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Bajo la lluvia estoy ante a ti

Summary:

Tras una tensión acumulada de años, Nathaniel y Sucrette se entregan a la pasión en la habitación de la residencia universitaria. El encuentro, marcado por la posesividad de Nathaniel y el deseo desbordante de Sucrette, alcanza su punto crítico cuando Castiel golpea la puerta para devolver un paraguas.

Notes:

Antes que nada, esta pequeña historia sucede dentro del juego, pero modifique algunas cosas para que puede encajar con la historia que tenía en mente. Tome como inspiraciones evento que suceden dentro del juego y eres libre de poner tu nombre por encima de Sucrette. Es mi primera vez que publico un trabajo como este en AO3 y me pone demasiado nerviosa.
Espero que disfruten de este mini fic!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Después de un largo y pesado día en el parque de la ciudad, emprendí el rumbo hacia los dormitorios de la universidad. A pesar de que era tarde, el cielo aún conservaba sus matices anaranjados, las farolas comenzaban a encenderse para dar la bienvenida a la noche, mientras algunas familias aprovechaban los últimos minutos de la tarde.

Pasé el día con Alexy y Rosalya; Estuvimos planeando cosas y disfrutando juntos para intentar olvidar la tragedia innombrable del hospital. A pesar de sus diferencias, ambos se habían reconciliado al comprender que la compañía de los seres queridos es el único capaz de aliviar un día tan aterrador.

Debo admitir que me rompe el corazón ver a Rosalya así. No es algo que se vea todos los días, y mucho menos una situación tan dolorosa como la que le tocó sufrir. Perder a un hijo es algo que nadie debería vivir. Además Rosalya se desprendía de su mirada y de sus acciones el deseo de ser madre.

De pronto, el viento chocó contra mí y el frío no tardó en apoderarse de mi cuerpo. No era novedad que las brisas de Amoris fueran tan heladas; al ser una ciudad costera de playas inmensas, el frío era parte de su identidad. Por suerte iba abrigada, pero aún así sentía el viento frío recorrer debajo de mi ropa.

No me jodas… —murmuré.

Miré al cielo por intuición y vi que se había tornado negro. No era la oscuridad natural de la noche, sino un matiz denso y amenazante que se reconocía a kilómetros. Una gota de agua impactó en mi cara. Estaba empezando a llover. Me apresuré el paso hasta llegar al Cozy Bear para refugiarme; por fortuna, no parecía que fuera a ser una lluvia pasajera. Al entrar, vi que las luces estaban apagadas y las sillas ya descansaban sobre las mesas.

¡Hola, Sucrette!

Me di la vuelta sobresaltada para buscar el origen de esa voz masculina. Era Hyun.

¡Oh! —Exclamé, acomodándome el pelo con una sonrisa sincera—. Hyun… ¿Qué haces aquí?

Eso mismo iba a preguntarte yo —respondió él.

¿No se supone que estabas con tus padres?

Hyun arqueó una ceja y ladeó la cabeza con curiosidad.

¡Ah! ​ Bueno… vine a buscar unas cosas que olvidé antes del apagón —contestó con una risa nerviosa. Note que sostenía algunos papeles en su mano derecha; debían de ser documentos personales—. ¿Y tú?

Está por empezar a diluviar y me detuve para no mojarme entera —respondí señalando la entrada, donde ya se veía a la gente corriendo con los bolsos sobre la cabeza.

¿En serio? No me había dado cuenta… —comentó Hyun con extrañeza. Salió un momento para comprobarlo y mis ojos lo siguieron con atención.

Yo me acabo de percatar —me encogí de hombros.

Ya veo —dijo extendiendo su mano para sentir las gotas —. Por suerte tenía mi paraguas aquí. — Regresó al interior sin apartar la mirada de mí.

Hablando de paraguas… ¿de casualidad tienes otro que me puedas prestar? —pregunté con torpeza, jugando con mis dedos.

¡Claro ! Pero no es mío, es de Clemence.

Mi sonrisa desapareció

¿Cómo?

A veces ella deja sus paraguas en el café.

¿No se enojará?

Mmm… depende.

Me quedé perpleja. No sabía si aceptar el préstamo, ya que mi vínculo con mi jefa no es precisamente amistoso. Mis primeros días a su lado habían sido un horror; Era imposible predecir su estado de humor. Incluso ese día me humillé enfrente de mis amigos, algo que nunca olvidaré.

Jajaja… —Hyun soltó una risa ligera, cubriendo su boca con la mano—. Claro que puedes usarlo, solo asegúrate de devolverlo mañana.

Alcé una ceja ante su risa, pero me sentí aliviada por su respuesta.

Creo que lo vi en la cocina . Ve a buscarlo rápido, que debo cerrar para irme con mis padres .

Asentí y troté hacia la cocina. Al principio no lo encontré, así que tuve que escabullirme entre cajas y muebles. Nada.

¡Está debajo del mueble de los platos! —gritó Hyun desde la entrada.

Exaltada por el grito, revisé el lugar y encontré una caja muy escondida. ¿Quién dejaría sus cosas ahí? Saqué el paraguas y noté que estaba cubierto de polvo; Era evidente que Clemence no lo usaba mucho.

¡Lo encontré! —exclamé mientras regresaba a colocar la caja en su sitio. Me levanté de mi posición de cuclillas y corrí hacia la entrada—. Gracias…

Las gracias son para Clemence —replicó él con una sonrisa.

Ambos salimos juntos del local. Mientras yo observaba la calle ya cubierta de agua y el cielo totalmente oscuro, Hyun cerraba la cafetería con llave mientras balbuceaba palabras que no lograba entender.

Listo.

Giré la cabeza y abrí el paraguas.

¡Te veo mañana! —le dije, pero en un abrir y cerrar de ojos, él ya se había alejado a toda prisa. Seguramente mi pequeña visita lo había retrasado más de la cuenta.

Poco a poco, daba pasos lentos; Debo tener precaución de que las gotas no lleguen a mi ropa. Es más, no quería sentirme más mojada de lo que ya estaba.

En el pequeño trayecto del café hasta la universidad, estuve pensando en él: el hombre que se arrodilló ante mí, suplicándome que quería pasar más días conmigo, rogándome que me quedara a su lado a pesar de su reputación en las calles. Ese hombre que me había enamorado en el instituto.

Nathaniel Carello.

Aquel rubio de ojos dorados fue el dueño de mis suspiros en mi adolescencia, cada día que pasaba con él me hacía levitar hacia las nubes. Sus toques, sus caricias, aún los tengo tatuados en mi piel; mi piel grita su nombre. Todos los días que pasaron en el instituto al lado de él fueron recuerdos que nunca olvidé, los besos prohibidos en lugares menos habitados por los estudiantes aún rondan en mi cabeza. Esos besos, esos labios tan finos y suaves que amaba besar y tocar.

El cambio de personalidad del que todos hablan en esta ciudad no es nada nuevo. Nathaniel siempre fue así y se notó mucho conmigo; siempre fue un hombre que gozaba de la libertad. Su verdadero ser fue liberado gracias a mí… Pero.. cuando te obsesionas con algo que siempre anhelaste, se vuelve malo. Todo exceso es malo y él perdió el control. Él ha volado demasiado cerca del sol y se quemó ante sus acciones apresuradas.

Prometí sacarlo de ahí, no me rendiría nuevamente; mi antigua yo nunca se arrodillará levantando la bandera blanca. Si yo lo saqué de ese limbo… yo lo sacaría de ese infierno. ¿Por qué? Porque lo amo.

Me tiene enamorada.

Lo amo con todas mis fuerzas.

Esperaré cuatro años para nuestro reencuentro y caer nuevamente en sus brazos.

Al llegar frente al gran portal de la universidad, solté una pequeña risa. Nathaniel era capaz de hacerme perder la noción del tiempo y el espacio con solo un pensamiento.

Buenas noches —saludé al guardia antes de cruzar el patio.

El lugar estaba desierto; todos debían estar en sus habitaciones con un té caliente.

Planes que quiero hacer con Nathaniel.

Anotado

pensé.

Di un pequeño brinco de emoción y apreté el mango del paraguas, dejando escapar un chillido de entusiasmo contenido. Estaba perdidamente enamorada.

Ey.

El mundo se detuvo. Suprimí mis emociones de golpe y recuperé la compostura.

Dios qué vergüenza.

¿Quién habla?

Yo.

¡Ah!

Me sobresalté. No había escuchado sus pasos ni su respiración. Era Castiel.

Inmediatamente, el recuerdo del sábado por la noche me golpeó como una ola. Estuve a punto de acostarme con él. 

Recordaba sus insinuaciones, la invitación al té, su mirada fija y su cabello rojizo desordenado.


Escena retrospectiva

¿Estás con Nathaniel, cierto? —preguntó Castiel.

Asentí mientras daba un sorbo al té.

Yo no aguantaría a ese tipo todos los días —continuó él.

El amor hace locuras —respondí con una risa amarga.

