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La tercera es la vencida

Summary:

Y es que cuando una dama alcanza cierta edad, el concepto del tiempo puede volverse completamente absurdo. Una noche cualquiera a mediados de diciembre puede recibir un mensaje a su número privado y de golpe revivir casi tres décadas de íntima amistad en dos minutos; para de pronto un mes después encontrarse temblando como una adolescente nerviosa por horas y sentir que han pasado siglos desde que abandonó el hotel esa misma mañana.

"Reunámonos. Las extraño".

 

¡ESTO ES UNA COMISIÓN!
IRL PEOPLE SHIP
Flans (grupo musical mexicano)

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Para ser las ocho de la mañana, el abarrotado aeropuerto del Distrito Federal rebosaba de vida. “Demasiado temprano para un dolor de cabeza” pensaba Mimí, temblando como una hoja sobre el rígido asiento de la sala de espera. El mal humor de la rubia no se debía solamente al inaudito horario o a que no había tenido tiempo de tomar su indispensable taza de café, ni siquiera a que su queridísima Ilse no se estaba quieta con el incesante golpeteo de sus botas contra el suelo de mármol en la zona VIP. Vaya, ni siquiera el hecho de estar cruda a esas horas en ese ambiente era la causa definitiva para estar hecha un manojo de nervios, y es que la verdadera razón se encontraba a menos de quince minutos en avión.

La señorita Ivonne Guevara García podía adjudicarse cada una de las pastillas contra migraña que Mimí había consumido en un lapso de ciento sesenta y ocho horas, muchas gracias.

Y es que cuando una dama alcanza cierta edad, el concepto del tiempo puede volverse completamente absurdo. Una noche cualquiera a mediados de diciembre puede recibir un mensaje a su número privado y de golpe revivir casi tres décadas de íntima amistad en dos minutos; para de pronto un mes después encontrarse temblando como una adolescente nerviosa por horas y sentir que han pasado siglos desde que abandonó el hotel esa misma mañana.

Necesitaba salir a fumar, pero temía que si descuidaba la pantalla que registra los vuelos por un momento, iba a perderse la familiar imagen de cabello oscuro cruzando la puerta que daba a la pista de aterrizaje. Y de verdad su amiga sentada en el asiento contiguo no le estaba ayudando nadita a relajarse.

—Hazme el favor de ya estarte quieta. —pidió con la sonrisa más dulce que pudo forzar. —Desde que veníamos en el carro estás duro y dale, ya párale ¿no?

Ilse no respondió de inmediato. Se limitó a hacerle una mueca y a cruzarse de brazos, recargándose por completo en el respaldo.

—Está cañón. Voy a fumarme un cigarrito. ¿Gustas?

Mimí soltó un largo suspiro, pero de verdad no se sentía físicamente capaz de despegarse del asiento por más que le empezaran a doler los glúteos. Negó con la cabeza, y no fue hasta que los pasos de Ilse se alejaron lo suficiente que se permitió romper la postura siempre recta para cubrirse el rostro con las manos. Años siendo una estrella, soportando la presión que los reflectores y las expectativas le ponían a diario ¿pero esto? Era sin duda más de lo que podía soportar. Ivonne siempre había sido el punto más débil en su vida y en su carrera, y ahora con el suspenso atacándola desde cada esquina, no había forma de descansar hasta saber que ese mensaje que tanto ella como Ilse habían recibido no se trataba de un error… o peor aún, un sueño.

Sabrá Dios cuántas veces Mimí había revisado su teléfono desde ese entonces, antes de darse cuenta, ya estaba entrando al chat que habría estado vacío de no ser por la brillante burbujita verde que no la había dejado dormir por más de un mes.

“Reunámonos. Las extraño.”

Tres palabras; escritas bajo el último nombre de contacto que Mimí habría esperado leer, y que sin embargo había guardado todos esos años con la esperanza febril de que aquel momento llegara. Solo Ivonne podía hacerla comportarse así, con veinte letras y una breve llamada para organizar todo, ¡sentía que su propia vida se le escapaba de entre los dedos! y lo peor de la situación es que ni siquiera podía enojarse con la de cabello lacio por provocarla, no es que lo hiciera a propósito. Toda la culpa recaía en ella misma por permitirse soñar despierta después de años distanciadas.

