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Capítulo Uno
La luz de la mañana nunca había sido amable con aquella habitación, se filtraba entre las cortinas con una insistencia casi cruel, como si el sol mismo se empeñara en recordarle que el mundo seguía avanzando, incluso cuando uno no estaba listo para levantarse a enfrentarlo, y Juan, desde hacía años, había aprendido a abrir los ojos antes de que esa claridad lo tocara del todo, como si anticiparse al día le diera una ilusión de control que en realidad no tenía.
Había crecido entre esos muros, entre pasillos que conocía mejor que su propia casa, porque, a decir verdad, el palacio siempre lo había sido más, desde que a los diez años cruzó sus puertas no como invitado, sino como alguien que debía quedarse, que debía aprender, que debía servir, convirtiéndose poco a poco en la voz que calmaba discusiones, en el hilo que mantenía unidas ideas que otros rompían con facilidad, en la lógica que la corte necesitaba incluso cuando no quería escucharla.
Y en medio de todo eso, también los había visto crecer a ellos, a los hijos de Vegetta, como si el tiempo no les hubiera dado opción de ser niños por demasiado tiempo, recordando con una claridad incómoda el día en que la corona cambió de manos y, con ella, sus vidas, cuando los mellizos, con apenas nueve años, aprendieron que el hogar podía sentirse ajeno de un momento a otro, que las paredes podían volverse más altas y las puertas más pesadas, especialmente cuando lo que quedaba del otro lado ya no incluía a todos.
Aldo había sido el primero en cerrarse.
Juan aún podía verse a sí mismo, más pequeño, con los nudillos tensos contra la madera demasiado grande para sus manos, dudando un segundo antes de tocar, como si incluso entonces entendiera que no todas las puertas querían ser abiertas.
—Aldo, tienes que comer, los cocineros hicieron tu platillo favorito… —su voz no era firme, no del todo, pero hacía el intento— mi mamá dice que te puedes enfermar si no comes.
El silencio del otro lado no era vacío, nunca lo había sido, era un silencio pesado, denso, lleno de algo que Juan en ese entonces no sabía nombrar, pero que aun así decidió enfrentar, apoyando la frente contra la madera como si la cercanía pudiera atravesarla, como si quedarse ahí, sin moverse, fuera suficiente para hacerse notar, para no dejarlo completamente solo.
Porque incluso entonces, sin entenderlo del todo, Juan ya había empezado a hacer lo que mejor sabía hacer.
Quedarse.
—Entiendo que no te gustó para nada la decisión que tomó el rey, pero no puedes hacer huelga de hambre tanto tiempo… —murmuró, bajito, como si al suavizar las palabras pudiera hacerlas más fáciles de aceptar— Molly ya comió.
Recordaba con una claridad casi incómoda ese momento, a su yo de apenas diez años, demasiado pequeño para cargar con ese tipo de silencios, pero aun así ahí, parado frente a una puerta que parecía más alta de lo normal, cumpliendo con algo que no terminaba de comprender, porque su madre se lo había pedido, porque alguien tenía que hacerlo, porque Aldo no estaba saliendo.
Y entonces, al fin, la voz del otro lado.
—No… no lo entiendes…
Débil.
No en volumen, sino en algo más profundo, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a la fuerza, como si hablar fuera ya un esfuerzo que no valía la pena hacer.
Juan no respondió de inmediato, no porque no tuviera qué decir, sino porque, por primera vez, sospechó que quizá tenía razón.
Que no lo entendía.
Pero aun así, no se fue.
—Si abres la puerta… y me explicas todo mientras comes —propuso con cuidado, casi como si estuviera ofreciendo algo frágil—, no tienes que hacerlo solo.
No era una orden, ni siquiera un intento real de convencerlo, era más bien una pequeña rendija, una forma de asomarse a la burbuja en la que el príncipe se había encerrado sin romperla por completo, como si Juan ya intuyera que entrar a la fuerza solo haría que Aldo se alejara más.
Se quedó ahí, en silencio otra vez, pero uno distinto, más paciente, menos pesado, esperando.
Y entonces, la puerta, se abrió lento, apenas lo suficiente, como si incluso ese pequeño gesto implicara un riesgo, como si temiera que al abrirla demasiado todo aquello que había contenido dentro se desbordara sin control.
