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LA HUELLA OCULTA: Una Antología de Young Hearts

Summary:

En las sombras que aún laten bajo el palimpsesto, Alexander y Elías regresan para reescribir lo que quedó inconcluso. La Huella Oculta es la continuación que recupera el aliento original de su amor: un viaje no lineal entre pasados que duelen, presentes frágiles y futuros que se insinúan como promesas temblorosas.

Menos fiebre explícita, más brasas que arden despacio; menos experimentos de piel, más silencio entre latidos y huellas emocionales que no se borran del todo.Los cabos sueltos -la sombra de Ezra, las grietas familiares, los miedos adolescentes- se desenredan con calma, expandiendo el universo del grupo y dejando que el amor madure en cicatrices que brillan como constelaciones.

Chapter 1: La Previa

Summary:

En una noche de diciembre que respira entre el frío y la promesa, el grupo se prepara para cruzar un umbral que llevan semanas imaginando. Hay ropa elegida con demasiado cuidado, espejos consultados más veces de las necesarias, y conversaciones que dicen una cosa mientras sienten otra. Algunos cargan más de lo que admiten. Antes de que comience la noche, ya hay algo que pesa.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Era diciembre, y el invierno parecía haberse tomado un respiro inesperado. El sol, aunque pálido y distante, colgaba en el cielo como una promesa tímida, calentando lo justo para que el aire se sintiera ligero, casi amable. Comparado con los días anteriores —esos en que el viento cortaba como vidrio y la niebla se pegaba a la piel como una segunda capa húmeda— hoy era un regalo: un paréntesis en el asedio habitual del invierno que invitaba a salir sin bufanda. Pero ya era de noche, las siete en punto, y la luz del sol se había convertido en un recuerdo lejano. Las calles del pueblo empezaban a encenderse con faroles amarillos que proyectaban sombras doradas, y en la casa de Mieke el ambiente vibraba con esa mezcla de anticipación y ruido que precede a una fiesta.

El grupo entero se preparaba para ir a la fiesta de Mees. Nadie sentía una devoción especial por el chico —les era bastante indiferente, incluso antipático para algunos, con su actitud distante y sus comentarios que siempre buscaban una superioridad que no tenía— pero Mieke lo había cambiado todo. Con su influencia y su actitud poco saludable para una relación, había conseguido que Mees abriera las puertas de su casa a "los amigos de siempre", un gesto que parecía más concesión forzada que invitación genuina.

Lo que empezó como celebración de cumpleaños se había convertido en una fiesta masiva de la que los chicos de quinto año no paraban de hablar, pero sobre todo: la primera fiesta de verdad del grupo, de esas donde la música es alta, hay alcohol y luces de colores improvisadas que parpadean como estrellas erráticas. Todo el grupo querría creer que sería inolvidable —un hito en sus vidas adolescentes que recordarían con nostalgia o arrepentimiento, dependiendo de cómo terminara la noche.

Dentro de la habitación de Mieke, el caos era doméstico y cálido: ropa tirada sobre la silla, un espejo empañado por el vapor de la ducha reciente, el olor a perfume dulce y a shampoo de vainilla mezclado con la madera del piso. Mieke estaba acostada boca abajo en la cama, apoyada sobre un codo, el celular en la mano mientras deslizaba fotos de outfits en Pinterest con concentración casi religiosa. Alex salió del baño en ese momento, secándose el pelo con una toalla que dejó caer sobre el respaldo de una silla.

—Y bien... ¿cómo me veo? —preguntó, abriendo los brazos con una sonrisa despreocupada.

Llevaba una camiseta negra ajustada pero no demasiado, de esas que marcan los hombros sin esfuerzo, unos jeans claros y anchos que se ceñían en los tobillos y zapatillas blancas que había limpiado esa misma tarde, un cuidado que traicionaba su intento de parecer indiferente. Encima, una camisa de cuadros abierta con las mangas remangadas hasta los codos. No era formal, pero era evidente que había elegido cada prenda con más atención de la habitual, pareciendo querer sentirse más grande de lo que era. Alex siempre se veía bien, con esa gracia natural que parecía emanar de él sin esfuerzo. Pero hoy necesitaba más —más confianza, más tranquilidad, algo que no sabía nombrar del todo.

Mieke levantó la vista del celular y lo observó de arriba abajo.

—Súper guapo —dijo con una sonrisa convencida, sus ojos brillando con esa calidez que reservaba para sus amigos más cercanos—. En serio, te ves increíble, bobo.

Alex suspiró satisfecho, una sonrisa amplia iluminándole la cara.

—Perfecto.

Pero la sonrisa no duró. Se desvaneció lentamente, como si alguien hubiera bajado la intensidad de una luz con un regulador invisible. Sin previo aviso, se dejó caer sobre la cama junto a Mieke, de cara contra el colchón, con un golpe sordo y cómico que hizo temblar el somier. Mieke soltó una risa breve ante la absurdez del gesto, un sonido que intentaba aligerar el aire sin lograrlo del todo.

Alex se quedó inmóvil, los brazos extendidos a los lados, la cara hundida en la almohada. Pasaron varios segundos en silencio. Mieke dejó el celular a un lado y lo miró de reojo, esperando que dijera algo, que rompiera ese vacío con su habitual humor. No pasó.

