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Bésame Bonito

Summary:

"Bésame bonito. Que esta despedida dure otro poquito."

Aldo y Ash pasaron de odiarse a necesitarse. Ahora, en una madrugada vacía, uno se va y el otro aprende que el infinito también caduca.

One-Shot inspirado en "Bésame bonito" de Carmen DeLeon y Micro TDH

Notes:

Algo que se me ocurrio en la universidad mientras estaba aburrida, disfrutenlo, es pequeño pero es bonito.

🫂🤍

Work Text:

El portazo retumba en el pecho de Aldo antes de que llegue a sus oídos.

Está recostado contra el marco de la puerta de la residencia, con los brazos cruzados y los dedos enterrándose en sus propias muñecas. El frío de la madrugada le cala los huesos, pero no se mueve. No porque no quiera. Porque no puede. Las piernas le pesan como si estuvieran llenas de cemento.

Ash.

Ni siquiera necesita verlo. Conoce el sonido de sus pasos: rápidos, precisos, como cada puta cosa que hace Ash. Como si caminar también fuera una misión. Como si irse también fuera una declaración de guerra.

—¿Ni una llamada? —pregunta Aldo, y su voz sale más rota de lo que quería.

Ash no se da vuelta. Claro que no. Ash nunca se da vuelta cuando importa. Solo lo hace cuando están discutiendo por estupideces, cuando se están gritando por quién dejó la taza de café en el escritorio equivocado o por qué mierda Aldo volvió a fumar después de que Ash le pidió que no lo hiciera. Ahí sí, ahí Ash le clava la mirada y no lo suelta hasta que Aldo se achica.

Pero ahora, que Aldo le está pidiendo algo con la voz rota, Ash mira hacia adelante.

—No cambia nada —dice Ash.

Aldo siente cómo se le retuerce algo en el estómago. No cambia nada. Cuatro palabras. Cuatro putas palabras que resumen todo lo que han sido los últimos seis meses. Ocho. Doce. El tiempo que llevan en esta cosa que nunca supieron nombrar.

 

“Dicen que cuando uno se enamora

Vuelan las rosas y que nunca más se llora”

 

Aldo recuerda haberse reído de esa frase la primera vez que la escuchó. Estaba en primero de preparatoria, en la clase de literatura, y el profesor hablaba de los tópicos del amor romántico. Él dibujó un pene en la margen de su cuaderno y pensó qué pendejada. Porque Aldo nunca fue de esos. De los que creen en rosas. De los que creen en finales felices.

Llegó a la universidad convencido de que el amor era un invento para vender tarjetas de San Valentín y hacer que la gente gastara dinero en flores que se mueren a los tres días.

Y entonces llegó Ash.

Y todo se fue a la mierda.

 

“Dicen que todo es felicidad pero no dicen la verdad

Porque un amor de un año muere en una hora.”



—Eso no es lo que pregunté —suelta Aldo, enderezándose. Sus dedos dejan de temblar porque aprieta los puños con tanta fuerza que las uñas se clavan en las palmas.

Ash exhala por la nariz. Ese sonido. Ese pinche sonido que hace cuando está harto, cuando Aldo le está tocando los huevos, cuando ya no quiere seguir discutiendo. Aldo lo conoce tan bien que podría grabarlo y venderlo como ASMR de odio.

Sigue de espaldas. La mochila negra al hombro. Las llaves del carro girando entre sus dedos con ese movimiento nervioso que Ash jura que no tiene pero que Aldo ha aprendido a leer como si fuera su lenguaje materno.

El estacionamiento está vacío. Las luces naranjas del alumbrado público convierten todo en una escena del crimen. Y tal vez lo es. Tal vez Ash está cometiendo un homicidio ahora mismo, y Aldo es la víctima, y nadie va a venir a levantar el cuerpo.

Aldo baja los brazos. Da un paso. Luego otro. El asfalto está frío bajo sus pies descalzos —salió en chancletas, con los mismos shorts de dormir, porque cuando escuchó el portazo no pensó, solo corrió—.

—Mírame.

No es un ruego. Es una orden. Y Ash odia las órdenes, por eso precisamente se da vuelta.

Y Aldo se arrepiente al instante.

Porque verle la cara le parte el pecho en dos mitades desiguales. Ash no está llorando Ash nunca llora—, pero tiene los ojos brillantes y la mandíbula apretada con esa tensión que Aldo conoce bien. Está sosteniendo su dignidad con los dientes. Está haciendo el maldito esfuerzo de no desmoronarse delante de él.

