Chapter Text
Las personas por sí mismas son extrañas, ya sea en multitud o en facetas que no quieren mostrar, pero eso... Eso es lo que fue impuesto de manera leve, sin decir nada en absoluto, sin explicar cada historia diferente para contar por cada individuo del pequeño mundo en el que se encuentran. Aunque incluso él sentía que tal vez había personas iguales, todo era extraño, mucho más que su alrededor. Al menos así eran sus pensamientos, pues con lo que había pasado, solo le dejaba la opción de odiar, no logrando satisfacer su curiosidad. Pero cuanto más lo notaba, más lo negaba. Era... algo que no podía explicar.
Sentía que el creer podía ser una sutil salvación, la fe podía darle una ventana de libertad incluso cuando todo había cambiado, incluso antes del infierno podía sentir la infelicidad de no superar sus límites, de no poder salir. Pero cuando llegó... todo se retorció. Torturas, asesinatos; sangre y muerte, todo se volvía tan común que no podía creerlo, con eso el silencio lo llevó a la oportunidad, era el día, tres años soportando un mal que aborrecía. Su padre se había vuelto algo fuera de lo que conocía, un ser inmundo parecido a un orangután.
Era una noche como cualquier otra, los fieros ronquidos de su padre durmiendo le daban la señal para levantarse. Se movió entre su habitación para tomar las cosas de valor. Sus ahorros; libros y dinero, lo que ya sabía y lo que jamás aprendió.
Dio un vistazo a su cuarto, con pesadez, pues no solo no había podido dormir, si no, por todo lo que había pasado ahí, tanto felicidad, como tristeza, era un sentimiento que no podía describir.
—¿Por qué? padre; ¿Por qué?
Susurraba con sus puños arraigándose con fuerza. Antes de darse la vuelta, estaba decidido. Su padre ya no era el hombre valiente y fornido que conoció alguna vez. Su boca se había vuelto ancha, sus brazos crecieron y su cuerpo se comenzaba a encorvar con el tiempo, además de un vientre gordo y extenso, como si lo tuviera que arrastrar para incluso, caminar, pero su fuerza seguía siendo superior a cualquier cosa que haya visto antes.
Decidido a no pensarlo demasiado, quitó el colchón de su cama y levantó un pequeño cofre. De su bolsillo sacó la llave que posteriormente usaría para abrirlo y finalmente ver lo que había dentro. Una bolsa llena de monedas, un libro oscuro y a su lado una daga celeste, pero oxidada; un regalo de caza de su madre dado antes de lo ocurrido.
Contempló su habitación una última vez antes de salir. Entró al pasillo con sigilo oyendo el sonido del televisor. Era su padre, que estaba sentado en el suelo, recostado sobre su propio cuerpo de una manera extra, sin importarle nada. Aunque él era sordo, su vista era algo aún más rara; en realidad podía ver algo diferente; las sombras, pero eso él ya lo tenía previsto. Lanzando la daga a la pared más cercana al contrario con tal velocidad que no lo notó. Llamando en el camino su atención, pues veía una sombra nueva en la habitación. Aunque eso era un fallo del que notó un segundo después. Pero eso no lo detuvo de seguir.
Se movió cuidadoso de no ser seguido, por suerte su padre era despistado por lo que no lo pensaría demasiado. Eso era una ventaja que debía aprovechar, abrió la puerta del baño sin tener cuidado alguno del sonido, era evidente que no importaba. No prendió ninguna luz y usando la poca fuerza que tenía, separó el retrete que pronto quedó destruido.
Una vez el agujero comenzaba a mostrarse, comenzó a arrastrarse hasta caer con un fuerte golpe en el rostro que lo hizo rechistar un segundo. Pero una vez se levantó observó el lugar con entusiasmo.
Las alcantarillas no eran nada lucidas, con tal inmundicia que lo dejaba absorto, además de un peculiar olor que le molestaba, que le parecía algo nostálgico. Pero soportó, porque en eso se basaba su plan, soportaría sus propios sentimientos para cumplir su objetivo. No pudo permitirse ser descuidado; allá, en una peculiar esquina completamente diferente a las demás, monstruos de pequeño tamaño dormían; y si por casualidad le fueran a notar... no se quiso imaginar el resultado.
Un pelaje oscuro que ocultaba su piel verdosa brillante, parecidos a los roedores, pero de un gran tamaño; ojos blancos y una nariz deformada, producto de sus enormes colmillos. Eso, eso es lo que eran las ratas, aunque su número era de temer, las enfermedades que podían contraer eran demasiado para él. Apenas pudo soportar las náuseas, aunque la alegría de poder huir era superior.
Analizó su mapa un momento para corroborar que iba en la dirección correcta, pues aún le preocupaba y sentía nervios por extraño que le pareciese. La oscuridad consumía todo y solo algunas pocas cosas podía observar bajo ella. Metros de distancia, ya la sentía, estaba cerca de la salida. Pero algo ocurrió; un pequeño error que lo hizo caer cuando ya tenía agua cruzando entre sus ropajes y posteriormente, la piel, la misma estaba fría, pero aún podía sentirse peor cuando la sentía moverse, había larvas en ella...Al verlo, algo intentó salir de su estómago, pero a falta de haber comido, solo quedó con aquella mala sensación.