—¿Qué pasa? —preguntó finalmente, su voz más suave, preocupada.

—Nada —murmuró Alex, la voz amortiguada por la tela—. Solo me siento algo... cansado.

—¿Cansado? Pero si solo te bañaste —intentó Mieke, sonriendo bobamente mientras le daba un leve golpecito en el hombro.

Alex se giró con lentitud, quedando boca arriba, mirando el techo con una expresión inexpresiva. No rió ante la broma. Solo suspiró, un sonido pesado que parecía venir de muy adentro.

—Sí, sí, pero más bien estoy cansado de... todo.

El silencio que siguió fue denso. Mieke se incorporó un poco, apoyándose sobre un codo para mirarlo directamente a los ojos.

—¿Alex, te sientes bien?

—La verdad no tengo muchas ganas de ir a la fiesta —confesó él, con una melancolía que ya no intentaba disimular. Giró la cabeza hacia un lado, como si no quisiera sostenerle la mirada.

Mieke se quedó callada un segundo, recorriendo con los ojos el rostro de Alex.

Alexander recordaba perfectamente cómo había empezado todo: hacía un par de semanas, Mieke le había propuesto la idea con entusiasmo casi infantil, un brillo en los ojos que hacía parecer que la fiesta era el evento del año.

Era el cumpleaños de Mees, su novio, y la fiesta llevaba semanas planeada entre su grupo de amigos antes de volverse enorme al difundirse, un rumor que crecía como una bola de nieve rodando cuesta abajo. Mieke al notarlo presionó a Mees hasta que cedió: de esta forma Alex, Vale, Lily, Elías y el resto habían sido invitados finalmente. Al principio Alex había sido de los más entusiasmados, quizás más que Vale. Le había contado a Elías con los ojos brillando, y Elías se había contagiado de inmediato. Parecía que sería perfecto: su primera fiesta de "grandes", música a todo volumen, la promesa de una noche que recordarían con risas o arrepentimientos.

Pero los últimos días habían sido un torbellino. La sobreexigencia del básquet, la pelea con Elías —lágrimas, palabras dichas para herir, ese peso melancólico que se les quedó pegado como sombra que no se va con la luz— y luego la tarde con su tía: los gritos, el llanto, el susto seco en el pecho, aquello inesperado que apareció donde no debía, silencioso y devastador. Todo eso había resquebrajado su estabilidad, apagando de golpe la chispa que llevaba semanas alimentando la idea de la fiesta.

—Mierda... entonces sí es serio —dijo Mieke, su voz bajando de tono—. ¿Es por lo que pasó con tu tía?

Alex cerró los ojos un instante. Las palabras tardaron en atravesar el laberinto de recuerdos para salir.

—Seh... eso y todo, creo.

—Lo lamento mucho, Alex. Eso estuvo muy mal —dijo Mieke, inclinándose para tocarle el hombro con suavidad, con una empatía genuina que se sentía en cada gesto—. Te invité para que te distraigas un poco y olvides lo malo. Pero si sientes que no estás bien, no es una obligación ir. Es normal que después de todo eso solo quieras mandar todo a la mierda. Créeme, no me enojo si no vas.

Alex se incorporó lentamente, sentándose en la cama con una energía renovada que no convencía del todo. Sonrió, intentando ser el de siempre: fresco, cool, invencible, aunque por dentro se sentía como un edificio agrietado.

—No, olvídalo. Sí quiero ir. Es solo que cuando pienso en eso no quiero hacer nada, pero está bien. Me voy a distraer, eso ayudará. Aparte que ya le dije a Eli, no puedo cancelarle.

Mieke lo miró con detenimiento, buscando algún atisbo de duda en sus ojos, en la forma en que su sonrisa no llegaba del todo a ellos.

—Alex, él entenderá si no vas. Y si no, al carajo. No puedes hacerlo solo por Eli, ¿no?

Alex meditó un segundo sus palabras. Luego sacudió la cabeza.

—Claro, pero tranquila, Mieke. En serio quiero ir, no es por él.

Ella no respondió de inmediato. Conocía esa sonrisa tensa, ese tono demasiado controlado que usaba cuando decía que estaba bien sin estarlo. Finalmente sonrió, con la duda aún flotándole en los ojos, y lo empujó levemente con el brazo.

—Está bien —dijo al fin—. Te creo... o al menos voy a fingir que lo hago.

Hizo una pausa.

—Te vas a divertir, lo prometo. Los amigos de Mees son unos pendejos, pero no importa: estarán nuestros amigos y, lo mejor de todo... Ezra no está invitado.

—Cool —dijo Alex, y esta vez la sonrisa fue más genuina, aliviado por esa última noticia.

—Será una buena noche —concluyó Mieke con alegría, levantándose de la cama para terminar de arreglarse.

Alex se quedó sentado un segundo más, mirando la pared frente a él. La tristeza aún estaba ahí, como una sombra que se niega a irse del todo, instalada en ese espacio justo debajo del esternón donde guardaba las cosas que no quería mirar de frente. Pero respiró hondo, se puso de pie y se miró una última vez en el espejo, ajustando la camisa con ese gesto que era más ritual que necesidad. El chico del espejo le devolvió la mirada —camisa de cuadros, zapatillas limpias, una sonrisa que se esforzaba por parecer real. Aceptable. Manejable. Tal vez una fiesta era justo lo que necesitaba para ahogar los ecos de los últimos días, para perderse en el ruido y recordar por unas horas que era un adolescente de quince años y que a veces eso era suficiente razón para salir.

