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Era un gesto cariñoso, aunque impropio de alguien tan roto y atrofiado como él. Solo se lo permitió porque no había nadie más alrededor que pudiera verlo y juzgarlo por su arrebato. Le avergonzaba mostrarse vulnerable, hacerle saber al mundo que, pese a la desgracia que lo condenó hace años, todavía estaban los vestigios de Jonathan Joestar por algún lugar de sus bordes irregulares. Su corazón jamás logró convertirse en piedra, por mucho que su juventud estuviera plagada de amoríos desechables y vínculos familiares fracturados.
Sin embargo, estaba negándose a sí mismo la verdad. Esta no era la primera vez que frotaba su nariz en una piel suave, tratando de impregnar su aroma a petricor y hierbabuena. De niño, solía correr a los brazos de su querido hermano Nick y envolverlo con su tenue esencia de cachorro. Su padre detestaba que hiciera eso, porque Nicholas no era de su propiedad; así que le enseñaba a Johnny a mantener sus distancias, marcando los límites con bofetadas y palabras hirientes. Haciéndole avergonzar de su instinto por ser, a palabras suyas, de una casta débil y quejosa. Como su madre Anne. Menuda, escuálida y llorona. Johnny fue un calco de la pobre mujer, y su padre odiaba ver su reflejo en él. Aunque tuvo que resignarse a tener un varón Omega que poco o nada aportaba en la familia, salvó ser una moneda de cambio para futuras negociaciones.
Por esa y muchas razones, que se abstenía de pensar en este momento, a Johnny le costó aceptar su vulnerabilidad. Prefería prenderse fuego a sí mismo, antes que depender de otro ser humano. Independientemente de la casta. Pero conoció a Gyro y el mundo, el que él tanto se había empeñado en construir para protegerse, se deshizo a medida que pasaba el tiempo estando a su lado. Cabalgando en las llanuras, combatiendo codo a codo, durmiendo bajo el mismo cielo estrellado. Fue imposible no orbitar entre ellos. Y en un simple parpadeo, la atracción física y emocional los atrajó. Aunque gran parte de la fuerza de su vínculo se forjó y asentó aquella vez que lo perdió y dio todo por Gyro. Jamás se arrepentiría de haber entregado las partes de cadáver santo por él. Gyro lo valía, fue su milagro en una tierra árida.
Cerró los ojos, ronroneando al sentir la calidez y tersura de su piel contra su mejilla pálida y pecosa, aspirando el ligero aroma a leche tibia que desprendía. Era una cosita pequeña, suave y frágil; con una pelusa de cabello rubio en su cabecita. De manos y mejillas regordetas. Sus quejidos queditos apenas se escuchaban, dormitando cómodamente entre sus brazos. Su cuerpo aún poseía los vestigios fantasmales del dolor muscular, y estaba demasiado cansado para considerar el malestar que le causaba estar en un hospital, pero nada se comparaba con sostener a la criatura que había creado junto con Gyro.
Otro pedacito de estrella. Gyro le dijo que tenía su marca de nacimiento en la parte de atrás del hombro. Justo donde él tenía la suya. Sangre de su sangre, carne de su carne.
—Es tan extraño verte así... —Johnny escuchó la voz adormilado de su compañero, y despegó sus ojos azules de su cachorro oara posarlos en él.
Las ojeras debajo de sus ojos verdes hablaban por sí solas. Pese a estar en una posición incómoda, con la espalda encorvada, los brazos apoyados en el borde de la camilla y sentado en una silla de madera; estaba claro que Gyro nunca rompió su promesa de quedarse a su lado en todo momento.
Johnny odiaba a los médicos y a las enfermeras con todo su ser. La horrible experencia que tuvo a los diecisiete años, cuando fue herido de bala por su soberbia, le dejó secuelas traumáticas durante su estancia en ese pútrido hospital en el que fue abandonado. Sin poder mover la parte inferior de su cuerpo, compartiendo cuarto con una docena de hombres que estaban pudriéndose en su miseria, y viendo como le quitaban la sangre de sus piernas inmóviles. Sin poder defenderse y recibiendo humillaciones hacía su persona, hizo que Johnny sintiera un repudio abismal. Así que siempre que pudo, evitó recurrir a esos malditos matasanos. Johnny juraba que todos ellos eran iguales, hasta que Gyro marcó la diferencia en la praxis de su trabajo. Honesto, ético y responsable. No permitía que ningún otro médico lo atendiera más que él. Ponía su vida en sus manos, entregándosela sin miedo ni vacilación.