Gruñidos podían sonar, las bestias estaban despiertas y rugían como si la muerte viniera con ellas. Por suerte, estaban lo bastante lejos para lograr huir... O eso creyó, pues el terror consumió lentamente su rostro cuando en la lejanía una parpadeante luz aparecía. La cual se volvía más y más potente conforme su parálisis comenzaba a ceder. Pero cuando ya podía moverse era tarde; en frente de él se encontraba un hombre escalando el techo con tranquilidad, fue entonces cuando su voz comenzó.
—Norman, ¿A dónde vas?
Su voz era lenta y precisa, alargando las palabras con una profundidad expandida por el eco del lugar, provocando que, por primera vez, fuera a reaccionar corriendo lo más rápido que sus delgadas piernas le permitieron con la esperanza de llegar a la salida y lograr ser libre antes de morir. Y tal vez fue suerte, pero las ratas llegaron en el momento exacto listas para devorar a su padre, que había comenzado a pelear con fuerza.
Lo que alguna vez iluminó el lugar cayó en el agua, rompiéndose y provocando que fuego creciera. Fuego que se expandió hasta bloquear la salida. Norman paró a duras penas un momento antes de caer de frente mientras apretaba sus pequeñas manos, el agua ondeaba lentamente conforme se lamentaba.
No se rendiría, no ahora que había llegado tan lejos, levantándose frente al gigantesco muro de llamas que ni siquiera permitían ver el otro lado. Dándose la vuelta dispuesto a enfrentarse a su enemigo.
Se dio la vuelta con la frente en alto y observó la pelea que ocurría detrás suyo. Un orangután lanzando a cada rata que intentara atacarlo siendo lanzada al fuego y rostizada en poco tiempo. Es como si estuvieran en una trampa de la cual no pudieran escapar...
No lo pensó más reconociendo que efectivamente así era, todo su plan ya había sido destruido desde el principio. Cerró sus puños con frustración, pero sus pies no se movían, y solo tuvieron oportunidad cuando el combate ya había acabado.
—Mira que eres estúpido, pequeño bastardo —rugió enfurecido antes de tomarlo del cuello con tal fuerza que comenzaba a hacerlo sangrar —. ¿Nunca pensaste que ya tenía idea de tu pequeño plan? ¡Tonto!
Sus palabras cortaban como cuchillas, pero eso no lo detuvo: forcejeó mordiendo su brazo; ese frío y horrido pedazo de carne que le soltó con un grito de dolor. Aprovechando, Norman intentó huir, aunque él era más rápido por lo que siendo tomado del brazo y azotado contra la pared una y otra vez provocó que se torciera donde fue tomado, provocando más ruido de su parte. Al verlo, su padre decidió detenerse.
—Hijo —decía suavemente con un tono confundido —, ¿Por qué intentas huir? Aquí, aquí podrás florecer completamente, mostrar el tú real cuando seas mayor no suena mal... ¿Sabes?
Pero ¡Oh, su osadía! Ya no había nada para sí, su plan cayó y ahora solo quedaba aquél delicado sentimiento que envolvía su corazón; sin siquiera pensar en dejarlo esfumarse, algo le dejó; pruebas. Pruebas de que la maldad se había extendido y ahora sus palabras no tenían efecto en él.
Ya era tarde, su pensamiento ya había tomado su propio rumbo. Su madre alguna vez se lo habría dedicado, pues era una mujer amable y honesta, como un ángel esculpido por el mismo Olimpo; su humildad era en verdad superior a cualquier otro que hubiera conocido, aceptando incluso al más terrible mal. Ahora, ese seguimiento le parecía horrendo, pues eso provocó que fuera asesinada.
Las estrellas eran observadas cada día por los dos, donde unas suaves y delicadas palabras eran inculcadas. «Mira las estrellas como sueños de niños como tú. Siempre, siempre que tengas dudas de donde ir, ve el cielo y tendrás tu camino». Día tras día cumplía al pie de la letra esas palabras, era lo único que le quedaba. Pero conforme se acercaban las noches a aquel fatídico día se iban apagando hasta que solo había oscuridad...
Los recuerdos inundaban su mente como una tormenta del pensamiento, esperando abrirse paso. Pero sentía algo más, un brillo, unas llamas que le envolvían en un creciente poder naciendo en su corazón.
—Padre —comentó firmemente, sabiendo que su padre no era alguien con quién fácilmente podría lidiar —, te reto a una lucha del valor.
Solo esas palabras regocijaron de odio por dentro a su ostentoso padre, que lo alejó lanzándolo a la pared. Comenzando posteriormente a reír más que cualquier otro y finalmente respondió.
—Hijo mío, te críe, ¿¡Y tú vas y aprendes de ese asqueroso libro que escribió tu madre!? —afirmó con firmeza y aseveró sus palabras volviéndose una temible bestia.
Sus largos brazos comparables a las de un orangután movían como trapo el cuerpo de Norman Bartolomé hasta dejarlo moribundo en el suelo. Su cuerpo grande y largo tal gigante le quedaba a la talla de lo que era un padre. Alguien fuerte. Solo alaridos y choques de metal resonaban por el lugar.
