un evento al que Rin se negó a asistir. Sus padres le suplicaron, que era la última oportunidad para despedirse, pero Rin se había quedado en su habitación, ajustándose los botines para practicar a solas. ¿Para qué ir a ver cómo enterraban una caja de madera llena de nada? Si Sae quisiera que lo viera, no se habría tomado tantas molestias en montar ese simulacro de ataúd cerrado. Y si Sae realmente estuviera allí, no habría permitido que lo cubrieran de tierra, siempre odió estar sucio.
Llegaron al apartamento de Shidou. Al entrar, el olor a encierro reemplazó el aire fresco de la noche. Shidou dejó las bolsas en la encimera con un golpe sordo, rompiendo el hilo de los pensamientos de Rin.
— Siéntate donde quieras, Rin-chan. — dijo Shidou en voz alta, tratando de romper el hechizo en el que se encontraba. — Voy a preparar esta porquería. No esperes una estrella Michelin.
Rin se sentó en el sofá, rígido, dejando la mochila que siempre llevaba consigo a un lado. Sus ojos se clavaron en el televisor apagado, viendo su propio reflejo y, justo detrás, la silueta de su hermano observando.
Por alguna razón, los ojos de Sae se notaban más cansados que antes, los propios también. Bueno, últimamente no estaba durmiendo bien y lo sabía, noches enteras de práctica le estaban pasando factura.
No supo cuánto tiempo estuvo sentado mirándose en el televisor, pero Shidou entró con ambos platos a la habitación.
— Aquí tienes. — dijo Shidou, dejando un cuenco de ramen humeante frente a Rin y sentándose al otro extremo de la mesa con su curry rebosante de especias, no iba a hacer comer a Rin algo que no quería, de todos modos. — Come antes de que se enfríe y halagame por el buen cocinero que soy.
Rin tomó los palillos y sopló para enfriarlo, luego dio un bocado.
— ¿Y? ¿Cómo está?
— Sería muy complicado qué esté mal algo a lo que sólo debes echarle agua.
Shidou rió de manera exagerada, aunque no le había dado tanta gracia realmente. Este comió el curry que había cocinado demasiado lento, y dejó la mayoría de la comida en su plato. No había dado ni seis bocados.
— Me voy a dar una ducha rápida mientras comes, Rin. No intentes espiar mi ropa interior mientras yo no estoy. — bromeó Shidou, aunque su voz carecía de energía. Se levantó y caminó hacia el baño, dejando el teléfono olvidado. Rin lo miró irse con cierto asco.
Se quedó solo con el vapor de los fideos subiendo hacia su rostro. Fue entonces cuando el teléfono de Shidou vibró. La pantalla se iluminó e inmediatamente su mirada se dirigió hasta el contenido.
Era una noticia, por alguna razón Shidou le tenía las notificaciones activadas a una agencia.
"Caso Sae Itoshi: Fiscalía de Madrid cierra la investigación. Se ratifica el salto al vacío desde el sexto piso. No hubo indicios de criminalidad."
Rin dejó los palillos. Sus ojos verdes se clavaron en las palabras.
Sae, desde el reflejo del televisor apagado, pareció negar la cabeza y mirar el teléfono por encima del hombro de Rin.
"Mira eso, Rin. Hasta la ley se rinde ante una jugada bien ejecutada. Son tan fáciles de manipular".
La puerta del baño se abrió y Shidou salió con una toalla alrededor del cuello. Se quedó petrificado al ver a Rin mirando fijamente su teléfono, que aún brillaba con la noticia del cierre del caso.
— Incluso los de Madrid están en esto — dijo Rin, levantando la vista. Sus ojos cansados brillaban con intensidad. — Dicen que cerraron la investigación. Qué conveniente, ¿verdad? Sae los tiene a todos comiendo de su mano.
Shidou se acercó y agarró su teléfono, apagándolo de golpe. Miró a Rin con una expresión que ya no era de lástima, sino de puro agotamiento. Estaba harto de ver a Rin buscarle un sentido a una tragedia.
