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Endeudarse tanto por culpa de las apuestas ya era malo de por sí, robar el dinero de los clientes para pagar sus deudas definitivamente sobrepasaba cualquier límite. Paulie debió haber pensado dos veces antes de hacer eso, más aún porque no era la primera vez que pasaba y él ya conocía bastante bien las consecuencias. Lucci se había encargado de dejarlas claras.
Así que ahora, ver la mirada nerviosa de Paulie mientras lo estaba regañando lo molestó. No había un solo rastro de remordimiento en su mirada, era puro miedo al castigo.
– ¿Cuánto fue esta vez? – Preguntó a través de la paloma en su hombro.
– T-treinta millones, pero lo devolví todo ¡Lo juro! Kaku me hizo hacerlo.
– Menos mal, si no lo hubiera hecho él también estaría en problemas. – Lo miró seriamente un rato, después se dirigió a su armario, de donde sacó un cinturón. – Treinta millones… entonces serán treinta. Ponte en posición. – Tal vez no podría hacerle entender por qué lo que hacía estaba mal, así que al menos haría que el castigo fuera lo suficientemente horrible como para que nunca volviera a pensar en robar.
– ¿T-treinta? Eso es mucho, Lucci… prometo que no lo volveré a hacer, p-por favor no tanto.
– Deja de lucir tan patético, ya sabías lo que pasaría si lo volvías a hacer. – Le dijo con irritación, no se aguantaría sus lloriqueos. – Ponte en posición ahora, de lo contrario añadiré diez más.
La advertencia hizo palidecer a Paulie. En un instante se puso en posición, apoyó las manos en una silla y bajó la parte superior de su cuerpo, dejando su trasero a la vista, listo para ser azotado.
Lucci no perdió el tiempo para dar el primer azote. Maniobró el cinturón con experticia y no se molestó en ser suave con los primeros, se aseguró de que doliera desde el primero. Paulie se encogió un poco por el repentino dolor, pero volvió a la posición rápidamente.
– Ya eres un adulto ¿Cuando piensas empezar a comportarte como uno?
No le dio tiempo a responder, siguió su pregunta con dos golpes rápidos. No importaba, después de todo Paulie sabía que no era una pregunta que debía responder.
– Robar de esa manera te hace igual de despreciable que esos piratas que tratan de pelear para no tener que pagar por sus barcos ¿Quieres ser igual que ellos?
– N-no, OWW. – Un nuevo golpe lo hizo gritar.
Así que ya estaba empezando a quejarse… Eso fue rápido, incluso para Paulie.
A medida que nuevos golpes llegaron, Paulie comenzó a quejarse cada vez más fuerte. Después del décimo golpe las quejas se habían transformado por completo en gritos de dolor. Eso lo desconcertó, Paulie nunca fue de guardar silencio durante un castigo, pero parecía estar sufriendo más de lo que normalmente lo haría por los golpes que estaba recibiendo. No entendía qué estaba pasando y eso comenzaba a molestarlo.
– OWW. L-Lucci, lo siento. – Paulie se disculpó, aunque Lucci sabía que no era más que un intento desesperado por causarle pesar para que se compadeciera de él.
– Guarda silencio y toma el castigo como un hombre. Estás siendo muy llorón.
– P-pero… – Su súplica comenzó torpe, probablemente ya estaba empezando a llorar por lo que hablar se dificultó.
Con un nuevo golpe detuvo su pobre intento de defenderse. Este fue recibido con un sollozo. No era raro que Paulie sollozara y gritara durante una tunda, lo raro era que lo hiciera tan pronto, usualmente tenía mejor aguante.
– Quítate la protección. – Le ordenó después de darle un nuevo azote.
– N-no. Lucci, por favor.
– Sabes muy bien cómo funciona esto, Paulie. La segunda mitad siempre es sobre tu trasero desnudo. Deja de actuar como si no lo supieras y obedece de una vez.
Paulie hizo un sonido triste, pero obedeció. Al ver su trasero desnudo Lucci por fin entendió la razón detrás de su inusual comportamiento. Todo su trasero estaba teñido de rojo, más allá de las visibles marcas que había dejado el cinturón en lo que llevaban de la tunda.
– ¿Te importaría explicar qué pasó?
Paulie tragó saliva. – M-me metí en problemas hace unos días con Iceburg-san.
– ¿Y no se te ocurrió comentarlo antes? – Su furia se reflejó en sus palabras y en el azote que dio enseguida.
– OWWW. – Paulie llevó sus manos a la zona afectada, estaba llorando bastante. – S-sí lo hubiera hecho me habrías obligado a recibir toda la tunda sin protección.
– ¡Hay una buena razón para eso, idiota! Podría haberte lastimado.
– Tú nunca me lastimarias. – Paulie lo contradijo en medio de su llanto.
Mocoso ingenuo.
– No puedo asegurar eso si no sé en qué estado estás antes de azotarte, tonto. Debería darte golpes extra solo por eso.
Sus palabras desembocaron una ola de pánico en Paulie en solo un segundo. – ¡No! Por favor no.
– Entonces vuelve a ponerte en posición en este instante, no tientes mi paciencia. – Paulie hizo lo que le dijo y luego susurró un pequeño “gracias” que apenas pudo escuchar. – Mocoso consentido.
Retomó los golpes, esta vez fue más rápido. Tan pronto como terminaba de dar un azote se preparaba para dar el siguiente. Los gritos de Paulie se hicieron más fuertes con cada uno, su cuerpo también comenzó a temblar. Era evidente que le costaba mantenerse en posición, su esfuerzo por hacerlo era admirable.
Tuvo en consideración el estado de su trasero y dio golpes un poco más suaves en la segunda mitad del castigo. Pero no demasiado, todavía tenía que asegurarse de que el dolor fuera intenso. Paulie no podía salirse con la suya después de andar robando así como así.
– Se terminó. – Le anunció después de dar el último golpe. La experiencia le ha enseñado que Paulie no se molesta en contar los golpes y si no le avisaba que habían terminado el pobre seguiría sufriendo mientras anticipaba un próximo azote que nunca llegaría.
Paulie hizo lo que siempre hacía al escuchar esas palabras. Primero soltó un suspiro aliviado, después se dejo caer sobre sus rodillas y lloró profundamente en la silla unos minutos. Después de eso se limpió las lágrimas y se acomodó la ropa, adoptando una actitud indiferente como si nada hubiera ocurrido y estuviera perfectamente bien, ese acto le duró unos veinte segundos. Finalmente se acercó a Lucci buscando un abrazo y algo de consuelo.
– Lo siento. Prometo que no lo volveré a hacer.
– Ni siquiera tú te crees eso. – Le dijo con fastidio, pero revolvió su cabello con ternura.
A veces se preguntaba por qué hacía todo eso. Educar a un mocoso no era de ninguna manera parte de su misión, pero por alguna razón no podía evitar disciplinarlo cada vez que lo veía haciendo algo mal.