El amor te ciega, te nubla y te enloquece. —Castiel dejó su taza sobre la mesa.

La música de January sonaba baja, creando un ambiente cálido. Era fácil olvidar mi sufrimiento por Nathaniel estando allí.

Me gusta tu apartamento, es acogedor —comenté.

Me encanta este lugar, aunque es imposible regular la temperatura —protestó rascándose la nuca—. Hace demasiado calor.

Sin más, se quitó el chaleco y la corbata frente a mí. Mis ojos no se apartaron de él, su fisionomía bajo la camiseta gris oscuro fueron los protagonistas antes de mis ojos. ¿Desde cuándo se había puesto tan ancho? Sus brazos fuertes y su pecho marcados por el gimnasio capturaron toda mi atención.

Yo… —tragué saliva, sintiendo unos nervios incontrolables.

¿Sucrette? ¿Todo bien?

Dios, que no me hablara así. Debía estar roja como un tomate y el lo debe estar disfrutando.

Iba contestar pero no me dejó responder, es más ni siquiera me dio tiempo para responder, se sentó a mi lado con una sonrisa cargada de intenciones. Su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su calor. Su mano descendió hasta la mía y luego bajó la mirada. Estaba mirando mi escote.

No es por ser desubicado, pero maldigo al Castiel del pasado por dejarte ir.

Mi corazón latía con violencia. Antes de que pudiera articular una palabra, la mano de Castiel se posó en mi muslo. Empezó a masajear la piel con lentitud, dando pequeños apretones que me hacían estremecer. Mi cuerpo reaccionó al instante, Sentí una presión creciente en la parte baja de mi vientre y por puro instinto, junté las piernas. Estaba terriblemente excitada.

Qué entregada eres.

me recriminé.

Castiel no se detuvo; Al contrario, parecía disfrutar de mi reacción. Su mano subió con lentitud, centímetro a centímetro, torturándome con su tacto.

De un momento a otro su mirada nuevamente esta fijada en mi.

¿Quieres continuar?

Las situaciones en que me pones diosito.

¿Lo estoy disfrutando? ¿Te estás mojando? ¿Quieres seguir?

...

Asentí. 

De repente, su otra mano rodeó mi nuca y me atrajo hacia él. Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso hambriento, cargado de años de tensión acumulada. Nuestras bocas se buscaban el uno y al otro, se abrirían de una magnitud tan grande que podía sentir nuestras salivas por encima. Era un beso brusco que se notaba que disfrutamos del momento.

—Mierda..

Susurró Castiel entre el beso que aún continuaba. Abrí mis ojos y vi que su cara estaba fruncida pero no de malestar, si no de excitación. Sus cejas curvadas y sus ojos cerrados daban la señal de que estaba concentrado en esto, en el beso. 

Yo correspondí con la misma urgencia, soltando un gemido que se perdió en su boca. Me dejé llevar por el instinto y en un movimiento torpe pero decidido, me senté a horcajadas sobre su regazo, envolviendo su cintura con mis piernas. Las manos de Castiel dejaron de posarse encima de mi nuca, bajo e hicieron recorrido por toda mi espalda hasta llegar a mi cintura.

A-ah

El aire en la habitación parecía haberse evaporado, sustituido por una electricidad estática que me erizaba el vello de la nuca. La estimulación era casi insoportable, un zumbido constante en mis venas que me pedía más. Castiel, con esa intensidad ruda que lo caracterizaba, no me dio espacio para respirar. Sus manos, grandes y firmes, se hundieron en mi cintura con una posesividad que me hizo jadear, acoplándose a él como si temiera que pudiera escapar.

Sin previo aviso, tiró de mí. El impacto de mis caderas contra las suyas fue eléctrico. A pesar de las capas de tela que nos separaban, la evidencia de su deseo era innegable: su miembro, rígido y palpitante, se presionaba contra mi centro con una urgencia que me hizo ver estrellas.

Me sentí completamente dominada, reducida a un manojo de nervios expuestos bajo el control de sus dedos, que marcaban el ritmo de un baile pecaminoso por encima de mi ropa.

Dios mío... —el susurro escapó de mis labios como una súplica, perdiéndose en el espacio que nos separaba.

Era una sensación nueva, un territorio inexplorado que quemaba y seducía a partes iguales. Mi cuerpo traicionaba cada una de mis inhibiciones, arqueándose instintivamente hacia él, buscando desesperadamente borrar la barrera de la ropa. Debía admitirlo. Me estaba encantando la forma en que su fuerza bruta se encontraba con mi rendición.

De un momento a otro, la paciencia de Castiel pareció romperse. Sus dedos se clavaron con más fuerza en mi cintura, sus nudillos blanqueando por la presión, y me obligó a restregarme contra su dureza con una intensidad renovada, casi violenta. No había sutileza en el movimiento, solo una necesidad animal de contacto.

Un gruñido profundo y gutural vibró en el pecho de Castiel, un sonido que nació desde lo más profundo de su garganta y que detonó una oleada de calor entre mis piernas. El sonido de su autocontrol resquebrajándose era la melodía más excitante que jamás había escuchado.

No te muevas —gruñó contra mi oído, su aliento caliente quemándome la piel—, o no me haré responsable de lo que pase a continuación.

Por un segundo, la calidez de Castiel lo borró todo. Pero entonces, la imagen de los ojos dorados de Nathaniel volvió a mi mente como un relámpago.

¡No! —exclamé, separándose de golpe.

Me puse en pie de un salto, jadeando, con el corazón golpeando violentamente contra mis costillas como si quisiera escapar de mi pecho. Sentía mis labios hinchados, calientes y todavía vibrantes por el contacto. Castiel se quedó allí, anclado al sofá; su respiración era un rugido entrecortado en el silencio de la habitación y su mirada, una mezcla abrasadora de confusión y un deseo que se había quedado a medio camino, reclamándome.

Mi reacción no fue planeada, fue de instinto. Me separé con una urgencia que rayaba en el pánico, sintiendo el aire frío golpeando mi piel donde antes estaba él. Mi pecho subía y bajaba frenéticamente, pero ya no era por la pasión de hace unos segundos, sino por el peso de un nombre que acababa de invadir mi mente sin permiso.

Soy una estúpida.

En el momento más intenso, cuando el placer de Castiel me dominaba, la imagen de él se había filtrado en mis pensamientos. Aquel rubio de ojos dorados que se comportaba como un idiota, que me alejaba y me atraía, se había interpuesto entre nosotros como un fantasma.

No puedo, Castiel... yo... yo no puedo hacer esto —logré articular con la voz rota, cada palabra costándome un mundo mientras retrocedía, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

Comencé a acomodar mi ropa con una torpeza desesperada. Mis manos no solo temblaban, sino que estaban empapadas de un sudor frío que me hacía sentir aún más vulnerable. Mi mente se había quedado en blanco, bloqueada por la culpa de desear a uno mientras el recuerdo del otro me quemaba. Solo podía escuchar el retumbar de mis latidos, un eco sordo y constante en mis oídos que me gritaba que huyera antes de que mis propios sentimientos terminaran de destruirme.

Fin del Flashback


Ah..

...¿Cómo estás?

El silencio que se formó entre nosotros se notaba que era incómodo, una barrera invisible que nos separaba más que la distancia física. Solo se podía escuchar de fondo las gotas de lluvia resonar con una fuerza rítmica por el patio que nos hacía compañía, como si el cielo estuviera llorando por lo que no nos atrevíamos a decir.

Castiel, yo...

No vengo a hablar de eso.

Sus palabras se sintieron como un violento balde de agua fría que me cortó la respiración. De golpe, todo mi cuerpo se había endurecido, quedando paralizado en mi sitio y mi mirada se ocultaba desesperadamente ante las suyas, buscando un refugio que no existía en el suelo.

¿Sucrette?

..¿Sí?

— ¿Cómo estás?

Pensé por un momento, sintiendo un nudo opresivo en la garganta. Estos últimos días mis emociones subían y bajaban con tal violencia que ni siquiera yo sabía si responder con un "sí" iba a ser verdad, o simplemente una mentira para protegerme.

Bien.. eso creo.

Nuevamente, el silencio resonaba ante mis oídos como un zumbido ensordecedor. Ante la simple vista, podía observar a Castiel desde la vista tenue de la luna, una silueta recortada en la oscuridad. Los bordes de su ancho cuerpo eran iluminados con una luz pálida, pero no se veía su cara por completo; Estaba sumida en las sombras. Es más, sentí un pánico punzante en el pecho; No quiero mirarlo a su cara después de lo que ha sucedido.

Una ráfaga de viento helado nos inundó, erizándome la piel y obligándome a abrazarme a mí misma.

Vine a hablar del artículo publicado... aparece involucrada.

¿Ya lo viste? —respondí con una urgencia que me quemaba la garganta, sintiendo cómo el pánico empezaba a escalar por mi columna.

Claro... me llegan a mí primero este tipo de... "rumores" —soltó él, con un tono amargo que me caló hasta los huesos.

