Chapter Text
Charlie está explicándoles algo, su pequeña mujercita parloteaba frente al enorme pizarrón de su estudio, moviendo las manos exageradamente, al igual que él cuando, en su pasado como un servicial serafín, solía emocionarse al contar sus ideas; es realmente dulce lo mucho que, gracias a la genética, comparten, aunque, de igual modo, duele ver lo poco que ella se parece a su madre. Lucifer la vió moverse de un lado a otro, enfatizando algo que seguro trata sobre el hotel y en definitiva es muy importante, pero él es incapaz de concentrarse en ella, no cuando lo único en lo que se enfoca su cerebro es aquella maldita figura, reposando aburrida en el alfeizar de la ventana más cercana al balcón, con una pierna encima de la otra, un codo recargado en la rodilla, la barbilla descansando en la palma de su mano, mientras hace muecas irrespetuosas al son de las irrelevantes palabras de Charlie.
Lo odia tanto.
— ¿Qué opinas, papá? ¿No crees que es una gran idea?— apenas registró la voz de su hija, pero no entendió sus palabras.
Un rápido toque en su brazo izquierdo lo sorprendió ingratamente, haciéndolo saltar en su lugar. Aquella quien se atreve a ponerle un dedo encima es la ex ángel exterminadora, esa dulce mujer novia de su hija, su nuera. Lucifer se obligó a tragarse su enojo, pues realmente respetaba a la chica por todo lo que hizo, hace y sabe que hará por Charlie, no puede simplemente golpearle la mano porque su culo ególatra le hace sentir que nadie más allá de su ex esposa y su hija pueden iniciar algún tipo de contacto físico con él.
Vaggi lo miraba, sonriendo, aunque parecía más una incómoda mueca lastimera intentando ser solidaria. Cuando volteó hacia Charlie le destruyó en el pecho ver como, lentamente, su enorme sonrisa esperanzada fue desapareciendo.
— ¿Papá?— preguntó ella, preocupada. Dejó el puntero de metal, con el cual señalaba en el pizarrón, sobre su escritorio, pero no se acercó a ellos.
Es la tercera vez en veinte minutos que se desconecta así.
Entonces, la irritante voz del demonio de la radio se coló en los finos oídos de Lucifer, con otro comentario fuera de lugar, tan inoportuno como siempre:
— Bueno, parece que a nuestro pequeño rey no le interesan tus palabras, Charlie querida— dijo, en fingida lástima.
Algún día va a llevárselo al castillo para que lo maten, en el momento que su princesita se olvide lo suficiente de él va a desaparecerlo y ordenarle tortura por décadas hasta que se aburra, cuando eso suceda piensa lanzarlo de un golpe al pozo más profundo del infierno para que se pudra ahí por la eternidad. Mientras tanto, se conforma con una simple mirada de asco.
— No le hagas caso, mi pequeña campeona, solo estoy un poco agobiado con mis responsabilidades, eso es todo— dijo, cambiando por fin el pretexto de "haberse distraído por accidente con alguna nimiedad", que usó las dos veces anteriores y claramente ninguno de los presentes se había tragado. Se puso de pie, alisó su traje, perfectamente planchado, sacudió el polvo inexistente de sus pantalones y ajustó su pajarita, siempre bien alineada; caminó elegante hacia su hija, a quien le puso un brazo alrededor de la cintura, cariñoso— ¿En qué nos quedamos, estrellita?
Charlie le dirigió una mirada confundida a su novia, casi rogando por ayuda, Vaggi movió la cabeza en dirección al enorme balcón a su derecha, señalándolo, antes de levantarse, igualmente, del cómodo sofá— Creo que Charlie y Su Majestad pueden hacerse cargo desde aquí, Alastor— informó. Su tono no dejaba espacio a las quejas, pero Alastor, como siempre, pareció pararse su autoridad por el arco del triunfo, pues no hizo amago de moverse siquiera.
