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Néstor se despertó a las seis y cuarto, antes de que sonara la alarma, como le pasaba casi siempre los jueves sin que hubiera ninguna razón particular para ello. Se quedó un minuto mirando el techo, haciendo el ejercicio mental de no pensar en nada, que era la única forma que había encontrado de levantarse sin que el primer pensamiento del día fuera ella.
Se duchó rápido, con el agua más fría que tibia para poder despertarse, y se vistió con la ropa que ya tenía preparada del día anterior, sin mirar demasiado qué se ponía.
El trayecto al Sorolla lo hizo en silencio, solo con el ruido del motor de la moto zumbándole en los oídos, con las manos quietas en el manillar y la cabeza en otro sitio.
La primera paciente de la mañana fue una mujer de sesenta y tantos que llevaba dos ciclos de quimio y que le preguntó, como cada semana, si el pelo le iba a volver a crecer igual que antes. Néstor le dijo que sí, que probablemente con algo más de rizo, la broma de siempre, y ella se rió lo justo para que él supiera que la broma había funcionado. El segundo fue un hombre joven, recién diagnosticado, que no había hecho ninguna pregunta en toda la consulta y que se había ido con la mirada perdida en un punto fijo de la pared, y a ese Néstor lo acompañó personalmente hasta la puerta, algo que no hacía con todos, porque había aprendido a reconocer cuándo alguien necesitaba un segundo de compañía silenciosa antes de volver a su vida de siempre.
Para las once ya llevaba encima el peso concreto de una mañana de esas que odiaba, y necesitaba un café con una urgencia que no tenía nada que ver con el sueño. Con eso en mente, entró a la sala de médicos y encontró a dos cardiólogos y a uno de digestivo, demasiado perdidos en la conversación para devolverle el saludo.
—Y luego dice que soy yo el pesado —contaba uno, con esa mezcla de queja y orgullo que ponen los padres primerizos—. Se ha pasado media noche sin dormir por el niño y esta mañana me suelta que si no colaboro más en casa.
—Bienvenido a la paternidad —dijo otro, sin levantar la vista del móvil.
Néstor se sirvió el café sin prestarles demasiada atención, acostumbrado ya a ese tipo de conversaciones de sala que corrían de fondo mientras él pensaba en otra cosa, repasando los pacientes que tenía esa tarde.
—Tíos, mirad con la que he quedado esta noche —dijo el tercero, el orgullo masculino evidente en su tono de voz.
—A ver, a ver.
—Qué fuerte. ¿Y esta quién es?
—Yo qué sé, una tal Marta. Nos escribimos un rato, súper bien. Mirad qué tía —contestó.
—Joder, qué callado te lo tenías.
Néstor terminó de servirse el café sin darse la vuelta del todo, hasta que Miquel lo llamó.
—Néstor, ven, mira esto, dinos si tú también le habrías dado like.
Se acercó por cortesía más que por curiosidad, con la taza en una mano, esperando encontrarse la típica foto de aplicación, una sonrisa cualquiera en algún bar.
Lo que encontró fue otra cosa.
La reconoció antes de terminar de procesar qué estaba mirando. No había cara, pero lo supo. Por la forma exacta en que se apoyaba el peso en una cadera al posar, ese gesto tan suyo de ladear apenas la barbilla como si estuviera calculando cuánto de sí misma quería mostrar. Por el mismo espejo de su dormitorio, el marco dorado que había visto de refilón cuando había estado en su casa.
Marta, decía el perfil. 42.
A Néstor se le fue la sangre de la cara y después le volvió toda de golpe, caliente, subiéndole por el cuello con una violencia que no supo nombrar del todo. No era solo rabia, aunque la rabia estaba ahí, gorda y clara. Era algo más parecido a que le hubieran quitado el suelo de debajo sin avisar.
Se preguntó cuánto tiempo llevaba ella con la aplicación descargada. Si había sido algo de un día, un impulso, o si llevaba semanas deslizando fotos de desconocidos, decidiendo a quién quería conocer y a quién no. Se preguntó si había habido otros antes de Miquel. Si habría alguno después. Se preguntó, con una punzada que le costó admitir incluso para sí mismo, si esto era lo que hacía mientras no le contestaba a él ni un solo mensaje, si rechazaba a otros con la misma facilidad con la que lo ignoraba a él pero no a un cardiólogo de planta alta que ni siquiera sabía leer bien un informe de anatomía patológica.
Volvió a la foto que tenía delante. La ropa interior era oscura, aunque tampoco se llegaba a ver demasiado por la poca luz, y el móvil le tapaba la cara justo donde correspondería la barbilla. El brazo, alzado en ese ángulo concreto, le marcaba el cuerpo entero.
Se le secó la boca. Notó el pulso yéndose a mil y tuvo que apretar la mandíbula un segundo para que no se le notara nada raro en la cara.
—¿A que está buena? —insistió Miquel, todavía ajeno, pasando a la siguiente foto con el pulgar como quien hojea un catálogo—. Y luego dicen que las mejores tías ya no existen.
La foto siguiente era de espaldas, en una playa que a Néstor no le sonaba de nada y no podía importarle menos, con un bikini tan mínimo que apenas contaba como tal, la piel dorada, la cintura estrecha marcándose por encima de la tela, y el culo redondo, firme, ocupando el encuadre entero como si la foto no tuviera ningún otro propósito.
