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Bitácora: Una noche con los ex-outlaws

Summary:

Entre el caos de Gotham y las misiones imposibles, existe un refugio llamado The Dark Horse. A través de la lente de Kory, somos testigos de una noche cualquiera para los Outlaws: una mezcla de whisky barato, recuerdos compartidos y una competencia de tiro absurda que nace del vértigo y la nostalgia. Jason Todd y Roy Harper intentan demostrar quién es el mejor, pero entre giros y reflejos distorsionados, lo que realmente queda claro es que, en ese bar de mala muerte.

Work Text:

La imagen tembló un instante antes de enfocar con la nitidez implacable que solo la tecnología Wayne Enterprises podía ofrecer. En el centro del encuadre, iluminada por la luz cálida y baja de un bar, estaba Kory. Su cabello era una cascada de fuego naranja, y su sonrisa tenía ese brillo resplandeciente que no parecía del todo de este mundo.

¿Encendida? Ah, sí. Perfecto,—murmuró para sí misma, acercándose un poco al lente. Su rostro llenó la pantalla, impecable y vivo.—Hola a todos. O a nadie. Depende de quién encuentre esta memoria más tarde.— Guiñó un ojo, un gesto rápido y juguetón.—Soy Kory. Y esto…—Giró la cámara con un movimiento suave, hasta que el objetivo captó la espalda ancha y encorvada de Jason Todd, sentado en la barra, —…es lo que queda de un viernes nocturno para un cierto murciélago de segunda generación.—

La cámara se mantuvo ahí, observándolo. Jason no se volvió de inmediato. Bebió un trago largo de un vaso con whisky ámbar, y su asentimiento fue más un hundimiento de hombros que un gesto. —The Dark Horse,—explicó la voz de Kory, cálida y un punto burlona.—No es un sitio, es un hábito. El lugar al que se llega caminando después de… bueno, después de todo. Donde no hay guardaespaldas que vigilen, ni cócteles con nombres ridículos. Solo cerveza de barril que sabe a telarañas, whisky que quema de la forma correcta…— Enfocó el ambiente: la mesa de billar con el paño desgastado que crujía con cada jugada, la pantalla de TV emitiendo noticias catastróficas como un murmullo de fondo, la masa anónima de gente celebrando sus pequeñas victorias o ahogando sus derrotas silenciosas.—¿Qué hace la gente normal después de un mal día?—Susurró Kory, y el micrófono captó el tono genuino de curiosidad, casi de envidia. —Tal vez solo… toman una cerveza.

Panorámica lenta hacia la derecha. Ahí estaba Roy Harper, recostado contra la barra con la facilidad de quien posee el lugar. Saludó a la cámara con dos dedos en la sien, una sonrisa desgarbada y auténtica en los labios.—Otro espécimen de la fauna local.— anunció Kory.—Roy Harper. Ex-Outlaw, actualmente en libertad condicional… de la cordura.

Roy soltó una risa corta y bebió un shot de un solo golpe. Jason, por fin, giró en su taburete. Sus ojos, bajo esa luz, parecían más sombras que color.

Que quede claro,— dijo Jason, su voz un ronquero deliberado que intentaba sonar más severo de lo que el alcohol ya permitía. —Esto no es solo una noche de… ‘tonterías’.—Hizo comillas en el aire con los dedos, apuntando con el mentón hacia Roy.

Roy puso una mano en el pecho, fingiendo ofenderse. —¿Tonterías? Por favor, Todd. Nada que involucre material potencialmente explosivo y mi ingenio puede ser catalogado como simple.—Su tono era fanfarrón, pero había un destello de verdadero orgullo en sus ojos.

No,—admitió Jason, un extremo de su boca se torció en algo que no era una sonrisa, pero casi. —Nunca son simples. Serían las travesuras de colegio más sangrientas y sobrepresupuestadas de la historia.—Miró su vaso. —Él, por supuesto, sería el rey.

Roy bufó, pero era un bufido de puro gusto. Vació otro shot. —Se llama tener estilo, amigo. Algo que un alumno de un murciélago jamás comprenderá.

Kory bajó la cámara y apareció en cuadro, colocándose entre Jason y Roy como una árbitro celestial con rizos de fuego.—Esto se está poniendo… humano. Demasiado humano,— declaró, con una sonrisa que prometía caos.—¿Les parece si animamos las cosas con un clásico? ‘Tiro al blanco’.

