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El orden natural de las cosas

Summary:

La rivalidad Potter-Malfoy ha trascendido generaciones, se ha acentuado después de la guerra y ha llegado a un par de adolescentes empecinados en seguir las tradiciones. Sin embargo, un accidente en escoba durante un partido de Quidditch cambia drásticamente las cosas, y Harry se encuentra frente a una nueva perspectiva que no sabe cómo manejar (al parecer, Draco tampoco).

Notes:

¡Holiii! Este escrito está hecho para el Drarry Addicted San Valentin Gift Exchange 2026. Todavía no lo he terminado porque se me alargó la trama. Es mi primera vez escribiendo un AU y jamás he leído uno, así que, personita que pidió esto, ¡espero te guste! Lo voy a actualizar cada semana. ¡Lo siento!

Chapter 1: Un conjunto de razones

Chapter Text

Harry Potter era verde.


No, no de manera metafórica ni poética. Literalmente, Harry Potter era, de pies a cabeza, de un verde intenso que lo hacía distinguible incluso desde la Torre de Astronomía, el campo de Quidditch y, quizás, Hogsmeade.

Había sido un domingo soleado y pacífico, hasta que dejó de serlo. Entre su felicidad absoluta y la rabia incontenible ante la humillación que acababa de sufrir, no pudieron haber pasado más de diez minutos.

Harry estaba cubierto de pies a cabeza de pintura verde y tal vez, si hubiera estado en el mundo muggle, en alguna de sus vacaciones costeras en la cabaña de sus padres, esto no habría sido tan alarmante. Quizás alguna anécdota divertida, como mucho. Para su desgracia, no era el caso. Supo desde el momento en que sintió el líquido frío y viscoso derramarse sobre él que aquello era diferente: demasiado mágico, demasiado como ese idiota.

Su intuición no lo había decepcionado. Aún no sabía si sentirse bien o mal por ello.

Caminaba a pasos agigantados por los pasillos del castillo rumbo a la torre Gryffindor. Podía sentir sus pies pegajosos dejando un sendero de manchas verdosas tras de sí que Filch tendría que limpiar. Seguro le castigarían por ello, pero en ese momento no podía importarle menos. Entró hecho una furia en la sala común y, sin disminuir el paso ni mirar a nadie, subió las escaleras rumbo a los dormitorios.

Azotó la puerta tras de sí. Lo primero que hizo, ahí en medio de la habitación, fue deshacerse de la capa de Quidditch de un tirón. Todo su uniforme de Gryffindor pesaba el doble debido a la pintura y parte de la tensión de sus hombros se relajó sin esa carga extra. Conforme se deshacía de capas de ropa descubrió, con horror, que la tinta había penetrado tan profundamente que incluso la piel bajo su camisa estaba completamente coloreada de verde. La tela se le pegaba en esas partes en las que la pintura había comenzado a secarse y si hubiera tardado un poco más, quizás hubiera tenido que cortar todo su uniforme para poder salir de él. Por supuesto que esa había sido la intención de ese maldito bastardo. Harry se habría reído de tremenda broma estúpida si no fuera porque tenía miedo de que sus dientes también fueran de color verde.

—¡Harry! —Al grito le acompañaron el ruido de varias pisadas furiosas y el azote de la puerta del dormitorio. Recordó que el resto de sus compañeros Gryffindor venían corriendo tras él después del incidente, pero debió dejarlos atrás en algún momento—. ¡Ese hijo de puta las va a pagar!

Claro que Ron Weasley, su mejor amigo, tendría la primera palabra al respecto. Gran parte de su rostro y cabello también estaban cubiertos de pintura, aunque, al menos, todavía se podían apreciar los colores originales, las pecas y los mechones rojizos que, con el tinte verde, ahora más bien parecían de un marrón verdoso. Así como el resto de su equipo, había estado cerca cuando la bomba de pintura estalló, pero no lo suficiente como para terminar como Harry.

Claramente, porque ellos no eran el objetivo.

—Fue terrible, amigo —exclamó Seamus con expresión acongojada—. Vi a esa loca de El Profeta tomar una foto justo cuando bajabas de tu escoba.

Harry, que empezaba a sentirse un poco mejor, gimió exasperado y miró al techo.

