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Leon de Trigo

Summary:

Fic muy corto de primavera, Dean encuentra cierto peluche que odiaba, sin saber que nunca tuvo realmente motivos.

Work Text:

Las palabras se le murieron en la garganta.

Dean se quedó quieto y miró la habitación que no había visitado en más de treinta años.

El peluche, aplastado y lleno de polvo, tenía solo un ojo y una sonrisa rota. Dean lo sostuvo un momento. Sintió algo en el pecho: el niño que dormía abrazado a ese león y el hombre en que se había convertido se encontraron por fin en ese momento.

Leo el León. El peluche de Sam.

Dean no dijo nada, se dio la vuelta y le lanzó el peluche a Sam. Sam lo atrapó sin pensar, lo tocó con manos torpes y luego lo sostuvo con mucho cuidado, como si tuviera miedo de romperlo.

—Leo —murmuró Sam, casi sin voz.

—Parece que te ha estado guardando el sitio en la cama —le responde Dean, siempre burlón, pero ahora, en este lugar donde el tiempo parece congelado, suena melancólico.

 

—¿Dean? —La voz de Sam llegó baja desde el otro lado del colchón.

—¿Qué?

—Gracias por no vender a Leo en la gasolinera aquella vez en el 94.

Dean se rió. Hace años, le había dicho a Sam que lo había vendido por unos galones de gasolina.
—Lloraste durante tres estados, no valía la pena. Parecías una niña, durmiendo con él todas las noches y escribiéndole poemas al muñeco. Todavía me acuerdo: decías que te gustaba su pelo como el trigo dorado y sus pecas. Puaj, pura cursilería. Lo hice para que te hicieras fuerte, Sammy, para que fueras un hombre, como yo. Aunque mi encanto no se puede copiar, ¿qué le vamos a hacer, Sammy? Soy único y adorable.

Sam se quedó callado un momento. Parecía que iba a responder con sarcasmo, pero recordó el poema sobre su héroe en las tormentas, el cabello como el trigo y el valor de un león. Curiosamente, no hablaba solo del peluche.

—Dean, no seas bruto, tenía cinco años. Los niños de cinco años pueden tener peluches. Y el poema, el peluche no tiene pecas. No era para él.
Sam siempre fue así. Primero Dean, luego el resto del mundo. Incluso cuando era pequeño.

Y Dean, que a sus treinta y tantos aún quiere toda la atención de Sam —fuera chicas, fuera libros, fuera lo que fuera—, como el Dean pequeño que escondía peluches en la cabaña de Bobby por puros celos, no dijo ni una palabra más.

Algunas cosas no cambian nunca