— Oh, pero esto está a nada de ponerse realmente interesante— respondió al tiempo que cruzaba las piernas, una sonrisa escalofriante se abrió paso en su rostro, cuyos ojos rojos analizaron cada micro expresión dada por su regente actual, aunque no necesitaba investigar demasiado para ver que el sujeto estaba, lentamente, volviéndose loco. Y el motivo detrás de era lo que a él, en lo personal, más le interesaba saber.
Charlie respiró hastiada, intentando calmarse; no estaba en la posición psicológica para mediar otra pelea entre estos dos hombres con el ego demasiado alto para entender razones, la última vez tuvo que meterse todo el personal del hotel porque no paraban de insultarse y las cosas habían comenzado a salirse de control— Alastor, por favor— suplicó en voz amable pero dura, esperando que eso hiciera alguna diferencia, teniendo en cuenta que a la única criatura del hotel que él parecía “obedecer” era ella.
Pareció funcionar, porque el demonio ciervo finalmente se levantó, también hizo el acto de arreglar su saco antes de dar media vuelta.
Los hombros de Lucifer se desplomaron cuando, tarde, entendió lo que estaba a punto de ocurrir.
— Bueno, uno siempre tiene algo mejor que hacer, con su permiso, señoritas— dijo, ignorando deliberadamente a Lucifer, entonces se desvaneció entre una mancha ensombrecida que no dejó marca sobre su presencia en ese lugar.
Vaggi hizo una leve reverencia de cabeza al monarca y, antes de cerrar la puerta, le dio a su novia un pulgar arriba junto a una suave sonrisa en señal de apoyo moral.
— Mira, CharChar-
— Papá yo-
Ambos se interrumpieron, hablando al mismo tiempo.
— Por favor— indicó él con la mano, cediendo la palabra.
Ella, sin embargo, se alejó de él; sus pasos la llevaron hasta el gran ventanal que daba al balcón, corrió las pesadas cortinas rojas y abrió ambas puertas, con ello, los violentos sonidos de la ciudad se colaron indiscriminados en su estudio, junto a una ráfaga de aire tibio, como el que dejaba una ducha caliente. Lucifer la siguió, pasando a un lado de aquella presencia, que le sonrió con sorna, enseñando sus dientes amarillo neón en una mueca burlona.
Charlie tomó aire profundamente, el pesado aroma a azufre le llenó los pulmones, ese que la acompañó desde que nació y durante doscientos años se había vuelto casi una caricia reconfortante para su corazón. Tomó algo de valor, debía preguntarle, era su padre después de todo, aunque tras tantos años de ausencia aún seguía siendo un poquito incómodo hablar con él.
Ojalá Wolflake estuviera aquí, el viejo mayordomo sabueso de su padre definitivamente sabría qué decir, o al menos la había aconsejado bien para no joder más su relación con Lucifer.
A veces era dolorosamente obvia la distancia que los separaba.
— Papá… sé que no nos conocemos lo suficiente y sé que usualmente no hablamos de nuestros problemas, o al menos tú no lo haces— a media frase se abrazó el estómago, en ese gesto nervioso que empezó a desarrollar en la adolescencia y nunca se fue— Me siento horrible porque desde que nos reconciliamos siempre que puedes me das la oportunidad de contarte mis cosas, me ayudas y resuelves lo que yo no soy capaz de, pero… ¿Por qué no puedes hacer lo mismo cuando claramente lo estás pasando mal?
Los ojos de Lucifer se abrieron en sorpresa, sabía que sus recientes dificultades eran bastante notorias para aquellos con quienes convivía día a día en el palacio (los ocho sirvientes regalados por sus hermanos) y por ello había puesto excusas para no estar presente en el hotel, porque su pequeña princesa era muy inteligente y él no necesitaba que ella supiera sobre eso, pero no tenía ni la menor idea de que era tan obvio como para que, con unas cuantas visitas a la semana, ella y, aparentemente, la mitad de los residentes del hotel, se enteraran sobre la decadencia en su salud mental. Se mordió los labios, sin saber qué decir.