—Es un cabrón. ¡Sabía que habría personas importantes hoy para verte y por eso lo hizo! —continuó Dean. Él había estado muy lejos para recibir la avalancha de pintura y lucía fuera de lugar al lado de todos sus compañeros sucios, pero permanecía con ellos en gesto de solidaridad.

—Agradece que no vinieron tus padres, Harry, o habría sido mucho peor —exclamó Neville mientras se rascaba la cabeza, justo ahí donde la pintura empezaba a secarse.

Harry contuvo otro quejido y se obligó a respirar. No quería pensar en la cantidad de miradas burlonas que recibiría en los próximos días, en los regaños de los profesores por la exhibición de hoy y, por supuesto, en la próxima carta de sus padres preguntándole por qué demonios aparecía en la portada de El Profeta con el título “Harry Potter, el hijo de los héroes, ¿perdió el camino?”. De solo pensarlo le dolía la cabeza.

Sabía que un baño no bastaría para limpiar la pintura y que probablemente debería pedirle ayuda a Hermione. Quizás Madam Pomfrey tendría algo para él, aunque fuera una dotación de frascos de Sueño sin Sueños para que quedara inconsciente al menos una semana y evitar todo ese suplicio. Tal vez podría robar alguna de las dotaciones de pociones de Snape y hacer que lo castigaran cada día después de la escuela. Preferiría limpiar la sala de trofeos diez veces antes que tener que enfrentar el escrutinio general por tantos días.

Se hizo un silencio largo y ligeramente incómodo mientras Harry luchaba por sacarse las zapatillas deportivas. Entonces, Ron se aclaró la garganta y él, sabiendo lo que venía, volvió a desear que se lo tragara la tierra.

—Bueno, lamento decirlo, amigo… pero eso lo coloca dos puntos por encima de ti.

La respuesta de todos fue un suspiro de hartazgo colectivo.

—¿Es en serio, Ronald? —preguntó Harry, pero su amigo ya iba camino a su cama para extraer de la cabecera una pizarra móvil.

Harry nunca supo exactamente cuándo empezó, pero admiraba a regañadientes la atención al detalle que tenía su amigo como para llevar un registro de sus “enfrentamientos” desde finales de segundo año. Lo que empezó como una broma de “Suponiendo que compiten, ¿cuántos puntos llevarías por delante de ese idiota?”, se había convertido en una pasión para Ron Weasley. La pizarra estaba más llena desde la última vez que Harry la había visto, y eso que tenía encantamientos extensibles para ampliarse al tamaño de la pared. Observó cómo se iluminaba la tinta mágica del lado opuesto al suyo, señalando la ventaja, y quiso sentirse menos afectado por ello.

Pero le afectaba, y mucho, y era una estupidez.

Nadie jamás le había hecho hervir la sangre como lo hacía el estúpido de Draco Malfoy.

Incluso escribir o mencionar su nombre estaba prohibido en la habitación, así que Ron se limitó a marcar su lado de la pizarra con la palabra “hurón” (una gran broma de cuarto año que terminó en la transformación involuntaria de Malfoy en dicha criatura) escrita en verde Slytherin. De hecho, observando bien sus propias manos y el color de la superficie, Harry se dio cuenta de que la pintura era justo del color verde característico de la casa. Una nueva risa maniática amenazó con escaparse, pero se contuvo.

—Necesitas remontar, amigo —comentó Ron mientras observaba la pizarra—. Poner cincuenta mandrágoras en su dormitorio fue genial, pero después de lo de hoy, sigues con una desventaja importante.

Hubo varios murmullos que parecían coincidir con Ron. Harry puso los ojos en blanco, ¿no se suponía que su mejor amigo era el único al pendiente de su marcador ficticio?

—Y no olvides que la próxima semana es el partido final de Gryffindor contra Slytherin —agregó Seamus —.  Si él gana, estamos jodidos.

—No va a ganar… —murmuró Harry, más por costumbre que por una certeza genuina. Era muy consciente de que Malfoy había estado practicando fuera de los horarios de entrenamiento —. Estoy seguro de que pasará más tiempo espiándome que buscando la snitch.

De eso, al menos, estaba totalmente seguro. Sus enfrentamientos constantes a lo largo de los años los habían vuelto hiper conscientes del otro. Sabía que Malfoy lo observaba, y lo sabía porque el mismo Harry no podía evitar volver la vista hacia él en cualquier habitación. Era instintivo, claro, una precaución aprendida a lo largo de los años.

