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Tazas de té y conversaciones a medias

Summary:

No fue amor a primera vista.
Solo tazas de té, conversaciones a medias y un líder de gimnasio que volvía cada día.
Y con el paso del tiempo, se convirtió en algo más.

Chapter 1: Jareth I

Chapter Text

La conoció en la cafetería.

Jareth siempre se dirigía a la misma tras un día de combates en los que había despachado a más aspirantes de los que le lograban vencer. No por nada él era valorado como uno de los líderes de gimnasio más duros, donde la mayoría de jóvenes entrenadores abandonaban su sueño de convertirse en campeones. Jareth no se consideraba cruel, sino eficiente en su trabajo: si no podían derrotarle a él, no tendrían ninguna oportunidad contra el campeón.

No fue un flechazo. De hecho, Jareth apenas reparó en ella en un principio. Nueva camarera, sí, pero en su cafetería favorita, ciertos trabajadores iban y venían, ver una cara nueva no era el acontecimiento del día.

Por lo que esa primera tarde él casi no reparó en ella, más que reconocer a la nueva jovencita tras la barra.

El segundo día ella le sirvió su té con una sonrisa educada y una mirada breve a su Lucario, apenas un segundo de más antes de marcharse.

No fue hasta el sexto día que ella se hizo notar. Ocurrió con un cliente que trató de meter un Hariyama por la puerta de la cafetería. Ella lo interceptó rápido, abandonando su café a medio hacer.

—Pero vamos a ver, ¿no ves que no cabes? Estate quieto antes de que me eches la puerta abajo.

—La puerta debería ser más ancha —se quejó el entrenador.

Ella se cruzó de brazos.

—Las quejas a arquitectura, yo no he hecho la cafetería. Pero tampoco voy a dejar que te la cargues.

Al entrenador no le gustó la respuesta, pero al menos su Hariyama se había quedado quieto.

—Es que la puerta debería ser más grande. ¿Por qué otra gente puede venir con sus Pokémon y yo no?

—Porque los otros caben por la puerta y el tuyo no —respondió ella, constatando un hecho—. Puedes guardarlo en su Poké Ball.

—No voy a hacer eso —el hombre comenzó a alzar la voz—. Pondré una queja. ¡Hariyama, prepárate para combatir!

Jareth se comenzó a levantar. Él no era dado a los combates fuera del gimnasio, pero no iba a permitir que aquel entrenador se sobrepasara con la chica, quien ni siquiera parecía tener ningún Pokémon. Pero ella se adelantó.

—No. Aquí ni combatimos ni rompemos puertas ni gritamos. Si no te gusta cómo hacemos las cosas en esta cafetería, puedes buscar otra.

Y así, sin más, ella empujó al entrenador fuera, con un Hariyama que parecía casi tan sorprendido como él.

—¡¿Qué?! No pue– Tú no–

La camarera no hizo casi a sus réplicas y le cerró la puerta en la cara. Y disuadido, quizás por la humillación de volver adentro, o por haber sido puesto en su sitio por una jovencita a la que ni siquiera parecía importarle demasiado, el entrenador no trató de volver a entrar.

Jareth se sentó, intercambiando una mirada con su Lucario.

—Ah.

Lucario asintió. Ah.

Fue la primera vez que él pensó que la chica no debía ser mucho menor que él, un par de años tal vez.

Al día siguiente, al pedir su habitual té y un dulce para Lucario, Jareth se atrevió a compartir con ella más que breves palabras de cortesía:

—Hoy ha venido a mi gimnasio el entrenador que molestó ayer, el del Hariyama. Le he vencido.

Ella se detuvo, observándolo.

—Tú eres el líder del gimnasio de más abajo, ¿no?

Jareth sintió una leve punzada en el orgullo. Estaba acostumbrado a ser reconocido, al menos aquí en el pueblo. Resultaba imposible no reconocerlo, era el orgullo del lugar, atraía a entrenadores de toda la región, y en la liga Pokémon se hablaba de cómo a él no le vencía cualquier aspirante, cómo a partir de Jareth solo quedaban los mejores.

—Sí, ese soy yo —contestó él con una naturalidad que quizás forzó mínimamente. Lucario lo miró, pero Jareth lo ignoró—. Aunque estoy seguro de que debes reconocerme.

—Sí, por supuesto, he oído a los clientes mencionarte. Pero quería saber si era cierto.

—¿No me has visto en las pantallas cuando transmiten la liga?

Ella se encogió de hombros con una pequeña sonrisa.

—No me gustan mucho los combates. La verdad es que yo–

Se detuvo al ver a otro camarero haciéndole un gesto.

—Discúlpame.