— Deja de mirar esa mierda. — masculló Shidou, guardando el móvil en el bolsillo de su pantalón.
— El que mira esta mierda es otro.
Shidou apretó las manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos y vio a Rin pararse de su asiento con el ceño fruncido. Por un segundo, Shidou pareció que iba a estallar, que iba a sujetar a Rin por los hombros y gritarle que despertara, pero al final, sus hombros simplemente cayeron.
— Vete a casa, Rin. — dijo, llevándose una mano al rostro, carente de su habitual agresividad. — No puedo con esto, hoy no.
Rin no necesitó que se lo repitieran y pasó por al lado de Shidou sin rozarlo. Al salir del edificio, el viento de la noche chocó contra su rostro, pero apenas lo sintió. Su mente ya no estaba en ningún lado, ni en la calle, ni en la clínica, ni en el apartamento de Shidou.
No volvió a su casa. El pensamiento de cruzar esa puerta y oler el incienso le provocaba repulsión. En su lugar, sus pies lo llevaron mecánicamente hacia el parque vacío que había visto horas antes, aquel donde los adolescentes pateaban un balón desinflado.
Ahora el parque estaba desierto, iluminado solo por dos farolas que parpadeaban intermitentemente. Rin saltó la pequeña valla metálica. De su mochila, que siempre llevaba consigo por inercia, sacó un par de botines y un balón que usaba desde que era niño, el cual tenía parches de tantos arreglos. Se sentó en un banco frío para cambiarse el calzado, atando los cordones con tanta fuerza que marcaron las tiras en los dedos de sus manos.
Se puso de pie en el centro del improvisado campo de tierra. A su izquierda, cerca del banquillo, Sae ya lo estaba esperando. Tenía los brazos cruzados y esa mirada analítica que desnudaba cualquier defecto.
"Hazlo desde veintiocho metros de distancia", pareció dictar la figura de Sae. "Si fallas el ángulo aunque sea por un milímetro, el balón se desviará. No hay margen de error, Rin".
Rin tomó distancia. No había red, solo dos postes oxidados sin travesaño, pero él veía la portería con la misma claridad que los veía en sus partidos en Blue Lock.
Corrió hacia el balón y el impacto sonó como un látigo rasgando el silencio del parque. La pelota salió disparada, girando con una violencia desmedida, y pasó rozando el poste derecho antes de perderse en la oscuridad.
"Lento. Predecible", fue la crítica que Rin escuchó a sus espaldas.
Apretó los dientes y corrió a buscar el balón. Lo acomodó en el mismo lugar y esta vez no se tomó un segundo para analizar, pateó con rabia, buscando que la fuerza bruta compensara la falta de precisión. El balón golpeó el poste de hierro con un estruendo metálico que hizo eco en las calles vacías.
"Esa es la desesperación hablando. Un delantero desesperado es un delantero muerto".
— ¡Cállate! — gruñó Rin en voz alta, su voz rasposa lastimando su garganta.
Sae bufó, seguía sentado en el mismo lugar que antes, analizando cada jugada.
Volvió a colocar el balón. Pateó. Fue a buscarlo. Pateó de nuevo. Fue a buscarlo. La secuencia se volvió automática y destructiva. Cada tiro era más errático que el anterior, y la técnica pulcra que lo caracterizaba comenzó a desmoronarse bajo el peso de su propia obsesión.
Estaba sudando frío, sus pulmones ardían por el aire helado, y un dolor empezaba a treparle por la pierna de apoyo. Pero no podía parar, ya que, si paraba, significaba que aceptaba el cansancio, que aceptaba que todo esto era inútil, que aceptaba el titular de las estúpidas noticias.
Acomodó el balón por centésima vez. El cuero de la pelota se notaba más desgastado por la fricción contra la tierra y los postes. Rin tomó distancia, con la visión periférica nublada por el agotamiento.
Se perfiló para el tiro, pero su pie de apoyo cedió ligeramente sobre la tierra. Al impactar, el tiro salió defectuoso, arrastrándose sin fuerza hacia el centro de la portería.