Aunque debía ser comprensivo con Gyro, el alfa poseía un corazón noble y protector. No le resultó sencillo estar a cargo, pese a su estoico adoctrinamiento y su basto conocimiento. Era un hombre preparado y experimentado, aunque no por ello menos humano.
Johnny se mantuvo callado por unos segundos, recargando su cabeza en la almohada mientras presionaba suavemente en su pecho a su bebé. Debía verse igual que Gyro o peor: un desastre.
—No sé si me entiendas, pero tienes un brillo inusal en tus ojos. —Bisbiseó Gyro, curvando sus labios en una tenue sonrisa—. Un brillo que nunca había visto en ti.
Johnny hizo una mueca que oscilaba entre el enfado fingido y una sonrisa sardonica. Le dolía todo el cuerpo, sus huesos crujían con cada movimiento y le pesaba hablar por su garganta medio afónica. Estaba jodidamente agotado... Y conmovido.
—¿Menos mortífero? —le preguntó en un tono bajo y austero.
—Podrías apostar por eso —segundo Gyro, dándole la razón a los pensamientos que rondaban en la cabeza de Johnny.
No tenía que ser un genio para adivinar que se refería a su oscura determinación. Recordaba las veces que Gyro hizo mención de esa mirada suya, de sus ojos azules resplandeciendo con un brillo peligroso. Cómo el de un depredador al acecho. Fue una contradicción a su casta, una anomalía que el mundo deseaba ignorar.
La mano de Gyro palpó su pierna cubierta por la manta, acariciándolo con ternura. El ronroneo que emergía de su garganta se tornó ligero y resonante, arrullando a la cachorra que dormitaba tranquila. Johnny pasó sus dedos por su carita, notando las diminutas pecas que cubrían el puente de su nariz respingada. Las lágrimas se estancaron en las esquinas de sus ojos húmedos, contemplando el descenso y ascenso de su pecho en cada inspiración estable.
—Es pequeña... —Susurró él, ahogándose con una vorágine de sentimientos encontrados. Le estaba resultando difícil ponerle un nombre a esa alegría desbordante que residía en su corazón.
Gyro soltó una escueta carcajada a su lado, observando la manera en la que parecía incapaz de comprender que una cosita así de hermosa fuera suya y de él.
—Debo culpar a tus genes familiares, Johnny. Es seguro que será bastante bajita y menuda. Creo que apenas llegó a pesar tres kilos.
Johnny resopló con cariño: —Mi familia proviene de jinetes y caballeros de profesión, no sé que otra cosa esperabas.
—Buen intento para decir que quieres enseñarle a montar a caballo, Johnny. —Dijo Gyro, acariciando su pierna mientras veía a hija dormitar en sus brazos. Gyro fue quien la recibió, fue el primero en conocerla. Le intrigaba como poseía energía para mantenerse estable y no caer rendido.
Al igual que él, Gyro se notaba cansado. Su largo cabello rubio estaba atado en una coleta baja, olía a desinfectante y almizcle debajo de su esencia cítrica. Aunque ya no vestía esa fea bata quirúrgica, ni la mascarilla. Posiblemente, la señora Zeppeli lo mandó a cambiarse y a que tomara una ducha, pero no pudo contra su terquedad para quedarse junto a la camilla de Johnny y su bebé recién nacido. Fue un caso perdido desde el principio.
—Me enseñé a montar desde los cinco años, creo que ella puede hacerlo también. —Mencionó con un deje de orgullo en su voz, sacándole otra sonrisa a Gyro.
—Por favor, deja que aprenda a caminar primero y ya veremos qué pasa. —Espetó, irguiéndose en la silla pero sin levantarse del todo. El crujido de sus huesos le provocó escalofríos a Johnny. No quería saber cuánto tiempo estuvo aquí a su lado, haciéndole compañía incluso si estaba noqueado por la anestesia—. Te apuesto a que será una niña bastante inquieta, ¿verdad que si, bambina? —Estiro el brazo hacía ella, dándole pequeños toquecitos en su nariz de botón.