Roy enderezó la espalda de inmediato, un brillo competitivo encendiéndole los ojos.—Finalmente. Algo que separa a los profesionales de los… entusiastas con problemas de ira.— Lanzó una mirada cargada a Jason.

Jason, por su parte, solo dejó escapar un resoplido breve y se frotó la nuca. —¿Bajo qué reglas esta vez, Harper? ¿Con los ojos vendados y sobre una pierna? ¿O es el clásico ‘dispara mientras te electrocutas’?.

¡Todas esas fueron tú!— protestó Roy, señalándolo con el dedo. —No, no. Algo más… elegante. Algo que requiera mérito verdadero.— Su fanfarronería era tan densa que casi se podía palpar.

Kory volvió a tomar el control de la cámara, enfocando su rostro. — Explicación rápida,—dijo, con el tono de una presentadora de un deporte absurdo. —La apuesta es simple: quién tiene mejor puntería. La ejecución, no tanto. Condición uno: ambos deben girar sobre sí mismos veinte veces antes de disparar. Velocidad de carrusel.—

Jason cerró los ojos un instante, como pidiendo paciencia. —Condición ridícula número uno, cheque.

Condición dos,— continuó Kory, moviendo el lente hacia un espejo grande y algo empañado al fondo del bar, junto al estante de botellas. — El disparo final debe hacerse usando solo el reflejo en ese espejo. Sin mirar el objetivo real.

Fue Roy quien lo propuso, por supuesto. Con una sonrisa de suficiencia que hacía que Jason mirara al cielo raso.— ¿Ven? Elegancia. Puro cálculo espacial y adaptación. Lo que los griegos hubieran llamado… arte.

Lo que los griegos hubieran llamado estupidez temeraria,— corrigió Jason, pero ya se estaba levantando del taburete, desabrochándose la parte de la chaqueta que entorpecía el brazo. Una resignación práctica que era, en sí misma, una aceptación.

La cámara de Kory tomó distancia, captando la escena completa. El blanco era un viejo tablón de dardos ya lleno de agujeros, colgado en una viga segura. Lo que sucedió a continuación fue un estudio de reacciones:

La clientela del Dark Horse no se inmutó. Un par de hombres con pinta de estibadores alzaron las cejas, intercambiaron una mirada, y se acercaron a la barra con sus cervezas para tener mejor vista. Un grupo en una mesa dejó de jugar a los dados. No había pánico, sino una curiosidad cansada, la de un público que ha visto este espectáculo antes y sabe que, contra toda lógica, suele terminar sin muertes. Entretenimiento. Aún así, Kory enfocó a un hombre en un rincón que instintivamente se deslizó unos centímetros hacia la izquierda, poniendo un pilar de madera entre él y la línea de fuego. Y en la barra, el dueño, un tipo ancho con un trapo en la mano, suspiró profundamente. Su mirada no se dirigía a los tiradores, sino a sus botellas más preciadas en el estante trasero. Su apuesta silenciosa era clara: Que nada se rompa. Por favor.

El ritual fue grotesco. Veinte giros. Roy los hizo con los brazos extendidos, como un niño en un campo, tarareando una canción de rock desafinada. Jason, más contenido, los hizo con los brazos cruzados, apretando la mandíbula. Para el giro quince, ambos se tambaleaban. Para el veinte, el mundo debía ser un remolino de luces borrosas y náusea.

Roy fue el primero en recuperarse –o en fingir que lo hacía–. Tambaleándose como un marinero en una tormenta, levantó su arma (una pistola modificada, de aspecto menos letal de lo habitual, pero no por eso inofensiva). No miró al tablón. Clavó los ojos en el espejo, donde el blanco se veía pequeño y distorsionado. Contuvo el aliento. El bar guardó silencio por un segundo.

El disparo sonó seco, un crack preciso. Un instante después, el impactante clack de una flecha de metal (¿de dónde la había sacado?) clavándose en el tablón, a un centímetro del centro.

Un murmullo de impresión recorrió el local. Roy se irguió, el mareo inmediatamente reemplazado por una arrogancia radiante. Se volvió a Kory, haciendo una reverencia tambaleante.

Creatividad— anunció Kory, acercando la cámara al blanco. —Usó un perno adaptado. Dos puntos.