Rin cayó de rodillas, con la respiración agitada y las manos apoyadas en el suelo frío. El sudor le goteaba de la frente. Levantó la mirada, esperando la humillación final.
Sae seguía allí, inmutable en la penumbra.
"Si esto es todo lo que tienes...", susurró la presencia, dándose la vuelta para alejarse hacia las sombras, "...entonces tienen razón. Se acabó el partido para ti".
Rin clavó los dedos en la tierra, sin poder levantar la cabeza por más que quisiera. No podía ver a Sae.
Se quedó ahí, con la frente gacha, durante demasiado tiempo. El silencio del parque, ahora sin la voz de Sae, era mucho más difícil de escuchar más que cualquier crítica. Sus dedos, entumecidos por el frío, se hundían en el suelo seco. Por primera vez en un mes, sentía la ausencia a su izquierda.
Fue el primer rayo de sol, filtrándose entre los árboles del parque, lo que lo obligó a moverse. Se levantó con la torpeza de un anciano, sus articulaciones crujiendo y ambas piernas doliendo debido a la exigencia. Se quitó los botines, guardándolos en la mochila junto al balón desgastado. Sus manos estaban negras, su ropa manchada de tierra y su rostro estaba pálido.
Caminó de regreso a casa mientras Kamakura despertaba. El contraste era insultante, pensó Rin caminando casi como un zombie, la gente salía a correr, los enamorados pasaban de las manos, los negocios abrían sus puertas y el mundo seguía girando.
Al llegar a su calle, vio el camión.
Era un vehículo blanco, sin distintivos, estacionado justo frente a su puerta. Dos hombres con uniformes oscuros bajaban la rampa hidráulica.
Sus padres estaban en la entrada. Su madre llevaba un pañuelo apretado contra sus ojos llorosos y su padre, con los hombros hundidos, firmaba unos papeles que le entregaba uno de los transportistas. Eran ellas. Las cajas de España. El inventario de una vida que, según el mundo, ya no existía.
Rin avanzó con paso rápido, ignorando la mirada de horror de su madre al verlo llegar en ese estado sucio, ojeroso y emanando un aura de hostilidad pura.
— Rin... — comenzó su padre, pero la voz se le quebró al ver los ojos de su hijo menor.
Rin no respondió. Se quedó parado en la acera, observando cómo bajaban la primera caja. Tenía etiquetas en español, sellos de aduana y el nombre de Sae escrito.
Los hombres dejaron las cajas en el salón, justo al lado del altar. Eran cuatro cubos de cartón reforzado que contenían ropa, libros, trofeos y objetos personales. El olor a incienso de la casa se mezcló de inmediato con el perfume de Sae.
Sus padres se quedaron inmóviles, sin fuerzas como para revisar el contenido. Pero Rin se arrodilló frente a la primera sin pedir permiso. Sus manos, aún manchadas con la tierra del parque, temblaron ligeramente al tocar la cinta de embalaje.
«Aquí estás», pensó, ignorando el sollozo ahogado de su madre a sus espaldas. «Sé que dejaste algo para mí».
Desgarró el cartón con violencia. Lo primero que vio fue una de las chaquetas del Real Madrid, perfectamente doblada. Debajo, sus botas de fútbol, las que usó en su último partido. Rin empezó a sacar todo, arrojándolo al suelo con un desorden que escandalizó a su padre.
— ¡Rin, detente! Ten un poco de respeto. — le recriminó su padre, intentando sujetarlo del hombro.
Rin se zafó con un gruñido, sus ojos fijos en el fondo de la segunda caja.
Sae no era tan descuidado. Si la policía había precintado esas cajas, es porque ya habían pasado por cada objeto.
Se obligó a calmar su respiración, ignorando el llanto de su madre que ahora intentaba recoger la ropa que él había esparcido por el suelo. Divisó entre sus cosas un portarretratos que cargaba con una foto de ambos cuando eran pequeños, cosa que sorprendió a Rin. ¿Realmente él seguía guardando ese tipo de cosas?