Qué bonito, piensa Aldo con amargura. Qué bonito que yo sí me voy a desmoronar.

—Dijiste que te quedabas —suelta, y ahí sí, ahí la voz le sale rota. No es una orden ahora. Es un ruego disfrazado de reclamo.

—Dije muchas cosas.

—Y yo te creí todas, idiota.

El insulto les sale natural. Como una costumbre vieja. Como una caricia deforme.

 

“Lo que nos jodió fue la distancia

Querer de lejos es amar con ignorancia”

 

Porque así empezó todo. A puteadas.

Aldo llegó a la universidad con la soberbia de quien se sabe inteligente pero finge que no, y con la lengua más afilada que un cuchillo de carnicero. Se sentó en la última fila, puso los pies en el escritorio, y decidió que ese semestre iba a ser una broma de tres meses.

Hasta que el profesor los emparejó para el trabajo final.

—Ustedes dos —dijo el profe, señalando con el bolígrafo—. Van a hacer el análisis de Pedro Páramo.

Aldo miró al compañero que le había tocado. Alto. Moreno. Con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y el asco. Llevaba una sudadera negra y los auriculares puestos, como si el mundo entero le estorbara.

—Soy Ash —dijo el tipo, sin quitarse los auriculares. Su voz era plana. Aburrida. Como si presentarse fuera una pérdida de tiempo.

—Aldo —respondió él, y puso los pies en el suelo porque algo en la mirada de Ash le dijo que si no lo hacía, el otro lo iba a aniquilar con un comentario pasivo-agresivo.

No se equivocó.

La primera reunión para el trabajo fue en la biblioteca. Ash llegó con el libro lleno de post-its de colores, una laptop que parecía costar más que el semestre entero de Aldo, y una actitud de yo ya sé todo esto, solo te necesito para que firmes tu nombre.

Aldo no pudo evitarlo.

—¿Ya leíste el libro o solo viste un resumen de YouTube? —preguntó, con una sonrisa que pretendía ser amable y era todo menos eso.

Ash levantó la vista de su laptop. Lo miró como si Aldo acabara de decir que la tierra era plana.

—¿Tú leíste Pedro Páramo o solo viste el meme de "No voy a pagar, no tengo dinero"?

Aldo soltó una carcajada. No porque fuera gracioso. Porque era un golpe bajo y certero, y Ash lo había dado sin inmutarse.

—Tocada —dijo Aldo, señalándolo con el dedo—. Te la compro.

—No quiero que me la compres. Quiero que hagas tu parte del trabajo.

—Mi parte es fácil. Yo pongo la cara bonita y tú pones el cerebro.

Ash frunció el ceño. Era la primera emoción real que Aldo le veía.

—No sé cómo llegaste hasta aquí —dijo Ash, con un desprecio tan puro que casi parecía arte.

Y Aldo, que era mexicano, que había crecido a base de albures y chistes verdes y la creencia de que un buen insulto era mejor que un puñetazo, sonrió con toda la malicia del mundo.

—Pregúntale a tu mamá. Anoche le expliqué bien.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Ash lo miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera calculando la distancia exacta entre su silla y la cara de Aldo para saber si valía la pena lanzarse.

No se lanzó.

Pero tampoco volvió a subestimar a Aldo.

Y Aldo, que esperaba que el tipo se ofendiera, que fuera a quejarse con el profesor, que hiciera un berrinche, se encontró con algo inesperado: Ash sonrió.

No era una sonrisa bonita. Era una sonrisa afilada, peligrosa, el tipo de sonrisa que decía "ahora esto es personal".

—Ok —dijo Ash, cerrando su laptop—. Esto va a ser interesante.

Y vaya que lo fue.

 

“Sabes que te llevas la mitad, mi corazón a la mitad

Te lo confieso aunque ya no tenga importancia.”

 

Discutían por todo. Por el enfoque del trabajo. Por si Rulfo era más realista que mágico. Por si Juan Preciado estaba muerto desde el principio o se moría durante la novela. Discutían por los horarios de reunión, por el café, por quién dejaba las migajas en la mesa, por el volumen de la música de Ash (siempre demasiado alta) y por la mala costumbre de Aldo de llegar tarde (siempre).

 

"Llegas tarde porque no te importa", decía Ash.

 

"Llego tarde porque me gusta verte enojado", respondía Aldo.