Jason, que había observado con los ojos entrecerrados, ahora tenía la mirada clara. Calculadora. Su turno. Los giros lo habían afectado más; se apoyó contra la barra un momento, respirando hondo. Luego, con un movimiento fluido a pesar del tambaleo, desenfundó. No miró a Roy, ni al público. Solo al espejo. Su postura era la de un tirador clásico, firme incluso cuando el piso parecía moverse. Disparó.

El segundo crack fue idéntico. Su proyectil, un dardo de metal más convencional, se clavó en el anillo exterior del blanco. Bueno. No perfecto.

Un punto— cantó Kory, y se oyó la risa ahogada de alguien en una mesa.

Jason bajó el arma. Frunció el ceño, mirando el espejo y luego su disparo, como si el equipo le hubiera fallado. —El reflejo está desviado. El espejo tiene una abolladura en el borde inferior izquierda. Distorsiona la parallax.— Su voz era plana, técnica, el análisis frío de un hombre que necesita una excusa que no sea su propio vértigo.

Roy se le acercó, pasándole un brazo por los hombros, olvidando por completo que ambos acababan de disparar armas. —¡Lo que tú digas, hermano! ¡Lo que tú digas! El punto es que gané.— Bebió de un trago largo de una cerveza que alguien le había acercado. —La corona es mía. Acepta tu derrota con dignidad.

Jason se zafó del brazo, pero sin fuerza real. —Fue una ronda de calentamiento. Con condiciones estúpidas. Hay que hacerlo de nuevo.

No, no, no—negó Roy con la cabeza, un movimiento amplio y teatral, mientras un dedo juguetón se alzaba. —Las reglas son las reglas. Acepta tu… punto solitario.— Su sonrisa era insufrible. Deliciosamente insufrible.

Kory bajó la cámara, la imagen se agitó unos segundos, mostrando el suelo de madera manchado, y luego…

PAUSA.

La imagen volvió con un ligero click digital. Kory estaba más cerca del lente, su rostro iluminado por la pantalla de su propio dispositivo.—Actualización de puntuaciones,—anunció, con la formalidad de un noticiero. —Ronda uno: Arquero Escarlata. O, como él insiste en que le digamos ahora, ‘El Tipo Claramente Superior’. Los puntos están en la mesa, y también en su ego.”

Desde algún lugar fuera de cuadro, llegó un grito de júbilo ahogado en alcohol:—¡Eso es tener clase, chicos!—seguido del sonido inconfundible de una palmada en la espalda (probablemente de Roy a sí mismo).

Kory giró la cámara. El escenario había cambiado. Ahora estaban sentados a una de las mesas de roble, despejada de vasos. Sobre la madera, ante cada uno, descansaba su arma: la pistola semiautomática customizada de Jason y el arco compuesto plegable de Roy (que en su estado compacto parecía un intrincado rompecabezas de metal). El ambiente en el bar se había vuelto más íntimo, más expectante. La gente se apiñaba detrás de ellos, manteniendo una distancia respetuosa pero mortalmente curiosa.

Y ahora,— continuó Kory, bajando la voz a un susurro conspirativo que el micrófono captaba a la perfección— la ronda de desempate. O, para ser exactos, la ronda que ellos consideran un desempate. Yo la llamo:¿Quién puede desarmar y volver a armar su instrumento de pacificación más rápido, estando bajo una influencia etílica significativa?

Un hombre con overol en la multitud murmuró: —Eso es jugar a ser cirujano borracho.

Exactamente!— dijo Kory, señalando hacia la voz con la cámara. —Una competencia peligrosamente estúpida que solo a dos cerebros sazonados con demasiadas explosiones y muy poca supervisión adulta de niños se les podría ocurrir.—

Roy levantó la vista, ofendido.— ¿Estúpida? Por favor, Kory. Esto es ingeniería de presión bajo estrés. Es una disciplina.—Su tono era doctoral, aunque sus ojos estaban un poco vidriosos.

Fue Jason quien frunció el ceño, pasando un dedo por el seguro de su pistola con familiaridad inquietante. —Lo estúpido lo damos por sentado. Yo me preocupo por lo peligroso.— Miró a Roy directamente. —Tu disciplina tiene un gatillo, Harper. Y mi rodilla está justo aquí.—

“Si no confías en mis reflejos, no juegues,—replicó Roy, desplegando una de las placas de su arco con un clack metálico. —Pero sabemos que sí lo harás. Porque perdiste.

Esa última palabra quedó flotando en el aire, cargada. Jason no respondió. Solo asintió, una vez, lento y deliberado. La aceptación era, en él, una forma más de desafío.