Rin sostuvo el portarretratos por apenas un segundo. En la imagen, dos versiones mucho más pequeñas y felices—bueno, al menos Rin—, de los hermanos Itoshi frente a un trofeo regional. Por unos segundos analizó la fotografía, pasando sus dedos sobre el vidrio recordando el momento, quizás uno de los más felices de su niñez, pero ahora era sólo ruido. Su hermano no podría tener algo así, estaba seguro.
— … Esto no es. — gruñó, soltando el marco. El cristal se astilló levemente al golpear el suelo, pero él ya estaba sumergido en la tercera caja.
Llegó a la cuarta y última caja. Su respiración comenzó a agitarse.
— Tiene que estar aquí. — insistió Rin, pero su voz ya no sonaba autoritaria. Sonaba pequeña. — Él no hace las cosas a medias, él tiene que haber dejado algo, una sola cosa…
Volcó la caja y cayeron objetos de aseo personal, un reloj de esos caros que él usaba, vendas y una pequeña bolsa de tela con medallas. El sonido metálico de ellas golpeando el suelo fue seco, desprovisto de gloria. No había nada, ni una nota secreta, ni un compartimento falso, ni un USB escondido. Sae no le había dejado instrucciones.
Rin apretó la venda en su puño. Esperaba que la voz de Sae apareciera en su nuca, que se burlara de su desesperación, que le dijera: "¿De verdad crees que la respuesta está en la basura, Rin?".
— Rin, basta... — su padre se acercó, con la voz rota. — No hay nada. La policía de Madrid revisó todo antes de enviarlo. Si hubiera dejado algo, lo sabríamos.
Rin se quedó de rodillas, rodeado de los restos de su hermano. Miró hacia la puerta de la cocina, buscando a la figura de Sae que lo había acompañado desde hacía años, pero que veía constantemente desde hace un mes. Esta vez, el marco de la puerta estaba vacío. Por primera vez, ya no lo veía.
Con cierta ira contenida se levantó del suelo y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, huyendo del salón, huyendo de los sollozos de su madre y de la mirada de lástima de su padre. Se encerró en su habitación, pero no prendió la luz. Se quedó en la penumbra, sentado en el suelo con la espalda contra la puerta.
Se arrastró hasta su escritorio y encendió la computadora portátil. La luz blanca de la pantalla le lastimó los ojos, pero no parpadeó. Sus dedos se movieron por el teclado con urgencia.
Abrió las carpetas donde guardaba cada registro de su hermano. Análisis, entrevistas post-partido, resúmenes de jugadas en el Real Madrid.
Pasó horas desglosando el mismo video, un pase filtrado de Sae contra el equipo rival al que Rin no le prestó atención alguna.
Pausaba, retrocedía y volvía a mirar. Buscaba una señal, un tic, algo que le dijera que Sae estaba ocultando un mensaje en su forma de jugar. Luego, saltó a una entrevista grabada en Madrid hacía apenas dos meses. Sae se veía impecable, con esa mirada de desprecio absoluto hacia la prensa.
— El fútbol japonés no tiene futuro, prefiero jugar con universitarios antes que volver a allí. — decía el Sae de la pantalla.
Rin acercó el rostro al monitor, buscando en el rostro de su hermano alguna señal de la caída. Nada. Solo esa típica perfección.
— Mientes... —susurró Rin, entrecerrando los ojos debido a la luz. — Estás fingiendo incluso ahí.
Poco a poco, el cansancio acumulado de semanas sin dormir ganaron la batalla. Su cabeza cayó suavemente, con el video de la entrevista repitiéndose en un bucle infinito, la voz de Sae convirtiéndose en un murmullo blanco.
Rin se despertó de golpe con el cuello entumecido y el sonido de los ventiladores de la laptop zumbando con fuerza. El video se había detenido en un fotograma específico, Sae, con la mirada perdida hacia un lado de la cámara, justo antes de retirarse del set de la entrevista.
