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Llovía cuando una camioneta llegó al restaurante aquella noche. Mercedes estaba terminando de tomar ese último mate ya bastante lavado cuando la notó. Algo en ella se revolcó cuando notó los faros de ésta. Presentía que algo no iba a ir bien, pero decidió no darle importancia y enfocarse en su trabajo como camarera. Tomó un menú del estante y se preparó para atender a su cliente. La mujer entró cubriéndose la cabeza por la lluvia cuando ella, se paralizó al verla. No podía ser ella, no...
— Buenas noches ¿una sola? —saludó a su comensal amablemente a pesar de reconocerlo.
— Veo que sos buena para las matemáticas. Una, sí. —sonrió la mujer sarcásticamente.
— Donde quiera. —indicó ella para que la señora fuera a sentarse.
La mujer eligió una mesa cerca de la ventana y se sentó en su respectiva silla.
— De plato del día tenemos lentejas con arroz. —anunció Mercedes.
— Que rico —dijo desganadamente Silvina.
La chica sin ya soportar la situación fue hacia la cocina mientras ella elegía. Su cabeza no paraba de dar vueltas en aquella idea. Era ella. Efectivamente era ella. Esa era la mujer que arruinó su vida y la tenía en frente suyo, como si nada. Ya tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de llorar cuando apareció su compañera por detrás.
— ¿Pidió? —dijo Verónica pensando que era un cliente habitual, pero notó a Mercedes en aquel estado. — ¿Eh?
— Esa tipa es de mi pueblo. Psicóloga, una mafiosa. Cobraba tarifas muy excesivas mientras en sus sesiones me tocaba los muslos. Yo lo me callaba por miedo. Unos meses después se fue con el marido a Punta cana y no me devolvió la plata. casi me suicido por ella, me abusó por años. ¿Sabés cuantas veces soñé con tenerla así, delante de mí? Yo algo le voy a decir.
— ¿A decir? ¿Por culpa de esa tipa casi te suicidás y lo único que se te ocurre es insultarla? ¿Por qué no le ponemos veneno para ratas en la comida?
Mercedes miró a Verónica.
— En el depósito hay. Una buena dosis y en cinco minutos le revienta el corazón.
Silvina ya estaba listo para pedir hacía varios minutos ya cuando Mercedes volvió a su mesa a poner los cubiertos.
— ¿Mucho trabajo? —preguntó.
— No, con esta lluvia... —dijo ella.
— No, porque hace un rato que te estoy llamando. Tenés que mirar más al salón, bebé.
Mercedes se mostró algo molesta por aquel innecesario comentario de ella.
— Perdón. ¿Ya sabe lo que va a pedir?
— Traeme unas papas fritas a caballo. Si me quedo con hambre, te pido otra cosa.
La mujer jugueteó con el menú, evitando entregárselo a la mesera antes de por fin dárselo.
— ¿Para tomar?
— Coca light.
— ¿Coca light?
— Coca... light. Papas fritas... a caballo. ¿Querés que te lo anote?
Mercedes entró furiosa a la cocina, dónde estaba su compañera esperando.
— La odio, la odio. —se quejó ella muy molesta.
Fue a la heladera y trajo la gaseosa para llevarla a la mesa.
— Hacele unas papas fritas a caballo. —dijo, harta.
Verónica puso en la mesada aquel veneno para ratas antes mencionado, mostrándoselo a su compañera e incitándola a utilizarlo en el plato de Silvina.
— ¿Vos estás loca? ¿Querés que vaya presa?
— ¿Presa? ¿Te crees que a esta escuerzo le van a hacer una autopsia los del FBI? Papas fritas a caballo. Van a pensar que fue el colesterol.
La chica con miedo de hacerlo tomó la lata y se dirigió a guardarla para no tener problemas.
— Hacele las papas fritas, ¿querés?
Mercedes se dirigió al salón para llevarle la bebida a Silvina. Cuando ella ya se estaba yendo, ella la interrumpió.