 

Y era verdad. Le gustaba. Le gustaba ver cómo las orejas de Ash se ponían rojas cuando se enfurecía, cómo apretaba la mandíbula, cómo respiraba hondo como si estuviera contando hasta diez en su cabeza. Le gustaba sacarlo de sus casillas. Porque Ash era tan pinche perfecto, tan ordenado, tan tiene un post-it para cada cosa, que verlo perder el control era como ver a un robot tener un cortocircuito.

 

Hermoso.

 

Pero un día, en medio de una discusión sobre la función del narrador en Pedro Páramo, Ash dijo algo que Aldo no esperaba.

 

—Sabes qué, Aldo. No es que seas malo en esto. Es que no te esfuerzas. Y te esfuerzas porque tienes miedo de que si lo intentas y fallas, vas a tener que aceptar que no eres tan listo como crees.

 

Aldo se quedó mudo.

 

Porque Ash le había clavado el dedo en la llaga. En la puta llaga que él mismo ni siquiera sabía que tenía.

 

Y Ash, viendo que no respondía, desvió la mirada.

 

—Solo haz la pinche bibliografía —murmuró, y se fue.

 

Esa noche Aldo no durmió. No porque estuviera enojado. Porque estaba visto. Por primera vez en su vida, alguien lo había visto de verdad.

 

Y le aterrorizó darse cuenta de que no le molestó.

 

“Y lloraré, lloraré, lloraré

Aunque no te des cuenta

Que yo te amé, que te amé, que te amé

Mucho más de la cuenta.”

 

Fue en la biblioteca. Cómo no.

Eran las once de la noche, la biblioteca estaba vacía porque nadie en su sano juicio se quedaba hasta tan tarde un viernes, y estaban terminando los últimos ajustes del trabajo. Ash tenía ojeras moradas y el pelo más desordenado de lo habitual. Aldo llevaba tres horas sin insultarlo, lo cual era un récord.

—¿Tú crees que esto está bien? —preguntó Ash, señalando la conclusión.

—Está perfecto —dijo Aldo, y se sorprendió al darse cuenta de que no estaba bromeando.

Ash lo miró. Lo miró de una forma que Aldo no supo interpretar. No era odio. No era desprecio. Era algo más suave, más peligroso.

—¿Qué? —preguntó Aldo, sintiéndose extrañamente desnudo.

—Nada —respondió Ash, y volvió a mirar la pantalla.

Pero Aldo no se lo creyó. Algo había pasado en esa mirada. Algo que le revolvió el estómago y le aceleró el corazón y le hizo pensar ay, mierda antes de que su cerebro pudiera procesar por qué.

Terminaron el trabajo. Cerraron las laptops. Salieron de la biblioteca juntos, y el pasillo estaba oscuro y vacío, y Ash caminaba tan cerca que sus hombros se rozaban.

—Oye —dijo Aldo, sin saber muy bien por qué—. ¿Te has dado cuenta de que dejamos de pelear?

Ash se detuvo.

—No dejamos de pelear —dijo, pero su voz sonó extraña. Ronca—. Solo que ahora no sé si lo hacemos porque nos odiamos o porque...

No terminó la frase. Aldo no necesitó que la terminara.

 

“Bésame bonito 

que esta despedida dure otro poquito

Dime “te amo”, que yo lo necesito, te necesito.

¿Cómo se va a acabar un amor, un amor que era infinito?”

 

Porque en ese momento Ash lo agarró de la sudadera, lo empujó contra la pared, y lo besó.

No fue bonito. Fue torpe, fue desesperado, fue un "te quiero ganar esto también". Ash le mordió el labio inferior, y Aldo soltó un gemido que lo avergonzó durante semanas, y sus manos encontraron la cintura de Ash y lo atrajeron hacia él como si fuera lo único real en el mundo.

Cuando se separaron, los dos estaban sin aliento.

—Pinche loco —susurró Aldo, con la voz rota.

—Cállate —respondió Ash, y lo besó otra vez.

Y esa noche, en el pasillo vacío de la facultad de letras, Aldo entendió que el odio y el amor eran la misma cosa. Solo que el amor dolía más.

Porque el odio se puede escupir. El amor se tiene que tragar.