“¡Posiciones! cantó Kory, alzando un brazo. La multitud contuvo el aliento. Jason y Roy colocaron sus manos sobre sus armas, los dedos tensos pero no trémulos. La borrachera parecía haberse retirado a un segundo plano, concentrada en una niebla periférica, mientras el foco se reducía al metal sobre la mesa.

¡En sus marcas! Los músculos de los brazos de Roy se tensaron. Jason respiró hondo, vaciando los pulmones.

¡Listos!

El silencio fue absoluto, roto solo por el zumbido de la nevera.

¡YA!

Fue un estallido de movimiento caótico y mecánico. Roy fue un torbellino. Sus dedos volaron sobre su arco, deslizando, girando y extrayendo piezas con la frenética energía de un niño desarmando un juguete caro. Clack, clic, zumb. Las piezas iban formando una pila ordenada pero a velocidad de vértigo. Parecía que iba a ganar, sin lugar a dudas, su sonrisa de triunfo empezando a dibujarse.

Jason, en cambio, era el silencio antes del disparo. Sus movimientos no eran rápidos; eran eficientes. Económicos. Cada gesto tenía el peso de mil repeticiones en garajes oscuros y azoteas ventosas. Donde Roy forcejeaba con un pasador, Jason simplemente presionaba en el ángulo exacto y se soltaba. No miraba sus manos. Miraba el espacio entre las piezas, el fantasma del arma completa que ya estaba reconstruyendo en su mente. Su expresión era de absoluta, casi aterradora, concentración.

Roy terminó de desarmar. Un suspiro de la multitud. Él lanzó una mirada triunfante hacia la cámara y comenzó a armar. Fue entonces cuando, en su prisa, un pequeño resorte se le escapó de los dedos y rodó por la mesa.

Mierd– comenzó a decir, buscándolo con la vista.

No lo necesitó. En ese instante, se escuchó el clack seco, definitivo, de un cerrojo al encajarse.

Todo se detuvo.

Jason alzó su pistola, completamente ensamblada, y con un gesto casi perezoso, le bajó el martillo con el pulgar. El clic final sonó como un punto final.

Por un segundo, nadie habló.

Luego, Jason Todd sonrió. No fue su sonrisa habitual, tensa o sarcástica. Fue una sonrisa ancha, genuina, que le llegaba a los ojos y los hacía arder con un brillo de puro y sencillo triunfo. Tomó el vaso más cercano (no se sabía de quién era) y lo alzó en un brindis silencioso antes de vaciarlo de un trago.

El bar estalló. Aplausos, risas, golpes en las mesas. La victoria era innegable y, dada la peligrosidad del asunto, profundamente aliviante.

Roy se quedó mirando su arco a medio armar, luego al resorte fugitivo, y finalmente a Jason. No había enfado en su rostro, solo una incredulidad risueña, un— no puede ser—mudo. Meneó la cabeza, miró directamente a la cámara de Kory con una expresión de humor resignado –¿lo vieron? ¿Vieron lo que acaba de hacer?– y luego volvió a mirar a Jason. Una sonrisa lenta, de pura camaradería, se dibujó en su rostro. Levantó su propio vaso hacia el vencedor en un brindis silencioso.

La imagen de Kory se agitó, como si ella también estuviera riendo, y luego…

PAUSA

La cámara volvió a encenderse, pero el encuadre era bajo, inestable, como si el dispositivo estuviera apoyado en una repisa o en una mesa. El sonido era primero: risas ahogadas, el crujido de una taberna, y luego la imagen se enfocó.

Ahora Roy y Jason estaban cara a cara, cada uno con un codo plantado firmemente en la superficie húmeda de la mesa, sus manos entrelazadas en un forcejeo que ya mostraba venas en tensión en los antebrazos. —Lucha de brazos.—La versión barata y sucia de su rivalidad continua. Sus rostros estaban a centímetros de distancia, Roy con una mueca de esfuerzo convertida en sonrisa feroz, Jason con el ceño fruncido en una concentración silenciosa.

