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Alma tuya, alma nuestra

Summary:

..."Te llevaste mi alma, ¡es mía! ¿no te bastó con robar mi corazón?...

 

¡ESTO ES UNA COMISIÓN!
OC x OC
Dungeons & Dragons

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Era en noches como aquellas que Belanna se arrepentía de poseer un corazón tan crédulo. Cuando la luz anaranjada de la hoguera creaba ilusiones danzantes en los altos troncos del bosque a espaldas de su campamento, cuando el viento arrastraba una vieja melodía a sus cansados oídos, cuando podía jurar que la silueta eternamente atada a su espalda no era aquel espejismo efímero con el que soñaba cada noche… si no una mujer tan sólida como el cariño que le tenía, que pensaba tenerle.

Felicia permanecía tan quieta y silenciosa que podía pasar por una estatua traslúcida; fría e inalcanzable como una obra de arte expuesta en el basto salón de un castillo de cristal. Bellísima, etérea. Peligrosa para las mujeres como Belanna que soñaban con tragarse el mundo, creyendo que la buena voluntad abría más caminos que la avaricia deshumanizada. Tonta, tonta thiefling, víctima una vez más de los impulsos que le nacían del alma.

Rasgaba sin prestar mucha atención las cuerdas de su laúd, solo esperando que los improvisados sonidos llenaran el vacío de esa velada antes de que el chisporroteo de la hoguera la consumiera en locura. No se atrevía a mirar a Felicia. No podía permitirse perdonarla tan pronto, no después de lo mucho que había confiado y lo tanto que había perdido.

—Es una melodía sublime. —comentó la fantasma, tronando con solo el sonido de su voz aquella burbuja donde Belanna se refugiaba. El viento pareció soplar más frío, como si la voz de Felicia fuese la única fuente de calor que salvaría a Belanna del hórrido clima a su alrededor. Aún así, no se atrevió a ceder, y como si aquellas cuatro palabras no le hubieran derrumbado el mundo, siguió tocando. Tarareando incluso un poco.

Ojalá su corazón fuese menos traicionero que la pálida mujer a sus espaldas, pues no hizo falta seguir improvisando en su instrumento, no. Antes de que pudiera darse cuenta, la música emanando de sí era la misma que había compuesto meses atrás en nombre de Felicia. Una canción delicada que no pasó desapercibida a oídos ajenos. ¿Cómo podría? Después de tanto tiempo atadas sin remedio la una a la otra, la elfo era consciente de lo mucho que significaba en la vida de la pobre mujer.

—Espero eso indique que finalmente me has perdonado. —era imposible escucharla moverse, sentir su presencia incluso, pero Belanna sabía. Siempre sabía. Escuchar la voz tan cerca de su oído le arrancó un suspiro, pero no iba a permitirse caer, no esa vez.

—Vete. Por esta noche y ya. —para ser bardo, la voz se le quebró de angustia. No tuvo la fuerza de levantarse o huir por su cuenta. Aún sin poseer un cuerpo físico, Felicia imponía con su figura esbelta, tan ligera como el viento rodeándolas. Habiéndose puesto de cuclillas, la pelirroja ladeó el rostro, dejando que la luz del fuego escudriñara sus pálidas facciones. Belanna se obligó a cerrar los ojos, odiaba las noches como aquella donde los largos dedos fantasmales se veían tan alcanzables.

Quizá era mejor así, de haber podido besar a su Felicia, estaba segura de que la ira se hubiera esfumado en un momento. Así mismo tenía que recordar que “su Felicia” estaba tan muerta como el maldito día en el que se conocieron. Dioses, ¿cómo podía verse tan vivo un espíritu? Tan libre de culpa, incluso después de ultrajar lo único y más sagrado que poseía aquella que, desde el principio, solo deseaba ayudarle.

—Mírame. Belanna, te lo pido. —la voz le salió en un susurro. Imposiblemente cálido para provenir de un ser de corazón helado.