“Yo recorriendo el mundo. Ella en su propio mundo, lejos de mí.” Las cosas no pueden ser como antes. Era lo único que se tenía que recordar. O al menos, de eso intentó convencerse hasta que las dichosas puertas de cristal finalmente se abrieron y la dueña de sus enmarañados pensamientos atravesó el umbral.

Ivonne nunca había sobresalido de entre una multitud debido a su apariencia sencilla, pero eran sus ojos cafés los que atrapaban a quien se atreviera a sostenerle la mirada. Siempre dispuesta a expresarse, tan auténtica y de naturaleza rebelde. Quizá por eso fue tan sencillo que, aún en el núcleo de la urbanidad, se reconocieran en un instante, aunque fuese de reojo. Y por un exquisito segundo, se permitieron el silencio de dos amantes que por casualidad se encuentran a solas.

 

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Ojalá su reencuentro no hubiera sido tan dolorosamente sencillo. Ojalá hubiera sido más fácil mantener una distancia profesional que no propagara el fuego consumiendo el corazón de Mimí cada vez que eran tres, sentadas en el mismo coche, platicando como si nunca se hubieran separado, como si los remordimientos del pasado se desvanecieran en el viento junto al humo de sus cigarros.

El camino al hotel fue tan fugaz que la familiaridad intercambiada sin esfuerzo ni siquiera se sintió como una sorpresa; las mismas bromas que compartían siempre, las anécdotas que más bien parecían acontecimientos recién ocurridos… los arrebatos coquetos que se le escapaban a Mimí sin que pudiera evitarlo.

¡Y es que de verdad no podía evitarlo! Ivonne se veía tan radiante como podía estarlo, considerando que hacía años no se había arreglado para pararse frente a una cámara. El sol de Puerto Vallarta donde se había ido a confinar durante todos esos años le había besado la piel con gentileza. Ojalá enamorarse de su sonrisa socarrona no fuera tan fácil como lo había sido siempre. Ojalá el aire frío colándose por la ventana de la limusina no le despeinara el cabello castaño regresándole el aspecto jovial que la caracterizó desde el inicio. Tal vez, y solo tal vez, de no verse tan guapa, no habría desencadenado aquel embrollo que obligó a la más alta a dejar su cigarro incompleto en el cenicero.

 

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—¿Otra vez con el mismo baile? — Ivonne se encontraba de pie fumando una colilla casi extinta, y de no ser por el brillante tono de labial contrastando contra el filtro, Mimí jamás se habría percatado de que ese era el mismo cigarro que dejó a medio extinguir en el cenicero de la limusina. —¿Será que lo que dicen es verdad? ¿La tercera es la vencida? — Inconscientemente, la menor empezó a jugar con las puntas de su cabello, incapaz de despegar la vista de aquella mancha de labial contra la boca de Ivonne. Solo entonces se le acercó, y dando una última calada al tabaco se lo ofreció a la rubia. Mimí ni siquiera pudo sostenerle la mirada; aceptó la colilla y la dejó extinguirse contra el suelo y su tacón. La mayor solo atinó a reírse. —Sé que te gusta desperdiciar las cosas Mimí, pero esto ya es pasarse.

—No… no tengo idea de qué quieres decir. — La voz de la rubia salió casi en un susurro, como si alzar la voz medio decibel más fuera a romper la distancia entre ambas.

—No, claro que no. —respondió, sarcástica. —La dulce Mimí nunca sabe qué es lo que quiero decir.

El silencio se expandió hasta que la estridente risa de Ilse las sacó del apuro. La tercera mujer se encontraba platicando con el botones del hotel, que muy animado parecía haberla reconocido. Mimí solo podía agradecer tener a Ilse cerca; parecía un salvavidas en la extensa marea de emociones sin resolver entre las otras dos. Con la más joven bromeando entre conversaciones era sencillo no dejarse llevar por los coqueteos inconscientes que le surcaban la mente cada vez que tenía a Ivonne cerca.

—Con permiso. —se limitó a decir, sonriendo como siempre, antes de aproximarse con urgencia a la rubia más bajita. —Bueno, ¿y quién es este guapo caballero?