—Ya, pero no olvides que la formación de los Slytherins ese año es mucho mejor que el anterior —puntualizó Dean—. Tienes que ganar esa snitch, Harry. ¡Aposté veinte galeones!

—¡Y yo le dije a Parvati que me comería un gusarajo si perdíamos! —agregó Seamus, consternado.

—¡Cállense! ¡No puedo pensar! —exclamó Harry. La pintura empezaba a endurecerse sobre su piel, causándole picazón. Estaba seguro de que su madre le enviaría una buena reprimenda antes de que terminara el día y, lo peor, era que ese imbécil estaba por algún lugar del castillo, probablemente en la sala común de Slytherin, burlándose de él con todos sus amigos y regodeándose de su estúpida broma—. ¡¿Es que acaso no hay manera de que ese idiota me deje en paz?!

Hubo otro silencio incómodo, pero solemne. Harry terminó de quitarse sus prendas superiores y ni siquiera se molestó en dejarlas en el rincón donde los elfos domésticos las recogían cada mañana. Probablemente no pudieran hacer nada por recuperarlas. Se frustró tanto pensando en que tendría que gastarse sus ahorros en el tercer uniforme de Quidditch del año, que casi se le escaparon las palabras de Neville.

—Harry, ¿has pensado dejar de gastarle bromas pesadas?

Cuatro pares de ojos lo miraron atónitos y Neville se encogió en su lugar.

—¿De qué rayos hablas? —preguntó Ron.

Neville los miró a los ojos uno por uno y luego suspiró, derrotado.

—Digo que, tal vez, si no hubieras colocado esas mandrágoras en su habitación, él no te habría arrojado una bomba de pintura hoy.

Se hizo silencio. Uno, dos segundos…

Al quinto, todos menos Neville bufaron con incredulidad.

—Amigo, dime que realmente no estás considerando esa opción —empezó Dean.

—¿Acaso no recuerdas por qué Harry colocó mandrágoras? —continuó Seamus—. ¡Fue porque ese idiota secuestró su baúl y esparció todas sus cosas en el Bosque Prohibido!

—¡Lo sé! Pero tal vez no lo habría hecho si Harry no hubiera encantado su escoba para que no pudiera bajar por doce horas… ¡Con Malfoy encima!

—Claro, ¡y era lo menos que Harry podía hacer luego de que Malfoy cambiara su jugo por una poción alterada que lo hizo gritar obscenidades a cualquier chica que estuviera cerca!

—Ya, lo sé, pero… —Neville habló más alto antes de que lo interrumpieran de nuevo —. ¡Arg! ¡Solo estoy diciendo que si lo dejaras en paz y dejaras de responder a sus bromas, tal vez Malfoy también dejaría de hacerlo!

A pesar del bufido despectivo de Ron y el gesto negativo de Seamus, Harry debía admitir que aquello, en realidad, sonaba razonable. Podía imaginar perfectamente a Hermione diciéndole lo mismo (y no es que no lo hubiera hecho ya a lo largo de los años), lo que solía significar que estaba frente a un buen argumento. Para que exista una pelea debe haber dos partes dispuestas a participar, ¿no?

Y sin embargo, Harry no podía concebir detenerse en ese momento. Estaban en su último año de Hogwarts, a unos pocos meses de graduarse, y luego entrarían a la vida adulta y Harry tendría que olvidarse de meter escarbatos en la poción de Draco Malfoy o encantar su ropa interior para que lo siguiera por toda la escuela y, de alguna manera, había algo realmente triste en ello.

Pero antes de que Harry pudiera pensar siquiera en un argumento que sonara razonable para evadir a Neville, una sombra en la ventana llamó la atención de todos. Harry ni siquiera tuvo que voltear para saber quién era. En general, el aroma de Malfoy llegaba a cualquier lugar antes que él mismo.

—Potter, admito que de ese color eres mucho más agradable a la vista.

Poniendo los ojos en blanco, Harry se giró para encarar a Malfoy. Estaba sobre su escoba, flotando a una distancia prudente de la ventana, y con sus dos compañeros de travesuras, Crabbe y Goyle, a sus costados. Parecía encantado con su obra y no tuvo reparos en recorrer a Harry con la vista de arriba abajo. Harry sintió cómo su pecho se calentaba, la ira surgiendo de nuevo tan espesa e incómoda como antes.