—¡No puedes pedirme nada! — estalló la thiefling. El dolor que había contenido desde el atardecer empezó a emanar por borbotones de su garganta. —Tú… ¡tú! Sabes que me han robado desde que nací. Me robaron la infancia, intentaron robarse mis sueños. ¡Y al carajo! ¡Que se lleven todo! Los dioses saben que robé de vuelta para sobrevivir. ¿Pero tú? ¿Quién te creíste para robar lo único de mí que valía la pena? ¡Te llevaste mi alma! ¡Es mía! ¿Qué no fue suficiente el robar mi corazón? — Felicia observaba impasible el pequeño cuerpo temblando de furia. Su expresión parecía inclusive un poco irritada, como si la respuesta de Belanna no fuese más que un berrinche pasajero. No se movió de su lugar, no por respeto a las emociones ajenas ni por aburrimiento. La thiefling conocía esa expresión: la pelirroja calculaba con cuidado sus próximas palabras, y ella no podía permitirse dejarla contra atacar. —No soy tuya, Felicia.

—Pero sí lo eres.

El silencio que acompañó esa declaración fue el impulso que Belanna necesitaba para levantarse de una buena vez. Su mirada se clavó en el verde bosque de los ojos ajenos, pero aún con todo el desdén de su corazón no era capaz de retarla por completo. En ese breve intercambio solo existía un dolor mezclado con anhelo, con la esperanza que albergaba el corazón latiente de Belanna.

—Tócame —suplicó— si es cierto.

Felicia solo atinó a soltar una risa incómoda, incrédula.

—¿Cómo…?

En un movimiento rápido la thiefling desenvainó la daga que pendía de su cinturón, y apuntó la afilada hoja hacia su propio cuello. El bramido del viento le removió los cabellos con fuerza, el desenfreno adolorido enmarcando los ojos violáceos le hizo saber a la elfo que aquella amenaza iba en serio.

Felicia se levantó, flotando con cautela. Las imágenes de un pasado lejano comenzaron a inundarla por dentro, el irreal calor de la sangre encharcándose bajo sus pies desnudos se hizo presente en las memorias que había encerrado con llave entre los arrepentimientos que jamás soltó tras su muerte…

—Es lo menos que me debes. — declaró, su voz ya no temblaba, su pulso permanecía tan firme como lo había sido siempre. —Solo sabré que soy tuya si me dejas morir. Deja que mi alma toque la tuya.

—No peques de estupidez, Belanna. Podría no funcionar, no cargas con las mismas deudas que yo. Irías a parar ¡a sabrán los dioses donde!, no hay fundamento alguno para suponer que—

—Con un roce sería suficiente. —interrumpió. La determinación en el firme agarre sobre su arma no fue eclipsada por el patético gimoteo de su voz, ni por la desesperación en su rostro.

La expresión de Felicia se endureció. Nuevamente calculando las palabras que saldrían de sus labios.

—No prescindo de ti, porque muerta no podría amarte. ¿Lo comprendes? No deseas este destino; de verte como yo me veo, el cariño que guardo por ti se esfumaría en un momento.

La amargura de sus palabras no inmutó a Belanna.

—Que así sea, pues.

≪ ◦ ✾ ◦ ≫

La oscuridad puede volverse inmensa de un momento a otro.

Recuperó el conocimiento sin saber que lo había perdido. Sintió el roce de sus propios dedos contra el delgado hilo de sangre que escapaba a penas del fino corte a milímetros de su carótida. No era ella quien se movía, sin embargo, de pronto confinada al fondo de su propia mente, convertida en espectadora mientras otra fuerza guiaba sus extremidades con una delicadeza ajena a sus movimientos habitualmente torpes.

—Belanna…

La dulce voz de Felicia, más clara de lo que la había escuchado nunca, pareció resonar dentro de su cabeza. Ni siquiera tuvo que exhalar el nombre en voz alta para ser oída. Y aunque no lograba comprenderlo por completo, la imposible cercanía de la familiar esencia fue suficiente para que lo ocurrido le quedara claro.

