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Todo comenzó con una dosis minúscula: una mirada fugaz, una sonrisa de una sola línea, y la evocación de un nombre que lo perseguiría como una maldición: Jerónimo Ponce III; alguien quien claramente suda privilegio, por la manera tan despreocupada en la que se desarrolla con sus compañeros, burlándose y siendo un idiota descarado, sin temor a ser segregado por los demás de su grupo igual de adinerados. Razón por la que Mondragón no le habría interesado, considerando que la carrera que eligió no abarcaba la totalidad de la administración y gestión empresarial como para compartir puntos en común más allá de la asociación en sus carreras, mucho menos se creía capaz de seguirle la corriente cuando se burló de Recursos Humanos, llamándoles los lamebotas trajeados del jefe; era simplemente una droga desagradable.
Sin embargo, tragó la siguiente dosis que era Jerónimo cuando se volvieron a encontrar, escuchándolo hablar de la empresa que fundó su abuelo, acerca de las distintas sucursales, de lo emocionado que estaba por conocer aquella que reside en Ciudad de México, de la cual, casi de forma inconsciente, comenzó a relatarle al presumir su deseo de realizar sus prácticas profesionales y servicio social ahí, ya que se había dedicado a investigar la empresa previamente para asegurar su plaza [aunque ciertamente, era sencillo. Jabones Olimpo no era una empresa globalmente cotizada a lo que había conseguido informarse, de hecho, parecía todavía tener varios tropiezos para alzarse como una marca de reconocimiento nacional]. Sus comentarios avivaron el ánimo contrario, ganándose una fuerte palmada en la espalmada para asegurarle que le agradaba.
Que podían trabajar juntos en el futuro, pues le interesaba tener a alguien tan emocionado por el futuro de la empresa como su persona.
Al estudiante de Recursos Humanos le causó gracia, minimizando la oferta de trabajo hasta que la tercera vez fumó sus palabras con desesperación.
Por supuesto, Ponce III no era el más elegante al hablar, ni poseía un léxico extenso. En realidad, sus muletillas eran tan constantes y torpes, por lo que brindó su ayuda para mejorar la oratoria de este a cambio de cervezas, siendo un elixir en la temporada de examen.
Trato que siempre llegaba con mayor ganancia, dada a la calidad de las botellas que traía repentinamente a comparación del alcohol que conseguía en su reciente adultez.
Era agradable beber solo los dos, o con más personas; se sentía bien estar a su lado porque podía ser menos rígido. Podía simplemente relajarse y rebajarse a un nivel paupérrimo sin necesidad de lamentarse en su moralidad; eran libres ante la falta de juicios válidos, dado que se reía de sus chistes pésimos, se mofaba de sus comentarios denigrantes e incluso, en algunas ocasiones, se tomaba el atrevimiento de encararlo con comentarios, que nunca se tomaban a mal. Como si pudiese reconocer la sinceridad detrás de las palabras que se entorpecían con cada consumo de esa droga.
Poco a poco lo siguió consumiendo, lo continuó probando; las dosis diminutas ya no le satisfacían: necesitaba más, lo quería todo, beberlo por la noche, fumarlo durante el día, inhalarlo en cada tarde; devorarlo entre las comidas.
Le gustaba lo que conseguía, le agradaba la compañía; ni un solo trago sabía igual cuando estaba a solas o con un grupo completamente distinto al suyo.
Lo relajaba, lo hacía feliz:
Lo condenaba.
La tentación creció, lo consumió. Perseguía constantemente los alivios que se volvían tortura.
Las noches y los días se desvanecen, el concepto del tiempo era extraño, irreal; sus bolsillos se vaciaban con una velocidad preocupante y, sobre todo, lo estaba necesitando.
No era fácil admitirlo: lo necesitaba. Mucho, todo el tiempo; su alcoholismo no parecía ser real cuando estaba a su lado, burlándose de su condición antes de sumarse o, sencillamente, ayudándolo a despegarse del vaso antes de que cometiera graves errores. Como aquel día que lo encontró cerca del jardín de niños, consumiendo la suficiente cantidad de sustancias ilícitas que fue suerte, o un soborno, lo que le libró de tener una denuncia con agravamiento gracias a la zona escolar.cerca del jardín de niños, consumiendo la suficiente cantidad de sustancias ilícitas que fue suerte, o un soborno, lo que le libró de tener una denuncia con agravamiento gracias a la zona escolar.