 

“Bésame dos veces

Dos besos que me torturen varios meses

No tardes tanto que ya casi amanece, te necesito

Hoy se termina un amor, un amor, un amor que era infinito”

 

Nunca se lo dijeron a nadie. No porque fuera un secreto, sino porque no sabían cómo explicarlo. "Sí, nos odiamos. Sí, nos besamos. Sí, dormimos juntos. Sí, nos prestamos ropa. Sí, él sabe cómo me tomo el café. Sí, yo sé que cuando se muerde el labio está nervioso. No, no somos novios. No, no nos queremos. No, no digas tonterías."

Pero se querían.

Aldo lo supo una noche en que Ash amaneció con fiebre. Cuarenta grados. Escalofríos. Sudor frío. Ash nunca se enfermaba —Ash era de esas personas que parecían inmunes a todo, como si su cuerpo también fuera perfecto—, pero esa noche se derrumbó.

Y Aldo, que había ido a su departamento a recuperar un libro, se quedó.

No fue heroico. No fue romántico. Fue torpe y desordenado y Aldo no sabía ni hacer té, así que le dio un vaso con agua caliente y una bolsita de manzanilla sumergida sin sacar, y Ash lo bebió haciendo una mueca de asco.

—Eres pésimo cuidando gente —dijo Ash, con la voz destrozada.

—Y tú eres pésimo enfermándote —respondió Aldo, sentándose en el borde de la cama.

Ash cerró los ojos. Aldo se quedó mirándolo. La luz de la luna entraba por la ventana y dibujaba sombras en sus pómulos, y Aldo pensó qué bonito es, y luego pensó qué mierda, me gusta de verdad.

—No te vayas —susurró Ash, con la fiebre bajándole los filtros.

—No me voy —dijo Aldo.

Y no se fue.

 

“Yo sé que te vas, pero quédate otro ratito

Y bésame bonito.”

 

Durmió en el suelo, con una almohada prestada y el brazo de Ash colgando por el borde de la cama, rozándole el pelo. A la mañana siguiente, Ash amaneció mejor. Lo miró durmiendo en el suelo con una expresión rara, algo entre la ternura y el terror.

—Eres un imbécil —dijo Ash, en lugar de gracias.

—Ya lo sé —respondió Aldo, en lugar de de nada.

Pero esa noche, algo cambió. Algo se instaló en el pecho de Aldo y no se fue más. Una necesidad. Un vacío con forma de Ash. Una certeza de que si ese chico no estaba, algo en él dejaba de funcionar.

Y eso, más que el amor, fue lo que lo asustó.

Porque Aldo podía vivir sin amor. Había vivido diecinueve años sin él.

Pero no podía vivir sin Ash.

Y esa dependencia, esa maldita necesidad, fue el principio del fin.

 

“Si te quedas solo un rato más, más puedo solo respirar

Lloras y luego me miras, nunca te aprendí a soltar.”

 

Terminó el primer semestre. Llegaron las vacaciones.

Ash se fue a casa de sus padres, en otra ciudad. Aldo se quedó, porque su familia estaba cerca pero él prefería no volver. Se despidieron en la parada del autobús, con un beso rápido y un "nos vemos en tres semanas".

Las tres semanas se convirtieron en seis porque Ash consiguió un trabajo temporal. Luego en ocho porque Aldo tuvo que ayudar a su mamá con unas cosas. Luego en tres meses, que era todo el verano.

Al principio se llamaban todos los días. Aldo le contaba las estupideces que hacía, Ash le contaba lo aburrido que era su pueblo, y se reían y se insultaban y se decían "te extraño" con eufemismos porque ninguno de los dos era capaz de decirlo en voz alta.

 

“Muero cada vez que dices que te vas

Y luego regresas diciéndome que sin mí ya no puedes vivir más”

 

Pero la distancia hizo lo que hace siempre: los fue separando, milímetro a milímetro, hasta que un día las llamadas se espaciaron. Los mensajes quedaban en visto. Aldo empezó a salir con amigos para no pensar en el vacío que sentía. Ash empezó a trabajar más horas para no pensar en lo mismo.

Una noche, Aldo estaba borracho y marcó sin querer. Ash contestó a la tercera llamada, con voz de sueño.

—¿Estás bien? —preguntó Ash, y en su voz había algo que Aldo no había escuchado antes. Preocupación. Miedo.

—Estoy pedo —dijo Aldo, riendo—. Te extraño, cabrón.

Silencio.

—También te extraño —dijo Ash, y su voz sonó tan pequeña que Aldo apretó el teléfono con fuerza, como si pudiera atravesarlo.

