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Se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía en su habitación. Un minuto, dos, tres. Llevaba desde el día anterior sabiendo lo que se pondría. Aquel vestido negro ajustado de manga larga, que le llegaba justo hasta las rodillas, cerrado hasta el cuello pero con un recorte en la espalda baja que había calculado bien: lo suficientemente atrevido para que valiera la pena ponérselo, lo suficientemente discreto para que no fuera un problema. Lo bajó por las caderas con las dos manos, lo acomodó en los hombros.
Era un vestido que le quedaba bien, que siempre le había quedado bien, y eso era lo único que importaba esta noche: parecer entera.
Llevaba cuarenta minutos preparándose, que era más de lo normal, aunque normal era una palabra que había dejado de tener mucho sentido en los últimos meses.
Patricia suspiró, girando de un lado a otro en el espejo para poder analizarse desde todos los ángulos. La máscara de pestañas le abría los ojos y el corrector disimulaba las pocas horas de sueño. La boca roja era su marca personal, y se retocó apenas el delineado para engrosar un poco más los labios.
Había solo una cosa que no le convencía y era lo único que no podía controlar.
Se acomodó el sujetador: acomodó las copas, ajustó las tiras, las desajustó. Pero nada terminaba de convencerla.
Ocho meses llevaba haciendo esto. Poniéndosela, sacándosela, poniéndosela otra vez. Nunca le había dicho a nadie lo mucho que odiaba la prótesis. La odiaba con una precisión que la sorprendía a ella misma. No era el peso, no era la textura, no era el proceso mecánico de colocarla. Era que estaba ahí. Que hacía falta. Que sin ella el espejo decía una cosa que Patricia todavía no estaba lista para escuchar.
La acomodó una vez más en el sujetador y se miró. Y por un momento, solo un momento que sabía que no iba a durar pero que agradeció igual, se vio bien. El vestido caía derecho, la zona del pecho era limpia. Si no sabías, no sabías.
«Yo te veo estupenda».
La voz de Néstor apareció ahí. Sin aviso, sin permiso, de la nada.
Patricia cerró los ojos con fuerza. Después recordó que se había puesto la máscara de pestañas que no era a prueba de agua y se limpió la línea baja del ojo.
Se lo había dicho cuando le planteó lo de la operación, lo de la prótesis definitiva, lo de querer sentirse guapa otra vez. «Yo te veo estupenda», le había dicho. Con esa sonrisa suya de hombre que cree que está diciendo exactamente lo correcto. ¿Qué sabía él? No tenía idea de cómo podía sentirse una mujer a la que le habían sacado una parte de sí misma. La parte que siempre le había hecho sentirse segura, deseada. Desde adolescente, desde que había descubierto que un vestido con escote podía conseguirle más que cualquier palabra bonita que dijera.
Y Néstor quizás lo creía. Quizás lo decía en serio. Que se veía estupenda. Quizá no lo decía por pena ni por lástima. Pero eso no cambiaba nada: que lo dijera en serio era casi peor, porque significaba que no había entendido nada, que había mirado y no había visto, que para él era suficiente y para ella no lo era y esa distancia entre los dos era una de las muchas razones por las que ahora estaba sola en este dormitorio preparándose para salir con un desconocido de una aplicación de citas que en ese momento acababa de mandarle un mensaje.
Que estaba en camino al restaurante, decía.
Se miró de nuevo al espejo y se llevó la mano al pecho derecho, después al izquierdo, despacio. Y apretó, fuerte, como si la mano fuera de otra persona, como si estuviera chequeando algo desde afuera, como si el cuerpo no fuera el suyo sino un problema que alguien le había dejado resolver. Apretó hasta que le dolió un poco y siguió apretando porque el dolor al menos era real, al menos era suyo, al menos era algo que podía sentir sin que hubiera ningún relleno de silicona de por medio.
Soltó.
Se quedó quieta.
Miquel tenía cuarenta y cinco años y en las fotos salía con una sonrisa que parecía honesta. Habían intercambiado un par de mensajes y no le había parecido un imbécil, lo cual era un logro. En algún momento de la conversación había dicho algo gracioso y ella se había reído sola frente al teléfono, y eso le había parecido suficiente razón para decirle que sí, que el miércoles, que ese restaurante del centro.
El miércoles era hoy.
Patricia soltó el aire guardado en el pecho.
Se sacó la prótesis y la tiró en la cama. No podía soportarlo, no podía imaginar la idea de salir con un hombre y tener miedo de su propio cuerpo, de cómo se sentiría. De qué haría cuando quisiera tocarla, porque claro que querría: era el objetivo de todo esto.
Fue al baño, se echó el desmaquillante en las manos y se restregó la cara. Cuando levantó la vista tenía la máscara corrida hasta los pómulos y el labial embadurnado como si fuera una niña que había jugado con el neceser de su madre.
Se enjuagó la cara hasta sentírsela limpia de nuevo y caminó hacia la habitación. Se quitó el vestido de espaldas al espejo, el sujetador después, y buscó en su armario, en el cajón de abajo, la camiseta gris, grande, de una universidad a la que nunca había ido y que había comprado porque le gustó y nada más. Tenía un agujero pequeño en el cuello, pero era su camiseta de dormir y de no hacer nada y de que el mundo se arreglara solo por una noche y a ella le encantaba esa sensación.
Se sentó en el borde de la cama y apartó la prótesis. Agarró el móvil, lo desenchufó del cargador y no abrió la app de citas.
Abrió el chat con Néstor.
El último mensaje era de hacía semanas, él insistiendo con que fuera a verlo y pidiéndole que lo dejara ir a visitarla y ella ignorándolo porque no había nada más que decir.
Hasta ahora.
Me has arruinado la vida. Eso quería que supieras.
Se quedó mirando el texto. El cursor parpadeando después del punto. Pensó en mandarlo, en todo lo que implicaba hacerlo: la respuesta que vendría, la conversación que abriría, la energía que iba a costar, el espacio que le iba a dar. Pensó en su cara cuando lo leyera. Pensó en que quizás tenía razón y quizás no la tenía y quizás las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo y ninguna de las dos cambiaba nada.
Cerró el chat y volvió a dejar el teléfono en la mesita.
Se quedó mirando el techo. En algún momento apagaría la luz. En algún momento el tipo del restaurante entendería que no iba a llegar. Ninguna de las dos cosas era todavía un problema suyo.
Néstor tampoco.
Aunque seguía ahí, claro. Como siempre.