—Está bien…
La voz se coló por la rendija antes que el propio Aldo, baja, cansada, pero presente, permitiéndole a Juan entrar, no solo en la habitación, sino en algo mucho más difícil de alcanzar.
Y Juan, como siempre, aceptó sin cuestionar.
Entró.
Y así, como en ese entonces, en el presente, las cosas no eran tan distintas.
—Aldo, no podemos iniciar una guerra solo porque tengas sed de venganza —la voz de Juan, ahora firme, llenaba el espacio de su oficina, sosteniéndose con una seguridad que los años le habían enseñado a construir.
Frente a él, el príncipe que una vez se escondía tras una puerta, ahora de pie, erguido, convertido en el general supremo de guerra, como si el tiempo hubiera reemplazado el silencio por determinación, pero no necesariamente por calma.
—No es mi sed de venganza —respondió sin titubear, con esa certeza que rozaba lo inamovible—, es solo que me parece… grosero, que estén entrando y saliendo del reino cuando se les plazca.
Una pausa breve, apenas un respiro contenido. —Hay que reforzar las fronteras.
—No podemos hacer eso, Aldo —la voz de Juan se mantuvo firme, pero la paciencia comenzaba a tensarse en cada palabra—, el rey ya fue claro, el tratado de paz permite el tránsito entre reinos sin restricciones.
Lo miró de frente, sosteniéndole la mirada como tantas otras veces, como si todavía creyera que, con las palabras correctas, podría hacerlo retroceder un paso. —No podemos romper eso solo porque no te gusta.
Aldo dejó escapar una risa breve, sin humor, más cercana al cansancio que a cualquier otra cosa, llevando una mano a su rostro antes de dejarla caer con pesadez. —Me vale pura verga el pinche tratado de paz, la flor de la paz y todo ese teatro ridículo… —murmuró, negando apenas con la cabeza, como si la sola idea le resultara insultante.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí suficiente para que algo cambiara.
Cuando volvió a hablar, su voz ya no era la misma. —Nos humillaron, Juan —no lo dijo fuerte, no lo necesitaba—. Nos trataron como si no fuéramos nada.
Y como el mayor lo suponía, no era la necesidad de proteger el reino lo único que movía a Aldo, era su orgullo herido, ese mismo orgullo que había visto antes, años atrás, cuando todo esto no era política ni guerra, sino una puerta cerrada y un niño que no quería salir.
—Príncipe Aldo, no puede seguir enojado con su padre por separarlo de su hermano —la misma terquedad, intacta, como si el tiempo no hubiera hecho más que cambiar el escenario—. El acuerdo que sus padres hicieron fue por el bien de ustedes, de la princesa Molly, del próximo líder Spreen y de usted… fue para preservar su futuro.
Aldo negó apenas, con una expresión que no era rabia pura, sino algo más cansado, más profundo, como si esa explicación la hubiera escuchado demasiadas veces como para seguir considerándola válida.
—No… —murmuró, bajando la mirada un segundo antes de volver a alzarla—. Solo se encapricharon con quién sería mejor padre y terminaron separándonos.
Una pausa breve, pero cargada.
—Es injusto… ni siquiera pudimos elegir.
El silencio no volvió de inmediato, como si incluso después de decirlo, las palabras se hubieran quedado flotando en el aire, pesadas, difíciles de ignorar, y Juan, aún de pie frente a él, no supo qué hacer con ellas, porque no sonaban como un berrinche, no del todo, sonaban como algo más firme, más difícil de mover.
—Pero… —intentó, dudando apenas, como si buscara una forma de acomodar todo eso en algo que tuviera sentido— los reyes dijeron que así era mejor, que iban a estar bien…
Aldo soltó una risa baja, corta, que no tenía nada de divertida. —¿Y tú les crees?
La pregunta lo tomó desprevenido, no por lo que implicaba, sino porque, por primera vez, alguien le estaba pidiendo que dudara de algo que siempre había aceptado sin cuestionar.
Juan abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
Porque sí, eso era lo que le habían enseñado, que los reyes sabían lo que hacían, que todo tenía un propósito, que las decisiones grandes no se discutían… pero ahí, frente a él, con Aldo mirándolo como si esa respuesta realmente importara, no estaba tan seguro.
—Yo… —empezó, pero la palabra se le quedó a medias.
Y Aldo no esperó a que la terminara. —Yo no —dijo, simple, directo, como si no necesitara pensarlo—. Si fuera mejor, no dolería así.
