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La luz de la habitación iluminaba sus rostros con ese brillo blanco tan característico de los arroyos. Los monitores llenaban el cuarto de reflejos azulados mientras el chat corría sin parar por la pantalla, cientos de mensajes pasando tan rápido que apenas se podía leer.
El stream había comenzado más o menos una hora.
Como siempre, los tres estaban sentados en sus lugares de siempre. Santiago relajado en su silla, Lautaro mirando el celular entre conversación y conversación, y Mernuel ligeramente inclinado hacia él.
Siempre era así.
Nadie decía nada al respecto, pero cualquiera que mirara lo suficiente podía notarlo.
La forma en que Mernuel se inclinaba un poco hacia Moski cuando hablaban.
Cómo a veces lo agarraba suavemente buscando ese contacto tan cálido y familiar.
O cómo cuando lo llamaba por esos apodos que se le escapan sin querer o le tocaba la cara como si fuera lo más normal del mundo.
Para ellos… lo era.
Era una costumbre vieja. Natural. Algo que venía desde hacía años.
Mientras el chat explotaba de mensajes y los tres hablaban de cualquier pavada antes de empezar el juego, Lautaro estaba mirando el celular con una expresión un poco más seria de lo normal.
De repente se levantó.
— Voy al baño.
Salió del cuarto rápido. Mernuel lo siguió con la mirada mientras se iba, levantó apenas una ceja, luego giró mirando a la cámara con una sonrisa rara.
— Moski se fue a tener una charlita… porque se llevó el celular.
Bauleti se rió desde su silla.
— Lo cagaron a pedos seguro.
Mernuel apoyó el mentón en la mano, mirando la puerta por donde Lautaro había salido.
— Algo raro pasó ahí…
— ¿Opinó de alguien? —preguntó Santiago.
— No sé —respondió Mernuel encogiéndose de hombros—. Igual si alguien se enoja porque opinó de alguien… hay que resolver problemas en casa.
Santiago soltó una carcajada.
— Por favor qué tipo.
Mernuel también se rió pero por un segundo volvió a mirar la puerta. Y esta vez no era una broma, había una pequeña preocupación escondida en su mirada. No sabía exactamente por qué.
Un rato después Lautaro volvió.
Se sentó como si nada hubiera pasado, acomodó su silla y empezó a jugar Poppy Playtime. Los sustos del juego y las habilidades de Mernuel para jugar los hicieron gritar varias veces, y el stream siguió con la energía caótica de siempre.
Pero Mernuel lo miró de vez en cuando.
Como tratando de leer algo en su cara.
La noche de juegos transcurrió con normalidad hasta que se dieron por vencidos dejándolos para otro día, terminando el director bastante tarde.
Cuando finalmente apagaron las cámaras, el silencio de la casa reemplazó el ruido constante del arroyo.
Santiago se levantó primero.
— Bueno, yo voy a comer algo.
Se estiró y salió del cuarto.
Lautaro también se levantó, agarró el celular y salió sin decir mucho.
Mernuel lo vio irse y se quedó quieto unos segundos, mirando la puerta, sintiendo esa incomodidad rara en el pecho que no terminaba de entender. Después suspir y se levantó.
Caminó por el pasillo de la casa, que ahora estaba en silencio. Las luces eran más tenues y el ambiente se sentía diferente… más tranquilo, pero también más íntimo.
Llegó hasta la habitación de Lautaro para encontrarse con la puerta estaba entreabierta. Golpeó suave.
—¿Gordo?
— Pasá.
Mernuel entró a la habitación, donde estaba Lautaro sentado en la cama mirando el celular, pero parecía distraído.
Había un silencio extraño en el ambiente.
Mernuel cerró la puerta.
— Che… —dijo, rascándose la nuca— ¿Qué pasó antes?
Lautaro levantó la mirada.
— ¿Cuándo?
— Cuando te fuiste al baño con el celular.
El rubio suspiró.
—Ah.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla antes de responder.
— Era Pilar.
Mernuel sintió algo raro en el pecho.
— ¿Y?
Lautaro dejó el celular a un costado.
— Nada… estaba medio enojada.
— ¿Por?
Lautaro dudó en responder.
— Porque dice que en los streams me tocás mucho.
Mernuel parpadeó.
— ¿Qué?
— Que siempre me estás agarrando las manos… tocándome la cara… haciendo comentarios sobre nosotros.
Mernuel cruzó los brazos.
—Ah.
El tono salió más seco de lo que quería.
— Y que le molestó cuando me decís “mi amor”.
Mernuel bajó la mirada.
Por un momento no dijo nada.
Después soltó una pequeña risa sin humor.
—Bueno, listo.
Lautaro frunció el ceño.