Roy giró los ojos sin mover la cabeza, encontrando el lente. —Por si se lo preguntan— dijo, la voz entrecortada por el esfuerzo, —la princesa de allá no juega.—Inclinó la cabeza hacia donde debía estar Kory. —Por razones obvias.—

La cámara giró de golpe, mostrando a Kory recostada contra la barra, con una copa en su mano. Sonrió, un destello de diversión pura. —Es cierto—admitió, sin un ápice de vergüenza. Mis razones 'obvias' tienen que ver con la masa muscular relativa, la densidad ósea tamaraneana y, sobre todo, con no arruinarles el ego por completo en una noche. Sean agradecidos.

La imagen volvió a los contendientes. Kory, ahora desde detrás de la cámara, susurró: —Lo que el alcohol no haya dañado, la fuerza bruta lo decidirá.

La competencia ya había empezado. Los brazos temblaban en un equilibrio perfecto en el centro de la mesa. Era un combate de fuerzas opuestas: la resistencia explosiva y testaruda de Roy contra la fuerza contenida, de raíces profundas, de Jason. Un vaso cerca temblaba con la vibración. La gente alrededor calló, siguiendo el vaivén microscópico. —Vamos, chico nuevo,—gruño alguien. —¡No dejes que ese pelirrojo te gane, chico!

Estaban casi igualados. La mano de Jason cedió un milímetro, luego recuperó dos. Roy apretó los dientes, un gruñido escapándose de sus labios. La tensión era delgada como una cuerda a punto de romperse.

Fue entonces cuando Jason, sin apartar la mirada de los ojos desafiantes de Roy, alargó su brazo libre con una calma insultante. Sus dedos encontraron el shot de whiskey que alguien había dejado abandonado a su lado. Lo tomó.

Roy vio el movimiento. Su cerebro, nublado por el alcohol y la concentración, tardó una fracción de segundo en procesarlo. —Eh... ¿qué...?"

Jason no bebió. Con un movimiento rápido y despreocupado, lanzó el líquido ámbar directamente a la cara de Roy.

¡AGH! ¡¿QUÉ MIER-?!— Roy parpadeó violentamente, el alcohol ardiéndole en los ojos. Su concentración, su fuerza, su mundo entero se redujo a ese escozor repentino y humillante.

Fue el vacío de un segundo. Un segundo que Jason usó para aferrarse como una máquina. Con un empujón final que hizo crujir la mesa, aplastó la mano de Roy contra la madera con un golpe seco y resonante.

Silencio.

Luego, el bar estalló en una ola de sonido. No eran solo aplausos, eran carcajadas profundas, guturales, el sonido de gente que acaba de presenciar una villanía tan gloriosa que no podía evitar admirarla. Algunos se doblaban de la risa, señalando a Roy, quien seguía parpadeando, aturdido y mojado.

Jason se recostó en su silla, limpiándose la mano en el pantalón. Una sonrisa de satisfacción absoluta, la de un niño que se salió con la suya, iluminaba su rostro. Alzó las manos como un campeón, aceptando los abucheos y vítores por igual.

La cara de Roy pasó del shock al rojo furia en tres segundos planos. Se secó los ojos con la manga, escupiendo el regusto a whiskey.—¡ESO FUE TRAMPA! ¡UNA AGRESIÓN! ¡TODD!—Su voz no era de enfado real, sino de indignación teatral alimentada por la vergüenza. Señalaba a Jason con un dedo tembloroso.—¡No cuenta! ¡El árbitro! ¡Donde está el árbitro! ¡KORY!

La "discusión" era un torrente de acusaciones absurdas ("¡Usaste un arma química!") y negaciones cínicas ("El reglamento no prohibía los líquidos ambientales"). La gente alrededor tomó partido, algunos gritando —¡Válido! ¡Todo vale!— otros (los que probablemente habían apostado por Roy) coreando —¡Descalificación!.

En medio del caos, la cámara se movió y Kory apareció en cuadro, colocándose físicamente entre los dos, una mano en cada pecho. Su rostro era una máscara de severidad que no lograba ocultar la vibración de la risa en sus hombros. —Técnicamente— comenzó Kory, haciendo una pausa dramática donde solo se oía su propia respiración entrecortada por la risa reprimida, —no hubo una regla explícita contra... tácticas de distracción líquida.—

¡¿VEN?!— gritó Jason, victorioso.

