Chapter Text
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Todo sería perfecto en el descanso. Reposaría en el sol, tomaría de más y podría descansar de cualquier evento social en el que se obligaba a participar por el bien de su familia. Italia sería su salvación.
Lo malo de eso era que, aunque quisiera ignorarlo, esas “vacaciones” también formaban parte de sus obligaciones.
Amaba a su madre, pero ya era suficiente de tener que aguantar abrumarse para no dejar mal a su familia.
Y no era cualquier familia. Por supuesto que no.
Los Moschini se encargaban de la más alta y prestigiosa empresa de Argentina. Una que heredará apenas cumpla los 25 años. Todavía no estaba consciente de lo que eso significaba. Su vida trataba de derrochar y derrochar. Jamás tuvo que pelear por lo que tenía. Solo se preocupaba en su apariencia y en lo mucho que debía demostrar.
Nadie se atrevía a molestarlo o siquiera negar sus órdenes. Era insoportable, no lo negaba, tampoco le importaba. Era él y solamente él.
Bueno, él y su prometido: Ian lucas.
Su madre le había presentado a ese hombre a 3 semanas de terminar la universidad. Estaba tan nervioso por sus notas, que se había olvidado por completo de su deber de dar un heredero para su familia.
Ian no le atraía, para nada. Bueno, era para cualquier humano, un hombre extremadamente atractivo; hombros anchos, mandíbula marcada, pelo rubio, demasiado su tipo. La personalidad… la personalidad era el problema, ¿Por qué debía de ser tan… insoportable? Siempre insistiendo en ir a la cama.
Lautaro metía excusas siempre.
Y allí terminó, en el yate privado de su padre, con su prometido a un mes de casarse. Siempre era un desahogo quejarse, desquitarse con los pobres individuos que se acercaban a servirle. Despidiendo a quien no le cumplía sus caprichos.
Por supuesto que merecía más de lo que tenía. Era el mismísimo Lautaro Moschini, quien no entendía que su nombre no era cualquier cosa, era peor que escoria. Y sus pedidos merecían ser escuchados.
Por eso, cuando vio a lo que se enfrentaba en aquel yate casi se desmaya.
—¡Ian! — pegó el grito al aire. Los ojos fijos en un mueble de su ropero totalmente descuidado y desprolijo.
Enseguida unos pasos rápidos fueron hacia él, y se encontró con una sonrisa deslumbrante, fuera de preocupaciones, como si Lautaro no tuviera una bomba de tiempo a punto de estallar en una crisis por un ropero, Ian se acercó a él para darle un abrazo.
—¡Amor! ¿No es hermosa tu pieza? —se acercaba con sus brazos alzados para abrazarlo.
—¿¡Qué te pasa, Ian!? ¿Sos tarado? ¿No ves esto, no lo ves? — señaló. Su ceño fruncido y su cara que no mostraba gramo de felicidad.
Ian dejó de buscar el abrazo y miró hacia donde Lautaro señaló, buscando cualquier imperfección. Fingió entender asintiendo con la cabeza.
— Inaceptable, amor. — se escuchaba decidido, sin embargo, Lautaro enganchó al toque que Ian no entendía su molestia.
Y soltó un gruñido por la poca paciencia que le tenía al alfa.
—¡Llamá ahora mismo al pelotudo de David que me arreglé ya mismo está porquería de mueble porque no pienso viajar en estás condiciones tan asquerosas con esta pieza tan horrible! —Ian se quedó quieto mirándolo con los ojos abiertos. Casi se le caen los anteojos. Lautaro se acercó a él, amenazante. —¿¡Me escuchaste o no!?
—¡Pero amor, David está ocupado preparando la comida! ¡Además vamos a atrasar el viaje!
— Excusas excusas. Puras excusas sos vos. ¿Qué me importa que arrasemos el viaje? Mí bienestar es más importante que cualquier cosa.
Lautaro revolea los ojos y se aleja.
—¡Pero amor, no podes! Si atrasamos el viaje la marea va a ser más peligrosa al anochecer.
Y eso no fue suficiente para convencer a Lautaro.
Seguía apretando sus dientes y bufando cada dos segundos.
La bata en su cuerpo cubriendo el traje de baño que esperaba ser usado hace rato, fueron interrumpidas sus horas en el yacuzzi por la desagradable vista del placard. Se acuesta en la cama dejando sus brazos estirados.
—¿Qué me importa? Llamá a alguien, a quien sea. Hacelo vos. Vago inservible.