Tenía razón. Mi pregunta era tan estúpida que me hizo golpearme internamente en mi inconsciencia; Por supuesto que él lo sabría antes que nadie.

Hoy en la mañana me había despertado con una noticia golpeándome de frente, destruyendo mi calma. Había un paparazzi que nos había seguido a Castiel ya mí desde que salimos del bar; nos tomó varias fotos donde se veía claramente mi cara, expuesta y vulnerable, entrando al apartamento de Castiel.

"¿Castiel de Crowstorm tiene una novia? ¿Qué significan esos besos?"

Ese era el título del artículo. Al recordarlo, sentí que la vergüenza me asfixiaba, pero a la vez me sentí terriblemente expuesta, como si todo el mundo pudiera ver a través de mi piel y descubrir mis secretos.

Bueno... venía a disculparme...

Mis ojos esta vez buscaron los suyos, clavándose en esa mirada que siempre me desarmaba. Quizás era tonta al pensar que Castiel me iba a reclamar por dejarlo plantado esa noche, aquella en la que yo asentí y me involucré en el juego de ambos... pero en el fondo, sabía que esa persona cruel en la que estaba pensando no existe. Castiel no sería capaz de hacerme eso.

No es... necesario, es más, yo... —mis manos nuevamente estaban temblando sin control y mi voz dolía básicamente cuando salía de mi boca. Estaba tan nerviosa que sentía que me iba a desmoronar ahí mismo.

Quería disculparme por lo de ayer... no sabía que iba ser tan público.

Castiel no paraba de interrumpirme, su voz sonando más profunda y cargada de una culpa que no estaba acostumbrada a escuchar en él.

Fue culpa mía... debí protegerte —sentenció, dando un paso hacia mí.

Tragué fuerte, sintiendo cómo el nudo en mi pecho se apretaba ante su inesperada caballerosidad. El aire entre nosotros volvió a volverse pesado, cargado de todo lo que no estábamos diciendo.

Pero... se detuvo en un instante. Vi directamente su cara, iluminada apenas por la luz pálida, y se podía observar claramente que no estaba del todo alegre; es más, en sus facciones se libraba una batalla de emociones opuestas y desconcertadas, como si mi simple presencia le causara un dolor que se negaba a admitir.

Da un paso atrás. —La voz cortó el aire como un látigo helado.

Venía por detrás de mi cuerpo y, al instante, un escalofrío me recorrió la columna; Podía saber exactamente de quién era el dueño de esa voz, grabado a fuego en mi memoria. Por emoción propia, una mezcla de alivio y pánico, giré mi cabeza y pude encontrarme de frente a ese hombre.

Nathaniel. Era Nathaniel, pero no el que yo recordaba.

Los ojos de él, dorados y helados como el invierno, estaban puestos con violencia en los de Castiel y se podía observar que tampoco él estaba alegre de su presencia; Había un odio antiguo y palpable flotando entre ellos.

Dije que des un paso atrás —sonó su voz, cargada de una autoridad absoluta que no admitía réplica, y su mandíbula estaba tan rígida que parecía a punto de explotar.

Pensé que no pisarías más Anteros, "delegado" —soltó Castiel con desdén. Hizo caso opuesto a la orden y, con una provocación deliberada, se acercó más a mí, invadiendo mi espacio personal.

De un movimiento rápido y violento, Nathaniel alargó la mano y agarró mi brazo con fuerzas, clavando sus dedos en mi piel con una posesividad que me asustó. Por su movimiento brusco, el paraguas cayó al suelo, dejándonos expuestos a la lluvia, y solté un quejido ahogado por el dolor del agarre.

Más cuidado, delegado —gruñó Castiel, dando un paso amenazante al frente—. ¿No ves que la dañas con tu "protección"?

Gracias a tus inoperancias, Sucrette está expuesta a todo público por tus "cuidados", ¿o me equivoco? —escupió Nathaniel, cada palabra llena de veneno. Y se podía ver de reojo que una sonrisa maliciosa y triunfante se dibujaba en su cara, disfrutando de la rabia de Castiel.

Sin dar más preámbulos, Nathaniel bajó su mano, que estaba situada con fuerza en mi brazo, hasta mi mano. En un contraste escalofriante, la acarició con una suavidad engañosa antes de agarrarla con una fuerza que me inmovilizó.

Te estaba buscando... —Su voz, ahora ronca y peligrosamente masculina, resonó directamente en mi oído, un susurro cargado de promesas y amenazas que me hizo estremecer hasta la médula.

Castiel, por su lado, estaba observando todo, con el cuerpo en tensión, listo para atacar. Su mirada no demostraba nada en estos momentos, una máscara fría de indiferencia, o quizás lo estaba ocultando todo bajo una capa de furia contenida.

Nos vamos. —Nathaniel sentenció, sin dar espacio a réplica.

¿Eh? —Fue lo único que pude articular.

Nathaniel se había puesto en marcha sin previo aviso, tirando de mí con brusquedad y se dirigió en la dirección opuesta a Castiel, arrastrándome con él.

Nath... Nath, espera. Estaba hablando con Castiel —intenté que me escuchara, tirando débilmente de mi mano atrapada, pero él no se inmutaba; es más, parecía inundado en sus propios pensamientos, ignorándome por completo.

Giré mi cabeza con desesperación para ver si Castiel aún estaba detrás mío, y lo estaba. Estaba de pie bajo la lluvia torrencial, con las manos ocultas en su pantalón, mirando toda la escena con una expresión ilegible.

¡Te hablo mañana en la mañana, Castiel! —le grité, esperando que me oyera sobre el ruido de la lluvia.

Al instante, sentí cómo un empujón de sus manos en la mía me hacía tambalear; Parece que alguien no estaba nada contento por mi citación a Castiel. Es más, noté que la cabeza de Nathaniel ladeó ligeramente y carrasqueó, un sonido que denotaba una posesividad peligrosa que me dejó helada.

Apresuramos el paso bajo la cortina de lluvia que caía implacable sobre ambos calándonos hasta los huesos. Solo podía mirar la parte trasera de su cuerpo, una silueta imponente que se abría paso entre la tormenta; su cabello dorado, siempre tan brillante, se tornaba ahora en un dorado oscuro y pesado por el agua, y su chaqueta verde que tanto lo caracterizaba estaba ya empapada por completo, pegándose a su espalda.

A decir verdad, no puse resistencia, solo me dejaba llevar ante la fuerza de su agarre, sintiéndome extrañamente nublada por la falta de atención. Estar con Nathaniel siempre es así: una apuesta arriesgada, un juego donde uno nunca sabe cuándo va a desaparecer o cuándo va a reclamarte como suyo.

Cada paso que dábamos con urgencia salpicaba el agua estancada, un sonido rítmico que nos acompañó hasta llegar a la puerta de la residencia de la universidad, que ya descansaba cerrada. No nos dirigimos ni una sola palabra desde su violento enfrentamiento con Castiel; un encuentro que claramente no era el primero. En el instituto ya habían tenido sus pleitos anteriormente, pero esta vez el aire se sentía distinto, mucho más denso y peligroso.

Nathaniel aún mantenía su mano pegada a la mía, apretándola con una firmeza que quemaba. La lluvia torrencial, el frío y el viento no fueron pretexto suficiente para que decidiera soltarme. Era como si en medio de la lluvia, su mano fuera lo único que lo mantenía anclado a la realidad.

...¿Nath?

Apenas pronuncié su nombre, en un abrir y cerrar de ojos, Nathaniel abrió la puerta de la residencia con una precisión casi quirúrgica. Nos adentramos al recinto con una rapidez que me cortaba el aliento; verlo así, tan hermético y decidido, no era propio del chico que yo recordaba, pero estaba claro que en estos cuatro años el mundo lo había moldeado de una forma distinta.

Caminamos por el pasillo desierto hasta llegar al fondo. El lugar estaba sumido en una oscuridad opresiva, apenas la luz de la luna pintaba las paredes con sombras alargadas que se filtraban por la ventana. Después de tantas pisadas que resonaban como latidos en el silencio, habíamos llegado finalmente al ascensor.

...Respóndeme... por favor —supliqué, sintiendo que el nudo en mi garganta se apretaba ante su indiferencia.

No hubo respuestas. Solo podía observar su cara desde mi posición, detallando cada una de sus facciones endurecidas, su cabello dorado, ahora oscuro por la humedad, y esos ojos finos que no mostraban emoción alguna. Era como mirar una estatua de mármol, no había brillo, no había reproche, solo se dedicaba a mirar al vacío con una intensidad que me erizaba la piel.

No había pasado mucho cuando el ascensor se abrió frente a nosotros dos, emitiendo un sonido metálico que pareció un grito en el pasillo. Nos adentramos en la pequeña cabina como si la vida dependiera de ello, encerrándonos en un espacio mínimo donde el aroma a lluvia y la tensión acumulada entre nosotros se volvieron casi insoportables.