PERO— continuó ella, alzando la voz y un dedo, —Constituye una falta de espíritu deportivo grave y un desperdicio de buen whisky.— Dirigió una mirada de decepción exagerada a Jason. —Por lo tanto, el resultado es... válido, pero deshonroso. La victoria es de Jason. La corona moral, si es que a alguno de los dos les queda algo de eso, es de Roy.—

Fue un veredicto salomónico que no satisfizo a nadie por completo, que era justo la clase de resolución que esta noche merecía. Roy puso los ojos en blanco, pero un rictus de sonrisa asomaba. Jason se encogió de hombros, como diciendo "una victoria es una victoria". La multitud, contenta con haber visto un espectáculo digno, volvió a sus bebidas y conversaciones.

Kory, con un último suspiro de falsa exasperación, bajó la cámara. La imagen se agitó, mostrando el suelo y las botas de cuero de Roy, y se oyó su risa clara y brillante, ya liberada, de fondo. Luego…

PAUSA.

La cámara se encendió de nuevo, y el mundo había cambiado.

Ya no había calor de madera ni luz ámbar. Ahora había Gotham. El aire era frío y olía a lluvia reciente, gasolina y algo metálico –el aroma perpetuo de la ciudad. La imagen, más granulada por la baja luz, mostraba una callejuela adoquinada, con la neblina colgando como un espectro bajo las farolas que parpadeaban de manera irregular.

En primer plano, caminando con una ligera –muy ligera– desviación en su línea recta, iban Roy y Jason. Cada uno llevaba una botella casi vacía colgando de sus dedos como una extensión natural de sus manos. Roy sostenía la suya con la elegancia despreocupada de un bastón, Jason con la familiaridad de quien lleva un arma. Negarían estar borrachos hasta el día del juicio final, pero había una laxitud en sus hombros, una sonrisa más fácil en los labios de Roy, y un silencio menos cargado de ira en Jason.

Kory los seguía unos pasos atrás, el lente de la cámara captando sus figuras desde atrás, recortadas contra la niebla. Ella no decía nada. Solo los filmaba, permitiéndoles su farsa de sobriedad, como un documentalista que observa a una especie peculiar en su hábitat natural.

El recorrido no era aleatorio. Era una ruta macabra. Pasaron frente a un callejón sellado con cinta policial amarilla que ondeaba como un estandarte enfermizo. Más allá, la fachada carbonizada de una tienda, el cristal de la ventana hecho añicos en un patrón de telaraña alrededor de un agujero de bala.

Jason se detuvo frente a la cinta. Su expresión se endureció por un instante, la máscara del borracho desvaneciéndose para revelar al hombre que habitaba debajo. Sin una palabra, sacó de un bolsillo interno un pequeño fajo de tarjetas de visita. No eran elegantes. Eran rectángulos de papel negro, tosco. Con un gesto que era a la vez despreciativo y ritualista, deslizó una entre los ladrillos, justo donde la cinta se pegaba a la pared.

La cámara de Kory se acercó, enfocando las letras blancas, simples, impactantes:

¿TU JEFE ES UN IDIOTA?
¿LA PROTECCIÓN DE LA B.P.D. NO ALCANZA?
CONTRATA A:
RED HOOD & ARSENAL. (Y STARFIRE, SI HAY PRESUPUESTO).
SOLUCIONES PERMANENTES.
PRESUPUESTOS SIN COMPROMISO.
(PREGUNTEN POR EL PAQUETE "FUEGO ESTELAR").

Era parte propaganda, parte grito de guerra, parte chiste privado. La dirección era un apartado de correos fantasma. El número…

Roy, que había estado observando con los brazos cruzados, bajó su botella y tomó un post-it fluorescente naranja y un marcador grueso de otro bolsillo de Jason. Con la lengua asomando por la comisura de los labios en concentración de borracho, escribió con letras torpes pero legibles: "LLAMA YA: 555- Ex OUTLAWS. Y 666- NUEVOS OUTLAWS PRIMERA CONSULTA, BALA GRATIS".

Kory se adelantó entonces. El lente se inclinó, mostrando su propia mano –con uñas pintadas – tomando el marcador de Roy. Con una caligrafía sorprendentemente elegante, añadió debajo: "El número es falso. Pero la amenaza, no. –S."

Era el toque perfecto. Un recordatorio, dentro de su propia broma, de la línea que separaba el teatro de la promesa real. De que, detrás de la fachada de borrachos haciendo grafiti, había tres fuerzas de la naturaleza capaces de cumplir lo que esa tarjeta insinuaba.

Jason observó el trabajo terminado, la esquina de su boca se levantó en algo que no era una sonrisa, sino un reconocimiento. Roy dio un paso atrás, inclinó la cabeza como un artista evaluando su obra, y asintió, satisfecho.