Ian, tan entregado al tono fuerte de Lautaro, sólo aceptó la petición para ya no escuchar las quejas y gritos.
Cuando tuvo oportunidad se alejó del lugar en donde se encontraba Lautaro y buscó señal por doquier hasta poder llamar a alguien del pueblito en donde estaba ubicado el yate.
Y ahí fue donde encontró ese contacto de puro milagro: Manuel Merlo, carpintero especialista.
Era una emergencia. Lo que sea para mantener la paz en lo que sería su viaje.
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Manuel no se permitía quedarse ni un segundo quieto. La segunda vez que fue llamado de la escuela por un quilombo de su hijo decidió dejar el teléfono dado vuelta para directamente no ver el nombre de contacto de la directora.
Ya hasta la tenía agendada por su nombre real de tantas veces que lo llamaba en la semana. Era un verdadero dolor de cabeza, sobretodo porque tenía que lidiar con eso y su trabajo al mismo tiempo.
Desde que había muerto su esposa el trabajo era el doble, es decir, el triple, cuádruple.
Manuel trabajaba como carpintero y al mismo tiempo, como ayudante en la planta de fertilizantes por la noche. Además tenía que sobrellevar el trabajo más duro de todos: ser padre de tres nenes sin supervisión adulta.
Sacando a las niñeras que duraban medio día por culpa de Tony, Thomas y el pequeño Mateo de tan solo 4 años. No eran más que solo chiquitos que, para su mala suerte, eran demasiado hiperactivos.
Fue horrible para él tener que dejarlos solos. Pero… ¿qué más le quedaba? Necesitaba llevarles un plato de comida, por lo que se obligaba a estar todo el día metido en el trabajo.
Manuel suspiró, pasando una mano transpirada por su cara, dejando un rastro de tierra en su frente.
El teléfono volvió a vibrar sobre la madera de trabajo. Esta vez no era la escuela; era un número privado.
—¿Hola? —contestó con voz ronca, sostenía el teléfono con el hombro para no dejar de cortar la madera con el hacha.
—¿Hablo con el señor Merlo? Necesito un carpintero enseguida. Es una urgencia absoluta en el puerto, muelle 4, es un yate blanco. —la voz del otro lado sonaba ansiosa, desesperada.
Manuel miró el reloj de pared. Eran casi las seis de la tarde. Tenía que pasar a buscar a Mateo por lo de la vecina, ver por qué Tony se había peleado de nuevo en la escuela y calentar las sobras de la comida de ayer. Pero el trabajo, con una buena paga, por una supuesta “urgencia” en un yate. Significaban una muy buena semana.
—Voy para allá —cedió Manuel, sintiendo el peso de la culpa en el pecho— Pero la tarifa de urgencia es el triple después de las seis.
—No hay problema, la plata no es problema. Solo venga.
Manuel cortó y soltó un bufido.
La escuela de su hijo debía esperar. La plata de la semana no, tenía muchas cosas que debía pagar y si ganaba bien, sus hijos se lo agradecerían…
Se subió a su camioneta desgastada que llevaba a todos lados, que protestó con un chirrido antes de arrancar.
Manejaba hacia el puerto, el aroma a pino y cigarro que siempre lo acompañaba se mezclaba en el encierro del auto.
Manuel era un Alfa, pero un Alfa retirado, cuyas feromonas se sentían pesadas. Extrañaba el aroma suave de su esposa, el equilibrio que ella traía a la casa. Ahora, todo era puro caos.
Necesitaba recuperar esa tranquilidad.
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Lautaro se observa en el espejo del baño. Otra vez arreglando cada pelo que veía demasiado mal acomodado. No estaba lo suficientemente perfecto.
Se pasó una crema carísima por los pómulos, ignorando los golpes que Ian daba en la puerta.
—Lautaro, ya viene alguien. Un tal Merlo. ¿Podés salir? El capitán dice que las nubes están bajando y tenemos que zarpar en cuanto termine.
—Salgo cuando se me dé la gana, Ian —respondió Lautaro con frialdad.
Eso no eran vacaciones.
El compromiso, la empresa, la sombra de su madre... todo eso era tan asfixiante.
A veces, mirar la noche despejada era la única forma que tenía de sentir que aún tenía algo de vida. Nada de ahí le pertenecía. Seguía siendo Lautaro, pero no era quien quería ser.
Quería tener el control, aún si era un obsesionado de mantener el equilibrio de todo.