—¿Por qué no te quedaste? —preguntó Aldo, y no era una acusación, era una súplica.

—Porque no soy tuyo —respondió Ash, y colgó.

Aldo se quedó mirando el teléfono hasta que la pantalla se apagó.

Querer de lejos es amar con ignorancia.

Y Aldo entendió que Ash tenía razón. Porque cuando amas de cerca, ves las imperfecciones, las grietas, los días malos. Pero cuando amas de lejos, solo ves la ausencia. Y la ausencia se vuelve más grande que la persona.

 

“Y lloraré, lloraré, lloraré, lloraré, lloraré, lloraré, lloraré

Aunques no te des cuenta

Que yo te amé, que te amé, que te amé

Mucho más de la cuenta.”

 

Volvieron a clases en septiembre, y todo estaba igual pero nada era igual.

Se vieron en el pasillo. Ash estaba igual: sudadera negra, auriculares, esa expresión de que el mundo le estorbaba. Aldo se acercó con el corazón en la garganta.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió Ash.

Y fue todo. No hubo beso. No hubo abrazo. No hubo "te extrañé". Solo dos personas que se habían querido tanto que se habían lastimado, paradas a medio metro de distancia, sin saber cómo acortarla.

Las semanas pasaron. Intentaron volver a lo de antes: peleas, insultos, besos en la biblioteca. Pero algo se había roto. Algo que ninguno de los dos sabía cómo arreglar.

Una noche, en el departamento de Ash, después de un silencio incómodo que duró demasiado, Aldo soltó lo que llevaba meses guardando.

—Ya no sé qué somos.

Ash dejó de mover el café.

—Yo tampoco —dijo.

—¿Y qué hacemos?

—No lo sé.

Aldo se acercó a él. Le levantó la cara con dos dedos bajo la barbilla.

—Dime que no me quieres —dijo—. Dímelo y me voy.

Ash lo miró. Sus ojos estaban brillantes, pero no lloraba. Ash nunca lloraba.

—No puedo —susurró.

—Entonces dime que sí.

—Tampoco puedo.

Aldo retiró la mano. Se alejó. Se sentó en el borde de la cama y se pasó las manos por el pelo, tirando de las raíces, deseando que el dolor físico tapara al otro.

—Nos estamos haciendo daño —dijo Ash, y su voz sonó tan frágil que Aldo sintió ganas de romper algo—. Yo me voy a graduar antes. Me voy a ir a otra ciudad. Y esto... esto no va a sobrevivir.

—¿Quién dice?

—La vida, Aldo. La puta vida. No todo es quererse. A veces hay que soltar.

—No quiero soltar.

—Yo tampoco. —Ash se acercó. Se sentó a su lado, sin tocarlo—. Pero si no soltamos ahora, vamos a terminar odiándonos de verdad. Y yo... yo no quiero odiarte. Ya me costó mucho quererte.

Aldo sintió cómo se le rompía algo por dentro. Algo que no sabía que tenía. Algo que no sabía que podía romperse.

—No te voy a dejar —dijo, con la voz quebrada—. No sé cómo.

—Yo sí —respondió Ash—. Yo sí voy a dejarte. Porque alguien tiene que hacerlo.

Y esa fue la sentencia.

 

“Bésame bonito

Que esta despedida dure otro poquito.”

 

—Dijiste que te quedabas —repite Aldo, y su voz ya no es un reclamo. Es un epitafio.

—Dije muchas cosas —dice Ash otra vez, pero esta vez suena menos seguro. Esta vez suena como si también estuviera a punto de romperse.

Aldo da otro paso. Ya están a un metro de distancia. Puede ver las pestañas de Ash, más largas de lo que deberían, puede ver la pequeña cicatriz en su ceja izquierda (una pelea de niños, le contó una vez), puede ver las ojeras moradas que le han salido en los últimos días.

—Ve a dormir Aldo.

No ha estado durmiendo. Ash tampoco.

—No me voy a dormir —dice Aldo, respondiendo con la furia flotando en el aire.

—Es tu decisión.

—Tú siempre dices eso. "Es tu decisión. Es tu culpa. Es tu problema." —Aldo ríe, pero no tiene gracia. Es una risa amarga, rota, la risa de alguien que ya no sabe llorar—. Nunca te hago responsable de nada, ¿sabes? Nunca te pido que te quedes. Sólo que...

