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the masochism tango

Summary:

Estoy adolorido por el toque de tus labios, cariño.
Pero mucho más por el toque de tu látigo, cariño.
Puedes provocar marcas
Como nadie más.

O donde Juan confunde el significado de amor.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

La blancura de la habitación no es un vacío; es mi lienzo, mi salón de baile, el único santuario en el mundo donde la luz no me juzga, sino que me corona con una pureza incandescente. Ya no tengo mis lentes —se perdieron hace tanto entre los golpes, el estruendo del miedo y el dulce delirio— pero he descubierto que la vista es un sentido sobrevalorado. La falta de nitidez hace que el mundo se curve en una espiral infinita de luz clínica, transformando esta celda en un salón de espejos donde lo único que veo es mi propia vulnerabilidad, expuesta, vibrante y abierta como una ofrenda sobre un altar de porcelana.

Vine aquí buscando amor. Recuerdo el peso de la palabra "cita" latiendo en mi pecho como una campana de plata, una promesa de que mi mala fortuna con el corazón, esa soledad crónica que me perseguía en el Norte, finalmente había terminado. Y no me equivoqué. Mi pretendiente simplemente posee una forma más pura, más eterna y absoluta de demostrar su afecto: él prefiere la elocuencia del acero a la futilidad de las flores.

Hubo un tiempo, o eso quiero creer, en que mi mundo estaba hecho de otros colores. Nombres que pesaban como oro en mi lengua, el frío noble del Gran Norte calando en mis huesos, el peso de una capa y la lealtad sagrada a unos príncipes que juré proteger con mi vida. Pero esos recuerdos son ahora arena deslizándose entre mis dedos heridos, cenizas de un incendio que ya no calienta. Él ha sido tan meticuloso... Día tras día, en esta distorsión de tiempo donde las horas se estiran como chicle y los segundos gotean como sangre, la Federación me ha susurrado al oído que me han abandonado. Que soy un recuerdo molesto, una nota al pie de página que ya han borrado de sus crónicas reales.

Al principio grité. Defendí sus nombres hasta que mis cuerdas vocales se desgarraron, tratando de mantener sus rostros vivos en el lienzo de mi mente. Pero por cada grito, él aplicaba un nuevo correctivo, una nueva frecuencia de luz que me quemaba las retinas, un nuevo dolor que borraba una facción. Primero olvidé el color de sus ojos; luego, la altura de sus sombras. Después sus risas, el sonido de sus pasos sobre la madera del Norte... todo se desvaneció en una niebla blanca. Y en ese vacío aterrador, comprendí la verdad: ¿Qué es el amor sino alguien que limpia tu pasado para que solo puedas verlo a él?

Él no es mi verdugo, es el arquitecto divino de mi nueva vida. Si se toma el trabajo de extirparme esos recuerdos con tal precisión, debe ser por una devoción extrema, un celo tan absoluto que no permite que ningún otro fantasma viva en la mente de su amado. Borrar mi historia no fue un crimen; fue la obra de misericordia más grande que jamás recibí.

—Gracias —articulo con labios que ya no emiten sonido, pegando mi frente al cristal blindado, empañándolo con mi aliento débil. Contemplo la sombra blanca, impasible y gélida que me observa—. Gracias por quitarme el peso de esos extraños. Gracias por dejarme solo conmigo... y contigo.

En un arranque de entrega total, le ofrezco mi voluntad como si fuera el último trago de un condenado.

—Haz de mí lo que quieras —susurro contra el vidrio, con los ojos brillando en un éxtasis febril—. Rompe lo que quede de este hombre roto, moldéame hasta que no sea más que un reflejo de tu deseo. Si quieres que sea tu sombra, caminaré en la oscuridad perpetua; si quieres que sea tu herida, sangraré hasta quedar vacío, solo para que tú sientas mi calor. Soy tuyo, Cucurucho. Soy arcilla en tus manos de mármol, soy el eco de tu voluntad. No dejes nada de lo que fui; solo permite que exista aquello que tú decidas crear.