—¡Eres un hijo de puta! —exclamó Ron, luego de haber ocultado su pizarra de puntaje con un movimiento muy practicado de su varita —. ¡Pudiste arruinar la carrera de Quidditch de Harry!

—Claro, como si Potter necesitara exhibir sus escasas habilidades para que lo acepten en cualquier lugar—replicó Malfoy con tono mordaz —. No te preocupes por él, estoy seguro de que la reputación de papi Potter tiene a cada equipo de Quidditch comiendo de la palma de su mano.

—A algunos nos gusta esforzarnos, ¿sabes? —respondió Harry entonces, mirando a Malfoy fijamente —. No sabrías de eso, claro, pero deberías tenerlo presente.

—Fingir esforzarse no es lo mismo que hacerlo —continuó Malfoy, y sus ojos se entrecerraron con profundo desprecio —, pero ¿qué puede saber el hijo de los héroes, si cada vez que respiras te quieren hacer una fiesta?

—¡Basta! —exclamó Neville, poniéndose en pie —. Son como un par de niños. ¡Si siguen haciendo esto solo van a hacerse daño!

—Tal vez deberías ponerte al corriente, Longbottom —dijo Malfoy con media sonrisa altanera —. Potter no ha tenido reparos en hacerme daño cada vez que ha tenido la oportunidad.

Harry bufó, ofendido.

—¡Eso no es cierto!

—¿No? Disculpa, la última vez que pregunté, dejar a alguien a la intemperie en Escocia cerca del invierno no era precisamente un acto muy amable.

—Entonces tal vez deberías cuidar no hechizar los zapatos de alguien cuando baje por escaleras la próxima vez.

—Qué aburrido. Con lo divertido que es verte rebotar…

—Bien, me gustaría ver qué tan alto rebotas desde tu escoba en el campo de Quidditch.

—Claro. El interés es mutuo, Potter.

Harry se quedó sin respuestas ingeniosas en ese momento. Afortunadamente, no tuvo que decir nada. Nadie lo habría escuchado siquiera sobre el grito de Hermione Granger entrando a la habitación.

—¡DRACO LUCIUS MALFOY!

—Mierda… —fue lo único que el aludido alcanzó a decir antes de que el hechizo de Hermione impactara en su escoba y lo hiciera balancearse peligrosamente en el aire. Cayó varios metros en picado antes de recuperar el equilibrio y, para entonces, Hermione ya había llegado a la ventana.

—¡¡Voy a decirle a tu madre sobre esto!!

—Vámonos —escuchó Harry un segundo antes de que Malfoy apareciera nuevamente en la ventana, con el cabello un poco despeinado y algo más pálido que antes. Se dirigió a él —. Esto no ha acabado, Potter.

—Malfoy…

—Y tienes los dientes verdes, idiota.

—¡Largo!

Hermione cerró la ventana de golpe con un movimiento de varita. Pronto las tres figuras se perdieron de vista. En otras circunstancias, eso habría significado alivio inminente.

—Y tú, Harry James Potter…

De golpe, todos sus amigos parecían tener cosas más importantes que hacer en las zonas de la habitación más alejadas de Hermione Granger. Todos menos Neville, que parecía envalentonado por su discurso anterior y se mantuvo en su sitio, con los brazos cruzados y una expresión seria que apenas disimulaba su profunda inquietud.

—¡No estoy haciendo nada! —empezó Harry—. Ya sabes cómo es y lo mucho que me odia, ¿por qué insistes en regañarme por defenderme de sus ataques?

—¡Porque solo estás echando leña al fuego, Harry! —respondió ella con los brazos cruzados —. ¡Mañana a esta hora toda Gran Bretaña tendrá acceso a una foto tuya haciendo el ridículo! ¡¿Vale la pena comprometer tu futuro por esta pelea absurda?!

—¡Intenté frenarlo!

—¡En tercer año!

—¿Qué quieres de mi, Hermione? —preguntó Harry, frustrado —. No puedo dejar que se salga con la suya, no voy a dejar que me ridiculice sin hacer algo al respecto.

Harry se preparó. Sabía que su amiga podía ser muy insistente cuando quería y esa no era la primera vez que discutían el asunto. Sin embargo, para su sorpresa, Hermione alargó el silencio entre ambos por varios segundos hasta que, simplemente, suspiró.