Después de todo… ¿No son los padres quienes deben consolar a sus hijas? ¿Cuál era la mejor respuesta en este caso, siquiera?
— Charlie tú no tienes que-
— No me hables con ese tono— le interrumpió, repentinamente alterada, pero menos enojada y más dolida de lo que le habría gustado— Sé lo que significa, sé que vas a salir con alguna excusa y simplemente dejarás las cosas así, siempre lo haces
— No, no, cariño no, yo no-
Por el rabillo del ojo observó al espectro acercarse hacia ellos, lo siguió con la mirada, admirando ese característico caminar perezoso de toda una vida, con las alas escondidas bajo sus brazos, como si al estar en tierra fueran más un estorbo que algo útil, como si nunca se hubiese acostumbrado realmente a ellas. Adán se asomó por el barandal metálico del balcón, miró hacia abajo sin mucho interés, observando a los pecadores que pasaban al fondo del barranco como si fueran insectos.
— Es muy divertido ver cómo intentas conectar con tu hija después de haber sido un padre ausente toda su vida, al menos tenemos eso en común, ¿Verdad? Nuestros hijos nos odian— dijo, aunque su tono estaba lleno de sarcástica ironía, la expresión neutra en su máscara seguía siendo ilegible para él.
— ¿Papá?
Un disparo retumbó en los alrededores, peligrosamente cerca para la seguridad de su niña, nada podía pasarles a ellos si solo eran balas normales, pero conociendo a los pecadores las calles estarían llenas de plata angelical. Lucifer tomó delicadamente a Charlie por el brazo, instando a su pequeña a entrar de regreso. Las carcajadas agudas de Adán aturdieron, por un corto instante, al monarca de los caídos en desgracia.
— Oh mierda, este lugar sí que apesta, hermano
Eligió ignorarlo, después de todo, no podía responderle ahora, aunque realmente quería.
Charlie se dejó arrastrar hasta el sofá, donde su padre también tomó asiento. Lucifer acunó las manos de su hija entre las propias, admiró la manicura descuidada de alguien que se esforzaba mucho en su trabajo, algunas garras estaban rotas, otras mal recortadas y la piel de los dedos se sentía callosa. Quiso conjurar un poco de magia para curarlas, pero sentía que tal vez ella no apreciaría mucho el gesto y, lo último que quería, era hacerla sentir menospreciada, otra vez.
— Cariño, lamento mucho el hacerte preocupar de esta manera— dijo suavemente, levantó sus manos unidas, para depositar un beso en cada dorso magullado, en respuesta, Charlie se hundió en su asiento, demasiado tímida, porque hacía años que su padre no la trataba como a una princesa de cuento. Lucifer inhaló, esperando que aquello le ofreciera, aunque fuese, un mínimo de fuerza, porque sabía que estaba a punto de abrir una puerta que llevaba milenios cerrada— Llevo vivo ya un largo tiempo, hija y en toda esta eternidad han pasado muchas cosas, muchas de las cuales no estoy orgulloso, algunas otras simplemente duelen pero no lo suficiente como para que pueda ignorarlas, pero otras… otras son tan complicadas que ni siquiera sé cómo empezar a hilarlas
La demonio tomó suavemente a su padre por las mejillas, sabía que él, contrario a Lilith, era un alma sumamente sensible, Lucifer no podía ponerse frío y calculador, porque siempre sentía algo y ese algo siempre era demasiado fuerte, por eso sufría tanto. Odiaba verlo a la cara y que tuviera esa expresión de querer desaparecer, nunca soportó verlo llorar.