La pereza corrompió su mente una vez más soltando a Norman en el agua, que se adentraba como si estuviera siendo tragado hasta perder su consciencia. Quiso aprovechar, salir; pero el cansancio estaba ahí. La respiración se acortaba hasta que ya no fue capaz de pensar. Con sus últimas fuerzas solo levantó los brazos hasta retorcerse una última vez.
Pero la llama en su interior seguía viva, si tan solo tuviera una oportunidad, pensó. Lo que ocurrió en realidad fue todo lo contrario, su cuerpo, despedazado y acabado ya no tenía forma de salir.
Si tan solo tuviera una oportunidad
Si tan solo tuviera una oportunidad
Si tan solo tuviera una oportunidad
Si tan solo tuviera una oportunidad
Si tan solo tuviera una oportunidad
Si tan solo tuviera una oportunidad.
Días, meses o tal vez incluso años pasaron, pero su cuerpo no parecía atravesar la barrera del tiempo, creciendo en cambio como un ser humano. El fuego creció y creció hasta envolver cada músculo de su ser, los rastros de lo que eran sus brazos fueron arrastrados hasta el tórax nuevamente y encajados minuciosamente en sus hombros.
Lo que antes era un monto de grasa y piel, ahora era un ser que se podía llamar humano. Sus ojos aún cerrados poco a poco fueron abiertos y despertó. Su blanca piel se envolvía en la pureza de las blancas llamas que le cubrían. Pero ya no era el cuerpo de un niño, era el de un hombre formado de al menos un metro ochenta, con grandes músculos tonificados.
Confuso por la situación, analizó su alrededor con precaución, su mirada ya no era lo que era. Pasiva pero tranquila, un cuerpo finamente definido. Pero seguía siendo él, lo sentía. Había sido enseñado bien. La ira era inexistente, una rara tranquilidad purificaba su alma mientras sentía nuevamente el valor de cumplir su propósito, las paredes... Las tuberías de agua seguían ahí, oxidadas por el pasar del tiempo.
Le dio una mirada a donde antes creía iba ser su salida, pero solo vio un muro que no le dejaba salir. Había sido engañado desde el principio, y eso no lo dejaba de molestar, por lo que se alejó del mismo hasta subir por el hueco del baño. Los cadáveres de las pequeñas bestias aún estaban ahí, y no parecía haber muchos cambios más allá de sus oscuros huesos.
Pronto llegó al principio de todo, el agujero que había usado era más grande, producto de que él pasara una vez. Pero aun fue insuficiente para poder pasar, por lo que lo abrió derritiendo la piedra y con un salto logró pasar al pasillo del que frente a él estaba su antigua habitación.
Avanzando sin molestarse en ser sigiloso, tendió con alegría el pensamiento de volverlo a ver, de mostrarle lo que era el dolor, de hacerlo sufrir de tal forma que no volviera nunca más, pero eso solo era parte de su sueño, sueño que debía lograr a cualquier costo.
Todo seguía igual; la televisión prendida y la daga ahí, clavada en la pared. Él, sosteniéndose para mirar la televisión y con solo eso lo hacía respirar más fuerte. Pero suspiró repetidas veces hasta volver a la normalidad.
Al observar un poco notó que se encontraba en un profundo sueño. Aprovechó y se acercó lentamente hasta estar a su lado donde acercó su brazo hasta tomarlo del hombro donde humo comenzó a salir; sus ojos se retorcieron del dolor antes de saltar con un chillido tan ruidoso que rompería los tímpanos de una persona cualquiera.
—Esa figura, ese olor... ¡Tú! ¡Sigues vivo! —gritó sorprendido.-
Su voz hablaba con desprecio, pero su corazón fluía perturbado. Con sus enormes manos intentó cubrir su cuello frente al demonio de fuego que tenía frente a él. Pero el dolor de las quemaduras que provocó no le dejaron y sus heridas no parecían sanar.
—¿¡Por qué no se cura!? Maldito bastardo —decía regocijándose de dolor—. Tú deberías estar... Ya, ya lo entiendo.
Pero no hubo respuesta. Aunque ya lo había de suponer, uso sus largas piernas para saltar al techo y escapar agarrándose del mismo. Desgarrando la madera para poder avanzar
Eran poco más de unos metros para salir, luego una pulgada, tal vez menos cuando una sensación de malestar que no podía ver cayó sobre él, las llamas se extendieron en su cuerpo como un virus en su interior.
Incluso así, no se detuvo, pensando que con el estar lejos se libraría del intenso dolor. La madera comenzaba a romperse del enorme chillido que sonaba de su boca. Mientras se retorcía, su brazo se levantó un poco más. Ya no estaba en el techo pues había caído del mismo. Resistiendo intentó tomar la perilla, pero fue incapaz.
Quejidos que disminuyeron poco después cuando fue pisado fuertemente por el pie de Norman, que posteriormente le daría una patada en el rostro alejándolo a la pared. Su mirada se llenaba del temor de morir antes de recuperar su visión y quien fue alguna vez. Logrando decir —M... —. Pero su cabeza explotó por un fuerte puñetazo lanzado por su contrario.
Dado que su cadáver no le era de importancia, se quemó con el pasar del tiempo. Contempló su alrededor con una pequeña sonrisa que se formaba en su rostro; era un paso más cerca de su objetivo, cuando la tristeza lo invadió.