Momento.— murmuró la voz de Kory, suave como la niebla.

Acercó la cámara, no a la tarjeta, sino a sus rostros. La luz de la farola cayó sobre ellos en un ángulo dramático. Jason miró al lente, y por un segundo, su mirada fue la del Red Hood: intensa, desafiante, cargada de un propósito oscuro. Luego, se quebró. Un destello de diversión compartida, de camaradería en la locura, apareció en sus ojos. Roy, a su lado, sonrió abiertamente, un gesto amplio y despreocupado que era puro Harper. Levantó su botella vacía hacia la cámara en un brindis mudo, chocándola contra la de Jason con un clink sordo que el micrófono apenas captó.

Fue una imagen poderosa. Los dos forajidos, parados en el vientre de la bestia que juramos proteger o destruir, sonriendo como niños traviesos que acababan de hacer la mejor travesura del mundo. No era heroísmo. Era algo más complejo, más humano y más ellos: una rebeldía ruidosa contra el silencio de la ciudad.

La cámara se mantuvo ahí un par de latidos, capturando el momento. Luego, se movió, mostrando las botellas vacías que finalmente dejaron caer en un contenedor de reciclaje (incluso borrachos, tenían un código). El grupo, más silencioso ahora, siguió caminando, alejándose de la escena del crimen y su sello personal, adentrándose más en la noche.

La imagen se desvaneció en la oscuridad entre dos farolas, y…

PAUSA

La cámara se encendió con un sonido de estática. La imagen temblaba, captada desde un ángulo bajo y extraño. No estaban en la calle. Estaban arriba. Muy arriba. El lente barrió mostrando primero las rodillas de Roy, luego el borde oxidado de una plataforma de metal, y finalmente, el vacío de Gotham extendiéndose en un mar de luces tenues y sombras infinitas. Habían escalado –o más probable, habían sido subidos– a la base de un gigantesco anuncio publicitario de neón, una reliquia descolorida de los años 50 que rezaba "ACME" en letras medio muertas.

Desde su escondite entre la estructura de hierro, la vista era directa hacia la azotea del GCPD. Y hacia el foco vacío y ominoso de la Batiseñal.

Kory mantenía el zoom, la imagen digital esforzándose por mantener la nitidez en la distancia. El viento silbaba, un sonido frío y solitario que no había existido en el bar.

Se va a dar cuenta,— murmuró la voz de Jason, baja y tensa, desde algún lugar a la izquierda de la cámara. La borrachera se había transformado en una inquietud vigilante. —El radar del Bat-bordo rastrea anomalías de calor en esta zona. Nos va a oler.

Roy, acurrucado contra un soporte metálico, hizo un gesto de desdén con la mano, aunque sus ojos estaban más alerta de lo que admitía. —Deja de preocuparte, hermano. Por una vez en tu vida. Estamos detrás de una letra 'A' de treinta pies. Es el escondite perfecto. Además, ¿qué va a hacer? ¿Llamar a nuestros padres?—

Kory no dijo nada. Solo levantó una mano. Silencio.

Abajo, en la azotea de la comisaría, una puerta pesada se abrió con un chirrido que el micrófono captó débilmente. La figura familiar, achaparrada y con una gabardina, del Comisionado Gordon emergió, caminando con esa resignación arrastrando los pies hacia la base de la señal. Encendió un cigarrillo. La cerilla iluminó su rostro cansado por un instante. Luego, con un suspiro que pareció llegar hasta el anuncio, apretó el interruptor.

La máquina cobró vida con un zumbido que se convirtió en un rugido. El haz de luz blanca y pura se disparó hacia el cielo, buscando, llamando, exigiendo.

Pero esa noche, Gotham no recibiría el murciélago.

En el lugar donde debía estar el emblemático símbolo, la nube se iluminó con una forma clara, nítida y gloriosamente inmadura: el contorno de una mano con el dedo corazón extendido en un gesto universal de desprecio y desafío.

Gordon se quedó inmóvil. Su cigarrillo colgando de sus labios. Luego, la voz áspera, cargada de una frustración que solo décadas en Gotham podían cultivar, llegó distorsionada por el viento pero perfectamente comprensible hasta su escondite: "¡Otra vez no...! ¡Maldita sea, ¿QUIEN SEA QUE ESTÉ AHÍ ARRIBA! ¡ESTO NO ES GRACIOSO!