—Me gustaría que realmente te pusieras a pensar por qué estás haciendo esto, Harry.

El tono serio y resignado de su voz lo descolocó completamente.

—¿De qué estás hablando?

—Solo creo que esta rivalidad entre ustedes es un absurdo y no entiendo por qué insisten en mantenerla —continuó ella mientras avanzaba hacia la puerta del dormitorio —. Tal vez tú sepas la respuesta.

Harry quiso responder que él lo sabía, que se trataba de algo más allá de pelearse con un compañero de clase porque ese compañero era un Malfoy y él mismo era un Potter. Pero Hermione no se detuvo más que para despedirse de Ron con un beso suave y salió de la habitación sin mirarlo una sola vez.

—¿De qué demonios hablaba, Ron? —se dirigió hacia su amigo, que solo se encogió de hombros mientras empezaba a quitarse su uniforme.

—No lo sé, amigo, sabes que ella puede ser muy críptica cuando quiere.

Harry bufó, entre molesto e incrédulo. Quizás, incluso si Ron sabía algo, no se lo diría por complicidad a su novia. Se sintió ligeramente traicionado y, como todo lo demás ocurrido en el día, aquello solo alimentó su miseria interna. Lo peor era que aún no se terminaba, pues algo más aterrador que una Hermione Granger enojada, era una Lily Evans con un vociferador y razones para regañar a su único hijo.

Sería una tarde muy entretenida.

—Amigo, Malfoy no mentía… Tienes los dientes verdes.


La rivalidad entre los Potter y los Malfoy había recibido muchos nombres a lo largo de los años.

“El equilibrio entre el bien y el mal” fue uno de los favoritos en los años posteriores a mil novecientos ochenta y uno, hasta que Lucius Malfoy demandó a El Profeta por difamación y los obligó a ser más creativos al referirse a su familia.

“El resultado de viejos resentimientos”, había dicho su madre una de las primeras veces que Harry preguntó por qué su padre murmuraba el apellido “Malfoy” con tanta rabia mientras revisaba documentos del Wizengamot.

“Legendaria”, afirmó Ron en su primer año, cuando Harry tuvo que explicarle por qué Draco había considerado una gran idea llenar su mochila de caracoles tras meses de pullas en los pasillos de Hogwarts.

“Una completa pérdida de tiempo y energía”, opinaba Hermione, cada vez menos dispuesta a ayudar a Harry a deshacerse de hechizos extraños, heridas sospechosas o manchas de sustancias de dudosa procedencia.

Y Harry podía estar de acuerdo con todos, al menos en parte. Lo cierto era que aquel roce entre antiguas familias mágicas se había arrastrado durante generaciones y, tras la caída de Voldemort, se había asentado en un espeso caldo de resentimiento compartido que ahora recaía sobre Draco y él.

La crisis actual se remontaba al final de la guerra. Si bien los Malfoy no participaron directamente en el golpe de Estado impulsado por su líder, era sabido que financiaron gran parte del conflicto y que fueron fieles seguidores de sus ideas retorcidas. Harry solo se enteró de ello años después, cuando todo había terminado y Albus Dumbledore había entregado su vida para derrocar a aquel maniático.

Tampoco es que en ese entonces pudiera comprender lo que sucedía. Después de todo, tenía apenas un año cuando Voldemort irrumpió en su casa y estuvo a punto de matar a sus padres y a él mismo por una supuesta profecía que lo involucraba. Durante dos años, sus padres y él se escondieron en los bosques escoceses hasta el día decisivo en que la Orden del Fénix atacó. Fue una muy confusa fiesta de cumpleaños número tres para el pequeño Harry, que no entendía por qué, de pronto, todos insistían en saludarlo y felicitarlo por haber sobrevivido.

Mientras sus padres eran coronados como héroes de guerra por haber luchado codo a codo con Albus Dumbledore durante la batalla final, los Malfoy quedaron sometidos al escrutinio público. Se decía que Lucius era el candidato ideal para continuar el legado del Señor Oscuro, y que correspondía al lado del bien impedir que esa posibilidad se materializara.