—Este mundo ha sido contaminado por tanto tiempo, día tras día crecen los demonios en el interior de las personas —pensó un momento antes de continuar —. La pereza, el miedo, la codicia, la ignorancia, la envidia, el egoísmo... Todos pecados que no deben estar en su persona... ¿Por qué tuviste que ser uno, padre?
Tomó la daga celeste de la pared y no sabiendo donde dejarla, la decidió llevar con él envuelta en llamas que pronto la hicieron desaparecer en una dimensión diferente. Entonces su mente comenzó a procesarlo todo, ese conocimiento, ese saber al que se le había atribuido. Las llamas serían su medio para cumplir el sueño que se le dio.
—Entonces, solo debo destruir los núcleos para eliminar el mal, sí —Alabó a su mente con orgullo mientras caminaba hacia la carretera.
Aunque podía sentir las leves presencias de sus enemigos, se desvanecían por momentos como si una fuerza intentara evitarlo. Pero estaba seguro, el destino tenía marcado su enfrentamiento. Si había acabado con la pereza, ahora debía acabar con el miedo. Eso lo libraría de sus ataduras.
—Esto es una prueba, un paso más que daré...—comentó complacido mientras caminaba pasivamente.
El destino no era especial, era solamente un pueblo que estaba cerca de su hogar. Lo visitaba de vez en vez para seguir viviendo plácidamente en su lejano hogar. Que antes de la contaminación era otro pequeño pueblo... Era.
Las carreteras ya no eran lo que alguna vez, al parecer la tierra tallada estaba cubierta de cemento... Tal vez el país había dejado de ser del bajo mundo, pero era improbable.
Pasar desapercibido debía ser la única opción viable, pero estaba desnudo, y aunque la gente del país no deberían poder ver las llamas, tal vez habría algún que otro natural.
—Eh, ¡Hombre de fuego! —gritó una voz animada al frente en poco más de diez metros. Pero silencio fue su respuesta —. Bonito disfraz... Bueno, a lo que venía, ¿Sabes dónde está el pueblo más cercano? Que perdí mi mapa y no encuentro nada.
Tal vez intentando evitar que estaba desnudo; nunca le vio directamente. Norman respondió sencillamente con apuntar donde se dirigía, pero la confusión lo extrañó un poco.
—Pero, ¿¡Qué dices!? ¡Yo vengo de allá! —Reclamó asombrado, pero sin enojo alguno.
—Me temo estás equivocado, allá se encuentra el pueblo de Warudo. Yo mismo he estado ahí más de una vez —decía negando con la cabeza.
—¿Warudo? ¡Ese pueblo fue hecho cenizas hace mucho tiempo! —comentó sorprendido, y hasta en cierto momento tal vez intentando pensar, ya cansado de ver el desconocimiento del contrario —, ¿Acaso vienes de una piedra? Ese lugar acabó cuando todos sus residentes murieron en el incendio del 83.
Norman sorprendido negó mientras pensaba que podía ser. Pero Dante solo podía sentir un dolor de cabeza en aumento pese a que antes era leve.
—Más adelante no verás ningún pueblo, lo mejor —Suspiró —, será volver.
Su cabellera respondía a sus movimientos mientras se mareaba un poco. Un olor entonces penetró a su compañero; Era una señal de que los hilos del mal comenzaban a mostrarse.
—¿Tienes miedo? —comentó acercándose. Eso hasta estar delante de él y, tocando su frente, las llamas se extendieron hasta eliminar el rastro de aquél mal —. Ya veo, estrés y fatiga...
Se estiró preparado para seguir su lucha antes de avanzar sin preocuparse del confundido hombre a su lado. El cual regresó a sus sentidos con una profunda sensación de agradecimiento.
—¡Espera!, siento que me has ayudado —decía llegando con una innata buena velocidad —. Deja que te devuelva el favor.
Norman agradeció mientras recibía ropa, tenían suerte de tener casi las mismas medidas, pese a que él tenía un poco más de musculatura. Era simple, playera blanca, pantalón azul y sudadera negra, pero sin botas ni gorra como la que él tenía.
Aunque había dicho que tenía un disfraz, debió notar que eran reales, o tal vez no era como él pensaba... No lo pensó demasiado y fue directo a las preguntas.
—¿No te extrañan mis llamas?
—¿Cuáles? —preguntó.
Esa respuesta solo le confundía más, pero siguió preguntando para saber más de aquél excéntrico de nombre Dante Ostario y sus emocionantes viajes por el mundo y que también le ayudaba a descubrir que tanto había cambiado desde hace 17 años.
Extravagante y curioso; amable y extrovertido. Esa es la sensación que Norman sentía. Era hablador, sí, pues con solo caminar juntos ya decía que venía de Náopoles, una gran ciudad portuaria de Bretonia, país del otro lado del mar. Se encontraba en el país por trabajo; pues nación era la mayor potencia desde hace tiempo ya, además, tenía que aprovechar y viajar, ganando dinero en el proceso.
—Es como matar dos pajarracos de un tiro —comentó riendo —, eso si no estuviera como hoy...
El estrés y la fatiga le consumían día tras día, como si le siguieran desde las lejanías. Aunque desde hace un tiempo estaba más tranquilo. Desde que las llamas le protegieron, exactamente.
