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A nadie le sorprendía que, tras una llamada [que todo mundo podía apostar, con completa seguridad, se trataba de Juana] Jerónimo saliese de su oficina, en donde habían visto, prácticamente cuadro a cuadro, como la expresión del hombre se transformaba a una de completa seriedad. Lo que sinceramente no era común, y tampoco habría sido alarmante si no fuese porque estaban a un día del pago de la nómina; y dada a las tendencias del hombre…
—Debemos hacer algo —Mine interrumpe, levantándose de su lugar para poner ambas manos en el escritorio. —Les juro que, si se retrasa un solo minuto la paga, y pierdo mi super promoción de maquillaje con envío gratis en el mismo día-.
—¿No es eso una estafa?
—¿Cómo era? Seguro la nueva promoción de Temu. Aunque nunca imaginé que comprarías de ahí, si me lo hubieras dicho, te habría conseguido un mejor descuento y hasta de marca nacional.
—¡Concéntrense! —vuelve a interrumpir la rubia, apoyada por Sofi, quien no duda agregar otra anécdota que vuelve a dejarlos tensos. —Alguien tiene que ir a distraerlo para que no contagie la depre a nuestros bolsillos.
—Yo no quiero —dice Qwerty, todavía fijando su mirada en la pantalla de la computadora al tener una partida de League Of Legends desarrollándose. —Estoy demasiado ocupado con Yuumi como para tratar de distraerlo con una skin.
Las miradas solo se concentran por un segundo en el hombre, antes de que ellos continúen con su reunión de emergencia.
Memo se levanta, con una serie de papeles doblados dentro de un bote de plástico. —Nunca llegaremos a un acuerdo a este paso. Así que haremos esto al azar.
—Yo podría- —Lucio Galván interrumpe inmediatamente a Aniv.
—Considero que esto es un movimiento bastante legal, y para asegurarme de que esto no se encuentre manipulado, tomaré el primer papel.
En efecto, cogió el primer papel, el cual salió en blanco. Lo que definitivamente auxilió a la tranquilidad de la mayoría, considerando que la probabilidad de ser quien tuviera una conversación incómoda con el jefe; después de varios minutos en los que se organizaron, revelando una variedad de papeles blancos. Varios sonidos de exhalación crearon un sonido ambiental que relajó el ambiente, hasta que un rostro se contorsionó lo suficiente para llamar la atención de todos.
Iván Mondragón tenía la palabra “perdedor” escrita con tinta azul.
Ángeles es la primera en preguntar si realmente era buena idea enviarlo a calmarlo, considerando los claros conflictos que tiene Jero sobre el mismo, Betty Benítez solo hace un sonido de indiferencia, asegurando de que ella no tiene las cualidades para tranquilizarlo incluso si le hubiese tocado el infortunio de auxiliarlo; cuando por nueva ocasión Aniv trató de postularse como voluntario, Giancarlo dice una verdad que les parece irrefutable: es más fácil lidiar con este una vez peleado con Mondragón que en su faceta depresiva incómoda. Y si utilizaba las palabras correctas, podría provocarlo para que incluso adelantara el pago en un impulso.
Con ese pensamiento colectivo en mente, todos recogen sus cosas para marcharse, y justo cuando el encargado de recursos humanos trata de hacerlo de igual manera, es detenido por cada uno de sus compañeros, que le dan falsos agradecimientos, pues cada uno de los comentarios son pasivo-agresivos, unos más amenazantes que otros.
Mondragón aprieta el puente de su nariz, sabiendo que la tarea que le impusieron sería complicada. Especialmente por las nuevas condiciones en las que se encontraba: Jerónimo y su persona, bueno, habían cerrado la brecha después de una acalorada, candente, y muy…curiosa discusión; lo que le había hecho querer evitarlo durante unos días, principalmente porque, bueno, era el más consciente de la relación no tan disimulada [pero bastante complicada] que llevaba con la mujer. Sumado a ello, sabía perfectamente el rechazo inherente que tenía el contrario acerca de las amantes o intercambio de parejas.
Por lo que creía que fue una situación de una vez donde las circunstancias [y una recaída que juró evitar a toda costa] eran irrepetibles.
Busca en cada rincón habitual, o en los espacios que recuerda haberle visto saber llegar. Sin embargo, lo único que encuentra son espacios vacíos, intactos, aunque está seguro de que no ha abandonado las instalaciones por los ruidos intermitentes de canciones de despecho que se filtran entre los muros.
El hombre moreno se detiene frente a la puerta que conecta a la azotea del edificio, considerando que la canción de “Mátalas” de Alejandro Fernández se escucha a un volumen exageradamente alto, lo que le lleva a cuestionarse si ha robado alguna bocina o si, por algún motivo, tenía algún altavoz resguardado para su próxima idea drástica.
Toma todo el aire que le permiten sus pulmones antes de empujar la puerta, desconociendo lo que le espera al otro lado.
—¿Jero? Los de la oficina estaban preocupados por ti y —sostiene el sonido de la “i” cuando no obtiene una respuesta directa, ni siquiera una reacción, a lo que modifica la intención del discurso. —¿Quieres hablar acerca de esa llamada?
—¿Qué flores les gustan a las mujeres?
—¿Perdón?
—Necesito flores, algo que diga “ya no me puedo enojar contigo porque esto es lo más romántico que me han dado” y sus hormonas vayan por el camino correcto. O que, si está en esa situación del mes, pues su humor sea más en la cama.