Dime..

El silencio se había roto finalmente. La voz de Nathaniel resonó pesada por la cabina y, por primera vez después de tanto tiempo, se dio la vuelta y me miró de frente.

Dime que lo de Castiel no fue real...

Mis ojos solo se limitaban a verlo, hipnotizados. Su mirada cambió por completo; Había una pena profunda en ella, sus cejas se fruncieron y su boca quedó entreabierta, como si pronunciar esas palabras fuera lo más doloroso que hubiera hecho jamás.

Dime que esas fotos son mentira...

La mano libre de Nathaniel acarició con una suavidad eléctrica el borde de mi mandíbula, para luego acomodar un mechón de mi cabello húmedo detrás de la oreja. Dio pasos cortos, eliminando cualquier rastro de separación entre ambos hasta que su calor me envolvió.

Nathaniel...

No pude responder. No sabía cómo ser sincera sin romper algo por dentro; Sentí un nudo asfixiante en la garganta. Intentaba que mis palabras salieran naturales, pero era imposible, no tenía el valor de enfrentarlo.

Al mantenerme en silencio, contemplando su rostro con una preocupación creciente, supe que me había delatado. El silencio fue el cómplice y la respuesta definitiva ante todo. Nathaniel, por su parte, no tuvo más remedio que aceptar la verdad, y su mano se apartó de mi rostro con una lentitud que me dolió.

Salimos del ascensor en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de nuestras ropas húmedas rozándose. Nathaniel no soltó mi mano, pero su agarre ya no era una caricia, era una cadena. Al llegar a la puerta de mi habitación, la abrí con dedos temblorosos y, apenas entramos, él cerró de un portazo que resonó en todo el cuarto.

Me giré hacia él, sintiendo que la indignación finalmente vencía al miedo.

¿Qué te pasa, Nathaniel? —solté, con la voz cargada de frustración—. No puedo reconocerte. Me jalas, me ignoras y luego me hablas al oído como si fuera de tu propiedad. ¡Un segundo eres el Nath que recordaba y al siguiente eres un extraño indiferente!

Él se quedó de pie junto a la puerta, con la espalda recta y las manos en los bolsillos, observándome como si fuera un juez. Esa mirada gélida me dolía más que cualquier grito.

No soporto esta actitud posesiva —continué, dando un paso hacia él, aunque mi cuerpo temblara—. Me duele que cambies así conmigo. Me haces sentir que estoy caminando sobre cristales, sin saber qué Nathaniel voy a encontrarme cada cinco minutos. ¿Dónde quedó el hombre que me enamoró? Porque este... este que tengo enfrente, no sé quién es.

Nathaniel se ladeó la cabeza, y por un instante, su máscara de frialdad se agrietó, dejando ver una chispa de esa rabia contenida que se mencionó en el ascensor.

¿Quieres saber quién soy? —su voz era un susurro peligroso que llenó cada rincón de la habitación—. Soy el hombre que volvió por ti y se encontró con que otro estaba ocupando mi lugar. No me pidas que sea cariñoso cuando mi mente no deja de ver esas fotos, Sucrette.

Se acercó un paso, invadiendo mi espacio, y su presencia se sintió abrumadora bajo la luz tenue de la lámpara de noche. La discusión estaba lejos de terminar; el aire entre nosotros estaba tan cargado que quemaba.

La tensión en la habitación era tan espesa que casi se podía cortar. Nathaniel me miraba con esa frialdad que me partía el alma, pero yo ya no estaba dispuesta a ser la única que diera explicaciones. El recuerdo de mi propia decepción ardió en mi pecho, dándome el valor que me faltaba.

¿Y tú me hablas de fotos, Nathaniel? —solté, mi voz elevándose por encima del sonido de la lluvia que aún golpeaba el cristal—. ¿Con qué cara me reclama cuando yo misma te vi con otras mujeres? ¡Te encontré con una de ellas en plena universidad y de noche!

Él tensó la mandíbula, pero no retrocedió. Al contrario, se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler el rastro de la lluvia en su ropa. Su cercanía me mareaba, era una mezcla peligrosa de deseo y rabia.

No tienes derecho a actuar como si yo fuera la única que siguió con su vida en estos cuatro años —continué, tratando de regular mi respiración, aunque mi corazón latía desbocado contra mis costillas—. Me duele que seas tan indiferente, que me castigues con tu silencio cuando tú hiciste lo mismo.

Me detuve un segundo, cerrando los ojos para intentar calmar el temblor de mis manos. No quería que esto terminara en una guerra sin salida. La tensión eléctrica entre nuestros cuerpos era casi insoportable; Estábamos tan cerca que sentíamos el calor que emanaba de su pecho.

Nath... no tiene sentido que sigamos peleando por esto —dije, bajando el tono a un susurro quebrado—. Todo eso sucedió antes de que nosotros... antes de que intentáramos ser algo de nuevo. Estábamos lejos, estábamos solos.

Me armé de valor y lo miré directamente a esos ojos dorados que ahora parecían fundirse bajo la luz de la lámpara.

Y lo de Castiel... —hice una pausa, tragando saliva—, no llegó más allá de unos besos. No pasó nada más, Nathaniel. Te lo juro.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era distinta. La agresividad de Nathaniel pareció transformarse en algo más denso, más oscuro. Sus ojos bajaron a mis labios por un breve instante antes de volver a chocar con los míos. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una necesidad que ninguno de los dos podía seguir ocultando tras los reproches. Estábamos en el límite, y un solo movimiento más nos haría caer al abismo.

La confesión de los besos con Castiel parecía ser el detonante final. Nathaniel soltó un gruñido bajo, animal, y antes de que pudiera reaccionar, me acorraló contra la puerta cerrada. Sus manos se estrellaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome en su campo de fuerza.

Ese es el problema, Sucrette —susurró contra mis labios, su aliento mezclándose con el mío en una danza errática—. Que no soporto imaginarte con nadie más. Me hierve la sangre pensar en otras manos tocándote, en otros labios recorriendo lo que me pertenece. Y que sea él ... me vuelve loco.

Sin darme tiempo a responder, me reclamó. El beso fue brusco, cargado de una posesividad oscura que me dejó sin aliento. No era el beso dulce del instituto; Era el beso de un hombre que había esperado cuatro años y que no estaba dispuesto a perder de nuevo. Sus labios se movían contra los míos con una urgencia que me hizo soltar un jadeo de sorpresa, abriendo paso a su lengua que exploró mi boca con una autoridad absoluta.

Mis manos, que antes intentaban apartarlo, terminaron enredándose en su cabello dorado y húmedo, tirando de él para pegarlo más a mí. Un gemido involuntario escapó de mi garganta cuando sintió su cuerpo, todavía frío por la lluvia pero irradiando un calor interno peligroso, presionarse contra el mío.

Nath... —logré articular entre besos, mi voz rompiéndose en un susurro necesitado.

Él bajó sus manos desde la puerta hasta mis caderas, apretándolas con esa fuerza que me hacía estremecer. Me elevó un poco, obligándome a rodear su cintura con mis piernas, y el contacto de nuestras zonas íntimas a través de la ropa húmeda generó una chispa eléctrica que me hizo arquear la espalda.

Dime que solo me quieres a mí —gruñó él, bajando sus besos por mi mandíbula hasta encontrar el punto sensible en mi cuello.

Sus dientes rozaron mi piel, marcándome, mientras sus manos comenzaban a subir por debajo de mi camiseta, buscando el contacto directo con mi piel. El contraste de sus dedos fríos contra mi abdomen ardiente me hizo soltar un jadeo agudo que resonó en el silencio de la habitación.

Solo a ti... —respondí, mi mente nublada por el deseo y la intensidad de su toque.

Nathaniel se separó apenas unos milímetros, sus ojos dorados brillando con una mezcla de triunfo y una lujuria que me dejó temblando. Ya no había rastro del delegado perfecto; solo quedaba el hombre que estaba dispuesto a querer el mundo, ya sí mismo con tal de tenerme de vuelta. Sus labios volvieron a los míos, esta vez más profundos, más lentos, mientras el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas se convertía en lo único que existía en el universo.

El beso se volvió más profundo, una lucha de lenguas que reclamaban territorio, entrelazándose con una urgencia que nos dejaba sin oxígeno. Las manos de Nathaniel, todavía con ese rastro de frío de la tormenta, se deslizaron por fin debajo de mi polera. El contacto de sus palmas contra mi piel ardiente me hizo soltar un jadeo que él devoró de inmediato. Sus dedos subieron por mis costillas, apretando con una firmeza que gritaba posesividad, marcando cada centímetro como si estuviera grabando su nombre en mí.

De un movimiento brusco, se separó lo justo para deshacerse de su chaqueta empapada, tirándola al suelo sin cuidado. Luego, sus manos agarraron el borde de su polera y se la quitó de un tirón.