Se calla. Se pasa una mano por el pelo. Se lo tira con fuerza, como si pudiera arrancarse el recuerdo de Ash de la cabeza a golpes.

—¿Sólo qué? —pregunta Ash, y su voz suena extrañamente suave. Como si ya supiera la respuesta y quisiera escucharla igual. Como si también la necesitara.

Aldo levanta la mirada. Ya no le tiemblan los dedos. Está cansado. De la carrera, de la distancia, de quererlo tanto que le duele el pecho, de quererlo tanto que se ha convertido en una herida abierta que no cicatriza. Pero sobre todo, está cansado de fingir que no lo necesita.

Porque la verdad —la verdad que ha estado masticando desde aquella noche de fiebre, desde aquel primer beso en la biblioteca, desde aquel primer insulto en la facultad— es que Ash se ha convertido en parte de él. Como un órgano. Como los pulmones. Como el aire.

Y sin Ash, Aldo no sabe respirar.

—Bésame —dice.

Ash parpadea.

—Bésame bonito —continúa Aldo, y su voz se quiebra en la última palabra—. Y lárgate después.

Ash lo mira. Lo mira con esos ojos que Aldo ha aprendido a leer. Hay sorpresa. Hay miedo. Hay algo que parece ternura pero que Aldo sabe que no es ternura, es lástima, y la lástima duele más que el odio.

—¿Bonito? —repite Ash, como si la palabra le supiera a veneno.

—Sí. Por una puta vez, no me beses como si quisieras ganar algo. Bésame como si supieras que ya perdiste.

El silencio se alarga. Una moto pasa por la avenida. El aire huele a asfalto mojado y a madrugada y a final.

Ash deja caer la mochila al suelo.

 

“Dime “te amo”, que yo lo necesito, te necesito

¿Cómo se va a acabar un amor, un amor que era infinito?”

 

Da un paso. Luego otro. Sus manos encuentran la nuca de Aldo, y Aldo cierra los ojos antes de que los labios de Ash toquen los suyos.

El beso no es como los otros.

No es la mordida de la biblioteca, el "te voy a ganar" del primer semestre. No es el beso desesperado de las dos de la mañana, cuando estaban solos y el silencio se volvía insoportable y la única forma de llenarlo era chocando los dientes.

Este beso es lento.

Es una pregunta.

Es un "yo también te necesito" que ninguno de los dos se atreve a decir en voz alta.

Ash besa como si se estuviera despidiendo de verdad. Como si estuviera grabando el sabor de Aldo en su memoria para los días malos, para las noches de insomnio, para los momentos en que quiera recordar por qué valió la pena.

Y Aldo se deja besar. Sin orgullo. Sin defensas. Con las manos temblorosas en la cintura de Ash, aferrándose como si eso pudiera detener el amanecer.

Cuando Ash se aparta, su frente roza la de Aldo. Ambos respiran el mismo aire caliente, el mismo aire que sabe a despedida.

—¿Ya? —susurra Ash.

Aldo niega con la cabeza. Apenas. Un movimiento tan pequeño que casi no se nota.

—No —dice—. No ya.

Abre los ojos. Los de Ash están cerrados, y Aldo se permite mirarlo un segundo más. Los pómulos altos. La cicatriz en la ceja. Los labios hinchados por el beso.

 

“Bésame dos veces

Dos besos que me torturen varios meses.”

 

—Dos veces —pide Aldo, y su voz es tan baja que parece un secreto, una confesión, una oración—. Dos besos que me torturen varios meses. Si te vas a ir, al menos déjame algo que duela.

Ash abre los ojos. Lo mira. Y por un segundo, Aldo ve algo que no había visto nunca en esa cara.

Miedo.

No el miedo de Ash a perderlo. El miedo de Ash a que Aldo sufra. El miedo de Ash a que este adiós lo destruya. Porque Ash no es de los que se quedan, pero tampoco es de los que lastiman. Y ahora está haciendo las dos cosas.

—Eres un pendejo —dice Ash, pero su voz tiembla.

—Lo sé —responde Aldo.

—Y te odio.

—También lo sé.

Ash lo besa de nuevo.

Este segundo beso no es lento.

Es un castigo. Es un premio. Es todo lo que no se dijeron en tres meses de distancia, en ocho meses de amor no nombrado, en un año entero de quererse a escondidas.

Ash le muerde el labio, pero no para ganar. Para que Aldo lo recuerde. Para que cada vez que se toque la boca en los días siguientes, sienta la marca.