Sin embargo, pronto quedó claro que Lucius, aunque orgulloso, prejuicioso y aferrado a nociones profundamente erradas sobre la superioridad de la sangre, no estaba lo bastante comprometido con la causa como para sacrificar su vida de lujos y provocar otro levantamiento. De “buena gana” cedió la mitad de sus propiedades y parte del oro de su bóveda familiar para compensar los daños derivados de su participación en la guerra. Ofreció disculpas públicas, participó en diversos proyectos de caridad y aceptó, junto con los antiguos seguidores de Voldemort, una reeducación mágica especializada destinada a erradicar los prejuicios de la sangre.

Aún hoy no está del todo claro si aquella reeducación transformó genuinamente sus convicciones. Sin embargo, cuando fundó la «Academia Aetheris», una escuela destinada a preparar a los hijos de muggles para el mundo mágico antes de su ingreso a Hogwarts, la mayoría dejó de cuestionarlo.

Harry siempre pensó que Hermione se las habría arreglado sola incluso si aquella dichosa escuela no hubiera existido; sin embargo, siendo la entusiasta de los libros que era, sabía que la sola sugerencia la habría horrorizado. La Academia Aetheris había sido su refugio durante una infancia en la que siempre se sintió distinta del resto. Defendía su programa educativo a capa y espada y sostenía que la integración de los hijos de muggles al mundo mágico debió ser una prioridad para el Ministerio desde mucho antes.

Harry coincidía con ella. Pero admitir en voz alta que algo hecho por los Malfoy estaba bien era, en su familia, poco menos que imperdonable.

Y bueno, ahí entraba su padre.

James Potter no estaba hecho para la política. El sueño de su vida había sido convertirse en auror. Para su desgracia, una lesión en la pierna izquierda, consecuencia de la guerra, lo descartó como candidato. Su cercanía a Dumbledore y su oposición a las políticas de sangre pura lo condujeron, en cambio, a desempeñarse como consejero a tiempo parcial del Wizengamot. Fue una carrera fácil y exitosa durante aproximadamente un año, hasta que Lucius Malfoy recuperó sus privilegios y decidió que alguien debía poner un alto a todas esas leyes y políticas absurdas que "asfixiaban la tradición mágica cultivada y preservada por generaciones".

Ese fue solo el comienzo de un ir y venir de enfrentamientos silenciosos en las filas del Wizengamot. Allí donde James consideraba prudente implementar alguna mejora, Lucius le pisaba los talones con propuestas más "centradas y acordes con la realidad del mundo mágico". En más de una ocasión terminaron enfrascados en peleas a gritos en el atrio del Ministerio y, una vez, incluso en un duelo improvisado cerca del Caldero Chorreante.

La enemistad entre los Malfoy y los Potter no afectó realmente la vida de Harry hasta su ingreso a Hogwarts. En un intento bastante torpe de manipularlo, el pequeño Draco Malfoy le ofreció su mano, argumentando que debía rodearse de las personas correctas. Harry rechazó la oferta sin dudar, gesto que derivó en una pelea que terminó en castigo —habían batido un récord, pues ni siquiera habían llegado impunes a la Ceremonia de Selección— y selló su enemistad para siempre entre los muros del castillo.

A partir de ahí, sus pleitos fueron escalando con el paso del tiempo. En primer año, cuando ambos aprendieron el hechizo Wingardium Leviosa, se perseguían por los pasillos intentando hacer flotar al otro. Aquello terminó muy mal para Harry, que salió disparado por una ventana abierta que Malfoy no había visto y acabó suspendido sobre el Bosque Prohibido. Dos semanas de castigo para ambos.

En segundo, se esmeraron en probar distintas pociones y sus efectos en el otro, lo que terminó con una Hermione muy peluda y aterrada tras beber por accidente un intento fallido de poción multijugos de Malfoy. Las seis semanas de castigo que le impusieron fueron, para Harry, uno de sus mayores triunfos.

En tercero, las cosas escalaron. Su padrino Sirius le entregó a Harry el Mapa del Merodeador como regalo de cumpleaños, a escondidas de su padre. Malfoy se volvió ligeramente paranoico ante las repetidas ocasiones en que Harry frustraba sus bromas sin esfuerzo aparente. La semana de castigo por utilizar un objeto encantado para espiar a su némesis valió completamente la pena.

En cuarto, las cosas cambiaron un poco. Hogwarts fue elegido anfitrión del Torneo de los Tres Magos, al mismo tiempo que Harry se presentó como alfa y Malfoy, para sorpresa de muchos, como omega. Se sabía que los Malfoy, como la mayoría de las familias de sangre pura, mantenían reglas estrictas respecto a las castas.

