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Colin no había conocido una historia de amor más maravillosa que la de sus padres: amigos que se convirtieron en algo más. Un amor nacido desde lo más profundo y puro de los sentimientos. Claro, sus hermanos también tenían sus propias y asombrosas —y en ocasiones caóticas— historias de amor; sin embargo, la de sus padres impregnaba su corazón de una manera especial, como una pequeña vela encendida que anunciaba la esperanza de que algún día algo igual le ocurriría.
Y entonces, sin darse cuenta, un día se encontró enamorado de su mejor amiga.
De la pequeña pelirroja que conoció cuando paseaba en bicicleta por el parque, una encantadora y ventosa primavera. Aún recordaba el instante exacto en que un sombrero amarillo salió volando con el viento y terminó estampándose contra su cara, cegándolo por completo antes de que cayera de espaldas sobre el pasto fresco.
Por un momento, se quedó ahí, aturdido, con el sombrero aún sobre su rostro.
—Bueno, así no es como imaginaba morir —dijo en tono dramático, levantando el sombrero apenas lo suficiente para echar un vistazo.
Unas pequeñas botas de charol se detuvieron frente a él.
—¡Lo siento mucho! —exclamó la dueña del sombrero, con los ojos llenos de preocupación.
Colin se incorporó, sacudiéndose la hierba de la ropa con exagerada dignidad. Luego tomó el sombrero y lo observó con fingida seriedad.
—¿Sabes? Creo que este artefacto acaba de declararme la guerra.
La niña abrió los ojos como platos, su vergüenza evidente en el rubor que cubría sus mejillas.
—¡N-no! No fue mi intención…
—¿Ah, no? —Colin arqueó una ceja, sosteniendo el sombrero como si fuera una pista clave en un gran misterio—. No sé, parece bastante sospechoso. Voló directo hacia mí con precisión mortal.
La niña mordió su labio, aún más avergonzada, sin saber si él hablaba en serio o no.
Colin entonces le dedicó una sonrisa traviesa antes de devolverle el sombrero con un leve ademán.
—Pero está bien, haré como que todo esto fue un accidente… por ahora.
Ella lo tomó con ambas manos, aún con el rostro encendido. Colin pensó que nunca antes había visto a alguien sonrojarse tanto.
La niña apretó el sombrero contra su pecho y desvió la mirada, todavía avergonzada. Colin no pudo evitar sonreír al verla.
—Bueno, ya que has intentado asesinarme con tu sombrero, creo que al menos deberíamos presentarnos antes de que decida si tomar represalias —bromeó, inclinándose ligeramente hacia ella.
La pequeña pelirroja lo miró con los ojos muy abiertos, claramente debatiéndose entre reír o seguir sintiéndose culpable.
—P-Penélope —murmuró finalmente—. Penélope Featherington.
—Un nombre muy elegante para una peligrosa atacante —respondió él, llevándose una mano al mentón como si estuviera evaluando la situación—. Pero está bien, Penélope Featherington, dado que sobreviví, supongo que podemos hacer las paces.
La niña bajó la cabeza, pero Colin pudo notar cómo la comisura de sus labios temblaba, como si intentara contener una sonrisa.
—¿Y tú? —preguntó en voz baja.
—¿Yo qué?
Penélope lo miró con cautela.
—¿Cómo te llamas?
Colin fingió sorpresa.
—¿Ah, quieres saber el nombre de tu víctima? Vaya, qué astuta… —se cruzó de brazos, asintiendo con fingida solemnidad—. Está bien, dado que ahora somos conocidos, te lo diré. Colin Bridgerton, a tu servicio.
Los ojos de Penélope se agrandaron.
—¿Bridgerton?
—¿¡Penélope!?
La voz de Eloise resonó fuerte y clara desde la distancia, tan vivaz y efusiva como solo ella podía ser.
Colin miró confundido a su hermana, que corría hacia ellos con expresión asombrada. Luego volvió la vista a Penélope justo a tiempo para ver cómo en su rostro se formaba una hermosa y ancha sonrisa.