La bebé arrugó la nariz y se removió en sus brazos. A Johnny le causó gracia como desde este instante su hija se oponía a las tonterías de su padre. No iba a ser fácil apaciguar a estos dos en sus futuras disputas, lo presentía.
—Igual que su otro padre, he de suponer. —Farfulló Johnny con falsa molestia, Gyro ni siquiera se opuso a su comentario.
—Es una Zeppeli con todas las de la ley. —Y el orgullo se hizo notar en su voz de tenor—. Tendrá la estrella detrás del hombro, Joestar, pero lo lleva en la sangre, ¿me entiendes?
Johnny sonrió, negando con la cabeza. No había estado en sus planes unirse a un alfa, ni mucho menos tener descendencia, pero aquí estaba en una camilla de hospital con su bebé en brazos, a miles y miles de millas lejos de su patria. Si le hubieran dicho en su juventud que terminaría así, se habría asqueado y asustado por completo. Solía decirse que nunca la pertencerían a nadie, apesar de que la soledad lo carcomía por dentro y buscaba amor en cualquier persona que quisiera pasar un buen rato. Ahora pertenecía a un lugar, con un compañero que lo amaba.
Con sumo cuidado, Johnny apartó uno de sus brazos que sostenían a su bebé y puso su mano en la muñeca de Gyro. Le sorprendió que tuviera la fuerza suficiente para no temblar y dejarla caer, pero había llevado a rastras la mitad de su cuerpo por dos años.
—Así que... ¿estás feliz de tener una primogénita? —Le preguntó en un bisbiseo, amortiguando su ronroneo.
Ambos se miraron a los ojos por un lapsus que pareció una eternidad. El afecto que nado en esas pupilas de irises verdosos, fue suficiente para remover la ternura que residía en él.
—Es nuestra —dijo en voz baja para mirarla con amor apenas reticiente, acariciando la mejilla de su cachorra con el dorso de su mano—. Tiene tanto de ti como de mí. Sería una completa estupidez no estar feliz de tenerla aquí.
Johnny sonrió, viendo la forma en la que Gyro impregnaba su aroma cítrico y dulce en su piel sonrosada. Para un tipo que decía que las chicas traían mala suerte, debía estar tragándose sus palabras al tener una hija, pero ese sería un reclamo para más tarde, cuando Johnny no se sintiera tan cansado. Ya habría un buen momento para bulrase de Gyro, solo debía esperar.
—No creo que debamos seguir diciéndole "bambina" —espetó Johnny, bajando la mirada a su bebé que seguía durmiendo.
Gyro tarareo en contemplación, aludiendo a reflexionar sobre ello. Ninguno de los dos se planteo el tema de los nombres, confiando en que algo se les ocurriría en el instante que conocieran a su bebé, ya que era una probabilidad de cincuenta-cincuenta para suponer que sería una niña o un niño. Sin embargo, Johnny sabía que, al menos, los dos tenían sus respectivas ideas sobre que nombre querían. En caso de haber sido varón, Gyro había optado por Anthonio, debido a su bisabuelo. Aunque si hubiera querido ser un verdadero cabrón con Gregorio, su padre, poco lo detendría de nombrar a su bebé Mario. Como su abuelo, el ausente que abandonó su labor de verdugo y le cedió la responsabilidad a su padre.
Johnny, por otro lado, no lo tenía muy claro. Le inquietaba mucho que el nombre de su hermano mayor rondará por su mente de vez en cuando, porque decían las malas supersticiones que era malo nombrar a los vivos con el apelativo de un recién fallecido, pero el sentimiento de honrarlo lo tentaba a ignorar las creencias. Y George no estaba en su opciones, pese a que la relación con su padre ya no fuera tan tensa como en el pasado. Pero no le gustaba la idea ni en broma, y Gyro lo sabía muy bien. Quizás por eso, había tenido una niña.
—Bueno, la verdad es que no lo tenía contemplado... —Admitió Gyro, riendo con esa risa jocosa suya—. Así que los planes vuelven a cero. Dame opciones, caro.