Ella se fue para atender lo que fuera que su compañero quería… Y no volvió.

Lo peor fue que ella no lo desdeñó, ni se mostró desagradable, ni buscó parecer interesante frente a él. Lo peor era su natural indiferencia. Ella tenía tareas que hacer, debía continuar su trabajo, y eso era lo que hacía. Si no volvió fue porque estaba ocupada atendiendo a otros clientes y otras labores, y a Jareth lo trataba… Como a un cliente más.

No es que Jareth esperara un trato especial, nunca había sido demasiado altivo, pero sí estaba acostumbrado a que la gente se detuviera en él más de lo habitual, que le preguntaran sobre su trabajo, sobre los combates, sobre Lucario.

No, Jareth no esperaba un trato especial, pero sí, tal vez, más atención que a un cliente medio.

Visto en perspectiva, Jareth debería haber sabido en qué se estaba metiendo.

Pero efectivamente no fue un flechazo, ni ese primer día que notó una camarera nueva, ni aquel otro en el que ella dejó la conversación a medias y no se molestó en retomarla.

Fue mucho más lento, más comedido.

Ella no mostraba más interés en Jareth del que mostraba con cualquier otro cliente, pero él iba a esa cafetería casi cada día, por lo que irremediablemente se iniciaban conversaciones entre ellos. Algunas de las cuales, añadiría Jareth, ella abandonaba cuando se la necesitaba en otro lugar.

Aún recuerda cómo los ojos de Lucario se iluminaban con mofa cada vez que ella lo dejaba con la palabra en la boca.

Con el tiempo Jareth descubrió que su nombre era Annelise.

Sofisticado, pensaba el líder de gimnasio, bonito. También descubrió que ella sí tenía un Pokémon, un Sylveon, pero según le comentó la chica, apenas había combatido con él.

Eso era algo que Jareth respetaba, sabía que había muchas personas que nunca se molestaban en entrenar a sus Pokémon ni combatir con ellos, pero aun así, y como líder de gimnasio que diariamente se enfrentaba a otros entrenadores, alguien que no tenía el más mínimo interés en combatir le resultaba… Extraño.

Cuando él le preguntó por qué no tenía a su Sylveon con ella en la cafetería, la respuesta de la chica fue:

—¿Y para qué quiere él estar aquí?

Jareth no insistió.

Con el tiempo, también, él pudo observar más del carácter de Annelise. No es que lo escondiera, Arceus lo sabe, y aquel día del terco entrenador con su Hariyama era muestra de ello. Pero en general Annelise se presentaba como una camarera amable, por lo que algunos clientes menos habituales se sorprendían cuando ella ponía en su sitio a quien lo merecía, con esa firmeza que solía dejar sin réplica.

Jareth se divertía cada vez más viendo cómo Annelise despachaba a los incordios de la cafetería.

Un día Jareth se percató de que era Annelise y no ninguno de sus compañeros quien usualmente le atendía. Eso no ocurría antes, ¿verdad?

—Oye, Lucario —murmuró Jareth una noche, mientras ambos volvían a casa—. ¿Tú has notado que Annelise se nos acerca más que antes? Suele ser la que nos toma nota, siempre busca un hueco para hablar con nosotros. Hasta nos pregunta por los combates, y eso que dice que no le gustan. Ya casi nunca deja las conversaciones a medias, también.

—Rio —asintió el Pokémon, y luego miró a su entrenador con un destello de reconocimiento en los ojos—. ¿Luc? ¿Cario?

—¿Qué? No, no es que me importe demasiado. Es solo una observación.

—Lucario —su voz iba cargada de suficiencia.

—Deja de mirarme así. Y no intentes leerme el aura o te mando a tu Poké Ball.

Habían pasado algunos meses desde aquel primer día en el que Jareth la conoció. Esa tarde debía reunirse con la liga Pokémon para tratar cierto asunto del nuevo torneo. Él siempre avisaba en la cafetería si al día siguiente no podría ir, pero en aquella ocasión no lo hizo, suponiendo que la reunión acabaría pronto.

Errada suposición.

El cielo ya había oscurecido cuando consiguieron salir.

—Va a estar cerrado —avisó Jareth, pero eso no le impidió recorrer el camino hacia la cafetería.

¿Por qué, si sabía perfectamente que hacía 10 minutos que cerraban? Nunca abrían por la noche, Jareth conocía el horario. Y aun así ahí iban los dos, subiendo la colina hasta el establecimiento.

Definitivamente el corazón de Jareth no se aceleró cuando vio a cierta persona en la puerta, y definitivamente ignoró la mirada de Lucario.

—¡Mira quién nos honra con su presencia! —pero Annelise estaba sonriendo.