—¡Eloise!
En cuanto Eloise llegó hasta ellos, abrazó con entusiasmo a la pelirroja antes de lanzar a su hermano una mirada inquisitiva.
—Vaya, no sabía que frecuentabas este parque —comentó con una ceja alzada.
—Nos hemos mudado recientemente, a unas calles de aquí —explicó Penélope.
—¡Genial! Yo también vivo a unas cuantas calles, tal vez seamos vecinas —respondió con alegría—. Y bueno… veo que ya has conocido a mi hermano.
—Algo así —sonrió con timidez—. Mi sombrero se estrelló contra su cara.
Eloise soltó una carcajada escandalosa.
—Bien, eso lo hace aún mejor —dijo con diversión antes de anclar su brazo con el de Penélope y llevársela consigo.
Colin se despidió de ella con una última sonrisa, sin palabras, mientras observaba cómo su hermana menor se alejaba con la pelirroja. Pensó, ingenuamente, que jamás volvería a verla.
Pero estaba equivocado.
Porque, tan pronto como Eloise descubrió que Penélope se había mudado justo al frente de la casa Bridgerton, se encargó de invitarla todos los días.
Y así, sin que Colin pudiera evitarlo, la pelirroja de sonrisa tímida y sombrero amarillo se volvió parte de su vida.
Al principio, Colin trató de no prestarle demasiada atención. Penélope era solo una amiga de su hermana, una niña más que ahora formaba parte del constante ir y venir en la casa Bridgerton. Pero con el tiempo, empezó a notar su presencia más de lo que quería admitir.
La escuchaba reír con Eloise en los pasillos, y de alguna manera, aquella risa cristalina se volvía imposible de ignorar. La veía sentarse en la sala con un libro entre las manos, los labios moviéndose en un susurro mientras leía en voz baja, completamente absorta en su propio mundo.
También notó que, a diferencia de Eloise, que siempre decía exactamente lo que pensaba sin filtro alguno, Penélope tendía a medir sus palabras, como si temiera que hablar demasiado la volviera molesta para los demás.
Y Colin odiaba eso. Por ello, buscaba cada oportunidad para hablar con ella y sacarle una sonrisa; entonces descubrió que era adicto a verla sonreír y expresarse tan libremente a su lado, como si solo con él pudiera ser ella misma.
No se dio cuenta en qué momento se había enamorado perdidamente de ella.
Quizás fue aquel día en el parque, cuando su sombrero amarillo voló hacia su cara y ella corrió con las mejillas encendidas a recogerlo.
O tal vez fue una noche de verano en Aubrey Hall, cuando se quedaron hablando hasta tarde bajo la luz de las estrellas. Él le contó su sueño de viajar por el mundo, de conocer cada rincón posible, y ella le confesó su deseo de convertirse en una escritora aclamada. Se quedaron allí, imaginando futuros distintos, sin saber que uno de ellos ya estaba escrito en sus corazones.
Quizás fue en el aniversario luctuoso de su padre, cuando Penélope lo encontró solo en la biblioteca, con la mirada perdida en un libro que no leía. Se sentó a su lado en silencio, sin presionarlo, sin decir nada hasta que él finalmente dejó escapar todo lo que llevaba dentro. Se quedó con él hasta que no quedaron más palabras, hasta que el dolor fue menos insoportable.
O tal vez fue el día de su baile de graduación, cuando ella apareció con un hermoso vestido esmeralda, sus rizos cayendo en cascada sobre sus hombros como un río de fuego. Esa noche, Colin sintió que el suelo bajo sus pies dejaba de existir. Bailó con ella, la hizo reír y deseó, con desesperación, poder inclinarse y besarla. Pero no lo hizo. En su lugar, le prometió que algún día vería el mundo, sin saber que, en el fondo, lo único que realmente quería era quedarse en Londres con ella.
Quizás fueron todas esas cosas juntas.