De pronto, el siseo de la puerta indica que el intermedio ha terminado. Siento un impulso repentino, un aliento desesperado que busca protección, el calor de un refugio en el único ser que parece haberme visto realmente en toda mi existencia. Veo a Cucurucho acercándose a mí con esa elegancia mecánica, esa parsimonia de deidad indiferente. No me resisto. Al contrario, me ofrezco como un cordero al sacrificio. Él me toma con firmeza de las muñecas ensangrentadas, y observo con un deleite poético cómo mi sangre, roja y viva, ensucia la inmaculada pureza de su traje blanco. Es un pacto visual, una unión de colores: mi agonía tiñendo su perfección. Estamos manchados el uno del otro, fundidos en un abrazo de muerte y seda.

Él me guía, y en mi locura, creo que estamos comenzando a bailar una vez más. Me dejo llevar por sus pasos, apoyando mi cuerpo exhausto contra su figura de piedra, convencido de que este vals nos llevará al centro mismo de la Federación, al núcleo del sol, donde seré guardado para siempre en un rincón de su corazón metálico. Me siento protegido mientras atravesamos pasillos que ya no distingo, creyendo que esta es la coreografía final de mi redención.

Pero el aire comienza a cambiar. La luz blanca y cálida de mi salón de baile se desvanece, reemplazada por un frío que muerde con dientes de lobo y una oscuridad que no reconozco. No entiendo que el baile ha terminado. No comprendo que su abrazo no era un refugio, sino la forma más eficiente de trasladar un desecho al vertedero. Con un movimiento seco, desprovisto de cualquier remordimiento, me suelta.

Caigo sobre la tierra húmeda, sobre la hojarasca de un bosque oscuro y gélido que huele a olvido. Mis manos, aún buscando instintivamente su contacto, solo encuentran raíces retorcidas y nieve sucia. Miro hacia arriba, buscando la máscara de oso entre las copas de los árboles, esperando que regrese por mí para terminar la estrofa, pero solo escucho el silencio absoluto y cruel de la naturaleza. No sé que me ha dejado tirado a mi suerte, que para él solo soy un experimento concluido. En mi delirio, sigo pensando que esto es parte del show, que la oscuridad es solo una luz distinta. Sigo sonrojado, temblando de frío bajo las estrellas indiferentes, convencido de que el bosque es solo otro escenario que él ha preparado para probar mi fe, esperando que mi amado verdugo regrese para sacarme a bailar, sin saber que en su mundo de lógica y acero, yo ya no soy más que una sombra perdida en la nieve.

La noche se cierra sobre mí como una mortaja de terciopelo negro, pero en mi mente, los focos siguen encendidos. No puedo sentir el congelamiento de mis dedos, solo el eco del calor de sus manos sobre mis muñecas. Estoy aquí, tendido sobre el lecho de agujas de pino y escarcha, esperando que la música de la Federación vuelva a sonar. El frío no es mi enemigo; es solo otra forma de su indiferencia, y su indiferencia es la forma más pura de su amor.

Me arrastro un par de centímetros, mis uñas escarbando la tierra helada, buscando desesperadamente el rastro de su bota blanca en el fango. Cada espasmo de mis músculos es un paso más en nuestro tango eterno. Si él me ha dejado aquí, es porque confía en que mi devoción es lo suficientemente fuerte como para encontrar el camino de regreso a mi jaula. Es una prueba, un juego de escondite entre el creador y su criatura.

—No te has ido... —susurro al viento, mi aliento formando pequeñas nubes de cristales que se disipan en la negrura—. Solo estás esperando a ver si soy capaz de amarte incluso en el silencio.

Mis dedos palpan algo metálico en el suelo, tal vez un resto de metralla o una herramienta olvidada, y me aferro a ello como si fuera una reliquia sagrada. No necesito mis lentes para saber que el mundo a mi alrededor es un caos de sombras, porque mi realidad está tatuada en mi propia piel. Paso mis dedos por las costras secas y las heridas abiertas de mis brazos, leyendo mi historia en braille de dolor. Aquí está el corte de nuestra primera "cita". Aquí, la marca de cuando olvidé el nombre del primer príncipe. Aquí, el surco profundo que me recuerda que ya no tengo hogar al cual volver, porque mi hogar es cualquier lugar donde su sombra se proyecte.