No levantó la voz, no hizo un gesto exagerado, no había lágrimas que dramatizaran el momento, y aun así, algo en su forma de decirlo hizo que el cuarto se sintiera más pequeño, más cerrado. —Spreen ni siquiera está aquí… Molly intenta fingir que no le importa… y yo tengo que quedarme como si nada —una pausa. —¿Eso es lo que es “mejor”?
Juan bajó la mirada un segundo, sintiendo que, por más que quisiera, no tenía una respuesta que no sonara vacía, porque ninguna de las explicaciones que le habían dado parecía suficiente frente a eso.
Pero aun así, no se movió.
No retrocedió.
—No sé si es mejor… —admitió al final, bajito, con más honestidad de la que solía permitirse—, pero… no quiero que estés solo en esto.
Y fue una respuesta pequeña, insuficiente, incluso un poco torpe.
Pero era real.
Aldo no respondió de inmediato, se quedó en silencio, mirándolo, como si estuviera evaluando algo que Juan no podía ver, como si estuviera decidiendo si eso… era suficiente.
Tomó con cuidado la comida que el castaño mayor le había traído y comió un poco, sabía delicioso. —Los extraño, a mi padre y a Spreen.
—Que tus padres se hayan separado no quiere decir que no puedas verlos de vez en cuando…
Aldo no respondió de inmediato, se quedó en silencio, mirándolo, como si estuviera evaluando algo que Juan no podía ver, como si estuviera decidiendo si eso… era suficiente.
Tomó con cuidado el plato que el castaño le había llevado, sosteniéndolo entre las manos unos segundos antes de llevarse el primer bocado a la boca, casi con cautela, como si incluso eso le costara más de lo normal.
Sabía bien.
—Los extraño… —murmuró al final, sin mirarlo—, a mi padre… y a Spreen.
Las palabras salieron bajas, simples, pero cargadas de algo que ya no parecía enojo, sino ausencia.
Juan lo observó en silencio un instante, como si estuviera midiendo sus propias palabras antes de decirlas, como si no quisiera que sonaran tan vacías como temía que lo hicieran.
—Que tus padres se hayan separado no quiere decir que no puedas verlos de vez en cuando… —respondió con cuidado, inclinándose apenas hacia él, como si acortar la distancia ayudara—, pueden visitarse, escribir… no es como si desaparecieran.
Aldo negó suavemente, sin prisa, dando otro pequeño bocado antes de hablar, como si necesitara ese tiempo para ordenar lo que realmente quería decir.
—No es lo mismo.
La respuesta fue inmediata, firme en su sencillez. —No es lo mismo verlos… que vivir con ellos. Una pausa breve, suficiente para que el silencio volviera a instalarse, más pesado que antes.
—No es lo mismo tener que esperar a que alguien más decida cuándo puedo verlos.
Y ahí estaba otra vez, no el niño que hacía berrinche, sino el que empezaba a entender que había cosas que no dependían de él. Juan apretó un poco los dedos contra su propia ropa, como si intentara sostener una respuesta que no terminaba de llegar, porque todo lo que sabía decir sonaba correcto… pero no necesariamente cierto.
Nuevamente veía aquel brillo herido en los ojos de Aldo, el mismo que había aprendido a reconocer desde hace años, el mismo que lo había convertido, poco a poco, en algo más que un consejero, en alguien que había dejado de lado títulos y protocolos para quedarse, para acompañarlo incluso cuando no sabía cómo ayudar.
Había sido la única persona en todo el palacio, después del rey, que se había ganado el respeto y la confianza de Aldo.
Y quizá por eso mismo… era el único que podía decirle que no.
—La respuesta sigue siendo no, Aldo —respondió con firmeza, sosteniéndole la mirada sin apartarse esta vez—, no te permitiré poner a todo tu ejército en las fronteras.
No alzó la voz, no hizo falta, su postura era suficiente para dejar claro que no estaba dispuesto a ceder, no en eso.
—Pero puedo negociar —añadió después de un segundo, bajando apenas el tono, no como rendición, sino como una forma de no romper del todo—, podemos aumentar la guardia… y exigir documentación oficial para ingresar al reino.
Una pausa breve, medida.
—Es lo más lejos que puedo llegar.