—Felicia, estás…

—Aquí. —la mano de la thiefling aún intrusa a su voluntad, se posó sutil sobre su pecho. Solo había escuchado de leyendas sobre fantasmas poseyendo a pobres desdichados; aquella experiencia era descrita como ahogarse en las agujas congeladas de un mar indomable… pero saber que era Felicia, su Felicia quien ahora tomaba posesión de su cuerpo, fue como dejarse hundir al fondo de un lago cristalino a mitad de la primavera.

Su mano izquierda le acunó el rostro, y Belanna se permitió sentir. La estaba tocando, de verdad lo estaba haciendo. Los ojos se le nublaron con lágrimas que, ella sabía, podía llamar suyas. Y si cerraba los ojos, la fantasía se volvía aún más real.

Las caricias no se detuvieron ahí. De pronto los gélidos dedos le recorrieron con ternura el puente de la nariz, los labios entreabiertos, los párpados húmedos. Ascendieron por los ásperos cuernos y se enredaron en las hebras azuladas. Dejaron un amable roce tras las orejas puntiagudas y volvieron a descender, esta vez hacia el cuello donde la sangre comenzaba a endurecerse sobre la piel violácea.

—Amor mío… Vivianna…

El mero susurro resonando en las paredes de su cráneo la devolvieron de golpe al presente. Fue como caer al vacío; como despertar en un arranque cuando estás por dejar de respirar, como ser lanzada hasta el cielo y descender sin previo aviso en caída libre.

—¿Vivianna? —¿Quién era Vivianna? —Mi nombre es Belanna, Feli…

Sus brazos cayeron muertos a los costados de su cuerpo, solo entonces se percató de que yacía en el pasto frente a la hoguera. No pudo moverse, condenada a no ver más que el basto firmamento… pero sabía que Felicia seguía ahí. De haber salido de su cuerpo, habría podido levantarse y confrontarla cara a cara sobre aquel nombre que no recordaba haber escuchado jamás.

—¿Felicia? Felicia, mi nombre es Belanna.

Pensó con todas sus fuerzas, tratando de que el zumbido a penas audible dentro de su cabeza le hiciera saber a la pelirroja que la había oído, fuerte y claro, llamando el nombre de otra mujer estando dentro del cuerpo de Belanna. Su respiración comenzó a incrementar en fuerza, tenía que moverse de algún modo. No tener voluntad sobre su cuerpo comenzaba a aterrarla enormemente.

El abundante torrente de lágrimas parecía hervir sobre su piel. No dejaba de llamar el nombre de Felicia dentro del eco de su mente. ¿A dónde había ido? ¿por qué no contestaba? ¿por qué no podía solo levantarse e irse de ahí? Maldecía aquel día que se robó a Felicia de aquella mansión. Si jamás hubiera conocido a la pelirroja ahora sería libre, tendría su alma y el corazón no le estallaría en pedazos.

—Escucha. —La voz ajena apaciguó su estrés por unos instantes. —No está en ti el derecho de execrar mis acciones. No hice más de lo que tuve que hacer.

No recordaba haber escuchado a Felicia tan dolida en los meses que llevaban atadas la una a la otra, quizá ese atisbo de piedad que le tenía a la banshee fue lo que le permitió relajarse. No conocía su historia. Al parecer era tiempo de recibir las respuestas con las que soñaba desde que se enamoró de esos ojos ahogados en secretos.

≪ ◦ ✾ ◦ ≫

Las imágenes que surcaron sus memorias eran tan vívidas que por un segundo pudo jurar que había estado en todas y cada una.

Por poco y no reconoce la vieja mansión, frente a ella en sus plenos años de gloria. Las enredaderas cargadas de vibrantes colores y los muros de mármol alzándose hasta el cielo sin una sola nube representaron una memoria tan breve como un suspiro de resignación, pues ahora la thiefling veía la mazmorra oscura que aquella fachada tan artificial ocultaba del mundo.

