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Donde crecen las flores

Summary:

Renia, actual agente de Overwatch, se ve orillada a reiniciar su vida lejos de todo, incluso sus recuerdos. Enviada a la base del polo sur, donde no solo el frío cala sus huesos, se verá enfrentada no solo así misma, sino a la presencia de Niran, quien pondrá a prueba todos esos años de dolor que carga en sus hombros.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

El estruendoso sonido del pesado metal contra el suelo, hizo vibrar la nave y junto con ello, su ya maltratado cuerpo que despertó ante la inevitable realidad. El estridente sonido de la sirena que avisaba de una compuerta abierta, perdía su forma al mezclarse con el eco del lugar.

Renia, sintiendo aun los párpados pesados, buscó a tientas el seguro del cinturón que ataba su cuerpo a ese monstruo volador. Cerca de ella, cinco figuras más, entre mujeres y varones, realizaban sus acciones, como si de extraños espejos se tratara.
En silencio, cada uno fue acoplándose a una fila que los llevaba por fin, al interior de la nueva base que sería su nuevo hogar. Al menos hasta que el destino quisiera.

—Es una de las bases más grandes — la voz de su antiguo capitán resonó en su memoria.

Con el estómago revuelto y los ojos apretados, tomó un gran respiro antes de ponerse en pie y avanzar al final del pequeño grupo.

La alarma había dejado de sonar, cuando sus pies tocaron el gélido suelo de la nave. A pesar de llevar puesto sus botas de combate de suela gruesa, los dedos de sus pies se encogieron al sentirse rodeados de nieve.
Abrió los labios y observó una voluta de vapor escaparse de su cuerpo. Se preguntaba si quizá en aquella acción, también se iba parte de su alma.
Con el viento gélido mordiendo sus fosas nasales, se acopló a la fila de nuevos reclutas. Los cinco recién llegados, saludaron al pequeño grupo que se reunía para darles la bienvenida.

—La llegada de nuevos reclutas, siempre significa celebrar

La voz de su primera entrenadora irrumpió en su mente. Su abrazo cálido y su sonrisa brillante. El nudo se formó en su garganta, y le tomó al menos cuatro intentos poder tragárselo igual que los últimos quince días.

—Cadetes —una voz grave pero bonachona habló en tono solemne — no son las mejores condiciones, pero aun así en nombre de toda la base. Les doy la bienvenida a la base polar sur de Overwatch.

Los oscuros ojos de la joven, se encontraron con los de su interlocutor, un gorila de gran tamaño de pelaje abundante. Sus delgados lentes de media luna, descansaban en su hocico, dándole un aspecto intelectual.
Winston, un gran científico, con la mente más brillante que alguien podría conocer y con el corazón más humano que alguna vez conoció.

Una mueca ligera torció el gesto del sujeto al reconocerla. Y claro, no era la primera vez que Renia lo veía. A pesar de los años, Aún recordaba la primera vez que el gran gorila se convirtió en su salvador.

—Serás una gran recluta Renia — le dijo aquella vez mientras vendaba sus manos heridas — pero el amor no tiene por qué ser tu enemigo.

Con esas palabras y unas palmaditas en su hombro, una Renia de solo diez años se aferró a la esperanza rota de una familia muerta, a una familia militar que le ofrecían y a las palabras de un gorila que no dudó en consolarla.
Ahora, tantos años después de su primera gran tragedia, volvía a verse de cerca. Winston lucia mas cansado, pero con el mismo brillo de vida que iluminaba sus ojos. Renia en cambio, era solo un fantasma de recuerdos.

—Confiamos en que podrán adaptarse al lugar —prosiguió el gorila —por el momento y por protocolos del lugar, sus maletas pasaran por un régimen de desinfección antes de ser dejados en sus respectivas habitaciones.

Las indicaciones eran toda una lista que ella conocía bien, por ello, las voces pronto quedaron en segundo plano. Sus ojos se elevaron al enorme hangar donde estaban.
La gran jaula metálica sin ventanas, debía tener seguro la altura de un edificio de ocho pisos. Su mirada vagó por las columnas de concreto y se deslizó entre los remaches de las vigas.

Ajena a todo, se atrevió a curiosear entre los rostros de quienes habían acudido a darles la bienvenida. Cerca de Winston, que parloteaba moviéndose de un lado a otro. Una mujer y un hombre de rostro anguloso, mantenían la vista al frente. Quietos como un par de maniquíes, los cuales solo su respiración delataba.

Detrás, al menos diez o quinces reclutas de distintos tamaños. Por el color de la ropa que usaban, Renia sabía que la mayoría eran reclutas en entrenamiento, y solo unos pocos, de uniforme azul oscuro, eran ya reclutas de nivel superior.
Entre todos esos rostros variopintos, su mirada chocó con la de uno de ellos. Por su altura le era fácil resaltar, pero aquello no era lo único que llamaba la atención de él.