—No estoy seguro de querer participar en esta conversación…
—Deja de ser tlaxcalteca un momento —. La voz de Jerónimo, normalmente que puede ser suave o incluso despreocupada, adquiere un tono más ronco, dándole la seriedad suficiente para desconcertarlo. —De hombre a hombre, es donde más necesitamos ayudarnos —Mondragón sigue permaneciendo cerca de la puerta, debatiendo internamente en si dar marcha atrás y arriesgarse al mañana, donde lo enfrentarían sus compañeros, o tratar de sobrevivir a la mirada de la que es víctima. —O si eres incapaz de tener sororidad —alza una ceja, completamente seguro de que el tercero de los Ponce no tiene una idea real de lo que significa esa palabra y lo habrá aprendido de alguna pregunta realizada a Alexa.
Pregunta de la cual, por su bien mental, no desea indagar.
Parpadea cuando de pronto Jerónimo lo tiene con la espalda apoyada en la puerta, casi presionándolo con su cuerpo.
—¿Quieres ver quién es tú jefe?
Sus ojos se encuentran en medio de la amenaza, encontrando una profundidad que habitualmente no veía. De hecho, solo una vez tuvo el (dis)gusto de verlos.
Y fue durante el trago que dijo que no iba repetir.
—Porque tú trabajas para mí, Mondragón. Lo entiendes, ¿no?
La saliva se le atasca en la garganta.
—Jerónimo-.
—Te hice una pregunta.
Dijo que no iba a recaer.
Pero no es recaída si te sostienen.
Recuerda la excusa que pensó en ese día, repite las palabras dentro de su cabeza; las empapa en la sed que le causa ese escenario tan inapropiado.
Oh, así que así se sentía Juana en ese vídeo de la bodega que se encontró por casualidad ante un reporte anónimo; ¿ella estaría igual de sobria al darse cuenta de que Jerónimo Ponce III tenía esa capacidad de ser estúpida y ridículamente atractivo como desagradable?
Sin duda alguna era como sus viejas borracheras.
—Es complicado.
Son las palabras que logra articular cuando todavía permanece con la suficiente cordura, pues con la respiración caliente golpeándole, acaba por ceder al vicio.
Desconoce quién inició el beso, de lo que sí puede ser consciente, es la manera en la que su cuerpo responde a los roces del más alto, suspirando contra su boca y frotándose con la excusa de, que sin el paso que cruzaron la otra vez, estaría desintoxicado de él.
Grave error.
Permanece a una distancia prudente, con la mano posando en su cuello, justo donde la camisa cubre la piel maltratada que arde con la fricción de la tela; es apenas una suerte que el sonrojo, que le quiere cubrir hasta las orejas, no sea tan notorio a esa hora del día. Al menos haber accedido a acompañar al hombre a comprar las flores para “reconquistar” a Juana le daba la oportunidad de tener un respiro lejos de la oficina. No sabía cómo iba a explicar esas cosas.
Todavía ni siquiera sabía cómo exponer a su jefa esa situación, aún cuando ambos eran conscientes del lío porque, por supuesto, el encargado de la sucursal original en Aguascalientes se negaba a repetir la historia de los amantes.
Y si era consensuado su error, ¿qué era lo peor?
Claro, muchas cosas eran peores. Como estar enamorado de él y seguir teniendo conflictos de intereses.
Su celular vibra, viendo el mensaje emergente de Juana, quien normalmente le busca cuando Jerónimo no responde.
«¿Dónde está Jerónimo?»
«Le he dicho que debía venir desde hace una hora»
Sabiendo que era mejor ser directo y sincero, describe la situación actual. Después de todo, están en el mismo saco.
«Lleva todo ese tiempo intentando escoger flores».
«¿Por qué está escogiendo flores justo en este momento…?»
«Dice que le hablaste feo ayer, así que se puso a pensar que podría hacer para que ya no estuvieras así»
«Escucho Mátalas por lo menos unas 20 veces antes de llegar a esta conclusión y me trajo consigo a escogerlas»
“Porque sé hacer buenos rosones” piensa, considerando que son las palabras que utilizaron para invitarlo en medio del faje que tuvieron en la azotea.
Cierra y abre la mano que no sostiene el celular para filtrar el escalofrío que le recorre como descarga eléctrica.
«¿¡Cómo es posible que te prestaras para eso!?»
Sabe perfectamente el porqué. Poseen la misma debilidad.
«Me hizo una propuesta difícil de rechazar como jefe».
«Por Dios, Mondragón, ¿en verdad te dejaste convencer con eso?»
«Al menos yo no fui captado por las cámaras de las bodegas en mi mejor perfil».
A diferencia de los mensajes fluidos, el siguiente mensaje de la mujer tarda varios minutos. Lo sabe porque ha visto como los tres puntos aparecen y desaparecen numerosas veces.
«Dile que compre hortensias y que venga para YA”.
No escribe otra respuesta, porque incluso si tardan, sabe que no le dirán nada.
Mira en dirección del iluso enamorado, quien parece regatear (o ser estafado, más probablemente) un ramo de flores muy diferente al que le acababan de escribir.
¿Cómo es que acabó enredado en ese vicio desde que lo conoció mientras estudiaban? ¿Por qué se seguía dejando seducir?
Lo escucha reír, tan seguro, tan descaradamente idiota.
Entonces recuerda que es el único vicio del que nunca encontró una rehabilitación real, es por eso que seguiría cayendo.
Y cayendo.
Hasta que se curase de ese mal (lo que nunca pasaría).