Me quedé perpleja, muda. La luz tenue de la habitación esculpía su torso; Estaba más definido, más imponente de lo que recordaba. Las sombras jugaban con sus músculos tensos por la adrenalina y la lluvia que aún resbalaba por su piel. Nathaniel notó mi asombro y una sonrisa ladeada, cargada de esa arrogancia que tanto me descolocaba, apareció en su rostro.

¿Te gusta lo que ves, Sucrette? —se burló con voz ronca, antes de atraparme de nuevo en un beso abrasador.

Mientras nuestras bocas se fundían, sentí sus dedos juguetear con el borde de mi pantalón. Su pulgar rozó el botón, desabrochándolo con una destreza que me hizo temblar. El sonido de la cremallera bajando fue lo único que rompió el ritmo de nuestros jadeos.

Todavía apoyado contra la madera de la puerta, Nathaniel bajó mis pantalones y mis bragas en un solo movimiento decidido. El aire frío de la habitación me tocó, pero fue sustituido de inmediato por el calor de su mano, que se posicionó justo donde más lo necesitaba. Nathaniel soltó una risa baja, vibrante, que sintió contra mi cuello.

Vaya... parece que alguien tenía muchas ganas de verme —murmuró con malicia, deslizando sus dedos por mi humedad.

Es... es la lluvia, Nath —logré decir, aunque mi voz era un hilo quebrado y mis ojos se ponían en blanco por la estimulación.

Mentirosa —susurró él, presionando con más fuerza, disfrutando de mi reacción—. La lluvia no quema así, y definitivamente no late bajo mis dedos.

Me hundí en su hombro, soltando un gemido agudo cuando empezó a moverse con un ritmo experto. Nathaniel no me creía, y la verdad era que yo tampoco; el deseo que sentía por él era una tormenta mucho más poderosa que la que rugía afuera. Sus labios volvieron a buscar mi cuello, dejando marcas rojas mientras su mano continuaba reclamando lo que según sus ojos dorados, siempre había sido suyo.

La tensión en la pequeña habitación era asfixiante, cargada con el olor a lluvia y el deseo acumulado de cuatro años de ausencia. Nathaniel no me dio tregua; Tras aquel momento de silencio, volvió a hundir sus dedos en mi interior con una urgencia renovada, mientras su pulgar encontraba mi clítoris con una precisión que me hizo perder el suelo.

Nath... ah... por favor —gemí, echando la cabeza hacia atrás contra la madera de la puerta.

Mis jadeos se volvieron erráticos, cortos, casi dolorosos por la intensidad de la estimulación. Él se movía con un ritmo experto, alternando la presión de sus dedos con movimientos circulares sobre mi centro, provocando que mis caderas se agitaran buscando más de ese contacto eléctrico. Sentía que el mundo se desvanecía, que solo existía el calor de su mano y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.

Cada vez que sus dedos se hundían más, yo soltaba un gemido agudo, apretando mis muslos contra su mano en un intento desesperado de contener el placer que amenazaba con hacerme estallar. Nathaniel disfrutaba de cada espasmo, de cada sonido roto que salía de mi garganta, observándome con una mezcla de triunfo y hambre voraz.

De repente, se detuvo en seco, dejándome temblando y con el pulso acelerado. Sacó su mano lentamente, empapada por completo, y la llevó a la altura de mis labios.

Límpialos... —ordenó con una voz ronca, una vibración profunda que me recorrió la espina dorsal.

Sus ojos dorados estaban fijos en los míos, desafiándome, devorándome. Sin apartar la mirada, con esa inocencia que parecía volverlo loco, abrí la boca y rodeé sus dedos con mi lengua. Comencé a lamer rastro a rastro la evidencia de mi propia excitación, saboreándome en él, mientras Nathaniel soltaba un gruñido bajo y apretaba su mandíbula al límite.

Esa imagen mía, entregada y vulnerable ante él, fue el golpe de gracia. Vi cómo sus pupilas se dilataban hasta casi cubrir el iris, y supe que en ese instante, cualquier rastro de su autocontrol se había evaporado bajo la lluvia y el deseo.

Maldita sea, Sucrette... —gruñó, su voz rompiéndose mientras su mano libre se enredaba en mi pelo para tirar de mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello a su merced. Estaba al borde del abismo, y esta vez, no tenía intención de detenerse.

Sus labios volvieron a mi cuello con una ferocidad renovada, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos posesivos que me hicieron arquear la espalda contra la madera. Estaba completamente nublada; la excitación era una marea alta que amenazaba con ahogarme, despojándome de cualquier rastro de razón. Con los ojos en blanco y los labios atrapados entre mis propios dientes para no gritar su nombre, me sentía vibrar bajo su toque.

Mis manos, actuando por una voluntad propia impulsada por el deseo puro, descendieron por su torso firme hasta encontrar el relieve pronunciado bajo su jean blanco.

Al rodearlo por encima de la tela, solté un gemido ahogado. Estaba increíblemente duro, una presencia imponente que palpitaba bajo mi palma. Comencé a acariciarlo con una torpeza necesitada, siguiendo el largo de su miembro, sintiendo cómo Nathaniel se tensaba al límite bajo mi contacto.

Un gruñido ronco escapó de su garganta, uno que vibró directamente contra mi piel sensible. Su control, ese que siempre ostentaba como una armadura, se estaba haciendo añicos ante mis dedos.

Sucrette... detente o no llegaré a la cama —advirtió con la voz rota, aunque su cuerpo me pedía exactamente lo contrario, presionándose con más fuerza contra mi mano, buscando desesperadamente el alivio que solo yo podía darle.

Pero ignoré sus plegarias, mis dedos seguían acariciando su miembro por encima de la tela, desafiando su autocontrol y alimentando la tormenta de deseo que amenazaba con devorarnos a ambos. Nathaniel soltó un gemido, que se transformó en un gruñido posesivo.

De un movimiento rápido y brusco, me dio la vuelta. Mis manos perdieron el contacto con su calor, y sentí cómo mi cara chocaba suavemente contra la madera fría de la puerta. Me acorraló por detrás, presionando su cuerpo firme contra el mío, su miembro erguido frotándose contra mis nalgas por encima de su jean, provocándome un escalofrío que me recorrió toda la columna.

Te advertí, Sucrette... —susurró contra mi oído, su aliento caliente erizándome la piel.

Inmersa en una neblina de excitación pura, perdí el control de mis propios instintos. Apoyada contra la madera fría de la puerta, comencé a mover mi trasero hacia atrás, buscando desesperadamente el contacto, golpeando rítmicamente contra la dureza que se adivinaba tras su jean. Nathaniel soltó un gruñido animal, una mezcla de dolor y placer, mientras sus manos se clavaban en mis caderas para fijarme en su sitio.

No tienes idea de lo que me estás haciendo... —siseó cerca de mi oído, su voz rompiéndose por la tensión.

Desde su posición, Nathaniel disfrutaba de la vista que tenía frente a él: mi cuerpo entregado, temblando bajo la luz tenue, buscándolo con una urgencia que lo estaba volviendo loco. Sin romper el contacto, escuché el siseo de su cremallera y el roce de la tela al caer. En un movimiento ágil, bajó sus pantalones hasta que solo el bóxer contenía su erección, dejándolo casi al descubierto.

Sentí el cambio de temperatura al instante. El calor de su piel, ahora mucho más directo, chocó contra la sensibilidad de mis nalgas. Nathaniel comenzó a jugar, rozando su miembro con una lentitud tortuosa contra mi centro, moviéndose de arriba abajo con una precisión que me arrancó un gemido agudo.

Mírame. —ordenó, aunque yo estaba de espaldas a él, obligándome a girar un poco el rostro para ver su expresión de pura lujuria.

Empezó a simular embestidas, suaves pero constantes, empujando su cadera contra la mía. Cada roce de su miembro contra mi entrada, todavía húmeda y palpitante, era una descarga eléctrica que me hacía clavar las uñas en la puerta. Los movimientos eran deliberados, cargados de una promesa de lo que vendría después, mientras sus manos bajaban de mi cintura para apretar mis muslos, abriéndome un poco más para que el roce fuera inevitable y abrasador.

Mis jadeos se convirtieron en súplicas silenciosas, perdida en el vaivén de su cuerpo contra el mío, mientras el sonido de nuestra piel chocando se volvía el único lenguaje que entendíamos en esa habitación cerrada.

El juego de fricción se volvió insoportable, una tortura de placer que me tenía arañando la madera de la puerta. Nathaniel se movía contra mí con una cadencia perfecta, sus embestidas simuladas golpeando justo donde mi cuerpo gritaba por más. El sonido de su respiración pesada en mi oído y el roce de su piel contra la mía me tenían en un estado de trance, hasta que, de pronto, se detuvo en seco.

Solté un gemido de protesta, sintiendo el vacío inmediato. Apoyada contra la puerta, giré un poco la cabeza, con la vista nublada y el cabello pegado al rostro por el sudor y la humedad de la lluvia.