Se supo también que Lucius y Narcisa no obligarían a Draco a un matrimonio arreglado para preservar la herencia, pero también era difícil para ellos ir en contra de pactos milenarios de personas menos tolerantes. Y si Harry detuvo sus bromas durante los meses posteriores a aquel acontecimiento, ligeramente inquieto por las ojeras de Draco y su evidente falta de apetito, bueno… era algo que nadie necesitaba saber.

Quinto año volvió a su cauce, al menos en apariencia. Fue el año de fingir rectitud y aparentar que atrapaban al otro cometiendo alguna fechoría para denunciarlo ante McGonagall. Eso implicaba alterar pruebas, meter al otro en situaciones comprometedoras y competir por llegar al despacho de la directora antes que el contrario. Las tres semanas de castigo no valieron tanto la pena, pero tampoco podían quejarse demasiado.

En sexto, comenzó a circular el rumor sobre la existencia de la Sala de los Menesteres, y a Malfoy le pareció una idea excelente convertirla en un laberinto del que Harry no pudiera salir hasta admitir en voz alta su rendición. Fueron tres días particularmente duros, que Harry compensó creando un pantano fangoso donde dejó atrapado a Malfoy hasta que sus amigos lo encontraron dos días después.

Y así, a principios de séptimo, la Sala de los Menesteres fue clausurada y tuvieron que improvisar. A comienzos de curso, Harry había logrado que varias armaduras persiguieran a Malfoy por los pasillos, mientras que este consiguió desaparecer la puerta de su baño privado durante cuarenta y ocho horas. Las mandrágoras habían sido, hasta el momento, la broma más elaborada de Harry; la bomba de pintura de Malfoy, en cambio, resultó lo bastante humillante como para obligarlo a redoblar esfuerzos.

Era difícil, sí. A Harry cada vez le costaba más idear algo que no hubiera intentado antes.

—Eso es terrible, Harry —dijo Hermione con exasperación—. Debes de estar agotado de tanto esfuerzo.

—Lo estoy, sí —respondió él con sorna, mientras se servía el desayuno. Habían pasado cinco días desde la bomba de pintura, y Harry podía sentir la expectación que bullía a su alrededor. Ahora que su piel había dejado de ser verde y sus dientes habían recuperado la normalidad, era su turno de asestar el siguiente golpe.

Hermione lo miró, ofendida por su respuesta, pero pronto volvió la vista a su periódico, con los labios apretados. Ron la rodeó con el brazo izquierdo y ella se relajó contra él antes de mirar de nuevo a Harry para continuar la conversación.

—Aunque me encanta la idea de hacer flotar su colchón en el Lago Negro, no veo manera de volver a entrar en su habitación, Harry —dijo muy serio, como si fuera un miembro del ministerio debatiendo circunstancias políticas y no un adolescente aburrido planeando una broma—. Creo que tendremos que pensar en algo fuera de los dominios de Slytherin.

—Siempre podemos sobornar al Barón Sanguinario para que nos deje pasar.

—¿Después de la última vez? Amigo, ese “vino fantasma” era obviamente falso. Debe odiarnos.

—Entonces, ¿tal vez Peeves quiera cooperar?

—Creo que Malfoy lo sobornó la semana pasada para conseguir lo que necesitaba para la pintura. No está de nuestro lado.

—Demonios.

Harry apoyó el codo sobre la mesa y recargó la mejilla en la mano. Su mirada se desvió al otro lado del comedor, donde Malfoy conversaba con Parkinson con expresión alegre y despreocupada. El maldito bastardo.

No era tonto. Sabía que, para muchos, Malfoy era atractivo. Lo había sido desde niño, incluso antes de presentarse como omega; sin embargo, a partir de entonces, ciertos rasgos parecieron acentuarse, otorgándole un aire etéreo, casi angelical. A veces Harry lo observaba y se preguntaba cómo alguien así podía arreglárselas para hacerle la vida imposible.