En la habitación de Lukas el caos era tranquilo: ropa tirada sobre una silla, una lámpara de lava burbujeando en la mesita con su luz hipnótica, el olor a pizza fría que habían pedido al mediodía y que aún flotaba en el aire. Elías estaba listo desde hacía rato. Llevaba unos jeans negros anchos y cómodos que Vale había aprobado por mensaje la noche anterior con tres emojis de fuego, una camiseta gris oscura de manga larga que le daba un aire despreocupado pero adecuado para una fiesta. Lo más llamativo era la pulsera de cuero trenzado con un pequeño colgante plateado que Alex le había regalado por su aniversario; últimamente no se la quitaba nunca.

No era que le importara demasiado la ropa, pero se había mirado al espejo más veces de las que admitiría, ajustándose el cuello, pasándose los dedos por el cabello rubio que nunca cooperaba del todo, un ritual que revelaba su ansiedad más claramente de lo que hubiera querido. Se veía lindo, pensó con cierta timidez interna, un pensamiento que lo hacía sentir expuesto incluso sin que nadie lo escuchara.

El plan era simple: Valerie y su papá pasarían por Lukas y él en hora y media, llevándolos a casa de Mieke, donde el grupo se reuniría antes de ir todos juntos a casa de Mees. Lukas había sido parte del plan siempre aunque sin estar del todo confirmado. La pijamada improvisada de la noche anterior había sido perfecta: risas hasta las tres de la mañana, confesiones a media voz, Elías desahogándose sobre las semanas movidas y Lukas escuchando sin juzgar, como siempre, con esa presencia sólida que hacía que todo se sintiera más manejable.

Lukas entró por la puerta de la habitación con la cara de quien acaba de perder una batalla importante.

—Oye... me dijeron que no —soltó, apoyándose contra el marco con los brazos cruzados.

Elías, que estaba revisando su celular sentado en la silla del escritorio, levantó la vista de golpe.

—¿¡Qué!? ¿Por qué no?

—Porque no confían del todo, encuentran que es raro. Creo que saben que vamos a otra parte.

El corazón de Elías dio un vuelco violento. Se levantó de la silla con tal rapidez que esta giró sobre sí misma.

—¡Pero Lukas! Se suponía que no dijeras que la fiesta es en casa de Mees. Se supone que vamos donde Mieke —susurró con urgencia contenida, como si las paredes tuvieran oídos.

—¡No se los dije! —se defendió Lukas, también en voz baja, pero con culpabilidad genuina pintada en cada sílaba—. Solo cometí un error. Les dije que era un cumpleaños y ellos son observadores, se acuerdan de las fechas, y sabían que el de Mieke fue en noviembre. Entonces entré en pánico y les dije algo de verdad. Eli, tú sabes que soy pésimo mintiendo y aparte no me gusta mentirles a mis padres, a nadie.

Era cierto. Lukas mentía como mentían los niños pequeños: con toda la cara roja y la mirada huidiza, incapaz de sostener la farsa más de treinta segundos. Era una de esas cualidades que lo hacían irritantemente honesto y, al mismo tiempo, profundamente confiable.

—Carajo, Lukas... —Elías se dejó caer de nuevo en la silla, el pánico cediendo paso a una resignación cansada.

—¿Seguro que no dijiste nada más?

—No, créeme. Y en caso de que sospechen, no dirán nada a menos que les pregunten directamente. Tú tranquilo —Lukas hizo una pausa, los hombros cayendo ligeramente—. Lo siento.

Elías lo miró. Lukas lucía genuinamente arrepentido, con esa expresión de cachorro regañado que hacía imposible mantenerle el enojo por mucho tiempo.

—Está bien, entiendo —dijo finalmente, aunque la decepción pesaba en su voz.

Lukas se sentó en la cama, las manos entrelazadas entre las rodillas.

—Pero estarás bien sin mí. Estará Vale, Allan, Lily... creo que hasta Zoe irá, siendo que Matteo también estará ahí. Y pues... estará Alex, obvio —añadió con una sonrisa pequeña.

La mención del nombre cayó como una nota disonante. La expresión de Elías cambió, algo ensombreciéndose en sus ojos.

—Claro... Alex —suspiró, y fue casi como ver el aire salir de sus pulmones.

Lukas entrecerró los ojos, esa curiosidad característica activándose no por morbo sino por genuina preocupación.

—Oye, ya en serio, ¿qué fue lo que pasó exactamente? Parece serio.

Imágenes. Fragmentos desordenados que Elías había intentado ordenar en su mente sin éxito: él mismo llorando en su habitación a oscuras, la almohada húmeda contra su rostro. Luego en casa de Alex, las lágrimas cayendo mientras Alex lo miraba con esa expresión que no podía descifrar —¿miedo?, ¿culpa?—. Besos robados que sabían a desesperación. Las peleas con sus padres, voces elevadas, puertas que se cerraban con demasiada fuerza. Y después, la imagen que más lo perseguía: Alex abrazando a su madre en la cocina, llorando contra su hombro mientras ella le acariciaba el cabello, y Elías mirando desde el umbral sin saber si debía quedarse o irse, sintiéndose intruso en un dolor ajeno. Y finalmente, Alex diciendo con voz plana: "No quiero hablar de eso por ahora."