Nathaniel, con los músculos de la espalda todavía tensos y el pecho subiendo y bajando con violencia, estiró el brazo hacia su chaqueta verde que yacía tirada en el suelo. Sus dedos buscaron con destreza en uno de los bolsillos hasta que sacó un pequeño sobre cuadrado y brillante.

Una chispa de diversión atravesó mi nubosidad mental. A pesar de la urgencia que me recorría, no pude evitar que una sonrisa traviesa apareciera en mis labios mordidos.

¿Lo tenías todo planeado? —me burlé con la voz rota, soltando una risita jadeante que resonó en el silencio cargado de la habitación.

Nathaniel se quedó inmóvil un segundo, sosteniendo el preservativo entre sus dedos. Lentamente, levantó la mirada hacia mí, y vi cómo esa chispa de arrogancia que siempre lo caracterizaba volvía a sus ojos dorados, mezclada con una lujuria que prometía no tener piedad.

Siempre hay que estar preparado para las emergencias —respondió con una voz tan ronca que me hizo vibrar por dentro—. Y lo nuestro... lo nuestro es una emergencia desde que pusiste un pie en esta ciudad.

Sin darme tiempo a replicar, rompió el envoltorio con los dientes, un gesto que me dejó sin aliento, mientras su mano volvía a cerrarse sobre mi cadera para reclamarme una vez más.

La tensión en la habitación alcanzó un punto de no retorno. Nathaniel, con movimientos lentos y calculados que solo servían para torturar mis nervios, terminó de bajarse el bóxer. Al quedar completamente al descubierto, no pude evitar girar la cabeza lo suficiente para verlo: su miembro se liberó con un rebote que delataba la presión acumulada, mostrándose imponente, firme y mucho más grande de lo que mi memoria se había atrevido a registrar.

Dios... —el gemido se ahogó en mi garganta, una mezcla de asombro y un deseo voraz que me hizo humedecer las piernas al instante.

Nathaniel, disfrutando de mi reacción, se tomó su tiempo para colocar el preservativo con una destreza que me ponía enferma de ganas. Cuando terminó, volvió a posicionarse detrás de mí, pero en lugar de darme el alivio que mi cuerpo gritaba, decidió seguir con su juego de poder.

Apoyada contra la puerta, sentí cómo la punta de su miembro, ahora enfundada, comenzaba a deslizarse con una lentitud exasperante por mis pliegues. No entraba; solo jugaba, subiendo y bajando, rozando mi clítoris con una precisión que me hacía soltar espasmos incontrolables. El contraste del látex y su calor natural contra mi intimidad palpitante me estaba volviendo loca.

Nath... por favor... ya no puedo más —supliqué, hundiendo las uñas en la madera de la puerta mientras mis caderas buscaban desesperadamente el empuje que él me negaba.

¿Qué es lo que no puedes más, Sucrette? —susurró él, su voz vibrando en mi nuca como una caricia eléctrica, mientras seguía delineando mi entrada sin ceder ni un milímetro—. Dime qué es lo que quieres que te haga.

¡Continúa! ¡Entra ya, por favor! —mi voz se rompió en un grito sofocado, mis rodillas flaquearon y sentí que si no me poseía en ese mismo segundo, me iba a desmoronar por completo.

Nathaniel soltó un gruñido de satisfacción al escuchar mi rendición absoluta. Sus manos bajaron de mi cintura para abrir mis piernas un poco más, preparándome, mientras su respiración pesada me avisaba que el juego previo había terminado y que la verdadera tormenta estaba a punto de estallar dentro de mí.

Un gemido profundo y ronco escapó de la garganta de Nathaniel en el mismo instante en que la punta de su miembro venció la resistencia inicial, hundiéndose en mi calor. Se quedó completamente inmóvil durante unos segundos, con los músculos de la espalda tensos como cuerdas de piano, cerrando los ojos con una expresión de puro éxtasis doloroso. Podía sentir cómo sus latidos tronaban contra mi espalda mientras procesaba la sensación; estaba recordando, después de cuatro años de vacío, lo increíblemente apretada que era para él.

Dios, Sucrette... —susurró con la voz rota, su aliento quemándome la nuca mientras se acostumbraba a la presión asfixiante de mis paredes rodeándolo.

Yo cerré los ojos con fuerza, perdiendo el sentido de la realidad. Sentir su miembro, tan grande y firme, reclamando su lugar dentro de mí, me dejó sin aire. El mundo exterior, la lluvia y las dudas sobre Nathaniel se desvanecieron, dejando solo esa conexión eléctrica que nos unía a la puerta de madera.

De repente, sin previo aviso, Nathaniel dio una embestida cargada de una fuerza bruta, hundiéndose hasta el fondo de un solo golpe.

¡Ahhh...!

El gemido salió de mi boca con una potencia que me asustó; fue un sonido de puro placer y entrega total. Inmediatamente, llevé mi mano a mi boca, presionando mis dedos contra mis labios para ahogar cualquier otro grito. El eco de mi voz parecía haber quedado suspendido en el aire del pasillo vacío; no podía olvidar que estábamos en la residencia de la universidad y que cualquier ruido en exceso despertaría a los demás alumnos.

Nathaniel notó mi gesto y una chispa de malicia brilló en sus ojos dorados. Se inclinó hacia adelante, aplastando mi cuerpo contra la puerta, y comenzó a moverse con lentitud, disfrutando de cómo mis gemidos ahora se convertían en vibraciones sordas contra la palma de mi mano.

Muerde tus labios si quieres —gruñó posesivo, marcando el ritmo de nuevo—, pero no pienses que voy a ir despacio solo porque tenemos vecinos.

Las embestidas, que al principio eran tanteos lentos y profundos para saborear la estrechez, pronto empezaron a cobrar un ritmo frenético. Nathaniel ya no tenía paciencia; el sonido rítmico de nuestros cuerpos chocando contra la madera de la puerta se volvió la única música en la habitación. Cada vez que me penetraba, lo hacía con una urgencia que me dejaba sin aliento, llevándome al límite de la consciencia.

Desde atrás, sus manos grandes y calientes subieron con posesividad, colándose por debajo de mi polera para apresar mis senos. Los apretaba con una fuerza que me hacía arquear la espalda, reclamándolos como suyos, para luego deslizar sus dedos hacia abajo, recorriendo mi vientre hasta presionar firmemente la zona de mi vejiga.

Míralo... mira cómo te lleno —gruñó Nathaniel en mi oído, su voz rompiéndose por el esfuerzo.

Desde esa posición, él podía sentir perfectamente a través de mi piel cómo su miembro entraba y salía de mi cuerpo, una sensación tan íntima y cruda que me hizo soltar un sollozo ahogado. Intenté con todas mis fuerzas contener los gemidos, apoyando una mano con fuerza contra la puerta y mordiéndome la otra con desesperación.

Bajé la mirada, nublada por las lágrimas de placer, y vi cómo mis propias piernas temblaban sin control. Mis muslos se estremecían bajo el peso y la potencia de sus embestidas, incapaces de sostener mi propio cuerpo mientras Nathaniel me mantenía anclada a él. Cada vez que se hundía hasta el fondo, sentía una presión deliciosa que me hacía perder el sentido de la realidad, dejando que la oscuridad de la habitación y el calor de su cuerpo fueran lo único que importaba en el mundo.

La habitación se había transformado en un hervidero de calor y deseo, donde el único sonido que competía con la lluvia era el rítmico y húmedo golpe de nuestras pieles chocando. Nathaniel ya no guardaba ninguna compostura; sus embestidas se volvieron cada vez más placenteras, profundas y cargadas de una necesidad casi violenta de recuperar el tiempo perdido.

En un movimiento brusco, Nathaniel soltó uno de mis pechos para enredar sus dedos en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás con fuerza. El tirón me obligó a arquear la espalda de forma estrepitosa, exponiendo mi garganta y dejando que su miembro entrara aún más al fondo, alcanzando lugares que me hacían ver estrellas.

Eres mía, Sucrette... siempre lo has sido —gruñó posesivo contra mi oído, su voz rompiéndose por el esfuerzo físico.

De repente, mientras mantenía el ritmo frenético, su mano libre descendió con rapidez y asestó una nalgada firme sobre mi piel desnuda. El sonido del impacto resonó en la habitación, seco y sonoro, seguido de inmediato por el roce de su vello púbico contra mis glúteos. El ardor del golpe se mezcló instantáneamente con el placer de la penetración, creando una sobrecarga sensorial que me hizo soltar un grito ahogado contra la madera de la puerta.

¡Ah... Nath! —mi cuerpo se sacudió en un espasmo violento, mis piernas fallaron por completo y solo su agarre en mi cabello y sus manos en mis caderas me mantenían en pie.

Él no se detuvo; al contrario, el sonido de las pieles golpeándose se volvió más rápido, más errático. Nathaniel estaba perdiendo el control, sus embestidas eran ahora estocadas decididas que me empujaban contra la puerta una y otra vez, marcando un territorio que, en ese momento, le pertenecía por completo. Mis uñas rasgaron la pintura de la madera mientras intentaba procesar la intensidad de cada movimiento, perdida en la vorágine de su fuerza y su obsesión.