El reloj de su computadora marcaban las cuatro de la mañana.
La habitación estaba fría, tanto que hacía a Rin temblar. La luz de la luna atravesaba la ventana, y aún cuando era poca luz, le molestaba. Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo rígido y una asfixia que se instalaba en su pecho. Su mano derecha seguía cerrada en un puño, aferrando la venda de Sae con tal fuerza que los nudillos le dolían.
Se quedó inmóvil, con la respiración pesada. Sus ojos escanearon los rincones oscuros de la habitación, el armario, el marco de la puerta. Esperaba el escalofrío y la presión de esa mirada juiciosa sobre su nuca. Esperaba que Sae apareciera entre las sombras para decirle que su forma de dormir era tan mediocre como su forma de chutar.
Pero el silencio era absoluto. Un silencio que no conocía desde el día en que recibió la noticia.
— ¿Sae? — susurró, y su propia voz le pareció la de un extraño.
No hubo respuesta, otra vez.
Con movimientos torpes, Rin bajó las escaleras de nuevo, horas después de haberse encerrado, en busca de agua para calmar el dolor de su garganta. Sus padres no estaban en el salón, probablemente se habían quedado dormidos por el cansancio y el llanto. El silencio de la casa era pesado, solo interrumpido por el goteo de un grifo que su papá decía que arreglaría desde hace meses.
En la mesa del comedor, junto a una de las cajas abiertas, estaba el teléfono de Sae, cosa que no había visto. Probablemente la policía lo habría desbloqueado y reseteado parcialmente—como solían hacer en las películas—, pero la mayoría del contenido probablemente seguiría ahí. Rin lo tomó, ignorando el propio temblor de sus manos.
Lo encendió y la pantalla iluminó su rostro pálido, revelando sus ojeras profundas. No esperaba encontrar nada, ni siquiera la carta o el mensaje que había anhelado horas antes.
Fue directo a la galería.
Al principio, solo había lo que se espera de un profesional, fotos de análisis y jugadas, formaciones, pizarras con esquemas de juego, capturas de pantalla de horarios de entrenamientos de su club. Pero, a medida que Rin bajaba con el pulgar, el contenido empezó a cambiar.
Notó fotos que no sabía que Sae aún guardaba, como ellos de niños comiendo helado como acostumbraban hacer, fotos a artículos de noticias japonés sobre el desempeño de Rin en Blue Lock. Sae le había hecho zoom a la cara de su hermano, sacándole captura aún cuando tenía tan mala calidad.
Encontró fotos suyas en el partido de la Sub-20, aún cuando Sae lo había ignorado casi todo el día. Pero la que más le llamó la atención, fue una que tenía fecha de un día antes del suceso. Era una foto vieja, digitalizada. Ellos dos, niños, durmiendo en el asiento trasero del coche de sus padres después de un torneo. Apretó el teléfono de Sae contra su pecho con la foto en la pantalla, justo encima de donde el corazón le martilleaba. No se sentía como un delantero, ni como un genio, ni como un competidor de Blue Lock. Se sentía como un niño de cinco años perdido en una estación de tren.
Sintió que el nudo en su garganta se agravaba, asfixiandolo por completo. Dejó el teléfono y llevó las manos hasta su garganta, sosteniéndose con la mesa para evitar caer.
Se desplomó en el suelo del comedor, apretando los bordes de la mesa de madera hasta que sus dedos se tornaron blancos. El brillo del teléfono de Sae seguía allí, sobre el mantel, mostrando la imagen de dos niños que alguna vez creyeron que el mundo era un campo de fútbol infinito y que ellos eran el equipo invencible.
Esa foto era el golpe final. No era una jugada maestra, no era un código tampoco. Era la prueba de que, mientras Rin se consumía en el odio, Sae se estaba consumiendo en la nostalgia.
— Eres un cobarde... —susurró Rin, con la voz quebrada.
No supo cuándo, pero las lágrimas ya desbordaban su rostro y los sollozos eran cada vez más fuertes. Rin rodeó sus rodillas con los brazos y escondió la cabeza. El mundo se le vino encima.