Y ahí estaba otra vez, no la puerta pero sí el límite. Y Juan, como siempre, se mantenía frente a él, sin cerrarla… pero tampoco dispuesto a dejarla abierta del todo.
Aldo no respondió de inmediato, pero esta vez el silencio no fue tenso, ni cortante, fue más bien contenido, como si estuviera evaluando hasta dónde estaba dispuesto a ceder sin sentir que estaba perdiendo por completo.
Al final, soltó el aire despacio, desviando la mirada por un instante antes de asentir apenas, lo justo.
—Está bien… —murmuró, sin rastro de entusiasmo, pero tampoco de desafío—. Hazlo a tu manera.
No era una rendición.
Era un acuerdo.
Se giró sin decir mucho más, como si quedarse implicara alargar algo que ninguno de los dos necesitaba complicar más de lo necesario, avanzando hacia la puerta con esa seguridad que siempre lo acompañaba, aunque esta vez se sentía… más pesada.
Se detuvo un segundo antes de salir, apenas un instante, como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo.
Y se fue.
La puerta se cerró con suavidad detrás de él, dejando el despacho en un silencio que, lejos de ser incómodo, resultaba necesario.
Juan no se movió de inmediato, permaneció en su lugar unos segundos, con la mirada fija en el punto donde Aldo había estado, como si aún pudiera sostener la conversación un poco más, aunque ya hubiera terminado.
Luego, finalmente, dejó escapar el aire que no había notado que estaba conteniendo, llevándose una mano al rostro antes de dejarla caer con cansancio.
No había tiempo para detenerse demasiado en eso.
No cuando el reino dependía de que todo siguiera en orden.
Se movió hacia su escritorio, comenzando a organizar los documentos que ya se acumulaban, las cartas, los sellos, las decisiones que tendrían que tomarse en ausencia de los reyes, porque mientras ellos se encontraban fuera atendiendo asuntos que escapaban incluso a su conocimiento, alguien tenía que sostener el equilibrio que dejaban atrás.
Y ese alguien… era él.
Bueno, él y el príncipe heredero.
Roier.
Aunque, siendo honestos, Juan ya sabía que mantener el reino tranquilo no sería tan sencillo como firmar papeles y dar órdenes, no con las tensiones creciendo en las fronteras, no con Aldo al mando del ejército, no con decisiones que, tarde o temprano, dejarían de ser negociables.
Ahora, con la decisión ya tomada, no había espacio para dudar, Juan sabía perfectamente lo que implicaba. No bastaba con reorganizar guardias o imponer nuevas reglas dentro del reino, si quería que aquello funcionara sin romper el tratado de paz, tendría que mover las piezas con cuidado, anticiparse a cualquier fricción antes de que siquiera ocurriera.
Y eso solo significaba una cosa.Tenía que hablar con el sur. Se inclinó apenas sobre el escritorio, tomando una hoja limpia mientras su mente ya trabajaba varios pasos adelante, midiendo palabras, posibles respuestas, incluso silencios.
No podía permitirse errores, no en ese momento.
La pluma se deslizó con precisión sobre el papel, redactando la solicitud formal para establecer una reunión con el líder del sur, cuidando cada término, cada implicación, porque en ese tipo de cartas no existían los accidentes, todo tenía un significado, incluso lo que no se escribía.
No era una invitación.
Era un movimiento.
Uno necesario para sostener el equilibrio que, lentamente, comenzaba a tensarse más de la cuenta. Selló el documento con calma, como si el peso de lo que estaba haciendo no fuera suficiente para apresurarle las manos, y llamó a uno de los guardias para que la hiciera llegar lo antes posible.
Mientras tanto, su mirada volvió a perderse un segundo sobre el escritorio, porque en el fondo sabía algo. Esto no se iba a quedar en una simple reunión. Nada que involucrara el sur, el orgullo… y a Aldo… lo hacía.
Sin embargo esperaba encontrar una solución,, lo que fuera, aunque fuera mínimo, suficiente para apaciguar las aguas que comenzaban a formar un huracán en el corazón de su amigo.
Nada que girara en torno a la familia real era tranquilo o fácil, y eso lo había entendido desde mucho antes de lo que le hubiera gustado, cuando a sus dieciocho años tomó el puesto de consejero gracias a la confianza de esa misma familia, una confianza que no había sido sencilla de sostener. Cada miembro era distinto, cada uno exigía algo diferente, formas distintas de hablarles, de entenderlos, de no romper lo poco que a veces parecían dispuestos a mostrar.