— ¿Te pido una opinión? —ella se volteó— Vos que parecés una chica despierta, vení, acercate.
Al acercarse, vio que Silvina le mostraba un anuncio suyo para ser intendenta.
— ¿Qué te gusta más? ¿Esta? —preguntó mostrando el anuncio con un fondo rojo. — ¿O esta? —preguntó una vez más mostrándole el mismo anuncio con un fondo blanco.
— Me quedo con el rojo. —dijo ella desganada.
— El rojo... esperá, esperá. —la llamó devuelta cuando ella ya estaba emprendiendo su camino a la cocina. Hizo zoom en la pantalla hacia su cara.— ¿Estoy demasiado seria ahí?
— No, me parece bien.
— Gracias.
Cuando Mercedes llegó a la cocina, Verónica ya estaba cortando las papas para freírlas. Hablaron un rato hasta que ella soltó —: Además no es tan terrible la cárcel. Tiene mala prensa nomás. Te dan de comer, no pagás el alquiler, vivís sin preocupaciones y si te toca un buen grupo hasta la pasás bien. Jugás a las cartas...
— ¿Vos estuviste presa? —la interrumpió.
— Un tiempo. Y te aseguro que me sentía mucho más libre que acá. Esto es una mierda.
— ¿Y qué hiciste?
— Nada de lo que me arrepienta. —dijo Verónica, seria, y puso las papas a freir.
— Encima se va a presentar a intendenta. ¡Esa hija de puta! ¿Lo podés creer?
— Pero, ¿cómo no lo voy a creer si los hijos de puta gobiernan el mundo? Despertate, nena. —dijo y abrió la alacena mostrándole una vez más el veneno.— ¿Qué decís? ¿Le hacemos un favor a la comunidad?
Mercedes cerró la alacena mostrando su disconformidad con la idea una vez más.
— Estupendo —dijo Silvina al ver llegar su plato de la mano de la chica. Ella desganada además de la fuente con sus papas, le tiró el plato algo brusca y desganadamente.
Cuando Mercedes volvió a la cocina para lavar la olla, notó que en el interior de ésta habían restos del veneno antes mencionado
— ¿Se lo pusiste? —preguntó a su compañera, quién miraba para afuera tras una puerta y fumaba un cigarrillo.
— Hacete la mosquita muerta ahora, decime que no te diste cuenta.
— ¿¡Qué?!
— ¿Qué? —la imitó su compañera en un tono burlón. — Así está el país, todos quieren que alguien le dé su merecido a estos personajes pero nadie se atreve a mover un dedo. Sentite orgullosa nena. por una vez en tu miserable vida estás haciendo algo que vale la pena.
— No, yo no estoy haciendo nada ¿eh?
— ¿Ah, no? ¿Te quedás acá discutiendo conmigo en vez de ir a sacarle el plato? —sugirió Verónica y Mercedes estaba a punto de ir, cuando ella la agarró por el brazo, deteniéndola.— Tranquila. Vos no te tenés que preocupar por nada. Si hay una investigación, yo voy a decir que esta mañana estuve echando veneno en la cocina porque estaba lleno de bichos, que por otro lado es absolutamente cierto, y casualmente una piedrita cayó dentro de una olla. ¿Qué me van a decir?
La camarera fue hasta la ventana de la cocina que daba al comedor, mirando a la clienta comer.
— Es una locura esto. —dijo mientras Silvina llevaba un nuevo bocado a su boca.
— Che, ¿esta mierda no estará vencida, no?
La chica se tapó la cara en desesperación, a lo que Verónica fue a revisar la lata.
— No dice la fecha... ¿Cómo es? Cuando un veneno está vencido, ¿es más o menos dañino?
Mientras ambas lidiaban con el dilema en la cocina, un micro llegó al parador, del cual bajó un chico. Silvina se levantó a recibirlo, al ser su hijo.
— ¿Todo bien? — le preguntó al chico luego de darle un abrazo.
— Sí
— Sentate.