Si el placard estaba mal, el mundo estaba mal. Y él iba a arreglar esa cosa aunque su vida dependiera de eso.
Nadie lo entendía, nadie, excepto él mismo.
Cuando finalmente salió del baño, envuelto en su bata de seda blanca, se encontró con una figura que no encajaba en su mundo. Sus pies descalzos tocaban la fría madera de las escaleras. El viento chocó, no significó nada. No interrumpió.
Manuel estaba parado en medio del camarote, con su caja de herramientas de madera sin barnizar, descansando sobre la alfombra blanca, ensuciandola. Le hizo temblar el ojo cuando lo vio.
Finalmente se atrevió a mirarlo ignorando su desastre. Y los ojos verdes lo adentrarnos a un mundo nuevo. Uno en el que su Omega no parecía querer salir. Tragó en seco.
Para Lautaro, Manuel representaba todo lo que él despreciaba: lo desprolijo, lo sucio, lo que huele a trabajo y a realidad.
Para Manuel, Lautaro era el ejemplo perfecto de por qué el mundo estaba roto: alguien que tenía demasiado y no valoraba nada.
¿Y por qué sus lobos parecían estar tan contentos de estar juntos?
—Así que vos sos el "especialista" —dijo Lautaro, cruzándose de brazos y dejando que su aroma, cargado de altanería y un toque de ansiedad oculta, llenara la habitación— Espero que seas mejor que el último inútil que mandaron. Mirá el ropero. Si no queda perfecto, no esperes ver un solo peso de mi familia.
Manuel lo miró de arriba abajo. No se sintió intimidado por el apellido Moschini ni por la mirada del chico, solo le estaba recordando a un ciervo.
No negaba que era lindo, no era su tipo claro está. Aún no entendía por qué revolvió tanto sus adentros si no le atraía para nada.
Le entregó una sonrisa arrogante.
De hecho, algo en la actitud de Lautaro despertó un instinto extraño Manuel enterró de inmediato.
—Voy a arreglarlo porque necesito la plata, no porque me interesen tus amenazas, nene —respondió Manuel. Ahora, sí podés dejar de mirarme como si fuera un bicho, me gustaría que me enseñes el problemita.
—¿Bicho? Es poco para describirte, te llamaría más bien un… —sus ojos bajaron por todo el cuerpo de Manuel. Él llevaba esas remeras sin mangas que mostraba sus brazos. —No importa.
Casi se pierde mirándolo. Solo se dio la vuelta y subió a su habitación nuevamente. Manuel lo siguió con la caja de herramientas en sus manos.
Siguió el camino hasta llegar al causante de tal problemón que le había sido descrito como una “urgencia”. Acercándose al armario, lautaro se paró tan cerca de Manuel que el carpintero pudo notar el aroma artificial y costoso que intentaba ocultar el verdadero olor del omega.
Ahora tenía curiosidad por saber a qué olía. Y esos labios pequeños pero con un color provocativos solo se abrieron para seguir quejándose.
—Ugh, ¿Qué es ese olor horrible? — se alejó, hizo una cara de asco y lo miró con desprecio. —Dios… solo quiero que hagas tu trabajo. Fíjate que el piso está levantado por la humedad, sácalo y ponelo parejo. Mis zapatos no pueden estar en una superficie que no sea perfectamente nivelada. Es una falta de respeto a mi propiedad.
Seguía tapándose la nariz. Lautaro era una falta de respeto andante. Manuel solo río bajo. Estaba controlando para no mandarlo a volar ahí mismo.
Una y otra vez se repetía que necesitaba la plata. Que solo debía de aguantar eso unos minutos y ya terminaría.
Manuel dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Lautaro. Su altura y su mirada fija hicieron que, por un segundo, el ambiente en el camarote se volviera denso.
—Ese olor al que llamas horrible… Es mio, omega. —bajó la voz. No le apartó los ojos ni un segundo, bajaba la caja de herramientas y en cada segundo conectaba con Lautaro con un estallido brillante en sus pupilas. Volvió a subir cuando la dejó en el piso. Está vez hasta tuvo el descaro de bajar hacia sus labios. —¿Ya terminaste? ¿O todavía tenés otra cosa que decirme?
Lautaro volvió a bajar hacia la supuesta imperfección para no mirar esos ojos verdes. Se le estaba alborotando algo. No era nada fácil. Más que nada porque algo dentro de él se convertía en un desconocido cada vez que tenía a ese hombre cerca. Se dio valor para alejarse. Lo seguía mirando con desprecio.