A Jareth se le contagió el gesto.

—Perdona, tuve lío con la liga Pokémon, y… Oh.

Su sonrisa se ensanchó. Junto a los pies de Annelise había un Pokémon, el Sylveon que le había oído mencionar a ella en varias ocasiones.

El rostro de la chica se iluminó.

—Este es Sylveon, ¿recuerdas que te he hablado de él?

Por supuesto que Jareth se acordaba, como recordaba cada cosa que ella le mencionaba.

—Sí, nos lo has mencionado. Hola, Sylveon, me alegro de conocerte por fin.

Sylveon miró a los recién llegados con interés, aunque con uno que a Jareth le recordó al de la propia Annelise: le resultaba levemente interesante conocerlos, pero si no hubiera ocurrido, le daba igual.

Mientras el Pokémon más pequeño se acercaba a Lucario, Jareth se percató del vaso de cartón en las manos de la camarera. Cuando Annelise notó sus ojos, su rostro se iluminó de nuevo.

—Esto lo he guardado para ti —dijo ella, acercándose y dándole el vaso con suavidad pero sin ceremonias.

—¿Eh?

Sí, esa no fue su respuesta más ingeniosa.

—Suponía que vendrías, ayer no avisaste de lo contrario. Así que aquí tienes, el té que te gusta. Está ya medio frío porque has tardado, pero bueno, hubieras llegado antes.

Probablemente fuera ahí cuando Jareth descubrió que se había enamorado de ella.

O tal vez ocurrió la semana siguiente, cuando vio a Annelise entre el público, observando uno de sus combates.

Definitivamente fue cuando tras dejar la cafetería para seguir formándose como cocinera, ella le pidió continuar en contacto. O, claro está, el momento en el que ella respondió que sí quería una relación con él.

Lo que sí sabe Jareth es que ya estaba profundamente enamorado cuando decidió abandonar los combates oficiales y dejar de ser líder de gimnasio, cuando tuvo a Annelise a su lado en todo momento, sosteniéndolo contra ella aquella noche que él se lamentaba de su decisión, o todos esos días en los que ella le apoyó, reafirmó y ayudó a encontrar su nueva profesión como guardabosques.

Al menos eso es lo que Jareth expresó en su boda. Eso y todos los años que compartieron juntos hasta ese día en el que el ex líder de gimnasio no se molestó en ocultar sus lágrimas. Incluso Lucario se veía afectado, aunque quisiera fingir lo contrario.

Ahora es Jareth el que le prepara tés a Annelise. Aunque sigue siendo ella la que deja sus conversaciones a media.

—Ten cuidado, está caliente —murmura él, entregándole la taza.

Annelise la toma entre sus manos, soplando la superficie.

—Gracias. ¿Le has echado azúcar?

—Claro que le he echado azúcar —Jareth parece ofendido, porque ¿cuándo se ha olvidado él de añadir azúcar al té de Annelise?

Se sienta tras ella, colocándose cómodamente para que Annelise se recueste contra su pecho. Jareth la envuelve con sus brazos, una mano en su costado mientras la otra desciende, cuidadosa de no molestar a Sylveon en el regazo de ella. Sus dedos se deslizan hacia abajo hasta posarse en la barriga de Annelise.

—¿Lo has notado? —susurra ella tras varios momentos.

—Sí —responde él.

Ajusta su mano, buscando… hasta que siente el movimiento contra ella de nuevo. Jareth sonríe, enterrando su cara en el cuello de su mujer, notando otro golpecito contra su palma.

—Lucario, ¿quieres sentirlo? Está muy activo, o activa.

—Podríamos saber si es activa o activo —comenta él, chinchándola un poco—. Si alguien no quisiera esperar hasta verlo ella misma.

Annelise le ignora y mira a Lucario, que se acerca como diciendo “bueno, vale, si os hace ilusión”. No engaña a nadie, desde que Annelise se quedó embarazada ha estado más atento que de costumbre a ella.

Lucario presiona suavemente una pata en la barriga, sabiendo exactamente dónde se halla el movimiento. Sus orejas se agitan hacia atrás cuando el bebé da otra patada, esta vez más fuerte, y Sylveon desplaza uno de sus lazos para posarlo junto a la mano de Lucario.

Desde aquel día que él apenas la notó, desde aquella tarde que ella mostró por primera vez su carácter, desde aquella noche que ella lo esperó con un té ya frío…

No fue un flechazo, no, y Jareth no sabría decir cuándo se enamoró realmente de ella. Pero lo que sí sabe es que agradece cada día a Annelise por aparecer y formar parte de su vida, llenándola de una chispa muy distinta a la de los combates, pero mil veces más luminosa.

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