Se enamoró de su ternura, de su inteligencia, de su capacidad de ver el mundo con otros ojos. Se enamoró de su risa, de su valentía, de su amor incondicional por quienes la rodeaban.
Y siguió amándola. Pero también siguió siendo su amigo.
Estuvo allí cuando Penélope sufrió su primer desamor, consolándola y mimándola, ignorando las quejas de Eloise, que insistía en que ese era su papel como mejor amiga. Colin no discutió; simplemente se quedó a su lado, asegurándose de que supiera que siempre tendría un hombro en el que apoyarse.
Siguió amándola en secreto cuando conoció a su primer novio formal. Se obligó a sonreír, a bromear con ella como siempre, aunque cada palabra se sintiera como un puñal en el pecho.
La vio enamorarse de otro.
La vio tomar su mano, mirarlo con esa ternura infinita que él siempre había deseado para sí.
Y aunque todo dentro de él gritaba que debía hacer algo, que debía decirle la verdad, se quedó en silencio. Porque, al final, su amistad con Penélope era lo más preciado que tenía.
Así que sonrió, como siempre lo hacía.
Así que la amó en silencio, como siempre lo había hecho.
Y esperó.
Esperó por un momento, un gesto, una señal de que tal vez, solo tal vez, Penélope lo vería algún día de la misma manera en que él la veía a ella.
Pero hasta entonces, seguiría a su lado.
Porque Colin Bridgerton estaba dispuesto a amar a Penélope Featherington por toda la vida, incluso si eso significaba hacerlo en silencio.
—Alfie es una idiota de grandes proporciones —exclamó Penélope cuando regresaba del baño en su apartamento.
Colin esperaba en la sala con el televisor en pausa a qué Penélope regresara. Era su noche de películas, una tradición que se había extendido por años, la excusa perfecta para abrazarla y acurrucarse en el cómodo sofá.
—¿Qué? —preguntó realmente confundido. No había vuelto a escuchar el nombre de su ex en mucho tiempo, la última vez Penélope lloraba y se acurrucaba contra él en ese mismo lugar, maldiciendo al hombre por haberla engañado.
—Se casará con su secretaria —se explicó después, unos segundos antes de tirarse en el sofá— es increíble, conmigo nunca quiso formalizar nada, siempre decía que su trabajo era más importante —sus ojos parecían cristalizarse, señal de que algunas lágrimas comenzaban a formarse — pero al parecer no era el trabajo. Era yo.
—Pen…
Colin sintió un nudo en el pecho al ver la expresión de Penélope. Odiaba ver lágrimas en sus ojos, odiaba la forma en que su labio temblaba ligeramente cuando intentaba mantenerse firme.
Se movió sin pensarlo, rodeándola con un brazo y atrayéndola contra su costado. Penélope suspiró, dejando caer la cabeza sobre su hombro.
—Eso es una completa tontería —dijo con suavidad—. No eres tú el problema, Pen. Alfie siempre fue un imbécil, lo sabes.
Ella soltó una risa entrecortada.
—Un imbécil con el que perdí dos años de mi vida.
Colin sintió cómo la rabia burbujeaba en su interior. Dos años. Dos años en los que había tenido que ver cómo Penélope se enamoraba de otro, cómo sonreía cuando Alfie le enviaba mensajes, cómo hablaba de él con esperanza. Dos años en los que había fingido que no le importaba, que no le dolía verla con alguien más.
Y ahora, ese idiota la había hecho llorar. Otra vez.
—No fueron dos años perdidos —dijo, apretando suavemente su hombro—. Fueron dos años en los que aprendiste a reconocer lo que no mereces. Y créeme, Pen, te mereces mucho más que él.
Ella se quedó en silencio por un momento, jugando con la manta que tenían sobre sus piernas.
—Duele más de lo que pensaba —susurró al final—. No porque todavía lo ame, sino porque me hace pensar que nunca fui suficiente para él.
Colin apretó la mandíbula.
—Eso es otra tontería —dijo con firmeza—. No se trata de que fueras suficiente o no. Se trata de que él nunca fue lo suficientemente inteligente para ver lo increíble que eres.