Quizá por eso, casi sin darse cuenta, con los años se había vuelto más observador. Había aprendido a leer a las personas con una facilidad que a veces incluso le resultaba incómoda, a detectar en pequeños gestos lo que otros intentaban ocultar, a saber cuándo algo no estaba bien… incluso cuando nadie lo decía en voz alta.
Y Aldo… nunca había sido la excepción.
Si alguien le hubiera preguntado años atrás qué era lo que más definía al entonces príncipe, Juan no habría dudado en responder lo mismo que ahora: su orgullo. No como un defecto, sino como una herida mal cerrada, una que aprendió a cubrir con firmeza, con decisiones tajantes, con esa necesidad constante de no volver a verse por debajo de nadie.
Y no era difícil entender de dónde venía.
El tratado de paz no había nacido de la diplomacia, ni de un acuerdo justo entre reinos, había nacido de una derrota. Una que no solo había marcado al norte, sino que había caído directamente sobre los hombros de Aldo, una que lo había obligado a mirar hacia arriba… y aceptar que alguien más había sido mejor.
Ash.
Juan no había estado presente en aquel enfrentamiento, pero no lo necesitaba. Había visto las consecuencias en la forma en que Aldo evitaba ciertos temas, en cómo su voz cambiaba apenas al mencionar el sur, en ese silencio cargado que aparecía cada vez que el tratado salía a conversación.
No era odio ciego.
Era algo más complejo.
Algo que mezclaba respeto, frustración… y una necesidad casi insoportable de no volver a perder. Y aun así, incluso con todo eso, Juan sabía que Aldo no era irracional. Impulsivo, sí. Orgulloso, definitivamente. Pero no irracional. Si realmente creyera que el tratado era un error absoluto, ya lo habría roto.
Eso era lo que más le preocupaba. Porque significaba que Aldo estaba conteniéndose. Y nada en él estaba hecho para contenerse demasiado tiempo.
Juan dejó escapar un suspiro bajo, apenas perceptible, apoyando los dedos sobre el escritorio mientras su mente ya empezaba a reorganizar escenarios, posibles respuestas, caminos que evitaran que todo terminara donde claramente podía terminar si no se manejaba con cuidado.
Siempre hacía eso.
Anticiparse. Ajustar. Sostener.
Había aprendido a hacerlo tan bien, que a veces olvidaba que no era su responsabilidad cargar con todo. Que no le correspondía mantener en equilibrio emociones que no eran suyas, decisiones que no le pertenecían… ni heridas que no había causado. Pero aun así lo hacía. Porque alguien tenía que hacerlo.
Y porque, en el fondo, Juan siempre había sido demasiado bueno para su propio bien.
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La reunión se llevó a cabo sin problema en la frontera entre ambas naciones, en un mausoleo que se alzaba como un recuerdo incómodo de todo lo que había ocurrido antes del tratado, como si incluso el lugar se negara a dejarles olvidar de dónde venían.
Solo se encontraban ellos dos. Juan, como representante del Norte, y Ashsswag, líder del Sur, figura política… y algo más difícil de definir, al menos desde la distancia.
Juan lo observó apenas lo suficiente al llegar, sin detenerse más de lo necesario, como si medirlo demasiado pronto fuera un error. No por desinterés, sino por estrategia. Había aprendido que las primeras impresiones, en contextos como ese, solían ser trampas bien disfrazadas.
Aun así, había algo innegable.
Ash no era descuidado.
Había una firmeza en su postura, en la forma en que ocupaba el espacio sin necesidad de imponerse, como si no tuviera que demostrar nada, como si supiera exactamente quién era y qué representaba en ese lugar. No había arrogancia evidente, pero tampoco humildad. Era… equilibrio.
Y eso, en alguien con ese poder, no era algo menor. —Consejero Juan —saludó con formalidad, sin exageraciones, su voz tan medida como el resto de su presencia—. Supongo que si la reunión fue solicitada con tanta premura, es porque el Norte ya empezó a inquietarse.
Directo. Sin rodeos innecesarios.
Juan permitió una leve inclinación de cabeza, lo justo para reconocer el saludo sin ceder terreno. —Líder Ash —respondió con la misma calma—. Prefiero pensar que ambos estamos lo suficientemente interesados en evitar que esa inquietud escale a algo… menos manejable.