—Lo es, Lukas. Mucho —admitió—. Pero de todos modos no sé tanto sobre eso. Con suerte Alex me ha contado algunas cosas, pero no creo que deba decirlo.

Lukas asintió inmediatamente, sin presionar.

—Y él no está bien... Finge que no pasa nada, pero lo conozco, está muy raro —Elías se levantó nuevamente, incapaz de permanecer quieto, caminando en círculos pequeños—. Carajo... no sé por qué vamos a esta estúpida fiesta. Peleé tanto con mis padres por esto, casi no me dejan ir, y ahora siento que es una estupidez.

—Se oye muy mal todo ese tema.

Silencio. El tipo en que se puede escuchar el reloj de pared en el pasillo, el murmullo distante de una televisión encendida en la planta baja. Lukas observó a su amigo con esa mirada que reservaba para los problemas que realmente le importaban. Entonces sus ojos se iluminaron.

—¿Y si mejor cancelan? Incluso podrían quedarse aquí hoy. O simplemente estar ustedes dos, haciendo cosas de novios.

Elías ladeó la cabeza, rechazando la idea antes de que terminara de formarse.

—No... no creo. Ya es muy tarde para eso y me da miedo que Alex piense que no confío en él. Es un poco orgulloso a veces, y quizás... no sé, es verdad que quiere ir. Después de todo estará con su mejor amiga, estaba entusiasmado. No sé, quizás lo mejor sea no pensar tanto y estar con él todo el rato —se sentó junto a Lukas en la cama, los hombros caídos.

Lukas lo miró unos segundos, con esa empatía impotente de quien quiere arreglar lo que ve roto y no puede.

—Si quieres, puedo insistirles más a mis padres.

Era una oferta vacía y ambos lo sabían, pero el gesto importaba.

Elías le devolvió una sonrisa cansada pero agradecida.

—No, Lukas. Está bien. Tampoco quiero obligarte a ir.

—Pero sí me gustaría ir, bueno... salvo por lo del alcohol —admitió con una sonrisa más amplia.

—Ah, no es tan malo —respondió Elías con una mueca.

—Como sea, espero que a pesar de todo, la pases bien.

—Gracias. Yo igual lo espero.

—¿Cómo serán esas fiestas con alcohol? —preguntó Lukas de la nada, esa curiosidad infantil asomándose.

—Supongo que ahora lo sabré. Igual estoy un poco nervioso —confesó Elías, sintiendo por primera vez algo parecido al entusiasmo, un cosquilleo en el estómago que era a la vez miedo y excitación.

—Sobre todo porque estarán los de quinto año —arremetió Lukas de inmediato, con ese timing perfecto para arruinar cualquier intento de calma.

—Oye... no ayudas —murmuró Elías, el nerviosismo instalándose de verdad ahora.

—Qué raro que Mieke esté con alguien de quinto, ¿no crees?

Elías lo miró, sorprendido por el cambio de tema, pero la pregunta tenía sentido. Siempre le había parecido extraño. Incluso cuando chismeaban con Alex sobre el tema, ambos coincidían en que había algo que no encajaba del todo.

—Mucho...

—Por cierto, cuidado con el alcohol. Ya sabemos cómo te pones —dijo Lukas con una sonrisa burlona, esa que guardaba para las bromas más crueles porque estaban basadas en verdades incómodas.

Elías lo fulminó con la mirada, indignado pero incapaz de no reírse un poco.

—Jódete.

Agarró una almohada y se la lanzó con fuerza. Lukas la esquivó a medias, riéndose, y pronto ambos estaban riendo —esa risa tonta, liberadora, que solo se da entre amigos que se conocen demasiado bien. La melancolía se había ido, al menos por ahora.

El tiempo se deslizó de manera extraña después de eso, como suele hacer en los días que prometen convertirse en recuerdos, cuando las horas se estiran y contraen sin lógica. Ya era más tarde, la noche se sentía más pesada y el frío hacía presencia aunque sin ser suficiente para arruinar la anticipación, una expectativa que burbujeaba en el pecho como una promesa.

—Qué mal que Lukas no pudiera venir.

La voz de Valerie rompió el silencio del interior del auto. Elías estaba en el asiento trasero junto a ella, la mirada perdida en la ventana, observando cómo las casas del vecindario pasaban una tras otra, cada fachada un borrón de luces navideñas que parpadeaban en la noche. Hacía apenas unos minutos que se habían despedido de Lukas —un abrazo rápido en la puerta, una promesa silenciosa de contarle todo después— cuando el padre de Vale y ella habían llegado a recogerlo. Ahora el señor conducía con esa concentración serena de los adultos que saben exactamente a dónde van, mientras la radio murmuraba suavemente alguna canción que ninguno de ellos escuchaba.

Estaban llegando a casa de Mieke.

—Sí, una lástima —respondió Elías con sinceridad, volteándose para mirar a Vale.