—Rubio, casi blanco, es como de ensueño — las palabras de un grupo de cadetes femeninas le llegaron como una revelación.

—Guapísimo… coqueto… muy coqueto.

Los rostros de aquellas mujeres desaparecieron y en su lugar, vislumbro como aquel sujeto sonreía hacia ella. Su gesto sutil pero brillante a la vez, era como si acabara de descubrir algo que ella no sabía.
Con la mandíbula tensa por una interacción no buscada, desvió su atención de regreso a Winston. Renia no conocía al sujeto, al menos no en persona. Pero estaba segura que ninguna recluta, en todas las bases de Overwatch, era ajena a conocer su imagen. Y más aún, su reputación.

—Gellert

El repentino sonido de su apellido, la sacó de aquel estupor de molestia. A unos metros de todo el grupo, Winston, con su sonrisa amigable, la llamaba con la mano.
Miró al resto de reclutas que viajo con ella. Todos, ahora dispersos, avanzaban guiados por un uniformado de la base. Supuso que, en su caso, sería Winston quien le daría el tour por el lugar.

—Winston — murmuró regalándole una sonrisa.

—Renia — rio — que increíble fortuna volver a verte. Ya no tienes el tamaño de mi mano.

Después de tantos días de pérdida y luto, volver a reír se sentía extraño. Incluso, su garganta escoció un poco al hacerlo.

—Ya crecí y entrené mucho.

Silencio. El gorila suspiró y retiró sus lentes, con cuidado, los guardó dentro del bolsillo de su bata de laboratorio.

—Eh… ¿Cómo…? — apretó los labios — ya sabes

Renia asintió, no necesitaba que el dijera toda la frase para comprender el peso que era aún mencionar la caída de la base en Panamá.

—Ya…estoy bien —asintió.

Con los puños apretados a cada costado de su cuerpo, intento sonreír, pero sus labios no obedecieron. El contrario suspiró. Nadie la tuvo fácil esos días.

—Bueno…creo está demás decirte que, si necesitas algo me lo digas.

—Lo sé Winston, me esforzaré para ser de ayuda.

El gorila, levantó su mano listo para palmear su hombro, pero a solo centímetros de su cuerpo, su mano se detuvo.

—Ups…lo olvidé — dijo y levantó el pulgar — por cierto, esta base es más antigua que las que conociste, así que tomate tu tiempo para familiarizarte con todo.

—No hay problema, el recorrido me vendrá bien para no perderme.

—Bien dicho niña — afirmó y esta vez su mano llamó a alguien mas a lo lejos.

Al mirar en su dirección, Renio vio al sujeto de cabello blanco acercarse. Su caminata, tranquila y casi pausada, casi lo volvía alguien ajeno a ese ambiente tan militar.

—Creí que tu me mostrarías la base — intentó que su decepción no se colara en sus palabras.

—Mi querida Renia, amaría hacerlo — replicó el gorila — pero mis ocupaciones me hacen imposible hacerlo ahora.

De pronto, el frío en su cuerpo se percibió mas intenso, como si las aguas de algún lago polar acabasen de derramarse dentro de sus venas.

—Winston — su voz profunda y melodiosa del llamado, irrumpió entre ellos.

—Niran, es fantástico que estes aquí — el simio palmeó su hombro — Déjame presentarte a Renia Gellert, es una vieja conocida mía, muy querida.

—Señorita Gellert.

Renia, que se mantenía con la mirada en la pared atrás de ellos, miró de reojo unos segundos, aquel pomposo gesto del hombre que saludó con una reverencia.

—Renia — llamó el gorila — déjame presentarte a Niran Pruksamanee. Es parte del ala médica de la base.

Con un simple movimiento de cabeza, respondió el saludo y de nueva cuenta escapó de su mirada. La actitud presumida y casi actuada de aquel tipo, hacia que la acidez de su vacío estómago, trepara como una enredadera.
Winston intercambió un par de frases con el peliblanco, antes de despedirse de ambos y dejarla sola a merced de quien parecía más un actor de teatro clásico que se mostraba en las viejas fotos en museos.

—Señorita Gellert — murmuró el, dando un paso al costado para dejarla avanzar.

Renia, miró la mano extendía del tipo y luego su rostro. Un suspiró escapó de sus labios, dejando escapar una pequeña nube de vapor que desapareció frente a ella.

Ambos iniciaron el recorrido del lugar en silencio. La base, tal y como dijo Winston, era una de las mas grandes y antiguas. En los primeros años de la organización, se construyó para desarrollar prototipos y mejoras de agentes. Pero luego de la caída, fue abandonada y casi destruida. Fue justo Winston, quien luego de reunir de nuevo a Overwatch, revivió aquella vieja base y la convirtió en la central de todas su operaciones.

—La base es grande pero intuitiva — decía el hombre a su lado.

Los pasillos celestes pronto los acogieron y junto a ellos, el aire cálido de la calefacción del lugar. En su camino, Niran la llevó desde las zonas generales como armería y campo de tiro, hacia las zonas donde los administrativos controlaban aquel enorme gigante.