La innumerable cantidad de destazados sobre el altar de piedra pasaba a una velocidad tal que parecía un solo hombre sin rostro, sin nombre, tendido con una última expresión de desasosiego hacia Belanna- no. Hacia Felicia. Comprendió entonces que la bella mujer pelirroja había sido la condena de todos y cada uno de ellos; con los mismos ojos que incitaban a perderse a cualquiera que los mirara con detenimiento, ella los había sacrificado. Tal vez no con sus propias manos, pero sin remordimiento alguno había desterrado todas esas almas a un destino muy alejado del descanso eterno.

Hasta que una mujer apareció. Y para Belanna, todo tuvo sentido.

Sus facciones ni siquiera eran similares a las de ella; más que el color de piel, la raza y el laúd a sus espaldas. Una thiefling apareció en las puertas de la mansión, tejiendo laboriosas melodías de amor sobre el cabello de fuego que poseía la dama de la casa, bailando a escondidas a la luz de la hoguera en el patio trasero, justo debajo de una ventana en la torre más alta.

—Vivianna. — llamaba Felicia entre risas, entre besos, entre las caricias más dulces con las que Belanna ni siquiera se atrevía a fantasear. Quizá, el primer y único amor que la elfo había tenido en vida.

Hasta que la sangre carmesí de aquella forastera se mezcló con el marrón apagado del altar sucio. Ni siquiera murió con los ojos abiertos, negándose quizás a culpar a la pobre Felicia que pagó con su propia alma tras llorar una pérdida tan íntima.

Solo entonces, Belanna vio en esos ojos vacíos un reflejo de los propios. Regresando de a poco a su propia mente, recapituló cada batalla en la que la banshee estuvo a su lado, y cómo cada vez parecía aprender trucos nuevos que por arte de magia le salvaban la vida. Llegó entonces al recuerdo de esa misma tarde: la voz del enemigo recriminándole con asco que no había acto más deshonesto que el de vender el alma…

≪ ◦ ✾ ◦ ≫

Abrió los ojos por fin. Las lágrimas habían dejado el fantasma de un salado camino por sus mejillas, pero por fin sentía que podía mover el resto del cuerpo. Le dolía todo, el calor de la hoguera parecía no bastar para evitar los temblores en sus extremidades entumecidas. Solo atinó a distinguir por el rabillo del ojo el familiar resplandor pálido que emanaba de Felicia, en noches como aquella.

—¿Desde cuándo? —la garganta le escocía, como si hubiese gritado por horas. Felicia la miraba como siempre.

—Lo que hice fue para salvarte. —declaró sin remordimientos. —Eres mía, Belanna. No puedo permitirme perderte…

La thiefling pudo jurar, antes de que sus ojos cayeran rendidos por el cansancio, que aquella frase terminó en un mórbido <no otra vez>.

≪ ◦ ✾ ◦ ≫

Despertó con el sol quemándole los párpados, cuando la hoguera ya se había extinto y cuando el murmullo somnoliento dentro de las tiendas de sus compañeros era el único ruido ajeno al bosque. Si Felicia seguía ahí, no quería saberlo, al menos no mientras pudiera evitar pensar en ello.

Tras levantarse con mucho pesar, mientras acomodaba los pocos objetos que podía llamar pertenencias en su mochila, la caricia del viento matinal en su espalda no pudo evitar recordarle esa afirmación que, en cualquier otra circunstancia, no se habría atrevido a resentir.

—Eres mía, Belanna.

Notes:

Mi primera chamba (comisión)

Quiero agradecerle de corazón a Maty por depositar su confianza en mis habilidades y permitirme escribir esta historia sobre sus niñas <3

Para futuras referencias, si quisieran comprarme un fanfic, pueden encontrarme en Instagram como @aberdeenz_

¡Nos leemos luego!

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