Realmente quería que su mejor amigo estuviera ahí. Pero quizás era mejor así. Quizás Lukas estaba bien en casa, sin tener que lidiar con él y su sobre explicada vida.

—¿Estás nervioso? —preguntó Vale, y su sonrisa era puro entusiasmo contenido, anticipación brillando en sus ojos.

Su energía era clara y vibrante, contagiosa de una forma que hacía imposible no sonreír de vuelta, que hacía que el nerviosismo de Elías se sintiera menos solo.

—Un poco. ¿Y tú?

—Yo creo que sí —admitió Vale, volteándose satisfecha hacia el frente, como si ponerlo en palabras fuera suficiente para hacerlo manejable.

El auto comenzó a disminuir la velocidad. Las casas se volvieron más reconocibles hasta que finalmente se detuvieron frente a una familiar construcción de dos pisos con ventanas amplias y un jardín delantero cuidado.

—Bien, chicos, ya llegamos.

El padre de Valerie se volteó en su asiento para mirarlos con ese tono paternal que hizo que Elías automáticamente se enderezara.

—Valerie, amor. Pasaré por ti a las doce, no más tarde que eso, aunque insistas. ¿De acuerdo?

Vale hizo una mueca de fastidio apenas perceptible.

—Ok, papá.

Elías casi pudo imaginar las conversaciones previas y los intentos de Vale por extender el horario.

—Muy bien. ¿Y tú, Eli? ¿Te irás con nosotros? Puedo llevarte a tu casa.

La pregunta lo tomó ligeramente desprevenido.

—Eh, no, señor. No hace falta, me quedaré en casa de Mieke —respondió rápidamente, la voz un poco más alta de lo necesario.

Era verdad. Todavía le costaba creer que sus padres hubieran accedido a tanto —primero la fiesta, luego quedarse a dormir. Había sido una batalla de negociaciones cuidadosas y bastante suerte.

—Ya veo... ¿Le dijiste a tus padres, cierto?

Preguntó con ese tono de sospecha amable que hizo que Elías se pusiera nervioso instantáneamente.

—Sí, claro que sí.

Decía la verdad, pero aun así no podía evitar sentirse como si mintiera. El padre de Valerie siempre le había dado un poco de miedo, no por ser severo sino precisamente por lo contrario: era observador, veía a través de las medias verdades con una facilidad desconcertante.

—Bien, espero que así sea. Ahora vayan, disfruten, pero sean responsables. ¡Y nada de alcohol!

Ambos chicos asintieron obedientemente mientras el seguro del auto se desactivaba con un clic suave.

—Te amo, hija.

Vale sonrió, genuina.

—¡Yo igual, papá!

Ya estaban descendiendo del auto, caminando hacia la casa, cuando la puerta principal se abrió de golpe. Mieke apareció en el umbral con una energía desbordante, casi radiante. Llevaba una falda corta color verde oscuro que le quedaba perfecta, el cabello suelto cayendo en ondas sobre sus hombros. Se veía linda, con esa confianza que irradiaba desde cada gesto.

Eli y Vale la saludaron con la mano, sonriendo a la distancia. Fue solo entonces que el auto del padre de Vale se puso en marcha y desapareció en la curva, dejando atrás un eco de motor que se disipaba en la noche.

—Pensé que te quedarías en casa de Mieke —comentó Elías mientras esperaban a que ella llegara hasta donde estaban.

—Mis papás no me dejaron —respondió Vale con una sonrisa grande—. Piensan que beberé hasta vomitar, me drogaré o tendré sexo sin protección o no sé.

Las palabras eran tan irreverentes, tan deliberadamente exageradas, que Elías no pudo evitar reír.

—Igual es buena hora, creo yo —añadió Vale, encogiéndose de hombros.

—Seh...

Elías levantó la mirada justo cuando Mieke ya estaba con ellos, con esa energía desbordante que parecía imposible de contener.

—¡Hola, chicos! ¡Al fin llegaron!

El optimismo en su voz era contagioso. Elías no podía negar que se veía bien —esa falda verde oscura y el top negro le sentaban perfectamente, y su actitud complementaba todo. Valerie compartía esa opinión, observando con admiración cómo Mieke había logrado ese equilibrio entre arreglada y natural. Ella misma había optado por unos jeans de tiro alto, una blusa blanca de mangas largas con pequeños botones dorados y unas botas cómodas pero elegantes. Se veía hermosa sin parecer que lo había intentado demasiado.

Ambos la saludaron con abrazos y un coro de "¡Hola, Mieke!" lleno de ese entusiasmo genuino que solo surge cuando estás a punto de cruzar hacia algo desconocido y prometedor.

—Los chicos están adentro, vamos —dijo Mieke, guiándolos hacia la entrada.

Comenzaron a caminar hacia las escaleras mientras ella hablaba.

—No iremos apenas llegue Zoe.

Eli y Valerie asintieron. La casa era exactamente como la recordaban —las paredes color crema, las fotografías familiares enmarcadas, el olor a lavanda que siempre parecía flotar en el aire. Elías sintió cómo su mente comenzaba a divagar, pensando en lo que les esperaba, en Alex, en si esta noche sería un bálsamo o una complicación más...