—... Menuda manera de decir que no querías una niña —le instigó Johnny, riendo para sus adentros al ver cómo Gyro frunció los labios con molestia.
—Oye, oye, oye, tampoco me hagas quedar mal en frente de nuestra niña —espetó con enojo fingido—. Solo tiene unas pocas horas de nacida, y ya la estas poniendo en mi contra.
—Como debe ser.
—Johnny. —Advirtió Gyro sin verdadera mala intención, solo estaba fastidiado porque Johnny lo molestaba con la guardia baja.
—De acuerdo, de acuerdo. —Cedió Johnny, frotando su muñeca desnuda en la mejilla bronceada de su pareja con sumo cariño. Gyro se inclinó levemente ante su toque—. Tengo uno en mente.
—Bien, dímelo. —Dijo expectante, manteniendo su mirada fija en ellos.
—No creo que te agrade.
—¿Ah, no? —Alzo una ceja dubitativo, Johnny negó con la cabeza, tratando de reprimir una sonrisa.
—No.
—Bueno, pues dilo y lo sabremos.
—Julia. —Respondió Johnny, observando como la severidad se acentuaba en cada rasgo facial suyo. Los engranajes en su cabeza marcharon a toda máquina, haciéndole saber de dónde había sacado Johnny ese nombre.
—No.
—Gyro...
—No le vamos a poner ese nombre, Johnny. Me niego.
—¿Por qué no? Es parecido al tuyo...
—Y ese el problema —Le escuadriñó Gyro, interrumpiéndolo al percibir que le estaba tomando el pelo—: es parecido a mi nombre. Y sabes cuánto lo odio.
Johnny soltó una risa quedita, tratando de que su bebé no se removiera y despertará por la discusión que estaban teniendo sus padres.
—Es bonito para mí. —Le tentó Johnny, aguantándose la risa al ver una mueca de desagrado en Gyro. Además, le dolía el vientre con cada exhalación y no quería romper los puntos de sutura.
—Si, por supuesto —Ironizó Gyro sin mucha gracia—. Ella no se llamará así.
—¿Ah, no? ¿Entonces cómo? No podemos decirle bambina todo el tiempo, se le quedará.
—Eso es imposible, Johnny —bufó Gyro, dándole un apretón afectuoso a su muñeca—. Ella será Joy.
—¿Joy? —Inquirió Johnny con un deje de duda en su voz, enarcando una ceja rubia.
Gyro tarareo en consideración, bastante conforme.
—¿Su llegada nos ha dado mucha alegría, no es así?
—Bueno, si...
—Además —le interrumpió, sonriendo con esa característica sonrisa suya. Johnny se temió lo peor—, será Jojo.
Ahora fue el turno de Johnny para indignarse por el infame apodo cariñoso. Sus mejillas se sonrosaron, dándole a su compañero el gusto de verlo mortificado por su osadía.
—No lleva mi apellido, Gyro. No puede ser del todo «Jojo» —Se excusó de inmediato, pero reconocía que solo estaba dando largas. A Gyro siempre le gustó decirle Jojo en los momentos menos inoportunos.
—Lo será en espíritu y esencia.
Johnny rodó los ojos con escepticismo. Cómo si eso tuviera algún sentido.
—No vas a hacerme cambiar de opinión, Johnny. Te lo advierto. —Espeto Gyro sonriente, sabiendo que muy probablemente tenía razón.
—Por supuesto —farfulló Johnny, desviando su mirada azulada a su bebé envuelta en mantas y sus brazos. Apoyada en su pecho, muy cerca de su corazón. Justo donde siempre deberá estar ella—. ¿Qué opinas? ¿Te gusta el nombre con el que te bautiza tu insulso padre?
—¡Ey! —Se quejó Gyro y Johnny lo ignoró, atento al balbuceo de su hija, quien se revolvió en sus brazos en busca de su calor.
Johnny lo tomó como un sí, y sonrió. Ya después si la niña crecía y renegaba de su nombre, culparía a su otro padre por su precario sentido del humor y su deplorable gusto en nombres. Por lo que a él le respectaba, tenía todo una vida por delante junto a su familia.