—Comprendo —replicó sin perder el tono—, pero sigo sin entender del todo por qué tanta insistencia con la seguridad del paso fronterizo, si fue el mismo rey quien estableció esa parte del acuerdo.
Juan sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual, como si midiera cuánto decir… y cuánto dejar implícito. —Los príncipes han estado recibiendo quejas de la gente del pueblo, la cual no está conforme con las repentinas llegadas por parte del sur.
No hizo falta más.
Ash lo miró con una atención distinta, apenas ladeando el rostro, como si la respuesta no le sorprendiera… solo confirmara algo que ya sospechaba. —¿Con “príncipes” te refieres a Aldo… y con “gente del pueblo” te refieres a Aldo? —hubo burla en el tono.
Y, por primera vez desde que había comenzado la conversación, Juan sintió algo diferente a control. No incomodidad, no exactamente… pero sí una ligera presión, la sensación incómoda de estar siendo leído con la misma facilidad con la que él solía hacerlo con otros.
Al parecer… no era el único que podía ver más allá de las palabras.
Juan no apartó la mirada, pero tampoco respondió de inmediato, no porque no tuviera una respuesta, sino porque sabía que cualquier cosa que dijera en ese momento confirmaría más de lo que le convenía.
—Aldo es parte del problema —admitió al final, sin adornos innecesarios—, pero no es el único. Ignorar el malestar solo porque es incómodo no lo hace desaparecer.
Ash lo observó con atención, esta vez sin interrumpir, como si le interesara más lo que Juan elegía decir… que lo que omitía. —Entonces no es solo una cuestión de seguridad —concluyó, cruzando apenas los brazos—. Es contención.
Juan no corrigió.
Porque lo era.
Y ambos lo sabían.
El silencio que siguió no fue tenso, pero tampoco cómodo, era ese tipo de pausa en la que las piezas se reacomodan sin necesidad de moverse, donde cada uno entiende un poco más al otro sin estar dispuesto a admitirlo en voz alta.
—Aldo no confía en nosotros —continuó Ash después de unos segundos, sin rodeos—. Y no lo culpo.
No fue una provocación.
Fue un hecho.
Juan desvió la mirada apenas un instante, lo suficiente para dejar claro que había algo ahí que no le correspondía negar. —La confianza no suele sobrevivir a una guerra —respondió con calma—, menos cuando el resultado… no fue precisamente equitativo. —Una pausa breve. —Pero el tratado sigue en pie. Y mientras lo esté, ambos tenemos responsabilidades que cumplir.
Ash dejó escapar un suspiro leve, casi imperceptible, como si esa parte fuera la única que realmente le importaba. —Y sin embargo, estás aquí —añadió—, pidiendo límites más estrictos.
Juan volvió a mirarlo, esta vez sin reservas. —Estoy aquí evitando que la próxima decisión no sea mía.
Eso… sí cambió algo. No en el ambiente, no de forma visible, pero sí en la forma en que Ash sostuvo su mirada después de eso, como si por primera vez estuviera viendo no solo al consejero… sino el peso que cargaba sobre los hombros.
—¿No estás cansado de hacer siempre lo que esos príncipes te piden? —preguntó entonces, con una curiosidad que no era del todo inocente.
Juan no reaccionó de inmediato, pero tampoco desvió la mirada. —Ha sido mi trabajo desde que nací —respondió con la misma calma de siempre, aunque esta vez había algo más firme en el fondo—. Y la familia real merece respeto, así que te pediría que te dirijas a ellos como corresponde.
No fue una súplica.
Fue un límite.
Ash lo sostuvo en silencio un segundo, como si evaluara hasta dónde podía tensar esa cuerda… antes de soltar una ligera exhalación. —Entonces dile a my sweet prince Aldo… —murmuró, apenas ladeando el rostro, con un matiz difícil de ignorar— que no aceptaré más soldados en la frontera.
Eso no le iba a gustar a Aldo. Juan lo sabía. Lo sabía desde mucho antes de que el orgullo del príncipe tuviera un nombre tan claro, desde que era un niño incapaz de ceder siquiera lo más mínimo. Porque Aldo… nunca había cambiado tanto en ese aspecto.
El recuerdo llegó sin que lo buscara.