El hombre frente a ella pareció quedarse sin palabras, perdido en la figura y la sonrisa de Mimí. Sus balbuceos atropellados explicaron que era un gran fan, y que desde joven había estado enamorado de la más alta; para cualquiera, esa sería una anécdota divertida, pero para Mimí, era una ruta de escape de sus propios sentimientos. Se permitió coquetear brevemente con el hombre, jugando con que lo esperaría esa noche en su habitación para hablar de por qué él decía estar tan enamorado de ella.

Ivonne, silenciosa como una sombra, solo se limitó a fingir que no estaba interesada en la conversación entre los otros tres. Y el resto de la tarde, no volvió a dirigirle una mirada a Mimí.

 

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Esa noche, el abandonado pasillo del hotel brillaba tenuemente con las pequeñas lámparas fuera de cada habitación, y para su buena suerte no había un eco que delatara el acelerado latir en su pecho mientras se aproximaba a la puerta que marcaba el número 85. El papel entre sus dedos era lo único que la mantenía aferrada al presente, mil interrogantes le pasaban por la cabeza hasta que no pudo avanzar más. Hasta que tuvo que armarse de valor para golpear cuatro veces la madera blanca en ese compás rítmico que para ellas era un código secreto del que probablemente jamás se olvidaría; “tenemos que hablar”.

Se plantó ahí, balanceando su peso entre pie y pie, sintiendo la rugosa alfombra acariciar sus dedos desnudos. Esperando. Y esperando. ¿Cuánto tiempo pensaba Ivonne dejarla esperando? Y estuvo a punto de volver a tocar, cuando el cerrojo giró lentamente y un hilo de brillante luz se asomó por el umbral.

Ivonne vestía ropa vieja manchada de pintura, incluso una pincelada amarillenta le cubría una parte del rostro, o al menos eso pudo percibir Mimí a través de la ranura que la mayor se había permitido abrir.

—Sí, ¿qué se te ofrece? — a pesar del tono amargo en su voz, Ivonne no estaba enojada. La rubia había aprendido a diferenciar el hartazgo en la voz de su amiga con el pasar de los años.

—Disculpa, no pensé que estuvieras pintando. —y prefiriendo pedir perdón antes de pedir permiso, se abrió paso hacia la habitación de la castaña, acaparando el espacio y haciéndolo suyo con su mera presencia, cosa común que Ivonne nunca había pretendido aprender a erradicar. —Quiero mostrarte algo en lo que he estado trabajando.

La mayor soltó un suspiro, ni ella supo si de agotamiento o de resignación, pero con un movimiento de su mano le dio a entender a la rubia que tomara asiento.

—Me disculparás, pero a estas horas no pienso prepararnos café. — se empezó a limpiar las manos con el trapo húmedo que llevaba pendido de su hombro. —Y tampoco quiero dormirme tan tarde. Así que mejor habla.

Mimí se removió en su lugar, de pronto cuestionándose si era prudente aparecerse así de pronto. Mirando a su alrededor encontró lo que parecía ser un lienzo cubierto por una manta en el otro extremo de la habitación.

—Prometiste que me mostrarías una de tus pinturas, y no ha pasado. — advirtió juguetona, dispuesta a levantarse de su lugar. Ivonne, como siempre, fue más rápida. Antes de que la menor pudiera incorporarse por completo, la tomó de la muñeca con firmeza.

—No viniste a preguntarme sobre mis pinturas, amor. — a pesar del apodo, su tono de voz se escuchó lo suficientemente peligroso para mantener a la rubia quieta. Alerta. Con la conocida tensión entrelazándose entre ambas como de costumbre.

Mimí tragó saliva, permitiéndose conectar su mirada con la de Ivonne. Este gesto, por instinto, aligeró el contacto entre sus manos… Ivonne sabía que frente a esa mujer no podía permitirse flaquear o estaría perdida ante la primer caricia desusada. Los dedos de Mimí se deslizaron con cautela por la palma quieta de la mayor, generando una electricidad embriagante que amansó los inquebrantables ojos cafés.

Ivonne sabía lo suficiente para no dejarse llevar por un par de segundos cargados de magia. El nuevo suspiro que salió de sus labios fue definitivamente de derrota, y cortando el súbito contacto se alejó para darle la espalda a la más alta. Se dedicó a sus pinceles, limpiando las cerdas con la maestría de una artista que sabe lo que vale su material, esperando.