—¿¡Quiénes son estos chicos tan encantadores que acaban de llegar, Mieke!?

La voz surgió de la nada, sobresaltando tanto a Vale como a Eli. Ambos se giraron y se encontraron con una mujer de aproximadamente sesenta años que los observaba con una sonrisa radiante. Era alta, delgada, con una elegancia natural que parecía venir de otra era. Llevaba el cabello plateado recogido en un moño suelto, y sus ojos —del mismo color miel que los de Mieke— brillaban con una chispa de curiosidad genuina. Vestía un suéter color vino y emanaba esa confianza tranquila que solo da la edad.

Mieke se detuvo en seco, suspirando con resignación.

—Ahm, chicos. Ella es mi abue—

La mujer ya había llegado junto a ellos, plantándose frente a Elías y Valerie con una sonrisa que hacía imposible no devolverla.

—Un gusto —dijeron al unísono.

La abuela de Mieke le dio un beso en la mejilla a Valerie y luego se volvió hacia Elías. En lugar de besarlo, simplemente le tocó la mejilla con suavidad y le dedicó una sonrisa exclusiva. Eli la devolvió sin pensarlo.

—¿Cuáles son sus nombres?

Los chicos respondieron rápidamente, casi atropellándose.

—Aw, ¿y están ansiosos por la fiesta?

Los tres intercambiaron miradas cómplices, una mezcla de nerviosismo y emoción.

—Entusiasmados más que nada —corrigió Valerie con esa actitud encantadora que sabía usar con adultos.

—Qué bueno.

La mujer suspiró suavemente y se quedó mirándolos con esa sonrisa, como si estuviera memorizando sus rostros. Mieke, con poca paciencia, intervino.

—Bueno, abue, ya vamos a subir para arreglar unas últimas cosas.

—Oh, claro, vayan —reaccionó la mujer, como si acabara de recordar dónde estaba. Se dio media vuelta—. Avísenme cuando salgan.

Los chicos comenzaron a subir las escaleras.

—No conocía a tu abuela —comentó Valerie con cierta extrañeza mientras ascendían. Pensaba conocer casi toda la vida de Mieke, y la existencia de esta mujer le resultaba desconcertante.

—Es linda.

—Seh, es que no suele venir mucho, pero como es Navidad aquí está. Los abuelos de Alex también llegaron a su casa, ¿no, Eli?

Elías reaccionó levemente al escuchar el nombre de su novio.

—Ajá.

—La hubieran visto hace un rato, parecía hasta más animada que yo por la fiesta —dijo Mieke, sonriendo ante el recuerdo.

La risa fue compartida, ligera, llenando las escaleras como un eco alegre.

Finalmente llegaron frente a la puerta de la habitación de Mieke, y el corazón de Elías se aceleró. Sabía que Alex estaba ahí. Era cierto que era su novio desde hacía ya un buen tiempo, que se habían visto apenas hace unos días, que se conocían de memoria. Pero Elías siempre se ponía así cuando se trataba de él. Alexander tenía ese efecto embriagador sobre él. Y más ahora, después de días tan complicados, tan cargados de preocupaciones no dichas.

Mieke abrió la puerta.

La habitación se reveló ante ellos —sorprendentemente amplia, más grande que la de Alexander y definitivamente más que la de Elías, algo en lo que ambos siempre pensaban aunque no fuera la primera vez que estaban ahí. Las paredes decoradas con posters de Harry Potter: el Mapa del Merodeador enmarcado, una escoba de juguete colgando del techo, estanterías repletas de libros y figuras de colección. Una cama con dosel en una esquina cubierta de cojines, y una ventana grande que dejaba entrar la luz dorada de los faroles del exterior, tiñendo todo de un tono cálido.

Pero para Elías, nada de eso importaba.

Su mirada se clavó en la de Alexander como si fuera inevitable, como si hubiera un hilo invisible tirando de ambos. Alex lo notó inmediatamente, levantando la vista desde donde estaba sentado en la cama, y por un momento el mundo se detuvo en ese intercambio. Se miraron, y fue como si todos los demás dejaran de existir. Alexander se levantó rápidamente, comenzando a caminar hacia donde estaban Vale y su novio.

—¡Hola, Eli!

La voz de Finnei rompió el hechizo. Elías parpadeó, descolocado, como si acabaran de despertarlo. De repente fue consciente de todos los demás: Finnei con su entusiasmo habitual, Lily sentada en una silla junto a la ventana, vestida como siempre —jeans desgastados, una sudadera oversized, zapatillas cómodas— sin preocuparse demasiado, pero luciendo linda de todas formas, con esa actitud relajada que la caracterizaba.

—¿Qué hay, Finnei?

Se saludaron con ese apretón de manos-semi-abrazo torpe pero afectuoso que los chicos hacían, golpeándose suavemente la espalda. Luego Finnei se separó para saludar a Valerie, y fue entonces cuando Lily se acercó.

—¿Qué pasa, bro?

Extendió su puño con esa actitud cool y tranquila. Eli sonrió y chocó el suyo contra el de ella.

Pero entonces ya no había nadie más entre ellos.