Debió ser todo, su golpe de realidad, ese escenario debió de convertirse en el ultimátum.
Solo que no podía desintoxicarse sin probar el pecado más grande.
Tres, seis, doce tragos; ha perdido el hilo de la conversación desde hace media hora. Finge seguirlo escuchando de algo, tal vez de su abuelo por la forma en la que hace ese sonido ridículo que lo llena de orgullo; tal vez solo comparte sus sueños, o al menos, lo intenta según lo que su sistema le permite; ambos están en lo más bajo del inframundo, son versiones indeseables; son perfectamente compatibles.
Los latidos de su corazón lo marean, le provocan vértigo. ¿Cuándo acabarán los efectos secundarios?
Busca anclarse al cuello de la botella, desesperado por recordar lo que es tierra firme. Solo que su visión está borrosa, haciéndole incapaz de calcular el espacio hasta que toca el dorso de la mano de Jero, quien lo ve con esos ojos que parecen ridículamente grandes, cariñosos. Lo que era, de forma torcida e imperfecta; fue testigo de sus intentos de conquista hacia varias de sus compañeras al confundir fácilmente amabilidad con coqueteo.
¿Podría confundirlo ahora? Al menos durante un segundo, durante un pestañeo, hasta que el sabor del alcohol se desvanezca de su garganta.
—¿Mondra?
Sabe que lo llaman, una tras otra vez; sabe cómo suena su nombre en su boca: a una botella destapándose, presumiendo de su frescura; sabe cómo se ven los labios que lo atraen peligrosamente.
Su vicio lo está aclamando entre la preocupación y la confusión.
Dedos fríos se recargan en su frente caliente, lo que le motiva a suspirar aliviado por la diferencia térmica que se crea.
Es como el hielo flotando sobre el alcohol caliente que es.
—Oye.
—¿Sí?
—¿Recuerdas esa anécdota extraña de tú abuelo con Don Lover? —cuestiona lo mejor que puede, aferrándose a la mano que no escapa, al contrario, incita a tocar fondo. —¿Podrías…volverla…a contar? —ignora los espacios que hace en medio de la pregunta, centrándose en como su mano se dirige hasta el botón más alto de su camisa de vestir, desabrochando lentamente el mismo. —Quisiera escucharla.
La manzana de Adán vibra, presumiendo el nerviosismo de quien no sabe cómo actuar ante una situación que sueña con todas las mujeres y nunca con su ser.
Pero cualquier sustancia inhibidora puede embellecer a cualquiera, ¿no?, lo puede hacer lucir como esas chicas que lo tienen dando vueltas como el idiota e inconsciente que es.
—Pues- verás, ellos estaban —vuelve a dejarlo de ver, perdido en los gestos nada sutiles del hombre indiscreto.
Sabe cómo va la historia, están pensando en la misma cosa que su persona, usando la misma justificación que palpita en su pecho.
Es una noche, un juego: solo una dosis más y lo podrá soltar.
Un juego “inocente” entre copas y ganas.
Apenas se menciona la palabra “calor” ha conseguido desbotonar tres de los botones superiores, presionando los labios sobre la piel expuesta.
Su gemido le inyecta el éxtasis que requiere para recorrer, poco a poco, la apertura que con cada botón apartado.
—¿Te gustaría seguir los pasos de tú abuelo?
Quizás en otro contexto, eso habría acabado con cualquier avance, considerando que incluir en la conversación a un familiar de quién te quieres coger no es lo más sensual. Curiosamente, eso no detuvo a su compañero; tal vez porque estaban en el departamento que Jerónimo rentaba mientras estaba en la ciudad, posiblemente porque estaba tan ebrio como su ser.
Acarician el costado de su cuello, su nuca, pasan un dedo delgado a lo largo de la columna vertebral; lo que lo lleva a gemir en su pecho, besando tanto como puede, quemándose con el ardor de una piel demasiado familiar para su gusto.
Iván Mondragón le arrebata la totalidad de la camisa, acariciando el cuerpo ancho antes de que sean sus propias manos los que acunen el rostro del que ahora se vuelve un amante nocturno.
