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El camino se encontraba bastante tranquilo. Durante toda la mañana habían paseado sin incidencias, disfrutando del sol, la suave brisa y su mutua compañía. Salieron del pueblo temprano, como a él siempre le gustaba, sin más de lo necesario en la mochila. Como cada día.
Cuando el sol ya se encontraba en la cúspide del cielo, Kaleb decidió buscar algún área para descansar. No les llevó mucho tiempo dar con un claro, y él, como cada vez, extendió una manta sobre la hierba, dispuso la mochila sobre ella y se sentó, ya rebuscando el almuerzo. Apenas se elevaba una suave brisa alrededor de ellos, y la luz del sol calentaba pero sin agobiar, en ese mediodía que ya se sentía como verano pero sin el calor asfixiante característico de este.
Phantump se acercó flotando suavemente. Kaleb, que ya la conocía tan bien, sabía que su compañera estaba impaciente, aunque su forma de mostrarlo fuera tan suave y callada. El chico sonrió y desenvolvió el sándwich que esa mañana había preparado para ella.
—Toma, anda, ¿tienes hambre? —preguntó él mientras le entregaba la comida.
Ella asintió suavemente antes de coger el sándwich entre sus manitas, sentándose junto a él. Esa mañana a Kaleb no le había dado tiempo a quitar la corteza, o tal vez se olvidó, o quizás simplemente le gustaba observarla a ella hacerlo, a juzgar por la mirada enternecida que él tenía depositada en ella, mientras la pequeña Phantump arrancaba la corteza del pan con su paciencia habitual.
—Es manía —comentó él—. Realmente la corteza no se nota. Yo he probado con y sin, y apenas hay diferencia. Algún día podrías simplemente… —Kaleb hizo un gesto vago con su mano— comértelo tal cual está.
Phantump levantó la vista a él y negó levemente con la cabeza. No, eso no era una opción.
Kaleb suspiró, divertido, y sacó su propia comida mientras Phantump daba un pequeño bocadito a su sándwich, ya adecuado para ella, como debía ser. Sus mordiscos eran pequeñas muecas que él encontraba adorables. Nunca había visto si Phantump tenía dientes, pero suponía que así era por las pequeñas marcas que ella dejaba en el pan.
—El próximo pueblo es famoso por sus dulces —comenzó Kaleb, solo para rellenar el silencio, aunque este nunca parecía incómodo junto a ella—. Tengo ganas de probar el de miel, parece jugoso. Leí que unos tienen bayas Ango, te compraré uno y varios para el camino si te gustan.
Phantump dejó de comer un momento para mirarlo y asentir, como si no tuviera ninguna duda de que, efectivamente, eso es lo que él haría. Kaleb ya había hablado de ese pueblo y esos dulces con anterioridad, y como siempre, Phatump lo había escuchado. El chico hacía eso a veces, repetirse, comentar algo de lo que ya había hablado otro día, pero a su compañera no parecía importarle. Y de todos modos, ¿quién determinaba que él solo podía hablar de un tema una única vez?
Él siguió hablando sobre el siguiente pueblo, el anterior, o el camino de la mañana. Phantump asentía de vez en cuando, y entre bocado y bocado sus ojos subían hacia él, pero como de costumbre, esa fue su forma de mostrar que escuchaba.
Cuando Phantump terminó su sándwich (mientras el chico seguía charlando sobre el pequeño lago que habían visto hacía un par de horas y los Surskit que en él habitaban), extendió sus manitas hacia él. Kaleb apenas detuvo su monólogo, ya sabiendo lo que ella quería: una servilleta.
—… Y los Tynamo, no sabía que aquí habría de esos —dijo él, pasándole la servilleta.
Phantump la cogió y se limpió las manitas con suavidad. Nunca le gustaba ensuciarse, pero era algo inevitable en sus viajes. Cada vez que ocurría, sin embargo, ella detenía a Kaleb, señalaba su mancha (que a veces, él juraba, ni venía), y esperaba hasta que el chico le daba algo para limpiarla o hasta que lo hiciera él mismo. Ahora Kaleb vio unas migas en el pecho de la pequeña, por lo que cogió la servilleta él mismo y las apartó con ella.
—… Una vecina tenía un Eelektross. Vecina de cuando era pequeño, antes de mudarnos. ¿Te acuerdas que te dije que cuando era pequeño vivíamos en una casa distinta, y que nos mudamos cuando mi madre cambió de trabajo?
Phantump asintió en silencio, dejando que él siguiera limpiándola distraídamente, sin percatarse de que ya no había nada que limpiar. Ella se elevó en el aire, lo suficiente como para acercarse a él y sentarse en su muslo. Él la ajustó en un gesto automático.