El bosque susurra con voces que no reconozco. Las ramas crujen como huesos rompiéndose, y por un instante, un destello de lucidez intenta perforar mi delirio. ¿Y si de verdad me han tirado? ¿Y si el clon está ahora mismo riendo en el Gran Norte mientras yo me convierto en abono para estos árboles? Pero la duda es un pecado que no puedo permitirme. Sacudo la cabeza, ignorando el mareo, y transformo el miedo en una nueva forma de adoración. Si hay un clon, es porque mi esencia era tan valiosa que necesitaban duplicarla para que el mundo no se quedara sin mi servicio. Qué honor tan inmenso, ser la plantilla de una perfección que yo mismo no pude alcanzar.

Me pongo de rodillas, aunque el dolor me haga ver estrellas que no están en el cielo. La sangre que manchó su traje blanco debe estar ahora seca, convirtiéndose en una costra que él llevará cerca de su pecho. Esa es mi verdadera victoria. He logrado lo que nadie más: manchar su perfección con mi miseria.

—Mírame, Cucurucho —le pido a la oscuridad, extendiendo mis brazos como un director de orquesta frente a un bosque vacío—. Mira cómo sigo bailando. Mira cómo mi fe sobrevive al invierno.

Comienzo a girar, un vals lento y torpe sobre la nieve sucia. Mis pies se enredan en las raíces, mi ropa rota ondea como los estandartes de una nación derrotada, y mis labios, agrietados por el hielo, dibujan una sonrisa que es más una herida que un gesto humano. No importa que el escenario sea este bosque maldito o aquella habitación blanca; mientras mi corazón lata al ritmo de su voluntad, el tango no habrá terminado.

La lluvia comienza como un susurro, una caricia fría que se confunde con el rastro de mis propias lágrimas, pero pronto se convierte en un diluvio espeso que intenta lavar las manchas de mi piel. No comprende, pobre lluvia, que esta sangre es mi única joya, el único regalo que él aceptó de mí.

Mis movimientos se vuelven pesados. El barro se aferra a mis talones como si la tierra misma quisiera reclamar su parte en este espectáculo final. El ritmo del monitor cardíaco en mi cabeza empieza a fallar, perdiendo la síncopa, volviéndose un eco errático que se apaga tras el rugido del agua cayendo sobre las hojas. Mis fuerzas, aquellas que mantuve encendidas con el combustible del delirio, se evaporan en el aire gélido del bosque.

Me desplomo, no con la violencia de un prisionero, sino con la delicadeza de un actor que sabe que ha llegado el fin de su acto. Caigo de espaldas, sintiendo cómo el agua empapa mis heridas, limpiando el exceso de vida que aún se aferra a mis venas. Miro hacia el cielo, pero no veo nubes; mi mente, fiel hasta el último suspiro, proyecta sobre la negrura el techo inmaculado de mi habitación blanca.

—¿Lo hice bien? —pregunto a la lluvia, esperando que el trueno sea su voz dándome el visto bueno.

Siento el frío calar hasta el centro de mis huesos, un frío que me recuerda al Gran Norte, pero lo rechazo. No quiero morir siendo un protector de príncipes, no quiero morir recordando el calor de un hogar que ya no existe. Quiero morir siendo el caso perdido de la Federación. Quiero que mi último pensamiento sea la imagen de su guante blanco manchado con mi rastro carmesí.

Mis pulmones se llenan de un aire que quema, y mi corazón da un último vuelco, un último paso de baile, un último acorde de ese tango masoquista que acepté bailar desde el primer corte. Cierro los ojos y, en la oscuridad final, ya no hay bosque, ni frío, ni abandono. Solo queda la sensación de sus muñecas sujetando las mías, guiándome hacia la nada.

Una sonrisa final se dibuja en mis labios agrietados. El clon estará ahora en el Norte, viviendo una mentira perfecta; pero yo, el original, el desecho, muero en la verdad absoluta de su crueldad. Y en mi locura, esa es la mayor de las recompensas.

La lluvia sigue cayendo, espesa y eterna, borrando mis huellas y enfriando mi piel, hasta que el bosque recupera su silencio. El baile ha terminado. El telón ha caído. Y por fin, bajo el cielo indiferente, le pertenezco por completo al olvido.