Nadie muere por un beso, nadie muere por bacardi que sigue impregnado en la boca de su amigo.
No es un adicto.
Junta sus labios, dando besos pequeños, torpes e incómodos, o al menos lo eran hasta que el otro reacciona, ajustando sus cabezas para mayor comodidad de ambos; era verdaderamente un alivio que sus diferencias de altura fueran mínimas, ya que necesita activamente colgarse de sus hombros para no caerse al dejar de sentir las piernas.
Cuando detecta que quieren detenerse para asegurarse de que todo está en orden, encaja la punta de sus dedos donde puede.
“Más” era lo que quería decir, lastimosamente lo único que conocía en su vocabulario en ese momento era su nombre, al que ahora se dedico llamar tantas veces hasta que no hubo espacio para conversaciones triviales.
Lo llevan de reversa hacia el sofá, sin detenerse ni un momento en el mar de caricias, besos y mordidas; Mondragón se lleva la grata sorpresa de que, con un poco de incentivo, aquel que sueña con su “jefe” actúa bastante bien; fiel a las órdenes, al reconocimiento.
Tira de su barbilla, volviendo a recordar cómo engatusar para seguir en la buena vista de su líder.
Sí. Era verdad lo de ser un lamebotas (o un lamebolas en este instante que el pudor no es una palabra que entienda el significado).
—Llévame contigo cuando nos graduemos.
Ambos torsos desnudos, dos pares de manos tratando de deshacerse del cinturón de su contraparte.
—Lo iba hacer incluso si no quisieras.
Ríe, antes de que el gemido llene la habitación al sentir como acarician su erección.
La mañana llega, se encuentra acostado en el sofá. La cabeza está a punto de explotarle, por lo que tantea sobre la cama en busca de su reloj despertador para evitar el sonido que le reventará los tímpanos; lo que no sucede porque se encuentra con el vacío, y si no fuese por el susto repentino que siente, seguramente se habría caído del mueble.
Se mira, cubierto por una manta que no recuerda haberse colocado; se descubre un poco, con la intención de levantarse tan lento como puede hasta que la ausencia de ropa hace que se descubra por completo, evidenciando su desnudez con una gran cantidad de marcas que sabe muy bien no estaban ahí antes.
Con la migraña presionando sus paredes craneales, intenta rememorar qué sucedió hace unas horas. Pues no recuerda haber estado en un antro, o con los de su carrera, ni las de-.
Un ronquido lo hace mirar hacia abajo, donde su amigo está profusamente dormido, agarrando la hebilla del cinturón con recelo.
Oh no, no, no, no.
¿Qué hizo? ¿Qué han hecho? No cree poder verle a la cara después de esto.
Trata de levantarse, la zona de su cadera reniega ante la acción.
Genial, es simplemente genial.
Trata reiteradamente de sentarse, posteriormente vestirse, para concluir con la huida más vergonzosa que se le puede ocurrir en medio de los efectos de la cruda.
Ni siquiera se atreve a dejarle una nota, apenas y puede musitar una disculpa por robarle las llaves del departamento antes de dirigirse a un rumbo distinto a su casa.
Dura un mes anexado, agradecido de que sus familiares no hicieran demasiadas preguntas al segundo uno en el que pidió, con desesperación, ser internado; el tiempo por fortuna no afectó a sus estudios, principalmente al mentir un poco sobre la situación y hacer algunos tratos para que los trabajos no le afectaran, considerando que su promedio era excelente pese a sus aventuras desastrosas.
Cuando sale, con la intención de abrazar su logro de estar rehabilitado en un tiempo récord, la cara que le ha atormentado en sueños lo busca, con la ahora presunta amenaza de seguir su plan de llevárselo consigo.
Calla durante un buen rato, recibiendo una avalancha de chistes como de preocupación verdadera.
Fuerza una sonrisa, indicándole que necesita primeramente la experiencia en la sede de Ciudad de México si quiere ese sueño, considerando que cuando se gradúen, se deberán separar ya que el próximo dueño de la central original en Aguascalientes deberá ir de regreso a casa.
El trato le parece justo.
Lo que le alivia, porque no cree estar seguro de haberse salvado del todo.