Tal y como dijo el peliblanco, la base era enorme pero fácil de conocer. Quizá debido a la forma de diferenciación que tenía cada área.
Renia no tardó en captar el mapa de color que cada zona tenía y como se relacionaba con el color de las tiras en los uniformes de todos en la base.

—Contamos de igual modo con una biblioteca…

Ella dejaba que el sujeto parlotee solo, parecía que gustaba de hacerlo. En todo ese tiempo, no sintió la necesidad de replicar o interrumpirlo.
Al contrario, en su mente, iba memorizando patrones e imágenes que esperaba pudieran ayudarle a no perderse en el lugar.
Sin una idea clara de cuanto tiempo llevaba caminando con él, supuso que su recorrido estaba llegando a su final, cuando doblaron por un pasillo de paredes pintadas con un amarillo tan suave como el alba.

—¿Te gusta el invierno?

Aquella fue la primera pregunta directa que le hizo. Renia negó con la cabeza. A pesar de la larga caminata que tuvieron, ella ni siquiera estaba sudada. Reconocía que la calefacción del lugar ayudaba a lidiar con el frio normal de la zona, pero ella, aun podía percibir una brisa que la enfriaba desde adentro.

—Interesante — murmuró —y aun así terminaste en el polo sur.

De reojo observó su perfil, notaba que debía alzar el rostro si quería verlo. Era obvio que medía mas de la talla normal. Pensativa, no se percató cuando los ojos de el voltearon y su sonrisa curvó sus labios.

Atrapada y sin nada que perder, apartó la mirada sin disimulo y se dedicó a leer los nombre que brillaban sobre las puertas. En cada una se lograba observar dos nombres.
Era algo usual en la organización, que dos reclutas compartieran espacio. Desde que ella se unió, tuvo solo una compañera, con la cual creció y aprendió. Ahora, se preguntaba si es que le darían una habitación ya ocupada o tal vez luego se acoplaría alguien más.

—¿Prefieres que te diga Renia o Gellert?

La pregunta del contrario precedio al final del pasillo. Detenidos frente a una puerta sin inscripciones. Con el entrecejo fruncido por el tono que uso al decir su nombre, se enfrentó a su mirada.

—Gellert —sentenció — en mi trabajo solo uso mi apellido.

De nueva cuenta, el tipo curvó sus labios y sin comentar nada, tecleó rápido en la pantalla al costado de la puerta. Una vez que terminó. Su apellido, brillante al igual que el resto de habitaciones, iluminó la superficie.

—Todo listo señorita Gellert — afirmó — nuestro recorrido terminó… aunque me temo que tu mundo aquí será un poco aburrido sin mí.

Sus palabras melosas, finalizaron justo cuando su dedo golpeó la puerta, y esta cual cómplice, se abrió ante él.
Del otro lado, una habitación de paredes blanquecinas le devolvió la mirada. Una cama solitaria, junto a una mesa y un armario, era todo el mobiliario que se observaba.

—¿Una cama? — preguntó arqueando una ceja.

—Si — replicó el contrario — ¿Acaso gusta de compañía al dormir?

Por la forma en la que el tipo respondió, sus mejillas tomaron color con rapidez. Aún así, su entrecejo fruncido, fue suficiente respuesta.

—Winston… — prosiguió ante su gesto — decidió otorgarle un espacio propio.

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> pensó. Dio unos pasos al interior de la habitación, sintiendo el peso de su pulsera en la mano. El aroma del cloro junto a un perfume de limón, invadieron sus sentido hasta hacerla arrugar la nariz.
Giró sobre sus talones, solo para encontrar al peliblanco que la observaba, apoyado en el marco de la puerta.

—¿Algo más? — inquirió con rudeza.

Niran, con el rostro impasible, se enderezó y negó con la cabeza.

—Bienvenida al polo sur.

Con esa ultima frase, el tipo se dio la vuelta, y alejó del lugar dejando atrás una fastidiada Renia. A su pesar, la joven notó que con el marchar del sujeto, el lugar se sentía más frío y gris.
Incluso, se percató que el sutil aroma a duraznos que la acompañó todo el recorrido, ahora desaparecía lentamente. Con los hombros caídos, presionó el botón para cerrar la puerta y se dejó caer sin cuidado sobre el colchón.

—Aquí vamos de nuevo.

Respiró profundo por largos minutos, dejó que las lagrimas regresaran a sus ojos y que la herida fantasmal de su pecho sangrara una vez más.
Levantó la mano donde llevaba la pulsera, la pequeña gema rosácea, aun exhibía la rajadura dejada por la explosión durante el ataque.

—Debería comer algo — dijo ante el dolor de su estómago —debería beber algo.

Con esas palabras, se acurrucó haciéndose un ovillo sobre la cama, cerró los ojos y dejó que el silencio fuera el que decidiera su siguiente paso.