— ¿Qué?
—Nada. No te toco más y ya estás.
Lautaro lo miró fijo.
—Gordo…
— ¿Qué?
— No dije eso.
— Pero es lo que quiere ella, ¿no?
Mernuel se encogió de hombros.
—Tranqui. Lo dejo de hacer.
Se dio vuelta para irse.
—Manu...
La voz de Lautaro lo frenó.
— A mí me gusta —dijo el más joven.
Mernuel giró la cabeza.
— ¿Qué?
Lautaro lo miraba con esa tranquilidad que desarmaba cualquier discusión.
—Que me toques. Que seas así conmigo.
El silencio llenó la habitación.
— Entonces… ¿por qué te fuiste?
— Porque quería hablarlo con ella —respondió Lautaro—. No porque me moleste.
Mernuel lo miró todavía con esa cara de placer características de él.
— Igual no quiero que tengas problemas por mi culpa.
Lautaro negó con la cabeza.
— No es por tu culpa.
—Lautaro.
—Manuel.
El rubio se levantó y caminó hasta quedar frente a él. Le rodeó el cuello con los brazos con esa naturalidad que siempre tuvieron entre ellos. Mernuel automáticamente le puso las manos en la cintura y lo acercó un poco más.
— Creo que está celosa —dijo Moski suavemente— Porque con vos no me quejo de que me toques… dormimos juntos… siempre estamos así.
Sus dedos jugaban con la tela de la remera de Mernuel.
— Siempre fuimos así.
Mernuel bajó un poco la mirada.
— Ya sé.
— Y no voy a dejar que cambie eso entre nosotros.
Mernuel levantó los ojos.
— ¿Seguro?
Lautaro asintió.
— Seguro.
Después sonrió.
— Además… si de repente dejás de tocarme voy a pensar que estás enojado conmigo.
Eso hizo que Mernuel se riera, inclinándose para darle un beso en la frente. Un gesto corto. Pero lleno de cariño.
— Más te vale que nada cambie —murmuró— Porque te juro que no te hablo nunca más.
— Te lo prometo, gordo.
Mernuel se quedó quieto unos segundos.
—Bebote.
— ¿Qué?
— ¿Puedo dormir acá hoy?
Lautaro sonrió de inmediato.
—Obvio.
Mernuel se tiró al lado suyo.
— ¿Qué vemos? —preguntó Lautaro agarrando el control.
— Cars.
El rubio se rio.
— Siempre Cars.
La película comenzó mientras la habitación quedaba iluminada solo por la luz de la televisión. Compartieron la misma manta. El silencio era tranquilo.
En algún momento, casi sin darse cuenta, Mernuel se acercó un poco más y lo abrazó. Lautaro terminó recostado sobre su pecho. No dijo nada, solo acomodó la manta mejor sobre los dos.
La película seguía, pero ninguno estaba realmente prestando atención. Mernuel miró el techo, sintió el peso tranquilo de Lautaro apoyado contra él.
Y por un segundo... apareció el miedo. Un pensamiento silencioso. ¿Qué pasaría si algún día eso cambiaba? si alguien lograba separarlos, si un día Lautaro dejaba de buscar su abrazo para dormir.
La sola idea le apretó el pecho.
Mernuel bajó la mirada hacia él.
Lautaro ya tenía los ojos medio cerrados, respirando tranquilo, completamente cómodo entre sus brazos.
Como si ese lugar fuera de su casa.
Mernuel lo abrazó un poco más fuerte.
Con cuidado.
Como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
Porque aunque nunca lo decía en voz alta…
La verdad era simple.
Mernuel no sabía cómo sería su vida sin Moski.
Y la idea de volver a perderlo (aunque fuera solo un poco) le daba más miedo que cualquier cosa en el mundo.
Lautaro se movió apenas dormido, acercándose todavía más a él.
Y Mernuel apoyó la cabeza contra la suya.
Cerró los ojos.
Pensando, en silencio, que mientras pudiera seguir teniéndolo así cerca…
Todo iba a estar bien.
En ese momento, con Lautaro respirando tranquilo entre sus brazos, pensó que tal vez había cosas que no necesitaban explicarse. Tal vez algunas personas simplemente estaban destinadas a encontrarse.
Como si el mundo, el tiempo o algo más grande que ellos hubieran acomodado cada pequeño detalle para llevarlos hasta ese instante, hasta ese abrazo.
Y mientras lo sostenía así, con la certeza tranquila latiendo en su pecho, Mernuel sintió que, pase lo que pase, siempre iban a terminar encontrándose de nuevo. Porque hay amores que no se pierden… amores que el destino escribe para que vuelvan a elegirse, una y otra vez, durante toda la vida.
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