El sol caía pesado sobre el campo de entrenamiento, arrancando destellos sobre las armas y marcando el ritmo del lugar con el sonido constante del metal y los pasos sobre la arena. Aldo, más joven, mucho más pequeño… pero ya igual de intenso, se movía con una determinación que no correspondía del todo a su edad, la respiración agitada, el sudor deslizándose por su rostro sin que pareciera importarle lo más mínimo.
Golpeaba una y otra vez, corrigiendo su postura con una obsesión casi terca, como si en cada movimiento hubiera algo que necesitara demostrar, algo que no estaba dispuesto a dejar a medias.
Juan lo observaba desde un lado, sentado en una de las gradas de piedra, con la tranquilidad que contrastaba demasiado con la energía del príncipe. No intervenía de inmediato, no lo detenía, solo lo vigilaba, atento a cada error, a cada exceso, como si su sola presencia bastara para mantener todo bajo control.
Siempre hacía eso.
No lo limitaba.
Lo cuidaba.
—Aldo, no puedes entrenar a tus hermanos como si fueran soldados —intervino al final, con ese tono que no era autoritario, pero tampoco negociable—. Tienen protocolos que cumplir… y deberías agradecer que te cubro las espaldas con el rey y te permito venir al campo de entrenamiento.
Aldo apenas se detuvo, apoyando el arma contra el suelo mientras recuperaba el aire, el pecho subiendo y bajando con fuerza, el cabello pegado a la frente por el sudor. —Eres el sucesor —continuó Juan, sin apartar la mirada—, deberías aprender a controlar la diplomacia del reino.
Hubo un silencio y Juan lo notó de inmediato. Porque el silencio… nunca era buena señal cuando se trataba de Aldo. —Juan, sobre eso he estado pensando…
Ahí estaba.
Ese pequeño cambio en el tono, esa pausa que anunciaba algo que no iba a ser fácil de manejar. Aldo alzó la mirada hacia él, firme, decidido, como si ya hubiera tomado la decisión mucho antes de decirla en voz alta. —Renunciaré a la corona. Cuando mi apa me deje tomar esa decisión, lo haré. El trono no es para mí.
No había duda, no había miedo, solo certeza. Y Juan lo supo en ese mismo instante… que cuando a Aldo se le metía una idea en la cabeza, sacarla no era una opción.
El gesto de Ash lo trajo de vuelta al presente, una simple seña con la mano, casi imperceptible, pero suficiente para sacarlo de aquel recuerdo y devolverlo al mausoleo, al eco frío de las paredes y al punto exacto donde todo debía mantenerse bajo control.
Juan no necesitó más para recomponerse. —Aldo no va a ceder —dijo con calma, pero sin suavizar las palabras—. Y lo sabes mejor que nadie, Ash.
Hubo un pequeño silencio, uno que no incomodaba, pero que dejaba claro que ambos estaban midiendo hasta dónde podían avanzar sin romper algo más grande. —Bueno… —respondió él al final, con un deje casi despreocupado—. Supongo que voy a tentar a mi suerte.
Juan negó apenas, lo justo para marcar la línea. —No lo harás. Vamos a llegar a un acuerdo aquí… y vas a facilitarme el trabajo.
Esta vez no hubo espacio para ambigüedades. Su voz no se elevó, pero adquirió ese tono firme que no pedía permiso, ese que no aparecía en reuniones formales… pero que dejaba claro que ya no estaba negociando desde la cortesía, sino desde la necesidad. —Créeme —continuó, sosteniéndole la mirada—, quizá las batallas de sangre no son nuestro mayor fuerte… aunque Aldo es extremadamente bueno y dedicado. —la mirada de Juan se encontro con la amatista de Ash—. Pero tengo a tres príncipes… y a su grupo de amigos… apenas contenidos, evitando que conviertan esto en algo que ninguno de nosotros va a poder controlar después.
No era una amenaza directa, pero tampoco era una advertencia vacía. Ash no apartó la mirada. —No le tengo miedo al Norte.
Juan dejó escapar una leve exhalación, casi imperceptible, inclinando apenas la cabeza como si ya hubiera considerado esa respuesta desde antes. —No se trata de miedo —entonces, apenas, lo miró diferente —. No digas que no te lo advertí… porque no creo que tu amistad con la mayoría de los hijos del rey… sea suficiente para salvarlos de lo que viene