Aun si habían hecho un largo recorrido, no parecía terminar dentro de poco. Tal vez eran más de diez kilómetros los que habían recorrido... Hasta que finalmente escombros de lo que alguna vez fue un pueblo se lograron ver. Norman creyó ver dos figuras en la lejanía, pero una vez dio una segunda vuelta de exploración no había nada.
No había siquiera tablón de bienvenida, ni mucho menos algún residente con vida. Era como un pueblo fantasma que no tenía siquiera casas. Dante antes temeroso ahora sentía una vaga sensación de protección desde dentro de sí.
—¿No ve a nadie, sir?—preguntó mirando rápidamente los escombros.
—No, nada ni nadie se ve por aquí...
Se acomodó su gorra como de costumbre tirando atrás y confiadamente dio pasos al frente. Mirando el suelo como si fuera a salir algún demonio que lo llevaría al otro mundo.
—Esto me recuerda cuando era pequeño, mi padre me ayudaba a dar con las huellas de los animales cuando íbamos de caza
—¿Era divertido? —preguntó Dante.
—Si, lo era. Hasta que murió...
—Lo siento...
Su mirada entristecida no lo detuvo y siguió explorando el lugar hasta que encontró una fogata... ¿De día? Ambos quedaron atónitos, pero aun así se acercaron a comprobar.
La distracción de buscar no fue suficiente cuando un movimiento lo delató, aunque Norman fue más rápido, lanzando ascuas de fuego provenientes de sus dedos con un rugido explosivo. No hubo ningún sonido, solo volaron hasta golpear el lugar, pero no tocaron más que escombros.
Una gran cucaracha, eso era; un insecto podía verse recorriendo los escombros tranquilamente hasta estar frente al par, parándose en sus patas traseras de forma amenazante, pero solo asco se veía en su rostro.
—¡Dios, que asco! —comentó con repudio Dante dando un paso atrás. Antes de arrepentirse pues en su pierna sintió como un gusano comenzaba a enrollarse en ella, mordiendo su muslo.
Norman actuó instintivamente quemando al largo insecto, perdiendo de vista a la cucaracha. Pero pensó que no valía la pena pensar en ello.
—Tenemos que irnos de aquí —comentaba asustado Dante revisando su herida, que no quería saber si estaba infectada, pero el remarcable color morado le hacía pensar que era así —, ¡Maldición, tío! ¡Que tengo que ir al hospital, maldita sea!
Norman asintió ayudándole a levantarse, pero fue detenido por un tentáculo que frenó su mano y lo tiró a la lejanía.
—Pero, ¿¡Qué está pasando!?—gritó asustado —. ¡Norman!
Se limpió el polvo e intento buscar el origen de dónde provenía aquel ataque que le había hecho. Juntó sus manos y extendiéndolas repentinamente un aro de fuego que cubrió cinco metros alrededor. Pero ni eso hizo que salieran a mostrarse.
—Están aquí —respondió a Dante
—¿¡Quiénes!?
Pero no recibió respuesta. Es más, se encontraba solo, no sabía dónde había ido pues el espacio parecía haberse vuelto negro y no se sentía asfixiado, pese a tener pavor a la oscuridad.
Comenzó a caminar curiosamente con paciencia hacia donde su instinto dictaba. Hasta que fue consumido por la noche y la paz le cubrió como si siempre hubiera estado con él.
La luz en sus ojos le quemaba, como si no fuera bueno para él. Tal vampiro se alejó hasta que notó que está no era como la que conocía, anaranjada o rojiza, si no una blanca que recordó en algún momento... momento... ¡momento! A su mente llegaron recuerdos de quién era y dónde estaba, corrió a la luz como si fuera su última esperanza y de su interior brotó algo parecido a una llama, que adaptó de la oscuridad y que creció exponencialmente hasta elevarlo a su salvación.
Expulsado de dónde estaba, notó que volvió dónde el pueblo, buscó rápidamente algo con lo que verse al espejo y notó como no había cambiado nada. O eso creyó hasta que miró en su sombra su figura rodeada de fuego, Pero, ¿Cómo? Si no podía ver nada...
—Ya veo... has sido dotado del poder de salvar al mundo —comentó entendiendo Norman dándole la mano —. Bienvenido a mi equipo, Dante Ostario.
Y como si mirara a la persona más sorprendente del mundo, correspondió su apretón de manos con confianza.
—Pero... ¿Cómo lo obtuve?—preguntó con sus ojos llenos de dudas en lo que seguían buscando a aquellos demonios, a lo que respondió su llameante amigo —. Fuiste atrapado... la fatiga te mató y la luz fue lo que te ayudó a salir.
Explicó que, cuando él obtuvo el suyo, se encontró con Dios. Que le dijo que cada persona tenía un poder innato así desde el nacimiento, que podía volverse bueno, o malo. Que el poder era alto, pero tenías que aprender a controlarlo para ser verdaderamente fuerte.
—Eso entiendo bien, pero... ¿La oscuridad no es mala?
Norman Bartolomé comenzó a reír por una única vez antes de responder, por supuesto, no era como él decía.