Ahora tirándose perfume que había agarrado hace minutos solo para quitarse el olor de Manuel de encima.
—Eso es todo. Quiero verlo en un par de minutos.
Lautaro dejó el perfume de nuevo en su mesita e ignoró la mirada que lo seguía de aquel carpintero cuando marchaba de ahí.
Se sentó en la punta de la cama, cruzado de piernas, escuchaba el ruido de la caja de herramientas de Manuel al abrirse. El sonido del metal contra el suelo perfectamente lustrado le daba dolor de cabeza, como si le estuvieran serruchando los nervios.
—¿Podés tratar de no romper nada? —soltó Lautaro, sacudiendo una mano en el aire como si espantara una mosca— Esa alfombra vale más que tu camioneta, Merlo.
Manuel ni lo miró. Sacó un martillo y lo apoyó en la madera del piso. Escuchaba la voz finita y chillona de Lautaro como un zumbido de mosquito. Le hervía la sangre.
—Si querés que el laburo quede bien, dejá de romper las bolas un segundo —gruñó Manuel, con la voz más grave de lo normal.
Se sacó el lápiz de carpintero de la oreja y marcó un punto en la madera con un golpe seco.
El ruido del lugar parecía llevar más al límite a cada uno. Lautaro no aguantaba el martillazo de las herramientas de Manuel, era una insoportable, el silencio de Lautaro siempre se mantenía en su vida.
Y Manuel empezó a sentirse a punto de estallar cuando, un Lautaro, inquieto, se levantó.
No podía quedarse quieto y empezó a caminar alrededor de Manuel, como un gato encerrado, haciendo que el piso de madera crujiera bajo sus pies descalzos.
Se acercó por detrás, lo suficiente para ver cómo los músculos de la espalda de Manuel se tensaban bajo la musculosa cada vez que hacía fuerza con el destornillador. El aroma a bosque y sudor de Manuel se le metía por la nariz a Lautaro, peleando contra el exceso de perfume francés que se había echado.
—Te estás tomando demasiado tiempo —provocó Lautaro, inclinándose un poco, invadiendo el círculo de calor que desprendía el cuerpo del alfa— Ian dijo que eras un "especialista". Yo lo único que veo es a un tipo que no sabe ni por dónde empezar.
Manuel detuvo el movimiento de su mano. El aire entre los dos se volvió pesado. Respiraba fuerte por la nariz. Sentir el aliento de Lautaro cerca de su nuca era algo desequilibrante, un aroma dulce que lo distraía de la bronca. Cerró los ojos un segundo, contando hasta diez.
—Escuchame una cosa, flaquito —Manuel se dio vuelta de golpe, quedando a centímetros de la cara de Lautaro. No lo miró a los ojos; se enfocó en cómo la garganta de Lautaro pasaba saliva con dificultad— El piso está hundido, es difícil arreglarlo en dos segunditos como a vos te debe gustar que pasen las cosas. Si no te gusta cómo laburo, hacelo vos con tus manitos de seda. Pero después no llores cuando se te caigan los zapatos al piso.
Lautaro retrocedió un paso, pero no por miedo, sino porque el calor que emanaba Manuel lo estaba mareando. Se llevó una mano al cuello de la bata, ajustándola.
—No me hables así. No tenés idea de con quién estás hablando.
—Sé perfectamente con quién hablo —retrucó Manuel, volviendo a lo suyo con un martillazo innecesariamente fuerte— Hablo con un nene caprichoso que nunca tuvo que clavar un clavo en su vida.
Lautaro bufó, indignado.
—¿¡Quién te crees que sos!?
Quiso decir algo hiriente, algo que lo pusiera en su lugar, pero el sonido de un trueno a lo lejos lo interrumpió. Dio un sobresalto y casi se cae por la caja de madera que estaba cerca, y por un instante, perdió el equilibrio, teniendo que apoyarse en el hombro de Manuel para no caerse.
El contacto duró apenas un segundo, pero fue como un chispazo. La piel de Manuel estaba caliente, su brazo marcado, totalmente opuesta a la suavidad de Lautaro. Se soltó como si se hubiera quemado.
—¡No me toques! —exclamó Lautaro, aunque había sido él quien buscó el apoyo.
—Vos me manoseaste, Moschini —se burló Manuel sin darse vuelta, aunque por dentro su lobo estaba dando vueltas como loco— Andá a buscar a tu noviecito rubio, que ya casi termino esta porquería…
—Pelotudo…
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