Work Text:
Silencio, el edificio duerme en tranquilidad, no existe un alma que atormente los muros de la infraestructura, o al menos, las almas que se ensombrecen bajo la luz de la sala de juntas no emiten suficiente escándalo para hacer crujir las paredes que esconden el [no tan secreto] anhelo que se tienen; ya hace mucho, quizás desde el comienzo en donde se conocieron, su cuerpo se condicionó a exigirlo, solo que con el tiempo aprendió a administrarlo mejor, aprendiendo sobre cómo y cuándo besarlo, cuánto y dónde tocarlo, se hizo fácil tolerarlo cuándo no era el único entrando constantemente en rehabilitación por la figura que tiene recostado en sus piernas, somnoliento por el sacrificio de tener que madrugar porque, sencillamente, era desesperado; ante el rechazo de quedarse a dormir en su casa porque tenía pendientes de la empresa que prefería realizar lo más temprano posible, Ponce III se ofreció al segundo para ayudarlo con ello.
Lo que culminó en estar tres horas antes del inicio de la jornada en vez de una, debido a que alguien había llegado a la oficina mucho antes de lo esperado; acción enternecedora, para su mal gusto, considerando la rapidez con la que se despertó apenas escuchó su llamada preguntando dónde estaba.
Se detiene un momento, con el fin de no dormir enteramente a su amante.
—Jero, debo hacer los pendientes.
—Los pendientes pueden esperar —le reniegan, robándole su propia mano para volverlo a colocar sobre su cabeza. —Tú sigue, este es tú trabajo.
—No creo que me paguen por eso.
—Yo pagué la última vez la habitación con Don Lover y no te estoy cobrando hasta el bote de lubricante que te acabaste como si fuera una Victoria edición especial.
Se abstiene de tirarle el cabello, porque: no estaba mintiendo con lo segundo y, si lo hacía, estaba la posibilidad de que las cosas se desviaran al grado de no poder hacer su trabajo; cosa que no puede ser posible dada a las amonestaciones que estaba juntando desde que está procesando el acuerdo formal que hay entre ellos y Juana.
Apenas mueve las yemas sobre el cuero cabelludo hasta volverse a detener.
—Es en serio sobre que debo terminar pendientes.
—Ya pareces vieja, Mondragón, chingue y chingue —apenas hace un gesto, considerando que el lado “feminista” de Jerónimo solo sale con “verdaderas viejas”; razón por la cual casi le levantaron una orden de restricción la última vez que salieron juntos públicamente. —Acaso ¿estás monstruando también?
—¿Mons- qué?
—Actualízate, papu, así es como le dice la chaviza hoy en día.
No sabe cómo reaccionar a eso, por lo que acaba cediendo por la presión de la incomodidad.
Dura otros 15 minutos consintiéndolo, lo que, irónicamente, le acaba haciendo sentir mejor a su vez; tal vez sea por el nivel de cortisol alto que normalmente maneja dado a su puesto de trabajo, ser presionado por Juana y por sí mismo, que la estupidez simple y sencilla de su amado se sienta como medicina. Una rehabilitación involuntaria que elimina todas las toxinas que se le adhieren fácilmente; le era complicado no reírse con toda la verborrea que le caracteriza.
Relajado contra su propia voluntad, se permite recargar la cabeza en la pared, agradeciendo que recorrieran el sofá solo para que ningún otro mueble les estorbase.
El masaje vuelve a interrumpirse, con la diferencia de que se detiene por el sueño que se le acumula bajo los párpados, luchando contra el deseo de quedarse dormido en esa posición, sin importar la posibilidad de dejar de sentir la pierna por tenerlo acostado durante mucho rato.
Siente como tiran de la manga de su camisa, incitándolo a relajar la articulación completa para que lo puedan acomodar a su gusto, cosa que le permite hacer, pasando a ser ahora su mano una almohada temporal para el otro en vez de su muslo. Lo que le hace seguir consciente por lo incómodo que es para su ser la nueva posición.
Quejarse no haría diferencia alguna, considerando lo encaprichado que se vuelve.
—¿Crees que a Juana le guste?
La nueva conversación hace sus ojos se muevan bajo los párpados, negándose a despertar de este momento. —Al menos le eres agradable —es honesto al respecto, pues es complicado saber qué le gusta a una mujer que entierra sus sentimientos para sobresalir en un mundo corporativo dominado por hombres ineptos. Un buen ejemplo es su interés que se queja bajo suyo.
—¿Qué tiene que ver con que soy agradable con el regalo que nos hice?
Ah. Eso.
—Lo va a odiar.
Hasta puede imaginarse la conversación:
«Jerónimo, ¿qué es esto?