Quedó frente a frente con Alexander, y el tiempo volvió a ralentizarse de esa manera imposible que solo ocurre en los momentos que importan. Se miraron —realmente se miraron— analizando cada detalle del otro. Alex se veía guapo. Más que eso. Se veía como todo lo que Elías había estado necesitando ver. Y Alex lo miraba de vuelta con esa intensidad callada, notando la pulsera en su muñeca —su pulsera— y algo en su expresión se suavizó. Notó cómo la camiseta le quedaba a Eli, cómo se había peinado el cabello hacia un lado, cómo lucía tierno. Increíblemente tierno.

—Hola...

Eli casi suspiró la palabra. Una sonrisa boba apareció en ambos rostros simultáneamente, ese lenguaje privado que no necesitaba traducción.

—Hola.

Alexander sonrió un poco más, y el silencio que siguió estuvo cargado de todo lo que habían guardado durante días.

—Luces bien —dijo Elías con total sinceridad.

Alex, en un acto de pura picardía, le guiñó el ojo. Eli giró los ojos dramáticamente y rió por lo bajo como un tonto, y Alexander lo siguió, contagiado. Era siempre así: bastaba un gesto, una mirada, y el mundo entero se contraía hasta caber entre ellos dos.

—Ven aquí.

Fue una orden suave, pero suficiente. Elías no necesitó más. Se acercó y se derritió en los brazos de su novio como si hubiera estado esperando ese momento toda la semana, como si ese abrazo fuera el único lugar donde podía ser él mismo. Alexander lo recibió rodeándolo por la cintura con una ternura que lo hacía sentir protegido. Eli lo abrazó por el cuello, poniéndose de puntitas para alcanzarlo mejor, y finalmente se besaron.

Fue un beso que borró todo lo demás —las preocupaciones, las peleas, los silencios que habían pesado como plomo. Suave pero urgente, familiar pero nuevo cada vez, empezando lento con los labios rozándose apenas, explorando el territorio conocido. El sabor a menta del aliento de Alex mezclado con algo más dulce, adictivo. Eli sintió cómo su corazón se expandía en el pecho, la forma en que Alexander inclinaba la cabeza para profundizar el beso apenas lo suficiente para decir te extrañé sin palabras. Las manos de Alex en su cintura, firmes y seguras, trazando círculos leves que enviaban escalofríos por su espina. Su propio pulso acelerado, latiendo como un eco compartido.

Cuando finalmente se separaron —apenas— mantuvieron el abrazo. Frentes juntas, narices rozándose, respiraciones mezclándose en un ritmo sincronizado. Sonrieron como idiotas con los ojos cerrados, existiendo solo en ese pequeño espacio donde el resto del mundo era un rumor lejano.

Pasaron unos segundos así, suspendidos en su propia burbuja, hasta que el ruido de fondo irrumpió como una ola suave.

Se separaron abruptamente, las mejillas encendidas, conscientes de repente de las miradas divertidas de sus amigos. Pero ninguno se arrepintió, porque en esa exposición había una libertad que solo los amigos verdaderos permiten.

—Carajo, chicos. Necesito una novia.

La voz de Finnei surgió de la nada, mirando a los dos chicos con una tristeza tan exagerada que resultaba cómica. Todos rieron, incluyendo Elías y Alex, que se sonrojaron al sentirse expuestos, pero claramente divertidos.

Los demás volvieron a sus asuntos —Lily revisando su teléfono con una sonrisa residual, Valerie ajustándose el maquillaje frente al espejo de Mieke, Finnei contando una anécdota ridícula— mientras Alexander guiaba suavemente a Eli hacia la cama. Se sentaron juntos, apoyados contra la marquesa, sus cuerpos naturalmente inclinándose uno hacia el otro. Algo inevitable, algo que no necesitaba decisión porque ya era instinto.

—¿Estás bien? No nos vemos hace unos días.

La preocupación en la voz de Elías era palpable. Alexander le regaló una sonrisa que intentó ser lo más genuina posible, aunque había algo detrás de ella que Eli no terminaba de descifrar.

—Sí, todo bien, bonito.

Respondió con esa ligereza estudiada que Elías conocía demasiado bien. No confiaba plenamente en las palabras de su novio —había aprendido a leer entre líneas, a notar las pequeñas grietas en su armadura— pero justo cuando estaba a punto de cuestionar un poco más, Alexander cambió el tema mientras lo abrazaba por la cintura, posando la cabeza en el hueco de su cuello. El gesto era tan tierno, tan íntimo, que Elías casi olvidó qué estaba a punto de decir.

—Pensé que seguías castigado, qué raro que te dejaran salir.

—Bueno... sigo castigado, pero mamá hizo una excepción. Después de todo son las vacaciones, ni modo que pueda bajar mis calificaciones ahora.

Elías rió levemente, y Alex lo siguió. Hubo un momento de mimo entre ellos —Alex acariciando distraídamente el brazo de Eli, Eli pasando los dedos por el cabello de Alex— ese contacto sin propósito específico que solo las parejas que se sienten cómodas juntas comparten. El bullicio de los amigos alrededor era un fondo alegre: Lily comentando algo sobre un meme, Valerie ajustando su maquillaje con Mieke, Finnei contando algo que hacía reír a todos. Dos ecosistemas en la misma habitación —el íntimo de ellos dos, dedos entrelazados, susurros al oído, un mundo privado— y el grupal, ruidoso y feliz.