—Te hice una canción. — habló, finalmente, añorando ese calor en su vientre que siempre le desordenaba los pensamientos cuando se permitía tocar a Ivonne.

—Ya estamos viejas para andar cantando sobre amor adolescente. — se limitó a responder aún sin mirarla.

—No es amor adolescente. —reprochó, buscando entre sus letras algo que pudiera convencer a la mayor de que iba en serio. —Solo escucha este fragmento ¿sí?

El silencio que siguió la interrogante fue lo único que Mimí necesitaba. El dulce tarareo de su voz seguido del ritmo de sus manos sobre las piernas desnudas detuvo a Ivonne en su lugar. La letra era tan cursi como cualquier idea que Mimí hubiera compuesto antes, pero aquellas palabras… “si tú no fueras tú, yo no sería yo”. Fue más de lo que Ivonne pudo soportar.

—Cállate. — interrumpió, sus pinceles olvidados en el estante.

—¿No te gusta…?

—¡No! ¡La odio, es horrible! — el frío de sus palabras y su expresión impasible hubieran engañado a cualquiera, pero a Mimí no. No después de haber visto esos ojitos desplomarse en llanto solo cuando la situación así lo ameritaba. Cuánto le ardía en el pecho saber que, todas y cada una de las veces que podía recordar esa mirada, había sido culpa suya.

—Ivonne…— se le acercó sin preguntarse si su intrusión era prudente, sin cuestionar su instinto de proteger. Poco le importó el empujón inicial que la mayor le proporcionó en el pecho; un abrazo bastó para que Ivonne se deshiciera ahí mismo.

—No se vale, Mimí. Ya estoy hasta la madre ¿cuántas pinches veces me la vas a hacer? Vives de que la gente te ame, pero cuando se trata de amar de vuelta, me ignoras como si no sintiera nada. ¡Ya me cansé! Así que, por favor, si no te vas a agarrar por fin de los ovarios, lárgate de-

La rubia ni siquiera la dejó terminar. Con un movimiento que se sintió correcto, le besó los labios. Lento, con casi dos décadas de pasión contenida atravesándose entre respiro y respiro; una disculpa silenciosa, una danza íntima que solo decía “perdón por haber tenido miedo de amarte, pero ya estoy lista”. Las manos de Ivonne fueron a parar a la espalda de la más alta, negándose a dejarla ir, aferrándose con toda la fuerza de su ser al contacto con temor a que fuera efímero como los rápidos besos que se daban cuando niñas. Sin duda ya no eran esas jovencitas desesperadas por unos segundos de poder amarse a espaldas del resto del mundo, en esa habitación eran dos mujeres que estaban hartas de aguantarse el amor que se habían profesado por años.

Ivonne, por su parte, no podía creer el descaro. Los roces, las miradas indiscretas desde que se habían encontrado en el andén, la hermosa sonrisa de Mimí; nada era una coincidencia. Tantos años soportando las risas coquetas la habían curtido lo suficiente para entender las intenciones de la mujer que siempre la buscaba cuando comenzaba a sentirse sola. Incluso cuando esa vez, la misma Ivonne fue la que se adentró en la boca del lobo, ¡y cómo se odiaba por disfrutar aquello! Era una mala costumbre, un vicio, tal vez.

No era la primera vez que la gallardía de la rubia dejaba de ser performativa o provocativa, esta no era de esas veces cuando frente al mundo se tomaban del brazo o cuando enredar sus dedos tras bambalinas dejaba de ser un mensaje de posesión. Pero en ese preciso instante, ese beso era la viva prueba de la naturaleza íntima de una relación privada que habían construido ya por más de tres décadas. Era ahí donde Ivonne se sentía más atrapada, donde era imposible negarse.

Y es que, entre beso y beso, Mimí la observaba con una adoración tal que parecía decirle “aquí estoy”. El silencio envolviéndolas era peligrosísimo, y con su peso dejándose caer sobre el colchón de aquel hotel, Ivonne supo que era su fin… su amada había ganado de nuevo. Sus labios proferían jadeos entrecortados, los dedos ansiosos se convirtieron en caricias certeras, y pronto los gemidos se convirtieron en atolondradas declaraciones de amor que llevaban almacenadas en los corazones ahora desnudos. El calor húmedo que hacía años no las envolvía endulzó el vaivén desenfrenado de sus cuerpos frotándose, buscándose entre ellas hasta alcanzar juntas la cima de aquel amor que, por fin, podían llamar suyo.