Penélope levantó la vista hacia él con una pequeña sonrisa, aunque sus ojos seguían brillando con lágrimas contenidas.
—¿Siempre dices las palabras exactas que necesito escuchar?
Colin le devolvió la sonrisa, aunque su corazón latía con fuerza en su pecho.
—No, pero siempre te diré la verdad. Y la verdad es que cualquier hombre que no vea lo maravillosa que eres es un idiota.
Ella se quedó mirándolo por unos segundos más, como si quisiera creerle pero no pudiera evitar dudar.
Colin deseó, con cada fibra de su ser, poder decirle cuánto la amaba. Cuánto tiempo había esperado por ella, cuánto daría por que lo mirara como alguna vez miró a Alfie.
Pero no lo hizo.
En su lugar, sonrió y tomó el control remoto.
—Ahora, si terminaste de hablar de ese idiota, tenemos una película que ver.
Penélope soltó una risa genuina esta vez y se acomodó mejor contra su pecho.
—Sí, sigamos con la película.
Y aunque Colin sabía que su amor seguía siendo un secreto guardado en su pecho, decidió que, por ahora, tenerla entre sus brazos era suficiente.
Hubo muchas oportunidades en las que Colin estuvo a punto de confesarle sus sentimientos después de aquella noche en el apartamento de Penélope.
Como aquella vez, semanas después, cuando estaban en su café favorito, compartiendo un pastel de chocolate. Penélope reía por algo que él había dicho, y en ese momento, con la luz del sol reflejándose en su cabello y sus ojos llenos de alegría, Colin sintió que ya no podía seguir guardando el secreto.
Abrió la boca, dispuesto a decirlo.
Pero entonces ella mencionó, con naturalidad, que estaba considerando volver a salir con alguien.
Y las palabras murieron en su garganta.
Después estuvo aquella noche en la boda de Francesca, cuando bailaron juntos y él sintió que el mundo se reducía a ellos dos. Penélope llevaba un vestido azul profundo, el cabello recogido con algunos rizos sueltos, y cada vez que giraban en la pista, Colin se convencía más y más de que ese era el momento.
Pero luego Penélope, con una sonrisa melancólica, mencionó que estaba feliz por Francesa y John, pero que no creía que el amor estuviera hecho para ella.
Colin quiso decirle que estaba equivocada, que el amor siempre había estado frente a ella.
Pero en su lugar, le dijo que era una tontería pensar eso.
Y la noche continuó como si nada.
Luego estuvo aquel invierno, cuando Penélope se enfermó y él pasó días enteros en su apartamento, asegurándose de que tomara sus medicinas y comiera algo. Pasaban las tardes viendo películas, y en una de esas ocasiones, ella se quedó dormida con la cabeza sobre su hombro.
Colin la miró por largos minutos, memorizando cada pequeño detalle de su rostro, con el corazón latiéndole con fuerza.
Podría decírselo cuando despertara.
Podría tomar su mano y confesarle que había estado enamorado de ella durante años, que no importaban los otros hombres en su vida porque ninguno la amaría como él.
Pero entonces Penélope despertó, murmurando su nombre con una sonrisa soñolienta.
Y él solo le dijo que era hora de tomar su medicina.
Una vez más, se quedó en silencio.
Una vez más, dejó que el miedo de perderla fuera más fuerte que su deseo de amarla abiertamente.
Y así, una vez más, la oportunidad se desvaneció como un susurro en el viento.
Aquella noche, Colin estaba en su apartamento, terminando de editar su último artículo de viaje. El televisor murmuraba de fondo, llenando el silencio con un programa irrelevante. No esperaba interrupciones, no había mensajes ni llamadas de nadie… mucho menos de ella.
Hasta que un golpe en la puerta lo sacó de su concentración.
Frunció el ceño y se levantó. Al abrir la puerta, la vio.