— Está bien, no lo fuerces, papá, estaré aquí esperando para cuando puedas hablarlo— susurró con amor. Lo jaló hacia ella en un fuerte abrazo, esperando que, al tenerla como un pilar de apoyo en su vida, su padre pudiera ver que, al menos en cuestión familiar y pese al abandono de Lilith, no estaba solo. No estaban solos.
— Ugh, voy a vomitar— Lucifer escuchó al fondo. Adán, sentado sobre el escritorio, los veía como si fueran el espectáculo más horrible que jamás hubiera tenido la oportunidad de observar.
El serafín se quedó en silencio un momento, cerró los ojos, descansando contra la calidez corporal de su hija. ¿Cuándo había crecido tanto? Era casi doloroso que su pequeña princesa fuera una adulta tan increíble, lamentaba mucho el haber permitido que su depresión los separara, porque las noches de juegos con Charlie, su infancia tardía y su adolescencia jamás volverían, ahora era una mujer ocupada que, de no haber necesitado su ayuda, probablemente ni siquiera se hubiera contactado con él en primer lugar.
Y lo tenía bien merecido.
Necesitaba confiar en alguien, necesitaba confiar en ella, que Charlie supiera que él la veía como alguien a quien podía acudir por ayuda.
— Muchas gracias, princesa, sólo dame unos días para reacomodar mis ideas y te prometo que vendré a confesarte algunas cosas muy importantes
Un beso en la frente de Charlie fue el sello a una promesa.
Ahora solo tenía que averiguar cómo demonios iba a contarle sobre ellos, sobre eso.
No tenía idea sobre cuál de las dos le daría el infarto más grande a su hija.
— Oh, papá, no te preocupes por eso, cualquier cosa que necesites estaré disponible para ti— se incorporó, con un nuevo vigor en la mirada. Su puño derecho chocó ruidosamente contra su palma izquierda, Lucifer se sintió enternecido por el gesto tan familiar— Te daré una terapia de arte privada a la semana, empezando el lunes si estás de acuerdo, el arte es lo ideal para las emociones, tal vez así puedas canalizarlas mejor
Lucifer rió.
— Me parece bien, linda
— Perfecto, ve a descansar un poco, te llamaré para la cena, hoy Vaggi nos cocinará algo inspirado en lo que consumía en sus días libres en el cielo
— Espera— dijo él, caminando rápidamente hacia ella— Creí que estábamos en una reunión, me distraje un poco pero aún puedo serte de ayuda— alegó casi desesperadamente.
Charlie desestimó sus palabras con un movimiento de mano, cada vez más cerca de la puerta— No te preocupes por eso, papá, de todos modos me acabo de dar cuenta que me faltaron un par de cosas por añadir a la presentación, pero lo haré más tarde para que podamos discutirlo todos mañana, mientras tanto, iré a ayudar a Vaggi con la cena
Lucifer solo pudo ver como su hija prácticamente le cerró la puerta en la cara, oír sus pasos alejarse no dolía tanto desde hacía mucho tiempo, cuando era tan pequeña que no entendía el motivo detrás del aislamiento de su padre, en aquellos años, casi diariamente, se escaparía de las clases privadas solo para ir a verlo a su taller, algunas veces, muy contadas, le preguntaría por qué siempre estaba tan triste, él nunca tenía una respuesta, pues tampoco sabía, así que crearía ilusiones o le daría vida a juguetes solo para distraerla y escucharla reír, eso hasta que Lilith fuera a recogerla, entonces Lucifer se quedaría solo de nuevo, percibiendo como poco a poco los tiernos pasitos se perdían junto a los tacones de su esposa, desapareciendo al final del pasillo.
— ¡Ja! Ni siquiera te toma en serio, vaya padre de porquería
— Cierra la puta boca— susurró él, iracundo, antes de salir también, azotando la puerta.
Para su desgracia, o no, pudo sentir como la poderosa presencia le pisaba los talones, siguiendo sus pasos hasta la torre que se había adjudicado en el hotel.
Esa iba a ser una tarde muy larga.