—No, la oscuridad no es mala, es lo que se ha hecho creer con los años con los cuentos del que habrá ahí, pero es falso. Aunque entiendo que le temas, tradiciones tan arraigadas difícilmente salen de tu vida
Dante iba responder, pero no salieron palabras. Esta vez no por no querer, si no que en su cabeza una araña comenzaba a moverse. Tan grande como para comer su mano de un bocado, que no podía permitirse mover; sintiendo su delicada textura junto a su pequeño pelaje tan único de ellas. Por suerte no lograba verla, si no, vomitaría.
—Esto es bueno. Usa tus sombras de fuego para quemar la araña, no te preocupes, no te quemarán.
Asintió pensando en alguna manera de hacerlo... Los pensamientos se volvieron realidad, al menos algunos pocos; como si estuviera materializada, una sombra atravesó el aire y envolvió a la pequeña hasta que desapareció.
—Están cerca, pero no podemos verlos —comentó Dante.
Norman se quedó en silencio, pero sus ojos decían que ya lo sabía. Sus dudas marcaron un camino que siguió a la perfección. Donde antes estaba la araña que había caído al suelo, ahora solo había una pequeña esfera rojiza y metálica.
—Lo suponía...—Comentó seguro de lo que pensaba—Vamos, sé dónde estarán.
Entonces lanzó la esfera lejos de su posición y espero a que comenzara a crear una pequeña abeja deforme, con alas gigantes y más de un aguijón.
Cada vez más lejos del pueblo, la tierra comenzaba a deformarse en tierra cubierta de carne fresca, pero sin ninguna pizca de sangre. Dante se asustó, pero recompuso su postura rápidamente pues no tenían el tiempo para tomarlo con calma.
Aunque podía, Norman en ningún momento dañó la carne ni la revisó, si no que siguió firmemente la abeja, que conforme se acercaban su poder crecía, pues su cuerpo cada vez más comenzaba a regocijar mientras gruesas paredes de piel comenzaban a reforzar su coraza.
Hasta que finalmente dejó de poder volar y comenzó a arrastrarse hasta el acceso de una cueva. Parecía la entrada de una antigua mina, pero el ambiente le daba un aspecto más grotesco y tétrico con los gigantescos insectos gordos cubiertos de piel y carne. Incluso podía verse brazos y piernas en estacas como si un culto extraño estuviera protegiendo el lugar. Pero era diferente, como si estuvieran entrando a la boca de un ser vivo, pero eso no podía ser, pues sería no solo extraño, si no enorme, demasiado para solo un par de personas con poderes. «Innama». Fluyó por su mente, pero no comprendió por completo.
Cuando llegaron al corazón de todo, vieron a un hombre, un ser parecido más a una albóndiga de carne que a un ser humano, hilos rojizos enormes conectaban con todo su cuerpo y no le permitían moverse. Sus ojos no reaccionaban y de su boca solo salían gruñidos.
—Eso... es el estrés—Concluyó Norman al verle mientras comenzaba a reunir su imma. Su poder, su fuego; en sus manos pues ahí es donde podía verse en más utilidad. Pero una grotesca, profunda y gruesa voz lo detuvo.
—¡Ho, Ho! ¿En serio creen poder destruirme a mí, el estrés? —masculló riéndose, pero el origen no venía de aquel que veían frente a ellos. Si no, de las propias paredes.
Y la hipótesis podía parecer correcta ahora, pero no podían corroborar más, no teniendo el tiempo de probarlo, se adelantaron a dar el movimiento de gracia, lanzando ambos su fuego contra el portador del mal.
A la par que el fuego se expandía en el ser, gritos de dolor y un estruendo en el lugar comenzaba a moverse, reaccionando a las llamas. Dante entre todo fue golpeado por una piedra, pero que no cayó del techo, si no que fue lanzada.
—¿¡Quién!? —gritó perdiendo los estribos, mirando a su alrededor.
—Céntrate, no nos debemos separar
Estaban algo estresados con los movimientos y las molestas piedras que eran lanzadas cada cierto tiempo. Pero por supuesto y aprovechando esos tiempos de descanso corrían en el alrededor sin alejarse.
Los descansos eran cortos y debían ser aprovechados al máximo. Pero conforme pasaba el tiempo los lugares por buscar dejaban de ser tomados como importantes, mientras que las constantes risas afectaban a Dante, más que a cualquier otro de la sala.
Ahora que ya no sabían dónde mirar. Se preguntó porque no los mataban rápidamente. A Dante le pareció extraño y comenzó a revisar lo que menos habían pensado, tocando la pared con algo de asco por todo el lugar...
Norman en cambio se abstuvo de hacerlo, pues sentía una negativa sensación circundante en el alrededor. El fuego que fue infundido antes se había desvanecido hace tiempo, pero eso no significaba que aquél mal hubiera muerto. Eso no era su cuerpo, al menos, no el real.
Contempló cuidadosamente cada pista posible, creía estar cerca de llegar a la respuesta hasta que un repentino grito de Dante lo devolvió a la vida. Su vista de estar borrosa regresó rápidamente a la normalidad y se dirigió a ayudarlo.
—¡Norman! —gritó — mierda, tío; ¡Ayúdame!
Rugió con todo lo que su caja torácica le permitió. Pero ni la velocidad más rápida que tenía pudo hacer que llegara a tiempo y terminó siendo devorado por la pared... La sensación que sentía era extraña, como gelatina seca, pues pese a los movimientos que se permitía hacer nunca sintió nada húmedo.