Tardó un segundo de más en contestar, que fue el tiempo justo que necesitó para tragar saliva y recolocarse la taza en la mano como si necesitara sostener algo. Notó, con una especie de horror sordo, cómo el cuerpo le respondía a la imagen con una rapidez completamente ajena a cualquier decisión suya, como si veinte años de disciplina y contención no sirvieran de nada delante de un culo en una pantalla de seis pulgadas.
—Sí —dijo, con una voz que le salió más ronca de lo que pretendía. Se aclaró la garganta solo para volver a repetir—: Sí.
Porque no tenía ni puta idea de qué más decir. Y porque era la verdad, la verdad más incómoda que había admitido en voz alta en mucho tiempo, delante de tres colegas que ni siquiera sabían que acababan de presenciar el momento más patético de su semana. Y eso lo hacía sentir sucio, desagradable, no como el hombre serio y de fiar que se suponía que era ahí, con la bata puesta y el estetoscopio colgado del cuello, sino como lo que en realidad era en ese momento exacto: un tío cualquiera con la sangre bajándole toda al mismo sitio por una foto que ni siquiera debería estar viendo.
—Tengo consulta —dijo, dejando la taza a medio terminar sobre la encimera, con una brusquedad que ninguno de los tres pareció notar.
Salió de la sala casi sin despedirse, con el corazón yéndosele más rápido de lo que un simple café debería justificar, y con la sensación clarísima, mientras caminaba por el pasillo hacia ningún sitio en particular, de que necesitaba diez minutos a solas antes de poder volver a comportarse como una persona normal.
No le sirvió de nada. La idea siguió ahí todo el resto de la mañana, clavada, imposible de arrancar: por debajo de cada consulta, de cada informe que redactó sin prestarle atención, de cada paciente al que le sonrió en el momento equivocado porque tenía la cabeza en otro sitio completamente. No podía pensar en otra cosa que no fueran esas fotos, y en Patricia con una ropa que él nunca le había visto quitarse, y en Patricia riéndose de un chiste de un desconocido, y en Patricia dejándose tocar por unas manos que no eran las suyas.
La imagen se le clavó y no se movió de ahí, como una astilla que cada vez que la tocaba dolía un poco más.
A la hora de comer no comió. Se quedó con la ensalada delante sin tocar, recordando el Néstor que había sido antes de ser viudo, de los años en los que aprendió a poner distancia, a medir cada palabra antes de decirla. Ese Néstor no habría dudado. El que existía antes de que el miedo se le instalara en el cuerpo como una costumbre más, el que sabía ir de frente sin pedir permiso ni disculparse después, habría hecho lo que tenía que hacer el mismo día en que ella dejó de ser su paciente: la habría cogido de la cintura, la habría empotrado contra la primera pared que encontraran, le habría subido la falda y la habría follado esa misma tarde, con la certeza absoluta de un hombre que sabe lo que quiere y no ve ninguna razón para esperar. No habría necesitado ninguna aplicación, ningún desconocido, ninguna foto robada de un cuerpo que ya debería conocer de memoria.
Pero ese Néstor ya no existía. En su lugar quedaba este, el que llevaba toda la mañana con una incomodidad entre las piernas por unas fotos que no eran para él, con la vergüenza subiéndole por el cuello al mismo ritmo que las ganas. El que había dejado pasar los momentos exactos en los que debería haber actuado y que ahora tenía que conformarse con las fotos que le mostraba un compañero de trabajo y que lo hacía sentir completamente inútil por no haber hecho algo antes.
Y no eran celos. Era algo peor, más profundo y más honesto y mucho más difícil de sacar. La vergüenza concreta de reconocerse en eso: en la distancia que él mismo había puesto, en las noches que había dejado pasar por miedo, en la manera en que se había convertido en un hombre capaz de querer todo esto, con una urgencia que le costaba hasta a él mismo nombrar, y no hacer absolutamente nada al respecto.
A media tarde, entre dos pacientes, se descubrió con el móvil en la mano, mirando la pantalla sin saber por dónde empezar.
Necesito hablar contigo
Lo borró entero, letra por letra, porque sonaba a súplica y no quería sonar a eso.
Te he visto en Tinder
Lo borró también, porque sonaba a acusación, y una acusación le daba a ella la excusa perfecta para hacerse la ofendida y seguir ignorándolo. Escribió, casi sin pensarlo, algo mucho más largo, tres líneas enteras sobre las semanas de silencio y lo que le parecía injusto y lo que se merecía una explicación, y lo borró también, más rápido que los anteriores, porque ni él mismo se lo creía viniendo de un hombre que llevaba el mismo tiempo sin dar señales de vida.
Al final escribió solo dos cosas, sin saludo, sin nada antes ni después:
Marta?
Lo mandó antes de poder arrepentirse del todo, aunque el arrepentimiento le llegó de todas formas, un segundo tarde, cuando ya no había forma de deshacer nada. Se quedó mirando el doble check azul con una fijeza estúpida, como si de ahí fuera a sacar alguna información que la pantalla no le estaba dando.
Patricia tardó cuarenta minutos en contestar. Cuarenta minutos que a Néstor se le hicieron media vida, revisando el móvil cada cinco segundos entre paciente y paciente, sin poder concentrarse del todo en ninguna de las dos cosas, hasta que por fin le aparecieron los tres puntos suspensivos. Y después nada. Y después otra vez los puntos, como si ella también estuviera borrando y reescribiendo, midiendo cada palabra con la misma desconfianza con la que él había medido las suyas.
?
Néstor se quedó mirando la pantalla un buen rato, sabiendo que ella sabía exactamente de qué le estaba hablando.