La brusquedad de sus movimientos era tal, que en una estocada especialmente fuerte y desalineada, el miembro de Nathaniel salió de golpe. El sonido húmedo del vacío que me dejó hizo soltar un jadeo de desamparo, sintiendo el frío de la habitación reclamar de nuevo mi intimidad.

Nathaniel, lejos de frustrarse, soltó una risa ronca y baja. Se alejó apenas unos centímetros, lo suficiente para dar un paso atrás y quedarse ahí, de pie, contemplándome. Yo seguía apoyada contra la puerta, con las piernas temblando y el cabello revuelto, mi pecho subiendo y bajando en un intento desesperado por recuperar el aire. Estaba completamente vulnerable, expuesto ante su mirada dorada que me recorría con una intensidad depredadora.

Estás preciosa así, Sucrette... —murmuró, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y posesividad—. Eres una vista digna de una foto, para no olvidarte nunca.

Pasó casi un minuto en el que el único sonido era el de nuestras respiraciones y la lluvia afuera. Pero entonces, un golpe seco y firme en la madera de la puerta hizo que la habitación sucumbiera al silencio más absoluto.

Ambos nos quedamos helados, como estatuas de sal. Me puse rígido al instante, sintiendo el frío del pánico recorrer mi columna. Nathaniel no se movió, pero vi cómo sus músculos se tensaban y su expresión cambiaba a una de alerta máxima. Con el corazón martilleando contra mis costillas, intenté calmar mi respiración errática y, con un hilo de voz que apenas reconocí, logré preguntar:

¿...Quién?

Soy yo. —La voz al otro lado de la puerta era inconfundible. Áspera, profunda y cargada de una extraña calma—. Vine a devolverte el paraguas que se te cayó. Estaba en el suelo.

Era Castiel.

Me quedé atónica, sin poder ni siquiera parpadear. El hombre con el que Nathaniel casi se va a los puños hace menos de una hora estaba al otro lado de la delgada madera que nos separaba, mientras yo estaba semidesnuda y todavía húmeda por el sexo.

Sin embargo, Nathaniel no mostró ni un ápice de temor. Al contrario, una sonrisa maliciosa y perversa se dibujó lentamente en su rostro. Sus ojos se clavaron en los míos con un brillo de pura provocación. Con movimientos calculados y un silencio absoluto, se acercó de nuevo a mí.

Sentí el calor de su cuerpo envolviéndome por la espalda mientras sus manos volvían a mis caderas. Con una lentitud tortuosa, Nathaniel comenzó a jugar con la punta de su miembro contra mi entrada, rozándome con una presión mínima pero constante, justo cuando Castiel estaba a centímetros de nosotros, esperando una respuesta al otro lado de la puerta.

El silencio tras la puerta era tan denso que podía oír los latidos de mi propio corazón martilleando contra mis oídos. Castiel seguía allí, esperando, separado de nosotros solo por unos pocos centímetros de madera.

¿Sucrette? ¿Estás ahí? —insistió Castiel, su voz sonando más cerca, casi pegada a la puerta.

En ese preciso instante, Nathaniel, con una mirada cargada de una perversidad absoluta, me agarró de las caderas con una fuerza que me dejó sin aire y dio una embestida brutal, rápida y áspera , hundiéndose en mí hasta el límite. El impacto fue tan arrepentido que sentí cómo mis pulmones se vaciaban de golpe.

¡Mmmgh...! —El gemido quedó atrapado en mi garganta, ahogado con todas mis fuerzas mientras apretaba los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

Mis ojos se llenaron de lágrimas por el esfuerzo de no gritar y giré la cabeza para mirar a Nathaniel con un enojo ardiente, mis pupilas dilatadas por la mezcla de placer y pánico. Él, lejos de intimidarse, me sostuvo la mirada con una sonrisa de victoria, disfrutando de cada segundo de este juego prohibido.

¿Sucrette? ¿Qué pasa? Se escuchó como un grito... ¿Estás bien? —La voz de Castiel sonó ahora preocupada, y escuché cómo el pomo de la puerta se movía ligeramente, aunque estaba bajo llave.

Me quedé rígido, sintiendo cómo el miembro de Nathaniel palpitaba dentro de mí, reclamando cada rincón de mi interior mientras él empezaba a moverse con una lentitud tortuosa, restregándose contra mis paredes más sensibles.

¡No! ¡Estoy bien! —logré articular con la voz entrecortada, tratando de sonar lo más normal posible—. Es que... choqué con el escritorio. Estaba oscuro y no lo vi...

Nathaniel soltó una risa silenciosa contra mi nuca, una vibración que me recorrió toda la columna. Ver cómo yo tenía que mentirle a Castiel mientras él me poseía era, para él, el triunfo definitivo. Su mano bajó de mi cadera y volvió a presionar mi vientre, obligándome a sentir cada una de sus estocadas lentas mientras afuera, Castiel permanecía en una ignorancia que Nathaniel saboreaba con cada movimiento.

No te preocupes... no hace falta que te levantes de la cama —dijo la voz de Castiel, ya un poco más amortiguada a través de la madera—. Puedo traértelo mañana si quieres. Quédate descansando.

Nathaniel soltó un gruñido sordo de satisfacción contra mi nuca al oír eso, pero no dejó de moverse. Sus estocadas eran lentas, casi perezosas, disfrutando de la forma en que mi cuerpo se estremecía ante el peligro que acabábamos de pasar.

S-sí... gracias, Castiel —respondí, intentando que mi voz no temblara mientras sentía cómo Nathaniel se hundía hasta el fondo una vez más—. Tendría que... tendría que vestirme para abrirte y la verdad es que ya estaba por dormir.

Entiendo. Descansa, Sucrette. Mañana nos vemos.

Escuché el último eco de sus pisadas perdiéndose al final del corredor. En cuanto el silencio fue total, la tensión que me mantenía rígida se quebró, dejando paso a una oleada de calor que me nubló la vista. Nathaniel no esperó ni un segundo; en cuanto supo que estábamos solos de nuevo, su agarre en mis caderas se volvió férreo, casi doloroso.

"Tendría que vestirme", ¿eh? —se burló Nathaniel con esa voz ronca que me hacía vibrar hasta la médula. Me giró bruscamente para que volviera a quedar de espaldas a la puerta, atrapándome entre la madera y su pecho desnudo—. Qué buen detalle, Sucrette. Pero ahora que se ha ido... no vas a necesitar esa ropa en un buen rato.

Su mirada, cargada de una posesividad que no se molestaba en ocultar, recorrió mi rostro antes de bajar por mi cuello. El silencio de la habitación ahora pesaba de una forma distinta, densa y eléctrica. Nathaniel acortó la distancia que nos separaba, dejando que el calor de su piel terminara de desarmar cualquier rastro de compostura que me quedara. Sus manos descendieron con firmeza hacia mis caderas, anclándome a él, mientras una sonrisa ladeada y peligrosa se dibujaba en sus labios.

La madera fría de la puerta contra mis palmas era el único contraste real ante el incendio que Nathaniel estaba provocando en mi cuerpo. Sentí sus labios abandonar mi boca, dejando un rastro de humedad y fuego mientras descendía por mi cuello. Mis dedos se enterraron en su cabello rubio, queriendo empujarlo más cerca o alejarlo antes de que mis rodillas cedieran, pero cuando sus dientes rozaron ese punto exacto bajo mi oreja, el gemido salió de mi garganta sin filtro alguno.

Ah... Nath... —el sonido vibró en el aire, rompiendo el silencio que tanto me había esforzado en proteger minutos antes.

Él soltó una risa ronca, una vibración que sentí directamente contra mi piel, y antes de que pudiera procesarlo, me giró bruscamente. Mis manos golpearon la puerta y mi rostro quedó presionado contra la superficie lisa. Me sentía expuesta, vulnerable y desesperadamente necesitada de él.

Nathaniel se pegó a mi espalda, su pecho desnudo era una pared de calor que me anclaba. Sentí sus manos, grandes y firmes, bajando por mis caderas con una posesividad que me dejó sin aliento. Sus dedos se hundieron en mi piel, reclamándome, mientras yo jadeaba intentando recuperar un control que ya no existía.

Entonces, sentí el roce directo y firme de su miembro contra mi entrada. Fue un contacto eléctrico, un juego de fricción que me hizo arquear la espalda instintivamente hacia él. Nathaniel soltó un suspiro pesado en mi oído, pero no entró. Se limitó a jugar, a rozarme con una lentitud tortuosa que me estaba volviendo loca.

Vaya... ¿dónde quedó esa timidez de hace un momento? —su voz era pura burla, cargada de una arrogancia que me hacía hervir la sangre y el cuerpo al mismo tiempo—. Hace un minuto apenas te atrevías a respirar por miedo a que nos descubrieran... y ahora mírate.