Aldo gime contra su boca. Sus dedos se enredan en la sudadera de Ash, la tela negra que tanto le gusta, la que huele a él, la que va a extrañar hasta volverse loco.

 

“No tardes tanto que ya casi amanece, te necesito

Hoy se termina un amor, un amor, un amor que era infinito.”

 

Las manos de Ash suben por su espalda. Las uñas se clavan en sus omóplatos. Y Aldo llora.

No hace ruido. No se oye. Pero las lágrimas le resbalan por las mejillas y caen en los labios de Ash, y Ash las besa, las lame, las traga como si pudiera llevarse también ese dolor.

Cuando terminan, el cielo ya no está tan oscuro. Una línea gris clara asoma por el horizonte, y Aldo sabe que se acabó. Sabe que cuando salga el sol, Ash ya no va a estar.

Ash recoge su mochila del suelo. No dice te quiero. No dice lo siento. Solo pasa los dedos por la mandíbula de Aldo, una caricia tan fugaz que podría haber sido imaginación.

—Cuídate —dice Ash.

—Tú también —responde Aldo, y su voz no tiembla porque ya no le quedan lágrimas, ya no le queda orgullo, ya no le queda nada.

Ash camina hacia su auto. No mira atrás. Aldo sabe que no va a mirar atrás porque Ash es así: cuando toma una decisión, la cumple. Incluso si le duele. Especialmente si le duele.

El motor del auto ruge. Las luces se encienden. Aldo sigue parado en la puerta de la residencia, con los pies descalzos sobre el asfalto frío, con los labios hinchados y las mejillas húmedas.

El auto da la vuelta en la esquina.

Y desaparece.

Aldo se queda mirando el lugar donde estuvo. El vacío. La nada. El eco de unos pasos que ya no están.

 

“Yo sé que te vas, pero quedate otro ratito.”

 

Pero Ash no se queda. Ash se va. Y Aldo se queda solo, con dos besos ardiéndole en la boca y un amor entero deshaciéndose en el pecho.

No llora. Todavía.

Se lleva los dedos a los labios. Los siente hinchados, sensibles, marcados. Ash dijo que no lo iba a olvidar. Y tiene razón. Aldo no va a olvidar. Ni este beso, ni el otro, ni el primero en la biblioteca, ni el último en el estacionamiento.

—Hoy se termina un amor que era infinito —susurra contra la madrugada vacía.

Y por primera vez, cree que el infinito sí tiene fecha de caducidad.

La suya fue esta madrugada. En un estacionamiento vacío. Con los pies descalzos y el corazón en la boca.

Aldo está en su nueva habitación. Se mudó a un departamento más cerca de la facultad, con una ventana que da a un patio interior y paredes que no guardan recuerdos.

No ha borrado el número de Ash.

No ha borrado las fotos.

No ha borrado nada.

Porque borrar sería aceptar que se acabó, y Aldo todavía no está listo para aceptarlo. Sigue durmiendo en el lado izquierdo de la cama, aunque ahora está solo. Sigue haciendo café para dos, aunque el otro se queda frío.

Una noche, su teléfono vibra.

Mensaje de Ash.

Aldo lo mira. Lo mira durante diez minutos, con el pulso acelerado y las manos temblando. No sabe si quiere abrirlo. No sabe si quiere leer algo que lo va a destruir un poco más.

Lo abre.

"Oye, estúpido. ¿Cómo estás?"

Aldo suelta una carcajada. Una carcajada rota, húmeda, que se convierte en sollozo antes de que pueda detenerla.

Marca sin pensar.

Ash contesta a los dos segundos.

—¿Ya aprendiste a hacer bibliografía solo o todavía necesitas ayuda? —dice Ash, y su voz es la misma. La misma voz plana, aburrida, que esconde todo lo que siente.

Aldo se tapa los ojos con la mano libre.

—Te extraño —dice, y esta vez no lo disfraza de insulto. Esta vez es verdad, y punto.

Hay un silencio largo. Tanto que Aldo cree que se cortó la llamada.

—Yo también —susurra Ash.

Y no es un final feliz. No es un "volvemos". Es solo dos personas que se quieren, que se necesitan, que se destruyen, y que no saben estar juntas pero tampoco saben estar separadas.

Es el amor infinito que se niega a terminar.

Aunque duela.

Sobre todo porque duele.

 

“Y bésame… bonito.”

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