Fluyó como pez en el agua hasta llegar a una nueva habitación. Donde divisó un largo cuarto, con grandes lagos de fluidos verdes fosforescentes casi por completo. Aunque aún había una pequeña salvación, y es que entre el ácido aún había rocas carnosas y cosas de las cuales sostenerse o al menos mantenerse en pie.
Del otro lado, Norman no encontró nada ni a nadie desde que Dante fue atrapado, como si quisieran regresarle a la soledad de la cual había escapado.
—¡Ha ha! —carcajeó la voz con burla —, atrapado y solo una vez más, parece que, incluso ahora, la soledad te acompaña como tu mejor amiga.
Aunque no recibiera respuesta, el solo gesto que tenía Norman en su rostro era su completa satisfacción; decidido a vencerlo buscó una salida de la que huir y matarlo desde fuera. Incluso si Dante tenía que hacer de sacrificio, si es que siguiera con vida.
Mientras pasaba eso, el propio Dante seguía moviéndose de plataforma en plataforma para no caer al vacío y morir. No era difícil en realidad. Cuando la burbujeante marea verde subía, debía encontrar la plataforma que flote y de la cuál seguir avanzando. De al menos quince de ellas; ahora solo eran cinco e iba a mitad del camino, además de que se encontraban a una larga distancia.
En un principio agradeció encontrarse en un cuarto enorme, pero ahora sólo podía quejarse cuánto pudiera en las distancias, lo que en pocas palabras significaba que se cansaría pronto.
—Piensa, maldita sea —Gruñó saltando a lo que era la penúltima plataforma—,¿Cómo? ¿Cómo pueden ser tan distantes?
Sus pensamientos se llenaron de que no llegaría a la última y moriría, pero entonces se le ocurrió una idea.
—¿Cómo no lo pensé antes? —dijo sorprendido consigo mismo, pero solo eso.
Saltó a la pared como si de ello dependiera su vida, cosa que, en realidad, era así. Las sombras cubrieron sus manos como garras y enterrándolas en la pared logró escalar con mayor facilidad. Entrando a otra sala completamente nueva. Un suspiro pesado mostraba que ya no quería seguir, pero ya podía ver su próximo oponente.
De entre los escombros un ser se levantaba. Era enorme, de al menos dos metros con cabeza de cucaracha. Patas de araña y alas de al menos de dos tipos de insecto. Tenía dos brazos principales tan largos como su cuerpo terminante en una mano de cuatro dedos sosteniéndose de dos patas de hormiga.
Era repugnante y bizarro, pero muy atemorizante. Además, pudo notar que a diferencia de lo que ya se habían enfrentado, no estaba cubierto de carne. Era sin duda; su propia piel de insecto.
—Tú, tú eres la fatiga —Apuntó con seguridad.
Norman estaba frenando cada ataque que se le venía encima, escorpiones, gusanos, incluso personas luchaban. Pero todos tenían algo en común, carne. Estaban hechos de la misma que las paredes y cualquier habitación.
—¡OH OH! —gritó riéndose con esmero y de ningún lugar en particular —, ¡parece que eres incapaz de seguir los paso del yo, Augusto!
De vez en cuando Augusto daba sus pesados comentarios, casi queriendo llenarle la mente del estrés de estar atrapado. Pero Norman era más de lo que aparentaba, su rostro permanecía pasivo, inmutable ante los molestos intentos de hacerlo enojar. Ya había aprendido un poco de lo que en realidad ocurría, por lo que la sensación de pronto acabar no eran nada desechables.
—Parece que eres más de lo que pensaba —murmuró el estrés mientras las paredes comenzaban a hacer fricción—. Parece que... es hora de pelear.
Un rojizo líquido salía de su boca mientras sus ojos se cerraban poco a poco. Su pensamiento decía que ya no iba salir de esta, que Norman ya habría salido y comenzado a quemarlo todo. En cambio, seguía ahí, acabado, sin poder vencer a aquél monstruo.
Su cuerpo denegaba su poder, y dependía únicamente de sus puños para defenderse, pero el enemigo era más rápido. Sin manera de vencerlo, se separó lo máximo intentando descansar y replantearlo.
—¿Cómo? —comentó enrabiado dando de lleno en lo que parecía su rostro de mil ojos.
Sus brazos eran tan largos que incluso llegaban a sobrepasar a sus rodillas, pero eso no los detenía de sus grandes movimientos que cortaban a Dante. Ya estaba a punto de dar su último golpe con todo su poder cuando las paredes comenzaron a temblar. La fatiga siseó en respuesta y se lanzó directo a una pared; siendo absorbido.
Y aunque confundido, pronto se dio cuenta de sus acciones, siendo tragado por la sangre hasta ser escupido con fuerza fuera de la entrada del lugar. A su lado estaba Norman, que al parecer había sido expulsado tan solo un poco de tiempo atrás. Mientras que él mantenía su vista puesta de dónde habían salido. El retumbar seguía, hasta que notaron de dónde provenía realmente el movimiento. Un gigantesco cuerpo carnoso comenzaba a levantarse, tan solo su torso medía al menos cien... no, miles de veces más que ellos. La tierra se rompía conforme salía, confirmando las sospechas de ambos. Pero sumando a un monstruo de gran tamaño contra ellos. siendo tan grande que apenas podían ver su rostro.