Un nuevo gemido, más alto y desesperado, escapó de mis labios cuando él empujó ligeramente, solo para retirarse de nuevo. Mi frente se apoyó contra la madera, mis ojos se cerraron con fuerza y el mundo se redujo al contacto de su piel con la mía.

Cállate... —logré articular, aunque mi voz era un hilo quebrado.

¿Por qué? Me encanta cómo suenas —susurró, y sentí su sonrisa peligrosa rozar mi oreja—. Parece que ahora no te importa en absoluto que alguien pase por el pasillo.

Sus manos apretaron mis muslos, posicionándome exactamente donde él quería. El juego terminó cuando sentí su firmeza empujando con decisión, llenando el vacío que me estaba consumiendo. Mi cabeza se echó hacia atrás, golpeando suavemente su hombro, y perdí cualquier rastro de compostura. Ya no me importaba el ruido, ni la puerta, solo importaba la forma en que él me dominaba, rompiendo mi silencio con cada uno de sus movimientos.

La habitación se volvió un caos de sensaciones. Con la marcha de Castiel, Nathaniel liberó toda la tensión acumulada, transformándola en una energía eléctrica y posesiva. Sus embestidas se volvieron frenéticas, rápidas y profundas, acompañadas del sonido rítmico de nalgadas firmes que dejaban mi piel ardiendo y mi mente en blanco. El eco de los golpes contra la madera de la puerta marcaba un compás primitivo que me hacía perder el sentido de la realidad.

Nathaniel se pegó a mi espalda, su pecho sudoroso subiendo y bajando con violencia contra mi columna. Acercó sus labios a mi oreja, y su aliento caliente me erizó hasta el último vello del cuerpo.

No tienes idea de lo que me hizo sentir eso... —susurró con una voz cargada de una lujuria oscura y vibrante—. Tenerlo ahí fuera, a centímetros de nosotros, mientras yo estaba dentro de ti... me excitó más de lo que puedo explicar.

Sentí cómo su miembro palpitaba con más fuerza en mi interior, como si la adrenalina del peligro hubiera multiplicado su deseo. Sin dejar de embestir con esa cadencia salvaje, Nathaniel bajó su mano libre con una agilidad experta. Sus dedos buscaron mi clítoris, encontrándolo al instante y comenzando a masturbarme con un ritmo rápido, perfectamente sincronizado con sus estocadas.

Ah... ¡Nath! —mi grito esta vez no fue ahogado; resonó en las cuatro paredes, liberado de toda restricción.

Mis piernas se volvieron de gelatina y mis uñas rasgaron la madera de la puerta mientras el placer se convertía en algo insoportable, una ola gigante que estaba a punto de romper. Nathaniel también estaba llegando a su límite; sentía sus músculos tensarse al extremo y su respiración volverse una serie de gruñidos roncos.

Mírame, Sucrette... no te atrevas a cerrar los ojos —ordenó, obligándome a girar la cabeza para encontrarme con su mirada dorada, que en ese momento era puro fuego—. Quiero que nos vengamos juntos. Ahora.

Aumentó la presión de sus dedos y la velocidad de sus caderas en un último esfuerzo desesperado. Yo ya no podía más; sentía cómo las paredes de mi intimidad se contraían con fuerza alrededor de él, respondiendo a su estímulo. El mundo desapareció, dejando solo el calor de Nathaniel, el roce eléctrico de sus dedos y esa promesa de una explosión compartida que nos dejaría marcados para siempre.

El mundo se redujo a ese milímetro de espacio entre la madera de la puerta y el cuerpo de Nathaniel. Sus dedos en mi clítoris alcanzaron una velocidad frenética, sincronizada con las estocadas profundas que me hacían perder el suelo. Sentí cómo la tensión eléctrica en mi vientre se convertía en una explosión líquida que recorrió cada uno de mis nervios.

¡Nath...! —mi grito se fundió con su nombre en un gemido desgarrador mientras mis paredes se contraían con una fuerza violenta alrededor de su miembro.

Casi al mismo tiempo, Nathaniel soltó un gruñido gutural, animal, y se hundió en mí hasta el fondo, quedándose allí anclado mientras su propio clímax lo sacudía. Sentí el calor de su descarga llenándome, una sensación de plenitud que me hizo echar la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente su hombro, con los ojos en blanco y la respiración rota.

Poco a poco, el ritmo frenético de nuestros corazones empezó a estabilizarse y todo se volvió lento, casi irreal. El estruendo de la lluvia que antes golpeaba los cristales pareció desvanecerse, quedando como un eco lejano que ya no nos pertenecía. El silencio de la habitación era ahora absoluto, solo interrumpido por nuestras exhalaciones pesadas que chocaban entre sí.

Incluso la humedad de la tormenta y la de mi propio cuerpo parecieron transformarse. El calor sofocante que emanaba de nuestra piel, esa combustión interna de deseo y adrenalina, era tan intenso que parecía haber evaporado cada rastro de frío. Estábamos envueltos en una burbuja de vapor y sudor, pegados el uno al otro por la inercia del placer.

Nathaniel no me soltó de inmediato. Apoyó su frente contra mi nuca, rodeándome con sus brazos como si temiera que, al separarse, yo pudiera desaparecer. En ese momento, en la penumbra de la residencia y con el recuerdo de Castiel aún flotando tras la puerta, supe que el fuego que acabábamos de encender no se apagaría con ninguna lluvia.

La habitación, que hace apenas unos minutos era el escenario de una tormenta de pasión, quedó sumida en un silencio acogedor y denso. Nathaniel se separó de mí con una lentitud casi reverente, sintiendo cómo el vacío de su ausencia me hacía estremecer por última vez. Me tomó de los hombros y me dio la vuelta con delicadeza, como si fuera de cristal para quedar frente a frente.

Nuestras miradas se encontraron en la penumbra, y esta vez no había rastro de la furia o la posesividad de antes; solo quedaba un brillo de ternura que me desarmó por completo. Se inclinó y me dio un beso, pero este fue diferente, dulce, lento y profundo. Lo acepté de inmediato, rodeando su cuello con mis brazos cansados, saboreando el sabor de su boca y la calma que finalmente se instalaba entre nosotros.

En ese momento, todavía desnudos y con la piel aún vibrando por el contacto, el mundo exterior dejó de existir. No importaba el paraguas de Castiel, ni que estuviéramos en una residencia universitaria, ni el desastre de ropa tirada por todo el suelo. De ese desorden ya se encargaría el "nosotros del futuro"; ahora solo importaba que estábamos ahí, juntos, recuperando el tiempo perdido en un abrazo que olía a lluvia y a reencuentro.

Descansa —susurró Nathaniel contra mis labios, dándome un último beso corto antes de separarse definitivamente.

Lo vi caminar hacia el baño, su figura recortada por la tenue luz de la habitación, y escuché el sonido del agua de la ducha comenzando a caer. Con las pocas fuerzas que me quedaban, y sintiendo los músculos de mis piernas todavía como gelatina, me arrastré hasta la cama. El frío de las sábanas se sintió como una caricia necesaria contra mi piel ardiente.

Casi en el mismo instante en que mi cabeza tocó la almohada, el cansancio me venció. Cerré los ojos con una sonrisa involuntaria y el sonido del agua y la seguridad de tener a Nathaniel bajo mi mismo techo me servían de canción de cuna.

Sumergida en ese sopor profundo donde los sonidos del mundo se vuelven ecos distantes, sentí que el colchón se hundía lentamente a mi lado. Un rastro de frescura y el aroma limpio del jabón cortaron la calidez pesada de las sábanas, anunciando su regreso.

Nathaniel se deslizó con cuidado, tratando de no romper mi descanso, pero su presencia era demasiado intensa para pasar desapercibida. Sentí el calor de su cuerpo emanando a pocos centímetros del mío, una barrera natural contra el frío que empezaba a colarse por la ventana tras la tormenta.

Sin decir una palabra, estiró un brazo y me rodeó la cintura, apegándome a su pecho todavía un poco húmedo por la ducha. Sus dedos se entrelazaron con los míos sobre mi vientre, en un gesto que ya no tenía rastro de la urgencia de antes; era una posesividad tranquila, la de alguien que finalmente ha reclamado lo que sentía perdido.

Duerme... —susurró muy cerca de mi oído, su voz siendo apenas una vibración que me arrulló aún más.

Sentí un beso fugaz en mi hombro y, con un suspiro de absoluta paz, me acurruqué contra él. En ese rincón de la residencia, protegido por la oscuridad y el silencio, el mundo exterior y sus complicaciones dejaron de existir. Solo quedaba el ritmo acompañado de su respiración mezclándose con la mía, mientras el sueño me terminaba de reclamar por completo en sus brazos.

Notes:

AJAJJAJ ay dios, es difícil de procesar que tuve que escribir este smut pero de verdad tenia ganas de hacer. Si llegaste hasta acá gracias por tener la libertad y el tiempo de leer cochinadas explicitas. Los quiero!