 

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La mañana siguiente las recibió con prisa cuando Mimí insistió en que debía regresar a su habitación antes de que el equipo de producción fuera a buscarlas, una preocupación absurda porque en realidad, solo eran ellas tres tras la decisión de volver a cantar por el mero placer de hacerlo, ya no como Flans, si no como Ilse, Ivonne y Mimí. Era costumbre, probablemente.

Y por la misma costumbre, Ivonne no la detuvo cuando la rubia ya estaba envuelta en su bata de seda azul lista para atravesar esa puerta. La plática apresurada sobre contarle a Ilse que deberían sacar un nuevo disco, la promesa de amarse esta vez sin miedo, el último beso intercambiado en el pasillo. Ivonne tenía un buen presentimiento de todo esto; la tercera es la vencida, dicen.

 

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Ojalá los tres tours seguidos las hubieran unido en lugar de separarlas cruelmente tras cada concierto. Ojalá la edad no fuera impedimento para aprender costumbres que no involucraran joder las promesas hechas en una noche donde parecía que aceptarse a sí misma era tan fácil como sentarse a contar estrellas en el balcón de Ivonne. Ojalá los hombres no fueran tan fáciles de seducir, y ojalá irse de parranda en lugar de dormir no fuera una mala costumbre escapista.

—Exageras Ivonne, deberías ir conmigo. Si bailamos juntas a lo mejor y te relajas.

Mimí terminaba de aplicarse labial, usando un ajustado vestido azul, contrastaba junto a Ivonne que ya se había puesto la pijama.

—Todo es un baile contigo.

—No sé que quieres decir con eso-

—¡Me invitas a ir contigo, pero te apuesto que vas a ignorarme en cuanto un cabrón te ofrezca un trago gratis!

—Amor, no hay que rechazar lo que es gratis. — le guiñó un ojo a través del espejo.

—Es gratis cumplir tus pinches promesas. ¿Te avergüenzo, Mimí?

No hubo una palabra más, ni un beso, ni una mirada. La rubia salió de la habitación dejando a Ivonne sola con su lienzo aún cubierto.

 

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La noche antes de su último concierto, por la paz y en honor a los viejos tiempos, se encontraron confinadas en un apretado cubículo al fondo de un bar. La incomodidad se hacía escuchar por encima del murmullo acelerado del lugar, y la cantidad de copas vacías invitaban al desastre inminente. No eran necesarias las palabras para entender que, si buscaban arreglar las cosas, no iba a suceder.

—Pensé que ibas a sacarme a bailar. — Mimí se balanceaba sentada al son de la música, evadiendo la mirada acusatoria de Ivonne al otro extremo de la pequeña mesa.

—Ya pasan de las doce, ya fue suficiente. —respondió tratando de alcanzar la copa a medio vaciar que sostenía la más alta en brazos.

—Cálmate, Cenicienta. — Ilse dio un largo sorbo a su coctel. —No creo que puedas verte más fea después de medianoche.

Mimí soltó una risa ebria, bebiéndose de golpe lo que quedaba en el contenedor cristalino.

—Ándale, si no me sacas a bailar se lo voy a tener que pedir al mesero.

Ivonne bufó, de brazos cruzados mientras la mayor llamaba a uno de los trabajadores sin dejar de sonreír como una tonta. Ya estaba harta, de ser reemplazada en cuanto no cumpliera uno de los caprichos ajenos, de ser ignorada como si la relación que parecía estar dando frutos por fin fuera un arrebato efímero.

La única que se dio cuenta de la partida de Ivonne fue Ilse, quien no dijo nada, y solo se quedó en el asiento mientras Mimí se movía entre la multitud aclamando su nombre.

 

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Dos horas antes del concierto, Ilse y Mimí se encontraban recorriendo apresuradas el pasillo de cafeterías cerca del hotel, buscando con desespero a Ivonne que, al parecer, no había llegado a dormir la noche anterior al hotel. La resaca de la fiesta no estaba ayudando en nada a aligerar la tensión que crecía a cada paso que daban, hasta que Ilse no pudo aguantar más.