—¿Al final quiénes estamos confirmados? —preguntó entonces Finnei, llamando la atención de todos.

—Vamos nosotros más Zoe, que aún no llega, y Matteo que dijo que llegaría directo a casa de Mees después del partido. Y a esperar que esos dos no se maten.

Mieke respondió con gracia, y sus amigos rieron de inmediato. La relación entre Zoe y Matteo era... complicada, por decir lo menos.

—¿Creen que seremos los únicos de tercero ahí? —preguntó de pronto Valerie, con un tono algo preocupado, como si acabara de procesar completamente en qué tipo de situación se estaban metiendo.

—Es lo más probable, pero quién sabe, esta mierda se volvió tan masiva que no me sorprendería que hubiera chicos de Bruselas —dijo Mieke riendo.

Valerie respondió con una expresión nerviosa, algo que Mieke notó de inmediato, su tono volviéndose más calmado.

—Tranquilos, chicos. Les prometo que la pasarán súper bien.

Había sinceridad en sus palabras, una promesa real que funcionó como ancla. Todos sonrieron más entusiastas.

—Y si alguien nos dice algo, lo golpeamos y listo, somos más —dijo Finnei como si se tratase de un trámite, sacando más risitas.

Estaban en ese contexto de risas y buena vibra cuando sintieron el pitido agudo de un auto. Mieke y Valerie fueron las primeras en reaccionar, corriendo hacia la ventana. Los demás las siguieron, amontonándose.

Ahí estaba Zoe bajando de la camioneta de su madre —una SUV plateada impecable— mientras la abuela de Mieke salía a recibirla con esa calidez que parecía extenderse a todos. Zoe llevaba una falda negra corta con medias, una blusa de seda color champagne y una chaqueta de cuero que le daba ese toque de rebeldía controlada. Se veía increíble, una presencia hecha para brillar en la noche.

Todos estaban en la ventana mirando la escena, incluyendo Elías y Alexander más atrás, estirados para poder ver, sus hombros rozándose. La abuela de Mieke y la mamá de Zoe intercambiaron unas palabras breves —coordinando horarios, ese detalle adulto que los chicos ignoraban— y luego la madre partió. Fue entonces cuando Mieke abrió la ventana de golpe.

—¡Qué sexy luces, amor!

Zoe, aunque alarmada al principio, captó la broma de inmediato. Al ver a sus amigos asomados sonrió y se emocionó por continuar el juego. La abuela de Mieke también sonrió mientras entraba a la casa, claramente acostumbrada a las payasadas adolescentes.

—¡No tanto como tú, preciosa!

Respondió Zoe con una voz ronca y grotesca que sacó risas colectivas. Mieke se volteó entonces, haciendo que todos se alejaran.

—¡Vamos, chicos!

Dijo yendo hacia la puerta, y todos la siguieron con esa energía que precede a las aventuras. Alex y Eli se quedaron solos por unos segundos, rezagados. El bullicio ya comenzaba a escucharse abajo —voces entremezcladas, risas, los pasos bajando la escalera.

Se miraron y sonrieron, con esa complicidad silenciosa que era su lenguaje privado.

—No bebas mucho, eh.

Le dijo Alex con tono coqueto y molestoso, tomando sus manos y besando una de ellas con suavidad. Elías giró los ojos dramáticamente, pero luego le sonrió.

—¿Por qué todos me dicen eso? No lo haré, bobo.

Respondió medio indignado, medio coqueto. Luego, lentamente, sus expresiones se fueron relajando hasta mirarse con algo más profundo. Amor, sí, pero también una especie de promesa tácita. El peso de todo lo no dicho durante estos últimos días encontrando finalmente un lugar para posarse.

—¿Porque será...?

Dijo Alexander con sarcasmo suave y amor en partes iguales. Entonces su tono cambió, volviéndose algo más anclado en la realidad.

—Estaremos bien.

Elías suspiró, como si esas palabras fueran exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Súper bien.

Lo complementó como un mantra, como si al decirlo en voz alta pudieran hacerlo realidad, como si las palabras tuvieran el poder de aplanar lo que se sentía rugoso e incierto. Se dieron un beso breve pero cargado de significado, un cierre y una apertura al mismo tiempo. Cuando se separaron, sus miradas dijeron mutuamente que era hora de bajar.

Listos para enfrentarse a lo que venía, con esa mezcla de excitación y temor que hace que los momentos se sientan vivos.

Las voces de sus amigos llegaban desde abajo —la risa de Zoe contando algo animadamente, la música que alguien había puesto de fondo, un caos alegre que parecía llamarlos.

El futuro inmediato los esperaba: incierto, emocionante, un poco aterrador, ese tipo de noche que uno presiente que va a recordar aunque no sepa todavía de qué manera.

Pero juntos.

Alexander ya estaba en la puerta, esperándolo con esa sonrisa pequeña que reservaba solo para él.

—¿Vienes?

Eli asintió, el corazón latiendo con fuerza.

—Voy.

Y juntos bajaron las escaleras, hacia el ruido, hacia sus amigos, hacia lo desconocido. Hacia todo lo que les esperaba en esa noche de diciembre que apenas comenzaba.

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