Penélope estaba ahí, envuelta en un vestido negro que se ajustaba perfectamente a su figura, su cabello rizado cayendo en suaves ondas alrededor de su rostro. Pero lo primero que notó no fue lo hermosa que se veía.
Sino la rabia en sus ojos.
—Pen… —susurró con preocupación.
No dijo nada.
Simplemente entró sin esperar permiso y se dejó caer en el sofá con un suspiro exasperado, cruzando los brazos sobre su pecho.
Colin cerró la puerta y se giró hacia ella. Sabía que esa noche tenía una cita. De hecho, esa misma mañana lo había llamado para cancelar su noche de películas porque su cita la había invitado a cenar. Y él, como siempre, había sonreído y le había dicho que no había problema.
Pero ahora estaba ahí.
Hermosa, furiosa… y herida.
—¿Qué pasó? —preguntó con suavidad mientras se acercaba a ella.
Penélope dejó escapar una risa sarcástica antes de soltar con enojo:
—Dijo que estaba “perdiendo el tiempo” conmigo.
Colin sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
Ella bufó, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y mirando al techo con frustración.
—Al parecer, no fui lo que él esperaba —continuó, con una sonrisa amarga—. Dijo que soy demasiado seria, que no me dejo llevar, que le gusta cuando las mujeres son más… “divertidas”.
Colin sintió su mandíbula tensarse.
—¿Quieres decir más fáciles?
Penélope giró la cabeza hacia él, con una mezcla de tristeza y furia en su mirada.
—Sí, supongo que eso quería decir —susurró.
El silencio se instaló entre ellos por un momento. Colin podía sentir su sangre ardiendo. Quería decirle que su cita era un maldito imbécil, que ningún hombre con un mínimo de inteligencia podría verla y no enamorarse de cada parte de ella. Pero sabía que no era lo que necesitaba en ese momento.
Así que, en lugar de eso, se dejó caer a su lado en el sofá, apoyando un brazo en el respaldo y mirándola con el ceño fruncido.
—Sabes que no mereces a alguien así, ¿verdad?
Penélope lo miró fijamente, con el rostro iluminado por la tenue luz del televisor.
—Lo sé —susurró—. Pero… duele.
Él asintió. Sí, claro que dolía.
—Cualquiera que no pueda ver lo increíble que eres es un idiota —dijo con una media sonrisa—. Aunque, en este caso, creo que el término “retrasado” sería más adecuado.
Penélope soltó una risa sorprendida, pero luego negó con la cabeza y suspiró.
—Colin… —murmuró, su voz un poco más suave.
—¿Mmm?
Ella lo miró, realmente lo miró. Su corazón latía rápido, el enojo aún burbujeando en su interior, pero mezclado con algo más. Algo nuevo. Algo peligroso.
Colin notó el cambio en su mirada, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella se inclinara hacia él y, sin previo aviso, lo besara.
Fue un beso desesperado, impulsado por la frustración, por el dolor, por la necesidad de demostrar que no era la mujer aburrida que aquel imbécil había insinuado. Los labios de Penélope eran suaves, cálidos, y aunque todo en su cabeza gritaba que debía detenerse, que esto cambiaría todo, Colin no pudo hacer más que aferrarse a su cintura y corresponder.
Su beso no fue tierno ni contenido. Fue ardiente, fue salvaje, fue todo lo que había reprimido por años. Pero cuando Penélope se separó, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos, el hechizo se rompió.
Colin parpadeó, tratando de procesar lo que acababa de pasar.
—Yo… —murmuró ella, tocándose los labios con la punta de los dedos—. Dios… Colin, lo siento.
Se levantó rápidamente del sofá, con las mejillas encendidas, y comenzó a caminar hacia la puerta.
—¡Pen! —Colin se puso de pie al instante.
Ella se detuvo un segundo, pero no lo miró.
—No debí hacer eso —susurró—. Lo siento.
Y antes de que él pudiera responder, salió de su apartamento, dejándolo ahí, aún con el sabor de su beso en los labios y el corazón latiendo con fuerza en el pecho.