—Pues ahí, teníamos una vecina con un Eelektross. No sé, yo pensaba que en Kalos no había —Kaleb mordió su bocadillo, que aún llevaba a la mitad. A Phatump nunca le importaba esperarle—. Pero ahora hay una gamer muy popular que sí tiene una Eelektross, así que no sé. A lo mejor en la capital sí hay, pero donde yo he vivido no, eso seguro.
Phatump posó sus manitas sobre su propio regazo. Su mirada no se apartaba de él, esos ojos grandes y profundos, más inocentes de los que se esperaría de un Pokémon fantasma.
—De todas formas la capital ahora está muy rara, han pasado muchas cosas. Yo he visto noticias por encima y ya, pero tampoco he leído en profundidad. No soy mucho de leer, ya lo sabes, me gusta más el aire libre. De todas formas mamá dijo que ellos estaban bien y que nada les había llegado al pueblo, ¿te acuerdas? —Phatump asintió de nuevo—. Pues eso, que tampoco hace falta preocuparse.
Phantump dejó que Kaleb divagara varios minutos más, entre bocados espaciados del bocadillo que no terminaba de comer. Pero tras un rato ella flotó otra vez, en esta ocasión hacia la mochila, y la señaló en silencio. Kaleb dejó de hablar.
—¿Eh? Ah, ¿fruta? —Phantump hizo un ligero movimiento con la cabeza. Sí, fruta—. Vale, perdona, perdona, voy —dijo él, divertido, dejando su bocadillo aún a medias a un lado.
Kaleb cogió una manzana que había metido en la mochila para su compañera. Él mismo no era tan fan de ellas, pero a Phantump le gustaban, por lo que con el tiempo el chico se había acostumbrado a comprarle alguna cada vez que en cualquier mercado las veía apetitosas.
Phantump flotó más cerca, observando cómo él pelaba la manzana con manos diestras. Resultaba gracioso la concentración con la que ella miraba sus movimientos, como si se trataran de una magia complicada en lugar de una escena que se repetía casi a diario.
Una vez Kaleb quitó toda la piel, comenzó a cortar el resto de la fruta en pequeños trozos para ella.
—Ya sabes que no se me da bien hacer formas —comentó el chico, dándole un trozo parecido a un cubo, si se miraba amablemente.
Phantump lo cogió y lo mordisqueó, contenta de esa manera callada suya, mientras él seguía cortando trozos, algunos irregulares y otros directamente abstractos. Pero pese a la falta de destreza en lo que a cortar fruta artísticamente se trataba, resultaba agradable hacerlo para alguien que lo apreciaba.
La brisa se alzó ligeramente, pero no lo suficiente como para ser molesta, mientras los rayos de sol invitaban a disfrutar de la tarde. Y eso era algo que Kaleb, y ahora Phantump también, hacían a diario.
El chico empezó a hablar ahora sobre qué hacía él cuando se acercaba el verano, antes de decidirse a viajar a otra región. Y Phatump, como siempre, lo escuchaba en silencio, comiendo sus trozos irregulares de manzana mientras él seguía robando bocados a su bocadillo y luego de un par de plátanos entre anécdota y anécdota, hasta que por fin él también terminó.
—¿Te has quedado a gusto?
Phantump asintió, satisfecha, y usó la servilleta de antes para limpiarse de las manitas el jugo pegajoso de la manzana. Tras ello se elevó y se acomodó en el hueco de su brazo, el lugar que él suponía el favorito de ella. La Pokémon tenía la decencia de no hacerlo mientras ambos comían, pero una vez terminados ya nada la frenaba de acurrucarse contra él.
Kaleb rio y se recostó en la manta, sobre su espalda, mirando el cielo de un azul vivo.
—¿Estás cómoda?
Otro asentimiento por parte de Phantump. Pese a que su comunicación se basaba en muchas ocasiones en simplemente asentimientos y pequeños gestos por parte de ella, Kaleb la entendía perfectamente. Su compañera no necesitaba grandes respuestas para hacerse entender.
El chico ajustó su brazo, atrayendo a Phantump más hacia su pecho, mientras la pequeña Pokémon se ajustaba contra él, acurrucándose con la cabeza apoyada en su brazo.
—¿Vas a dormirte? —preguntó él sin siquiera mirarla. Un leve movimiento de ella le indicó que efectivamente eso era lo que planeaba—. Pues yo igual también.
Kaleb la ajustó una vez más, aunque no fuera necesario, y una mano se posó suavemente en la cola fantasmal de Phantump.
—Pero solo un rato, ¿vale? Que luego hay que seguir.
Otro leve movimiento, otro asentimiento.
Kaleb también se permitió cerrar los ojos, relajado. Phantump no necesitaba más que el brazo de su entrenador y una barriguita llena de comida infantil para estar completamente en paz.
Y él, sinceramente, tampoco quería pedir más.