Esas manos delgadas y suaves, que sería tan fácil sostener y entrelazar con las suyas, eran también ágiles y precisas a la hora de lanzar hechizos zancadilla en las escaleras. El brillante cabello rubio platinado enmarcaba un rostro anguloso y atractivo que innumerables veces le había dedicado muecas de asco. Y sus labios, finos y aparentemente suaves, habían pronunciado tantas palabras duras y ofensivas que Harry ya había perdido la cuenta.

Era un contraste excesivo: rasgos tan agradables en alguien tan detestable. A veces, Harry dudaba. Recordaba al chico perdido de cuarto año y, casi de inmediato, al idiota que se había reído en su cara la semana anterior, después de la explosión en el campo de Quidditch. Años de observar le habían permitido ver otras facetas de Malfoy, expresiones frágiles y cargadas de sentimientos; entonces era mucho más difícil no separarlo del chico puntiagudo e insufrible con el que cruzaba insultos cada día.

Esa confusión lo había llevado a pensar en las palabras de Hermione. ¿Por qué seguir con aquello? Y a Harry le parecía absurdo responder con lo que era su verdad: que era el orden natural de las cosas, algo que simplemente debía ocurrir. Como la lluvia, el cambio de las estaciones o las olas golpeando la orilla. Porque su vida cambiaría muchas veces a lo largo de los años y, de alguna manera, Draco Malfoy seguiría allí: con su mirada afilada, su expresión de falsa bravuconería, un mal chiste en la punta de la lengua, apenas rozando sus labios al pronunciarlo. Siempre mirando a Harry, sin importar qué.

Justo como en ese momento, mientras bebía su jugo de calabaza y le lanzaba una mirada desafiante que Harry sostuvo sin titubear.

Y, claro, había otra razón.

—¡MIERDA!

Todos los estudiantes se volvieron al mismo tiempo en que Malfoy arrojaba su vaso, aún medio lleno, lejos de sí.

—¡¿QUÉ HICISTE ESTA VEZ, HIJO DE PUTA?!

—¡Señor Malfoy, cuide su lenguaje y baje la voz!

—¡NO PUEDO HACER ESO, VIEJA BRUJA!

—¡¿Disculpe?!

—¡DIJE QUE NO PUEDO! ¡¿ES QUE YA ESTÁ SORDA?!

McGonagall lo miró desde su mesa como si fuera un escupitajo en el suelo. Sus fosas nasales se dilataron, señal inequívoca de la furia que estaba por desatarse. Malfoy tembló en su sitio, el rostro cada vez más pálido. Harry sonrió con disimulo mientras bebía su propio jugo, palpando bajo la mesa, en su mano izquierda, el frasco vacío de la poción que había utilizado minutos antes.

—Si continúa con esa actitud…

—¡OH, VÁYASE A LA MIERDA!

—¡Señor Malfoy! ¡Queda castigado!

La otra razón, por supuesto, era que todo aquello era jodidamente divertido.

—¡CASTIGOS ESTÚPIDOS! ¡SIN FUNDAMENTO! ¡SI MI PADRE SE ENTERARA DE ESTO, SABRÍA EN LA TERRIBLE DIRECCIÓN QUE HA DERIVADO ESTA ESCUELA!

Malfoy gritó todo aquello con expresión de pánico mientras recogía sus cosas a toda prisa y se dirigía a la salida. Antes de cruzar las puertas, lanzó a Harry una mirada venenosa. Harry le respondió con una sonrisa abierta y alzó su vaso en un brindis silencioso. Malfoy tenía las manos ocupadas cubriéndose la boca como para hacer algo más que fulminarlo con la mirada, pero se aseguró de sostenerla durante varios segundos. Como si pudiera lanzarle una maldición con los ojos, algo que, por fortuna, no era posible.

—¿Eso fue una variante del suero de la verdad? —preguntó Hermione con cautelosa curiosidad en cuanto Malfoy desapareció.

Harry observó la puerta unos segundos más antes de responder.

—Una variante combinada con un potenciador de ira. Básicamente, gritará cualquier cosa que le moleste durante las próximas doce horas.

Ron estalló en carcajadas.

—Muy buena. Un poco conservadora, pero buena al fin y al cabo.

—Bueno, tengo que sumar algunos puntos.

Hermione suspiró.

—¿Por qué puedes crear pociones nuevas cuando se trata de Malfoy, pero apenas logras mantener un Aceptable en clase de Pociones, Harry?

Harry se echó a reír sin comprometerse, porque, en realidad, él tampoco conocía la respuesta.