Un retrato familiar al estilo de Estudio Gilberto, pagué mucho dinero para que tuviéramos un cuadro único para nosotros tres. Puede que no entiendas el concepto porque es algo innovador.
Está hecho con IA.
Claro que no, ¡incluso tiene la firma del artista!
¡Esa es una marca de agua, Jero! Además, ¿por qué hay tres brazos agarrándome?»
Lo escucha bufar. —Por supuesto que los foráneos no entenderían el arte tan complejo que tiene Aguascalientessnn —entonces dejan de estar acostado en su pierna y mano, para pasar a estar sentado, con los brazos cruzados. —Son unos desagradecidos, yo les estoy dando todo —hasta trabajo extra, piensa, es su culpa que deba arreglar su desastre, —y no pueden apreciar un regalo honesto.
“Honesto” no era precisamente un adjetivo asociado a esa discusión: por supuesto le mintieron con respecto al dibujo, si la extremidad extra no era suficiente evidencia, el mismo Jerónimo en la imagen tenía dos pulgares izquierdos y su persona se le fusionaba la piel con la ropa, dejándolo prácticamente sin un cuello consistente.
Se queda pensando en qué decir ante la forma en la que se encuentra despotricando ante el golpe de realidad que no acepta como tal.
Piensa durante un rato.
— ¿Qué te parece si yo escojo el regalo de Juana y me quedo con el cuadro? Podría colocarlo en… —no quiere decir que, en su escritorio, ni ninguna otra parte del edificio o zona visible; si bien, las relaciones no estaban prohibidas en el reglamento interno de la empresa ni en la Ley Federal del Trabajo, no era una grandiosa idea que se confirmasen las sospechas constantes.
Creyendo que lo mira por tardarse tanto, está a punto de soltar el primer lugar aleatorio que se le ocurre.
—El ba-
—Eres un celosín.
Los dos se miran directamente a los ojos.
—Ibas a decir que en el ba-?
—¿Cómo que “celosín”? —es quien ahora interrumpe. ¿Por qué pensaría que estaba celoso?
Duran viéndose segundos antes de que le roben un beso, lo que hace que lo empuje desde el pecho.
—¿¡Qué haces!?
—Te doy hasta para llevar, ¿no es lo que querías?
—¡Estamos en la oficio-!
Lo callan con otro beso.
Definitivamente no va a terminar el trabajo en este paso.
—Cinco mini pinzas para cabello, dos clips broche mariposa, tres pisos de jenga, una rana de origami, un cartel “chifla si estás pitudo”, el gafete de Aniv, una cajetilla de cigarros, la cartera de Don Abel… —enlista en alto Memo, mientras va tachando de la lista de los objetos los antes mencionados, pues la puesta actual es “¿cuántas cosas pueden colocársele a Mondragón antes de despertar o ser descubiertos?”; por lo general, no le harían bromas de ese tipo, sin embargo, el día laboral estaba muerto y no les permitirían irse antes de la hora sin sufrir una penalización por ello; si este se enteraba, seguiría su código moral.
Eso y que Aniv de la Rev estaba ocupado como para fastidiarlo.
—Si alguien más no se arriesga, entonces Don Abel habrá ganado esta apuesta.
—Objeción. ¡Don Abel solo puso un objeto! Exijo que sea por cantidad y no por turno de colocación.
—Cállate, no soportas que te esté ganando limpiamente y ahora quieres comprar al jurado. Siempre los corruptos se quedan cuando no ganan.
Con la discusión a punto de acalorarse, el celular de Mondragón suena a todo volumen, despertándolo violentamente para contestar la llamada, incluso desorientado para darse cuenta de los accesorios y clips que siguen aferrados a su persona; contesta tan bien como puede, agarrando los papeles del escritorio para llevarlos a la oficina del jefe, en donde se le esperaba inmediatamente para completar el último protocolo en el que se encontró.
Nadie se molesta en decir algo o recoger las cosas que han quedado regadas por el suelo, continuando con la normalidad del día hasta que pasa:
Jerónimo chifla a todo lo que da, cosa que pueden ver desde la ventana de su oficina que nunca es cubierta por las cortinas; ya los pocos segundos, se escucha un grito de Juana junto al intento constante y desesperado del otro de ver qué es lo que tiene en la espalda.
Todos ocultan su cara, impidiendo que la carcajada grupal evidencie a todos los culpables; por suerte, tienen al chivo expiatorio preparado en caso de que alguien raje o bien, traten de exponerlos.
Por supuesto, nadie cree que los corran, sabiendo que mientras Jerónimo seduzca al de Recursos Humanos, ninguna queja inapropiada saldrá de las oficinas.
Algo bueno debía salir de ellos saliendo, ¿no?