—Ya van tres veces que esta vieja nos abandona, pero nunca se había atrevido a hacerlo el mero día del concierto. ¿Qué carajos hiciste, Mimí?

No pudo hacer más que bajar la mirada, repentinamente concentrada en sus tacones. Ilse la conocía lo suficiente para saber que volver a preguntar no iba a darle más que coraje. Se detuvo en seco, obligando a su amiga a verla a los ojos.

—Sabes que mi apoyo es tuyo, pero ya estamos viejas para esos jueguitos. Si los rumores vuelven a joder el proyecto, va a ser enteramente tu culpa. — La menor solo se dio la vuelta. —Te veo en el foro, si no se presenta es su problema.

Y sin más, dejó sola a Mimí. “Tan sola como merezco estarlo” pensó, tragándose un sollozo y siguiendo a paso lento el camino recorrido por Ilse.

 

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Ojalá hubiera sido más difícil reconocerla entre la multitud, con su hermoso cabello repentinamente corto y el maquillaje sencillo, vestida en esa ropa que no usaría una artista en la noche de su último espectáculo. Ivonne se veía agotada, los ojos fríos evadiendo la mirada suplicante que le lanzaba Mimí mientras el equipo les acomodaba los micrófonos en la ropa; nunca en esos años se había sentido tan alejada de su mujer tras bambalinas, donde usualmente se permitían profesar su amor como amuleto de buena suerte antes de un concierto. Mimí no podía evitar sentir que estaba suplicándole a una extraña.

 

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La energía en el escenario la había dejado privada de cualquier respiro, tanta gente gritando por ella era la dosis de energía revitalizante que necesitaba especialmente en situaciones como esa. Ya no podía permitirse huir, entendía que la había regado y si quería arreglar las cosas con su Ivonne no había momento más propicio que ese. Cantarle “Yo no sería yo” esa noche le había abierto los ojos. No podía perderla otra vez.

Avanzó con seguridad hacia el camerino de su querida, y sin necesidad de armarse de valor tocó la puerta. El silencio fue doloroso, pero esperado. Ojalá no hubiera empezado a despotricar sus emociones a una puerta cerrada que encerraba una habitación vacía. Mimí lo supo de inmediato muy dentro de su corazón, en esos momentos donde el amor sobrepasa toda lógica, supo que Ivonne no estaba ahí. ¿Pero a dónde pudo haber ido después de salir disparada del escenario en cuanto terminó el concierto?

Al abrir la puerta se encontró con las luces del espejo apagadas, los baúles rojos perfectamente alineados y ni rastro de que alguien hubiera usado ese camerino en un rato. El único rastro de su Ivonne era el mismo lienzo que había visto esa mágica noche en la habitación de hotel donde decidió que iba a hacer las cosas bien, donde hizo promesas que nunca cumplió por más oportunidades que tuvo.

La luz caía como un reflector sobre la bella imagen ahí plasmada: Mimí de espaldas, el cabello rubio cayendo sobre su espalda desnuda. Su rostro asomado apenas volteando hacia la derecha, con los brazos rodeando a Ivonne… o lo que parecía ser ella, pues no era más que una silueta pobremente delimitada por el trazo de grafito. Incompleta. Aferrándose con anhelo al cuerpo de la menor.

Un sollozo se le atascó en la garganta. Entendió entonces que iba a pasar un largo tiempo antes de volver a ver a su Ivonne… si es que la tercera no era la vencida.

Notes:

El concepto de que es el primer y único fanfic de las Flans en AO3 (inaugurar un tag en esta plataforma NO estaba en mi bingo-card del 2026)

Por culpa de esta comisión, ahora poseo un basto conocimiento en el grupo Flans (en mi vida había escuchado de ellas, pero cuando me piden un fanfic complejo hay que investigarle chido)

Le quiero agradecer a mi querida B por sacarme a patadas del bloqueo creativo con este trabajo, permitiéndome desarrollar una idea que ella ya tenía <3

Para futuras referencias, si quisieran comprarme un fanfic, pueden encontrarme en Instagram como @aberdeenz_

¡Nos leemos luego!

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