Su piel se dividía en gruesas tiras de carne parecidas a escamas dónde goteaban pequeñas gotas de sangre. O eso parecía, lo único que sabían es que era ese mismo lo que los había expulsado. Dante logró captar a la fatiga en el hombro izquierdo del gigante de carne. Pero desapareció poco después siendo absorbido. Fue en ese momento que ambos pensaron igual. «Estamos jodidos».
—¿Cómo piensas que debamos hacerlo?
Pero no había respuesta. Tal vez porque no la tenía. Pero ambos estaban recibiendo una gran cantidad de carga impidiendo el paso de un verdadero plan.
—Tengo un plan para encargarme del grandote —comentó recordando algo que había visto en cada uno de los insectos con los que se enfrentó —. Pero debes seguir mis instrucciones al pie de la letra.
Dante asintió comenzando a escuchar cuidadosamente el plan de como terminarían con los dos. Caminó con firmeza y aunque en su rostro se veían leves gotas de sudor, confío yendo sin dudar en ningún momento.
—¡Eh, cabrones! ¡A ver si pueden enfrentarme! —comentó riendo mientras levantaba el dedo mayor en su dirección; el fuego oscuro comenzaba a ser expulsado de la sombra para salir a la realidad
Los pasos retumbaban a tal punto que el suelo temblaba con solo moverse. De tocar el suelo solo se podían ver arboles destruyéndose o siendo devorados. Además de la tierra poco a poco rompiéndose.
Su tamaño parecía crecer conforme el peso que llevaba sobre sus hombros, esto era el estrés—¡Eso es! —, gritó descubriendo de donde salía tal tamaño. ¡Ese era su poder! Depender del nivel de estrés de las personas a su alrededor. Pero pensar que estaban tan mal como para haberlo llevado a tal punto... Ya no importaba, debía seguir las ordenes que Norman le había dicho.
Norman subía rápidamente entre las quebradizas partes de la carnosa piel en busca de encontrar el núcleo. Ese era su objetivo pues de él se originaban aquellos pequeños problemas que tanto le causaban y, debiendo destacar, desaparecer todo el estrés.
Su cuerpo rodeado de llamas le ayudaba a protegerse de cualquier cosa presente, pues dañaba a sus enemigos hasta la muerte, mientras estuviera en contacto con su verdadero cuerpo le quemaría hasta morir...
Finalmente había llegado, estaba donde creía era la entrada a su corazón. En la entrada había un guardián que no era nadie más que la fatiga protegiendo a su aliado de morir.
—¡Tú! —gritó sorprendido algo molesto de verlo.
Casi por instinto se acercó intentando darle un golpe en lo que fuese su rostro. Pero cuando estaba a punto de recibir el puñetazo, fue tomado por la espalda gracias a sus alargados brazos y lanzado a la pared.
El golpe de aquel muro hizo resonar en todo el lugar, eso significaba que era una zona sensible y Norman sabía de ello. Luego de levantarse saltó a la pared hasta dar una vuelta completa con la que aprovechar la velocidad y darle un puñetazo a la fatiga. Que solo siseaba por una y otra vez.
Casi como si una figura humana de fuego se formara golpeó repetidas veces a su enemigo hasta azotarlo contra la pared donde seguiría sin parar intentando mínimamente desmayarle, con lo que aprovecharía y entraría.
—N-nunca podrás hacerme dormir —comentó una grotesca y bizarra voz, tan profunda que seguramente rompería un par de vidrios de la ciudad.
—Bueno, pues... ve a dormir —exclamó ignorando o al menos intentando ignorar su voz con la suya, siendo sonora como si lo dijera con una improvisada canción.
Una vez desmayado comenzó a caminar de vuelta a la posición a la que debía estar. Dentro una enorme esfera igual que las demás podía ser vista.
Se tomó la molestia de estirar los dedos antes de preparar una pequeña chispa que colocó por debajo de la misma y poco a poco expandió.
La vista era tan maravillosa que antes de irse lo contempló con una sonrisa en su rostro. No era más que lo que tanto trabajo hizo. Se limpió las manos sabiendo que ya estaba hecho y se fue, pues Dante ya debía estar esperándolo.
Por fuera, los pedazos de roca parecían caer rápidamente desapareciendo al contacto con la tierra. Finalmente, los gritos se fueron de lleno con su última voluntad.
—¿¡Cómo pude yo, el estrés, ser derrotado por unos donnadies!?
Pero ni su mayor enojo podía salvarlo ahora. Esfumándose junto a la fatiga que murió aplastada por el enorme cuerpo de su aliado. O eso pensaron, pues antes de irse lo miraron levantarse. Muy diferente a su pasividad anterior, sus alas estaban marchitas, estaba herido y se podía ver a leguas. Todo para decir solo unas palabras. Apuntó a Norman con audacia casi cayéndose.
—¡Tú, ser despreciable! —gritó con la mayor sed de sangre jamás vista antes de caer
Pero la sonrisa de Norman era inmutable, mientras sus ojos estaban llenos de un desdén natural producido de tantos años soportando tales males, esfumando sus pecados con un suspiro y posteriormente dirigiéndose a Dante para hablar.