Sus padres, despertados por el sonido del llanto descontrolado de su hijo, aparecieron en la parte alta de la escalera. Vieron a Rin hecho un ovillo en el suelo.
— Rin... — su madre bajó los escalones corriendo, cayendo de rodillas a su lado y envolviéndolo en un abrazo.
Esta vez, Rin no la apartó. Se aferró a la camiseta de su madre y lloró con una agonía que hizo que incluso su padre tuviera que apartar la vista. Rin lloró por los años perdidos, por la comunicación rota y, sobre todo, por la absoluta soledad de saber que la única persona que realmente hablaba su idioma, el fútbol, se había rendido.
— Se acabó. — balbuceó Rin entre espasmos. — Mamá... se acabó.
Esa noche su padre lo ayudó a ducharse. Rin durmió con sus padres, tal y como hacía con Sae cuando era tan sólo un niño problemático al que le daba miedo la oscuridad.
El ambiente en la oficina del terapeuta no había cambiado, las mismas luces blancas, el mismo olor a antiséptico y el mismo reloj de pared que marcaba los segundos. Sin embargo, Rin ya no tenía fuerzas para quejarse del lugar.
Tenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Sus uñas ya no buscaban enterrarse en sus palmas, simplemente estaban ahí, quietas.
— Viniste por tu cuenta hoy. — observó el terapeuta, anotando algo en su libreta. Habían pasado cuarenta minutos de sesión de palabras escasas, pero notaba a Rin más predispuesto, aún cuando guardaba silencio.
Rin se encogió de hombros y el terapeuta decidió seguir hablando.
— Tus padres dicen que finalmente guardaste las cajas en el ático. — comentó el hombre con tono neutro. — Que el salón vuelve a estar despejado.
Rin asintió una sola vez. No quería hablar del vacío que había dejado el altar, ni de cómo su madre parecía estar más delgada y su padre más silencioso.
— Era necesario. — respondió Rin. Su voz no tenía la aspereza de la anterior sesión de hacía un mes. — Había demasiado ruido.
El terapeuta se inclinó un poco hacia adelante, entrelazando sus dedos.
— ¿Y Sae? — preguntó, dejando la pregunta flotar en el espacio entre ambos.
Rin no se tensó. No buscó con la mirada el marco de la puerta ni el rincón oscuro junto al armario. Se quedó mirando sus propios pies, los mismos que habían pateado balones hasta sangrar buscando una aprobación que nunca llegaría de la forma en que él esperaba.
— Ya no habla tanto. — dijo Rin tras una pausa larga. — A veces... a veces se queda ahí un momento, pero ya no dice nada sobre mis jugadas. Solo está. Y luego se va.
— ¿Te molesta que se vaya?
— No. Es... — Rin buscó la palabra, algo que no sonara a derrota. — Supongo que es lógico. El partido terminó.
El terapeuta anotó algo brevemente, una sola línea.
— ¿Has vuelto a jugar, Rin?
Rin miró sus manos. Recordó el peso del balón en el parque, la soledad de los postes oxidados y las fotos en el teléfono de Sae. Recordó la sensación del cuero chocando contra su empeine y el sudor frío de la madrugada.
— No. — respondió.
Se hizo un silencio denso, pero no incómodo. Rin inhaló profundamente, llenando sus pulmones.
— Todavía no. — añadió tras unos segundos.
El terapeuta esbozó una pequeña sonrisa profesional y cerró la sesión. Rin se levantó, se ajustó la chaqueta y caminó hacia la salida.
Al abrir la puerta, el pasillo de la clínica estaba bañado por una luz cálida. Rin se detuvo un segundo antes de salir a la calle y no escuchó ninguna crítica en su nuca.
Sacó su teléfono, el cual tenía un fondo nuevo de su hermano y él de niños, y se dirigió hasta el chat de Shidou.
“Estoy saliendo, ¿comemos ramen hoy?”