Detrás de la 'A' de acero, fue imposible contenerlo. Jason hundió la cara en el antebrazo, pero sus hombros sacudidos delataban una risa ahogada y convulsa. Roy se mordió el puño, los ojos llorosos de puro esfuerzo por no soltar una carcajada que los delataría. Y Kory, la cámara tembló violentamente en sus manos, el lente apuntando al cielo mientras un sonido entre hipo y risa sofocada escapaba del micrófono.

Fue un momento de puro, infantil y perfecto triunfo. Breve, robado, y absolutamente suyo.

La cámara se apagó, el éxtasis cortado de golpe.

Y por última vez, se encendió.

La perspectiva había cambiado. Ahora estaba fija, apoyada en algo, mostrando el anuncio desde un lado. Kory estaba en cuadro, apoyada contra la barandilla. El viento jugaba con su cabello de fuego. Tenía una sonrisa suave, un poco triste, un poco satisfecha.

Y con esto.— dijo, su voz clara a pesar del cansancio que empezaba a asomar —el blog de esta noche llega a su fin.— Giró la cámara ligeramente, enfocando la base del anuncio donde, con spray naranja (¿de dónde lo habría sacado Roy?), alguien había garabateado en letras grandes y torpes: "RED HOOD & THE EX OUTLAWS. WE WERE HERE." Habían dejado su marca. No en el cielo, sino en la ruina de alguien más, un grafiti efímero contra el olvido de Gotham.

Kory volvió a aparecer. —Una nota final. Aunque estos dos. —y movió la cámara, pueden beber como si intentaran apagar un sol interior...

La imagen encontró a Roy y Jason. Ya no estaban riendo. El viaje, el alcohol, la adrenalina y la caída final los habían alcanzado. Estaban sentados espalda contra espalda, más por necesidad mutua de sostén que por elección. Los ojos de Roy eran dos rendijas vidriosas, su cabeza se inclinaba peligrosamente hacia un lado. Jason tenía los párpados pesados, su mirada fija en un punto lejano en la nada, la habitual tensión de su mandíbula completamente disuelta. Eran dos soldados caídos, vencidos no por un enemigo, sino por su propia y excesiva huida de la noche.

...también tienen sus límites. Límites muy humanos, muy ruinosos y muy, muy graciosos.

Kory tomó la cámara en la mano de nuevo. Su rostro llenó la pantalla, impecable, luminoso, con una chispa de ternura alienígena. —Lo que me lleva a mi parte. Verán, la fisiología tamaraneana procesa las toxinas etílicas con una eficiencia... aburrida. Lo que significa que, en este preciso y patético momento, soy la única ganadora. La más sobria. Y, por tanto, la responsable.

La imagen se alejó. Kory colocó la cámara en un saliente estable, encuadrando la escena completa: ella, de pie, y los dos cuerpos derrumbados de sus amigos. Luego, sin ningún esfuerzo aparente, se agachó. Primero agarró a Roy por la chaqueta y el cinturón, y lo colocó sobre su hombro izquierdo como un saco de patatas muy valioso que protestó con un gemido inarticulado. Luego, hizo lo mismo con Jason, que apenas musitó algo que pudo ser "déjame en paz" o "gracias", y lo acomodó sobre su hombro derecho.

Allí estaba. La princesa guerrera de Tamarán, con un arquero legendario y el terror del bajo mundo de Gotham colgando de sus hombros como si pesaran menos que sus propias trenzas. Se enderezó, ni siquiera jadeando.

Voló los pocos metros que la separaban de la cámara, la agarró con la mano que sostenía las piernas de Roy, y acercó su rostro al lente por última vez.

Esto — dijo, y su sonrisa fue cálida y final, ha sido 'Una Noche con los Outlaws'. Firmando fuera.

Iba a apretar el botón. La imagen ya empezaba a oscurecerse en los bordes.

Pero entonces, desde el hombro derecho, débil pero clara, llegó la voz de Jason. Ronca, agotada, despojada de toda arrogancia o sarcasmo. Solo pura, simple gratitud:

Gracias, Kory.

La voz de Roy, medio dormida, añadió desde el otro hombro un murmullo: —Sí... lo que él dijo...

Y entonces, antes de que alguna otra palabra pudiera arruinar la perfección del momento, o de que una sonrisa aún más grande pudiera romper el rostro de Kory, la pantalla se volvió negro por completo.

FIN.