Silvina dió unas palmadas, llamando a la mesera para que atendiera a su hijo. Ella se paralizó al verlo
— ¿Qué tomás, Juanma?
— Ehh, no sé, una fanta. —dijo un tanto en duda
— Se las voy a calentar un poquito... —dijo Mercedes tratando de llevarse el plato pero Silvina la detuvo.
— No, dejá. Si necesito que me las calientes, te lo pido. ¿Me traés una fanta, por favor?
Ella se volvió a ir.
— Me tiene podrida esta piba. —le confesó Silvina a su hijo.
Mercedes entró desesperada a la cocina al ver la situación.
— Tenemos que hacer algo, están comiendo los dos.
— ¿Ponerle más veneno?
— ¡Es un chico!
— Pero va a crecer, y de tal palo, tal astilla. Es mejor que terminemos con toda la estripe y ya.
La joven, en la desesperación del momento, volvió al salón y al ver que el hijo de Silvina ya se estaba sintiendo mal volvió con su misión de retirar el plato.
— Ay, permiso esto debe estar congelado.
— ¡No, dejá! ¡Dejá! ¿Pero quién carajo te enseñó a atender? ¿Podés dejar comer a la gente en paz?
La tensión crecía mientras que Mercedes sentía el tiempo correr regresivamente sobre la vida de ambos. En la desesperación de que aquel menor se sentía mal y muy probablemente era el veneno haciendo efecto, y la negligencia de Silvina al no saber sobre el veneno, ella tomó las papas fritas y se las tiró en la cara. Varias lágrimas ya caían por sus mejillas en la impotencia.
— Uy, pendeja, la concha de tu madre! —exclamó Silvina al sentir el accionar de la chica, tirando a su paso, mientras se paraba, la mesa en la que se sentaba.
— Pará, mamá... —dijo su hijo débilmente.
— Ahora las vas a juntar. ¡Ahora las vas a juntar! —dijo tomándola del pelo a Mercedes mientras ella gritaba— ¡LAS VAS A JUNTAR!
— ¡Llamá a una ambulancia! —gritaba ella inútilmente.
— ¡Una por una las vas a juntar! —seguía Silvina.
El chico se cayó de la silla al ver como Verónica se acercaba hacia la señora Martinez violentamente.
— ¡TOMÁ! —gritó ella mientras le clavaba un cuchillo por la espalda a la mujer y ella soltaba un alarido de dolor— ¡Acá tenés, maldita! —siguió mientras seguía con más puñaladas.— ¡Te voy a sacar el hígado como a un pollo!
Mercedes seguía en el piso, aterrorizada por la escena, hasta que sintió que la mano de Silvina soltaba su cara contra el suelo. Respiró y miró al hijo, quién vomitó al terminar de ver la escena completa. Se levantó al sentir su ropa mojada por algo, y contempló el asesinato de aquella mujer que en algún momento de su vida la había aterrorizado. Estaba muerta y había un charco de sangre en el piso que la había alcanzado. Miró a Verónica y comprendió lo que acababa de pasar.
Horas después, ya de día, la policía y una ambulancia habían llegado al lugar. Mercedes se encontraba tapada con una manta sentada en la ambulancia junto al hijo de Silvina quién tenía una máscara de aire, mientras eran atendidos por un médico por el trauma del momento. Justo pasó en una camilla, tapado por una bolsa negra, el cadaver de aquella mujer quién ella había maldecido miles de veces en su cabeza de más chica. Al otro lado ya se iba una patrulla, en la cual dentro estaba Verónica esposada por el crimen, mirando hacia donde estaba Mercedes, guiñándole un ojo. Ella en su cabeza, a pesar del momento de mierda que pasó, se sentía agradecida por aquella mujer que sacrificó su libertad por la muerte de aquel maldito quién había arruinado su vida. La patrulla partió con ella adentro, mientras mercedes se preguntaba qué sería de aquella mujer que con tan poco hizo sanar una de sus mayores heridas de ese trauma pasado con aquella mujer.
